Capítulo 7.
Los siguientes días fueron para Bella algo como un sueño. Y no por lo lindo; sino que cada día parecía pasar como una bruma, rápido, como si ella no pudiese hacer nada y sólo estuviese ahí de observadora. Cada hora de cada día ya estaba estrictamente planeado para ella, y salirse de la rutina era casi un pecado mortal. Había pasado una semana, y para ser sincera, se sentía igual. Quizás un poco más acostumbrada, como quien asume algo ineludible.
Las terapias eran lo peor de todo –después de las comidas-. La doctora Esme no era mala gente, pero era psiquiatra, y claro, hace el trabajo de los psiquiatras, y los psiquiatras son unos metiches que medican. Punto. Ahí tenía que hablar, y la doctora le recordaba constantemente que tenía que poner de su parte si quería salir de eso.
Le había explicado que la recuperación era un proceso largo y difícil. Que ahí darían los primeros pasos, pero que tenía que comprometerse aún más luego de salir. Bella había decidido llevarle la corriente en las sesiones, ¿total? Después que saliera haría lo que quisiera, pero mientras tenía que comportarse a la medida, por Charlie, porque la dejaran en paz. Así que hablaba, y respondía satisfactoriamente todas las preguntas que le hacía la psiquiatra, y se tomaba el medicamento a tiempo.
Durante las demás actividades, que se asemejaban mucho a las de un club de ancianos, era casi lo mismo. En la de autoestima asentía, sonreía y respondía; en la de arte hacía las manualidades ridículas que le pusieran; en la de codependencía hasta intervenía; en el de familiograma casi no hablaba, pero igual participaba necesario. Y así en todas, por esa semana que paso tan lenta.
Las comidas era otro cantar. Edward intentaba ser paciente, pero casi siempre al final ambos terminaban molestos. A pesar de eso, no les quedaba de otra que hacer las paces las veces que fuera necesario, era algo incómodo no hablar con la persona que se encargaba de ti, ya que era la única que tenías encima todo el día –menos en las terapias y talleres-. La mayoría del tiempo, tenía que admitirlo, Edward era un chico agradable. Había descubierto que era cochinamente inteligente, y no es que el lo vociferara, pero era fácil adivinarlo por cómo hablaba o lo que decía. Su extraño sentido del humor no era malo si entendías de sarcasmo e ironías, y era buen conversador… Porque sabía de todo. Y muy a su pesar, eso le era fascinante. No es que le gustara… Sólo… Era agradable estar con él. Y también era muy guapo. Tanto que a veces olvidaba que era de mala educación quedársele mirando fijamente. ¿Pero como hacía? Joven llena de hormonas al fin. El hecho que estuviese conciente que era sexy tampoco quería decir que le gustara. No…
Afff ¿Y a quien quería engañar? Tal vez le gustaba desde que lo vio por primera vez, aquella mañana en que llegó en auto con Alice y Emmett. Le gustaba. Quizás más de lo que era sano. Pero moriría callada.
¿Razones? Había miles. Simplemente él era… mucho. Demasiado perfecto. Y ella, era un desastre. Nadie querría estar con alguien así. Menos ahora.
Estar con él era agradable, y al mismo tiempo era molesto. Como una comezón que no te puedes rascar. Le gustaba, pero sabía que no podría aspirar a más de una relación Enfermero – paciente… O algo así. Simplemente era imposible y ya.
Aceptación era el primer paso.
Le gustaba Edward. Le llevó no más de cuatro miserables días darse cuenta.
Evaluación de las probabilidades era el segundo paso.
Posibilidades: Cero. Un cero bien grande.
Y estaba bien. No era tan malo porque lo sabía de antemano; sabía que aquello era platónico. Y de nuevo, estaba bien. Sencillamente, cuando acabara el campamento, ella regresaría a su hogar, a la universidad y todo sería más de lo mismo. Él probablemente se graduaría con honores, se casaría con alguna Tanya del mundo y sería exitoso, y tendría una casa enorme, cinco hijos –más uno que adoptaría de Zimbawe, o algún país de ese tipo-, un Golden retriever, y una hermosa camioneta familiar.
Eso sería lo que pasaría. Era lo que siempre pasaba. El mundo lo decidía así. Los Edwards se casaban con las Tanyas. De otro modo, el universo perdería su equilibrio natural y todo sería caos…
-¿Bella? ¡Bella! ¡Bella, te estoy hablando!- la voz de Alice la sacó de sus pensamientos.
-Qué.
La muchacha de cabello negro rodó los ojos y suspiró.
-Te decía que mañana es domingo, y que nos llevarán a la ciudad. Le estaba comentando a Rosalie que podríamos ir al cine, y que luego podríamos pasarnos por las tiendas. ¡Oh, y hacernos algo en el salón de belleza! ¿Qué te parece?- a Alice le brillaban los ojos, y juntó las manos emocionada. A Bella le pareció cruel arrebatarle su alegría, así que le sonrió y musitó un "suena bien".
Rosalie, que jugaba a mirarse las uñas, dejó caer su cabeza en la almohada. Su rubio y sedoso cabello le hizo un abanico detrás.
-16 horas es demasiado tiempo, necesito que sea domingo. Si no salgo de aquí pronto, comenzaré a convulsionar- farfulló con los ojos cerrados.
Eran las 1:30 de la tarde. A esa hora, se supone que era la hora de una pequeña siesta hasta las 2:15, pero ellas estaban hablando en la habitación de Rosalie, como habían venido haciendo desde hace tres días. Rosalie y Alice resultaron ser excelente compañía.
Rosalie era divertida de un modo poco convencional. Hacía comentarios un poco crueles, pero casi siempre en broma, o con sarcasmo. Era una buena oyente, y parecía ser todo lo madura que puede ser alguien con sus problemas. Era amable, y solícita, aunque no con todo el mundo. Decía palabrotas y tenía un carácter fuerte. Siempre andaba de punta en blanco, parecía ser la única persona que rezumaba elegancia hasta en ropa deportiva.
Alice era como una explosión. Le parecía imposible que alguien pudiese tener tanta energía y buen humor, pero ella lo tenía. Era un pequeño torbellino, toda sonrisas, ojos azules zafiro brillantes e ideas "geniales". Su buena vibra parecía llenar la habitación donde entrase, y su risa contagiosa aliviaba tensiones. Era dulce, bondadosa, e insistente como el demonio. Desde que la había conocido, no le había podido negar nada. Y aquello le asustaba.
Eran geniales las dos, y eran también como una especie brisa nueva que la refrescaba cuando lo necesitaba.
Pasaron dos minutos en silencio. Y de pronto Alice se volvió a ella, sonriéndole.
-Bella, déjame maquillarte ¿si?
-No, Alice. No me gusta maquillarme- se negó rotundamente. En eso sí no la complacería porque…
Quince minutos después estaba frente al espejo, observando su rostro. Sus mejillas siempre pálidas estaban rosadas, frescas, dándole un aspecto más saludable que resaltaba con unos labios sólo un poco más rojos de lo usual. Alice le había limpiado las cejas, y había aplicado máscara a sus pestañas, y un poco de iluminador en sus párpados.
Era rarísimo que se maquillara, pero reconoció que quizás debería hacerlo más seguido porque se le veía bien. Ella se veía bien.
-Bella, eres una chica hermosa, y no necesitas maquillaje, pero así te ves fenomenal- gorgojeó Alice, alegre. Le puso las manos en los hombros, y se los apretó amistosamente, al tiempo que sus ojos se encontraban en el espejo.
Rosalie se asomó en la puerta del baño, y le sonrió.
-Te ves muy bien, Bella. En serio.
Bella se ruborizó un poco, pero sonrió a su pesar.
-Gracias chicas.
Entonces tocaron la puerta. Alice se apartó de ellas, y con movimientos danzantes fue hacia la puerta. Bella se quedó contemplándose un poco más.
-¡Edward! Espérate aquí mientras te traigo a Bella.
El estómago de Bella se apretujó dentro de ella, y tragó duro. Esperó unos segundos para salir, pero la pequeña Alice llegó antes y la tomó de la mano, arrastrándola hasta la puerta, donde Edward esperaba recostado del dintel. Sus ojos se encontraron y él se enderezó con rapidez. Algo brilló en el fondo de si mirada, pero su rostro permanecía igual que siempre. Él sería un excelente jugador de póker, sin duda.
Se le apretó la garganta mientras la decepción se hacía una bola inmensa que caía en su estómago, pesada. No supo por qué esperaría otra cosa, algo, lo que fuera. No supo por qué se entristeció que él no dijera nada.
-¿Estás lista?- le preguntó con tono monocorde.
Ella asintió, miró a Alice que le sonrió y salió de la habitación con Edward al lado. Permanecieron caminando callados hasta que llegaron a una de las grandes habitaciones que servía como especie de salón para los talleres de Arte.
-Mañana tenemos salida- dijo Edward, con voz suave, como quien quiere comenzar una conversación.
-Si, yo sé- quizás su tono fue demasiado cauto, pero ya había hablado.
-Me imagino que Alice ya te habrá… ah… reservado para mañana, ¿no?
-No es como si fuera un objeto que se reserva o se guarda- dijo algo indignada.
-Intenta aclarárselo a Alice. A mi eso no me ha dado resultado aún- una pequeña sonrisa burlona curveó sus labios- La mayoría de las veces terminas haciendo lo que ella quiere.
Bella recordó el maquillaje y pensó que quizás podía ser cierto. Cuando llegaron al salón de arte (que se llamaba salón de arte sólo cuando daban las clases de arte), él le abrió la puerta para dejarla pasar. Ella pasó a su lado con cuidado de no tocarlo, y luego se dio la vuelta para mirarlo.
-Gracias. Nos vemos en un rato- le dio la espalda y cuando había avanzado dos pasos, la voz de él la hizo volver el rostro.
-Por cierto, se te ve bien…- su voz suave, el modo en que su tono parecía acariciar cada palabra hizo que su corazón se agitara. Sintió como se ruborizaba bajo la mirada de los ojos verdes de él - Pero no lo necesitas.
La chica se quedó en blanco, dividida entre el placer que le producía el cumplido y lo inesperado del mismo. Abrió la boca, aunque no supo si fue para decir algo o sólo por la sorpresa. Edward creía que ella se veía bien. Con maquillaje o sin él. Tenía ganas de sonreír muchísimo, pero se aguantó. Así que solo asintió, estirando apenas los labios.
-Gracias- musitó bajito y siguió su camino. Cuando oyó la puerta cerrarse tras ella, sus labios se transformaron en una sonrisa enorme. Tenía la cara roja. Roja como una manzana. Rojo como de felicidad también.
Luego de que cerró la puerta tras él, se recostó un momento de la pared y miró hacia arriba, preguntándose qué carajos había sido eso. ¿En qué estaba pensando? Era cierto que pensaba que Bella era chica bonita… Pero decirlo había sido raro.
Se encogió de hombros mentalmente y siguió caminando hasta la cabaña de Jessica, que al parecer lo esperaba porque antes que él tocara ya había abierto su perta, lista.
Miró a Jessica durante un segundo. Era una chica atractiva, sin duda, pero no era el tipo de chicas que llamaban su atención. Quizás era su ademán tan coqueto, la forma en que expresamente contoneaban las caderas, o la manera en que se esforzaba por parecer más atractiva lo que a sus ojos le quitaba encanto. O quizás que su inteligencia no parecía salir mas allá de su cerebro.
Acompañó a Jessica al salón donde tenía la terapia individual, la oficina de Carmen.
Mientras caminaban, ella no paraba de mirarlo de reojo.
-Oye, ¿que vas a hacer mañana durante la salida?- la sonrisa coqueta y la forma en que lo miraba no le despertaba otro sentimiento aparte del de caución.
-No sé, seguro Emmett o Alice ya tienen algo planeado.
-Mmmm… Porque en la cartelera de cine está una película que me encantaría ver...-Oh, no. Pensó Edward previendo lo que vendría- Y pues, me preguntaba si tu…
Y entonces, bendita sea La Providencia (sea lo que fuera eso), alguien los interrumpió.
-¡Edward! ¡Al fin te encuentro!- la voz de Tanya sonó junto con unas pisadas aceleradas. Él y Jessica voltearon de inmediato. La chica pelirroja se enganchó de su brazo y le dio un beso en la mejilla. Como siempre, lucía una sonrisa enorme en su atractivo rostro. Fijó sus ojos verdes en Jessica, que de pronto tenía el semblante adusto, y miraba a Tanya con ojos entrecerrados- Hola, Jessica ¿Cómo estás?
-Bien- respondió esta, y esbozo una sonrisa falsa.
-Me alegro- si Tanya notaba el disgusto de Jessica, lo disimulaba muy bien. Volvió su atención a Edward- Alice te está buscando.
Desde ese momento, Tanya comenzó a parlotear durante todo el camino hasta la oficina de Carmen, dejando a Jessica callada y molesta. Cosa que Edward no se preocupó en cambiar. No es que fuera malo, es que ya sabía por donde iba Jessica y simplemente era bueno cortarlo de una vez.
Cuando su campista estuvo segura en su terapia individual, se volvió hacia Tanya, que lo miraba sonreída, con un brillo especial en los ojos.
-¿La interrumpiste a propósito?- le preguntó sorprendido.
-¡No! ¿Cómo se te ocurre que yo podría hacer algo así?- para rematar su falso tono de drama, se puso una mano en el pecho y lo miró llena de juguetona indignación. Él se echó a reír y le pasó una mano por los hombros mientras juntos caminaban hacia el lago.
-Gracias de todas formas.
-Cuando quieras… Oye- le dio un golpe con el hombro- deberías empezar a pagarme por todas las moscas que te he espantado en lo que llevamos de amistad. Ha sido un trabajo arduo, Edward.
-¿Qué, mi amistad incondicional no es suficiente?-rió suavemente.
Ella sonrió tímidamente, y ladeó la cabeza, haciendo como que meditaba.
-Necesito algún tipo de incentivo, algún día de estos alguna fan celosa va a terminar por atacarme.
-Nah, pueden parecer algo dementes, pero no son agresivas. Además ¿Qué clase de amigo sería si dejara que algo malo te pasara? –dijo sin dejar de caminar hacia el pequeño muelle, donde se sentaron a absorber ese poco de sol que no tapaban los altos árboles, y a hablar de todo y de nada a la vez; como buenos amigos.
Había pasado casi una hora cuando la conversación tomó caminos más serios. Él escuchaba atento mientras Tanya le contaba que su relación con su novio, Laurent, no era la misma, que las cosas ya no marchaban tan bien.
-…Entonces…-ella se metió un mechón rojizo- dorado detrás de la oreja y lo miró con sus ojos verdes- ¿Crees que sería mejor si termináramos?
Edward respiró hondo, pensando en una respuesta acertada.
-Bueno, tienen mucho tiempo estando juntos… Pero si ya las cosas no funcionan, es mejor que lo corten ahí a esperar a detestarse. Creo- agregó al final. No quería influir en algo que, al final, era decisión sólo de ella.
Tanya se mordió el labio y miró sus manos enlazadas sobre su regazo. Abrió la boca, lo miró y la volvió a cerrar, dudosa. Edward no dijo nada, esperando a que ella hablara. Pasó lo mismo; ella abrió la boca, pero no salía nada. Finalmente, ella tomó aire bruscamente, levantó su mirada hacia él y empezó a hablar.
-Lo que pasa es que yo…
Sin embargo, unos suaves pasos la interrumpieron. Ambos voltearon. Era Bella, y se acercaba a ellos lentamente, como esperando a que ellos detectaran su presencia para no interrumpir abruptamente. Algo –algo, alguna cosa, porque no tenía nombre- se agitó en su pecho al verla. Su cerebro no quiso registrar, o siquiera intentar averiguar que significaba.
Se incorporó sacudiendo sus jeans. Sintió como su amiga hacía lo mismo.
-¿Ya terminaste? No ha pasado una hora.
Bella se encogió de hombros mirando a otro lado.
-Esme me dejó irme antes- miró a Tanya y le sonrió un poquito, saludándola.
-Bella, ¿Cómo estás?- siempre Tanya y sus impecables modales.
-Bien, gracias.
Un apretón en el brazo, unas palabras rápidas y la pelirroja se alejaba de ellos a hacer algo que no logró escuchar bien. Más tarde la buscaría y proseguiría con la charla.
-¿Cómo te fue?- preguntó luego de un minuto de silencio, mirando a Bella.
De nuevo, ella se encogió de hombros levemente. Su cabello castaño se meció un poco con una suave brisa que pasó. Sus ojos marrones buscaron su mirada.
-Bien, supongo. ¿Que me hayan dejado salir antes cuenta como avance?
Él esbozó una sonrisa.
-Puede ser- se sentó de nuevo en el muelle, y le palmeó la madera a su lado. La chica al principio dudó, pero luego, sorprendentemente, le hizo caso y se sentó al estilo indio a su costado. El suave perfume floral le llegó a la nariz, y tuvo que contenerse para no aspirar más fuerte y absorberlo, y embriagarse… Momento. ¿Embriagarse? Oh, Dios, se estaba volviendo un poeta marica.- Esme piensa que estas llevando el tratamiento bien- dijo por decir algo, para ocupar su mente en otra cosa.
-No me queda de otra- fue su respuesta, en un tono tolerante más que optimista.
-No es la actitud que nos gustaría que tuvieras, pero al menos ya sabes que es la mejor opción- dijo con un suspiro resignado. Miró el reloj; quedaba media hora para la merienda.
Se hizo un silencio cómodo que ninguno de los dos se molestó en romper. El sonido de las hojas temblando con la brisa, y de los pájaros, llenaron sus oídos. Bella se apoyó de sus manos, echándose hacia atrás. El sol le pegó de lleno en la cara y el cabello, arrancando tonos rojizos de este. La observó aprovechando que ella había cerrado los ojos y se dejaba tocar placenteramente por el astro rey.
Sus cejas oscuras, los labios llenos, los altos pómulos, las mejillas (quizás un poco hundidas), su cuello elegante, la pequeña nariz. No lo había notado antes, pero esos delicados rasgos la hacían una chica muy bonita. Una belleza que no todo ojo podía captar, pero que a los suyos fascinaban. Era delicada, como una muñeca de porcelana; frágil. De nuevo, eso en su pecho se movió, y, para su horror, le quemó. Sus ojos verdes entrecerrados por la luz no dejaron el rostro blanco de ella. Un largo mechón castaño se le atravesó en la cara, y de pronto, su mano había cobrado vida y se levantaba para apartarlo.
No llegó a hacerlo. Se quedó paralizado, extrañado consigo mismo. Miró a otro lado, lejos de Bella. Su mano cayó silenciosamente a su lado, cerca de la de ella.
Transcurrieron unos minutos antes que alguien rompiera el silencio.
-Me gusta este clima- comentó la muchacha suavemente. Ahora sus ojos abiertos abarcaban la inmensidad del lago. La luz los hacía ver más claros y bonitos.
-Si, es agradable –coincidió él. Era extraño y siempre bienvenido el sol- ¿No te gusta la lluvia?
-No mucho. Ni lo frío…-respondió quedamente- Solía vivir en Phoenix, con mi madre, antes de venir aquí. Allá siempre había calor, y todo estaba cubierto de marrón… Y no de este verde alienígena que tapa cada cosa por aquí- él no pudo evitarlo, y rió entre dientes- No es que sea feo… Sólo extraño el calor y el azul del cielo…-su voz se apagó. Él esperó a que continuara, interesado en lo que decía. Era la primera vez que hablaba tanto por sí sola y de pronto no quería que parara porque quería saber más de ella.
Cuando ella no dijo más nada, supo que era su turno para hablar.
-Supongo que uno termina acostumbrándose- opinó trabando su mirada con la de ella- Mi familia ha venido para acá en vacaciones porque heredamos la casa de mi abuelo, y es un agradable cambio con respecto a la ciudad.
Bella asintió, sopesándolo.
-Supongo que si hubiese venido en mejores circunstancias la impresión del pueblo sería más… positiva- reflexionó la chica ladeando la cabeza un poco.
Edward no quiso preguntar acerca de "Las circunstancias" porque temía entrar en terreno fangoso. Sabía que ella no lo había tenido fácil. Edward dirigió su mirada al frente de nuevo.
-Puede ser- coincidió al final-. Entonces, prefieres lo caliente- afirmó más que preguntar- Te deben gustar las playas.
Ella hizo una mueca.
-Aunque la idea de andar en traje de baño no me anima muchísimo, sí, me gustan las playas. El mar es hermoso… Y lo que vive en él.
Él se abstuvo de hacer algún comentario acerca del asunto de los trajes de baño, pero asintió compartiendo su idea. A él también le encantaba la playa. De pronto, una imagen emergió en su mente como una burbuja: Bella en la playa. Una sonrisa tan radiante como el sol en un cielo azul. La brisa alborotando su cabello castaño, el sonido de su risa mezclándose con el de las olas… Ok, no. Se sacudió mentalmente de las imágenes y se concentró en el presente. Se puso de pie con rapidez y miró la hora: Ya era tiempo de la merienda.
Bella lo imitó y en silencio comenzaron a caminar a través del campamento.
APOV.
Ella sabía que se estaba comportando extraño. A veces se sumía en silencio, y otras veces en su parloteo usual. No era normal, pero nadie le preguntaba nada. De vez en cuando, Rosalie le echaba una mirada extraña, o Bella. Ah, bueno, y Jasper. A este lo pillaba mirándola casi siempre.
*Flash Back*
Hace tres días.
Luego del episodio del período de deporte donde Jasper le había dicho que no se metiera en sus asuntos y, que prácticamente ella era una niña que nada sabía de la vida, le hablaba a él sólo para lo justo y necesario. El resto del tiempo, lo ignoraba deliberadamente.
Eran las 12 pm y esperaba a que Jasper terminara su hora de "Arte" para ir a almorzar. Él salió de último. Por alguna razón, en las clases grupales él siempre salía de último. Cuando llegó hasta el banquito donde ella lo esperaba (Alice a propósito había estado mirando sus uñas para no verlo), la chica se paró y con un suave "vamos" comenzó a caminar hacia el comedor.
No había avanzado tres pasos cuando la voz de él la detuvo.
-Alice, quiero decirte algo- sólo Dios sabía cuanto odiaba esa sensación que le producía oír su nombre en la voz de él. Precisamente porque le gustaba mucho. Se volteó a verlo sin expresión alguna, y cruzó los brazos, mirándolo.
Aquel día llevaba una franela gris y un suéter negro con el símbolo de Nirvana al frente. Sus jeans holgados y las deportivas. No se explicaba cómo ese look tan despreocupado lo hacía ver tan guapo.
Claro, tonta, porque es guapo.
Jasper parecía incómodo, y ella se sintió algo satisfecha. Como cuando mataba alguna hormiga que le picaba, y sólo por placer decía "muere, perra", como si el pobre insecto pudiera entenderle.
-Yo lo siento- comenzó el chico, con la mirada baja- por lo del otro día. No lo dije de la forma correcta, y de verdad lo siento- Cuando ella no dijo nada, él subió la vista y la clavó en sus ojos- Oye, es incómodo que no me hables. Eres la única persona que conozco aquí, y…
-No es cierto- le contrarió ella- Conoces a mis amigos. Ah, bueno, y a Kate- pronto se arrepintió de haber dicho eso último. Si sonó en el tono resentido que le pareció, la había cagado.
-Ya, pero… no sé- se encogió de hombros-, no es lo mismo.
Ella se le quedó mirando tratando de descifrar que quería decir con ese "No es lo mismo". Entonces no quiso darle más largas al asunto.
-¿Qué es lo que quieres?- le preguntó en un tono monocorde que se esforzó por producir.
Jasper tomó un respiro, y habló.
*End Flash Back*
JPOV
Mientras masticaba lentamente las galletas, le echó una mirada de reojo a Alice, que tomaba jugo y ojeaba una revista con gesto aburrido. Recordó lo que le había dicho a ella hace 3 días y se sintió molesto.
*Flash Back*
-Quiero que no estés molesta conmigo. Eres a la única a quien le hablo… Y pues es molesto no hablar- le faltó el "te". Porque en realidad le molestaba que ella no le hablara. La veía hablar con todos, reír con todos… Y se sentía extraño. Quería que ella le hablara, quería tener su atención.
Alice inclinó la cabeza a un lado y entrecerró los ojos, como calculando todo. Sus enormes ojos azules clavados en el hacían que se sintiera caliente. Pero no ese "caliente". Era otro tipo de calidez, una que antes había sentido sólo una vez.
Finalmente, tras lo que pareció unos larguísimos minutos de silencio, ella abrió la boca para hablar.
-Está bien, estas disculpado por tratarme tan mal cuando sólo quería ayudarte.
Jasper frunció el ceño.
-Disculpar también es olvidar un poquito.
-Nunca olvido lo que me hi…-y se calló la boca abruptamente, para luego continuar- molesta.
-Entonces no sabes disculpar- le lanzó, pensando en la palabra que ella no había terminado. ¿Sería "herir"? Nunca pensó que se lo tomaría tan a pecho.
-Y tú no sabes aceptar ayuda.
Se quedaron mirando fijamente, en silencio. Ella con los brazos cruzados y la mirada encendida; él con el ceño fruncido y los dientes apretados.
Lugo de un momento, ella dejó escapar un suspiro. Dejó caer sus bracitos a los lados.
-¿Sabes qué? No importa. Voy a hablarte, pero no me voy a meter en tus asuntos.
Aquello no era exactamente lo que quería, y no supo por qué. Pero era algo.
-Está bien- respondió él.
Comenzaron a caminar hacia el comedor.
*End Flash Back*
Terminó la galleta, y fue a tomar otra de la bandejita que Emmett había llevado, justo en el momento en que una pequeña mano blanca hizo lo mismo. Levantó la vista a la cara de Alice, que se había sonrojado, al mismo tiempo que retiró la mano que había tocado la de ella.
-Tómala- le dijo. Quedaba una. Él se había comido 3, Alice menos que eso, y Emmett el resto. Había llevado unas 20; el chico era una bestia comiendo.
-No, no importa, tómala tú- contestó ella.
-Ya no la quiero.
-Yo tampoco.
-Oh, yo sí- Ese fue Emmett. Y ahí murió la galletita.
-Serás glotón- dijo Rosalie, mirándolo con burla- Como sigas así vas a salir rodando.
Todos rieron menos Emmett, que frunció el ceño, serio.
-No voy a salir rodando- luego se relajó y sonrió lleno de confianza- quemo muchas calorías como para eso- y movió las cejas arriba y abajo con rapidez en repetidas veces.
Rosalie le hizo una mueca, todos los demás rieron. Incluso él esbozó una sonrisa. Siempre era divertido ver discutir a estos dos.
-Claro. Pero ver porno no cuenta- dijo ella ligeramente mientras se miraba las uñas.
-Yo no necesito eso, Rosalie- dijo luego de un momento en que la mesa estalló a carcajadas- Pero por tu humor, podría decir que a ti sí te hace falta… ya sabes, relajarte- del modo en que dijo a última palabra, todos sabían que podía ser cualquier cosa menos eso, relajarse literalmente.
Rosalie profirió unas carcajadas falsas echando la cabeza hacia atrás.
-Emmett, mi humor no tiene que ver nada. Yo siempre estoy muy relajada.
-Claro, de vez en cuanto encuentras a alguien que te haga el favor y te ayude a relajarte, ¿no?
La rubia se puso seria, pero esbozó esa mueca-sonrisa que le daba escalofríos. Entonces se acercó a Emmett, y le susurró al oído lo suficientemente fuerte como para que él y Alice escucharan, que eran los que estaban más próximos a ellos.
-O puedo relajarme yo solita ¿No? Porque lo hago muy bien- su tono alevosamente seductor era digno de una estrella porno. Pero Jasper sabía que era a propósito, sólo para joder a Emmett. Y tuvo resultado, porque el joven trago fuerte, y los ojos se le agrandaron.
Alice siguió riendo como loca, sólo la cara de Emmett era digna de un poema.
En ese momento llegaron Bella y Edward, ambos se sentaron del lado de Alice. El joven se quedó mirando a su hermana, que seguía riéndose. Llevaba en su mano un plato con más galletas y un par de panecillos. Bella llevaba dos tazas humeantes.
-¿Qué es tan gracioso, Al?
-Oh, Dios. Es Emmett. Su cara- y siguió riéndose, ahora más bajito.
-Ah, si. Puede ser muy cómico ¿No es así, Enriquito?- bromeó Edward, pellizcándole la mejilla a su amigo, que se alejó ofendido. Hubo más risas.
Media hora después, todos salían a las últimas actividades del día. Alice caminaba tras él, silenciosa. Cambió su paso a uno más lento, hasta que estuvieron caminando a la par.
-Ya te pedí disculpas, y sigues sin hablarme- le reprochó suavemente, intentando no transmitir su enojo.
-Claro que te hablo. Mírame, lo estoy haciendo justo ahora.
-Si, Alice. Muy maduro de tu parte…
Ella se detuvo bruscamente, y le dirigió una mirada airada.
-¿Perdón? Madurez llamo yo a que no quieras aceptar tus problemas y a que vivas en la negación. Eso si es maduro, Jasper. Felicitaciones- y siguió andando. Parecía un monstruo tratando de destrozar un pueblito con sus pequeños pies.
De nuevo, él apretó el paso hasta alcanzarla.
Esto es tan absurdo. Ni sé por qué me molesto en hacer que se contente conmigo…
-Oye, sólo no quiero que estés molesta ¿Ok? Disculpa si te hizo sentir mal la manera en como te hablé… Y…-tomó un suspiro y frunció el ceño, ya cansado- ¿Sabes qué? Si no quieres hablarme, está bien- se detuvo- No voy a seguir detrás de ti- Entonces se cruzó de brazos y se quedó ahí parado, molesto consigo mismo por el ridículo que hacía. ¿Quien era ella? Nadie en su vida como para que se molestara tanto en hacer las paces. Podría vivir sin hablarle.
Ella siguió caminando, ignorándolo. Y cuando se dio que él no la seguía, se volvió.
-Tienes una actividad, Jasper. Si eres tan amable- e hizo un gesto con la mano para que avanzara. No le gustaba la odiosidad de su tono.
Él caminó hasta que la dejó atrás. Bien, no le hablaría tampoco, y así estarían en paz. Podía hacer el esfuerzo de socializar con los demás. Creía.
