Capítulo 12: Here comes the sun

Era sábado, el primer día de visitas desde que había comenzado el campamento. Se suponía que luego del almuerzo, los jóvenes asistentes recibirían a su familia y amigos. Podrían salir si tenían permiso, pero regresarían para la noche.

Era sábado, y se había levantado más temprano que nunca porque necesitaba pensar. Y salir a correr escuchando música era su mejor opción. Ése era uno de sus únicos buenos hábitos que aún poseía. Siempre le gustaba hacerlo en ese momento de la mañana en el que el sol estaba por salir, y el frío le pellizcaba las mejillas. Ése momento que los pajaritos escogían para comenzar a cantar como locos, y que la gente normal elegía para empezar a desperezarse. Ése era su momento, ahí podía descargarse de una forma totalmente legal: hasta que los muslos la ardiesen, y la respiración fuese superficial, hasta sentir que el corazón le explotaría. Luego de eso, se sentía más relajado, pensaba con más claridad. Era casi como tener una sesión de sexo, pero sin el orgasmo… Bueno, no, el sexo era mucho mejor. En fin.

El tema del sexo le hacía pensar en Rosalie, y quería pensar, sí, pero el tema Rosalie lo hacía liarse más. Porque de pronto no hacía más que pensar en ella, y en los momentos que pasaban juntos.

Miró el cielo, y el anaranjado le inundó las pupilas. Serían casi las seis, calculó. Ya era buena hora para regresar. Redujo el paso al tiempo que pasaba por un aglomerado de árboles, intentando recuperar el aliento.

Entonces, algo tomó su mano, empujándolo hacia un árbol sin tiempo de reaccionar.

Rosalie le sonrió mostrando los dientes perfectos, y algo en su pecho saltó.

-Hol…-le saludó soprendido, pero ella le interrumpió con un beso.

Le pasó la mano por los hombros, y subieron hasta su cuello, donde jugaron con los rizos oscuros que caían sobre su nuca.

Él la tomó por los brazos, separándola.

-¿Te volviste loca?- le susurró, entre preocupado y juguetón. Que ella lo hubiese perseguido para eso, hablaba muy bien de él. Su ego se infló unas décimas- Nos pueden ver.

Rosalie sólo sonrío más, y lo haló por el suéter para estampar sus labios contra los de él fugazmente. Emmett sintió la boca de ella cerca de su oído, respirando, y haciéndole reprimir un estremecimiento de deseo.

-Lo sé ¿No lo hace eso más excitante?- le susurró con voz seductora.

Necesitó de todo su control para concentrarse. La palabra "excitante" en la voz de ella se repetía una y otra vez en su mente, como un eco. De nuevo, ella le besó, succionando su labio inferior, y apretándose más contra él. Una mano fría se coló por debajo del suéter deportivo, haciendo que sus abdominales se contrajeran involuntariamente. Sus lenguas se encontraron, ansiosas por el contacto. La quería. Ahí mismo. Pero no podía, era demasiado riesgoso… Sin embargo, detenerse era tan difícil, con ella así tan dispuesta. De nuevo, se separó de la rubia, tomándola por los hombros. Respiró profundo antes de hablar.

-Cálmate, Rosalie- le dijo suavemente, sonriéndole algo tenso.

Ella lo observó, algo irritada.

-No quiero calmarme, quiero cog…

Él le tapó la boca antes que ella pudiera decir algo más.

-No lo digas, pierdes tanto encanto cuando abres la boca a veces- se burló, sin quitarle la mano. La rubia rodó los ojos. Y no es que él fuese un puritano, ni menos, pero simplemente esa escena de "vamos a coger, rápido y apurados, como delincuentes cachondos" no le sonaba tan bien como antes. No viniendo de ella, no aplicándose a ellos. No cuando quería mucho más que eso.

Ah, genial. Se estaba convirtiendo en una mujer, pensó con ironía.

-Vamos- le hizo un gesto galante con la mano.

-¿A tu cuarto o al mío?- preguntó ella, recuperando su sonrisa traviesa. Y esa mañana estaba tan… malditamente sexy: el cabello suelto, la piel resplandeciente, los labios rojos, un pantalón de jean que abrazaba sus piernas como un amante. Casi sintió físicamente dolor al tener que rechazarla.

-En este momento, no- declinó, con expresión compungida.

La chica lo miró por unos segundos sin hacer nada, y parpadeó varias veces.

-¿Cómo?

-Tengo una reunión ahorita, acerca de las actividades de mañana- miró su reloj sin dejar de andar- Y voy tarde, de hecho.

-Me estás rechazando- dijo ella, incrédula. Era obvio que nunca le pasaba esto.

Entonces pensó en lo gracioso del asunto: los papeles se habían invertido, y él era la mujer indispuesta. Así que así se sentía… pensó con perversidad.

-No, no te estoy rechazando. Te estoy diciendo que tal vez luego, porque en este momento voy tarde a una reunión- le aclaró, escogiendo las palabras cuidadosamente.

-Tal vez- repitió la chica, entre susceptible y enojada. Era obvio que a ella nunca le decían que no. En nada. Pero esos sentimientos fueron rápidamente tapados por la cortina de la indiferencia. Lo vio en sus ojos, y se sintió tan bien por el hecho que a ella no le diera igual no tener sexo con él. Aunque fuese sólo sexo, que importaba ella lo necesitaba.

Entonces, se le ocurrió que quería saber qué quedaría de su relación si quitaba lo que los unía: el sexo. Sería divertido… O quizás no, pero le molestaba que ella estuviese tan confiada en el hecho que lo tenía a él ahí para cuando quisiera. Y las cosas no eran así. Ella no podía darlo a él por sentado, y tratarlo como un muñeco sexual (y no es que le molestase, porque la parte del sexo sin compromiso estaba genial), porque él nunca había sido el muñeco de nadie, y punto. Le dolía en la hombría, y no sabía porqué precisamente ahora venía sintiendo esas mariconadas (antes había estado perfectamente bien con ese tipo de relaciones. Sus amigas con derecho lo podían confirmar). Debía dejar de comer tanto pollo, seguro.

-Bien- el tono seco y la expresión en blanco de la rubia le hizo saber que mentía, pero no dijo nada, y siguieron avanzando entre un silencio no tan cómodo. Pero él se sentía grande, pagado de sí mismo y de su fuerza de voluntad.

Edward estaría tan orgulloso de él.

Jasper masticaba una tostada y hacía como que miraba la mesa, pero cuando creía que no lo observaban, sus ojos mieles volaban a la pequeña chica que tenía al frente.

Podría hacer dos planas completas sólo describiendo lo bonita que estaba aquella mañana. Escribir, y escribir un poco de basura cursi, como la forma en que sus mejillas parecían bañadas en rosas, o el brillo de esos ojos azul zafiro, o quizás el contraste de su pelo tan oscuro contra su piel blanquísima... Y así, podría seguir, y seguir, como un idiota, sólo poniéndole adjetivos cursis a Alice.

Aquello era escalofriante. Empezaba a tener complejo de acosador.

Se obligó a pensar en otras cosas, como en recordar los acordes de una canción en la guitarra acústica… Pero entonces Alice hacía algún gesto, como rascarse la nariz, o apartarse el flequillo soplándolo, y su mente volvía a ella.

En esa oportunidad, su mente volvió a un recuerdo en particular: Ella, tan pequeña y delicada, borracha, echada en su cama, con su ropa puesta, revolviéndose entre las mantas. Y hubiese estado bien, si la joven no hubiese estado semi consciente cuando susurró su nombre.

Flashback

-¿Jasper?- murmuró, con los ojos hechos apenas una ranurita azul.

-¿Si? ¿Estás bien?- le preguntó, preocupado porque ella tuviese ganas de vomitar de nuevo.

-¿Te vas a ir?- la voz patosa de ella era apenas un murmullo- Quédate conmigo, por favor. Odio estos cuartos…-suspiró, cerrando los ojos- Son demasiado grandes para una sola persona…- y su balbuceo se apagó, dejando a Jasper perplejo.

-Ah…-se rascó la nuca, sin saber qué hacer- Voy a estar aquí, cerca.

Ella, medio dormida, hizo un puchero.

-No, no, no. Te quiero aquí, más cerca- farfulló, después de hacerle un espacio en la cama.

El joven rubio la miró, mitad horrorizado, mitad nervioso.

-Carajo- musitó con los dientes apretados. Ella estaba borracha, medio dormida, y sólo quería no dormir sola. ¿Por qué se le tenía que acelerar el corazón de esa forma?- O-ok- tartamudeó, y se sintió tan estúpido e inmaduro. Como un niño.

Se metió en la cama, guardando una distancia prudencial de la chica que dormitaba a su lado –una proeza considerable dado el tamaño de la cama-, se dio media vuelta, tenso, dándole la espalda… Y sólo un momento después, Alice se le acurrucaba contra la espalda, haciendo un sonidito extraño parecido a un ronroneo. Ella pasó un bracito por la cintura de él, y hundió el rostro en su espalda, haciendo que él se envarara más. Si seguía así, despertaría con el cuerpo acalambrado al día siguiente.

Aquella era una situación por demás extraña. Aunque no desagradable, pero sí muy extraña.

-¿Jasper?

El chico se sobresaltó al escuchar su nombre; pensó que ella ya se había dormido.

-¿Si?

-Pareces ser un buen chico, no me sigas jodiendo la vida- balbuceó bajito contra su espalda.

-¿Qué no te siga jodiendo la vida?- se dio vuelta, sin poder evitarlo. Encontró el rostro de Alice cerquísima. Tanto, que su respiración le despeinaba el flequillo negro. No respiró por 15 segundos mientras la observaba de cerca, intrigado por lo largo de sus pestañas y lo parecido que era su piel a la porcelana.

Ella no respondió, sino que se le escapó un suspiro suave, y siguió durmiendo plácidamente, como cualquier otro borracho.

Una mano de dedos largos y con durezas, fueron delicados al apartar un mechón de la mejilla de la chica.

-¿Por qué te haría eso a ti, Alice?- le preguntó, aunque sabía que ella no le contestaría.

Pasó un momento más mirándola, hasta que pensó que eso era escalofriante, y entonces se puso boca arriba sobre la cama, apoyando la cabeza sobre el brazo doblado, y cerró los ojos. Más tarde se pasaría al sofá antes que ella despertara, para evitarle la incomodidad de despertar juntos.

Alice se acercó más a él, ronroneó, haciéndolo reír, y durmió toda la noche sin decir nada.

Fin Flash Back

Casi comienza a darse cabezazos contra la mesa. ¿Qué le estaba pasando? O más bien ¿Por qué lo estaba permitiendo? Él no tenía cabeza para esas cosas. Cuando terminase su condena en el campamento, regresaría a casa, conseguiría algún trabajo que le permitiera seguir estudiando y tener tiempo para ayudar a su madre en casa con sus hermanitos. Y en ese tenía que enfocarse: en el turbio recorrido que tenía por delante. No había espacio para distraerse.

Y no sabía cómo, pero la pequeña Alice había encontrado la forma de entrar en su cabeza y parecía no querer salirse.

-Hola, chicos- saludó Jessica, que llegaba con Edward. Kate venía tras él, y se sentó al lado de Alice, quien la ignoró felizmente. La rubia le guiñó un ojo, y él le respondió con un gesto de la cabeza, concentrándose súbitamente en su desayuno.

Bella llegó unos minutos después, con Rosalie. Extraño. Generalmente la rubia llegaba con Emmett, y Bella no se despegaba de Edward.

-Oh, Alice, me encanta tu cabello- Jasper alzó la vista justo para ver cómo Kate acariciaba el cabello de Alice, y esta, se quedaba paralizada y musitaba un frío "gracias". Eso sí era extraño. No le gustó la sonrisa de Kate, y tampoco le gustó que tocara el cabello de Alice. Tuvo el impulso de sentarse en medio de las dos, pero se quedó donde estaba.

Bella se sentó a su lado, golpeándolo amistosamente con el hombro.

-Hey.

-Hey- respondió él, sonriéndole un poco.

-¿Creen que si digo que me siento mal, me dejen quedarme todo el día en cama?- preguntó Rosalie, sentándose al otro lado de él. Parecía malhumorada.

-A mi me funcionó- dijo Bella, encogiéndose de hombros.

Emmett llegó cuando casi todos habían terminado de comer. Su bandeja era enorme, llena de todo tipo de comida. Se sentó, después de saludar, y empezó a comer.

-Podría pasar todo el día jugando con tu cabello, Alice- gorgojeó Kate, enrollando y trenzando las hebras negras. Alice parecía incómoda, y algo molesta, pero no decía nada.

-¿Y tu, Bella? ¿Alguien vendrá a verte hoy? Creo que mis papás vendrán por mi, e iremos a almorzar en un restaurante de comida Africana. Los extraño tanto- el tono amistoso Jessica no concordaba con su mirada fría, y su sonrisa mecánica.

Bella a su lado le sonrió igual, y era escalofriante ese gesto tan falso en el rostro de ella.

-No lo sé realmente, esperaré a que me sorprendan.

Edward la miraba fijamente, y una comisura de su boca se alzó sólo un poco antes de desviar la mirada.

Jasper pensó en la pregunta de Jessica. ¿Quién lo visitaría a él? Dudaba que alguien fuese a verlo; su mamá estaría trabajando o cuidando a sus hermanos, y realmente no tenía muchos amigos. ¿Qué haría ese día? Supuso que quedarse solo no estaría tan mal, total, así era casi todo el tiempo.

-¿Y tú que harás?- le preguntó entonces Bella, volteando para verlo. Sus ojos eran sinceros en su interés.

-No sé, probablemente me quede por ahí dando vueltas- se encogió de hombros, y sin poder evitarlo le dio una fugaz mirada a Alice. Bella lo continuó mirando, pero en fondo de sus ojos había un brillo extraño, una liga entre comprensión y camaradería. Antes de que ella dijera algo, le preguntó- ¿Y tú?

-En realidad tampoco sé. Probablemente no tenga nada que hacer y esté molestándote todo el día.

-Qué honor.

Ella rió un poco, y guardó silencio por unos minutos, antes de acercarse un poco a él con aire casual y susurrarle:

-Creo que Alice estará sola también. Sé que estará encantada de dar un paseo por el lago.

Jasper la miró, un poco asustado. ¿Cómo…? ¿Acaso era tan evidente?

Bella le sonrió y movió las cejas con rapidez.

-Cállate- gruñó apenado, seguro que se estaba sonrojando como una nenita. Esto hizo que Bella se riera más fuerte, atrayendo la mirada de los demás en la mesa.

Luego del almuerzo, empezaron a llegar los familiares y amigos de los campistas. Rosalie se hallaba sentada en una rústica mesa de madera cercana al comedor. No se sentía con buen humor. De hecho, estaba bien cabreada, y nada le haría sentir mejor a menos que fuera una sesión de sexo o un poco de hierba. Y no tenía ninguna de las dos.

Estaba esperando a que se hiciera la hora de la merienda para poder ir por algo de azúcar que calmara sus nervios. Los últimos dos días había necesitado horriblemente algo más fuerte que la nicotina, por tanto, los pocos cigarrillos que fumaba escondida no bastaban. Las manos habían empezado a temblarle un poco, y de pronto sentía escalofríos en las noches. Lo había hablado con Carmen, sintiéndose estúpida y débil, y la doctora le había dicho que todo eso eran síntomas del síndrome de abstinencia. Que se irían.

Se sentía frustrada y ansiosa, no quería sentirse así, y nadie le daba un puto medicamento que pudiese ayudarla. No se sentía diferente, no se sentía mejor, ni iluminada, ni más feliz, ni nada.

Por otra parte, tenía que admitir que estando ahí no tenía mucho tiempo para pensar en lo mierda que era. Siempre había algo que hacer, o alguien con quien estar. Si había algo que salvar, era a las personas que había conocido. Alice, Bella… E incluso Jasper y Edward le caían bien. Y Emmett. Sobretodo Emmett. Y no quería admitirlo, pero le hubiese gustado tanto que las circunstancias fuesen otras…

Entonces, la vista de una figura robusta y familiar la sacó de sus pensamientos. Sonrió, y comenzó a correr hacia él.

Mateo comenzó a reír cuando la abrazó. Tenía en sus manos unas bolsas grandes.

-Oh, hombre, te extrañé mucho- le dijo mientras restregaba su cara en el saco limpio del hombre.

-Y yo a ti, Rosie. Te traje golosinas- le dijo, alzando una bolsa- Y tus padres te mandaron muchos regalos de sus viajes.

La sonrisa se le cayó de inmediato ante la mención de sus padres. Así de poco le importaba a ellos que no se habían aparecido a visitarla.

-Si, ya veo- musitó, intentando no darle importancia al hueco que se le había abierto en las entrañas. Lo ignoró como pudo. Miró al hombretón que tenía al frente- ¿Cómo estás? Seguro estás muy aburrido sin mí para fastidiarte, a que sí.

-Si, mucho. La casa es muy silenciosa. Estoy yendo al parque a jugar ajedrez con los ancianos.

Rosalie se rió.

-Tienes demasiado tiempo libre- tomó una de las bolsas, la que no tenía apariencia elegante, y metió la mano, sacando una barra enorme de caramelo. Oh, Cielo Bendito. Le hincó los dientes mientras seguían poniéndose al día.

-¿A que no adivinas quien se nos casa?- preguntó Mateo, mostrando sus blancos dientes en una sonrisa.

-¿Todavía la gente se casa?

-Si, y la gente que se casa a veces es feliz- respondió el hombre, mirándola con aire sabio- Es Martha, se casa en un mes.

Rosalie se lo quedó mirando boquiabierta. Martha era la ama de llaves de su casa, una señora cuarentona y voluptuosa, algo seria, pero de buen corazón. Eso, y la sazón de sus manos, hacían que la viera como la tía solterona de los gatos. Y ya no iba a ser solterona, quien lo diría.

-¡No es cierto!- chilló con los dientes llenos de caramelos.

Mateo asintió.

-El hombre de las verduras.

-Con razón pasaba tanto tiempo escogiendo pepinos- musitó la rubia con algo de guasa, moviendo las cejas de arriba abajo con rapidez. Ambos rieron- Me alegro mucho por ella. Quizás le disminuya la cara de culo con que se la pasa ahora que tiene a alguien que la co…

-Rosie- le interrumpió él con tono severo. A Mateo no le gustaban las groserías, cosa triste, porque ella aumentaba su repertorio cada vez más.

-Consienta. Iba a decir consienta- se defendió ella poniendo la mejor expresión de inocencia que tenía- Hombre, tenme un poco de fe- hizo una pausa para darle otro bocado a la barra- De verdad me alegro mucho por ella- dijo sinceramente.

-Eh, Rosalie, te estaba buscando…- Emmett miró a Mateo con curiosidad, interrumpiéndose. Durante un minuto de silencio se miraron, estudiándose.

-Mateo, él es Emmett, mi… guía- con el que cojo divino- Emmett, él es Mateo, mi tío favorito a efectos prácticos.

Se estrecharon la mano, Mateo con los ojos rasgados y Emmett sonriéndole algo nervioso.

-Entonces… Iré a llevar esto a mi cuarto y ya regreso. No ye vayas- Le dijo a Emmett. Rosalie le quitó de las manos las bolsas a su "tío", y empezó a caminar con una sonrisita maliciosa en la cara.

Ese hombre era enorme. Metía miedo. Y era bastante decir, ya que pocas personas le metían miedo a él. Y no era tanto el tamaño, o contextura, era más bien su presencia, imponiendo respeto. Carraspeó algo incómodo. Sentía como si el hombre pudiese ver en su interior, o adivinar sus intenciones.

-Entonces… Usted es su tío favorito- comenzó el joven, buscando desesperadamente algo para sacar conversación.

-Así es, la conozco desde que tiene 12, y haría por ella cualquier cosa. Si me llegase a enterar que alguien en este lugar le ha puesto un dedo encima, un maldito dedo, lo mato- el tono suave que uso aquel hombre, no hizo más que añadirle amenaza a sus palabras. Se le encogieron las bolas, y todo. ¿Sabría él algo de lo que había pasado entre Rosalie y él? Oh Dios, por favor que no- Parte de mi trabajo es mantenerla a salvo de idiotas, y creo que he hecho un buen trabajo. Soy radical, hijo- y entonces, como si no estuviese cagado, el hombre-montaña comenzó a tronarse los dedos de la mano.

-Oh, Mateo, gracias por los dulces ¡Me has salvado!- la voz de Rosalie lo llenó de alivio. Ella tenía una enorme sonrisa, que no hacía más que demostrar lo guapa que era. Tenía en la mano un envoltorio de color, y una mejilla machada de caramelo- ¿Qué hablaban?

-Tu tío te quiere mucho- le dijo él a trompicones, y rogó que fuera en su imaginación el temblor mínimo que surcó su voz. Ella rió, y enganchó un brazo del tío.

….

Bella había elegido quedarse en su cuarto luego del almuerzo. Estaba tan llena que le daba vergüenza dejar que la vieran. Se sentía asquerosa, gorda, llena de toda esa comida que no quería dentro pero tenía que dejar ahí. Y comería, sí, todo porque la dejasen en paz. Pero eso no evitaba que luego de cada comida se sintiera terriblemente culpable, como si le estuviese fallando a alguien.

Leía un libro bocabajo, cuando una muy alterada Alice entró a su cuarto.

-Bella, ayúdame- sollozó.

La joven morena se levantó como un resorte, como en corazón latiéndole apurado. Nunca había visto a Alice así: lloraba, sosteniendo su cabello en un puño.

-¿Qué sucede?- llegó hacia ella rápido, buscando alguna herida de bala, o puñal, algo que le indicara el porqué del estado de la pequeña chica.

-Oh, Bella, mi cabello- gimió. Por sus mejillas corrían lágrimas gruesas- Mi cabello, no sé que pasó, no me lo puedo desenredar, ya hora tengo una masa enorme horrible.

-Déjame ver- le pidió, deshaciendo con cuidado el puño de Alice y examinando la masa extraña de hebras negras. Estaban pegados, como si alguien hubiese agarrado cola y los hubiese unido en un pegote. Si lo tocaba con fuerza, la masa cedía un poco, como si fuese plastilina, o goma de mascar.

Entonces, recordó algo. Enseguida sintió la rabia invadiéndola. Apretó los dientes.

-¿Me lo puedes sacar?- preguntó la chica de pelo negro, desesperada.

-Voy a intentarlo. Iré a la cocina por aceite, espérame aquí- le pidió, intentando ocultar su ira creciente.

Salió del cuarto arrojando la puerta, y avanzó hasta una de las cabañas a zancadas. Golpeó la puerta varias veces, impaciente. Nadie salió. Lo hizo por unos minutos más, hasta que se cansó de esperar. Volteó, revisando el parámetro.

Ahí estaba ella. Hablaba con el chico rubio de mirada malévola. No le importó y avanzó hasta ellos con los puños apretados.

-¿Bella? ¿A dónde vas?- la voz de Edward no la distrajo. Él la siguió hasta las mesas de madera bajo los árboles. Se detuvo a un metro de Kate.

-Tú, zorra estúpida- la señaló, hablando con todo el veneno que le era posible- ¿qué hiciste?

El chico rubio la miró entre maravillado y sorprendido. Edward estaba estático a su lado. Y Kate, esa perra, la miraba con cinismo. Ah, ya le borraría esa sonrisa a golpes. ¿Cómo se había atrevido? Sobretodo con Alice, que era tan ingenua e incapaz de hacerle daño a alguien. Si había algo que le colmaba la paciencia rápido y la enfurecía, era que se metieran con gente indefensa, sin motivo. Y Alice era su amiga, y Kate era una loca.

-¿De qué hablas, Bella? No te entiendo- preguntó, haciéndose la inocente.

-Sabes muy bien a qué me refiero, y si quieres conservar tu hermosa cabellera, mejor ve con ella y pídele perdón. De rodillas- la voz le temblaba, y le dolía la mandíbula de lo tensa que la tenía.

-¿Qué está pasando?- preguntó Edward.

Ambas lo ignoraron.

-Bella, estás loquita- se rió estúpidamente. Los ojos le brillaban, como los de una serpiente- Quizás sea hora que empieces a comer bien; el hambre no te permite pensar.

Y eso fue la gota que colmó el vaso.

Bella se lanzó encima de ella, enfurecida. A penas pudo rozar una mejilla de la rubia antes de que Edward la tomara por la cintura y la alejara a volandas, como si no pesara más que un cachorrito. Bella se revolvió como posesa entre los brazos de su guía.

-Suéltame, tengo que darle una tunda a esta rubita de mierda- gruñía. Kate se levantó de su asiento, sorprendida, con los ojos se habían abierto como platos.

Eso, perra, tenme miedo.

-Cálmate, Bella ¿Qué rayos te pasa?- rezongó el joven, reteniéndola contra sí. A penas si podía sentir el calor o el olor de su cuerpo.

-Mejor pregúntale a Kate- ladró mientras intentaba liberarse de la jaula humana que era Edward.

El joven miró a Kate interrogante, mientras ella miraba a Bella como si fuese un perro rabioso, lo que probablemente no estuviese tan desfasado.

-No sé de que habla, es una loca.

-¡Cerda mentirosa!- chilló. Sus manos y sus piernas se esforzaban por liberarse, o alcanzar a Kate, pero era una batalla inútil; Edward no aflojaba su agarre ni un ápice. Se rindió, quedándose quieta- Suéltame ya, no voy a hacer nada.

Edward la miró desconfiado, pero la soltó lentamente.

De nuevo, Bella saltó encima de Kate, dispuesta a hacerle daño. De nuevo, sin éxito. Kate retrocedió, impresionada por la rabia insana de la castaña.

-¿Qué carajos…?- masculló Edward, sujetándola por la cintura.

-Quítame las manos de encima- cualquier esfuerzo por liberarse resultaba en vano, los brazos del joven de ojos verdes se movían lo mismo que los de una estatua de roca, luchara lo que luchara. Miró al joven rubio, que parecía estar pasándola en grande. También le provocó golpearlo a él- Te voy a golpear tanto que hasta tus nietos lo van a sentir, imbécil- le siseó a Kate.

-Váyanse de aquí- les pidió Edward a los otros dos, siempre con voz educada. Kate y el otro chico no esperaron que se lo pidieran otra vez.

Cuando Kate pasó a su lado, la miró con desprecio, y aunque los demás no lo escucharon, a sus oídos llegó perfectamente la palabra "enferma" de su boca.

Bella se removió de nuevo, deseosa de poder ponerle las manos encima.

-Grandísima hija de puta, te voy a dar hasta en…- sin quererlo, una de sus manos chocó duro con algo suave en su intento por escapar.

-¡Ow! Carajo, Bella- ella se volteó como pudo a verlo. Edward tenía una mano tapándose la nariz, y aún así no la soltaba con la otra.

-Ay Dios, lo siento, lo siento, lo siento ¿Te golpeé muy duro?- avergonzada, se escapó del brazo del joven, y retiró la mano que cubría la nariz lesionada. Aparte del tono rojo, no parecía haber un daño mayor. Sus ojos verdes estaban un poco aguados, pero no botó una lágrima- Disculpa, no quise lastimarte de verdad. Sólo quería hacerle daño a Kate.

-Sí, así parecía. Casi me fracturas la nariz, mujer- Ella se mordió el labio, sintiéndose culpable. Él sacudió la cabeza un poco, como si quisiera cerciorarse que todo estuviese en su lugar- ¿Qué pasa contigo? Estabas como loca.

Bella se separó de él un paso más. Ahora que se había calmado, se sentía algo avergonzada. Cierto que había actuado como una salvaje, pero no se arrepentía de haber tratado de darle una paliza a la idiota de Kate.

Edward arrugaba la nariz, lo cual era como adorable o algo. Lucía divino, como siempre: el cabello desordenado, ese rubor propio del frío, los pantalones de jean que le quedaban perfectos, una camiseta de algodón negro bajo una camisa manga larga a cuadros rojos y azules. Otro habría parecido un leñador, pero él parecía un modelo. Era tan injusto que fuese tan guapo.

-¿Te sientes mejor?- le preguntó, aún apenada.

Edward asintió, pestañeando varias veces y aclarando su mirada. Luego se fijó en ella y la condujo hasta uno de los bancos de madera, sentándose primero y haciendo que ella le imitara.

-Bella- Dios santo, ¿por qué tenía que tener ese tono? Hacía que se derritiera como un conito de helado. No pudo evitarlo, y levantó sus ojos hacia él, que la miraba fijamente- Dime que pasó- le pidió suavemente.

Ella apretó los dientes, frunciendo el ceño. Miró sus manos; él aún tenía sus largos dedos presionando su muñeca, y volvió a mirarlo.

-Kate puso una goma de mascar en el cabello de Alice, y ahora Alice tiene una bola enorme de cabello y chicle que tiene que cortar.

El ceño de él se frunció.

-¿Cómo sabes que fue Kate?

-Sólo lo sé, fue ella. Esa zorra sucia…

Edward se rió un poco, logrando que ella lo mirara con una ceja levantada intentando parecer dura, porque realmente ese sonido le aflojaba las rodillas.

-¿Qué es gracioso?

-Tú. No sabía que alguien pudiese decir tantas groserías en tan poco tiempo. ¿Quién te crió, un camionero?

Avergonzada, se sonrojó estúpidamente. ¿Qué le importaba lo que él dijera?

-Es que esa estúpida me saca de mis casillas. Cuando la vea, le voy a dar hasta en la madre. ¿Cómo se atreve? Empezando porque, vamos, por favor, ¿Una goma de mascar en el cabello? ¿Es que estamos aún en el kinder garden? Y terminando porque es Alice, que no se metió con ella nunca. Es una resentida- musitó con los dientes apretados.

Edward la había estado observando con una expresión intensa, que la hacía sentir examinada, o tal vez desnuda.

-¿Qué?- no pudo evitar preguntar, intentando desviar la atención del muchacho.

-¿Que de qué?

-Me estás mirando extraño- susurró ella, pestañeando varias veces.

Entonces, él sonrió. Pero no cualquier sonrisa, sino esa sonrisa de medio lado que hacía verlo como el chico malo de la película, con el que todas quieren estar. Esa sonrisa que hacía que sus pantys le llegaran a las rodillas.

-¿Por qué te molesta como te mire? ¿Es que te pongo nerviosa?- le preguntó, inclinándose sólo un poco hacia ella.

Bella tragó saliva, e intentó relajar su cuerpo.

-Sé lo que estás haciendo, Edward- estrechó los ojos, intentando parecer amenazante, pero en el fondo estaba temblando como una nenita.

Él alzó una ceja, y su sonrisa se ensanchó mientras se inclinaba un poco más. El corazón de la chica era un batir de alas de un colibrí. Un deseo de tocarlo y besarlo se abrió paso en sus manos y en su pecho. Se imaginó echándoles lazo y amarrándolos en un rincón de su mente, para que no salieran.

-¿Qué estoy haciendo, Bella? Dime- le pidió mirándola fijamente. Ella dejó de respirar por unos segundos, totalmente alucinada.

-Tú sabes qué- le dijo acusadora. Respiró profundamente de forma disimulada, y se echó hacia atrás, cruzando los brazos sobre el pecho- Deja de hacerlo, que conmigo no va a funcionar. No te tengo miedo- era cierto, no le tenía miedo. Pero él intentaba intimidarla, y sin duda lo había logrado. Y él lo sabía.

Edward profirió unas carcajadas breves. El estómago de Bella se retorció, y eso la hizo enojar. ¿Cómo podía él hacerle tanto? Y sin enterarse.

-Contigo no se puede- Profirió un bufido, se levantó y caminó hasta su cuarto. Si, estaba escapando. Él la siguió, y aún se reía cuando entró al cuarto de Bella. Pero en cuanto vio a Alice dentro, su risa se cortó en seco. Y lo que pasó a continuación, fue una de las cosas más tiernas que había visto en su vida.

Edward fue hasta Alice, y la abrazó contra su pecho en un ademán protector. Empezó a susurrarle con voz tranquilizadora que no llorara, que ya lo resolverían, mientras le acariciaba la cabeza suavemente. Ella le abrazó, luciendo diminuta entre los brazos fuertes de su hermano.

A Bella se le arrugó el corazón, viendo la ternura y complicidad que existía en el lazo entre ellos. Sin necesidad de decirlo, supo que él daría la vida por ella sin dudarlo. La relación entre ellos dos era mucho más especial de lo que parecía, y mucho más fuerte. Ver la forma en que él intentaba confortarla hizo que lo que sea que sintiera por él creciera, casi solidificándosele en el pecho, en la piel.

No era propio de ella sentir cosas tan intensas. Se dio cuenta que antes, desde la muerte de su madre, había vivido como adormecida. Un entumecimiento general que le ayudaba a no sentir. Que la protegía. Había vivido a través de una malla, sólo preocupada por su peso, la comida y las notas de la universidad. Y ahora que lo pensaba mejor, no había vivido. Había sobrevivido.

La escena de amor filial la conmueve, e incluso hace que los ojos se le agüen, pero pestaña con rapidez para despejárselos. Edward busca su mirada, y ella lo mira fijamente, encontrando en aquellos ojos verdes una calidez cómoda. Paz. Desea ser Alice, para encontrarse en sus brazos así, protegida.

Se quedaron así un par de minutos más, hasta que Alice dejó de sollozar, y empezó sólo a sorberse los mocos. La chiquilla salió del abrazo de su hermano con los ojos hinchados, pero luciendo más calmada. Bella se acercó hasta ella, agachándose para quedar al mismo nivel, y le sonrió sinceramente.

-¿No te dije que youtube me hizo una fantástica estilista?

Alice la miró escéptica.

-No te creo.

-Te lo juro. Yo misma me he cortado el cabello desde hace 3 años- y no era mentira. Con youtube había aprendido incluso a tejer bufandas. Que no le quedaran tan bonitas ya era otra cosa.

-Listo, puedes mirarte.

El corazón de Alice latía furioso dentro de su pecho. Tenía miedo de parecer una loca, o que el cabello tan corto la hiciese parecer un niño. Bella tuvo que cortar más de lo que hubiesen querido, ya que la goma de mascar se había pegado a mucho cabello.

Temerosa, levantó una mano y tocó con ella los mechones más próximos. Dios santo, estaban muy por encima del hombro. Seguro parecía un machito. Quiso echarse a llorar otra vez; nadie entendía lo mucho que ella cuidaba de su cabello y lo tanto que lo adoraba. Y ahora estaba mocha. Con su cuerpo de fideo y ahora el cabello tan corto, fácilmente podía parecer un niñito de 12 años.

Sintió una presión en los hombros.

-Abre los ojos, Al. Quedaste genial. Bella hizo un gran trabajo- Edward parecía confiado en lo que decía.

-Youtube- repitió la joven castaña, y sin verla, supo que ella sonreía.

Alice no pudo resistirlo más y abrió los ojos. El pequeño espejo del baño le devolvió el reflejo de una chica guapa, algo llorosa, pero con un corte moderno y bonito. Muy bonito. De hecho, hermoso. El alivio la hizo reír. Se tocó las puntas, que salían en todas direcciones, maravillada.

-Oh, Bella, gracias. Gracias, gracias, gracias. Me encanta- y saltó hacia Bella, logrando que ambas se tambalearan. Su amiga se rió, devolviéndole el abrazo.

-No fue nada. Me alegra que te haya gustado, tenía tanto miedo de cagarla que temblaba- y todos rieron, porque probablemente eso era cierto.

-Aw, Bella, gracias. De verdad- le dijo de corazón. Tomó el espejo que sostenía Bella, y se miró una vez mas. En el reflejo, pudo captar la imagen de Edward mientras miraba a Bella, y se sorprendió. Nunca antes había visto esa mirada en su hermano, y era maravilloso. Sonrió para ella, y carraspeó, llamando la atención de los otros dos- ¿Vamos al comedor? Todo esto me ha abierto el apetito. Vayan adelante ustedes y ahora los alcanzo, tengo que pasar por mi habitación primero.

En su cabañita, puso todo patas arriba buscando una maldito gorrito de lana. Tenía años sin usarlo, a pesar de que era uno de sus favoritos. Era morado con rayas marrones y rosas, con una flor de crochet en uno de los costados. Si bien era cierto que le había gustado su nuevo corte; aún se sentía muy extraña con el cabello tan corto. Tuvo que ordenar todo y maldecir un par de veces para que el gorrito apareciera.

Cuando se miró al espejo, vio a la misma Alice de siempre. Era ella, seguía siendo ella. ¡Pero era tan corto su cabello! ¿Le gustarían a Jasper las chicas con el cabello corto? Se mordió la uña del meñique, preocupada. ¿Y si Jasper pensaba que lucía como un chico?

Un momento.

Qué importaba eso, igual a Jasper ella no le gustaba; daría igual si tenía el cabello corto o largo. Aún así, le preocupaba mucho lo que pensara él de eso.

Se miró a los ojos con expresión fiera.

-Ya basta, Marie Alice, no seas ridícula. No te importa lo que él piense. No-te-importa.

Sí, claro. Como si se lo fuese a creer. Con un suspiro, se acomodó el flequillo y salió de su cabaña hacia el comedor. No dejó de morderse la uña en todo el camino.

El comedor estaba medio vacío, y eso se debía a que la mayoría de los campistas estaban afuera, con sus familias. Buscó los rostros familiares, y encontró a Bella, Edward, Emmett y Tanya sentados en una mesa cercana a la ventana. Jasper no estaba por ahí, y eso, más que alivio, la desilusionó un poco. Luego de coger unos panecillos dulces, rosquillas y café con crema de leche, se reunió en la mesa con los demás.

-Hola- saludó.

-Hol… ¿Qué te hiciste en el cabello? ¡Te quedaba tan bonito largo!- comentó Tanya, muy asombrada.

La pelirroja siempre le había caído bien, estaba más que acostumbrada a su presencia, puesto que la pobre no podía dejar de frecuentar a su hermano. Pero justo en ese momento, le provocó sacarle el dedo. Sin embargo, sólo le sonrió algo tiesa.

-Yo creo que se ve igual de bien- intervino Bella, mirándola con empatía- ¿Tú que opinas, Emmett?

-¿De qué?- preguntó el aludido, con la boca llena de galletas.

-Del aspecto de Alice- respondió la joven morena.

Emmett la miró un momento, y luego miró a Bella. Luego de nuevo a Alice.

-Mmmm… ¿está bonito su gorrito?- no parecía tener idea de lo que estaban hablando- Oh, espera, ¿es la ropa? ¿O el maquillaje? Odio cuando las mujeres hacen esas preguntas- refunfuñó. Examinó a la joven una vez más- Te ves genial como siempre, Al, aunque no sé que fue lo que se supone que te hiciste- y siguió comiendo.

Ella rió, complacida. Si Emmett no notaba la diferencia, entonces seguía pareciendo la misma duende que todos conocían.

El resto de la tarde pasó volando. Luego de la merienda, Emmett desapareció. Tanya se quedó con ellos unos minutos más, y luego se fue. Quedaron ellos tres, y fueron al salón de arte. Ahí, aparte de tempera y lápices, había también algunos juegos y una mesa de ping pong y otra de billar. Los fines de semana y en las noches, luego de la cena hasta las 9pm, se convertía en una especie de sala de juegos. Sin embargo, ese día no estaba tan lleno como de costumbre. Generalmente siempre había gente jugando, viendo la tele o utilizando la única computadora con Internet (aparte de la de Carlisle y los otros doctores) supervisado. La mayoría del tiempo era los guías, ya que los campistas estaban con su familia, afuera del complejo.

Jugaron Scrabble, y por supuesto, Edward les dio una paliza. Ya el jugoso intelecto de su hermano había dejado de sorprenderla. En su casa, se había acostumbrado a que él era el genio, y ella la loquita adorable. Ella quedó de última, pero Bella perdió por no mucha diferencia. Ellos dos tenían su propia competencia privada, y ella felizmente perdió sin participar.

Verlos era como estar presente dentro de algo privado, y muy especial. Cuando esos dos se miraban, había algo pequeñito y muy delicado gestándose, algo que ni ellos dos entendían, pero que ineludiblemente los unía.

Luego del Scrabble, llegó el turno del póker; Bella ganó. Tres manos seguidas. Edward, quien generalmente es alguien un poco competitivo, estuvo satisfecho con los resultados. Luego jugaron ajedrez, y ella le ganó a Edward, aunque no estaba segura si él había estado jugando en serio, o sólo se había dejado vencer. Generalmente él le ganaba, pero ella era muy buena. Cuando iban por la revancha, Bella se paró para revisar la biblioteca del salón.

Los ojos verdes de su hermano la siguieron un minuto, brillantes.

-Oye, ajedrez, aquí, yo, esperando- canturreó, para llamar su atención.

Él pestañeó, regresando su mirada al tablero.

-Oh Dios mío- y empezó a reírse.

-¿Qué?- preguntó él, comiéndose un caballo de ella.

-Dime, hermano, ¿Fue muy duro aceptar que ella te gustaba?- preguntó casualmente, mirando atenta su reacción.

Y lo vio, por una millonésima de segundo, el rostro de alguien que es descubierto. Luego tomó su usual postura, con su usual cara de serio.

-No sé de qué hablas.

-Oh, vamos, Edward- se inclinó hacia él, y bajó la voz- No creas que eres tan bueno fingiendo.

Él la observó fijamente durante un minuto. Luego rodó los ojos y suspiró. Descubierto.

-Ni una palabra, Alice. Déjalo así. No lo menciones a nadie, ni a mí ¿Entendido?- susurró rápidamente, luciendo un poco irritado.

Alice pensó en lo curioso del hecho que Bella le hubiese pedido lo mismo, casi con las mismas palabras. Sonrió internamente. Adoraba los caos amorosos, justo como en las novelas rosa que leía. Casi se pone a aplaudir emocionada ante la perspectiva de planear alguna artimaña que ayudase a esos dos a estar juntos.

Sólo guardó compostura, e hizo con sus dedos un cierre imaginario que pasó por sus labios.

-Soy una tumba, rayito de sol- prometió solemnemente. Movió su torre hacia el otro extremo- Jaque Mate, por cierto.

-¿Otra vez? No me jodas- masculló Edward, arrugando la cara.

-¡Ya deja de jugar contra tu hermana y ahórrate la vergüenza, Edward!- gritó Bella desde un sillón cerca de los libros.

El muchacho se echó hacia atrás en la silla, y sonrió perezosamente.

-Sabes que todo me lo debes a mi, pequeña hermana.

Y ella sabía que tal vez era así. Total, gracias a Edward estaba donde estaba.

Esa noche, rogaba por irse a la cama sin ver a Jasper. Deseaba, de ser posible, no volverlo a ver más. Si antes del corte se sentía por su físico como una niña de doce años –enana, sin mucho pecho, delgada-, ahora se sentía casi igual, pero siendo niño. Un varoncito.

Muchas veces se había sentido insegura con respecto a su físico, pero nunca le había dado demasiada importancia. Quizás porque nunca antes le había gustado tanto alguien. En el presente, con Jasper rondando a su alrededor, le importaba mucho más de lo que es sano lo que él pensara de ella. Y eso la hacía sentir tan patética.

Odiaba desear agradarle. Siempre había pensando que eras como eras, y no tenías que cambiar por nadie; mejorar por quien lo mereciera, sí. Antes de salir de su cuarto, rumbo al comedor, se colocó la gorrita de lana.

Abrió la puerta, y del otro lado estaba Jasper, mirándola con sus ojos mieles de león. Tan suaves, tan transparentes y misteriosos. El aire dejó sus pulmones, y ella sólo se quedó ahí, mirándolo por unos segundos infinitos, sintiendo como la sangre corría hacia sus mejillas.

-¿Dónde estuviste todo el día?- preguntó, recuperando el habla. No quería sonar molesta, pero de pronto quizás lo estaba.

Jasper pestañeó varias veces.

-Me quedé en mi cuarto- dijo él, algo confundido- Estaba leyendo.

-Oh, bueno- le provocaba golpearse por haber parecido que lo regañaba- ¿Qué querías?- le dijo, levantando la mirada, curiosa, esperando.

Una sonrisita le bailaba en los labios, haciéndolo lucir mucho más joven.

-Sólo hacer el viaje al comedor acompañado.

Ella no pudo evitar sonreír, imitando la forma de los labios que tenía al frente.

-Justamente iba para allá- y cerró la puerta.

El cielo estaba oscuro, y hacía frío. Caminaron lentamente, Alice demorándose más de lo debido, queriendo alargar el paseo.

-¿Qué leías?- le preguntó de pronto.

-Títulos de la guerra civil.

-Te gusta la historia.

-Y a ti no- adivinó, divertido.

-No mucho. Es un poco aburrida, si me lo preguntas. Edward ha tratado de interesarme por ella, pero Dios, no he aguantado más de dos párrafos sin dormirme.

Jasper se rió, y su estómago saltó nervioso.

-Podría ayudarte con eso- murmuró él, mirándola.

-No sabes lo que dices- negó ella, medio burlona- Tienes que tener mucha pacienc…

Pero no pudo seguir hablando. Una mano de Jasper se había acercado a su cuello, sus dedos agarrando con suma delicadeza un mechón de su oscuro pelo corto. Se detuvieron.

-Te cortaste el cabello- susurró.

Ella emitió un jadeo pequeño y casi insonoro, entreabriendo los labios. Jasper estaba muy cerca, y parecía que cada célula de su cuerpo lo notaba. Empezando por las de su corazón, que latía tan duro que le resonaba en los oídos. ¿Jasper hacía todo eso en ella?

Hizo una mueca triste, mirando hacia abajo.

-Tuve que hacerlo, ahora parezco un niñito.

El joven le dedicó una sonrisa tierna. Negó con la cabeza, mirándola a los ojos.

-No seas tonta, por supuesto que no. Déjame ver- le pidió, cogiendo el gorrito por la punta superior, deslizándolo poco a poco.

-¡No!- musito horrorizada. Cuando la viera, pensaría que ya no era una chica, y lo siguiente sería que le diera palmetazos en la espalda y jugar futbol juntos- Me veo como un niño- repitió un poco afligida.

Jasper ladeo la cabeza un poco, observándola con media sonrisa juguetona.

-Déjame ver, por favor.

Alice bajó las manos, vencida ¿Bueno, y que esperabas? ¿Esconderte bajo el gorrito hasta que te creciera de nuevo el cabello? Le reprochó alguien dentro de su cabeza. Mantuvo los ojos abajo, temerosa de ver algo en la expresión de él que la hiriese.

Luego de unos segundos, sintió los dedos tibios de apartar unos mechones negros del rostro, y un aliento cálido le rozó la oreja.

-Yo sigo viendo a la misma chica hermosa que conocí el día que llegué a este lugar. Pienso que aún rapada, seguirías siendo igual de guapa. O tal vez más.

Ella levantó la vista, emocionada por el cumplido. Jasper la miraba a los ojos, haciendo que su corazón le latiese más rápido, si era eso posible. La misma mano que antes tocaba el mechón de cabello, ahora traza un camino con las yemas, desde el pómulo hasta la mandíbula. La piel le hormiguea ahí donde la toca, y se le tranca la respiración.

-¿Crees que soy bonita?

-Yo no diría bonita, pero respondiendo a tu pregunta, sí.

-¿Bonita como un cachorro?- preguntó, aún dudosa.

Él emitió unas carcajadas cortas antes de posar un dulce beso en la frente de la chica. Algo, como una tela talvez, fría y caliente, le cubrió la espalda y el rostro. Los labios suaves de él se extendieron en una sonrisa. Tenía una sonrisa tan bonita… ¿Por qué no lo hacía más a menudo?

-No, definitivamente no como un cachorro- respondió. Pareció meditar algo un poco, y entre sus cejas rubias se formó una arruguita- ¿Tienes mucha hambre, o crees que puedas aguantar un poco?

El corazón de dio un brinco, casi aplaudiendo.

-No tengo nada de hambre- respondió embobada.

-Vamos entonces- y la haló, guiándola a través del camino terroso del campamento. Se detuvieron al llegar bajo el cobijo de un abeto enorme, ahí habían unos bancos de madera rústicos. Él se sentó primero, sin soltarle la mano. Su mirada intensa, le recordaba al calor de una tarde en la playa, o al mismo sol tal vez. Se quedaron en silencio por un minuto, finalmente, fue él quien lo rompió- Yo… Mierda, no sé como decir esto- suspiró, bajando la mirada antes de atraparla de nuevo con ella- ¿Recuerdas el día que viniste a mi cabaña borracha y…?

-Si- le interrumpió ella. Para su desgracia, recordaba poco, pero lo hacía. Bien sabía el cielo que nada le haría más feliz que borrar de su memoria ese episodio tan vergonzoso.

Jasper lucía algo incómodo, y ella empezó a temer de lo que él le pudiera decir.

-Bueno, ese día tu me pediste que durmiera contigo…

Casi se infarta ahí mismo. Se levantó de golpe, con ganas de que la tierra la tragara en ese momento.

-¿¡Que yo que!?- se tapó la cara, muerta de vergüenza- Oh por Dios, no puede ser, que imbécil. Yo no soy así, estaba borracha- empezó a decir a trompicones. Lo miró, asustada- ¿Nosotros no…?

Él la miraba entre divertido y paciente.

-¿Me puedes dejar terminar?- preguntó alzando las cejas, sentándola a su lado.

-Sólo di lo que tengas que decir rápido, y sin rodeos- le pidió, preparándose mentalmente para cualquier atrocidad, como quien cierra los ojos antes de ser fusilado. Díos mío, por favor, si perdí la virginidad, te pido que nunca jamás lo recuerde…

-Ese día- continuó, hablando despacio- tú me pediste que durmiera contigo. Y bueno, estabas como llorando, no quise dejarte ahí en ese estado, así que me acosté a tu lado…

-¿Te vomité encima? Dios, que vergüenza, lo siento tanto…

-Alice- le reprendió suavemente.

Ella suspiró mientras bajaba la cabeza.

-Te decía que me acosté a tu lado, y entonces tu dijiste…

Alice, sin poder evitarlo, ella abrió la boca para decir algo, pero él le puso la mano suavemente para callarla. Los ojos azules de la joven se abrieron desmesuradamente.

-Tu dijiste que, y voy a citar, "No te siguiera jodiendo la vida"- parecía algo confuso y contrariado- No lo entendí. ¿Qué te estoy haciendo? –la miró, como pidiéndole disculpas. Santo Dios, era tan guapo, y se veía tan tierno- ¿Es que te fastidio mucho? De verdad mi intención…

Ella se liberó con delicadeza de su mano, y una sonrisa apareció en su rostro. Negó suavemente con la cabeza.

-Si dije eso…

-Lo dijiste- aseguró solemnemente él.

-Ok, cuando dije eso- corrigió. Entonces se sintió increíblemente intimidada. Cogió aire, lo miró a los ojos, y siguió hablando- No me refería a que me fastidiaras, porque no me fastidias, para nada. Ay, mierda, Jasper ¿Por qué tenías que poner atención a lo que dije esa noche? Ojalá pudieses olvidarlo. Como sea, no me fastidias. Eres un buen chico, en serio.

-Eso también lo dijiste- apuntó él.

-¿Qué más dije?

-No mucho. En resumen, odias a Kate, y crees que aparte de ser un buen chico, también soy idiota.

Alice profirió una risita nerviosa.

-No es que no piense que soy un idiota a veces, sólo quisiera que tú no pensaras eso de mí.

-No pienso eso de ti. No al menos todo el tiempo.

-¿Y entonces?

-De acuerdo, de acuerdo- masculló, llenándose de valentía. Al carajo todo- ¿Realmente quieres saber la verdad?- él asintió- Mira, no pienso que eres idiota, pienso que Kate es idiota. Tú eres idiota cuando estás con ella ¿ok? Y si te gusta ella, entonces sí eres idiota porque ella también es una idiota, y francamente es insoportable. Entonces, dime ¿Crees que eres un idiota?- respiró, ya que mientras decía su impulsivo e infantil discurso no lo había hecho. Ahora que había dicho todo eso, le provocaba matarse lentamente y con dolor.

-Creo que deberías ampliar tu repertorio de insultos- musitó Jasper, algo estupefacto. Pero más allá de eso, parecía aliviado y… contento. Tomó la cara de la chica entre sus manos, acunando con ternura su rostro, y antes de que Alice pudiese responder cualquier cosa, la besó.

…..

Aaaaayyyyy, disculpen el retraso. Acabo de terminar el capi, y lo deje mochito porque necesitaba subirlo.

¿Y? ¿Qué tal? Ya estaba bueno de los capitulos de transición, no? Déjenme su opinión. Publico en un mes porque viajaré. Este retraso no quiere decir que cada vez que vaya a publicar me vaya a tardar tanto, promesita. Un besote, gracias por leer.