Capítulo 13: Stop Crying your Heart Out
Bella observó con aprehensión a las tres chicas que con ella, y la doctora Esme, formaban un círculo. Estaba Ángela, con la cual compartía clases de yoga y con quien no había intercambiado más de tres frases en todo lo que iba de campamento. También había una chica rubia, de apariencia muy joven, aunque probablemente fuera de su misma edad. La chica jugaba nerviosamente con un collar de perlas que tenía en el cuello. La otra chica era morena, de expresión austera, y alta, fácilmente podría ser una modelo europea.
Las había visto a las tres, pero nunca se había interesado en conocerlas. Conocer gente era tedioso e incómodo, siempre había sido tímida y floja para conocer gente. La mayoría del tiempo pensaba que la gente era muy superflua y de poca materia gris. Y ahora estaba frente a cuatro desconocidas a punto de contarle sus más sucios secretitos. Irónico ¿no?
-Bueno, chicas –comenzó Esme, con su voz calmada y cálida, con una pluma en una mano y un bloc de notas en su regazo. Ese día llevaba una blusa de seda blanca y jeans azules- quiero que se presenten, una por una, digan su edad, que estudian y de donde son. Vamos a empezar por ti, cariño- le dijo a Ángela, dándole una palmadita en la mano. Bella no sabe si es su imaginación, pero la tímida Ángela se encogió ante este contacto.
Hubo un minuto de silencio antes que la voz suave de la chica se oyera.
-Me llamo Ángela Webber, tengo 19 y soy de Washington. Estudio segundo año de Educación especial- murmuró, mirando tímidamente un poco a cada una. Llevaba un suéter azul claro y jeans rotos.
-Soy Renata Constantino, tengo 19, voy a la USC en la facultad de derecho, y soy de Wisconsin- dijo la que parecía modelo. Tenía una mirada fuerte, de color verde muy claro. Parecía infinitamente aburrida de estar ahí. Nada nuevo.
La siguiente fue la chica joven, rubia y pálida del collar de perlas.
-Me llamo Jane Schmidt, tengo 18 y soy de Washington. Aún no he entrado en la universidad- murmuró con rapidez, con voz ronca. Ojeras lilas bordeaban sus grandes ojos, y como todas, no se veía cómoda.
A Bella le llevó varios segundos darse cuenta que la razón por la cual todas la veían era porque era su turno.
-Soy Isabella Swann, tengo 18, y soy de Washington. Estudio segundo año de literatura inglesa en la WU- se presentó atropelladamente.
-Excelente. Bueno, quiero empezar a hablar de la familia hoy. Todas hemos estado en talleres de familiograma…- Y Bella dejó de escuchar. Hablarían de la familia. Ella no quería hablar de su madre y romperse ahí mismo. Además su madre era sagrada, no era algo que le gustaba hablar ni con su padre.
Hablaron de la familia, mucho. A los diez minutos de sesión, ella quería salir corriendo porque se acercaba su turno. Mientras, Ángela hablaba de sus padres, de lo maravilloso que eran, de lo mucho que la querían. También era hija única como ella, y tenía un gato. Si no hubiese sido por su excesiva timidez y las cicatrices de hacían ver sus brazos como una malla de animal print, hubiese pasado por una chica normal.
Entonces ¿Qué le pasaba?
Renata era la mayor de tres hermanas, de padres divorciados. Su papá era un mujeriego, y su madre una señora de sociedad… Renata no tenía pelos en la lengua para decir lo poco que estimaba a su padre, y el resentimiento que le tenía a su madre por ser tan sumisa. Sin embargo, hablaba de sus hermanitas con adoración.
Jane era la menor de dos hermanos. Su hermano Alec era claramente su figura paterna. Su madre los había abandonado, y su padre era un alcohólico muy agresivo. Cuando Alec tuvo la mayoría de edad, se la llevó de casa de sus padres a otra ciudad. Ella estaba muy jodida, se le notaba a leguas.
Cuando llegó su turno, balbuceó sin mirar a nadie que su madre había muerto hacía dos años y que su papá tenía una nueva y flamante esposa, y que pronto tendrían su primera hija.
Esme luego empezó a hablar de cómo los primeros años de nuestra vida y la forma en que nuestros padres o figuras disciplinarias nos tratan, son decisivos para el resto de nuestra vida. Explicó que, esta primera relación (la relación del bebé con los padres) es un reflejo de lo que serían las relaciones subsiguientes. Habló también de cómo quedaban marcados e irremediablemente traumados con eventos que ocurrieron siendo pequeños y que ya era imposible recordar. Y así, relacionó a cada una de ellas y sus familias con padecimientos psicológicos que llevaban en el presente.
Fue agotador, y revelador, pero agotador. No quería pensar. No quería recordar. Salió de ahí de mal humor, arrastrando los pies hacia su habitación aunque sabía que debía ir al comedor para hacer la merienda. Se iba a encerrar, y le importaba una mierda lo que Edward tuviese que decir luego.
Cuando llegó a su cuarto, cerró la puerta a sus espaldas y se dejó caer bocabajo en la cama.
No recordar. No recordar. Por favor, no recordar…
"Bella, cielo, te ves adorable en ese vestido. Eres una princesa"
"Mami, las princesas tienen castillos. ¿Tú me vas a comprar un castillo?"
"No te lo voy a comprar, te voy a enseñar a construirlo para que lo hagas como lo has soñado"
Una lágrima, dos lágrimas, cuatro lágrimas. La maldita fuente de Salmacys.
"Llora, cielo, llora. Cuando lloras, es porque el corazón está muy llenito y necesita soltar cosas. Las lágrimas son palabras a veces"
Ya, por favor, ya. No la quiero recordar, no la quiero recordar. Ya, por favor. Que pare.
El dolor que se abría en su pecho amenazaba con dejarla sin aire. Desde que su madre murió, no se había permitido llorarla. Necesitaba ser fuerte, por ella, por su padre.
Pronto, no pudo reprimir los sollozos, apretó su cara más fuerte contra la almohada. No supo cuanto tiempo estuvo así, pero quizás fueron varios largos minutos porque la garganta comenzaba a dolerle. ¿Era ella que producía esos horribles jadeos?
Entonces, algo se enredó entre su cabello, algo suave. Bella se sobresaltó y se incorporó en la cama.
Era él, estaba agachado al lado de la cama, contemplándola con esos ojos verdes tan bonitos. Su ceño arrugado, y su boca apretada.
Ella se sorbió los mocos y se limpió la cara con la manga de la camisa. Le molestaba tanto que él la viera llorar. ¿Por qué tenía que verla justo en sus momentos de debilidad mayor? ¿Por qué estaba él ahí cuando ella siempre se rompía de esa forma?
-¿Por qué no tocas la puerta?- le espetó, sentándose mejor en la cama y evitando su mirada.
-Toqué, Bella. No respondiste y entré. ¿Estás bien?- luego hizo una mueca; era bastante obvia la respuesta a la pregunta.
-Sí, estoy genial. Tengo una maldita fiesta aquí- susurró con los dientes apretados. Se sorbió la nariz de nuevo, malditos mocos de mierda.
Él entrecerró los ojos, y se sentó en la orilla de la cama.
-No hay necesidad de sarcasmo- le dijo serio- Podemos hab…
-¿Hablar? No, gracias. No quiero hablar. ¿Para qué voy a hablar? Es todo lo que hago aquí, y sinceramente no he visto ocurrir el milagro- borbotó furiosa, sin pensarlo. Estaba harta, y no podía controlar la furia que había empezado a bullir en su interior. No podía ella ser normal y llorar tristemente, no. Ella tenía que transformar la tristeza en rabia porque no quería ser débil. Era estúpido, pero era todo lo que tenía.
-No va a ocurrir ningún milagro- el tono tranquilo y paciente de él le hacía perder aún más el aguante. La trataba como a una chiquilla idiota- Lo bueno que te puede pasar tienes que trabajarlo.
-Si, si, ya lo sé, ya lo sé. Lo que pasa es que no me quiero recuperar ¿sabes? No es que no pueda, es que no quiero. Si era eso lo que ibas a decir, ya me lo sé.
-Deja de victimizarte, eso no te va a ayudar- su mirada intensa la taladraba, y su mandíbula fuerte estaba apretada. Genial, lo había molestado. Sin embargo, él se esforzaba por no perder los estribos y eso la irritaba aún más, si cabía.
-¿Y quien me va a ayudar? Nadie me puede ayudar porque no quiero su maldita ayuda- siseó, furiosa. Era la verdad. Ella no había pedido ayuda, y ya se había cansado de hacer cosas que no quería, y simplemente quería echar todo a la mierda e irse de ahí.
Edward botó aire de forma violenta, y se pasó una mano por el cabello, despeinándolo.
-Bella, sé que no la has tenido fácil, y…- comenzó con voz suave, llena de paciencia.
Ella se paró de la cama de golpe para encararlo.
-¡Ya deja de decir que sabes! ¡No sabes una mierda de nada! ¡No-lo-sabes! –aulló. Ella tampoco sabía por qué estaba tan furiosa en ese momento, o por qué seguía llorando sin control. Estaba loca, y era grave. Respiró e intentó calmarse. Habló en un tono más bajo, pero aún lleno de ira- No seas hipócrita. No puedes saber nada porque has tenido una vida perfecta, Edward. Esa psicología barata de "sé lo que sientes" me tiene asqueada.
Él la observó fijamente por unos segundos, con los ojos brillantes de algo que no supo. ¿Era furia también? ¿Por qué? La verdad dolía, era eso.
-Eres demasiado egocéntrica- masculló- Si dejaras de lamentarte por lo mierda que ha sido tu vida, te darías cuenta que no eres la única en el mundo para quien las cosas no han sido fáciles. Te voy a ayudar, pequeña mocosa- dijo despreciativamente, levantándose de la cama y acercándose a ella a paso peligroso- Todos hemos tenido problemas, y adivina: algunos hemos seguido adelante en lugar de sentarnos a autocompadecernos.
-¿Qué problemas puedes haber tenido tú?- masculló sin pensar –Oh ¿quedaste de segundo en la lista de admisión a Harvard, Edward? –preguntó, escupiendo cinismo- Ah, ya sé, te dieron un auto plateado ¡cuando querías uno azul! –agarró aire como posesa- ¡Tienes una maldita vida perfecta!
El joven frente a ella entrecerró los ojos, mirándola con fastidio desde todo su esplendor. Ella era un bichito que zumbaba cerca de su oído, nada más. Y él, él era el Dios de alguna hermandad, un regalo del universo para las mujeres de la facultad. El chico perfecto. ¿Qué podía saber él acerca de estar mal, de no querer vivir?
Pero entonces, en el fondo de sus ojos verdes, lo vio. Un dolor oculto, algo terrible que él se esforzaba por olvidar. Y tristeza, una tristeza de alguien que ha vivido cien años y ha visto pasar por el frente cosas horribles.
-¿Perfecta? ¿Eso crees? – le preguntó suavemente, con una sonrisa fría impropia de él. Y rió, una risa seca y sin nada de humor- Bella, mi vida ha sido de todo menos perfecta y bonita.
-Lo dices por decirlo- le retó ella. Estaba casi segura que él mentía.
De nuevo el joven pasó las manos por su cabello en un gesto de exasperación.
-¿Quieres saber? ¿De verdad? Está bien- Se sentó de nuevo en la cama; de pronto parecía mayor y cansado- Soy adoptado por los Cullen. ¿Sabes por qué me adoptaron? Mi madre me abandonó a los seis con su novio, y él me puso a vender drogas en las calles. Una maldita vida perfecta ¿no?- la citó con acidez.
Bella se quedó de piedra, chocada. Se sintió de pronto la persona más hueca y estúpida en la faz de la tierra. Abrió la boca para decir algo, cualquier cosa que pudiera, al menos mínimamente, disimular todas las idioteces que había gritado en su ataque de neurosis. Pero sólo boqueó idiotamente, como un pez fuera del agua.
Simplemente, no había palabras. Se imaginó a un pequeño Edward llorando, asustado, abandonado por su madre. Aquello era terrible. Quería que se la tragara la tierra. No había forma de arreglar esa cagada tan enorme.
-No tenía idea…-empezó a balbucear, tomando un color cereza madura.
-No me digas- le interrumpió él con suavidad, sus palabras era duras y sarcásticas. Que él le hablara así le dolió- Porque pensé que lo sabías todo de la vida, Bella.
-Lo siento- murmuró, y de verdad lo sentía. Había sido tan estúpida, tan estúpida que podía seguir llorando por horas. Porque la estupidez sí era una razón enorme para ahogarse entre lágrimas. Eso, y la gordura.
-Sí, yo también- musitó él, posando su mirada en el suelo por unos segundos. Luego, se pasó la mano por el cabello, se paro y se dirigió hacia la puerta. Cuando puso la mano en el pomo, se volteó hacia ella con los labios entreabiertos como para decir algo, pero cerró los ojos brevemente sacudiendo un poco la cabeza, y de nuevo le dio la espalda para irse de forma definitiva.
La dejó ahí, respirando pesadamente, tan pesado como se sentía su corazón en ese momento.
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Rosalie estaba de mal humor. Muy mal humor.
Hace días que no tenía nada de acción allá abajo, y eso, sumado a las ansias por algún tipo de droga, la estaba poniendo mal. La desintoxicación le estaba pasando factura, y las últimas tres noches a penas si había dormido a causa de los temblores y el sudor. Incluso había vomitado varias veces porque no aguantaba las náuseas y los dolores de cabeza.
Era una auténtica mierda. No recordaba que fuese tan malo.
Emmett había estado haciendo caso omiso a sus insinuaciones, y que él pudiese resistírsele, la sacaba de sus casillas. Era un bastardo presumido, y ella no pensaba seguir tras él. Que se jodiera. Ella era Rosalie Hale y podía salir con quien le diera la puta gana.
Se dio vuelta sobre su cama, y miró la hora: era la una menos quince. Y se había acostado a las once. Aquello debía ser una broma. Quizás un cigarrillo nocturno la ayudaría… O quizás… Quizás…
Salió de su cabaña viendo que nadie estuviese cerca. Sigilosamente, se fue por detrás, donde había más oscuridad, eludiendo guardias de seguridad y guías con ropa gruesa. Había mucho frío y sin embargo ella tenía la frente húmeda de sudor. Caminó con éxito sorprendente hasta la otra cabaña. Una vez ahí, mirando que no hubiese nadie cerca, tocó la puerta varias veces, mirando a ambos lados, nerviosa. Si la pillaban, quién sabe qué le harían.
La puerta se abrió, y Emmett apareció al otro lado con el pelo revuelto y los ojos pequeños por el sueño. Al verla, su expresión se tornó de asombro y perplejidad, y se hizo a un lado para que ella pasara. Con alivio, se fijó que la cama donde dormía Edward estaba vacía.
-¿Qué pasa?- le preguntó, con voz pastosa. Llevaba una sencilla camisa de algodón blanca y pantalones largos para dormir. Estaba tan endemoniadamente bueno. Quería violarlo ahí mismo.
-No sé que me pasa, esto es horrible. Necesito algún medicamento para dormir, Emmett. Por favor- le dijo, casi suplicante. Daría su fortuna por una maldita pastilla para dormir.
Él la miró con los ojos grises entrecerrados, y se pasó las manos por la cara antes de suspirar.
-No puedo darte ningún medicamento, lo siento.
-¿Cómo que no? Sé que tienes acceso a la enfermería, ahí debe haber algún tipo de calmante, valium, un dardo tranquilizante, algo. Me estoy volviendo loca. Se me acabaron los dulces, perdí el maldito encendedor y no he tenido…-se cortó a mitad de frase; no quería que él se diera cuenta de lo que le afectaba no haber follado- Por favor… Sólo quiero dormir- murmuró, abatida.
Él la miró por unos segundos antes de tomarla de la mano y la condujo hasta su cama. Ella sonrió satisfecha; tal vez el sexo no era valium, pero seguro ayudaría en algo. Emmett se acostó y le hizo espacio en su cama. La rubia se acostó a su lado y en seguida asaltó la boca del chico con la suya, sus manos rodeando todo lo que podían de él.
Aquello se sentía tan putamente bien, sí señor. Emmett le respondió en seguida, pero no con tantos ánimos como antes. La separó apartando su rostro del de él con delicadeza.
-No te traje a la cama para esto- le dijo, mirándola a los ojos con expresión seria.
Ella lo miró sin comprender.
-¿Y entonces qué se supone que vamos a hacer?- exacto. ¿Qué sentido tenía estar los dos en una cama si no era para tener buen sexo?
-Vamos a dormir- respondió él, con una sonrisita mitad disculpas mitad diversión.
¿Dormir? No-me-jodan.
-¿No entiendes? Si pudiese dormir, no estaría aquí- masculló, acercándose a él para besarlo de nuevo. A penas pudo rozar sus labios antes de que él se apartara.
-Vamos a dormir- repitió Emmett, tenso. Parecía que se lo repetía a él mismo en lugar de estar hablando con ella.
Rosalie se quedó en silencio por un minuto, sin saber qué pensar.
-¿Es que ya…-carraspeó, sintiéndose estúpida por lo que estaba a punto de preguntar- no te parezco atractiva? No entiendo por qué no has querido…
Él le tapó la boca con una mano y se acercó a su oído.
-Me pones duro con sólo imaginarte, Rosalie. Ni vestida con un saco de papas y siendo una cíclope dejarías de parecerme atractiva- le dijo, con voz ronca y cargada de deseo.
La rubia sintió alivio mezclado con una satisfacción diferente extenderse por su cuerpo.
-¿Entonces cuál es el problema?- preguntó cuando se quitó la mano de él de la boca. Necesitaba saber por qué él no quería tener relaciones con ella. Quitó sus manos de encima del chico y se tendió a su lado, mirando el techo.
Emmett esperó unos segundos antes de responder.
-El problema es que ya no quiero seguir haciéndolo de esta forma, Rosalie. No es correcto.
-No vengas con el asunto de la moral en este momento, por favor.
-No es lo moral- le contrarió, hablando suavemente, sin molestarse- Usas el sexo como un arma y como una válvula. Eso no está bien.
-¿Eso que importa? Antes no te importaba- siseó irritada, sin entender.
-Es cierto, antes no me importaba- concedió, hablando lentamente- Pero me dí cuenta que eso no te ayuda. Y antes que nada… Antes de haber empezado lo que sea que tengo contigo, me comprometí en ayudarte.
-No quiero que me ayudes, quiero que me cojas- apuntó ella a bocajarro.
-Dios mío, esa boca de marinero- se burló él, exasperado. Hubo una pausa- Ahora no lo vas a entender, pero luego me lo vas a agradecer- dijo finalmente.
-No lo creo- estaba molesta, muy molesta. Y terriblemente cachonda. No entendía lo que él decía, y le parecía una excusa patética. Las cosas no iban a cambiar porque dejaran de tener sexo. Ella no iba a reformarse mágicamente no follando. Y además, ella no usaba el sexo como arma… Creía. Como sea- Eso es una estupidez- masculló, cruzando los brazos sobre su pecho. Decidió que no hacía nada ahí, así que se empezó a incorporar de la cama, pero el brazo de él se lo impidió.
-Quédate aquí, te prometo que vas a dormir hoy- y no supo si fue el tono de él, o que simplemente no quería dejarlo en ese momento y regresar a su fría cama, pero se acostó a su lado.
Ninguno dijo nada durante un par de minutos. Se quedaron mirando el techo, estando cerca pero sin tocarse.
-¿Te dormiste?- preguntó ella.
-No.
Otro minuto de silencio.
-¿Mañana tengo que ir al taller de manualidades?
-También puedes hacer biodanza.
-Suena aburrido.
-No lo es. Según mis recuerdos, te gusta bailar.
Ella lo meditó un poco antes de responder.
-Iré a biodanza.
Silencio.
-¿Puedes hablar de lo que sabes acerca de los otros campistas?- preguntó ella curiosa.
-No, no puedo. Se llama confidencialidad médico – paciente.
-Pero tú aún no eres médico.
-¿Y?
-Bueno, que me puedes decir, por ejemplo…
Emmett rió como si ella hubiese dicho un chiste.
-Ni lo intentes, no te voy a decir nada- le dijo.
-Puedo ser muy persuasiva- dijo ella con voz sugestiva, su mano parecía una trepadora sobre el pecho del chico. Emmett puso su mano encima de la de la joven, atrapándola y bajándola hasta el espacio que había entre los dos. Sus dedos se entrelazaron con los de ella e hizo presión por unos segundos, como diciéndole que la dejara quieta.
-Yo lo sé, créeme- le gruñó- Pero hoy no vas a tratar de persuadirme porque yo no te voy a decir nada. Aún tengo algo de principios.
-¿Qué hayamos tenido sexo atenta contra tu ética profesional?
-Sin duda- respondió él con rapidez. Aunque no parecía muy afligido por ello- Me podrían expulsar de aquí por ello. De hecho, puedo meterme en serios problemas legales… O eso dice Edward- agregó.
-¿¡Qué!?- escupió ella, alarmada- ¿Edward lo sabe?
-Sí, él lo sabe. No pude ocultárselo… Es un maldito que casi lee mentes- explicó- Luego se lo aclaré.
-¿Estás seguro que él no dirá nada?- preguntó temerosa- Él se ve tan… correcto. Y por correcto me refiero a que parece que tuviese una estaca metida en el culo. Es tan serio- agregó. No es que le cayera mal Edward, sólo no terminaba de simpatizarle. Sin embargo, lo respetaba.
-No dirá nada- le respondió en tono tranquilizador y seguro- Edward es… bueno, él. No la ha tenido fácil en la vida, y a veces puede ser un poco rompe huevos, pero es un buen tipo- dijo, y en su voz se notó el afecto que le tenía al otro.
-¿Desde cuando son amigos?
Emmett tomó aire antes de empezar a relatarle la historia de su amistad. Se conocieron cuando tenían diez, estudiando en la misma escuela y fue algo así: Emmett era el más chico de la clase (cosa increíble) y todos se metían con él. Edward un día le pegó al abusivo del salón por empujar a Emmett y desde ahí fueron inseparables. Fueron juntos a la misma secundaria y preparatoria. Juntos hicieron un viaje de mochileros por parte de Asia y Europa. Juntos se fugaron, fumaron marihuana, se emborracharon, fueron apresados, y así. Ella nunca había tenido una mejor amiga. Sólo chicas y chicos que iban y venían en su vida. A algunos los apreciaba un poco, pero nunca habían sido sus amigos. Tal vez Mateo; el siempre había estado ahí. Y los caballos y perros que adoptaba y compraba. Entonces una tristeza extraña se abrió paso en su interior; se sentía muy sola. Estaba sola. Entonces ¿Qué rayos había estado haciendo antes? ¿Qué podía decir ella acerca de lo que había hecho con su vida a esas alturas? No tenía amigos, había abandonado por tercera vez la universidad, sus padres la odiaban…
Rosalie cerró los ojos por un segundo, y quiso desesperadamente saber de cosas felices, cosas que no la sumieran en la angustia que le daba cada vez que se ponía a pensar en ella y en su futuro.
-Cuéntame de la vez que los metieron presos- le pidió, y su voz dejó traslucir un poco de su desesperación.
El joven a su lado calló unos segundos, y aunque no lo vio, supo que él la miraba.
-Bueno, ese día estábamos en una fiesta de cumpleaños a la que no nos habían invitado…-comenzó Emmett. Ella se dio cuenta que el tono de voz del joven la tranquilizaba si le ponía atención. Esa voz grave, sensual; la forma en que su lengua pronunciaba las palabras, su tono agradable, jovial. Le gustaba escucharlo. Más que gustarle, le fascinaba.
Hablaron de cosas insustanciales por un rato, hasta que los párpados le empezaron a pesar, y cedió al sueño sin reparos. Lo último que sintió fue el tacto suave de una manta sobre el cuerpo y el calor de la mano de Emmett, que aún sujetaba la suya.
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Edward regresó de la ronda nocturna a las seis. Se sentía cansado, hambriento y de mal humor. Emmett no estaba en la cabaña, y su cama estaba toda revuelta. Avanzó hasta el baño, abrió la llave de agua caliente mientras se desvestía y se metió en la ducha.
El agua caliente le relajó los músculos y calmó el frío que lo tenía azul. Cerró los ojos, y a su mente vino la imagen de Bella y su última conversación. Apretó la mandíbula de forma instantánea e inconsciente.
Mocosa malcriada.
Él sabía que ella no era mala, pero a veces se comportaba como una auténtica arpía. Y sin embargo… Sin embargo… Ella le seguía atrayendo de una forma inexorable. Era incomprensible para él. Generalmente le gustaban las chicas con mejor carácter; no las locas rotas que necesitaban psiquiatras. Pero Bella era… ella.
Era interesante, a pesar de todos sus problemas. Era profunda, de mente aguda, de humor negro, tímida … Cuando la vio defender a Alice al enfrentarse a Kate de esa forma tan salvaje, algo en él se agitó. Sintió cierta admiración por su lealtad y valentía a la hora de luchar contra las injusticias. Y luego, cuando ayudó a su hermana, ella simplemente lo cautivó con su dulzura e ingenio.
Bella le gustaba mucho. Mucho más de lo que quería. Y simplemente ya no podía ignorar esos sentimientos, o censurarlos. Ni siquiera le provocaba a veces ocultarlos.
Pero ella no necesitaba todo aquello ahorita. Él sabía que involucrarse con alguien que tenía semejantes problemas y traumas era complicado. Ella necesitaba recuperarse, ella necesitaba a alguien que la ayudara por encima de todo. Y aunque su orgullo saliera vapuleado, y la chica siempre le colmara la paciencia, quería estar ahí para ella.
Luego del baño, y con la resolución de tragarse el orgullo e intentar, una vez más, arreglar las cosas con ella, se tumbó en su cama, listo para rendirse ante el sueño.
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Cuando despertó, eran las dos de la tarde. Se levantó sobresaltado, buscando ropa para ponerse. Luego de cinco minutos, salió hacia el comedor; sentía el estómago pegado a la columna. Gracias a la providencia, aún había comida del almuerzo, y pudo servirse una guarnición de papas asadas, ensalada y bistec con salsa. Se sentó en una mesa solo. El comedor estaba casi vacío.
Iba por la mitad del plato cuando la silla frente a él se rodó. Vio a tiempo la mano de Emmett como para golpearla y así alejarla de sus papas. Casi le gruñó.
-Ay, Eddie, te levantaste de mal humor hoy. ¿Tenemos el síndrome pre-menstrual, cariño?- preguntó Emmett con sorna. Su amigo, al contrario, tenía un alo de felicidad y optimismo flotando a su alrededor.
-Sólo tengo mucha hambre y quiero que me dejes comer mi comida completa- le dijo, enfatizando en la última palabra.
Emmett se llevó una mano al pecho y lo miró con dolor fingido.
-¿Desde cuando me niegas la comida de esa forma? ¿Es que hay otro en tu vida? ¿Ya no me quieres igual?
Edward, a su pesar, no pudo evitar una sonrisa.
-Pendejo.
-Hey, chicos ¿Cómo están?- Esa era Tanya, toda rizos cobres y ojos azules. A su lado estaba otro guía, Garret. Era un tipo tranquilo, de aspecto bohemio que no hablaba mucho. Ambos se sentaron en la mesa. Garret los saludó con un movimiento lánguido de la cabeza.
-Eddie está comiendo y yo sólo lo veo ¿Por qué será tan guapo? –preguntó mirando a Edward, fingiendo estar enamorado. Emmett podía pasar todo el día tomándoles el pelo a todos si estaba de buen humor. Y aquello lo hizo sospechar ¿Qué habría pasado?
-Estaba hablando con Eleazar, el especialista en dinámica de grupos, y dice que deberíamos organizar una actividad especial para el fin de semana, tal vez una especie de feria –les explicó la chica, emocionada. Tanya era de esas muchachas que en la preparatoria y secundaria estaba en todos los clubes, y todo tipo de organizaciones. Una todo uso, como decía Emmett- Estaba pensando en hacer una obra, un musical y una exposición de arte y manualidades. Y hasta de gastronomía.
-Uh, te equivocaste de personas, es a Alice a quien buscas- le dijo Edward, limpiándose la boca con una servilleta. Había comido demasiado rápido y ahora se sentía demasiado lleno.
-¿Será que pueden dejar a un lado su machismo e involucrarse en esto?- preguntó ella, mirándolos a los dos como si fuera ella la maestra del preescolar y ellos los niños traviesos- Háganlo por sus pupilas- entonces, le dirigió una mirada fija a Edward llena de algo implícito que no le gustó para nada.
-Será divertido- intervino Garret, esbozando una sonrisa perezosa.
-Bueno, dudo que muchos campistas quieran involucrarse. Probablemente tengamos que obligarlos… U ofrecerles drogas y alcohol a cambio- murmuró Emmett, con su usual humor oscuro. Todos menos Tanya rieron brevemente.
-Haremos lo que podamos- dijo finalmente Edward, ya que Tanya los estaba viendo cada vez con menos paciencia- Pero no te prometo nada.
-Eso espero- murmuró la joven, mirándolos aún con algo de reprobación. Luego les sonrió, animada de nuevo- Vamos, chicos, será algo diferente y divertido. Tenemos que reunirnos para planificar todo.
Edward observó a Garrett y a Emmett voltear los ojos al mismo tiempo. Él lo habría hecho si Tanya no lo hubiese estado mirando. Luego de unos minutos más, Tanya se fue, dejando a los tres chicos solos.
-Yo podría trabajar en algún tipo de montaje- dijo Garret, aunque parecía dudoso, como si ni él mismo quisiera hacerlo.
-High School Musical contrastaría con el lugar, sin duda- dijo Emmett con sarcasmo. Luego miró a Edward- Tú podrías ayudarlo, Eddie.
Edward maldijo a Emmett en silencio, y no dijo nada. Garret lo miró interesado, achicando sus ojos almendrados y dándole una mirada evaluadora.
-¿Tocas algún instrumento?- le preguntó.
-Edward es un maldito Mozart- intervino Emmett, sonriéndole a Garret mientras palmeaba a Edward en la espalda.
-Nunca me lo habría imaginado- dijo Garret. Luego le sonrió- Bueno, al menos hay alguien que pueda entender lo que es el solfeo. Quizás esto no sea una pérdida de tiempo después de todo- parecía un poco más optimista ahora.
-Lo dudo- musitó Edward, mientras revolvía lo que quedaba de comida en su charola. Él sí estaba bien enfermo de su optimismo.
La conversación siguió por otros temas menos sustanciales, hasta que llegó la hora de la merienda, y el comedor se empezó a llenar. A cada rato sus ojos se desviaban a la entrada, esperando encontrar ahí a alguien. Pero ella no llegaba. Se molestó consigo mismo: ¿Por qué la esperaba aún cuando no lo hacía? ¿Por qué tenía ella que influenciar tanto ella en sus emociones?
-Emmett- llamó a su amigo, mientras seguía revolviendo lo que quedó del almuerzo en su plato- Necesito que vayas a buscar a Bella, en su habitación, la traigas, y te asegures que coma algo. Por favor.
El joven moreno no dijo nada, sino que se quedó mirando a Edward con los ojos entrecerrados e incisivos.
-Esa chica ha logrado alterarte- observó con inusitada seriedad- Si no te conociera, diría que…
-Por favor- le cortó suavemente, dándole una mirada de advertencia.
Los ojos grises del muchacho lo miraron por unos segundos más, examinándolo, intentando leerlo. No dijeron nada por unos segundos; no era necesario. Él nunca había sido muy comunicativo, cuando Emmett era todo lo contrario. Sin embargo, si había algo importante que decir, él no se lo guardaba, y ambos sabían que cuando estuviese preparado para decirlo, lo haría.
El joven musculoso se puso de pie y salió del comedor. Unos segundos después, Edward salió de allí también. Quizás era un buen momento para echarle un vistazo a Jessica.
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Bella estaba echada en su cama, escuchando música. Era hora de la merienda, pero no le apetecía. Bueno, nunca le apetecía comer en realidad, pero se había prometido hacerlo para que así la dejaran en paz. Sin embargo, hoy se saltaría la merienda y no le importaba si luego la reñían. Sólo quería quedarse echada, sintiéndose miserable y lamentándose por ser tan estúpida. Estaba bien si a veces simplemente no hacía más nada a parte de respirar, y ésta era una de esas ocasiones.
Se sentía mal, tan arrepentida por todo lo que dijo a Edward, y no sabía como arreglarlo. Creyó haberse disculpado, pero obviamente eso no era suficiente y ahora no sabía que hacer. Todo ese tiempo había juzgado mal a Edward, y no conforme con esto, se lo había dicho en su cara. Y estaría bien si esa hubiese sido la primera vez que le hacía un desplante, y hasta la segunda; pero no. Era bastante consciente que se la pasaba retándolo todo el tiempo, llevándole la contraria y, en pocas palabras, rompiéndole las bolas cada vez que podía. Y no lo entendía. Porque él era un buen chico, y sólo intentaba ayudarla –cuando no estaba, inconscientemente, quedarse por siempre en su cabeza- .
Oasis, con el sonido de la voz de Liam de fondo, resonaba en sus oídos. La guitarra con su tono melancólico le hizo cerrar los ojos, y simplemente dejarse llevar por la música que tanto le gustaba.
Where are all the stars, and fade it away, just try not to worry, you'll see them some day. Just take what you need and be own your way and stop crying your heart out…
¿Siempre tenía que terminar cagándola con la gente a la que le importaba? Sí, eso era ella. Terminaba haciéndole daño de un modo u otro a todos los que intentaban cuidarla. Fiel ejemplo de ello era su padre. Antes de eso, un par de amigas. Y mucho antes, su madre. Y ahora estaba Edward, ese hermoso chico. Un sueño: guapo, inteligente, protector y atento. Y ahí estaba ella: jodiéndolo y acabando con su paciencia y toda posibilidad que existiera una amistad entre ambos. Lo peor de todo era que no podía dejar de hacerlo. No podía dejar de alejarlo inconscientemente. Sabía que el miedo al rechazo y al abandono era superior a cualquier anhelo de compañía que pudiese tener; por ello se alejaba antes de la gente que empezaba a importarle. Por eso los alejaba.
No quería acostumbrarse a él, y luego necesitarlo. ¿Cómo haría cuando todo acabase? No podía necesitarlo.
Dios, que estúpida soy ¿Hata cuando estaré dañándome la vida?
Oasis le dio paso a una canción de Placebo, luego a Peter, Bjorn and Jhon, a The Smiths. Cuando la voz de Paul McCartney empezó a salir de los audífonos, unos golpes en la puerta la hicieron incorporarse. Su corazón latió a millón al pensar que quizás podría ser Edward. Se incorporó con rapidez para abrir la puerta.
Al otro lado estaba Emmett, y sintió una súbita desilusión que disfrazó con una pequeña sonrisa.
-Rosalie no está aquí- le dijo de forma jovial.
-De hecho, pequeña Bella, vengo por ti- respondió él, con su usual sonrisa de hoyuelos.
Ella elevó ambas cejas, sin comprender.
-¿Y Edward?
-Creo que está con Carlisle, así que yo te acompañaré durante la merienda- Emmett no parecía molesto de tener que estar ahí, en lugar de estar con sus campistas.
-¿No me puedo quedar sólo aquí, leyendo?- rezongó. No quería salir.
-Tú sabes que no, así que vamos- le contestó con una sonrisa condescendiente.
-¿Edward está muy molesto conmigo?- preguntó repentinamente. Necesitaba saberlo. Sentía que debía, de algún modo, compensarlo. Ella siempre la cagaba con todos, es cierto, pero con Edward… Esta vez sí se había pasado. Se había metido con su pasado, lo había juzgado mal y le había gritado. Y aquello le pesaba en el pecho como una enorme roca de toneladas.
Emmett la miró fijamente, de una forma evaluadora.
-No logro entender qué es lo que pasa entre ustedes- dijo de pronto, sorprendiendo a Bella. Sus ojos grises inquisidores la miraban profundamente.
-¿Qué quieres decir?- preguntó, quizás sonando demasiado a la defensiva.
-Bueno, es difícil que alguien o algo altere a Edward… Y bueno, llegas tú, y de pronto está todo extraño- confesó Emmett sin dejar de mirarla, como si en algún gesto de ella pudiese encontrar las respuestas.
Bella se mantuvo inexpresiva, pero por dentro su corazón latía rápido. ¿Era cierto aquello? Se mordió el labio, dividida entre el sentimiento de culpabilidad y un presentimiento extraño.
-Puede que le haya dicho algunas cosas sin pensar- murmuró mirando al suelo, apenada- No sabía que le molestaría tanto.
-¿Qué le dijiste?- inquirió el chico grande con suavidad, mirándola atento.
Bella suspiró, y se puso un mechón del flequillo tras la oreja.
-¿Quieres pasar?- no podían seguir hablando mientras él estuviese afuera, así que se movió a un lado, dejándole la entrada libre al muchacho.
Emmett la miró desconcertado, seguramente porque ellos no hablaban mucho y le extrañaba que ella de pronto quisiera hacerlo. Sea como fuera, él se encogió de hombros y entró, cerrando la puerta tras sus pasos.
-No te creas que con esto te vas a librar de la merienda- le advirtió mientras caminaba hacia la cama y se sentaba en la orilla.
-Nunca creí eso- murmuró ella, sentándose a su vez en la silla de la mesita redonda cercana a la ventana.
-Bueno, cuéntame qué fue eso tan terrible que le dijiste a mi amigo.
Ella tomó aire, bajando la mirada unos segundos para luego subirle hacia su interlocutor.
-Yo estaba muy cabreada, y él intentó hablar conmigo, y yo sólo le respondí mal. Entonces le grité que no sabía nada de nada, que su vida había sido perfecta…-hizo una pausa- Yo no sabía que él era adoptado por los Cullen. Y cuando él me lo dijo, ya estaba harto de mis estupideces, y se fue.
El joven frente a ella la escuchaba atentamente, reflexivo.
-Eso sólo lo saben pocas personas ¿Te dijo por qué había terminado con los Cullen?
Ella asintió tímidamente.
Emmett la miró sorprendido.
-Bueno, y eso sólo lo saben los Cullen, Alice y yo. No creo que se lo haya contado a una desconocida antes- murmuró, extrañado.
Ella pensó que no era algo bonito para contar. Si a ella le hubiese pasado lo mismo, también tendría sus reservas. Ella prácticamente lo había obligado a contárselo. Finalmente, se encogió de hombros.
-Fui una estúpida, lo juzgué mal. Desde que llegué aquí, lo único que he hecho es despreciar su ayuda, acabar con su paciencia y gritarle- murmuró algo acongojada.
-¿Eso te afecta mucho?- la pregunta de Emmett era sencilla, sin dobles intenciones, pero la hizo mosquearse y regresar a su actitud indiferente.
-Me da igual- mintió regresando su vista al suelo. Luego miró a Emmett de nuevo- Sólo es incómodo porque él es mi guía, y bueno…
-Ay pequeña persona, tienes mucho que resolver contigo- suspiró él, con expresión solemne. Tal vez la miraba con algo de ternura y humor, como el hermano mayor que aconseja al pequeño- Da miedo mostrar tus sentimientos y abrirte con los demás, pero si no lo haces te quedarás sola. Y nadie quiere eso, créeme.
Tal vez ella sí lo quería, pensó con tristeza. Eso era lo que buscaba ¿no? Si estaba sola, no haría daño a nadie, y nadie la lastimaría a ella.
-Yo…-murmuró frunciendo el ceño, dispuesta a contradecirlo, pero él no la dejó.
-Edward es difícil, autoritario y gruñón, y quizás no sea tan guapo y simpático como yo, pero es una de las personas más buenas que he conocido en mi vida. Hagan las paces, les hará bien a ambos. Y si no lo quieres hacer por ustedes, háganlo por los que les rodeamos. Francamente se ponen insoportables.
La sinceridad y la camaradería con que le habló el joven hicieron que inmediatamente se ganara la simpatía de Bella, sin poder hacer algo para evitarlo. Era imposible no agarrarle cariño a alguien como Emmett.
-No te preocupes, él no puede guardar rencor por demasiado tiempo, créeme- agregó, levantándose de la silla y brindándole una sonrisa jovial- Vamos a comer algo. Creo que vi ponqués rellenos entre la comida, y ya tengo hambre.
-Tú siempre tienes hambre- le dijo ella, riendo, sintiéndose más liviana.
Juntos se encaminaron hacia el comedor, hablando de cosas menos serias.
…
El sol caía como acostado sobre las aguas verdes del lago. Era el momento en que los pájaros migraban a los árboles para dormir. Era una parte muy bonita del día, y el anaranjado era un color lleno de energía.
Luego de ayudar a su madre con unos papeles de su oficina y varias carpetas que había que ordenar, se dirigía presurosa hasta el comedor porque tenía hambre y porque le urgía ver a Jasper. Luego de lo del día anterior, no sabía muy bien que esperar.
Se habían besado, sí, pero todo era muy raro aún. Ella tenía claro que él le gustaba mucho, pero él no había dicho nada. Quizás le gustara ella también, pero ¿Cómo saberlo? Un beso podría no significar nada. Luego de ese beso, que fue algo más que un roce de labios, demasiado suave y casto, ella se había puesto tan nerviosa que había huido y desaparecido en la oficina de su madre hasta altas horas de la noche. Lo mismo había hecho en la mañana y parte de la tarde. Pero no podía hacerlo eternamente, ya ella era una chica grande. Tenía que ser valiente.
Iba mirando el suelo para no tropezar y por eso no se dio cuenta que alguien se acercaba a ella.
-Hola- dijeron.
Alice saltó y se volteó hacia Jasper, que la miraba divertido.
-Me asustaste- le dijo. Su corazón empezó a latir aún más rápido y estuvo segura de haberse sonrojado hasta el cabello.
-Si, me di cuenta…-la miró un momento y se metió las manos en los bolsillos -¿Te estás escondiendo de mi?- preguntó con el ceño ligeramente fruncido.
-No, no, cómo crees…- se llevó un cabello detrás de la oreja y rió nerviosamente. Casi no lo podía mirar a la cara- ¿Vamos al comedor?
Jasper no se movió de su sitio, sino que la miró fijamente a los ojos.
-Ayer saliste corriendo cuando yo te besé. No quería parecer un baboso, pero…
-Está bien, no tienes que explicarte- tartamudeó ella. Finalmente, lo miró. ¿Por qué el parecía tan calmado?- Yo no te detuve… Yo quería que…
-¡Ey, ustedes dos! ¿Qué hacen tan juntos?
Alice y Jasper se giraron rápidamente, con los ojos abiertos, para ver a Emmett y Bella acercándose a ellos.
-Nosotros no estábamos tan juntos- dijo rápidamente Alice.
-Cálmate, enana, era broma ¿Van al comedor? Muero de hambre- dijo Emmett sonriendo, mientras se sobaba la panza.
Alice suspiró mitad aliviada y mitad decepcionada. Quizás podría hablar con Jasper más tarde. O podría hacerse la loca y no sacar el tema del beso a colación hasta que él lo hiciera. Conociéndose, no podría aguantar mucho antes de interrogar a Jasper o ponerse a balbucear tonterías. Bella llevaba unos minutos mirándola intensamente.
-¿Qué tengo?- le susurró Alice a la chica morena en un susurro para que los chicos no escucharan.
Bella se rió. Bella era una chica muy guapa cuando se reía, y debía hacerlo más seguido. Tenía un sempiterno halo de tristeza que la cubría y pocas veces se alejaba de ella.
-Aparte de parecer un tomate en época, nada, Alice. Uh, eso es una gota de sudor en tu frente ¿Pero de qué hablaban Jasper y tu tan cerquita, eh?- le preguntó con sorna. Intentaba no reírse y Alice sabía que lo hacía para molestarla. No conocía esa parte de Bella. Y era bueno, porque ella tampoco se dejaba picar muchas veces sin hacer algo.
-¿Dices así como te pones cuando estás al lado de mi hermano? Cuando no estás sacándolo de quicio, claro.
-Por lo menos yo lo sé disimular mejor- le contestó la morena, sonrojándose, pero sonriéndole con una mueca.
-Por lo menos yo no ando peleándome a cada rato con él.
Ambas se miraron y se rieron estúpidamente. Alice abrazó a Bella por el cuello sin dejar de caminar.
-Cuando no andas en plan emo eres agradable, chica- le dijo mirándola con cariño.
-Lo sé.
Cuando llegaron al comedor, los cuatro se pusieron en la cola. Emmett arrastró a Bella hasta los dulces donde se enzarzaron en una discusión acerca de qué comería y qué no. Ella tomó un plato y recorrió el mostrador con Jasper al lado.
-Bueno ¿qué me decías antes que Emmett te interrumpiera?- preguntó el chico mientras se servía unas pequeñas panqueques con arándanos y le echaba encima un montón de miel.
El corazón de la más pequeña de los Cullen se puso a latir como loco. Tomó unas galletas de avena y otras de chocolate mientras medía que iba a decir. No podía mirarlo a la cara porque sabía que estaría sonrojada hasta las pecas.
-¿Qué estaba diciendo?- preguntó para ganar tiempo. Sin darse cuenta, había agarrado una porción de galletas tamaño Emmett. Devolvió algunas y avanzó hasta los termos con té. Escogió una infusión de frutas exóticas.
-No te hagas la loca- le recriminó Jasper con suavidad. Sus ojos miel de león la escudriñaban con intensidad. Luego suspiró –Estabas diciendo que tú querías…
-¡Chicos! Por fin encuentro a alguien agradable entre este montón de gente perturbada- Rosalie llegó toda gracia y cabello rubio hasta ellos con un plato, abriéndose paso entre unos cuantos detrás de ellos. Nadie le reclamó.
Jasper miró a Rosalie con exasperación, pero pronto adoptó su usual pose relajada. Rosalie empezó a hablar de algo acerca de una clase de danza mientras se servía galletas. Emmett y Bella ya se habían sentado en la mesa de siempre. Miró a Jasper, que la miraba también y le dedicó una sonrisita pequeña que él imitó segundos después. Más tarde hablarían, ella buscaría la forma.
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Bella recorría el comedor con sus ojos marrones, y al no encontrar lo que buscaba, se concentró en el yogurt con granola que tenía bajo su nariz.
Edward no estaba en ninguna parte y necesitaba hablar con él. Necesitaba disculparse… No podía seguir así, pensando en lo idiota que había sido y no hacer nada al respecto. Vale que odiaba disculparse y pocas veces aceptaba sus errores… Pero esta vez se había pasado de la raya.
-Edward está ayudando a su padre con algo- le dijo Emmett a su lado. El chico parecía un halcón, vigilando que no hiciera trampa con la comida. Era hasta peor que Edward. Su comentario la agarró fuera de base y abrió la boca unos segundos antes de decir algo.
-Yo no lo buscaba a él.
-Sí, claro- y el chico se puso a comer pastelitos de limón sin quitarle la mirada de encima.
Pronto los demás se le unieron. Incluso Jessica y Kate se sentaron con ellos. Esta última tuvo la precaución de sentarse lejos de Bella y Rosalie, que no dejaban de mirarla con ojos rayados. Y cuando las miradas de ellas se encontraban, Kate ni se amilanaba, cínica como siempre.
-Bella, hay un asunto que hemos dejado un poco olvidado. Tengo presente aún lo que pasó con el cabello de Alice, y no pienso dejarlo así. Si ella no va a ser nada por ser demasiado buena, pues no me pienso quedar con los brazos cruzados- le dijo Rosalie seriamente, al tiempo que sus ojos azules no se apartaban de la otra rubia.
-Cuenta conmigo, yo tampoco pienso dejarlo así- musitó la morena. Mientras, sus ojos recorrían el comedor de nuevo… También faltaba Tanya. El recuerdo del beso de ellos le cerró el estómago, y la cucharada que tenía en la mano la dejó en el plato –No tengo hambre- le dijo a Emmett, quien hizo una mueca de desaprobación.
-Bella, come rápido, tenemos cosas que hacer- le pidió Rosalie, sonriéndole elocuentemente- ¿O quieres que te de la comidita en la boca?- preguntó en broma, sonriéndole demasiado dulcemente; era escalofriante.
La muchacha apretó los dientes, le arrebató la cuchara a la rubia y se metió un enorme bocado con cara de pocos amigos. Estaba harta de que la obligaran a comer cosas que ella nunca comía. Sólo quería irse de ahí. Solo quería irse. Eso era todo.
A veces la invadía una rabia muda, extraña, causada por cualquier estupidez y sólo quería largarse y estar sola. ¿Era acaso mucho pedir, estar sola? No. ¿Por qué entonces nadie lo entendía?
Terminó la granola sin decir nada más y luego salió con Rosalie del comedor.
-Oye… Sé que quizás no te gusta hablar de esto, pero… ¿Sabes que sí estás flaca?- la voz de Rosalie parecía incómoda y dudosa. No era usual verla titubear al hablar. Bella miró los árboles y no respondió por unos segundos. No le gustaba hablar de eso, más que todo porque odiaba que le dijeran que estaba flaca ¿Por qué? Porque ella sabía que no lo estaba, no al menos lo suficiente y porque sabía también que todos se lo decían sólo porque querían que comiera.
-Rosalie, ya salí de mi hora de terapia. De verdad no quisiera amargarme ahora hablando de eso.
-No, espera- dijo la chica rubia, tomándola de la mano y haciéndola detenerse. Finalmente, Bella la enfrentó con una mirada cansada- Sé que estás enferma, y puede que no te des cuenta…
-Mira, tú también tienes problemas y yo no te ando preguntando. No quiero hablar de ello ¿vale?- intentó no ser grosera, pero el tono le salió rudo. La rubia la miró con los brazos cruzados, regresándole la misma mirada acerada que ella le daba.
-Tienes que hablarlo.
-¿Tú también? No me jodas- suspiró ruidosamente, contó hasta cinco y habló lenta y suavemente- Rose, estoy bien, estoy comiendo, estoy intentándolo- dijo como autómata. Era una línea que ya había dicho miles de veces.
-Mira… Tú me caes bien, yo sólo quiero que salgas de aquí ¿ok? Quiero verte luego, mantener contacto contigo y quiero verte mejor- dijo la rubia, también suavizando su tono. Su mirada azul traslucía preocupación.
Bella se forzó a sonreír y asintió.
-Yo quiero lo mismo para ti- hizo una pausa y sonrió un poco más, esta vez sin forzarlo- Este no es uno de esos momentos donde tenemos que darnos un abrazo ¿o si?
-Ah, no, claro que no- dijo Rosalie, alejándose un poco, puso mala cara- No me gusta mucho abrazar.
-Que bueno, yo igual.
Esa noche, luego de haber cuadrado en la cena con Rosalie lo que le harían a Kate, cada quien se fue a su habitación a dormir. Edward no se acercó a ella en el resto del día, pero sí lo había visto… Se había pasado todo el día ayudando al doctor Carlisle con algunas cosas en compañía de Tanya. Cada vez que los veía juntos su estómago se revolvía, y sentía que los celos le roían el alma, poco a poco. Era extraño, ella no había sentido nunca esa clase de celos. Y la sensación era horrible, sentía que quería matar gente, ponerse a gritar o a llorar, aún tenía dudas. Tal vez, si él le hablara y las cosas entre ellos estuviesen normal –todo lo normal que pudieran ser- ella no habría pasado tan mala tarde… Pero no, él la ignoraba y ella se sentía como mierda.
Estaba acostada en su cama, dando vueltas sin poder conciliar el sueño, muerta de frío como siempre y de pronto tuvo una idea. Se levantó de la cama, buscó una chaqueta con capucha para ponerse encima del pijama de pantalón largo y se calzó los pies. Miró el reloj: eran casi las doce. Caminó hasta la puerta, la abrió y salió sigilosamente de la cabaña. Tuvo que esquivar un par de guías que hacían rondas nocturnas y un par de guardias de seguridad. Eran tres, pero uno estaba dormido, así que no contaba. Sus pasos no sonaban, como si fuera ingrávida. Finalmente, luego de unos minutos detrás de un pino esperando a que se fuera una pareja de guías, corrió hasta la puerta y tocó con rapidez. Movía las piernas de forma compulsiva, intentando alejar el frío que le congelaba hasta los huesos. Miró sus uñas, estaban azules y eso aún le gustaba.
La puerta se abrió, y ella alzó la vista para encontrarse con los ojos verdes de Edward. Si él se sorprendió al verla ahí, no dio muestras de ello. Bella se quedó sin aire y sintió como enrojecía profundamente. Finalmente, él rompió el silencio.
-¿Qué haces aquí?- le preguntó suavemente. No parecía muy alegre, y eso la puso un poco nerviosa. Rayos ¿siempre fue tan alto? Debía medir 1,86 mínimo. Vestía en pantalón para dormir y una camisa de algodón.
-Vine porque necesito hablar contigo- musitó ella, moviendo las piernas.
-Podías haber esperado hasta mañana.
-Me has estado ignorando todo el día, no creo que mañana hubiera sido diferente.
Él no le respondió, sino que la miró por unos segundos antes de entrar y salir casi inmediatamente con una chamarra deportiva, un jean y zapatos. Cerró la puerta tras él y empezó a caminar en silencio. Ella lo siguió, caminando rápido para igualar los pasos largos del joven.
-¿A dónde vamos?- le preguntó ella.
-A un lugar donde podamos hablar sin que te llamen la atención.
-¿Y a ti no te llaman la atención? Deberías estar durmiendo.
-No lo creo, soy influyente aquí.
Bella rodó los ojos y apresuró el paso, haciendo un cálculo de las calorías que estaría quemando.
Finalmente, llegaron a una de las cabañas que servía como sala múltiple, es decir, la usaban para casi todo. Sin embargo, no entraron ahí, sino que se dirigieron hasta una pequeña puerta un poco más allá. Edward sacó una solitaria llave y abrió la puerta, haciéndose a un lado para que ella pasara primero. Entraron en un lugar oscuro, y pobremente iluminado gracias a la luz que entraba por la única ventana de la habitación. Bella miró alrededor curiosa. Había muebles tapados, sillas desperdigadas y cajas polvorientas por todas partes. Ella consiguió un banquito acolchado al lado de una mesa algo alta y se sentó. Edward sacó una silla apilada encima de otras más y la colocó cerca de la mesa, de modo que estaban casi al frente.
Él solamente la miró, esperando a que ella dijera algo seguramente. Era innegable que él no se la hacía fácil a propósito. Y estaba bien, ella se lo merecía. Bella se sonó los dedos, sin saber muy bien que diría. Decidió entonces no pensar mucho y soltarlo todo.
-Todo el tiempo tienes la razón, y eso me molesta mucho. Eres tan paciente conmigo… Y tratas de ayudarme, y yo no quiero eso- de pronto se le partió la voz y maldijo por dentro. No contaba con ese nudo en su garganta. Carraspeó y continuó- No lo merezco. No quiero que estés ahí conmigo todo el tiempo, que trates de mejorarme ni nada. Me la paso tratándote mal, gritándote y juzgándote… Y no lo siento todo, a veces te lo buscas, pero lamento lo que te dije ayer. No eres como pensé… Y me siento realmente estúpida por haber sacado conclusiones de ti cuando la verdad es que no te conozco. No debí haberte dicho eso, lo siento de verdad.
Edward no decía nada, así que ella levantó la vista que todo el tiempo había estado clavada en las flores de su pijama largo. Él la miraba fijamente, pero sus ojos ya no eran duros con ella; se habían suavizado, y su color verde era el más bonito que ella había visto en su vida.
-¿Esto lo habías dicho alguna vez a otra persona?-le preguntó él con tono menos acerado, y sin embargo no era el mismo que usaba usualmente con ella; aún no estaba del todo contento.
-¿A qué parte de refieres?
- Acabas de decir, si entendí bien, que me tratas mal porque crees no merecer mi ayuda.
Bella resopló, fastidiada.
-Acabo de disculparme de corazón por primera vez contigo y lo único que has escuchado es eso. ¿Puedes no ser un psicólogo justo ahora, por favor?
Él esbozo una sonrisita de lado, haciendo que el corazón de la chica latiera rápidamente.
-No puedo evitarlo- dijo encogiéndose de hombros. Su sonrisa se desvaneció y la miró seriamente- No puedes seguir haciendo eso. A mi no me importa, sinceramente. He tratado con personas más jodidas que tú, pero te aseguro que ninguna me hace perder tan rápido el temple… Debes parar, y dejar ayudarte. Lo que en realidad no mereces es toda la mierda por la que te haces pasar…
Bella desvió la mirada, incómoda. De verdad no quería hablar de esas cosas ahora, y menos con él.
- No me importa cómo me trates, sé por qué lo haces, y no vas a lograr que me aleje. Entiéndelo- la manera en que sus ojos la miraban cuando dijo fue suficientemente intensa como para que ella se quedara sin respirar casi por un minuto.
- Te vas a cansar de mí, probablemente termines odiándome- musitó ella, y se le salió una risita medio amarga.
Él rió un poco.
-Jamás podría odiarte, Bella. Ni aunque quisiera.
La muchacha no podía apartar los ojos de él. Esa confesión la dejó fuera de base… En otro contexto hubiese parecido una especie de declaración, o promesa… Pero no en el lugar donde estaban. Él era su guía, y debía ayudarla; era su deber. Eso era todo. Se hizo un silencio, no incómodo. Más bien uno lleno de comprensión, y paz. Paz de nuevo. Una tregua de paz, otra entre ellos.
-¿Qué es este lugar? ¿Un depósito?- preguntó ella de pronto. A veces no soportaba los silencios, aunque fueran cómodos.
Edward miró a su alrededor antes de contestar.
-Es, o era, no sé, el salón de música.
-¿Salón de música? ¿Hay instrumentos?
-Eso es un piano- dijo él señalando la mesa delante de ella.
-¿En serio?- inquirió sorprendida y se levantó para quitarle la sábana que lo cubría.
-¡No! Vas a levantar mucho polvo…
Demasiado tarde, los dos tosían como locos. Bella estornudó un par de veces, pero no le importó. Miró embelesada el piano. Era de cola, marrón, madera pulida. Era hermoso. Recorrió con la punta de su índice la tapa pequeña antes de abrirla y dejar las teclas al descubierto.
-¿Por qué no está abierto? Quiero decir, ¿por qué no están dando estas clases?- preguntó, desviando su vista hasta el muchacho, que miraba el piano.
-No conseguimos un profesor en esta ocasión- explicó él, y su mirada encontró la de ella- ¿Tocas el piano?
-Oh, no, pero me encantaría. Estaba en clases de violín, pero me salí cuando mamá…-y su voz se apagó. Mejor no hablaba de eso tampoco. Miró de nuevo las teclas, y tocó una. De ella salió un sonido grave que hizo eco en el pequeño cuarto- Ella solía ponerme mucha música de piano… Sus favoritos eran Chopin y Lizst. A mí me gustan, pero prefiero la música más contemporánea. ¿Has escuchado a Yann Tiersen? Amo su música- se calló, dándose cuenta que había hablado demasiado. Siempre lo hacía, hablaba mucho sin que nadie se lo pidiera.
-A mí también me gusta su música- respondió él, mientras caminaba hacia el piano y se sentaba, para sorpresa de Bella, a su lado en el banquito.
Ella era muy consciente de su cercanía. Podía oler perfectamente el shampoo que usaba, el gel de afeitar y su perfume, un aroma delicioso que jamás había olido. Sus brazos y sus piernas rozaban, y ahí donde tenían contacto, le cosquilleaba.
Edward puso un dedo largo y blanco sobre una tecla y la apretó. Y luego otra vez, y otra. De pronto, sus manos de movían con gracia sobre las teclas del piano, haciendo música. Una hermosa melodía que ella conocía y que había escuchado antes muchas veces.
-Es "La Plague"…-musitó hechizada. En su pecho, algo se agitó. No sabía bien si era emoción de escuchar una de sus canciones preferidas en todo el mundo tocada por las prodigiosas manos del chico más fascinante que había conocido alguna vez. La música de piano solía tener un efecto parecido, pero menos magnífico. Supuso que era él, todo era Él.
Luego la música se transformó en otra canción que también conocía, se llamaba "Summer 78" y era del mismo autor. Miró a Edward, sin poder evitarlo. Sus ojos verdes estaban puestos en las teclas, y la expresión de su cara no la había visto antes; era una mezcla entre concentración y placer… Era caliente. Ella se concentró de nuevo en sus manos y en la música, para evitar esos pensamientos de cachondez.
No podía creer que él tocara piano. No podía ser más perfecto, era imposible. Si antes estaba segura que le gustaba mucho, ahora tenía la certeza de que no era sólo eso, era otra cosa, mucho más profunda y atemorizante.
La melodía se volvió una más suave, alegre, llena de dulzura. Era preciosa, pero nunca antes la había escuchado.
-¿De quien es esa?- preguntó ella bajito; era un crimen interrumpir tal demostración.
-La hice yo, para mi madre- explicó él, sin dejar de tocar.
-Eres… Tú eres…- impresionante, matador, caliente, increíble, maravilloso, un sueño- un genio- dijo al final con voz entrecortada.
El muchacho rió entre dientes y meneó la cabeza.
- Nada que no hubiera podido hacer alguien que recibe clases de piano desde los ocho, Bella. No es la gran cosa.
- ¿Qué dices? –casi chilló ella- Esa música es… hermosa. No cualquiera puede hacer eso. Tú… eres asombroso- balbuceó como una idiota, y se sorprendió por haberlo dicho.
Edward se rió más duro ahora como si ella hubiese dicho el final de un chiste y dejó de tocar, bajando las manos.
-No, no pares, por favor, sigue tocando- le pidió ella, sin salir de su trance, y sin pensarlo, tomó las manos de él colocándolas encima de las teclas. Edward la miró brevemente antes de sonreír de lado.
-Como ordenes- y sus manos siguieron revoloteando sobre las teclas, creando música. Algunas canciones las conocía, otras las había escuchado alguna vez, y otras nunca. Todas y cada una fueron ejecutadas sin un error. A veces él cerraba los ojos, y se inclinaba un poco sobre las teclas, de manera que su cabello le cubría la frente… Y era tan… hermoso, tan perfecto. Ella grabó en su mente ese momento, con la música, en aquel cuarto oscuro y polvoriento. Los dedos de él, ágiles y maestros en el piano, sus ojos verdes cerrados, sus cejas pobladas, la forma de su boca y su nariz, y su expresión de total concentración.
Se sintió en paz en ese momento, se sintió bien, como hacía mucho que no se sentía.
Él era alguien mágico, no había forma que ese ser tan especial fuera de algún modo para ella. Una gota mojó el dorso de su mano, y entonces se dio cuenta que se le había escapado una lágrima. No sabía si era porque la música la conmovía o porque de plano estaba loca. Como fuera, se secó las lágrimas y cerró los ojos. Dejó su cabeza recostarse del hombro de Edward.
Él no dijo nada y siguió tocando.
ø °º¤ø,¸¸,ø¤º°°º¤ø °º¤ø,¸¸,ø¤º°°º¤ø
Hola. Regresé. Odienme, les doy mi permiso. Me pasaron muchas cosas y este fic me ha trancado como no tienen idea. Este capítulo, a pesar de que en sí no pasa mucho y muchas cosas quedan inconclusas, me costó horrores. Lo dejo hasta aquí porque sino se alarga mucho.
Su falta de reviews no me ayuda a motivarme, oigan. Tal veeeez, si mis lindas lectoras se dignaran a darme su opinión, yo no seeeee, quizás me tardaría menos en actualizar.
Jajaja, no es cierto. Lamento haberme tardado medio año en actualizar. No volverá a suceder. Por favor, reviews, si? Nos leemos.
