Capítulo 8: Espuma

La salida pareció poner a todos de un buen humor. A todos menos a Rosalie y a Emmett, pensó Bella durante el desayuno del lunes.

El chico grandote, quien usualmente era quien animaba el desayuno, estaba extrañamente tranquilo. Masticaba distraídamente, y no alejaba sus ojos del plato.

Rosalie a veces le dirigía una mirada rara, como de reproche. Y casi ni hablaba. Menos entre ellos. Bella aún no había hablado con ella acerca de lo que había visto en la tienda de ropa interior, pero tampoco era quien para pedir explicaciones, o lanzar recriminaciones. Sin embargo, tampoco era muy difícil deducir lo que ocurrió. Creía ella.

Alice, como siempre, hablaba rápido y sin parar. Había un momento en que de verdad le perdía el hilo de la conversación y sólo asentía. Jasper y Alice seguían con un trato cordial entre ambos, también notó. Al parecer, los únicos guías y campista que se llevaban bien eran Edward y ella. Y aquello le hizo dar un vuelco a su estómago.

Algo parecía haber cambiado entre ellos. Era algo pequeño, muy pequeño; casi imperceptible. Y especial. Cada vez que él la veía a los ojos, su corazón empezaba a martillarle, amenazando con salírsele. O, cuando por error o a drede, él la tocaba, sentía que ése lugar se quemaba. Estaba loca, lo sabía.

¿Cómo podía anhelarlo tanto si ni siquiera lo había tenido, o algo más cursi?

La noche anterior apenas había dormido. Se había desvelado pensando en esos momentos robados del vestidor. Lo cerca que estuvieron, la risa de él, su olor, sus ojos verdes…

Le provocó empezar a golpearse la cabeza contra la mesa, en frente de todos. Era tan estúpida. ¿Por qué tenía que fijarse en él?

-No te veo comiendo- la voz suave de él la sacó de sus cavilaciones. Los ojos verdes del chico se movieron hacia su comida intacta, y luego regresaron a su mirada.

-Es que no tengo hambre- esta vez no mentía, sentía que tenía toda la comida del día anterior intacta en el estómago.

Su guía le dirigió una mirada intensa y seria. Tomó aire con suavidad y habló:

-Como sea, necesitas desayunar algo- su voz era paciente, igual a la que usas para convencer a alguien que no quiere tomar su medicina.

-Yo sé.

Mojó un pedazo minúsculo de pan de baguette en jugo y se lo metió en la boca. Lo masticó mecánicamente

Bella miró a todos los de la mesa una vez más, y sin pensarlo, abrió la boca.

-Esto es estúpido.

-E incómodo- la secundó Edward, y se metió en la boca un pedazo enorme de waffle.

Al finalizar el desayuno, cada quien salió a su actividad correspondiente. Bella había decidido practicar yoga, mientras todos hacían ejercicio físico. A pesar de las palpitaciones que a veces sorprendían a su corazón, se sentía menos cansada que antes, y en resumen, mucho mejor.

Cosa sorprendente a tan solo una semana de haber ingresado al centro que milagrosamente le salvaría de una muerte segura. Ja-ja.

Según Edward, Esme decía que las sesiones iban bien, pero no tanto. No tanto porque ella en realidad no se abría como ellos esperaban. Bella reconocía que se sentía incómoda y expuesta en dichas sesiones. Ella no quería hablar, y ya. Le molestaba que quisieran sacarle las cosas a juro.

A pesar de todo esto, le parecía que todo aquello era perfectamente llevable. Podría aguantar unas semanas más, estaba segura.

La profesora de Yoga resultó ser una mujer muy estilo New Age, llamada Senna, tan alta como una modelo y con piel de color aceituna contrastada por unos ojos oscuros como carbón. Era agradable estar cerca de ella, pues parecía exhalar paz y tranquilidad. Aquel día, su primer día en aquella clase, la había recibido con una bochornosa presentación (de regreso a su puesto tropezó, y casi se cae). A su lado había una tímida chica llamada Ángela, quien le pareció perfectamente normal hasta el momento donde una posición reveló un buen pedazo de carne de sus antebrazos, el cual estaba surcado por cicatrices horizontales y bien hechas.

Bueno, aquello no debería sorprenderle, pero lo hizo. ¿Por qué lo haría? Si quería morirse, tenía que tirarse de un edificio, o ponerse un revólver en la boca; o en su defecto, hacer tajos profundos en las venas. Por tanto, Ángela no quería morirse. Sin embargo, se hacía tanto daño como podía. Y lo comprendió, porque aunque de forma diferente, ambas pagaban sus dolores/inconformidades/rabia/ira con su cuerpo.

Iba pensando en todo esto aún cuando la clase de yoga terminó, y salió del salón rumbo a los banquitos cercanos al aula donde dijo Edward que la esperaría. Lo que vio ahí la hizo pararse en seco.

Tanya lo consiguió unos momentos después que dejara a Bella en la clase de yoga. Sus ojos azulísimos, la piel pecosa, el cabello rizado brillante, el cuerpo esbelto… Y sin embargo, no le parecía más que eso: bonita. No es que creyera que era cabeza hueca, para nada, pero no sentía nada por ella que no fuera una amistad.

Se sentó a su lado y comenzaron a charlar primero acerca de algunos de los pacientes. A Tanya le había tocado James, un chico que había llegado el viernes; y Dimitri, un chico con serios problemas con cierto polvillo blanco. Ella decía que a pesar de su pesado sentido del humor, no le daban ningún problema. Él no habló mucho de Bella o Jessica, simplemente se limitó a escucharla. A veces Tanya hablaba por dos.

Luego de unos minutos, se quedaron callados. Pero este silencio era diferente, no como los que ocurren entre dos amigos. Él la miró y supo que ella tenía algo que decirle.

-Corté con Laurent- dijo finalmente. Aquello le sorprendió: ellos se veían una pareja muy sólida.

-Pensé que las cosas entre ustedes tenían solución- musitó.

-Si, bueno, yo también…- sus hombros estaban hundidos y la verdad era que se veía algo desanimada. Tenía los ojos clavados en los zapatos, pero entonces lo miró fijamente, y sus ojos brillaron- Pero me gusta alguien más y no puedo evitarlo.

Algo le dijo que no quería saber realmente quien le gustaba.

Ella se puso rojísima y rió tontamente. No se había dado cuenta, pero de pronto estaban demasiado cerca. Luego sus labios dejaron de sonreír y lo miró fijamente. Una mano subió nerviosamente y puso un mechón rojo tras su oreja, no menos roja.

-¿Sabes? Desde que te conocí me pareciste el chico más increíble que había conocido- Él tragó duro. Por donde iba ella, las cosas no pintaban bien- Inmediatamente me gustaste, y fue mucho más intenso de lo que habría esperado… Y yo simplemente nunca pude deshacerme de eso, por más que lo intenté.

Edward estaba paralizado. Después de todo, Emmett tenía razón. En su mente se estaba formando un discurso de poca calidad y tanto tacto como pudiera para rechazarla sin herir sus sentimientos. Si es que en realidad se podía rechazar sin herir. Porque el la estimaba mucho, pero como una amiga. Y sabía que eso no cambiaría nunca.

Llenó sus pulmones de aire para hablar.

De pronto, ella le besó.

No podía entender por qué le dolía tanto, pero de hecho, lo hacía. Ver a Edward besándose con Tanya fue como si le patearan el estómago. Como si le retorcieran las tripas. Como si le echaran un balde de agua fría.

Su visión se puso borrosa, y cuando pestañeó, dos lágrimas rodaron por sus mofletes.

¡E iba a llorar! ¡Era el ser más estúpido del mundo! ¿Cómo podía, primero, fijarse en alguien como él, sabiendo lo perfecto que era y que nunca sería más que algo platónico?

Se dio la vuelta, no pudiendo soportar aquello, y comenzó a correr quien sabe a donde. Cosa que no duró más de un minuto porque en seguida le faltó el aire, y se tuvo que conformar con caminar rápido. Sin ver por donde iba, se alejó de los bancos, más allá del jardín B y el lago.

Las lágrimas seguían fluyendo, y cada vez sentía más rabia. ¿Por qué tenía que llorar? Quería alejarse de ahí. Alejarse de él y no verlo nunca más. ¡Bien por él y por Tanya! Hacían, literalmente, la pareja perfecta. ¡Bien por ellos! Los odiaría siempre sólo por ser tan bonitos.

Entonces chocó con alguien y su culo dio al suelo.

-¡Lo siento! No te he visto…-dijo una voz joven y masculina.

Ella levantó la vista para ver a un joven de cabello corto casi al rape, bonita piel rojiza, ojos rasgados y oscuros, y alto, muy alto. Sus rasgos le parecieron vagamente familiares. El chico le sonrió y aparecieron unos dientes blancos dentro de una sonrisa bonita. Le ofreció la mano y ella se la tomó.

-¿Estás bien?- le preguntó luego de soltarle la mano, la miraba lleno de una preocupación genuina. Bella se pasó la mano por los ojos húmedos y asintió.

-Es sólo una basura que se me metió en el ojo- Bravo, estúpida ¿No se le pudo ocurrir algo mejor?

Las cejas oscuras y pobladas del chico se fruncieron.

-Ya… Ha de haber sido enorme ¿no?- y sonrió de nuevo. Sin saber por qué, ella rió también, pero su sonido fue uno extraño entre hipido, resoplido y gruñido. Vergonzoso, definitivamente- Soy Jacob, por cierto.

La joven se limpió la mano y la estrechó con la de él.

-Bella- se presentó. Sin conocerlo, había algo acerca de él la hacía sentir bien, segura.

-¿Estás segura de que no necesitas un oculista o algo?

Ella rió de nuevo, apenada.

-No, gracias- por primera vez, observó la ropa de él. Una chemise gris y un distintivo propio de guía tenía su nombre. Llevaba unos jeans gastados y unas botas de montaña- Eres guía. ¿Por qué no te había visto antes?

-Recién me incorporé ayer tarde. Tuve cosas que atender… ¿Tú no deberías estar en alguna actividad o algo?- inquirió él entrecerrando sus ojos, que resultaron ser marrones oscuros, y no negros como creyó al principio.

-Acabo de salir de yoga- y como para demostrarlo, levantó su tapete morado- Tengo una hora libre.

-Ah, bueno. Pensé que quizás te dirigías a algún salón. O al comedor, que ya es hora de la primera merienda.

-De hecho iba al comedor- Pero Edward, quien siempre la acompañaba, estaba muy ocupadísimo metiéndole la lengua en lo boca a Tanya, así que iría a esconderse a su cuarto, pensó en no agregar.

-Podemos ir juntos. Si quieres- se apresuró en agregar Jacob.

Bella lo miró una vez más y decidió que sería agradable estar con otra persona. Otra que sin hacer nada la hiriera tanto.

-Sí quiero.

Y caminaron juntos, hablando un poco de cada uno para conocerse, hasta que llegaron al comedor.

Edward se quedó petrificado mientras Tanya le besaba. Luego de unos pocos segundos, reaccionó. Aquello no estaba bien. Con toda la suavidad del mundo, puso sus manos sobre los hombros de ella y la alejó.

Se encontró con los ojos azules de ella, sorprendidos, avergonzados. La chica se tapó los labios mientras dirigía su mirada hacia el suelo. Se alejó un poco de él en silencio.

Podría contar las veces que se había quedado sin saber qué decir en toda su vida con los dedos de una mano. Ésta era un de esas. Así que se dedicó a mirarse las manos por un minuto que se le antojó eterno.

El silencio entre ellos era incómodo, pesado. De buena gana se hubiese ido corriendo.

Finalmente, Tanya se volvió hacia él. Edward la miró, y sintió encoger su estómago al notar las pestañas de la chica húmedas. Muy incómodo, pensó.

-Realmente pensé que podrías interesarte en mí si te besaba- dijo sin mirarlo. Una risa triste salió de sus labios- Que tonta.

Él abrió la boca un par de veces antes que encontrara qué decir.

-Realmente debo estar loco para que no me gustes- reflexionó. Y era cierto. Ella era una chica hermosa, inteligente y divertida. Lamentablemente, no le movía un pelo.

Ella sonrió, pero la alegría no acudió a este gesto.

-Eso, o estás enamorado.

Sus miradas chocaron. Ella esperando, y él confundido. ¿Enamorado? La imagen de una chica pequeña y de cabello oscuro apareció en su mente y sintió que las orejas se le calentaban.

-Yo no…- balbuceó torpemente. No quería que ella creyera que la rechazaba por otra, porque en realidad esa no era la razón. No la era. ¿O si?- Mira, eres una chica fantástica, de verdad. Pero no…

-Pero no te gusto. ¿Es eso lo que quieres decir? – se rió de nuevo, esta vez con algo más de ligereza. Cosa que alivio mucho a Edward- Creí que eras más inteligente que el "No eres tu, soy yo".

Él se encogió de hombros.

-Lamento decepcionarte.

Hubo silencio por unos segundos.

-Esa chica es muy afortunada- dijo ella de pronto, retomando un tono más animado.

Edward negó con la cabeza lentamente.

-No hay ninguna chica…

-Si, claro- le contrarió ella luego de reírse- Cuando aceptes que te gusta, dímelo. Quisiera ver que admitieras estar enamorado.

-No estoy enam…

Ella lo miró directamente a la cara y le sonrió con cariño. Su mano blanca de dedos finos le apartó el cabello bronce de la frente.

-Edward, eres la persona más terca que he conocido- luego le apretó la mano- ¿Podemos seguir siendo amigos? No eres tan bueno besando como imaginé.

Él fingió ofenderse, pero luego rieron. Edward sabía que su amistad quizás nunca fuera la misma, pero podían intentarlo. Olvidaría que ella se le lanzó encima y quizás podrían seguir teniendo esa confianza que caracterizaba su amistad.

La chica se levantó del asiento, aún su mano estaba entrelazada con la de él. Edward la imitó, quedando ambos de frente.

Lo miró unos segundos y se acercó lentamente para abrazarlo con suavidad, casi con temor. Edward correspondió el abrazo algo torpe.

Entonces sintió que unas manos le apretaban las nalgas. Dio un respingo sorprendido.

-Sin embargo, tienes un buen culo, justo como imaginaba.

…..

Jacob resultó ser mucho más agradable de lo que pensó. Y desde el principio le cayó bien, así que eso era decir bastante.

Ella se sentó alegando que no tenía apetito. Era la primera vez que se saltaba una merienda desde que inició aquel programa; se sentía bien hacer aquello. Jacob regresó con una bandeja llena de rosquillas y cosas dulces en una mano, y en la otra, un vaso enorme de jugo.

Continuaron hablando de ellos. Jacob era el menor de tres hermanos. Rachel y Rebecca eran no muy mayores que él, y eran gemelas. Su padre se llamaba Bill, y era un respetado miembro de los Quileutes en la costa de Olympic, y… Un momento.

-En Olympic. De los Quileutes- repitió ella como tonta. Lo miró mejor. Sus ojos oscuros, la piel rojiza… Era normal que los nativos se pareciesen, pero Jacob le recordaba mucho a alguien de su infancia, y…

-¡No puede ser!- chilló. Algunas personas a su alrededor se voltearon a verla.

-¿Qué pasa?- Inquirió él joven con la boca llena.

-¡Eres Jacob!

Él la miró sin comprender.

-Ajá. Pero eso ya lo sabías.

-No, no, no. Eres el primo de Seth… ¿No me recuerdas?

Jacob pestañeó un momento mientras arrugaba las cejas, como si le costara mucho ubicarla. Luego su rostro se iluminó, y casi se ahoga. Empezó a reírse como loco.

-¡Oh Dios mío, no puede ser!- su voz entrecortada resumía sorpresa. Tenía los ojos húmedos- ¡Bella-gomitas!

Aquel horrible apodo que le puso su mejor amigo Seth la llevó diez años atrás cuando la vida era más fácil y una noche retó a Seth y Jacob a una competencia de quién comía más gomitas. Aunque ella terminó ganando, también terminó vomitando el suelo de la casa de Seth. Estuvo enferma del estómago por tres días, más nunca pudo ver gomitas sin sentir arcadas y aquella experiencia le dejó un apodo que de seguro Seth se encargaría de incluir en su epitafio.

A pesar de que la pasó terrible enferma, la risa convulsa del joven terminó contagiándola. La gente comenzaba a mirarlos raro, pero ellos dos no hicieron caso. A Bella le empezó a doler la barriga.

-Cuéntenme que es tan gracioso, necesito reírme- la melodiosa voz de Alice interrumpió las carcajadas. La menuda chica se había sentado al lado de Bella y miraba curiosa a Jacob. Cuando pararon las risas, Bella los presentó adecuadamente. Jacob se encargó de revivir el episodio de las gomitas cuando Alice preguntó si se conocían.

Rosalie llegó sola y se sentó al lado del joven, con cara de malas pulgas. Al cabo de cinco minutos, todos reían en la mesa (incluso la rubia, a quien no parecía caerle en gracia del todo Jacob, disimuló unas risas por los cuentos del joven). Él sabía cómo reproducir con gestos la escena de las gomitas. Cada vez era más gracioso, y reproducía la voz de ella con un tono chillón que a las chicas les parecía de lo más hilarante.

Se dio cuenta entonces que no había pensado en Edward por más de media hora. Aquello era grandioso, de no ser porque ahora sí pensaba en él por haber notado que no había pensado en él, y… Como fuera. Daba igual. Ajá. Si, claro.

Menos alegre, miró en dirección a la mesa que usualmente ocupaban todos, y se encontró con un par de ojos verdes que la miraban fijamente. Sintió el estómago en un puño, y el corazón acelerado. Su sonrisa se desvaneció lentamente.

Emmett y Jasper acompañaban a Edward, y los tres miraban hacia ellas con una expresión extraña, como si se sintieran traicionados. Su mirada rodó y se chocó con la de Emmett, quien deslizó su dedo índice por la garganta emulando un cuchillo mientras ponía una mueca que pretendía ser amenazante. Luego la señaló con el dedo, enfatizando el mensaje. Aquello le causó gracia.

Ninguno de los chicos se acercó a la mesa que ellas ocupaban. Tampoco les quitaron la mirada de encima mientras ellas conversaban alegremente con Jacob.

Cuando estaba terminando la hora de la merienda, los chicos salieron del comedor. Alice miró su reloj y suspiró.

-No quiero ser aguafiestas, pero debemos regresar a nuestras labores.

-No quiero ir a taller de arte- rezongó la rubia- De verdad detesto trabajar con arcilla. Me cuesta horas sacarla de mis uñas.

-Yo también tengo que irme- se levantó, y las chicas también. Le sonrió a ella- Nos vemos por ahí, Bella- y salió del comedor.

Alice lo observó hasta que se perdió de vista.

-¿Cómo te lo encontraste?

-Me lo tropecé de camino a acá- omitió la parte donde venía llorando por haber visto a Edward besándose con Tanya.

Las tres salieron del comedor a paso lento, orientando sus pasos hasta el salón de arte. En la puerta estaba Edward. Se recostaba de la pared, y no le quitó la mirada de encima mientras se acercaban. Esto lo sintió, porque en realidad hizo un esfuerzo sobrehumano para no mirarlo, ni siquiera cuando pasó por su lado y él abrió la boca para decirle algo. Lo ignoró, y casi se da palmaditas en la espalda porque pensó que esto le sería imposible. Una vez dentro del salón, se sentó al lado de Rosalie, quien recogía su hermosa melena con un pincel. Sólo ella podía hacerse un moño con un pincel y hacer que pareciera hecho por un profesional del peinado. El mundo no era justo.

La clase resultó ser una lata. Les mandaron a realizar un dibujo sólo con tres figuras que ellos mismo debían elegir. Bravo, habían regresado al preescolar.

Mientras coloreaba de azul una casita (una casita que no distaba mucho de la que hacía a los 4 años), buscaba alguna excusa que le permitiera cambiar de guía. Quizás si hablaba con Alice, ésta podría hablar con el doctor Cullen. Sí... No parecía tan difícil. ¿Por qué le negarían su petición? Al final, el cliente tiene la razón. Y si no es así, pues al cliente se le complace siempre. Aunque más que una clienta, ahí la trataban como una loca.

No veía la hora de salir de ese lugar. Casi sentía alivio al pensar que no tendría que levantarse tan temprano, o cumplir un horario de comidas. O comer. O ir diariamente a un psicólogo. O ver a Edward (un huequito en el pecho se hizo lugar. Lo ignoró).

-Eh, Bella, vas a romper tu hoja- le susurró Rosalie, mirando con preocupación su dibujo. La chica bajó la vista hacia su adorable casita y constató que A) Dibujaba muy feo. B) Había estado afincando tanto el color azul que casi rompe la hoja.

No supo por qué enumeraba ahora las cosas. Se estaba volviendo neurótica, genial.

Le sacó punta al lápiz y siguió coloreando.

Una hora más perdida, y ya salían del salón. Observó que Ángela, su vecina en yoga se quedaba en el salón dibujando algo afanosamente.

Afuera, estaban sólo Edward y Jasper. Éste último llevaba consigo una canasta llena de ropa arrugada.

-¿Hoy es día de colada?- le preguntó la rubia- Creo que nunca he hecho la colada.

Bella la miró incrédula.

-¿Qué? Siempre la hacía por mí alguien más- parecía algo avergonzada.

-No importa, no tiene ciencia en realidad- fue lo que dijo ella, y no quiso hablar más porque ya estaba lo suficientemente cerca de Edward como para que él la oyera. Es estúpido, pero cuando estaba molesta, prefería no hablar.

-Jasper, ¿Puedes acompañar a Rosalie a buscar la ropa en su cuarto mientras yo acompaño a Bella?

Jasper se encogió de hombros y asintió. Rosalie lo observó extrañada.

-¿Y Emmett?

-Está con Kate- respondió Edward.

Lo último que quería en ese momento era estar sola con Edward. Muy temprano había decidido que estar cerca de él le era nocivo, así que le evitaría como fuera.

-Mmmm… Si no te importa, Jasper- su voz titubeante la hizo odiarse, pero prosiguió evitando la mirada verde de su guía- me gustaría que me acompañaras a mí.

Todos la miraron. Rosalie confusa, Jasper sorprendido y Edward –esta vez tuvo que verlo para apreciar su reacción- sólo levantó un poco las cejas. Ciertamente no esperaba eso, pero lo ocultó rápidamente bajo una perfecta cara de póker. Sin embargo sus labios estaban un poco apretados. Finalmente, le dirigió una última mirada extraña y se encogió de hombros.

Bella arrancó a caminar con Jasper pisándole los talones. Era genial que Jasper no necesitara hablar todo el tiempo, como Alice. Este chico le caía bien. Si bien no era la mar de diversión, estar con él le daba tranquilidad. Cierta pasividad emanaba de él que hacía que su compañía fuera fácil de tener. Mientras ella buscaba su ropa sucia, el joven rubio la esperaba afuera.

No tardó mucho, ya que tenía ordenada en una bolsa plástica su ropa sucia. Con suerte, se había librado de Edward por media hora. Vamos, algo era algo.

El lavandero no era más que un cuarto enorme con media docena de lavadoras con sus respectivas secadoras. Tuvo que esperar unos pocos minutos a que terminara una chica para que ella y Rosalie, quien ya se hallaba ahí, metieran su ropa revuelta en una lavadora. Por suerte, Edward había tenido que ayudar al doctor Carlisle con algo y las acompañaba Emmett.

De verdad, Bella intentaba no observarlos con mucha intensidad, pero no podía. A cada rato sus ojos se desviaban hacia ellos. Emmett estaba sentado en una silla de madera, mirándose los pies. Muy frecuentemente, sus ojos grises se detenían en Rosalie… No, no se detenían, se clavaban, o algo así porque esa mirada no era nada normal. Ella lo ignoraba, nerviosa, pero luego lo miraba de reojo.

La situación era hasta graciosa. Si hubiese estado de más humor, quizás hubiese bromeado de eso con Jasper, que jugaba con su ipod mientras esperaba a que la ropa terminara de lavarse. Aburrida, Bella se sentó a su lado y le quitó un audífono para ponérselo. Él no le dijo nada; simplemente se acercó un poco más y subió el volumen.

Escuchaba Strawberry Fields, cosa que le sorprendió; él no parecía ser de los adeptos a los Beatles.

-¿Te gustan los Beatles?- inquirió sorprendida.

Jasper la miró.

-Bueno, crecí escuchando a los de La Vieja Escuela. Es difícil desprenderse de algunas costumbres- entonces, y para su sorpresa, le sonrió. Una sonrisa pequeña, pero real.

Ella también lo hizo, y comenzaron a hablar. Claramente, se había equivocado, y el chico rubio era mejor compañía de lo que había esperado.

El día transcurrió sin novedades. Pudo evitar a Edward en todo momento, y cuando él buscaba la manera de hablar con ella, milagrosamente alguien lo ocupaba y tenía que irse. Que le saliera tan bien el escape debía ser una señal divina para mantenerse alejada de él, o algo así.

Y luego de una sesión de terapia especialmente estresante, y una cena copiosa (en la cual se ubicó estratégicamente lejos de Edward), ya estaba más que lista para irse a la cama.

Antes de meterse a la ducha, arregló la ropa limpia en el closet, cambió las sábanas y aseó el baño. Era un ritual del que no se podía desprender y sin el cual sentía que no estaba haciendo las cosas bien. Aquella tarde, había hablado con la doctora Esme al respecto de los rituales.

Flasback

-Entonces, Bella, no crees ser capaz de dejar de comer los alimentos sin un respectivo orden- la mujer se sentada en la esquina del escritorio en lugar de estar al otro lado, como todos los médicos normales. La miraba con atención, y sin el usual aire todopoderoso que padecía exhalar cada médico que había conocido.

La joven se revolvió en su asiento, y juntó las manos para poder retorcerse los dedos.

-No es que no sea capaz…-comenzó a explicar, buscando concienzudamente las palabras para poder hacerse entender- Es que si no lo hago, sentiría que me falta algo.

-Te comprendo. Si no realizas esas actividades, no puedes avanzar a la siguiente. Esos comportamientos podrían ser obsesivos compulsivos.

Bella frunció el ceño porque ella no era ninguna obsesiva compulsiva.

-Podría dejar de hacerlos si quisiera- musitó algo molesta.

-¿Ya lo has intentado?

-Bueno…-titubeó. No lo había intentado, era ya automático.

La doctora Esme la miró con comprensión.

-Te pondré de tarea eso, ¿está bien? Debes dejar de cortar la comida en porciones tan pequeñas. No debes contar las masticadas…

-¡No puedo comer bien si no es así!- lloriqueó.

-Sí, sí puedes. Y lo harás. Tienes que desprenderte de esas conductas erráticas con respecto a las comidas. También deberías probar mezclando los distintos tipos de comida en el plato.

Aquello la horrorizó.

-Ni hablar del peluquín. Que asco.

-¿Nunca lo hiciste antes?

-Si, pero antes no me había dado cuenta que hacerlo me permitía llevan un orden de las porciones, y de todo lo que me llevo a la boca- arguyó seriamente. Se hundió más en el asiento- Usted no lo entiende… Si no lo hago, es como si…

-¿…Hicieras las cosas mal?- Bella asintió- Eso es lo que caracteriza un comportamiento obsesivo-compulsivo: Cuando no puedes realizar otra actividad, o continuar tu día sin llevar a cabo un ritual, o cierto acto de forma repetitiva porque eso calma tu ansiedad.

Bella suspiró, cansada. Se quería ir. Y por nada del mundo dejaría de masticar 24 veces los bocados pequeños, y 48 los grandes. Menos podría ligar las porciones de distintos grupos alimenticios. Todo debía estar separado y sin tocarse. Punto. Si no era así, no era. ¡Ya la estaban haciendo comer, por Dios! Que aunque sea le dejaran hacerlo a su estilo.

-Estoy comiendo, ¿no les basta con eso?- preguntó irritada mientras levantaba la barbilla y se cruzaba de brazos.

-No. Tú sabes que con comer no basta. Tienes que hacerlo sin obsesiones, sin pensarlo mucho, sin que se convierta en un suplicio, o si quiera en una tarea. Debe ser algo natural, que disfrutes.

Casi se ríe irónicamente, pero se aguantó. Asintió como si lo meditara, como si intentara internalizarlo. Ninguna habló por un momento.

-Voy a confiar en que vas a intentarlo, y a lograrlo. Cree que puedes hacerlo- la voz suave y persuasiva de la doctora le llegó lo justo como para que se esforzara para que su rostro expresara algo de compromiso.

End Flashback

Ahora, como tarea, tenía lo siguiente (tuvo que anotarlo en un cuaderno tipo diario que le habían dado el segundo día).

No debía mover las piernas ni los pies mientras comía con el fin de quemar calorías.

Durante las comidas, tenía prohibido hablar de dietas y del peso.

No debía cortar los alimentos en porciones minúsculas, ni contar las masticadas, ni nada que denotara un comportamiento extraño u obsesivo.

Debía dejar de contar las calorías del plato de comida. Y, en pocas palabras, no tenía que pensar en otra cosa que no fuera el sabor del alimento, su textura y lo bien que le hacía a su organismo.

Bah.

Aquello era ridículo. Aquellos comportamientos no tenían importancia, y a nadie le hacían daño. No los dejaría, no podía hacerlo.

Envolvió su cabello húmedo en una toalla mientras se echaba crema en el cuerpo. Se colocó la pijama, y encima de esta una remera gruesa. Procedió a desenredarse el cabello con suma delicadeza; se le caía a puñados.

Después, se metió en la cama y apagó la luz. Cerró los ojos e intentó imaginar que estaba en otro lugar, en otra situación. Que no era Bella. Imaginó que era otra chica. Una chica hermosa, alta, delgadísima, y feliz. Muy feliz. Alguien que comía cualquier cosa, y que disfrutaba hacerlo. Alguien normal, sin tanto odio dentro. Una chica cuya única preocupación en el mundo no era otra sino sacar buenas notas en la universidad. Alguien que se quisiera a sí mismo. Alguien que no se jodiera tanto la vida.

Acurrucó entre sus brazos al lobo de peluche que Seth le había regalado, y trató de recordar la canción que su madre entonaba cuando cocinaba. Lágrimas empezaron a mojar la almohada, y no cesaron hasta que se quedó dormida.

Rosalie se había estado durmiendo desde la cena. La verdad era que desde que había entrado al campamento, su sueño se había regularizado bastante. Es decir, ahora era una maldita gallina. Se levantaba muy temprano y empezaba a sentir somnolencia al caer el sol. ¿Qué había sido de aquella rubia nocturna e incansable?

Luego de bañarse, había recogido su cabello en una trenza larga y se había quitado el esmalte de las uñas. Calló en la cama como un saco de papas y al contacto de la almohada con su rostro, quedó fulminada.

Un sonido seco y repetitivo la despertó. Era la puerta; alguien la tocaba. Miró el reloj y maldijo: eran las once de la noche. Se paró molesta.

-Mas vale que sea algo de vida o muerte- musitó con los dientes apretados mientras iba hacia la puerta.

Tiró de la manija, y del otro lado apareció Emmett.

Rosalie sintió como sus pulmones se vaciaban, y cómo no se le ocurría nada que decir. Aquello sí que era una sorpresa.

El joven levantó la cara, y la miró unos segundos antes de sacar las manos de los bolsillos de su suéter deportivo, atrapar su rostro entre ellas, y besarla como nadie nunca en su vida la había besado.

Emmett estaba seguro de que iba a hacer otra cosa aparte de saltarle encima. Quizás hablarle, decirle que lo del otro día fue una cagada enorme y que no quería que ella lo siguiera ignorando porque… Bueno, porque no era lo mismo. Le hacía sentir mal, una mierda.

Pero no supo que le picó. Verla ahí, en pijama y molesta, no hizo más que hacerlo desearla más. Sabía que su plan inicial no era arremeter así contra ella, pero lo olvidó por completo cuando sus labios se tocaron.

Simplemente, no pudo controlarse más. Menos cuando ella le respondía con tanto entusiasmo.

Unos segundos después, ambos estaban dentro de la habitación en semi penumbras de ella, a puerta cerrada. Estaban tan pegados como les era posible, y sus bocas se tocaban con unas ansias que ninguno de los dos sabía que sentía. Entonces supo que era estúpido, y que qué bueno que no había hablado porque habría seguido embarrándole. Cada segundo que pasaba saboreándola, tocándola y sintiéndola, era una oportunidad para darse cuenta que cualquier cosa que pudiera pasar con ella jamás, jamás sería un error.

Dios, algo que se sentía tan bien no podía estar mal. Nunca. Y si estaba mal, no le importaba.

Sintió como la chica le acariciaba la nuca, y luego rodeaba su cuello con los brazos. Él apretó la cintura de ella, alzándola, y en un movimiento tan natural y fluido, la rubia enredó sus piernas alrededor del torso masculino.

No le importaba si no llegaban lejos, sólo por un beso habría valido la pena hasta que lo botaran del campamento. Y aquello le daba miedo, porque nunca antes empezó a sentir tanto por alguien en tan poco tiempo. No la quería, claro que no. La deseaba sí, mucho. Tanto que dolía… Pero al mismo tiempo, y muy en contra de su costumbre, sentía algo más que un simple deseo carnal.

Sin darse cuenta, había caminado de espaldas hasta toparse con la cama. El golpe de sus gemelos con el borde del colchón lo hizo perder el equilibrio y caer sentado. Se separaron, y ella aprovechó el momento para estirarse y encender la pequeña lámpara. La habitación se iluminó lo suficiente como para darle a las cosas sólo un lado visible.

Se miraron un momento sin decir nada, respirando agitadamente, con la visión agitada por la excitación.

-¿A qué viniste?- preguntó ella finalmente, sin dejar escapar su mirada.

Era difícil colegir alguna respuesta buena y coherente con ella a horcajadas sobre su regazo, pero lo intentaría.

-Vine a hablar contigo, aunque no lo creas.

Rosalie rió bajito mientras cogía la trenza dorada que colgaba por su espalda y la deshacía rápidamente. Su cabello dorado enmarcó entonces su rostro, tocando sus hombros desnudos. Dios, era hermosa.

-¿Y que venías a decirme?- parecía burlarse de él con aquellas preguntas, más cuando sonreía de esa forma.

-Quería aclarar las cosas porque…- ella le besó la barbilla, haciéndole cosquillas, haciendo que su pensamiento se ralentizara y la sangre se fuera más rápido hacia el sur de su cuerpo. Tomó una bocanada de aire en un intento de controlarse-… porque… ah… porque no quería seguir así contigo…-y no sabía que coño decía. Los labios suaves de ella recorrían su cuello, besándolo, mordiéndolo.

-Esta es una buena forma de aclarar las cosas, Emmett- oyó que decía ella entre beso y beso.

De nuevo sus bocas se encontraron en un beso apasionado, lujurioso. Sus manos exploraron los muslos de ella a través de la tela del pijama. Luego subieron hasta sus caderas, y se colaron por debajo de la camisa hasta su espalda tersa.

Sintió unas manos bajar por su abdomen y tirar de la cremallera del suéter. Lo bajó por los hombros, acariciándolos. Él terminó de quitarse la prenda con celeridad, mandándola lejos. Dejó la boca de Rosalie para concentrarse en su cuello; ese pedazo de carne blanca que había deseado besar, morder y marcar desde hacía rato.

Un gemido quedo en su oído le envió ondas de placer por todo el cuerpo. La tomó de la cintura y la tumbó sobre la cama para luego, con cuidado, cernirse sobre ella. Se detuvo, y la contempló: El cabello rubio brillaba, formando un abanico sobre la almohada blanca, su pecho subía y bajaba con rapidez, y sus ojos lo miraban brillantes. Ella no aguantó mucho y lo haló por el cuello de la camisa para atrapar sus labios.

Más besos. La boca de él por su cuello, su hombro, su clavícula, su pecho. Las manos de ella subiendo la camisa, desesperadas, hasta encontrar la piel caliente de él. Otros besos, sus lenguas jugando, tentándose. Unos gemidos que rompieron el silencio, y unas manos masculinas explorando bajo la camisa del pijama, haciéndola cerrar los ojos y retorcerse de placer. Dos prendas que volaron hasta quedar relegadas al suelo.

Ver, y después sentir los senos de ella- perfectos en todo el sentido de la palabra, debía acotar- contra su pecho fue una sensación tan excitante que tuvo que cerrar los ojos y concentrarse por un momento para no mandar las preliminares al carajo y hundirse en ella de una vez. Se entretuvo besándolos, lamiéndolos, succionando y mordiendo a placer.

Ya Rosalie no podía reprimir los gemidos mordiéndose los labios, así que los dejaba salir, e inundar la oscuridad. Sus respiraciones jadeantes, el sudor que comenzaba a insinuarse sobre sus pieles, labios contra piel, labios contra labios, dientes contra piel, manos temblorosas y ávidas contra la piel de unas caderas femeninas, contra unos pechos hermosos, contra el abdomen, recorriendo las piernas todo lo que le permitía la pijama, luego halando su cabello para que su boca pudiera accesar al cuello níveo…

Él se estaba inundando de ella. De su olor, su tacto, su sabor.

Unas manos delicadas y sin manicura que dejaron marcas en su espalda, bajaron deslizándose por su abdomen hasta llegar al botón de sus vaqueros. El sonido que hizo el botón al salirse del ojal resonó en su mente, e hizo regresar algo de juicio y autocontrol que hace rato y a fuerza de besos había perdido.

Eso no estaba bien. Aquello estaba mal, muy mal. Desde cualquier punto de vista, era moralmente incorrecto, y… OH, DIOS. OH, DIOS. OH DIOS…

Su mente dejó de funcionar cuando una hábil mano se coló dentro de su pantalón. Lo que hacía ahí abajo era suficientemente bueno como para hacerle soltar unos sonidos guturales llenos de placer, y ganas. Muchas ganas.

Tuvo que tomar la mano y alejarla de sus partes para poder pensar. Se apoyó de un brazo para separarse un poco de ella.

Rosalie abrió los ojos, y lo miró confusa. Se maldijo internamente por tener valores. Sin valores, la gente se divierta más.

-Rosalie- tuvo que carraspear para encontrar su voz- Esto no es correcto. Yo no puedo… No puedo…-titubeó estúpidamente, intentando buscar las palabras exactas que la hicieran comprender y retroceder, porque si ella seguía tan dispuesta, no habría poder humano que luego le hiciera parar a él.

-No puedes, pero quieres hacerlo- la chica le mordió el labio inferior, aumentando su necesidad; provocando que por inercia el joven apretara su pelvis contra la de ella. Luego le besó cortamente y lo miró a los ojos- Tú lo deseas tanto como yo. Haces que perdamos el tiempo.

Ya todo estaba dicho. Ella le deseaba, él la deseaba. Las palabras de ella demolieron sus razones.

Y la rendición llegó como una bendición.

JAJAJAJAJA. Mueran.

Para que sepan, es mi primer cuasi lemon. No es mi estilo hacer limones, la verdad. Si me dejan rr bonitos puede que lo continúe…

A mi me gusta mi historia, es mi bebé. Y ustedes, malas personas, dejan que muera porque no la alimentan. ¿Y saben de que se alimenta? De reviews. Vamos, no les cuesta nada, y me hacen felíz. Me animan a continuarla… porque hace tanto que no me dejan review que ni sé si alguien lee la historia, o si gusta al menos.

Mientras más opiniones me lleguen, más rápido será la próxima actualización.

Si, el cuasi lemmon estuvo fatal, lo sé. Soy muy inexperta en esta parte de las historias, pero se que puedo mejorar. Así sea leyendo cosmo.

Un beso, se cuidan. Nos leemos pronto! (si es que me leen).

Ah! como saben, los títulos de los capítulos son nombres de canciones que no necesariamente tienen que ver con el contenido del capítulo. Simplemente me gustan, y los pongo. Esta vez le tocó a un grupo venezolano (yeiii), que es uno de mis favoritos en el mundo. Son los Caramelos de Cianuro. Y Espuma es una de las canciones que más me gusta de ellos. En realidad, me gustan todas sus canciones… En fin. Nos leemos!