Este capítulo va para mi amiga Ge, que dice que escribo bien y siempre me anima. Y para Hikari Cullen porque su comentario me animó. Gracias por leer!

Capítulo 3, parte II: Something to Believe

Ella deja de respirar al momento que la gasa se acerca a su rodilla, y no puede evitar detener la mano de Edward con sus dedos temblorosos. Aquellas orbes verdes se fijan en ella interrogantes.

-¿Me va a doler?- suena cobarde, lo sabe, pero no le importa. Odia ser tan torpe. Odia golpearse. Pero sobretodo odia ver sangre. Aunque no se ha mareado, y eso es un avance enorme.

El chico la mira un segundo más antes de esbozar una sonrisita de lado.

-No. Es sólo agua oxigenada para limpiar la herida- le asegura y se concentra de nuevo en su trabajo. Con suma delicadeza pasa la gasa por el lugar afectado, haciendo que ella retenga el aire en los pulmones para no soltar un gemido de dolor. Repite el proceso con el mismo cuidado varias veces, alternando las gasas ensangrentadas por unas limpias.

Desde la primera vez que lo vio, no pudo evitar pensar que era un chico muy guapo. Demasiado guapo. Y mientras él trataba su herida, no pudo más que confirmar aquello. Parecía modelo, en realidad. ¿Sería modelo? No le cabe duda que cualquier diseñador le encantaría tenerlo desfilando ropa… O ropa interior, porque aparte estaba bueno. Se horroriza al darse cuenta del rumbo de sus pensamientos, así que desvía la mirada y con ella recorre la enfermería.

No era muy diferente al diseño estándar de todo el campamento. Una gran habitación de madera, con piso de madera pulida, y techo de madera inclinada. Una ventana deja entrar la luz del sol por detrás de un escritorio lleno de papeles. En las paredes, hay varios cuadros y algunos pósters alusivos a la droga, el alcohol, el cigarrillo y hasta las ETS. Aparte de eso, hay tres estantes grandes de metal con las puertas cerradas, y un archivador. En el lado opuesto a su camilla hay otra. Hay una cómoda silla entre el escritorio y la ventana, y otras dos del otro lado del escritorio. Unas cajas se esconden en una esquina, y una pecera pequeña hace ruiditos de bombas de oxígeno en una mesita pequeña. A pesar de lo desagradable que le parecen todos los consultorios y enfermerías, aquel lugar es apacible y luminoso.

Cuando ya no hay más nada que ver, su mirada cae otra vez en Edward, que tiene el entrecejo fruncido y mantiene la mano alejada de su rodilla. Él sube la mirada y la pilla mirándolo fijamente. De nuevo se sonroja.

-Parece que unas pequeñas piedritas se te han incrustado. No son muchas- le tranquiliza. Pero no sirve, porque su respiración empieza a acelerarse al ver, en efecto, pequeñas piedritas oscuras enterradas en su carne. Enterradas. Casi se pone a llorar como un bebé. Pero recuerda que no puede mostrarse débil, así que solo toma aire y asiente- No te va a doler mucho, te lo prometo- aquello, y la intensidad de su mirada inquieta hace que algo en su estómago vacío se mueva.

Edward va hasta el estante y vuelve con una pinza pequeña. La mira un momento corto antes de volver sus ojos hasta la herida y acercar la pinza.

-¡Ya va!- musita ella con miedo. Sin darse cuenta, su mano ha detenido la de él de nuevo. Sus ojos se encuentran.

-Vamos, Bella. Con semejante raspón te prometo que ni sentirás esto.

Y piensa que quizás sea verdad, porque siente el área del golpe como dormida. Como cuando te das un golpe muy fuerte y no lo sientes. Se muerde el labio y se inclina un poco para ver la herida. Tiene un aspecto horrible.

-Mejor no veas- le aconseja mirándola con inquietud. La chica asiente e intenta concentrarse en el movimiento de los peces de la pequeña pecera. Transcurre un segundo de silencio hasta que él habla.

-Te caes muy seguido ¿no?- su voz baja es melodiosa, y sensual. Y esto no lo dice con burla, sino como una observación. Una observación divertida, decide cuando se da cuenta que el se esfuerza por no sonreír.

-No todos tenemos la capacidad de ir por ahí sin encontrar algo con lo que tropezarnos- replica a la defensiva, avergonzada porque nunca puede dejar de hacer el ridículo con caídas, trastabilleos, pisadas y golpes.

-No, definitivamente no- secunda él con una risa corta y baja que la deja fascinada. Pasa otro minuto de silencio.

-Esa mujer…-comienza dudosa, intentando pensar en otra cosa que no sea lo guapo que es -¿Es tu madre?- Termina preguntándole tímidamente. Él asiente sin desenfocarse de lo que hace.

-También es una de las psiquiatras del campamento.

-¿Y tu padre también trabaja aquí?- continúa inquiriendo.

-Si. Es Carlisle Cullen.

Bella musita un "oh", y no dice más nada. Eso explicaría varias cosas. Se pregunta que tantos beneficios tendría ser el hijo del dueño de todo aquello. Cae en cuenta que debían tener mucho dinero. Y de nuevo, más preguntas. Si ella fuese hija de un doctor rico, para nada estaría en un campamento para jóvenes problema. Probablemente ni siquiera estuviese en el país. No aguanta y abre la boca.

-¿Qué haces aquí?

Cuando él levanta la mirada con las cejas arqueadas, se siente tonta. ¿Qué le importa a ella sus razones? Mira a otra parte, apenada. Hay una pausa.

-Me gusta estar aquí y ayudar con esto a Carlisle. Así aprendo un poco más- le responde al final, haciendo que ella vuelque su atención en el joven. Ladea un poco la cabeza y entrecierra un poco los ojos

-¿Qué estudias?

-Medicina, voy por el cuarto año- contesta sin inmutarse, con la concentración puesta en la rodilla aporreada.

Eso también explica varias cosas.

-Guau. ¿Todos son médicos en tu familia?- inquiere con interés. Edward sube la vista y la mira curioso. Probablemente porque es la primera vez que ella le pregunta tantas cosas. Sus labios se estiran sólo un poco hacia arriba. Es demasiado guapo, piensa sin dejar de mirarlo.

-No. Alice estudia en la escuela de diseño- Deja la pinza a un lado y vierte en una gasa blanca más líquido. Suavemente, lo pasa por la rodilla. Sin embargo, esta vez ella lo siente. Y pega un respingo, levantando la rodilla sin querer- Lo siento- se disculpa él. Pone una mano cálida en la pierna para estabilizarla, lo que hace que a Bella se le erizan los vellos del brazo- ¿Y tú que estudias?

-Literatura Inglesa, voy por el segundo año- responde.

-No te falta mucho para terminar. ¿Ya sabes en qué te vas a especializar?

La pregunta del millón.

-No- musita finalmente. Y no dice más nada por miedo a que se le quiebre la voz. Aquella conversación le recuerda terriblemente a su madre. De pronto le provoca estar sola.

Silencio.

-Ya- susurra Edward, y coge todas las gasas manchadas para tirarlas en un bote de basura cercano. Ella se sorprende porque fue más rápido y menos indoloro de lo que pensó. Deja escapar aire aliviada, y se dispone a saltar de la camilla cuando él la detiene.

-¿A dónde vas? No he terminado.

-Pero dijiste "ya"- balbucea tontamente.

-Porque ya terminé de limpiarte la herida. Falta ponerte una pomada para que te cicatrice y se te desinflame, además de cubrirlo para minimizar el roce.

Esta vez, ella se deja caer sobre la camilla con un suspiro. Sube ambas piernas y cierra los ojos. Está cansada, y lo único que desea es dormir. Siente un minuto después la calidez propia de otro cuerpo humano y se maldice porque el corazón empieza a latirle acelerado… Es bochornoso, cree que en aquel silencio él podría oírla. Permanece quieta cuando unos dedos llenos de crema se deslizan con suavidad por su rodilla; porque duele, si, pero no es más extraño que el cosquilleo que le produce aquel contacto.

No debería pasarle nada. Él está bueno, piensa, pero ya. No le puede gustar porque simplemente los chicos así no son su tipo. Simplemente… No los ve. Porque la gente tan perfecta no está en la misma liga que ella, y punto. Nunca le ha molestado. Nunca ha tenido problemas con eso. Y no los tendrá, se dice internamente. No sabe cuanto tiempo pasa hasta que Edward habla otra vez.

-Está listo- anuncia sonriendo- Procura que la próxima vez no sea tu cabeza.

-Lo tomaré en cuenta- dice sin humor, porque su cabeza nunca se salva.

Luego se incorpora con rapidez; tal vez demasiada porque cuando sus pies tocan el suelo todo se pone negro. Pero nada pasa, porque es salvada de darse un buen golpe –otro buen golpe- por unas manos de dedos largos y tibios que la sujetan por los brazos. Escucha como él resopla.

-Mejor recuéstate un momento- le dice con voz fría, como enojada. Siente que todo le da vueltas, así que se recuesta a tientas en la crujiente colcha. Respira profundamente sin abrir los ojos- Toma- le dice él luego de un momento. Bella abre los ojos y se encuentra con un vaso de plástico lleno de algo amarillo y una barrita de cereal.

Edward la observa con gesto serio. Sus ojos verdes, que hace unos minutos eran amables, ahora son fríos, duros. Sostiene la barrita energética en frente de su nariz. Y esta vez, ella no ve escapatoria. Tendrá que comer. 245 calorías para adentro, vaya mierda.

-No puedes seguir así- musita él en un tono bajo, que la sorprende porque parece preocupado. Bella no se atreve a mirarlo a la cara, pero toma la barrita, intentando no rozar los dedos de él. Le pega un mordisco y su estómago empieza a hacer ruidos extraños. Si él los escucha, no dice nada.

Un pesado silencio se cierne sobre ambos. Edward espera pacientemente a que ella termine de comer, y no dice nada acerca de la deliberada lentitud con que mastica. Cuando ha terminado, él le tiende el vaso; así que se incorpora con cuidado y se recarga de la pared para poder beberlo. Lo olisquea un poco antes: de naranja, y probablemente tenga mucha azúcar… Pero se lo toma sin decir nada. El chico coge el vaso vacío y lo echa en la papelera.

Bella mantiene la mirada en el suelo al tiempo que balancea los pies suavemente. Los zapatos de Edward aparecen más cerca de lo que considera normal. Entonces su perfume le llega a la nariz. Fresco, masculino, exquisito. Levanta los ojos y se encuentra con la mirada intensa del chico. Otra vez, el corazón empieza a latirle rápido y duro.

Entonces entiende que está nerviosa.

Que él la pone nerviosa.

Alice casi se mata mientras corría hasta el comedor. Esme le había dicho que era ahí donde Jasper la esperaba. El comedor estaba sólo, a excepción de la gente del catering que preparaba lo de la merienda. Sus ojos azules recorrieron el lugar hasta que en una esquina, dio con una cabellera rubia. Estaba solo, así que debía ser él, supuso.

Sin saber por qué el corazón le latía tan deprisa, caminó hasta sentarse al frente de él.

El joven levantó la mirada de la mesa y la posó en ella. Sus ojos eran color miel, brillantes, enmarcados por unas cejas castañas gruesas. Nariz recta, mentón cuadrado, boca pequeña y un cabello rubio con matices castaños que le caía desigual hasta la nuca. Caramba, era muy atractivo. Definitivamente no contaba con eso.

En vez de presentarse, entrecerró los ojos y lo miró unos segundos más antes de decir:

-Me has hecho esperar mucho tiempo- si, quizás exageró, pero quería desahogarse un poco.

Él arqueó las cejas, visiblemente sorprendido por su tono acusatorio. Luego pareció apenado.

-Lo siento, señorita- fue lo que dijo. En otro contexto le habría parecido ridículo el apelativo, pero por alguna razón, a algo en su cabeza le pareció adorable. Gracioso, pero adorable. No pudo mantener más su expresión molesta. Además, trataba en lo posible de no arrugar la cara.

-Alice- le informó.

- Soy Jasper - El chico le tendió una mano.

Se las estrecharon, y ella esbozó una sonrisa tenue mientras se preguntaba qué razones tenía él para estar en un sitio como este. A simple vista parecía una persona agradable, normal. Si juzgaba por su vestimenta, era lo mismo: jeans rotos, camisa sencilla de algodón, zapatos deportivos algo sucios. Los monitores, como ella, generalmente no necesitaban saber mucho las razones por la que los campistas estaban ahí. Simplemente los guías estaban ahí para acompañarlos, o vigilarlos, o cuidarlos en las salidas. No se entrometían mucho en cuanto a la parte médica.

- Te has perdido el almuerzo, pero apenas están sirviendo la merienda –señaló con la cabeza las bandejas con galletas dulces, saladas, variedad de panes, jaleas, café, te, chocolate, leche y frutas. Luego desdobló algunos papeles que había enrollado como un diploma para que no se dañaran- Este, es tu itinerario. Tu horario de todos los días. No es que vas a hacer lo mismo el tiempo que vas a estar aquí… Se modifica según vayas cambiando tus necesidades, y vayas avanzando en el programa- El chico sólo la miraba fijamente - Semanalmente tenemos una salida. Pero te la pueden revocar si infringes alguna norma. En cuanto a las normas, no son tan difíciles: Nada de bebidas alcohólicas, nada de drogas o cigarros, respetar los horarios y asistir a todas las actividades que sean asignadas. Por supuesto, no puedes salir sin permiso. Si tienes alguna emergencia y por algún motivo tienes que salir, tienes que ir con el director- Hizo una pausa para respirar- Y yo, seré tu guía- dicho esto, le sonrió un poco más.

Jasper asintió quedamente, como tratando de procesar todo lo que ella le había dicho. Luego Alice recordó que tenía el mal hábito de hablar demasiado rápido y sin pausa. Y demasiado. Sintió un súbito sonrojo subir por sus mejillas, así que disimuladamente hizo como si viera algo o alguien para poder voltear un poco el rostro.

-¿O sea, que vas a ser como mi niñera?- ¿por qué todos pensaban lo mismo? Ella regresó sus ojos a él que la miraba como desconcertado.

-No, no voy a ser tu niñera. Sólo te voy a acompañar a todas partes y voy a cuidar que cumplas en lo posible las normas- luego se dio cuenta de lo estúpido que sonó lo que dijo y quiso darse de cabezazos contra la mesa.

-O sea, si vas a ser mi niñera- insiste él, que parece hasta divertido.

Alice sólo suspira, poniendo los ojos en blanco. Le llegó entonces el olor inconfundible de rollitos los de canela calientes y la boca se le hizo agua. Recordó que no había almorzado porque en ese momento no tenía apetito, pero ahora moría de hambre. Se paró como un resorte de la mesa, tomó de la mano a Jasper, y siguió hacia la mesa de aperitivos.

-Seguro tú tampoco has comido nada, ¿verdad? Yo me estoy muriendo de hambre, y todo esto se ve tan delicioso…

Él solo se dejó arrastrar.

Aquello tampoco podía ser tan malo. Su guía era una chica simpática. Algo enérgica y habladora, pero algo en ella le inspiraba confianza. Le hacía un poco de gracia que le recordara una duendecilla.

La miró y se fijó en que sus ojos azulísimos se iluminaban con la visión de la comida que había. La verdad, él tampoco había comido; no le había dado tiempo. Cogió un plato de cartón y en el colocó dos panes dulces, unas galletas de maní y llenó una taza de chocolate caliente.

Por el rabillo del ojo vio cómo Alice tomaba dos rollitos de canela y una taza de café con leche. Fueron a la mesa donde antes estaban. Ella ya masticaba su chusco, y se veía a luces lo mucho que le gustaba.

Jasper desmenuzó con los dedos un pedazo de pan, el cual remojó en el chocolate antes de metérselo en la boca. Aquel sabor le recordó a su casa, e inevitablemente se le hizo un nudo en la garganta. Los ojos le picaron, pero pestañeó lo suficientemente fuerte como para despejarlos. En vez de eso, apretó la mandíbula con fuerza, queriendo no recordar nada.

Había hecho un trato con el juez y lo cumpliría. Mientras más rápido pasara el tiempo y pudiese irse de ese lugar, mejor. Ahora que había decidido valerse por sí mismo, regresar a la vida normal –el que está afuera de los perímetros de aquel casi manicomio- iba a ser difícil. Mucho más difícil de lo que imaginaba.

Cuando levantó la vista del chocolate, al que había estado observando por mucho tiempo, se dio cuenta que la muchacha que tenía al frente lo miraba fijamente, como cuando la gente quiere preguntar cosas delicadas.

-¿Qué?- No había querido sonar rudo, pero lo preguntó tan de sopetón que así pareció.

Sin embargo, ella no pareció afectada, y lo que hizo fue encogerse de hombros.

-Me fijé que sólo agarraste pan y galleta. ¿No quieres probar un rollito? Te van a encantar, te lo aseguro- y luego le dedicó una sonrisa que enseñaba sus dientes blancos. Algo le movió el estómago y pensó que quizás el chocolate le hubiese caído mal. Apartó la vista de los ojos enormes de Alice y los dirigió hacia su plato. Había un rollito de canela.

-No importa, así está bien- murmuró.

-¡Ah, vamos! Toma – sus pequeños dedos blancos partieron a la mitad el rollito y lo puso en de él- Pruébalo- insistió.

Suspiró antes de llevarse el pedazo a la boca y metérselo entero. Mientras masticaba, pensó que no estaba mal. De hecho, estaba delicioso.

-Está bueno- fue todo lo que dijo. Ella parece satisfecha porque sonríe de nuevo. Él se pregunta por qué sonríe tanto… ¿Qué no sabe que la vida es una entera mierda? Oh, no, es sólo su vida la entera mierda. Termina de comerse su mitad de rollito mientras ella se chupa dedo por dedo, deleitada. La mira un segundo antes de preguntar:

-¿Y ahora qué haremos?

La muchacha se toma su tiempo para contestar: primero toma el último sorbo de café y luego se limpia con modales finos –cosa contradictoria totalmente después de haberla visto chupándose los dedos- la boca y las manos con una servilleta. Ahora, sí le presta atención.

-Iremos con los demás. Hoy, por ser el primer día, no hay ninguna actividad salvo familiarizarse con las instalaciones y las demás personas- le explica en tono jovial.

Él asiente no muy animado. De nuevo, otra sonrisa por parte de Alice y salen del comedor, que se había estado llenando sin que él se diese cuenta. Respira una bocanada de aire fresco y decide que eso le hará bien a sus pulmones. Hace ya dos meses que dejó de fumar, por petición de su madre, pero allá en vecindario todos fumaban, lo que era algo duro. Sus ojos vagan por el lugar, encontrándolo muy verde, pero no en mal plan. El sol les llega, pero no pega tan fuerte porque las copas de los altísimos árboles lo bloquean casi en su totalidad. Y la brisa susurra en todas partes, sin ser muy fuerte. Es agradable, y le recuerda a cuando tenía siete y era parte del grupo de scouts.

A su lado, Alice platica sin cesar, pero habla tan rápido y tanto que a penas es capaz de musitar un "ajá" y "umm" cuando por las pausas lo cree pertinente. La chica parece que nunca pierde su brío, camina ágil y elegantemente, como una bailarina, y su cabello largo y negro ondea tras ella.

No se fija que han llegado al lago sino cuando la chica se detiene, y mira a su alrededor buscando algo. Al final, brinca y los señala con el dedo:

-Ahí están- y le coge de la mano, como si fuese la cosa más natural del mundo, y empieza a arrastrarlo hasta donde está otro grupo de jóvenes. Se está preguntando si siempre hace eso con la gente que acaba de conocer.

Alice es la primera en hablar al llegar al grupo de gente.

-Él es Jasper- les dice a todos. De pronto, él espera que todos coreen un "Hola Jasper", como salen en las películas donde hay gente en alguna terapia –Jasper, ellos son Emmett- señala al chico musculoso de cabello negro, que a su vez responde con un "Hey"- Rosalie,- Una rubia alta le saluda con la mano y una sonrisa simpática- Jessica- esta vez alude a una morena bajita de rizos que sólo estira los labios en lo que puede ser una sonrisa, - Y Kate- la última, una joven de cabello rubio cenizo lacio, y de cuerpo delgado le recibe con una sonrisa enorme. Puede que se lo haya imaginado, pero le pareció que le guiñaba el ojo.

Jasper sacude la cabeza en un saludo general.

-¿Dónde están Bella y Edward?- pregunta de pronto la pequeña chica que tenía al lado.

-Bella se ha caído y se raspó la rodilla- responde la que se llama Rosalie, con mala cara- Esa chica tiene algo extraño con el suelo.

Emmett se carcajea.

-No la quiero en mi bote entonces- dice en broma.

El chico rubia mira su mano algo extrañado; la pequeña mano de Alice sigue ahí, como si fuese lo más natural del mundo. Miró eso un segundo pero no hizo nada.

-Oh- dice ella suavemente al percatarse que el mira sus manos entrelazadas, y la retira con celeridad. Se sonroja- Lo siento- murmura tan bajito que casi ni la oye. Los ojos azules de ella miran sus propios dedos.

Jasper se encoje de hombros, "No importa", le indicó con el mismo tono que ella utilizó. Por un momento, miró a los demás sin saber que más hacer. Se fijó que Alice avanzaba hasta una roca y se sentaba flexionando las piernas. Le hizo señas para que le acompañara. Él obedeció no porque fuese dócil, sino porque no sabía más nada que hacer.

Luego de un minuto de silencio, Alice habló.

-Se que no quieres estar aquí, pero mientras más te relajes, más rápido va a pasar el tiempo- opinó serenamente, sin mirarlo. Era el tono más serio que le había escuchado hasta ahora.

Él la miró sin saber muy bien qué decir. Se aclaró la garganta.

- Supongo que tienes razón; esto era la mejor alternativa- musitó, recordando la otra opción que había tenido, y tuvo que reprimir un escalofríos que le subió por la espalda cuando pensó en la cárcel. Sin embargo, hubiese ido a la cárcel tranquilo si hubiese completado su cometido.

-Te acostumbrarás- su tono no pretendía dar ánimos, sino vino acompañado con algo que iba entre la resignación y la sabiduría, algo extraño en ella porque no pegaba con su aspecto tan juvenil y alegre.

Él solo asintió, pensando que a veces el mejor remedio es resignarse.

No se compliquen con lo de los tiempos de narración que yo no lo hago. No sé si será de mal gusto eso de cambiar el tiempo, pero yo ya lo hice, y lo hare si mis dedos siguen escribiendo solos.

No mucho que decir, salvo que amaría que esos alerts y favorites se convirtieran en simples opiniones. Un beso, gracias por leer. Se cuidan!