Capítulo 10: Strange & Beautiful

Una hora, y dos botellas de vino tinto luego, Rosalie sabía varias cosas más:

Bella estaba muy colada por Edward. B) A Alice le gustaba Jasper. C) A ninguna le caía bien ni Jessica ni Kate, de hecho, las odiaban. D) Ni Bella ni Alice estaban acostumbradas a tomar alcohol.

Sus dos amigas estaban en el piso, muertas de la risa luego que Alice contara una un chiste estúpido de un pollito.

Ella también se rió, pero más por la risa de las otras dos que por el chiste en sí. A pesar de que también había tomado, no sentía el efecto del alcohol. Al parecer, se habían invertido los papeles y ahora era la sobria. Se paró del suelo, y se agarró una cola de caballo.

-Bueno, borrachitas, es mejor que vayan a dormirse antes que alguien venga y las encuentre en ese estado- y por el ruido de sus carcajadas, no iba a tardar mucho antes que alguien viniera. Generalmente, algún guía venía en la noche para verificar que todo estuviese en orden.

-¡Que aguafiestas resultaste, Rosalie Hale!- carcajeó Bella. Era extraño verla así, tan eufórica. Sus ojos brillaban, y sus mejillas estaban rojísimas.

-Si. Se supone que tú eras la más fiestera de todos- secundó la duende.

-Y lo soy, chicas, pero vamos ¿Dos botellas de vino? Y sin música. No es el ambiente…

-Whoooaa- exclamó Bella, con los ojos muy abiertos. Así parecía un búho- Música. Yo tengo música- Y se levantó, precariamente, y buscó algo en la cómoda. Era su ipod. Lo enchufó en una corneta con forma de almohada y apretó el botón de reproducir.

Música electrónica empezó a salir de la almohada a un volumen moderado. Alice emitió un aullido entre carcajadas y se puso de pie para empezar a bailar. La tomó de la mano, y como si la contagiara de baile, no pudo evitar que su cuerpo siguiera el ritmo de la música. Quizás era el poco alcohol, o quizás el ánimo de las otras dos, lo cierto es que empezó a reír, y a bailar, junto con las otras dos. Como cualquier otra chica de 19 años.

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-Creo que necesito un poco de aire- murmuró Alice. Pero en realidad quería otra cosa. Abrió la puerta del cuarto de Rosalie, y respiró el frío aire nocturno.

Sintió una mano que la echaba para atrás.

-¿A dónde vas? No puedes salir así, estás borracha- Rosalie a veces podía ser taaan fastidiosa. No la reconocía.

-Creo que me voy a dormir- dijo, poniéndose seria. Se esforzó por poner una expresión lúcida.

La rubia la miró por unos momentos, hasta que al parecer, decidió que era capaz de irse sola a su cuarto.

-Mejor te acompaño.

-No, no- se negó solemnemente- Yo soy guía, y puedo decir que estaba haciendo ronda… Pero tú- le puso una mano en el hombro, pensando que si hablaba pausado, y la miraba fijamente, la otra cedería. O al menos así decían en "Lie To Me"- tu tendrías problemas si te ven afuera.

Aunque Rosalie no parecía muy convencida, la dejó ir.

-Nos vemos mañana, chicas- y salió trastabillando. Se recompuso con rapidez, y siguió hacia la habitación. No de ella, la de Jasper. Tenía que hablar con él, ahora.

Con mucho cuidado de parecer la persona más sobria del planeta (lo cual sólo incluía poner una cara seria, como de concentración en algo que no sabía), caminó sin tropezarse... al menos no mucho, hasta el área de las cabañas de chicos.

Por el camino, vio un par de guías, a los que saludó con la mano. A nadie le parecía raro que a esa hora hubiese gente afuera porque siempre se asignaban guías para hacer rondas nocturnas, aparte de los 4 vigilantes de 24 horas que tenía el campamento.

Al llegar a la puerta, miró la hora: faltaban 15 para la medianoche. Luego, se soltó la coleta y echó todo su cabello hacia adelante, así obtendría el cabello sensualmente despeinado que tanto le gustaba. Sólo que no fue así.

Cuando echó la cabeza para atrás (que siempre se imaginaba así misma igual de sexy que Pamela Anderson cuando hacía lo mismo en la playa), todo le dio vueltas de una manera tal que sus piernas no la aguantaron. Intentó sujetarse, y sólo logró darse contra la puerta del cuarto para terminar en el suelo.

-Mierda- juró mientras cerraba los ojos, rogando porque el mundo le dejara de dar vueltas. Nadie la había visto, y podía retirarse sin exponerse a la humillación.

Una puerta se abrió, y luego:

-¿Alice? ¿Fuiste tú quien golpeó la puerta así?- esa voz. ¿No podía ser otro?

Cuando alzó la vista, Jasper estaba en el umbral de la puerta. Por su cabello despeinado y la ropa que llevaba, dedujo que estaba durmiendo. Y así, era guapo. Dios, le gustaba tanto. Y aquello la molestó. ¿No le pudo gustar otro?

-Bueno ¿Ves a alguien más?- preguntó ácidamente. Intentó ponerse de pie, pero estaba mareada. Oh, mierda, estaba muy borracha.

Él, solícito siempre, como el caballero que era, la tomó por la mano para ayudarla, e hizo que se sentara en el único escalón de la entrada.

-¿Estás bien?- parecía preocupado.

-Estoy perfectamente, gracias- si, estaba perfectamente borracha. Mierda. ¿Qué hacía ahí?

Jasper la miró unos segundos, incrédulo.

-¿Estás borracha?-le preguntó. Muy en el fondo, aparte de extrañado, parecía que la situación le divertía.

-No. No, no, no, no. No- negó seria.

Él empezó a reírse entonces. Limpias carcajadas que hicieron que su estómago se encogiera. Eso la molestó más ¿Se ría de ella?

El joven se sentó a su lado, ya dejando de reírse.

-Eres el ejemplo perfecto para todos aquí- se burló.

-No estoy borracha.

-Ya, claro.

-Eres tan idiota, tan idiota- bufó. Entonces se sintió triste, como una bajón enorme de ánimo. Le picaron los ojos, y pestañeó varias veces- Eres tan idiota, y tan ciego.

-¿De qué hablas?- él parecía gozar un mundo viéndola en tan deplorable estado, como los hermanos que ven a los hermanitos menores hacer las gracias propias de los niños.

-De eso. Eres un idiota …-dio un hipido- ¿Cómo pudiste…?

Ahora el joven la miraba con atención, entrecerrando sus maravillosos ojos miel, casi dorados. Como los de un león.

-… Y con Kate. Ella también es una idiota-puntualizó enfática.

-Oye…- se rascó la nuca, claramente incómodo- Quería aclarar eso. Kate…

-¿…Te estaba metiendo mano durante el almuerzo, con todos ahí? Lo noté- gruñó- Bueno, en realidad fue pie- agregó- ¡Yo fui una víctima! Casi me siento violada. ¡Esa zorra!

-Eso me tomó de sorpresa tanto como a ti… Yo nunca…

-Siiii claaarooo- ironizó, mirándolo con los ojos casi cerrados, como si lo hiciera el culpable de todo- Oye, está bien. Pueden divertirse tooodo lo que quieran- quizás no sonara bien, pero la pareció oportuno alargar las sílabas para enfatizar su enojo. Seguro metía mucho miedo, si.

Jasper soltó otra risita. Le provocó golpearlo porque pensó que quizás se reía de ella. Luego él se recompuso, y la miró fijamente.

-Kate y yo no tenemos nada. Creo que yo le gusto, pero ella a mi no, así que…-y se encogió de hombros, para terminar la idea. Alice no le creyó. Hipó una vez más.

-¡No lo niegues!- le puyó el hombro con un dedo- Lo sé todo, lo sé tooodooo.

El rubio estaba haciendo grandes esfuerzos por no reírse, y eso la enojó más.

-Deja de reírte, imbécil. Intento decirte algo serio.

-¿Qué intentas decirme?- de nuevo, la miró a los ojos. Alice nunca habría pensado que una mirada pudiera hacerle tanto… Pero sí. Los ojos miel del chico que tenía al frente encendían algo en su pecho, algo que la bañaba de calidez, que la hacía sentir nerviosa, ansiosa, y muy anhelante. Le gustaba mucho más de lo que admitiría, y él ahí, sin imaginárselo.

-¿Te gusta mucho Kate?- le preguntó, sintiéndose de pronto triste de nuevo.

Jasper no dijo nada por unos segundos, sino que se la quedó mirando. Alice sintió como se quedaba sin aliento por unos segundos, totalmente desarmada, con el estómago en un revuelto.

-No me gusta Kate- respondió, totalmente sincero. Alice sintió su corazón latiendo fuerte, como si estuviese gritando, o algo. Deseó tener el valor para acercarse aún más a él, y acariciar su cabello dorado, sus mejillas…- En realidad…- prosiguió el chico, pareciendo ahora algo nervioso, como si lo que quisiera decir le fuera difícil- En realidad, me…

Entonces Alice se inclinó sobre sus piernas, y volcó sus entrañas en la tierra húmeda.

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Edward miró su reloj, y decidió que ya era hora para dar una vuelta por el campamento. Desde que había empezado, todo había transcurrido en absoluta normalidad. O sea, todo lo normal que puede ser una sitio como ese. Nadie había intentado escaparse, nadie había causado daños a las propiedades, nadie había hecho fiestas clandestinas… Hasta ahora, y sinceramente, esperaba que siguiese así… Aunque eso lo hiciese no tan emocionante.

Se colocó su chaqueta de cuero, tomó su ipod y salió del cuarto, dejando a Emmett roncando.

Comenzó por las oficinas, caminando y poniendo atención a lo que veía. Decidió que Metallica sería una buena elección para el momento.

Hacía frío, y tuvo que frotar sus manos y calentarlas con el vaho que escapaba de su boca, o pensó que las perdería. Al tiempo que las notas de la canción entraban por sus oídos, inconscientemente, sus dedos se movían como lo harían si estuviesen encima de un piano. Se imaginaba como trasladaría las notas de Nothing else metters a su piano. El tono de las teclas, el retumbar del sonido de su Steinway… Casi podía oler la madera.

Entonces, vio algo que le hizo quitarse los audífonos. Eran Rosalie y Bella, acompañadas por un guía. La primera avanzaba con aspecto obstinado, y la segunda se tambaleaba en pasitos inseguros. Hubiese pensado que la rubia se alegraba de verlo si no hubiese sido Rosalie de quien se trataba. Por su expresión, de hecho, pareciera que hubiese visto a Dios, o algo así.

-¡Edward!- le llamó, intentando no gritar. Cuando estuvo cerca, se dio cuenta que el guía, quien parecía molesto, tenía a Bella sujetada del brazo co firmeza, como un profesor cuando toma a un alumno que se ha portado mal.

-¿Qué sucede?- preguntó, mirando con en ceño fruncido el lugar donde el guía tocaba a Bella.

-Bueno, verás… Nosotras…-comenzó Rosalie, titubeante. Bella a su lado, jugaba con un mechón de su cabello con aire distraído.

-Las encontré afuera de sus cabañas- dijo el guía. Parecía muy joven, con la cara blanca y ovalada, y el cabello oscuro y corto- Y ésta- señaló a Bella con la cabeza- está borracha.

Edward miró estupefacto a las dos chicas, varias veces. Ninguna de las dos lo miró a él.

-Iba a la cabaña del doctor Cullen- continuó el joven.

-Yo me encargo, soy el guía de ambas- mintió con naturalidad.

El chico lo miró por un segundo más antes de asentir, y alejarse. Cuando se perdió de su vista, enfocó sus ojos en las chicas que tenía al frente. Rosalie movía compulsivamente su rodilla, con los brazos cruzados, y Bella se había sentado en el piso, y apoyaba su mentón en las rodillas flexionadas.

-Estaban bebiendo ¿Dónde coño consiguieron licor?- preguntó, empezando a molestarse. Esas chicas estaban locas.

Ninguna de las dos dijo nada.

-Yo no informo de esto a nadie, si me dicen cómo consiguieron el licor- insistió, mirándolas con gesto obstinado.

Rosalie tomó aire, en su pose orgullosa y altiva.

-¿Si te lo digo, esa persona se va a meter en problemas?

-Probablemente.

-Pero es tu hermana ¿También tienes que ser un idiota con ella? Sólo queríamos relajarnos- la voz de Bella se fue apagando hasta que no dijo nada más. Rosalie la miraba con ganas de matarla.

-Gracias, Isabella- murmuró Rosalie con los dientes apretados.

Se preguntó hasta donde hubiese sido capaz de llegar la rubia por no haber delatado a su hermana, sorprendido por su lealtad. Quizás no era tan egoísta como pensaba.

Bella se incorporó precariamente, y cuando él tendió una mano para tomarle del codo para ayudarla, ella alzó las manos a modo de advertencia. Todo seguía igual que la tarde. Ella estaba molesta y ni sabía por qué.

-Si dices algo, y Alice se mete en problemas- mientras decía esto, se había acercado a él, hasta que estuvieron lo suficientemente cerca como para que ella tuviese que levantar la cara para mirarlo de forma amenazante- Vas a terminar pidiéndome perdón de rodillas, Edward, te lo juro.

Parecía decirlo en serio, cosa que no hizo más que causarle gracia. Sin embargo, mantuvo cuidadosamente la misma expresión seria.

Él no aparto sus ojos de los de ella, retándola a bajar primero la mirada. Pasó un minuto en un tenso silencio, hasta que él se cansó y resopló, guiando sus ojos hasta Rosalie.

-Ve a tu cabaña, yo llevo a Bella.

-Yo puedo ir sola, me sé el camino- terció la castaña.

-¿De verdad no vas a decir nada?- preguntó Rosalie, entre sorprendida y dudosa.

-No puedo ser tan idiota con mi propia hermana- ironizó, citando las palabras de Bella.

La rubia parpadeó varias veces, y su cara se relajó visiblemente.

-No eres tan estúpido como pensé.

-Vaya, gracias- se burló.

Entonces la chica rubia le dio una sonrisa pequeñísima, casi invisible, pero que ahí estaba. Luego de tiempo de conocer a Rosalie, era la primera vez que no sentía hostilidad o aburrimiento emanando de ella.

Bella había empezado a caminar sola, como siempre. Suspirando, él se colocó al lado de ella, muy cerca para atajarla si llegaba a trastabillar. Constató que Rosalie había seguido hacia su cabaña cuando volteó y no la vio ahí. Caminaron en silencio por un par de minutos.

-De verdad, te puedes ir. De aquí no me pierdo- dijo Bella, y se sorbió la nariz.

-¿Estás llorando?- preguntó él sorprendido, deteniéndola por el hombro.

-No- murmuró ella, pero se le quebró la voz.

Edward, confuso y conmovido, la tomó por los hombros para mirarle la cara. Su rostro estaba oculto por el cabello oscuro. Estaban a un escaso medio paso de distancia.

-¿Por qué lloras?- le preguntó suavemente, apartando el cabello para verle los ojos.

-Porque estoy loca- respondió, limpiándose las lágrimas con el revés de la mano, pero brotaban más, y más.

Algo en el pecho de él se apretó al verla así: confundida, triste y frágil. Sin saber cómo, una de sus manos acarició con extremada delicadeza un costado del rostro níveo de la joven. Notó como ella de ponía tensa, y entonces lo miró con esos ojos marrones tan bonitos. Y quiso besarla. Ahí mismo, en medio de la semi oscuridad, rodeados de frío. Tragó saliva, muy conciente de su corazón acelerado, de la suavidad de la piel de la chica bajo su mano, del olor dulzón del vino ligado con el aroma a fresas y flores que emanaba de su cabello. Fue muy conciente, tal vez demasiado, de la cercanía de sus cuerpos, de la respiración irregular de ella, del rubor de sus mejillas –que quiso pensar que era por su causa-.

Algo en su cerebro se encendió, y gritó una advertencia. El joven tomó aire, miró al suelo y se alejó un paso. Bella parpadeó varias veces, como si intentara espabilarse.

Edward la miró de nuevo, y con sus pulgares, secó las lágrimas de ella. Se alejó otro paso, y se obligó a pensar en otras cosas al tiempo que añejaba sus manos de la chica.

-No estás loca- dijo en voz baja, mirándola a los ojos- Sólo estás borracha- bromeó, y se esforzó por sonreír.

-Oh, Dios, muy borracha- gimió, frotándose la frente. Al menos ya no estaba llorando. Nunca se iba a dejar de sorprender por la facilidad que tenían las mujeres de saltar de una emoción a otra.

El gesto de Bella le hizo gracia, y se le escapó una risa tranquila.

Miró a su alrededor. La luna estaba enorme, y blanquísima. Luciérnagas sobrevolaban el lago, confiriéndole al muelle un aspecto misterioso, y encantador. De pronto, se le ocurrió algo. Algo que quizás no era una idea inteligente, o madura… Y precisamente por ello, era buena.

-¿Sabes que se hace con los borrachos, no?- preguntó, sonriéndole con alevosía.

-¿Se les da café?- inquirió ella al tiempo que frotaba sus manos.

-Se les da un baño de agua fría- respondió él, regresando su mirada a tiempo para ver como Bella se envaraba y lo miraba asustada.

-Ya… Bueno, me voy a dormir.

-No lo creo- entonces, la tomó por la mano, y la arrastró hacia el muelle. Era demasiado liviana, como arrastrar a una muñeca de trapo.

-¿Qué haces? ¡Suéltame!- a pesar de su tono, no chillaba como loca. Aunque podría hacerlo. Pero no lo hizo, así que él continuó arrastrándola, hasta que la orilla del muelle estuvo a un par de pasos.

Bella recuperó el equilibrio, y miró el agua oscura horrorizada.

-Ya aprendí mi lección, suéltame.

-No lo creo- repitió- Los borrachos no saben lo que dicen- Entonces, tomó el cierre de la chamarra de ella, y lo bajó, disfrutando de ver cómo ella tragaba.

-¿Q-qué haces?- temblaba, y lo miraba con ojos enormes. No sabría si de miedo, sorpresa o qué.

Él se limitó a sonreír. La chaqueta calló al suelo, donde también la suya fue a parar. Miró a Bella, que a su vez le devolvió la mirada.

-No te atreverías- le dijo, retándolo; pero en el fondo tenía dudas. Ella aún no sabía de lo que él era capaz. Y por eso permaneció allí, de brazos cruzados.

-¿Tú dices?- le preguntó, juguetón. Se sacó los zapatos.

-Sí. Eres demasiado correcto- murmuró la castaña, tal vez demasiado confiada.

-¿Estás segura?

Ella balbuceó algo antes de pegar una carrera que no la alejó mucho, ya que él la alcanzó al medio segundo y la tomó en sus brazos. Otra vez, se detuvo a un paso del agua helada.

-Es en serio, Edward. Suéltame. YA.- a pesar de su pataleta, se aferraba del cuello de él con fuerza.

-¿De verdad quieres que te suelte?- preguntó él, con cara de decepción y borrando su sonrisa. Estando tan cerca, casi sentía el corazón de la joven latir como loco. La luz de la luna, los hacía ver como dos seres blancos como el papel.

-Si- exigió, mirándolo a los ojos.

-Muy bien.

Entonces la arrojó al lago, y saltó detrás de ella.

No se había equivocado, el agua estaba muy fría, pero tampoco insoportable. Al emerger, se sacudió el cabello como un perro, y de su garganta brotó una risa ligera, traviesa. Bella emergió a su lado, chapoteando como un gato asustado.

-¡Estás loco!- chilló sin dejar de moverse para mantenerse a flote, ya que a diferencia de él, ella no tocaba el fondo arenoso. Sus labios estaban oscuros, en contraste con lo blanco de su rostro y el cabello se le pegaba en la frente- ¡No puedo creer que me hayas tirado al agua!- tosió un poco.

-Tú me pediste que te soltara.

-Si, pero en el suelo, animal- parecía muy molesta. Comenzó a chapotear hacia la orilla- Estás loco.

Antes que pudiese avanzar más, él nado hasta dar con un pie de ella, y la haló hacia adentro, haciendo que se hundiera sólo un poco.

-¡¿Qué haces?- borbotó en cuanto salió a la superficie. Aquello era por demás gracioso.

-Te ayudo con tu borrachera. Luego me lo agradecerás- respondió con una sonrisa despreocupada.

-Estás mal- gruñó con los dientes castañeándole. Le dio una manotada al agua para salpicarle agua a los ojos. Él se la cobró sumergiéndole la cabeza de nuevo, sin esfuerzo alguno.

Algo entonces llamó la atención de su mirada. Una luz venía de la orilla del lago.

-Mierda- murmuró. Seguro era un vigilante que había alertado por sus ruidos- Shhhh,- calló a Bella mientras la llevaba arrastrada debajo del muelle, donde era menos probable que los vieran. Ahí se apoyó de uno de los pilares, mientras ella lo imitaba. Parecía un pollito, toda mojada y temblando.

Él agudizó el oído, y esperó. Luego de un par de minutos 3n silencio, se asomó, mirando hacia la orilla; no había nada. Quien fuera que estuvo ahí, se había ido.

Miró a Bella, que se aferraba al mismo poste de madera donde estaba él. Ella le devolvió la mirada, asustada, y luego, como si luchara contra ello; una sonrisa se formó en su rostro, y a esta le siguieron carcajadas.

Contagiado, él empezó a reír también. Ya fuera por el frío, la hora, la luna, la situación, el pequeño susto. Ambos rieron como los jóvenes que eran. Como si estuviesen en otro lugar y otra situación completamente diferente. Tal vez en una excursión por placer, quizás en unas vacaciones.

Se rieron hasta que les dolió la barriga. Ella se sostenía del pilar laxa, hasta que las carcajadas se convirtieron en una sola sonrisa relajada que curvaba sus labios. Unos labios oscuros, lisos, con el superior un poco más grueso que el inferior, algo que le gustaba.

Como se estaba volviendo una costumbre, una de sus manos apartó del rostro de ella el cabello mojado, siendo inconsciente del momento en que se había movido para que estuviesen tan cerca. Ella dejó de sonreír sin quitarle la mirada de encima, y Edward pensó que nunca le había parecido tan apetecible.

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Aquello era tan extraño como maravilloso.

Quitando la parte que si seguía en el agua un cuarto de hora más, moriría de una hipotermia segura.

Pero aquello no le importaba, y aquello no le haría moverse de donde estaba jamás. Morir de hipotermia parecía una tontería cuando estaba así de cerca de Edward. Tan cerca, que podría estirar el cuello, y besarlo.

Unos segundos antes, él le había apartado unos mechones de la cara… Y ahí, el lugar en donde sus dedos le habían tocado, le hormigueaba. No era normal la forma en que la miraba, y eso la ponía nerviosa, si, pero también le gustaba muchísimo. No entendía cómo, si ella no le gustaba nada, podía mirarla así: con tantas cosas a la vez. Cosas que prometían, que incitaban, y que también asustaban.

¿De verdad estaba pasando aquello?

Quizás… Ella no le era del todo indiferente. Se olvidó por completo de todo lo demás.

Tragó saliva, sin darse cuenta el momento en que se habían acercado tanto. Si no hubiese tenido tanto frío, probablemente se habría sonrojado. El aliento de él le calentó los labios, y poder mirar esos ojos verdes tan brillantes le apretó el estómago en un puño.

La mano de él se movió hasta su mejilla, donde hizo un movimiento tan ligero como el roce de una pluma, y que sin embargo ella sintió abrumador. No había más frío.

-Eres hermosa- murmuró el joven, esta vez posó su mano en una de sus mejillas, calentando ahí donde tocaba la mano, y donde tocaban las palabras. El corazón se le iba a salir; y entre el sonido de la brisa, los animales nocturnos y los árboles, estaba segura que él oía sus latidos.

Se mordió el labio inferior sin darse cuenta, y los ojos verdes siguieron ése gesto. Edward se acercó más, vacilando un poco. Quizás dándole tiempo para apartarse, quizás para alargar más el momento.

-¿Qué tan borracha estás?- preguntó de pronto, a escasos centímetros de su boca. Bella pensó que se desmayaría si él no la besaba en aquel momento.

-¿Qué importa eso?- respondió, perpleja e impaciente.

-Sí importa, a mí me importa- susurró Edward, serio- Si te voy a besar, me gustaría que lo recordaras mañana.

Ella le sonrió; no podía esperar menos. Luego acabó con el reducido espacio que los separaba, y unió sus labios con lo de él.

Su pobre experiencia no le daba mucha referencia acerca de lo que era bueno o no, acerca de los besos… Pero aquello que se sentía tan increíblemente bueno, de ninguna manera podría estar mal.

Edward la besaba despacito, con cuidado, como si ella fuese la cosa más delicada del planeta… Y aquello la estremecía. ¿Besaría siempre así? Sus manos pequeñas y frías subieron por los brazos de él hasta dar con el cuello del chico, haciendo que sus cuerpos se pegaran.

Los brazos de él la cerraron por la cintura, y sus labios se separaron un segundo para darle lugar a un suspiro profundo, casi salvaje. Ella retomó el beso, esta vez de una forma más carnal, esperando que él lo siguiera así. Deseaba que la tocara, que la apretara y estrujara; necesitaba sentirse deseada.

Había anhelado eso con tanta fuerza, que ahora todo lo que le estaba pasando le parecía irreal.

Bella le mordió el labio inferior. Nunca antes lo había hecho, pero ése solo le bastó como saber que había sido una fantástica idea. Sobretodo porque Edward había sonreído dentro del beso, lo sintió. Él se separó un poco, respirando de forma trabajosa, y abrió los ojos al mismo tiempo que ella.

-Me pueden meter preso por esto- susurró. Ella intentó calcular si aquella frase se antepondría a otra como "Esto es un error, jamás debió haber pasado, me gustas como amiga, fue cosa de momento" porque si era así, dudaba que le diera tiempo de estar en su cuarto para llorar a moco tendido. No logró descifrar por completo su expresión, pero no parecía arrepentido. Parecía… Parecía tranquilo, incluso satisfecho. ¿También había esperado él ese momento?

De pronto, un pensamiento irrumpió en su burbuja: Si él y Tanya eran novios… Entonces ¿Era ella "la otra"? Aquello fue como un balde de agua fría –todo lo helado que podría ser sin contar el hecho que estaban en una laguna-. Toda la alegría, deseo, u otra cosa que hubiese podido sentir antes, quedó extinta. Parpadeó, tratando de aclararse. Lo que pensó a continuación, la asustó tanto que se alejó de él, zafándose de sus brazos.

Edward la miró confundido.

-¿Qué pasa?- le preguntó, atajándole la mano.

-Nada, no me siento bien- y no mentía del todo.

Se sentía enferma, porque al pensar en eso de que sería "la otra", se dio cuenta que no le importaba. Se dio cuenta de que prefería eso, a no tener a Edward de ninguna otra manera. Y no podía permitirse caer tan bajo… Porque sabía que cuando una mujer empieza a sentir cosas, no mide cuando entrega.

Y ella prefería protegerse de sufrir, porque querer es sufrir. Y prefería no sentir para no sufrir.

Estaba enferma, enferma de miedos: a ser sana, a estar sola, a no ser suficiente, a engordar, al abandono, al rechazo… Pero sobretodo, a querer. Porque si quieres, es como si entregaras tu vida completa.

Y cuando te abandonan, te quedas sin nada. Porque tarde o temprano, todos en su vida, de una forma u otra, la dejaban.

Y si no se hubiese conocido mejor, se hubiese quedado, y se hubiese arriesgado sin importarle las consecuencias. Pero ella sabía que Edward no era alguien que pudiese olvidar con facilidad, ni alguien con quien pudiese estar sin querer.

Ella se conocía, y sabía que el miedo a sufrir era más grande que cualquier otra cosa en aquel momento.

Sin mirarlo, se deshizo de la mano de él, y nadó hasta la orilla. Ignoró cuando el empezó a llamarla, y salió del lago destilando agua. Hacía mucho más frío de lo que pensaba, y agradeció estar mojada, porque así no abría diferencia si lloraba.

Corrió todo lo que sus piernas le permitían hasta que llegó a su cuarto. Con manos temblorosas abrió la puerta y entró, cerrando con pestillo tras ella. Ahí mismo se deshizo de su ropa mojada, avanzó hasta el baño, donde puso el agua casi hirviendo, y se metió bajo la ducha. Cerró los ojos, rogando no sentir nada… Como si aquello fuese posible.

Mas tarde, se quedaría dormida como Dios la trajo al mundo: llorando, y sin tener idea de qué pasaría a continuación.

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Rosalie acababa de salir de la ducha y se sentaba para cepillarse el cabello. Era un ritual que nunca faltaba: Se sentaba en el tocador, y cepillaba su larga melena hasta que ésta estuviese totalmente desenredada y brillante.

Pero ahí no tenía el espectacular tocador que estaba en su casa. Así que se tenía que conformar con pararse frente en diminuto espejo del baño y hacer milagros para poderse ver el cabello desde cualquier ángulo posible.

-¡Ay, no! Mierda- masculló mirando su cuello. Sus dedos se posaron en la marca púrpura del tamaño de una uva grande: un chupón- Perfecto.

Si recordaba más bien el cómo, y no el qué, una sonrisa se formaba en su rostro.

Flash Back

-No puedes, pero quieres hacerlo- la chica le mordió el labio inferior, aumentando su necesidad; provocando que por inercia el joven apretara su pelvis contra la de ella. Luego le besó cortamente y lo miró a los ojos- Tú lo deseas tanto como yo, y estás haciendo que perdamos un tiempo precioso.

Esta vez fue él quien la besó. Y en ése beso ella supo que había ganado, que lo tenía a su merced. Cosa que al final todos terminaban experimentando. Nunca había sido rechazada, y estaba claro que esa noche no sería la excepción.

Cuando se es una mujer con la suficiente experiencia, se sabe cuando un hombre es experimentado también. Emmett lo era, sin duda. La forma segura y suave de su toque, esos besos que exigían más que entregar, el movimiento diestro de su lengua… Todo. Todo en él exudaba pasión, y ella se dejaba arrastrar por ese deseo carnal irrefrenable.

Rosalie había tenido muchos compañeros a lo largo de su corta existencia. Tal vez demasiados, si pensaba con honestidad. Y era algo que a ratos no la hacía sentir bien porque bueno, sí, se pasaba de puta. De todos, podía contar con los dedos de una mano los que habían sido sus novios formales. Y con los dedos de ambas manos, le daba perfectamente para contar por los que había sentido algo más que simpatía, y un deseo que no era del todo espontáneo.

Y no necesitaba nada para contar a las personas que le habían hecho despertar esa pasión desatada, esa necesidad feroz de sentir; porque nadie nunca le había movido eso.

Nadie hasta que llegó Emmett.

Él con su cabello rizado y negro, los ojos grises sinceros, esos hoyuelos en las mejillas, y su sonrisa traviesa. Porque Emmett la había mirado diferente desde siempre. O más bien, él fue el único que realmente la vio.

Por primera vez no se sentía un bonito adorno al lado de un chico. Y si bien era un sentimiento cálido, le era totalmente extraño.

Extraño en el buen sentido. Del mismo modo en que ese joven, un desconocido hasta hace unas semanas, le inspiraba una confianza ciega. Era algo inexplicable. O tal vez no era inexplicable, pero desde luego ella no se pondría a buscarle respuesta, o siquiera nombres.

Y fue eso: esa confianza, la familiaridad, esa tranquilidad que sentía estando cerca de él (además que los otros sentimientos más impúdicos) que no le dejó espacio a la duda. Todo lo que hacía con él, de un modo u otro, se sentía diferente a todo lo que había hecho antes.

No se avergonzó en lo más mínimo cuando empezó a bajar la cremallera para deshacerse del pantalón. No le importó parecer desesperada, porque de hecho estaba desesperada. Él terminó de quitarse el pantalón, y procedió a quitarle el pijama a ella, dejándola sólo en su prenda más íntima. Casi se arrepiente de no haberse puesto algo más provocador que algo de simple algodón blanco, pero ¿qué pudo haber sabido ella de lo que iba a pasar?

Emmett se quedó arrodillado, contemplándola. Una sonrisa curvó la boca de la chica rubia por la expresión de deseo avasallador que brillaba en los ojos grises del joven. Ella lo acercó de nuevo, sintiendo la piel caliente de él cubriéndola casi por todas partes.

Se besaron intensamente, con las manos perdidas, como si ellas solas se hicieran caminos a través de sus cuerpos. A veces se estremecía bajo esas manos masculinas que la tocaban, dejando su mente en blanco y arrancándole gemidos entre beso y beso.

Él bajó la cabeza para besar su cuello una vez más, dejando mordidas desperdigadas a sus hombros. Una de las manos bajó por su estómago, yendo suavemente hacia abajo, hasta llegar a la elástica de su única prenda. Ella estaba segura que su vacilación era una especie de tortura. Le provocó arrancarse ella misma la braguita, pero se contuvo, mordiéndose los labios. La mano se coló dentro de la tela, y la tocó en el punto. Gimió sonoramente, arqueándose hacia él.

Otra vez se besaron, mientras el joven acariciaba diestramente su intimidad, logrando que descargas de placer viajaran por todo su cuerpo, haciendo que temblara. Lo quería. Ya.

-Emmett…-susurró con la voz ahogada. Y pareció más un ruego, y él lo sabía, así que se deshizo de la última prenda de ella, y de él también. Rosalie casi se queda boquiabierta; él estaba muy bien dotado. Dios poderoso.

Emmett se cernió sobre ella, apoyándose con los codos para no aplastarla, y la miró. Rosalie casi se sintió sonrojar bajo su escrutinio. Los ojos plomo parecían dos pozos oscuros y brillantes. Una mano blanca y delicada se alzó para apartar unos rizos de la frente de él, y luego bajaron, acariciando su mejilla áspera, en un gesto tierno que bordeó lo íntimo.

Ella, sin perder el contacto visual, colocó una pierna a cada lado de él, y como invitación a seguir, le besó.

Entonces, el se adentró en ella, arrancándole un gemido más fuerte, lleno de alivio. Se mordió la lengua para no echar un "OH, DIOS" al aire. Se sentía tan bien. Lo escuchó gemir gravemente, antes de comenzar a embestirla una y otra vez, en movimientos intensos, pero jamás bruscos. Le parecía curioso que alguien tan grande pudiese ser tan cuidadoso y salvaje a partes justas. Aunque antes no hubiese podido creer que esos dos adjetivos pudiesen relacionarse jamás antes de esa noche.

Una mano de él le hizo flexionar una de sus rodillas, maximizando las sensaciones con cada arremetida.

Más gemidos se mezclaron en la oscuridad, el sudor los cubrió como perlas. Eran sólo dos seres nocturnos encontrándose, necesitados uno del otro sin saberlo.

Y entonces, pasó. Vino el orgasmo primero para ella, como un hormigueo que subía desde la punta de los pies hasta el cabello, miles de cosquillas, dejó de escuchar, y explotó con un sonoro gemido. Luego él la siguió, y la apretó entre sus brazos mientras pasaba.

Se quedaron así por un rato, jadeando, cansados, laxos.

A medida que pasaban los primeros minutos, y la bruma de placer se iba disipando, ella empezaba a pensar mejor. Y ahora que lo pensaba mejor, el sexo casual quizás no fuese tan buena idea… Pero era definitivamente algo justo y necesario. Más aún cuando era tan bueno. Era irresponsable de su parte, sí… Pero ¿Quién dijo que ella fuese alguien completamente bueno?

Emmett se acostó a su lado, aún con la respiración irregular. Ninguno de los dos dijo nada por un par de minutos. Rosalie tanteó bajo la cama hasta dar con una caja de cigarros. Sacó uno, y lo encendió. Siempre le había causado gracia eso de cómo la verían los chicos con quien había estado cuando ella fumaba después del sexo.

Emmett, la miró por un segundo antes de quitarle el cigarro y apagarlo contra el suelo.

-¿Qué haces- reclamó ella.

-Odio que fumen cerca de mí- se explicó él tranquilamente- Eso, sin incluír que está prohibido hacerlo, Dios, ¿Hasta cuando te lo tendré que decir?- agregó en tono cansino, pero no molesto.

La chica bufó y rodó los ojos antes de pararse de la cama y dirigirse al baño. No se molestó en cubrirse con la sábana; él la estaba mirando, y eso a ella le encantaba. Antes de cerrar la puerta del pequeño cuarto, sacó la cabeza por la puerta.

-Estuvo genial, de verdad, pero es mejor si te vas- le dijo con un tono d voz monocorde. No se le daba bien ni acurrucarse, ni hacer cariñitos, ni nada de eso. Prefería huir cuando terminaba una buena sesión de sexo porque no sabía qué hacer después. Emmett la miraba desconcertado y sorprendido. Incluso le hizo gracia su expresión.

-Al menos págame, ¿no?- musitó él, ahora irritado, mientras se paraba y empezaba a vestirse.

Rosalie se rió.

-Vamos, no hay pago si ambos obtenemos los mismos beneficios- objetó sin dejar de sonreír.

El joven la miró incrédulo por unos momentos.

-Tú das por sentado que esto se va a repetir.

-Claro. Y antes de que digas algo, tú sabes que así va a ser.

Se miraron por unos segundos. Él entre molesto e incrédulo por la actitud de la chica, y ella insolente y desvergonzada. Emmett se terminó de vestir, y salió del cuarto sin decirle nada más. Ella dejó de sonreír y se metió a bañar.

De nuevo sentía mucho frío.

OoOOOOooOoOoO

Mil disculpas por el retraso. Acabo de salir de semestre, y ahorita es que acabo de terminar el capítulo.

Con respecto a los acontecimientos y a su desenlace:

Los cuasi encuentros amorosos no salieron tan bien. Bueno, quiero ser muy realista con mis personajes. Desde luego no son perfectos, ni tienen las palabras precisas, ni se guían cien por ciento por sus sentimientos. Todos son humanos, con miedos y errores. Y quiero que esto se refleje mucho porque así somos, y adoro sacar a relucir los defectos –y virtudes- y los errores que nos hacen más humanos.

Sé que iba a decir más cosas, pero será luego.

Reviews. Mi fic es mi bebe y SE MUERE DE HAMBRE.

Un besote y GRACIAS, GRACIAS por seguir leyendo.