And right there is where I wanna stay

— Por favor, démosle un cálido aplauso a nuestra eficiente compañera, Kari —pidió Renée, mi jefa directa. Las ocho personas que rodeaban la mesa alargada rectangular de centro lo hicieron mientras yo, de pie en una orilla, con un pastel de chocolate y flan frente a mí, moría de vergüenza y sonreía nerviosamente—. Feliz primer mes, querida —la rubia se acercó a darme un abrazo y enseguida cada uno de los empleados del New York Times que trabajaban para la sección social hicieron lo mismo.

— Gracias.

Partí el pastel, poniendo cada trozo en platos desechables.

Había pasado un mes con suma rapidez desde que volví de San Francisco. Todavía me costaba adaptarme al nuevo ritmo de vida: Matt me había conseguido un lujoso departamento al centro de la ciudad cuando tuve que mentirle —nuevamente— sobre mi expulsión del campus. Todos los días tenía que despertarme al cuarto a las seis de la mañana para poder llegar a tiempo al trabajo que increíblemente me aceptó a la primera entrevista en Recursos Humanos. Por las tardes retomaba mis clases y llegaba exhausta para bañarme y dormir, y los fines de semana eran para hacer tarea.

Me gustaba lo que hacía, estaba enamorada de lo que aprendía diariamente en la oficina. Renée me había dejado encargada de un blog cinematográfico, así que mi trabajo se limitaba a ver películas y redactar un review sobre ellas.

La única variable que no encajaba en ésta nueva ecuación eran mis sentimientos. No había vuelto a ver a TK desde que recogí mis cosas de su departamento y diariamente cargaba con la preocupación de no saber de él, si estaba bien, si necesitaba algo, si me extrañaba tanto como yo a él…

Pero mi orgullo no me permitía buscarlo; él me había dejado en claro que nuestra «relación» no significó algo, que nunca le importé y no me permitía humillarme ni con una llamada. Mi lucha consistía en reprimir las ganas de escuchar su voz, de verlo a los ojos mientras me quitaba la ropa antes de llevarme a la cama…

— ¿Kari? —escuché la voz de Renée.

— ¿Si?

— ¿Podrías acompañarme un momento a mi oficina?

— Claro.

Seguí a la rubia hasta su «aposento» con paredes tapizadas de recortes de revistas enmarcados y varias pinturas abstractas.

Me senté en la cómoda silla negra de piel acolchada frente a su escritorio y esperé a que Renée terminara de revisar su iMac antes de hablar.

— Éste fin de semana se dará una fiesta de gala donde un montón de gente rica se embriagará con champagne carísima y comerán langostas traídas de Dios sabrá dónde —sonreí mientras escuchaba a mi jefa hablar. De entre muchas cualidades que adoraba de ella, su cinismo y sinceridad encabezaban la lista—. Como sea, la chica que tenía para cubrir la nota no podrá ir y te enviaré en su lugar.

— ¿En serio? Vaya, gracias…

— Será en el Museo Metropolitano de Arte. ¿Alguna vez has ido? —negué con la cabeza—. Tu primera vez, ¿eh? —sentí mis mejillas arder mientras Renée estallaba a carcajadas—. Lo siento, Kari. Es muy fácil hacerte desatinar —se aclaró la garganta e intentó recuperar su postura seria—. Te decía: la fiesta dará lugar en el Museo éste sábado a las 9:00pm. Necesito que tomes nota de todo: decoración, personas distinguidas y chismes que escuches por ahí, para levantar la nota que saldrá en la edición del lunes.

— ¿Significa que estaré todo el fin de semana trabajando?

— Así es, cariño. Toma… —Renée sacó de su cajón una tarjeta de crédito plateada, muy bonita—. Ve cómprate algo de ropa, un vestido de marca y que provoque a los distinguidos caballeros que irán a presumir de cómo la economía ha ido a su favor, que quieran arrancártelo.

— Gracias, Renée.

Y aunque la idea de pasarme el fin de semana escribiendo no se me antojaba mucho, la sola idea de verme metida en docenas de probadores, buscando el atuendo perfecto, hacía que cualquier indicio de pereza se alejara.


El interior del fastuoso edificio lucía magnífico: las altísimas paredes grisáceas que formaban arcos en el techo se veían bañadas por luces de colores. En el lugar había más personas de las que me imaginé e incluso vi a algunos actores y cantantes populares codeándose con la gente del gobierno. Maravilloso. Un sueño hecho realidad.

Y aunque me encontraba llena de adrenalina por la emoción de ser partícipe de un evento tan importante, el outfit que elegí me brindó la seguridad que necesitaba para no comportarme como un chimpancé; se trataba de un vestido de dos piezas de la colección primaveral de Dolce & Gabbana del 2012. La falda estaba adornada por piedrería de cristal, con un «cinto» que la ceñía a mi cintura en color negro y la parte superior era una especie de corsé en color rosa. No era experta en el campo de la moda pero apenas lo vi, me enamoré de él y de los Jimmy Choo rosa pastel a juego.

Caminé entre las personas, tomé una copa de champagne que un mesero me ofreció y en varias ocasiones fui detenida por varios reporteros que me fotografiaron como si fuese yo una celebridad.

— ¿Hikari Yagami? —escuché mi nombre y me giré para ver quién me hablaba. Frente a mí estaba una elegante señora, de figura esbelta cuyas curvas eran ceñidas por un precioso vestido de cocktail en color rojo. Su elegante cabello negro iba recogido en una coleta alta y los aretes de esmeralda colgaban al lado de su rostro, brillando los diamantes, lo que le daba un aire angelical—. Permíteme presentarme. Soy Linda Marshall y trabajo para la revista Cosmopolitan.

— Oh, es un placer conocerla…

— Por favor, háblame de tú —sonreí ante su amabilidad—. He venido leyendo tu columna en el Times y tienes una personalidad única, Kari. Hacía mucho tiempo que no me sentía identificada con alguien a través de artículos literarios y vaya que llevo años en el negocio.

— ¿En serio? —mi emoción se hizo más que evidente—. Gracias, Linda. Es un honor escuchar eso.

— Dicen los rumores que por contraer nupcias con el joven Ishida. ¿Es eso cierto, cariño? —mi sonrisa se vio un tanto desvanecida y tuve que forzarme para mantener la misma expresión y no ponerme a hablar de TK.

— Sí, es verdad. Conocí a Matt en la universidad, hace algún tiempo.

— ¿Quién lo diría? Espero no te ofenda esto, pero siempre creí que el rubio era gay —tosí al atragantarme con el trago de champagne cuando la escuché decir eso y Linda esbozó una media sonrisa.

— ¿Perdón?

— Sólo era una suposición, Kari. Pero ya sabes que Nueva York está lleno de oasis.

En ese momento dio inicio la ceremonia y Linda se disculpó, yéndose a su lugar a tomar notas y con suerte poder capturar la atención de algún invitado especial.

¿Matt? ¿Gay? Nunca me lo había planteado pero ahora que la idea rebotaba en mi cabeza no me sorprendía la cantidad de veces que le pedí que nos acostáramos y él no quiso. O por qué su rechazo durante tanto tiempo y de pronto, de la noche a la mañana, aparece con un anillo de compromiso.

¿TK lo sabría? De ser así, ¿por qué no me habría dicho algo? ¿Y si todo era un plan de los dos?

¡Dios! Sentía que iba a vomitar y eso que aún no probaba la cena. Quería salir cuanto antes a hablar con Matt, quería respuestas, necesitaba calmarme.

La noche siguió su curso y tuve que enfocarme en el propósito de mi ida: el trabajo. Al menos eso me mantendría distraída en la madrugada ya que mis dudas no me dejarían dormir.

Una vez que los invitados empezaron a irse, pasadas las dos de la madrugada, salí del Museo con intención de tomar un taxi pero mis planes se vieron intervenidos por un bonito par de ojos azules que parecía estar esperándome con ansias.


El vestido que trae Kari es el que usó Selena Gomez en los Kids Choice Awards del 2012 :p estoy enamorada de ese vestido y de los crop tops y son bienvenidos si quieren regalarme :p

En un ratito más posteo el otro capítulo porque ya estoy listaaa para empezar la nueva historia, ya lo tengo todo (excepto la laptop jaja) y me muero porque sepan de qué se trata! :D