Capítulo 6: Here we go again
Eran las seis de la mañana cuando abrió los ojos. Algo, algún ruido molesto la había hecho despertar. Luego se dio cuenta que tocaban la puerta. Y la puerta no era de su habitación. Gimió cuando recordó donde estaba.
Rosalie salió de la cama tropezando con la sábana enredada entre sus piernas. Abrió la puerta entornando los ojos.
Emmett estaba del otro lado, con una sonrisa estúpida, y algo de ojeras bajo los ojos. Pero sonreía, y se le hacían hoyuelos. ¿Cómo era que siempre sonreía, Jesús? Se dio cuenta del momento cuando los ojos grises del joven la escanearon rápidamente.
-Eh, rubia, a levantarse. A las 6 y media tienes que estar en el comedor- le informó mirándola a los ojos.
-Es Rosalie- gruñó ella- Si me sigues llamando rubia, juro que te golpeo.
Emmett rió echando la cabeza para atrás, sus carcajadas eran fuertes y cortas.
-Eso lo quiero ver- respondió él con burla, sin nada de reto en el tono. Era obvio que él creía que ella no era capaz, o tal vez sí, pero sabía de antemano que no le haría mucho daño su golpe- Te espero en el comedor. Si no estás allá en media hora, te vengo a sacar así sea en pijamas- le advirtió sin perder la sonrisa, y se fue.
La chica bufó, y caminó hacia el baño aún medio dormida. Se bañó, se vistió con un jean, una simple camiseta bajo un suéter verde oliva y se calzó con unas zapatillas deportivas. Casi se le olvida cepillarse los dientes. El cabello sólo se lo agarró en una cola alta.
Haciendo caso, media hora después estaba en el comedor. Localizó a Emmett sentado en una mesa cercana a la esquina junto con Jessica, Kate y Alice. Se preguntó si era aquello un grupo, y si tenía que seguirlo siendo durante lo que durase aquel campamento. Fue directo a la cola de la comida, ahí, de último, estaba ese chico, Jasper. Se situó tras él y lo saludó con un "Hola".
Jasper la miró, y le devolvió el saludo. Este chico era algo tranquilo para su gusto, pero tampoco le caía mal. Hicieron la fila, y cogieron los alimentos en silencio. Ella agarró mockaccino caliente, huevo revuelto, tocino y pan tostado.
Le dio pereza saludar, así que sólo se sentó al lado opuesto de Emmett, junto a Alice cuando llegó a la mesa. Esta última comía animadamente. Se sorprendía de lo vivaz que podía ser. O sea, ¿Cómo alguien podía destellar tanta energía sólo comiendo? Ella lo hacía. Generalmente, las personas que eran tan enérgicas le cansaban con rapidez, pero con Alice no le pasaba eso.
En la banqueta de su guía, Kate y Jessica murmuraban entre sí mientras picaban frutas y yogurt.
Empezó a comer en silencio, y cuando iba por la mitad, se dio cuenta de la ausencia de Bella y Edward. Tragó y se dirigió a Alice.
-¿Dónde están Bella y Edward?
La pequeña se limpió con una servilleta, mirándola con sus enormes ojos azules.
-Hola a ti también, Rosalie- comenzó con tono amigable- Es que Bella tiene un horario algo diferente al de ustedes y Edward tiene que acompañarla todo el tiempo- murmuró luego de tragar un pedazo de panqueque que se había metido en la boca.
Rosalie se preguntó qué harían mientras seguía comiendo, indagando en las razones de Bella para tener un horario diferente.
Sus ojos se desviaron hacia Emmett inconscientemente, que como siempre engullía una cantidad ingente de comida. Se preguntó cómo hacía para tener tan buen físico. Quizás tenía buen metabolismo, pero aquellos músculos tan bien formados no eran por arte de magia… ¿Tendría cuadritos en el abdomen? A ella le encantaban. Se imaginó pasando sus uñas por los de él… La expresión que pondría… ¿la miraría, o sólo cerraría los ojos?...
Entonces se detuvo en seco, dejando la taza de mockaccino a mitad de camino entre la mesa y sus labios. ¿Qué mierda estaba pensando? Enfócate, Rosalie, se dijo. Desde que lo vio en la noche en la disco, se dio cuenta que estaba bueno. De hecho, le gustó. Pero cuando él le miró la cara y no el escote, y luego cuando la defendió, se dio cuenta que él no era para ella; que él era mucho y que ella simplemente no lo pondría a recoger el desastre que Rosalie Hale representaba.
Ella no era para él, y ya.
Estar en esta situación, en el campamento, se lo hacía ver de forma más clara.
Pero eso… Le era tan fascinante por lo prohibido, al mismo tiempo que le dejaba un gusto amargo en la boca, sin saber por qué.
Ella no consideraba sus ligues. Si le gustaba uno, lo tenía y ya. Eso nunca había fallado. Y no lo haría.
De pronto, enrollarse con Emmett le parecía una idea de lo más interesante. Sabía que una relación con los guías estaba prohibida… Y era eso exactamente lo que le daba ese saborcito dulce a su idea. De todas maneras, un enrolle y una relación no era lo mismo, y ella sabía bien separar las dos: aprovechar la primera y desterrar la segunda.
En ese momento, Emmett alzó la vista de su plato y sus ojos se chocaron. Ella no quitó la vista, sino que al contrario, esbozó una sonrisa tan mínima que casi ni la sentía. Una sonrisa llena de ideas no tan buenas por ser malas. Él levantó una ceja y Rosalie pensó que estaría extrañado, puesto que ella nunca le sonreía. La chica sólo negó suavemente con la cabeza sin perder la sonrisa, y se concentró en seguir comiendo… Y en trazar un plan, como quien no quiere la cosa.
Bella daba vueltas en la cama, despierta, desde la 4 de la madrugada. Se había puesto un suéter sobre el pijama de algodón, grueso y largo porque el frío no la dejaba en paz. Cuando el sol comenzó a asomarse, decidió no seguir intentando dormir y fue a lavarse la cara y los dientes.
Desde el baño, escuchó unos toques en su puerta. Miró el reloj mientras caminaba hacia la puerta, eran las seis de la mañana.
Edward estaba del otro lado, con el cabello despeinado y apuesto como un maldito modelo. Algo en su estómago saltó. Sus ojos parecían más verdes con el amanecer… O era ella, que aún tenía la mente algo embotada por la falta de sueño.
-Buenos días- le saludó con una sonrisa pequeñita. Llevaba puesta la camisa gris, que aunque no le quedaba pegada, resaltaba su físico- Bella, tenemos que chequear como están tus signos- su tono era amable, como si internamente rogara porque ella no pusiera ningún tipo de resistencia.
Eso ya se lo habían hecho decenas y decenas de veces; así que sólo asintió.
-Me voy a cambiar entonces- dijo inocentemente, así le daría tiempo tomar unos cuantos cientos de ml de agua para aumentar su peso, siempre lo hacía.
-Oh, no, no te preocupes. Nadie anda rondando por ahí a esta hora.
Mierda.
-En serio, estoy en pijama, y….-balbuceó ella, algo desesperada.
-No importa, vamos- ya su tono no era tan amable, y sus ojos decían a luces que no le daría la oportunidad de cambiarse porque sabía que haría trampa.
Bella salió del cuarto cabizbaja y él cerró la puerta por ella. Caminaron en silencio hasta la enfermería. El olor del perfume de Edward se mezclaba con el olor a pinos, a bruma y a tierra. Se preguntó si sería él quien le hiciera los exámenes físicos, y esa idea no le agradó para nada. Pero cuando entraron, en la misma camilla donde ella había estado el día anterior, estaba sentada la madre de Edward, que al verlos sonrió cálidamente.
-Buenos días Bella ¿Cómo amaneciste?- le saludó al tiempo que bajaba de la camilla.
-Bien, gracias- respondió ella tímidamente.
La enfermería olía a café, y casi llegando a la pared del final, había una mampara que antes no estaba ahí. Esme, como había oído que le llamaba Rosalie, vestía la típica bata de médico, y bajo esta, una blusa bonita e informal y unos jeans. Se acercó a ella y le entregó algo ligero, suave y azul
-Vamos a ver como están tus signos, ¿Está bien? Ponte esto primero, por favor- y le señaló el biombo.
Luego de eso, todo fue rápido y difuso. Le tomó el pulso, la presión arterial, la temperatura, los reflejos. Todo lo hizo la doctora, mientras Edward tomaba nota, sentado tranquilamente en una silla, y cuando sus ojos verdes no estaban en el papel, se posaban en ella, y ella simplemente intentaba no mirarlo. Todo su atención se movió hacia la doctora Esme, su psiquiatra según le dijo también. Esta mujer era amable con ella. Nada parecido a los demás médicos que la trataban o como si fuera una retrasada, o como si fuera una criminal. Esta mujer siempre era delicada, pero la trataba normal, como si de verdad le gustara atenderla, cosa casi imposible.
Luego, la pesaron y la midieron. Todo en un cómodo silencio. Bella hubiese matado por ver cuánto marcaba la báscula, pero sabía de sobra que no le dirían nada. Desde hace tiempo hubiese empezado a tener complejo de rata de laboratorio, pero no, se había acostumbrado y ya.
Finalmente, la doctora la hizo vestirse. La chica lo hizo sin rechistar; el frío que hacía la estaba matando. Cuando regresó del biombo, la mujer y Edward dejaron de hablar. Él le apartó una silla a su lado, al frente de Esme, quien la miró a los ojos.
-¿Sabes por qué estás aquí, Bella?- le preguntó suavemente, bajando sus manos del escritorio, y dejando los papeles ahí.
Por alguna razón, Bella no pudo darle la misma respuesta que a Edward cuando él le preguntó lo mismo el día anterior. Así que sólo se cruzó de brazos, miró sus piernas y asintió.
-Bien. Y dime algo, sinceramente… ¿Tú quieres mejorar?
¿Quería mejorar? Esa pregunta la había escuchado unas mil veces; dentro y fuera de su cabeza. Y la respuesta, no la sabía aún. Si quería. No quería. Quería estar sana. Quería comer normalmente. Quería vomitar. Quería ser tan delgada… Quería morirse. Quería… Quería ser feliz.
Sabiendo que esperaban su respuesta, se encogió de hombros, aún sin mirar a nadie. Sintió los ojos de Edward clavados en su cara, de esa forma que sentía que le taladraban.
-Bella, escúchame- la doctora llamó su atención amablemente. La chica alzó la mirada y se topó con una marrón- El que no lo sepas, está bien. Yo estoy aquí para ayudarte a decidir. Por ahora, no podemos hablar mucho más sino hasta la tarde cuando te toque tu trabajo individual ¿de acuerdo? Anda a desayunar y nos vemos a las cinco.
Bella la miró confundida. Esperaba más una buena charla de los beneficios de comer, de su estado crítico, y etc., etc., etc.… Pero esta mujer sólo le dedicó una suave sonrisa con hoyuelos.
Edward se paró de su silla suspirando, y ella lo hizo igual, algo aturdida. Salieron de la enfermería a la fría mañana. El sol estaba arriba, aunque sus rayos no calentaran suficiente por la hora. Miró a Edward intentando no estremecerse por el frío.
-¿Ahora si me puedo cambiar?
-Ahora si.
Y fueron hasta su cabaña donde ella se bañó, cambió y peinó en menos de veinte minutos por exigencia de Edward. Todavía odiaba someterse a una autoridad. Sobretodo si esa autoridad no era nada suyo. Al abrir la puerta, una ráfaga de aire helado le mordió las mejillas. Sus hombros temblaron un poco, y Edward, que estaba recostado de la pared adyacente a la puerta, se fijó en ello.
-Vamos, en la cocina debe haber algo de leche caliente- le dijo empezando a caminar. Ahora llevaba un abrigo bajo la camisa de monitor, jeans y zapatos deportivos negros.
Bella le siguió como pudo; un paso de él equivalía a dos de ella.
-¿Dónde están los demás?- preguntó la chica.
-Ejercitándose- como si le leyera la mente, él abrió la boca antes que ella- Tú aún no puedes, tu condición no puede ser forzada aún más.
-Oye, yo…- ella no era ninguna débil, y se lo quería dejar en claro, pero entonces alguien les interrumpió.
Una chica esbelta, de cabellos cobrizos rizados, le saltó en el cuello a Edward, haciendo que ambos se detuvieran abruptamente. Bella observó boquiabierta como la pelirroja enterraba su cara en el cuello de su guía. Ella llevaba una chemise gris de monitor, jeans ajustados y tenis caros. ¿Y esta quien era? Sintió una molestia al verla así, tan… alegre.
-¿Tanya?- musitó Edward con voz ahogada, pero entusiasmada.
La castaña se sintió extraña, fuera de lugar. Pero no podía quitar sus ojos de ellos dos. Cuando Tanya se alejó para ver al chico, Bella se fijó en que era una muchacha hermosa. Ojos azules, pecas en una nariz respingona, boca sensual, piel saludable. Era, asquerosamente perfecta. Y si, sintió envidia. Parecían el rey y la reina del baile... Lo cual a ella no le debería importar, claro.
Miró a otro lado, incómoda.
-¿Cómo estás?- la voz de la chica rezumaba excitación- Ayer no pude estar aquí porque el vuelo se canceló, y cuando llegué esta mañana no te vi en el comedor… ¡Te estaba buscando!
Bella regresó sus ojos a ellos. Ella le tenía una mano cogida y lo miraba con… uuggghh. Se le hubiese caído la baba. Y los ojos de él también brillaban. Quizás fueran novios… Aunque si fuesen novios quizás el reencuentro hubiese sido más romántico ¿no? Quizás sólo fuesen amigos –y pensar eso la hizo sentir mejor-. Pero el modo en que ella lo miraba sugería más, mucho más.
Edward rió, una pequeña carcajada desenfadada que nunca había oído.
-Pensé que no vendrías, llamé varias veces a tu móvil y no te podía localizar. Supongo que no tenías batería… Que bueno que estás aquí.
Bella rodó los ojos. Aquello era muy, muy incómodo; se sentía como un florero.
-Lo mismo digo- la chica le lanzó una sonrisa donde mostró sus blancos y perfectos dientes- ¿A qué hora estás libre? Tenemos mucho que hablar….
Sin saber por qué razón, decidió hacer algo. Odiaba sentirse ignorada. Dio un carraspeo suave para llamar la atención.
Los ojos azules de la chica se posaron en ella y le recorrieron de arriba a bajo de forma disimulada, luego sonrió jovialmente.
-Edward, que mal educado eres. ¿Nunca perderás esa costumbre?
-Lo siento. Ella es Bella, Bella, ella es Tanya, una amiga.
Bella estrechó la mano suave de Tanya con una sonrisa algo hipócrita.
-Soy Tanya, es un placer. ¿Es tu primera vez?- le preguntó con gentileza.
-Si.
-¿Y que tal te ha parecido?
-Bien- Sus respuestas tenían el tono de un actor disimulando antipatía.
-Que bueno. Los campamentos del Carlisle siempre son lo mejor.
Bella no sabía a que se refería porque platicaba como si hablara de alguna distracción. De nuevo, ella asintió con una sonrisa, queriendo irse de ahí pronto. Por eso, hizo algo que hace dos años no hacía. Trago duro antes de decirlo, porque ella nunca NUNCA decía que tenía hambre. Las palabras de su boca salieron tan desapasionadas que el engaño en ellas fue totalmente palpable.
-Edward, tengo hambre- musiyó con voz ronca. Y se sintió extraña, como si de pronto no fuera ella.
El chico la miró fijamente por unos segundos, con los ojos verdes entornados, incrédulos y suspicaces a la vez. Luego le dirigió una sonrisa a Tanya, que miraba a ambos, como si tomara notas mentales.
-Tengo que llevarla a comer, así que te veo más tarde, Nya- antes que él dijera algo más, ella le zampó - si zampó, o atacó, como sea- un beso en la mejilla.
-¡Me escribes al celular cuando tengas una hora libre!- Le dijo y luego se alejó corriendo hacia uno de los jardines.
Inmediatamente, Edward dirigió hacia ella una mirada calculadora, pero no fría.
-Así que… quieres comer- comenzó mientras reanudaban la marcha. Había algo extraño en su tono.
-Si, ¿no oíste?- preguntó con amable ironía.
-Bien…- una sonrisita burlona elevó una de las comisuras de sus finos labios. No era una sonrisa buena.
No sabía por qué de pronto se arrepentía de haber dicho lo que dijo. En serio.
El comedor estaba vacío. Ella siguió a Edward hasta la mesa donde en grandes bandejas hondas estabas los contornos. Él le extendió una bandeja a ella y agarró otra para él. La nariz de la chica fue golpeada por tantos olores que sintió su estómago llorar. Tenía hambre, si, pero ya esa sensación era algo tan normal como respirar. Edward miraba todo con ojos hambrientos. Él tomó un par de panecillos, algo de queso, huevo revuelto con tocino. Luego, la miró a ella, que a su vez miraba todo. Se mordió el labio, indecisa, asustada.
Ese simple gesto la hizo parecer sólo una niña abrumada y perdida.
-¿Te ayudo?- le preguntó él suavemente, inclinándose lo suficiente para poder hablar bajito y ser oído, pero sin invadir su espacio personal.
La chica llenó sus pulmones de aire y no hizo más nada, sino que se quedó mirando todo como si eso fuera arte, y no algo que se toca y se come… Cosa que para ella debía ser así, más o menos.
-Mira- comenzó con tono monocorde, como si intentara de explicarle algo sumamente difícil. Y no porque la creyera idiota, simplemente porque sabía que esto era duro para ella- Estas tostadas se ven bien, ¿Está bien dos?- y la miró.
-Una- dijo Bella a media voz, mirando las tostadas como si en algún momento estas empezaran a correr solas.
-Bien, una- Tomó la tostada y la colocó en su plato- ¿Te gustan las magdalenas? Estas son de frutas- él mismo tomó una de naranja para si, y tomó otra rojiza y la puso en el plato de ella- Esta es de fresa, creo- Ella no hizo nada, simplemente observaba todo con sus enormes ojos marrones brillantes, inquietos. Él avanzó con Bella atrás, buscando según las indicaciones de Esme "proteínas magras, carbohidratos con fibras y mucha vitamina. Hazla comer sobretodo proteínas…" – Mmm.. Quizás algo de huevo con salchicha te guste… ¿no?- Ella negó, muda- Bien, Bella, necesito que hables y me digas qué te provoca comer. Puedes comer lo que quieras, ¿De acuerdo? Ahí hay huevo revuelto sólo- le indicó, señalando una bandeja humeante aún. Sin esperar, tomó una cuchara y le sirvió la mitad de una ración normal. La miró y ella no había entrado en pánico, bien. Tomó leche con canela en una taza y se la puso en la bandeja. Luego dos rebanadas de queso blanco, y al llegar a las frutas, agarró una naranja, una manzana y una banana. Todas las puso en su bandeja, ya que la chica tenía pinta de querer salir corriendo en cualquier momento.
Caminaron hasta la misma mesa del día anterior, y él dejó que ella se sentara primero para luego sentarse al frente.
Aquí vamos, pensó.
-Bella, mírame- le pidió. Desde hace rato ella tenía la cabeza gacha, y sus cabellos escondían gran parte de su rostro. Cuando ella alzó la cara, sus ojos se encontraron- Vamos a ir despacio, te prometo que no te meteré la comida a juro en la boca… Pero tienes que intentarlo, ¿ok? Y tienes que esforzarte- le dijo despacio, sin dejar de mirarla, y dándose cuenta, de pronto, que quería que ella estuviese bien, que estuviese fuerte y sana.
Entonces, pasó lo inimaginable: a ella se le escaparon dos lágrimas enormes que se apuró en desaparecer con la manga de su suéter. Eso movió algo en su pecho, algo cálido y abstracto.
-No sé…- la voz rasposa de ella llenó el silencio- Es… difícil- tragó saliva y miró sus manos bajo la mesa. Otro par de lágrimas brillaron en sus mofletes y salpicaron en la chaqueta.
Mierda, mierda, no le gustaba verla así. Ojala fuera Carlisle quien estuviese ahí, y no él, sin saber muy bien qué hacer o por donde comenzar.
-Bella… Eh… N-no llores… Por favor- balbuceó estúpidamente, mirándola horrorizado- Mira… Eh… Come hoy lo que puedas, hasta que te sientas satisfecha, sólo hasta que el estómago te deje de gruñir. Pero come algo- eso había sonado mucho a súplica, pero no le importó. No le gustaba verla llorar, y necesitaba que dejara de hacerlo. Lo hacía sentir inútil e incómodo.
Bella se secó los ojos, y lo miró.
-¿No te vas a molestar porque coma poco?
-No tan poco- condicionó. Entonces se paró, plato en mano, y se sentó al lado de ella, que lo miraba algo sorprendida. Puso su bandeja al lado de la de ella, y tomó su magdalena. El olor a fruta junto con lo dulce del pan hacían que su estómago vacío se revolviera- Esto no es mucho ¿Te la puedes comer completa?- le preguntó apaciblemente.
Bella dudó. Luego dijo con tono más firme:
-La mitad.
Ok, no era mucho, pero era algo.
-Bien- asintió y partió la magdalena rosada de ella por la mitad. La otra mitad la dejó en su propio plato- Los huevos, te los vas a comer. Los necesitas. Ella abrió la boca para replicar, pero Edward no la dejó -No. Completos. Mira, no es ni la mitad de lo mío. Es poquísimo- la miró a los ojos, intentando convencerla. Antes de musitar un "Está bien" con los dientes apretados, ella rodó los ojos- Y la leche también.
-¡No si no es desnatada!- alzó la voz ella.
-Igual si es leche completa. No nos importa lo que sea, es leche y te hará crecer- le dijo medio burlón, medio serio. Milagrosamente, ella sólo apretó los dientes y no inició una discusión. Tomó el pedazo de magdalena y se la llevó a la boca, pellizcándola solamente, y comenzó a masticar tan lentamente que era espasmódico.
Para distraerse, él mismo comenzó a comer como una persona normal. Y de pronto se le ocurrió que eran una pareja curiosa. Ella: delgada y frágil, anoréxica de competencia, antipática, pero inteligente, impredecible. Él, mucho más grueso y alto que ella, más tranquilo, práctico, controlado, y…. ¿Había dicho él curiosa pareja? Bueno, de alguna forma eran una especie de equipo, si. Y ya, eso.
-¿No puedo tomar café?- preguntó Bella luego de tragar una mínima cantidad de huevo, tan pequeña, que era tonto masticarla, pero ella lo hizo igual.
-No- respondió él, luego de pensarlo un poco- No creo que el café te haga bien- Recordó un artículo que leyó, donde palabras como taquicardia, metabolismo, nervios y café estabas muy mezclados.
-Vamos, sólo un poco… Me estoy muriendo del sueño- refunfuñó. Él la miró; tenía los ojos en los huevos, el ceño fruncido y movía la comida en su bandeja sin ganas.
Generalmente, él era alguien firme en sus decisiones, pero simplemente esta vez su firmeza se tambaleó. No supo por qué exactamente, pero no se pudo negar más.
-Está bien –le concedió- pero después que comas todo. TODO, ¿ok?
Ella asintió con una sonrisita, y mojó en leche un pedazo considerable de magdalena.
Media hora después, salían del comedor. Bella rodeaba con sus delgadas y pálidas manos una taza con menos de la mitad de café. Él mismo se aseguró que el café no estuviese muy fuerte.
Mientras caminaban a paso lento –a paso de Bella-, y ella se tomaba el café, se concentró en respirar ese aire impregnado de pino, tierra, sol y agua.
-Así que… ¿Ella también es monitora?- la voz dudosa y aparentemente indiferente de ella lo sacó de sus pensamientos.
Él notó su curiosidad.
-¿A quien te refieres?- preguntó frunciendo el ceño y mirándola.
-A la pelirroja que casi te ahorca- respondió ella - ¿De donde se conocen? Parecen ser buenos amigos.
-Se llama Tanya, y sí, somos buenos amigos desde hace años. Sus padres son amigos de Carlisle y Esme- respondió él a su vez, preguntándose por qué a ella le interesaba eso.
-Es guapa- murmuró lentamente.
Edward asintió, extrañado. Si, Tanya era guapa. Todos sus amigos querían algo con ella, pero él no la veía de esa forma. Era simpática, inteligente y guapa, pero no era de su tipo. Decidió jugarle una broma a Bella.
-Oh. Ohh- exclamó, haciéndose el sorprendido- ya lo comprendo.
Bella se volvió bruscamente hacia él, su semblante se veía más blanco.
-¿Qué?- exigió saber.
-Ya lo comprendo- repitió, poniendo los ojos grandes.
-¿Qué?
-Eres lesbiana- dijo finalmente, con aire comprensivo pero serio- Y te gustó Tanya.
Bella se paró abruptamente y escupió el café. Él empezó a reírse.
La chica se limpió con la manga y lo miró horrorizada.
-No, no, no. No tengo nada contra los gays, pero te aseguro que no soy una de ellos- le informó, todavía ofuscada- Y mucho menos me gusta Tanya. Lo dije porque pensé que ustedes dos quizás eran algo más…
-Ya, ya, cálmate, era broma- Bella rodó los ojos. Ahora él era el curioso- ¿Por qué pensaste que ella y yo podíamos tener algo?
-Oh, por favor…- bufó ella- Nada más la forma en que te mira es suficiente como para saber que le gustas.
Edward se rió de lo absurdo de sus palabras.
-No- aseguró- No le gusto. Ella tiene novio.
-¿Y?
-¿Cómo que y?- Tanya no gustaba de él, no podía, era algo tonto.
Una vez más, la morena rodó los ojos.
-Que ciego. No importa, ya te darás cuenta por ti mismo- hizo un gesto exasperado con la mano y siguió caminando.
Edward no insistió. La verdad, esa conversación simplemente le ponía incómodo. Sus amigos, incluso Emmett, le decían lo mismo… Pero él no lo veía así. Ella nunca le había dicho nada, y lo prefería así, porque aunque Tanya era una mujer hermosa e inteligente, no le gustaba.
El joven tuvo que dar un par de zancadas para alcanzar a Bella, que bebía lentamente el poco café que le quedaba.
Ya llevaban algo así como 20 minutos trotando, pero a Rosalie le parecían horas. Ella no era muy adepta a trotar, no le gustaba. Su deporte era bailar, y ya. Y para conservar su figura, comía sano. Si, la cagaba con el cigarro, las drogas y el alcohol… Pero eso era algo muy secundario, contando el hecho que antes lo hacía mucho más que ahora. Si sus papás hubieran sabido eso, y lo hubiesen valorado, quizás ella no estuviese ahí, sudando como un leñador.
No sabía porqué los ponían a hacer ejercicio. Pensó que sólo sería hacer terapias, y jueguitos para locos… Pero aparentemente también esto tenía complejo de militar.
Se despegó un mechón sudado de la frente y se detuvo poco a poco hasta que comenzó a caminar, dejando que los demás siguieran adelante. Se puso las manos en la cintura y abrió la boca para respirar mejor, sentía que el aire no le llegaba a los pulmones.
Mierda, esto es culpa del cigarro.
Se quedó ahí parada hasta que su respiración se normalizó. Se amarró mejor la cola de caballo, echándose el cabello hacia adelante.
-Eh, tramposa, tienes que seguir- la voz de Emmett la sobresaltó. No se había dando cuenta que él estaba atrás de ella.
-Mis piernas no dan más, ricitos ¿Me van a encerrar en la caja de la vergüenza si no sigo?- preguntó ella, irónicamente, mientras comenzaba a caminar lentamente. La transpiración hacía que su camiseta de algodón de tiras se le pegara en la espalda.
Emmett echó unas carcajadas antes de ponerse a caminar junto a ella. Le gustaba ese sonido, pensó. Y no se dio cuenta, pero ella sonrió un poquito. Lo miró de reojo, tenía una camisa de algodón gris, un suéter y un mono de deporte. Su cabello negro y rizado caía por su cuello y su frente haciendo parecer su rostro más fuerte, y varonil. Diablos, era muy guapo.
-Oye, no tienes que estar detrás de mí todo el tiempo… No soy lo peor que hay aquí. Voy a empezar a pensar que me estás acosando- indicó Rosalie, mitad seria, mitad burlona.
-No, claro- concedió él con una sonrisa sarcástica- Pero entre Kate y tú, ella es una mordida de hormiga.
No sabía que había llevado a Kate hasta ahí, tampoco le importaba mucho, pero eso le picó un poco.
-¿Si? Disculpe San Emmett, entonces sí me merezco la caja de la vergüenza- su tono rezumaba falso drama, pero en el fondo había acidez. Aquello le había ofendido un poco. ¿En serio era peor que muchos? No lo creía.
Emmett se rió otra vez.
-¿Te molestaste de verdad? Era broma- dijo éste sin perder la sonrisa.
Uno de los últimos monitores que estaban les pasó por el lado trotando, perdiéndose de vista en una curva. Ellos eran los últimos.
-Oh, si, muy graciosa por cierto- ironizó la rubia, pero en su interior se sintió aliviada. Ella sabía que no era buena, pero por alguna razón, no quería que él tuviera un mal concepto de ella… O sea, más aún. Recordó entonces lo que había estado pensando en el desayuno, lo de coquetearlo hasta… Hasta donde sea que el universo lo permitiera (jaja, como no), sólo por curiosidad, sólo por hacer algo. Por diversión; perversa diversión…
Tan sumergida en sus pensamientos estaba, que no se fijó en una rama que se llevó por delante, haciendo que tropezara y cayera al suelo de forma bochornosamente estrepitosa. De esas que sabes que quedaran grabada en tu memoria por lo ridículo, bueno, así.
De verdad, estaba mirando a otra parte cuando Rosalie se tropezó. Fue en cuestión de segundos: miró el reloj, un golpe y Rosalie estaba en el suelo, tendida como una rana.
Y luego, lo peor que podía pasar, pasó: se echó a reír sin poder controlarlo. Llegó hasta donde estaba ella, pero sin dejar de reírse. Fue muy cómico, no lo podía evitar.
Ella, con la cara mortalmente seria y sonrojada hasta la punta de sus rubios cabellos, se sentó rápidamente.
-Oh, Dios… Perdóname por no atajarte, no te estaba viendo…. Disculpa- decía mientras intentaba reírse menos. Hasta se sintió avergonzado: no era de caballeros eso…Pero fue muy cómico la forma en que quedó tendida en el suelo. Le estiró una mano para ayudarla a pararse- ¿Te golpeaste muy fuerte?
La chica lo ignoró. No lo miró cuando se paró y empezó a sacudirse el mono de jogging, la camisa y las manos. Estaba furiosa, claro.
-Oye, disculpa por reírme… Pero debiste haberte visto…- más risas mesuradas.
Rosalie se sacudió la tierra un poco más, se atizó la cola y empezó a caminar a zancadas hacia adelante.
Emmett se obligó a mantener la cara seria, pero una sonrisa aún le estiraba los labios cuando la alcanzó.
-¿Te vas a molestar por eso? Ya me disculpé.
-No, por favor, ¿Cómo me voy a molestar porque me hayas dejado caer y luego te hayas puesto a reír como una hiena de mí?- masculló ella sin mirarlo. Fácilmente se podría decir que ella quería asesinarlo.
-Yo no me río como una hiena- apuntó él.
Rosalie bufó, acelerando sus pasos. Pensó que eso sólo aparecía en las comiquitas, pero ella en realidad parecía un monstruo rubio que aplastaba una ciudad. Un monstruo muy sexy, cabe destacar.
-¡Rubia! Esper…- Entonces se interrumpió. Rosalie se había vuelto hacia él, caminaba sobre sus pasos y parecía peligrosa.
Quedaron a un paso de distancia el uno del otro. Los ojos azules de ella chispeaban. Emmett tragó saliva, sin saber exactamente por qué estaba nervioso.
-¿Cómo me llamaste?- preguntó ella en tono amenazante, acercando más su rostro al de él.
Emmett profirió una risita de alivio. Era eso.
-Te dije Rubia- le respondió, paladeando cada sílaba de la última palabra, y sonriendo, porque no podía evitar disfrutar el molestarla un poco. Aquella amenaza carecía de importancia para él.
Ella fue más rápida y menos delicada de lo que cabe esperar de una señorita. Obviamente, el que le agarrara por los cabellos y lo halara hacia abajo, haciendo que tal vez aullara un poco, lo tomó por sorpresa. Sus rostros estaban al mismo nivel, y tal vez –otra vez- aquello más que molestarlo, lo que hizo fue que aquella escena le pareciese sensual. Ella sometiéndolo de esa forma, no hacía más que hacer que estallasen imágenes altamente eróticas en su mente.
-Te dije que no me llamaras Rubia- la suavidad de sus palabras decían más peligro que dulzura- Tengo nombre, y es Rosalie- dicho esto, le asestó un puntapié en la espinilla, como le había prometido.
Aquello no fue tan sexy, claro. De hecho, dolió.
Mientras se presionaba el lugar malherido, jurando para sus adentros, observó a Rosalie –más nunca "Rubia"- avanzar con la cabeza bien en alto.
Oh, si. Le gustaba esa chica. Más ahora que había demostrado que no le temía.
Jasper se detuvo a una seña del monitor que los estaba guiando en los ejercicios, un chico joven de piel rojiza y cabello oscuro y rapado. Con el tiempo que tenía sin hacer ningún entrenamiento físico, se sorprendió de lo bueno de su aguante. Mientras se apoyaba de un árbol, vislumbró un termo rodeado de varios campistas sedientos. Se encaminó hacia allá, y se puso en la cola.
No llevaba un minuto cuando escuchó una voz femenina que le hablaba.
-Vaya carrerita, ¿no?
Cuando se volvió, era esa chica rubia que antes Alice le había presentado. Le sonreía coquetamente y lo miraba esperando respuesta.
-Mmmm… Claro, si.
Vino su turno para tomar agua y se hizo con un vaso de plástico de una pila que había en la misma mesa donde estaba colocado el termo. Lo llenó y se lo llevó a los labios.
-Eres Jasper, ¿verdad?- prosiguió la chica, y el asintió mirándola sobre el vaso, haciendo que unas gotas se le escaparan y recorrieran su cuello para humedecer su camisa de algodón. Observó como los ojos verdes de la chica hacían el mismo recorrido de las gotas sin disimular nada.
-Te has babeado- ronroneó, acercándose a él a paso felino y limpiando con los dedos su barbilla en un gesto tan… íntimo, que se sintió incómodo. Bajó el vaso vacío y se alejó un paso, quedando afuera de su agarre. Se pasó su propia mano por la boca, secándola.
Ella rió un poco, y Jasper buscó con los ojos cualquier cosa que le permitiera irse de ahí.
-¡Jasper! Te estaba buscando- la voz cantarina de Alice hizo que botara aire aliviado. Ella le tomó el brazo como siempre hacía y le sonrió cándidamente- Oh, hola Kate- saludó a la otra, que le ofreció una mueca muy parecida a una sonrisa- Ven, tengo que mostrarte algo- y lo arrastró lejos del termo y de la tigresa. La pequeña joven lo condujo hasta un tronco caído, fuera de la vista de Kate, y se sentó, mirándolo con sus ojos azules. Sus enormes ojos azules.
-¿Qué? ¿Qué era eso que tenías que mostrarme?- preguntó.
Ella rodó los ojos y luego se rió con ese sonido tintineante y agradable.
-Sólo te vi incómodo con ella- se encogió de hombros- y supe por tu cara que necesitabas una especie de intervención… A menos que…-su rostro expresó inseguridad, quizás pensando que había interrumpido algo.
-No. No, no has interrumpido nada. De hecho, sí necesitaba la intervención, gracias- le agradeció sentándose en el tronco también. De reojo miró a Alice, que aquella mañana tenía su largo y espeso cabello en una cola de caballo. No estaba sudada, como lo estaba él, y ahora que recordaba, no la había visto durante el recorrido a trote. Volvió su rostro hasta ella -¿Por qué no estabas trotando como los demás?
-Odio trotar- fue su respuesta- además, no me gusta sudar…-pareció dudar un poco, y luego agregó- Bueno, no así.
Jasper alzó mucho las cejas, mirándola. Alice se sonrojó, comprendiendo como había sonado.
-¡Me refería al sauna! Me refería al sauna- balbuceó rojísima.
Por primera vez desde hace mucho, algo le hacía la suficiente gracia como para carcajearse genuinamente.
-Yo no dije nada- se defendió él entre risas.
-Entonces deja de reírte- espetó medio molesta Alice, encantadora en esa pose enfunfurruñada y aún del color de un tomate maduro. Aquello no hizo más que aumentar sus risas. – ¡Es en serio!
Pero entonces ella también empezó a reírse, sin poder controlarlo, algo propio de la risa contagiosa.
Lejos de ellos, recostada de un árbol, una chica de cabellos rubios los miraba reír con una expresión oscura en el rostro. La joven no se había dado cuenta, pero apretaba sus uñas acrílicas contra sus palmas hasta casi romperse. Ella no perdía, nunca perdía. No lo había hecho antes, y no lo haría ahora.
Kate, muerta de los celos, dio media vuelta, alejando sus ojos de Jasper y Alice, que todavía reían juntos.
Alice no era consciente de lo que pasaba. Para ella, sólo reían. La risa de Jasper era baja, y agradable, contagiosa. Él era adorable, y le parecía imposible que pudiese hacer daño a alguien. Dejó de reír poco a poco, dándose cuenta el camino que sus pensamientos estaban tomando. Aquello no estaba bien. Dejó de mirar a Jasper para concentrarse en sus uñas de color lila, cortas. Luego miró el reloj.
-Oye, ya es tarde. A ti te toca cita con la psiquiatra a las 8 y media, y ya son las 8- le informó mirándolo de nuevo. El rostro de Jasper perdió la sonrisa.
-¿Es necesario que hable con el loquero?- preguntó él sin mirarla. Su voz translucía fastidio.
-Totalmente. Y no es un "loquero"; es una psiquiatra. Y es muy buena- dijo medio seria. Su madre era la psiquiatra, y le molestaba que le dijeran a los psiquiatras loqueros. Aunque vieran locos.
-Ya. Y supongo que ella solucionará todos mis problemas ¿no?- masculló amargamente Jasper. Ella, sorprendida por el tono, lo miró echando fuego por los ojos.
-No, ella no. Pero si pones de tu parte, puede que te ayude- intentó que su voz no fuera dura, pero tal vez sonó antipática.
-¿Sabes cómo pueden ayudarme? Si me dejaran salir de aquí- soltó el rubio apretando los dientes, con la vista en algo lejano.
No es que ella no tuviera tacto, es que a veces le venía el vómito verbal y simplemente no podía callarse. Y esa vez le pasó así.
-¿Para qué, para que te convirtieras en un asesino?- luego se arrepintió de lo que dijo, y de la dureza de su tono. A ella no le incumbía eso, ella no tenía por qué ahondar en los problemas de él. Cuando el chico le dirigió una mirada molesta, Alice se mordió la lengua y sus mejillas se sonrojaron. Pasó medio minuto en el cual nadie dijo nada- Lo siento- musitó ella, bajito, mirando al suelo.
-No importa, es verdad lo que dices- respondió él luego de unos segundos, mirando a la nada. Su voz era formal, como la de un hombre. Cierta oscuridad en su cara le dijo que hablaba muy en serio.
La joven se giró hacia él, se mojó los labios con la lengua y habló con suavidad.
-¿No te das cuenta? Te están dando otra oportunidad. La violencia no puede detenerse con violencia…
-Ya déjalo, Alice, tú no sabes nada- la frialdad y la rabia contenida en sus palabras la cortaron. Era cierto, ella no sabía nada. Se sintió impotente entonces, demasiada niña como para hacer algo.
Y cuando algo así pasaba, prefería retirarse decentemente. O correr como una cobarde. Sobretodo, porque su tono le había dolido, y los ojos comenzaban a picarle.
-Bien- dijo ella, bajito, pero firme, tratando de mantener la dignidad. Y se paró sin mirarlo- Tienes que estar en la cabaña de consultas 2 a las 8:30, no faltes- y se fue.
No iba a llorar. No podía llorar. Ni si quiera lo conocía ¿Cómo demonios podía ponerla así el solo hecho de que le hablara feo? Era estúpido. Ella era estúpida.
Se alejó respirando agitado hasta su cabaña, rogando porque las lágrimas aguantaran hasta que estuviese sola.
