Cause you make me feel like

I've been locked out of heaven

For too long, for too long

La sonrisa del rubio se abrió de oreja a oreja y voltee siguiendo la dirección de sus ojos azules. Un joven, de aproximadamente 1.84 mts de estatura y figura esbelta se acercaba. Vestía una camisa blanca arremangada hasta los codos, un pantalón de algodón en color beige y zapatos cafés. Su piel aperlada parecía de porcelana brillando bajo el radiante sol veraniego y su cabello negro azabache estaba perfectamente acomodado hacia un lado. Parecía un maniquí andando.

Matt se puso de pie y lo besó en los labios. El joven le acarició una mejilla y enseguida se dirigieron hacia mí.

— Kari, quiero presentarte a Edmund. Mi novio —el joven me ofreció su mano que tomé gustosamente para saludar—. Ed, amor —el rostro de Matty se iluminó al pronunciar ésta palabra—. Ella es Kari. Mi salvadora.

— Es un placer conocerte, divina —dijo Edmund, mirándome de arriba abajo—. Entonces a ti te debo el placer de mi felicidad.

— Oh no, yo no hice nada…

— No, es verdad —me interrumpió Matt—. De no ser por ti, me habría encerrado en una mentira desde hace un año, incapaz de aceptarme. Tú me enseñaste que el poder no me serviría de nada sin antes haber conquistado mi temor.

Sentí un nudo en la garganta al escucharlo hablar y tuve que hacer mucho esfuerzo para no llorar. Edmund se acercó y me dio un abrazo, susurrando un «gracias» al oído. Nos sentamos a comer tranquilamente y al tiempo en que ambos, tomados de la mano, me narraban cómo se conocieron, agradecí haber tomado aquella decisión.


Estaba muy entrada la madrugada cuando mi vejiga me despertó bruscamente con una suplicante ansiedad de orinar. Estiré los brazos, escapándoseme un bostezo simultáneamente. Me giré hacia la derecha y noté su espacio desocupado. Miré hacia la puerta pero ésta permanecía cerrada.

Tras ir al baño y lavarme los dientes, me detuve un momento en el espejo; tenía una marca de sus dientes en mi cuello, donde yo suponía que estaba la yugular, un poco de sangre seca se había quedado pegada a mi labio inferior, tenía un moretón verdoso formándose en mi antebrazo izquierdo y mi cabello olía a su perfume fresco y varonil.

Me sentía terriblemente cansada. Mi cuerpo pedía a gritos unirse a la cama en sagrado matrimonio para no tener que abandonarla nunca, pero mi curiosidad por saber dónde estaba ahuyentaba el dolor; me puse su camisa de algodón en color azul oscuro, mal abotonándola sin siquiera prestar atención, y mis panties negras que hallé tiradas junto al buró de su lado de la cama.

Ese día había caminado demasiado por la playa y todo el centro de esa preciosa ciudad, las plantas de los pies me ardían bajo el fresco piso de azulejos blancos y mentalmente me dije que debía usar tenis para turistear y no las bonitas, aunque incómodas, sandalias de piel que su madre me regaló para el viaje.

La suave brisa tropical soplaba a través de la puerta del balcón y pude escuchar claramente las olas del embravecido mar agolparse contra los peñascos hacia un costado de la playa. La luz lunar se reflejaba por toda la habitación y por un momento me sentí como si estuviese adentro de un cuento de fantasía y en cualquier momento aparecía un hada madrina para hacer mis deseos realidad. Sólo que ésta vez ya no había algo que pudiera anhelar con fervor; por primera vez en toda mi vida podía asegurar y sentir que lo tenía todo, todo cuanto necesitaba. Estaba llena, estaba completa, estaba feliz.

Un suspiro se me escapó y agradecí por enésima vez a Dios por la maravillosa oportunidad que me daba de disfrutar una vida tan maravillosa. Por haber estado conmigo en tiempos difíciles, por haberme dado la madurez, la fuerza y la sabiduría necesarias para afrontar cualquier obstáculo y tentación que, de no haber sido así, no estaría aquí ahora. Le agradecí haberme puesto en un camino maravilloso, lleno de aventuras. Le agradecí por haberme creado con un propósito único y haberme dado la oportunidad, a mis escasos veintitantos años, el haberlo conocido.

Agradecí que él estuviera en mi vida.

Salí de puntitas de la habitación. Por alguna razón me sentía conectada con el ambiente que me abrazaba y no desee perturbar el silencio y la quietud de la noche. Bajé uno a uno los escalones de esa preciosa residencia, que alguna vez perteneció a una de sus adoradas tías. Fui a la sala y ahí lo vi: llevaba el torso desnudo y vestía únicamente su ropa interior negra. Tenía su dorado cabello alborotado y la mirada perdida en el techo. Permanecí un momento de pie al umbral de la puerta para observarlo. Mi corazón se aceleró, como tenía costumbre de hacer cada vez que lo veía, y un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. Inevitablemente sonreí, sin poder creer aún que ahí estábamos: dos almas que durante años vagaron solas, buscando algo que no conocían, algo que no sabían si existía pero en lo que creían fielmente. Nos encontramos. Él me encontró. Caminé despacio hasta el sillón donde se encontraba acostado y acaricié su cabello, haciéndolo estremecer.

— Pensé que estabas dormida, amor —susurró, acariciando mi brazo. Se hizo hacia un lado y me invitó acostarme junto a él. Me acurruqué en su firme pecho, cubierto de fino vello de la misma tonalidad dorada que su cabello. Cerré los ojos y lo abracé con fuerza, pegándome todo cuanto me fue posible a él pues adoraba esa sensación, adoraba tenerlo cerca de mí, saber, egoísta y quizás infantilmente, que de alguna manera ese hombre me pertenecía, y vaya que yo era una mujer que predicaba acerca de cómo nadie puede poseernos, pues somos seres individuales y libres.

Subí mi pierna derecha sobre las de él, deleitándome al sentir sus vellos sobre mi piel recién depilada. Me impregné nuevamente de su aroma, peculiar, único, que me recordaba la primavera, el campo, la naturaleza. Él pasó uno de sus brazos por mi espalda, acarició mi hombro, apartó hacia un lado mi cabello y con su pulgar y dedo índice masajeó mi cuello. Yo juguetee con su otra mano, acariciando sus largos dedos, sintiendo la textura lisa de sus uñas, trazando con la yema de mi meñique las líneas de su palma.

Me encantaba. Me encantaba sentir su piel áspera, comparada con la mía. Me había vuelto adicta al compás su ritmo cardiaco y a cualquier otro sonido proveniente de su interior, cada vez que respiraba. Ni siquiera cuando adquirí mi cama King size con colchón ortopédico y almohada de plumas, me había sentido tan cómoda. Él era sencillamente perfecto. Éramos como dos engranes que encajaban a la perfección, que al momento de ponernos en marcha, creábamos magia.

Levanté un poco el rostro y él me besó la frente. Su barba crecida me raspó graciosamente y tuve que morderme el labio inferior para dejar de sonreír. Él ladeó un poco su cuerpo y pude apreciarlo mejor: aún tenía trazos de mi labial rosa en su bigote. Sus mejillas estaban enrojecidas por el tiempo que nos expusimos durante el día al sol. Sus ojos… sus ojos tenían un color poco común, según mi definición. En ocasiones, cuando el cielo brillaba en su máxima tonalidad celeste sobre un brillante sol veraniego, éstos tomaban una tonalidad verde aceituna. Cuando, por el contrario, el cielo se pintaba de gris en las tardes lluviosas de invierno, sus ojos adoptaban el mismo color, e incluso, en ocasiones, lograban verse totalmente azules, dependiendo de la ropa que vistiera. Había pasado más horas mirando a sus ojos en toda mi vida que lo que había pasado pintándome las uñas. Ambos, zafiros, como me gustaba describirlos, se veían enmarcados por unas envidiables pestañas largas y rizadas. La pielecita de su respingada nariz comenzaba a levantarse, como cuando vase a descarapelar. Sus labios parecían estar hinchados y una parte de mí me culpó que se debía a la casi hora y medio que pasamos besándonos tras regresar del mar, pero otra parte la contradijo afirmando que la escaza luz en el cuarto me provocaba alucinaciones.

Con mi mano izquierda acaricié su mejilla derecha y él cerró los ojos al sentir el rose de mi piel. Tracé círculos y líneas sin orientación alguna por su rostro, iba desde la frente, pasando por sus cejas, sus párpados, bajando por el puente de su nariz, hasta parar en sus labios. Lo acaricié como si fuera un objeto de fina porcelana al que se le debe tratar con sumo cuidado. Me enamoré de la sensación que su barba crecida provocaba en la palma de mi mano.

Me acerqué lentamente y presioné mis labios contra los suyos. Me separé un instante y nos miramos a los ojos. Él sonrió. Soltó mi mano y, al tiempo que se giró para acomodarse sobre mí, volvió a besarme, ésta vez con más ganas. Su lengua entró sigilosa, acariciando la mía muy lentamente, acariciando cada rincón de mi boca, explorándome con deseo, con ansiedad. Enredé mi cabello entre sus dedos, acaricié su nuca, bajé un poco a su blanca espalda y ejercí algo de presión para hacerle saber que necesitaba sentirlo, necesitaba sentir la piel de su pecho contra mi cuerpo, quería que el peso de su ser recayera sobre mí. Sus manos se deslizaron por mi cintura hacia arriba y él se apartó un momento para desabotonarme la camisa. Lo miré divertida lidiar con uno de los botones que terminó por romper, haciéndolo rodar en el piso. Me arquee para poder sacármela y la arrojé junto al sillón.

Volví a atrapar su rostro y a besarlo. Su saliva sabía dulce. Su aliento aún contenía el aroma del café que tomamos antes de ir a dormir, o mejor dicho, hacer el amor por segunda vez en el día. Besé la comisura de sus labios, besé su mandíbula, su barba, besé su nariz y su cuello. Un gemido se le escapó cuando succioné un poco. Sus manos apretaron mis senos. El pulgar de su mano derecha trazó el contorno de mi pezón provocándome un cosquilleo en la entrepierna.

Subí lentamente mi pierna derecha por sobre la de él, acariciándolo con el dedo gordo de mi pie. El calor se hizo presente entre nuestros cuerpos y sentí mi piel arder cada vez más ante cada rose y cada toque que TK me daba. Sus manos recorrieron mi abdomen, presionó mi ombligo, haciéndome cosquillas y finalmente bajaron por mi cadera. Se puso de rodillas, apartándose de golpe, y me quitó la ropa interior, haciendo lo mismo con la suya. Sonreí al verlo desnudo, con la luz de la luna colándose por la ventana frente a nosotros. Su cuerpo, en pleno estado de excitación, era mi escultura de arte favorita. Parecía como si hubiese sido tallado por alguna divinidad, para ser precisamente eso: mi divinidad. Volvió a posicionarse sobre mí haciéndome reír cuando se acomodaba para penetrarme. Acaricié su pecho. Lo besé. Lo besé.

Él, apoyado en un codo a un lado mío, me acarició una mejilla. Quitó un mechón de cabello de mi lado izquierdo del rostro y su mano recorrió mi oído, la parte trasera de mi oído, el contorno de mi rostro, mi cuello… cerré los ojos disfrutando de sus caricias, que me transportaban a un paraíso en el que sólo existíamos él y yo. Lo abracé fuerte. Levanté un poco mi cuerpo para poder hacerlo, pero eso quería, eso necesitaba. Escondí mi rostro en su cuello y aspiré su delicioso olor a hombre que me fascinaba. Me enloquecía.

— Te amo demasiado —susurré en su oído y lo escuché sonreír.

Fin.


Y, la historia llega a su final u_u improvisé muchas cosas, pero creo que no ha quedado mal, ¿no? No se preocupen, la próxima historia viene con una trama y material concretos para el que ya empecé a trabajar y hacer investigaciones :D

Awww muchas gracias a quienes siguieron Fuera del cielo, inspirada por la canción Locked out of heaven de Bruno Mars.

Hasta la próxima! :D