Capítulo 4: Something to Believe
Bella alzó los ojos y se encontró con la mirada verde de Edward en ella, implacable. Su respiración se le atascó en la garganta mientras sentía como se hundía en aquellos ojos profundos. No era sólo que fuese cochinamente atractivo, era… Era algo más.
Él le ofreció la mano para ayudarla a apoyar el peso de la pierna, aunque no fuese necesario. Pero se lo atinó a toda la cuestión del caballerismo solamente. De nuevo, su mano caliente contra la de ella le cosquilleaba. Fue incapaz de decir algo o mirarlo de nuevo luego de bajarse de la camilla, y salir de la enfermería, recorrer el campamento, y llegar al lago, donde estaban los demás.
Pensó que eran un grupo extraño. Como cuando en una empresa te ponen a trabajar con un conjunto de personas que ni conoces pero con las cuales igual tienes que convivir, e interactuar. Hacer de la vista gorda e ignorar no servía, por fin se dio cuenta.
Lo primero que se fijó cuando llegaron era la presencia de un chico rubio, alto y de contextura media quien supuso era al que le tocaba cuidar la pequeña Alice. Luego de la pertinente presentación por parte de la pelinegra, todos se pusieron de acuerdo para, por fin, dar el bendito paseo en bote.
A ella no le asusta porque sabe nadar. Y aunque es casi la hora del crepúsculo, tampoco la oscuridad le intimida porque resulta que los botes tienen unas curiosas lámparas que alumbran como luciérnagas enormes.
Los ocho se acercaron a la orilla donde los botes estaban amarrados. Algunos se ven flotando por el lago, y llegan risas y voces amortiguadas desde ellos.
Se reparten en grupos de cuatro: Bella insiste en irse con Emmett, Rosalie y Kate (a quien la idea no parece gustarle mucho, a juzgar por las miradas que le lanza a Jasper) a pesar del ceño fruncido de Edward, que ahora tiene complejo de lebrel, o algo así. Algo de molestia le cruza por el cuerpo cuando la primera en saltar y decidir con quien irse fue Jessica, eligiendo el mismo bote que Edward. Decide no mirar hacia donde ellos se encuentran.
Para su sorpresa, fue divertido. Emmett resultó ser alguien muy simpático y gracioso. Incluso Rosalie, con su ironía y reticencia, no pudo resistirse a las bromas del joven. Agradeció aquello, hace tiempo no la pasaba bien. Kate se mantuvo enfunfurruñada; no es que eso le importara mucho.
Al llegar a la orilla, Emmett, como todo un caballero, las ayudó a abajarse a todas. Ella desvió un segundo la mirada para ver como Edward ayudaba sólo a Jessica, y esta al llegar se tropezaba, el la mantenía firme y de nuevo ella soltaba aquella risita que a Bella comenzaba a parecerle tan irritante. Miró a otro lado con rapidez, deseando que el nudo que tenía en el estómago fuese por el jugo de naranja (que por ser ácido no debía tomarse con el estómago vacío).
Se reunieron para caminar hacia el centro del campamento, al igual que otros que también habían estado en el lago.
-¿Y ahora qué?- preguntó Jessica, todavía con una sonrisa enorme en la cara.
-Ahora vamos a cenar, y luego los monitores irán al cuarto de sus pupilos – habló Emmett con calma, pero tenía una enorme sonrisa en la cara - a revisar sus pertenencias… Ya sabes, en caso que alguno haya traído algo de C4*.
Sobra decir que todos de los que no eran guías que estaban ahí pusieron mala cara.
Bella permaneció en silencio al lado de Rosalie, con los brazos cruzados sobre el pecho e intentando darse calor en las manos poniéndolas bajo sus axilas. Ahora que el sol había desaparecido, la temperatura había descendido bastante. Y ella sentía el frío no solo entumeciéndole las manos, sino hasta los huesos. Aguantó ponerse a tiritar.
La cena esta puesta cuando ellos llegaron. Por primera vez, el comedor estaba lleno de gente, se hacía sentir en un calor agradable que Bella agradeció. Distinguió rápidamente los guías de los pacientes (porque a ella ese cuento de "campista" no le caía, y prefería llamarlos como eran, como era ella también: pacientes). Intentó mantenerse serena ante la idea de la cena. Recordó entonces que desde que su papá se había casado de nuevo, podía contar con dos manos las veces que había cenado en esos tres años.
Todos se pusieron en la cola, tomando la bandeja en el proceso. Bella se colocó entre Rosalie y Emmett.
-Creo que lo único bueno de todo esto, es la comida- dijo la rubia, girando un poco la cara para ver a Bella.
-¡Mmmm!- exclamó sin ánimos esta (Mierda, mierda, voy a comer. No quiero comer, NO PUEDO COMER. Mierda. Maldita sea). No era sólo las no ganas de hacerlo, era pánico. Sentía angustia al imaginarse una cena de porciones normales en su estómago. No, no podía… No lo haría, no hoy. Tenía hambre, si. La puñetera barrita lo que había hecho era abrirle el apetito. Y las pocas veces que se le abría el apetito en tal proporción… Lo que pasaba luego no era lindo para nada. Y para evitarse eso, era preferible no comer nada.
Mientras se acercaban, ya el corazón empezaba a bombearlo duro en el pecho, y las manos sudorosas amenazaban con dejar caer la bandeja vacía. El olor de la comida hacía que el estómago el reclamara. Los contornos, carnes y demás empezaron a hacer fila ante sus ojos en fuentes hondas. Vio como la rubia se servía carne con vegetales.
Ella pasó de ese. Tal vez sí unos vegetales. Rosalie agregó a su bandeja puré de papas, Bella también pasó. Más contornos, más carnes, arroz, guisantes… Tampoco tomó nada de esto. Al final, sólo puso en su charola un poco de ensalada verde, una manzana, y un agua embotellada.
Entonces un conocido suspiro sonoro la hizo voltear. Ya no era Emmett quien estaba atrás; era Edward, y la mirada que le lanzó le hizo inquietar. Se dio cuenta que el plato de él estaba a rebosar, de todo. Y tuvo el presentimiento que todo eso no era para él nada más. Bella no le hizo caso y caminó hasta la mesa donde ya estaba Rosalie, Alice y Jasper. Ni Jessica ni Kate estaban, tampoco es que las fuera a extrañar.
La rubia no había esperado a nadie, y comía con gusto su carne… Bella la envidió. ¿Cómo era capaz de comer tanto y tener un cuerpo tan espectacular? Si ella comiese así, probablemente rodaría en vez de caminar. Intentó ignorar el hecho que Edward se había sentado a su lado, y se dedicó concienzudamente a picar en trozos pequeños todos los ingredientes de su ensalada. Luego a separarlos. No sabía por qué, pero era importante que entre ellos no se tocaran. Sin este procedimiento tan extraño era incapaz de sentirse cómoda. De pronto, se percató que todos en su mesa la miraban extraño. Incluso la dulce Alice la miraba desconcertada. Y Rosalie, suspicaz. Cuando ella les devolvió la mirada, fastidiada por la atención, todos siguieron súbitamente en lo suyo.
Todos menos Edward.
El joven, sin previo aviso, rodó la charola de Bella ignorando su reclamo, y en ella echó una buena porción de vegetales, pollo a la plancha y un pequeño cuenco con sopa de lo que parecía hongos. Luego lo colocó en su lugar, frente a la chica, que lo miraba úrica.
Él le devolvió la mirada, no la misma que ella, sino la misma que daría un padre luego de dar una orden, aquellas que sin necesidad de decir nada intentan neutralizarte.
Bella respiró fuerte, no quiso levantar la mirada de su nuevo plato.
-Mañana te darán tu plan alimentario, pero creo que deberías comenzar desde ya- le dijo bajito, para que sólo ella lo oyera. Sin necesidad de subir la vista, sabía que en su mesa, hacían algo para no prestarles atención, o hacer como si no le prestaran atención.
Bella tenía no sólo las mejillas, sino toda la cara colorada de vergüenza y rabia. Está bien que Edward supiese de su pequeño detalle; pero odiaba que todos los demás también tuviesen que enterarse. Aunque fuese secreto a voces.
Odio a Edward por hacerle eso, por ponerla en evidencia. Obviamente, él no sabía que era que te etiquetaran como "La egoísta, la pobre enferma mental". Él no tenía puta idea de lo que era que te encerraran en un hospital a comer porque si, porque no es que no puedas, es que no quieres. Que creyeran que estabas así porque te daba la perra gana, porque eras una mimada que sólo pensaba en sí. Que no pensaras en todos los que mueren de hambre. Que quisieras morirte porque las modelos de las pasarelas eran flacas, porque tú querías estar a la moda. Porque era una crisis estúpida de adolescente rebelde.
Sin decir nada, se levantó como un resorte y salió casi a la carrera del comedor antes que las lágrimas empezaran a correrle a raudales por la cara. Después que traspasó la puerta del comedor, corrió y corrió hasta el mismo lugar donde había estado con Rosalie aquel mismo día.
Se sentó en el suelo oscuro, tras una roca enorme que le servía de apoyo, y lloró, y lloró, y lloró lo que le parecieron horas. El lugar no estaba completamente oscuro porque las luces del campamento dejaban llegar débiles haces hasta allá, pero hacía un frío del demonio que su suéter no era capaz de detener. Recordó que en un bolsillo de su jean estaba todavía el encendedor. No supo porqué exactamente, pero cuando lo tanteó, también encontró un cigarro. Espero unos minutos hasta que los hipidos cesaran para ponérselo en la boca, y con una mano temblorosa encenderlo.
Odiaba toda aquella mierda. Y en serio, haría lo que fuera para irse.
Exhalar el humo le hizo sentir menos frío, y le dio un poco de calma. Todavía lloraba, pero ahora más calmada. Sus ojos estuvieron absortos por un rato con el reflejo ondeante de la luna sobre el lago. A pesar de la mierda, tenía que admitir que aquello era bonito. O sea, el paisaje.
El lago oscuro, los ruidos de los animales nocturnos, la brisa helada, los pinos infinitos, la luna enorme... Se parecía a un wallpaper de su portátil, se le ocurrió.
Entonces, sintió unas pisadas suaves, casi inaudibles. No hizo caso cuando alguien se sentó a su lado, tal vez demasiado cerca, pero sin rozarse. Sin embargo, agradeció el vestigio de calor corporal que le llegó.
Sin mirar, ya sabía quien era por el olor. Extrañamente, Edward no dijo nada del cigarro. Más sorprendente aún fue que sobre sus hombros puso una cazadora de cuero. Estaba caliente, y olía a él. Casi se estremece de alivio. Sin embargo, no dijo nada y las gracias de los buenos modales que sus padres le habían enseñado se le quedaron en la garganta.
-Lo siento- musitó él en tono suave, aterciopelado. Ella quiso verlo, para quizás perderse una vez más en sus ojos, preguntándose qué matiz tendrían en la oscuridad… Pero se contuvo y permaneció indiferente al latido rápido de ese órgano que está entre los pulmones.
-La he estado cagando constantemente contigo- continuó-… A pesar de todo, no tengo idea de cómo lidiar con… contigo. No sé como hacer. Y quiero ayudarte, pero…
Bella no se contuvo más.
-¿Y quien te dijo que yo quería tu ayuda?- le dijo con los dientes apretados, mirándolo por primera vez. Pudo ver cómo la suavidad de su mirada se enfrió una vez ella hubo dicho eso.
-No es que la quieras, es que la necesitas- refutó él en un tono frío, pero cargado de paciencia- Mira, sé que puedes poner de tu parte para hacer esto más fácil. Sé que….
Entonces Bella se levantó de golpe, ya harta, y lo encaró.
-¡Tu no sabes nada! ¡Ni tú ni los médicos tienen puta idea de nada!, ¿ok?- gritó encolerizada. Otra vez, más lágrimas estúpidas. Se secó los ojos con la manga de su suéter. Edward la observaba sin decir nada- No me vengas con que sabes, porque no es así. No sabes que es que te etiqueten como la loca anoréxica, y que te vean de reojo, o que cuchicheen en tu espalda porque te hospitalizaron. Ni te imaginas que es que te vean como la cabeza hueca que sólo quiere llamar la atención porque si, porque no tiene más nada que hacer, porque sólo quiere joder a sus padres, que te miren con lástima…- y ya no pudo decir más porque las lágrimas no la dejaron, ni los gemidos que pugnaban por salir y ella no los dejaba. Se paró también porque había dicho mucho, mucho más de lo que le había dicho a cualquier psicólogo, psiquiatra o loquero. Se detuvo porque había dicho demasiado, y se lo había dicho a él. Y no supo porqué, pero no le gustaba que él supiese tanto… Eso la hacía sentir vulnerable.
Le dio la espalda para secarse las lágrimas y echarse otra calada temblorosa del cigarro que ya estaba en sus últimos momentos. Se enjugó la nariz. Malditos mocos.
Desde atrás, Edward le tendió un pañito oscuro.
Ella lo tomó y giró sólo lo necesario para no darle la espalda. Se secó los ojos ardidos. Necesitaba sacudirse la nariz, pero eso hubiese sido asqueroso.
-Entonces ayúdame a entenderte- le dijo amablemente, mirándola por primera vez desde que se habían conocido con algo de cariño, ternura, o lo que fuera.
Ella suspiró ruidosa y entrecortadamente, mirando a otra parte.
-Ni aunque lo intentaras, me entenderías. Ni yo lo hago a veces- murmuró ella con pesadez.
-Nada se pierde con intentarlo- insistió él en tono más neutral: sin lástima, sin demasiada ternura, sin rencor- Nada pierdes tampoco tú intentando recuperarte… ¿sabes?
Bella se encogió de hombros, preguntándose mentalmente para qué.
-Es cierto que no tengo puta idea de lo que sientes, o de lo que en realidad te pasa…-continuó, sin dejar de verla- Pero… No sé –se encogió de hombros- tu podrías ayudarme a hacerlo, a entenderte.
Ella alzó la vista, y sus ojos quedaron prendados en los de él. Él tampoco quitó la vista. Simplemente, algo había ahí, además de las mariposas que revoloteaban en su estómago ulceroso.
-¡Mierda!- masculló ella soltando el cigarro rápidamente; éste se había consumido en su totalidad y ahora le había quemado un poquito la yema del dedo. Se examinó el dedo, aunque fue en vano por la oscuridad circundante. Luego se lo metió en la boca, chupando solamente la yema. Por supuesto, la atmósfera donde antes chispeaba algo (¿electricidad?, ¿química?, algo), estaba totalmente evaporada.
Ahora fue el turno de suspirar de él, que la miraba con cara de circunstancias.
-¿Nunca te salvas de una, no?- le preguntó medio en broma, medio preocupado.
-No desde que tengo uso de razón- respondió ella, sin pensarlo. Luego agregó rápidamente mirándolo- Ésta no necesita pomada ni nada, tranquilo.
Él se rió un poquito, y ella se descubrió fascinada por aquel sonido.
Pasó unos segundos antes que alguien hablara.
-Vamos a tu cuarto, tengo que registrar tus cosas.
Cuando ella le miró entre indignada y alarmada, él levantó las manos enseñando las palmas.
-Políticas del campamento- se excusó.
Emmett acababa de hacer la "revisión de las pertenencias de Kate. Llevaba consigo una bolsa sellada con el nombre de ella y en ella lleva "confiscado" una tijera, un cortaúñas, una lima ("¡Vamos, Emmett! ¿Qué daño puede hacer una maldita lima?"), una afeitadora (¡No me jodas! ¿Cómo coño me voy a afeitar ahora?), unas pastillas para el dolor de cabeza que le prometió regresarle después de que el doctor Cullen les diera el visto bueno, un frasco de somníferos, y un zippo. Y su celular. El escándalo que armó ante esto no fue nada normal.
Ahora iba hacia la habitación de Rosalie. No sabe que esperar. Es obvio para él que ésta chica le gusta. Mucho. Y es más, tiene que ser sincero consigo mismo: no ha dejado de pensar en ella desde aquella noche en la discoteca.
Tocó la puerta y esperó. Ella abrió y le dejó entrar de mala gana. Ya había puesto sus dos enormes maletas encima de la cama.
-¿Eso es todo lo que traes?- preguntó, intentando no pensar en lo bien que se veían sus piernas en ese mono.
-Y unas cosas que están en el baño, y otras cosas que metí en las gavetas - respondió ella mirándolo.
-Bien.
Él comenzó a revisar el baño con ella pisándole los talones. No había afeitadora. Pasó lo mismo que con la lima de Kate; pero Rosalie no dijo ni mu. Tenía unas cremas y un perfume. Otras cosas de aseo personal que no tenían ningún riesgo.
En la gaveta de la mesita de noche había un par de libros, fotografías, unas pastillas que metió en la bolsa de una vez.
-Son antialérgicos- le explicó ella.
-Ya, pero todos los medicamentos los debe ver el doctor Cullen primero- indicó él sin dejar de buscar.
Luego pasó al closet, que estaba totalmente vacío. Bajo la cama sólo había zapatos. Bajo el colchón no había nada. Finalmente, llegó a las maletas. Dos enormes maletas con aspecto groseramente costoso. Abrió la primera: ropa (tuvo que revisar cada bolsillo de todos los pantalones y shorts; y cada bolsillo en general donde pudiera esconder algo), ropa, maquillaje, ropa interior (intentó ser profesional, y no imaginársela en ropa interior, o más allá de lo que su imaginación viajaba, o tendría que salir corriendo de ahí a darse una ducha helada), otro libro, un ipod.
La otra maleta era más o menos lo mismo, pero contenía cosas de mujeres como accesorios para el cabello, aretes, pulseras y demás. Y más en el fondo, encontró algo curioso: tres revistas; las últimas tres ediciones de Car and Driver. Emmett las sacó por inercia, aún sorprendido.
-¿Qué?- espetó ella- No me voy a esnifar el papel. No me las pueden decomisar- añadió con algo de temor en la voz.
Emmett la miró, aún extrañado.
-¿Tú lees esto?- le preguntó, curioso.
-Si. Me gusta. ¿Tan extraño es?- inquirió frunciendo el ceño.
.Dios. Una chica hermosa, inteligente y que le gustaran los carros.
Él carraspeó.
-Si, algo. A ustedes no suele interesarle este tipo de cosas- comentó.
Rosalie se carcajeo, y aquel sonido quedó grabado en la memoria de él. Era contagioso, cristalino. Aunque algo sarcástico.
-¿Qué sabes tú sobre nuestros gustos?- su ceja levantada y su pose altanera le pareció sumamente sexy. La pregunta era retórica obviamente, así que sólo se encogió de hombros. Rosalie era una chica algo peculiar.
-¿Tienes carro?- indagó él interesado, por preguntar, intentando romper algo del hielo que rodeaba aquella fría chica.
-Un M3- y ella no pudo evitar que se le escapase una sonrisita de orgullo, como si hablara de un bebé.
Emmett silbó bajito. Y pensar que probablemente él tendría que ahorrar mitad de su vida para tener uno de esos, y a ella probablemente se lo hubiesen regalado en sus dieciséis.
-Hermosa máquina- comentó.
-Va como la seda- concordó ella sin perder aquella sonrisa.
Le tocó revisar por encima del closet, por debajo, las fundas de las almohadas, y el tanque del WC que lo había olvidado.
-Oh, por Dios, ¿Qué se puede esconder ahí?- se burló ella, pero su pregunta tenía algo de ironía, por lo que él pensó que ella ya conocía ese escondite.
-Te sorprenderías si lo supieras- fue su simple respuesta. Regresaron al cuarto.
Hubo una pausa. Ya no había nada que revisar… Pero no se quería ir de ahí. Específicamente, no quería dejarla. Quería conocerla mejor; había algo en ella que le atraía como un imán, más allá de su físico escultural y su hermoso rostro. Era quizás ese halo de mujer fría y misteriosa.
Entonces recordó algo.
Le tendió la mano con la palma hacia arriba.
-Los cigarros- demandó en tono serio.
Ella rodó los ojos.
-Oh, vamos. Es sólo una caja. Nadie se va a enterar. Vamos, los voy a necesitar- pidió con voz persuasiva; pero él tampoco era tonto.
-Los cigarros- repitió, como si no hubiese escuchado nada.
Ella bufó y se metió la mano en el escote, sacando la caja de ahí. Se los puso bruscamente en la mano.
-Y tu teléfono.
Ella le sonrió, como si hubiese ganado algo.
-No lo traje, ya sé las estúpidas reglas… Así que sólo lo dejé.
Emmett la miró, evaluando si creerle o no. Ya había revisado todo y no había más nada que llevarse. A menos que ella se hubiese tragado el celular, era imposible que lo cargara entre la ropa; contando lo ajustada que le quedaba.
-Bien. Me gusta tu actitud, rubia- le dijo sonriendo.
Ella le sacó el dedo anular en el gesto grosero mundialmente famoso.
Puso todo lo que había recolectado en una bolsa etiquetada con el nombre de ella, y salió de ahí riéndose.
Alice entró en la habitación de Jasper antes que él, algo sorprendida por los buenos modales del chico.
-No me gusta mucho esta parte, pero tengo que revisar tus cosas. Políticas del programa- se explicó algo apenada.
-No hay problema- concedió él con el encogimiento de hombros. Como siempre, su expresión era tan serena que rayaba en lo indiferente. Alice comenzó con la cama; revisando la funda de las almohadas, las mismas almohadas, la colcha, por debajo de esta. No consiguió nada. Lo único que indicaba que alguien viviría ahí era una solitaria maleta cilíndrica algo vieja, que estaba a los pies de la cama.
Alice lo miró con las cejas alzadas.
-¿Eso es todo lo tuyo?
-Si- respondió llanamente él.
Por protocolo, la chica revisó el baño vacío y pulcro. Él ni siquiera se había molestado en abrir la maleta y acomodar algo. Siguió revisando cada cajón del closet; cada rincón que pudiese representar un escondite. Luego fue hasta la mesa de noche: vacía. Igual debajo de la cama. Suspiró. Se preguntó por qué él no llevaba nada como para ambientar su cuarto. A pesar de ser un chico, al menos algunas playboys (ew, ew, ew) debería tener por ahí. Era lo normal, ¿no? Fotos de sus padres, CD's, algo que dijera que alguien habitaba ahí. Aquello le preocupó, sin saber por qué.
De todas formas, faltaba la maleta.
Cuando la fue a subir en la cama, él la tomó por el asa, igual que ella y sus manos se rozaron. El cosquilleo que le invadió hizo que retirara la mano. Sintió como su rostro se ruborizaba.
-Gracias- musitó una vez el hubo puesto la maleta encima de la cama y la hubo abierto.
La chica comenzó a escudriñar con cuidado, intentando no desordenar, Sacando las prendas y colocándolas en la cama para poder revisar mejor. Toda su ropa era sencilla, y no tenía pinta de ser nueva, o cara. Tenía un agradable aroma a jabón, a limpio. Encontró un manojo de juegos de cartas, un par de libros (nada de playboy, gracias a Dios, porque hubiese sido embarazoso), un ipod, productos de aseo personal (tuvo que decomisar la afeitadora, el cortaúñas y una pequeña tijera), apenas tres pares de zapatos, ropa interior, jeans, suéteres, camisas, monos, algo de comestibles, en su mayoría chocolate. Se le iluminaron los ojos cuando de pronto vio unos Snickers Crunch. Eran sus favoritos. Pero pronto compuso su expresión normal.
-¿Te gustan?- preguntó él.
-¿Cómo?- ella se volteó para verlo. Jasper tenía las manos dentro de su abrigo gris, y señaló con la barbilla los chocolates.
Luego de un segundo, ella se mordió el labio y asintió.
-Son mis favoritos. Y los Nerds - sonrió.
Él se acercó a la maleta, al lado de ella, y el corazón de Alice empezó a tamborilear. Pudo olerlo: no usaba perfume, pero olía a jabón, y a loción para afeitar. También como a tierra húmeda. Le encantó su aroma. Las manos largas de él tomaron dos Snickers y se los ofreció, para su sorpresa.
-Oh, no importa… En serio, yo no lo decía para…- balbuceó muerta de la vergüenza. Lo último que quería es que él creyera que ella era una antojada y lambucea.
-Tómalos, ya son tuyos- y por primera vez desde que lo había conocido, él esbozó una tímida sonrisa.
Alice sintió algo en el vientre, y de nuevo se mordió el labio. Otra vez, aquel rubor traicionero le invadió la cara.
-Gracias, de verdad- Su sonrisa no pudo ser más grande. Guardó los chocolates en el bolsillo de su chamarra y continuó revisando el bolso. Al fondo, tocó algo duro y frió, lo encerró entre sus dedos y lo sacó; era una navaja suiza. En aquellos días era normal que alguien tuviese una, ¿no? Emmett y Edward las tenían. También una afeitadora de hombre. Se preguntó sin querer como se vería con algo de barba.
La metió en la bolsa. Jasper no hizo ningún comentario. Tampoco cuando le pidió su celular, y él le entregó un modelo no tan nuevo sin rechistar.
Ella se giró hacia él, que se había recostado de la pared más lejana a la cama.
-¿No tomas algún medicamento?- le preguntó.
Él negó con la cabeza.
-Bien…- Ella cerró la bolsa, y se volvió hacia él- Creo que es todo- Luego lo miró suspicaz- ¿Creo en ti si te pregunto su no me estás escondiendo nada?
Una comisura de sus labios masculinos se elevó sólo un poco.
- Yo te digo que no escondo nada, pero es cosa tuya si creerme o no.
Ella no dudó de él.
-Te creo entonces - Estuvo un segundo más ahí, parada, sin nada que hacer- Bueno, me voy. Mañana vengo por ti a las siete, así que procura estar listo, ¿Ok?
Como si le costara mucho hablar, sólo asintió.
-Bien. Buenas noches, Jasper- Y sin esperar respuestas, salió de su habitación.
No fue necesario ponerse a cavilar para darse cuenta de algo: le gustaba él. Sin conocerlo, sin saber nada de él. Le gustaba.
