Capítulo 14: Una foto de tu ombligo

Rosalie miraba el rostro dormido de Emmett totalmente abstraída. Era muy guapo ciertamente. Esos ojos grises y el cabello oscuro ofrecían un contraste para admirar. Pensó en lo triste que era no haberlo encontrado antes. Y luego pensó en lo afortunado del hecho haberse topado de nuevo con él, aunque esas no fueran las mejores circunstancias. Él era la clase de chico con el que estaba bien casarse.

-Me pone muy incómodo que me mires mientras duermo- gruñó él sin abrir los ojos, haciendo que la rubia se sobresaltara y luego se sonrojara.

-Eres muy feo y me da miedo dormir a tu lado- mintió por decir cualquier cosa para encubrir su espionaje.

-Tienes una semana pidiéndome que venga a dormir contigo- apuntó Emmett.

Ella no encontró qué decir, así que optó por enojarse consigo misma y cruzarse de brazos bajo las sábanas. Hubo silencio por un momento, y finalmente ella abrió la boca.

-Contigo puedo dormir bien- confesó en un murmuro. Miraba el techo y sentía el calor del cuerpo del joven aún sin tocarlo- Los temblores y las náuseas me tenían desecha…- luego carraspeó, algo apenada por haber demostrado esa pequeña dependencia- Es por eso, no te creas otras cosas- agregó.

Emmett había abierto los ojos y miraba el techo como ella. Otro minuto pasó silencioso, hasta que él habló.

-¿Cómo terminaste consumiendo drogas?- le preguntó suavemente, con sincero interés- Quiero pensar que no tuviste una vida difícil, o que te pasó algo demasiado malo como para preferir esnifar polvo antes de vivir tu vida aburrida y sanamente.

Rosalie no contestó enseguida. De hecho, no pensó que contestaría. No hablaba de eso con nadie salvo con los psiquiatras. Consumir drogas y alcohol no la hacía sentir orgullosa para nada.

-No lo sé…- titubeó un poco- Quiero decir, claro que lo sé… Sólo que no termino de entenderlo. Me sentía muy sola, ser hija única no es tan divertido como parece. Mis padres viajan mucho por el trabajo de mi padre… Y- tragó saliva- no sé, de pronto empecé a estar con las personas equivocadas. Empecé a dejarme llevar por lo que ellos consideraban normal y divertido. Y luego era mejor estar colocada hasta la médula que estar sola en mi casa, o estudiar algo que no me gusta- calló, sintiéndose tonta. Siempre se sentía tonta cuando se ponía a buscar la razón por la cual había decidido joderse la vida.

Cuando pensó que él indagaría más profundo, por terrenos más pantanosos y oscuros, la alivió con una pregunta más ligera.

-¿Qué querías estudiar? Sé que te has retirado varias veces de varias carreras, y desde que estás aquí me he preguntado por qué.

Rosalie rió con algo de vergüenza.

-Quería ser bailarina…

-¿…De cabaret?- bromeó él, que se había puesto de costado para mirarla, con la cabeza apoyaba de la mano.

-No, idiota- respondió ella sonriéndole con una mueca irónica. Luego se puso más seria- Quería ser una prima ballerina, de hecho. Una etoile de la Ópera de Paris, para ser más específica. Eso quería ser.

Ella pudo ver cómo él agrandaba los ojos, sorprendido.

-¿De verdad? Nunca pensé que te gustara el ballet.

-No me gusta, me encanta. Lo practiqué hasta los 16 años… Era buena, o eso me decían. Pero mis papás nunca creyeron que eso fuera un oficio serio o digno para su hija, así que me hicieron dejarlo. Nunca comprendieron lo mucho que lo amaba, y lo importante que era para mí- le contó con voz neutra, bajita, como si alguien más pudiera escucharle y empezara a reírse de ella.

Emmett la miraba fijamente, y cuando ella buscó sus ojos, pudo ver en esas orbes grises cierta fascinación, y curiosidad.

-Nunca hablaste de ello.

-Sí, bueno, es un poco antipático hablar de eso. Además, ya no importa ¿para qué hablarlo? Si ves mi Ipod está lleno de obras completas, un ballet tras otro. El Mikhailovsky, El Mariinski, El Ballet Real de Londres, El American Ballet Theather… Y mí preferido, La Ópera de Paris. Debo tener al menos tres versiones de cada ballet existente, es bochornoso- rió sin gracia- De pequeña, soñaba poder bailar en ese escenario…- hablaba como si estuviera sola, luego de años de haber olvidado ese sueño- Llegar a ser incluso mejor que mis bailarinas favoritas…

Luego de otro momento de silencio, él habló.

-Tienes 19 años, aún puedes hacerlo- le dijo.

Rosalie lo miró como si hubiese dicho algo tonto.

-No estamos hablando de ir adoptar un cachorro ¿sabes?

-¿No dijiste que eras buena?

-Sí, pero tengo tres años sin apoyarme en unas zapatillas de punta. Y hay demasiada competencia… Y sin apoyo financiero no voy a llegar a ninguna parte ¿Sabes cuánto cuesta cada par de Gaynors o un tutú?

-Creo que existen becas para eso ¿o no? Y si no, pues trabaja.

Rosalie lo dedicó una mirada incrédula.

-No sabes de lo que hablas.

-Creo que si sé. Y también creo que eres una cobarde. Prefieres retirarte antes de intentarlo. Tal vez es demasiado para ti empezar a valerte por ti misma y dejar de ser una niña de papi, alguien independiente- contestó el joven con tono punzante.

-No sabes lo que dices. Cállate mejor y vamos a dormir. Nunca debí haberte dicho nada- masculló irritada. Se dio media vuelta para darle la espalda. Le molestó muchísimo lo que él había dicho. Porque era cierto, y lo sabía.

Si bien era cierto que sus padres nunca la apoyaron, ella no se había opuesto a la voluntad de ellos porque sabía que no llegaría a ser tan grande como hubiera querido. Y antes de fracasar en su intento decidió no seguir. Se sentía demasiado cómoda estando a sus ancha, teniendo casi todo lo que quería… Y empezar a ser responsable de ella, le aterraba ¿Y si fracasaba? ¿Cómo regresaría de nuevo a su casa? Pero cómo lo extrañaba… Todos los días hacía un esfuerzo sobrehumano por no pensar en el baile y lo que pudo haber sido de haber seguido. Casi lo había relegado a una fantasía, a un recuerdo lejano. Cuando dejó de bailar, fue cuando su vida comenzó a ser el desastre que era ahora. No es que antes hubiese sido perfecta, pero el ballet la mantenía cuerda. Era algo en qué pensar, por lo que esforzarse; la hacía feliz.

En su mente, empezó a reproducirse la música de La Bella Durmiente, su ballet preferido. Si cerraba los ojos, y se concentraba, podía realizar virtualmente cada allegro, adagio, pirouette o salto a la perfección. Incluso casi podía sentir el dolor en sus pies al recordar lo incómodo de las zapatillas en sus dedos.

Y sin embargo, ese dolor valía la pena. Cada yaga, moretón, torcedura –incluso una vez se fracturó un dedo- y cada gota de sangre o sudor valían la pena.

Se durmió recordando la luz hiriente en su rostro mientras estaba bailando en la tarima y la música que guiaba cada paso y movimiento. Soñó que bailaba.

Día de peso, como todos. Pero este terminó diferente. Cuando Esme la pesó y tomó sus signos vitales, parecía complacida. Oh, mierda, pensó Bella entrando en pánico.

-He subido de peso ¿verdad?- preguntó, incapaz de contener su ansiedad.

La doctora la miró con sus ojos mieles y ladeó la cabeza, brindándole una sonrisa tranquilizadora.

-No te puedo decir eso, y lo sabes.

-Me has engordado- masculló la muchacha, con el miedo atenazándole el pecho.

-Bella, sabes que tu peso estaba por debajo de lo normal al llegar aquí. Y lo primero que hay que hacer es reestablecer tu salud física lo más que se pueda- respondió la mujer con paciencia.

-¿Cuánto peso?- preguntó de nuevo. Necesitaba saberlo. Mantenerse en un infra peso había sido casi el centro de su universo por más de tres años y no podía sólo echar a la mierda todo ese esfuerzo. Eso no estaba bien. Engordar no estaba bien.

-No necesitas saberlo.

-Necesito saberlo- terció ella, y se le quebró la voz.

Esme la miró con algo que estaba entre la ternura y la preocupación.

-Crees que lo necesitas, pero no es así. ¿Cuánto tiempo has vivido creyendo que siendo delgada vas a estar bien? ¿Recuerdas cuándo fue la última vez que hiciste alguna actividad física sin marearte o creer que te ibas a infartar? Bella, estar así no es estar bien.

-Estoy bien- insistió la joven con firmeza- Estoy bien, y no necesito toda esta mierda ¿Me ve muriéndome? ¿Tengo una sonda en la nariz? No. Estoy bien y quiero saber cuánto peso.

Esme se alejó de ella y se sentó tras el escritorio, dejando a Bella molesta y sin respuestas. Se puso a revolver unos papeles sobre el escritorio.

-Ve a vestirte, por favor. Tenemos que hablar de tu plan de alimentación de esta semana.

La muchacha se bajó de la balanza a zancadas, se vistió con ademanes bruscos y luego se sentó frente a Esme con los brazos cruzados. Se limpió las mejillas, ya que había comenzado a llorar. De nuevo. Maldita sea, desde que había llegado ahí lo único que hacía era llorar. Odiaba llorar, pero no podía evitarlo. Que estupidez. Cuando intentó la doctora hablar acerca de su alimentación de esa semana y Bella no decía casi nada, la mujer se rindió.

-Sé que te estás esforzando- comenzó la doctora, mirándola fijamente. Su voz era suave, pero tenía firmeza-, puedo ver lo difícil que es para ti esto, pero siento que lo haces para salir de aquí. No porque realmente lo quieras.

Bella levantó la vista hacia ella. ¿Para qué negarlo? El campamento acabaría, y tendrían que dejarla ir. A ellos lo que le interesaba era que se recuperara un poco. Después no estarían sobre ella.

-Lamentablemente, no puedo hacer que cambies de opinión- murmuró cuando ella no dijo nada- Todo depende de ti. Espero que tomes las decisiones correctas mientras puedas, y no esperes a que sea demasiado tarde.

¿Decisiones correctas? ¿Demasiado tarde? No podía hacerlo. No podía. Lo había intentado, pero las voces de su cabeza eran tan fuertes, tan insistentes. Aún cuando no comía, siempre estaban ahí, susurrándole "zorra gorda, perezosa, ejercítate. Vomita. No comas. No comas. Asquerosa gorda. Eres una vergüenza". Y cuando comía, la cosa era peor. ¿Esto era la locura? ¿Así es que se siente un loco?

-Usted no lo entiende- sollozó, enterrando la cara en las manos.

-¿Qué no entiendo? ¿Que te culpes por lo que le pasó a tu familia? ¿Qué te estés castigando matándote de hambre?- replicó la doctora, su voz suave y sin embargo afilada, dando justo en las yagas- Estás demasiado acostumbrada a hacerte daño. Y esa no es la manera de lidiar con tus problemas.

Bella la miró fijamente. Ningún otro doctor había sido jamás tan invasivo y directo con sus palabras para ella. No le gustó.

-¿Puedo marcharme? Aún no es mi hora de terapia- intentó no sonar grosera, pero por el suspiro de Esme supo que no lo había logrado.

-Sí, puedes irte.

Al cruzar las puertas, Edward la esperaba al otro lado. Y la siguió cuando ella pasó a su lado como un vendaval.

-Quiero estar sola ¿puedo, verdad?- preguntó, sin querer sonar brusca y empezar a maltratar gente tan temprano.

Él se frenó, mirándola alejarse.

Bella entró al cuarto como un vendaval, cerrando de un portazo. ¿Cuánto pudo haber engordado? Era una locura no saber cuánto pesaba. En casi un mes, pudo haber engordado unos cinco kilos, aunque se sintieran como quince. En el baño, se quitó el pantalón y la camisa y se subió a la silla que había dejado ahí esta mañana. Con los ojos cerrados, como siempre. Luego, tomó una inspiración honda y los abrió.

Una oleada de repugnancia le inundó el cuerpo. Lo odiaba, se odiaba. Cada centímetro de su cuerpo era abominable. El asco le trepaba por la garganta en forma de bilis, le hacía aguársele los ojos, la quemaba. Que horrible era estar atrapada en un cuerpo que no quieres, un cuerpo que no puedes controlar y que no cesa de tener necesidades inoportunas. Lo odiaba.

De pronto, lo sintió abajo. Un dolor como una aguja enorme perforando su vientre. Se bajó de la silla y se dobló sobre sí misma. Era molesto, y al momento no lo reconoció, pero un par de minutos después, cuando sintió algo cálido derramarse entre sus piernas, supo que era aquel dolor: un síntoma ineludible del ser mujer. Y ella había dejado de tener esa molestia hacía exactamente un año. Y ahora regresaba para recordarle que no puedes dejar de ser humano, así lo quieras.

Apretó los dientes con fuerza y golpeó la silla con el pie. Estaba tan furiosa que no se contentó con haber pateado la silla, sino que continuó tirando las toallas del pequeño armario al suelo, igual con los productos de limpieza personal. Desgarró la cortina del baño, tiró el champú al suelo y le asestó un puñetazo al espejo.

Profirió un grito: sus nudillos estaban rojos de sangre, al igual que una parte del espejo roto, igual que el interior de sus muslos.

Se dejó caer en el suelo y se enjugó la nariz ¿desde cuándo había estado llorando? Y entonces se puso, como una niña de 5 años, a patalear y pegarle puños a sus piernas, sin importarle lo ridículo que eso resultara. Ella era ridícula. Su vida era ridícula. Y en general, el universo era ridículo.

O así le parecía a ella.

Esa mañana, Alice tenía planeado algo especial. Había ido al comedor más temprano que nadie, apenas cuando el desayuno acababa de estar, y llenó su bolsita de viaje pequeña de jugos, panecitos calientes, recipientes con salchicha y huevo, mermelada, pedacitos de queso, ponquecitos y frutas.

Antes de tocar la puerta de Jasper, ella respiró hondo.

Entonces Jasper apareció detrás de la puerta, con el cabello húmedo y una simple camisa con un monograma de Charles Chaplin.

-Hola- le saludó mirándola a los ojos. Tenía unos ojos mieles tan bonitos, y ella tuvo que cerrar la boca, porque de seguro se veía rara sólo mirándolo sin decir nada.

-Hola- balbuceó- Yo me preguntaba si querías ir a desayunar a otra parte… Como el ¿bosque?- Rayos, que torpe era. ¿Por qué no podía dejar de comportarse como un bebé?

Él sólo le sonrió y su corazón empezó a latirle más rápido.

Luego de unos minutos, iban por el bosque, con los pajaritos cantando y el frío olor del pino y los otros árboles rodeándolos. Jasper había cogido su bolsito y ahora él era quien guiaba el paseo. Por ello, Alice podía mirar su cuerpo desde atrás con toda la libertad que le permitía la ropa. Él era mucho más alto que ella (como media mitad de América), y tenía un cuerpo delgado pero agradablemente musculoso. Y su cabello… Sólo quería acariciarle el cabello, una y otra vez.

Pararon en un lugar cercano a la orilla del lago. Las espigas del pino y las hojas de los otros árboles formaban una especie de alfombra en el suelo, lo cual estuvo muy cómodo una vez se sentaron luego de tender la manta que ella había llevado.

-¿A qué se debe este cambio?- le preguntó él mientras la ayudaba a organizar la comida.

-¿Prefieres el comedor?-preguntó ella a su vez, pensando en Kate, que seguramente estaría preguntándose donde estaría el chico rubio que ella tenía justo al frente. Eso la hizo sonreír un poquito.

-No, me gusta esto.

Empezaron a comer en silencio, entre miradas tímidas de ella e insistentes de él. Alice dejó de comer pronto porque su estómago daba bandazos y encogidas cada vez que la mirada de él encontraba la suya. Estaban uno frente al otro, con pocos centímetros separándolos.

-Entonces…-comenzó, buscando en su mente algo que pudiese ser el comienzo de una amena charla- ¿Cómo va tu terapia?- Eso no fue lo mejor que se le pudo haber ocurrido, definitivamente.

-Bien- respondió el encogiéndose de hombros- Supongo que está mucho mejor que el reformatorio. La comida aquí es buena –dijo haciendo un gesto hacia el mantel- Me gusta la clase de artes.

-He visto como dibujas, lo haces bien- agregó ella- Seguro te iría bien en una carrera de planos y eso.

-Sí… Quizás.

-¿Qué estudiabas?- indagó ella, que no había podido preguntarle eso antes.

-Fui aceptado en Brown por Ingeniería Civil- respondió él mirando el panecillo que tenía en su mano, y que ahora moría hecho pedacitos entre sus dedos.

-Wow, La Ivy League. Mis padres se graduaron en Yale. Yo no fui aceptada en ninguna de esas- admitió ella, ya sin vergüenza. Antes se había sentido muy decepcionada de sí misma, pero con el apoyo de sus papás lo superó rápido, y pudo empezar en una universidad no tan famosa, pero igual buena- ¿Qué pasó? ¿Por qué no entraste?

Jasper suspiró con fuerza, una expresión tensa demudó su semblante. Cuando ella pensó que él no diría nada más, el joven abrió la boca.

-No podía dejar a mi madre y a mis hermanos con mi padrastro- respondió con la mandíbula apretada y el ceño fruncido. Estaba mal tener pensamientos cachondos de un chico cuando él estaba haciendo confesiones oscuras, pero no podía evitarlo.

Alice se reprendió por estar pensando esas cosas, y volvió a la conversación.

-¿Por qué?- ella tenía sospechas, pero quería saberlo de su boca.

Jasper se demoró un poco en contestar, y ella estuvo tentada a decirle que no continuara si no quería, pero se aguantó cuando él no se negó a hablar. Tenía que aprovechar esos contadísimos momentos donde él no se cerraba.

-Él golpeaba a mi madre y a mis hermanos. Yo no podía dejarlos solos…-murmuró.

-¿Por eso fuiste a la cárcel?- preguntó conmovida. No podía imaginarse lo difícil que había sido su vida, y aquello le formaba un nudo en la garganta, como cuando quería llorar o algo así.

Él asintió sin bajar la cabeza.

-No me importaría hacerlo otra vez, incluso si no tengo una oportunidad de redimirme, como esta- confesó con resolución. Ella no lo dudó- Aunque…-titubeó un poco, ya sin rabia- Si no hubiera venido hasta aquí, no te hubiese conocido- y la miró con sus ojos ámbares, que la atravesaban, como si viesen sus sentimientos más profundos.

Alice se sonrojó rápidamente, y le regaló una sonrisa chiquitita pero especial.

-Mejor entonces si lo dejamos como está. Estaría difícil irte a visitar a la cárcel si estás condenado- le dijo mirándolo.

-Si estuviese condenado, eso significaría que terminé de hacer las cosas bien- murmuró el joven de forma sombría, bajando la vista.

Ella abrió mucho los ojos.

-No digas eso- le tomó la muñeca, apretándosela fuerte. Él la miró sorprendido por la impetuosidad de sus palabras- No serías capaz- pero no estaba muy segura.

-Sería capaz, por ellos, no sabes las cosas…-comenzó a hablar de nuevo él, apretando la mandíbula y los puños. Era aterrador verlo con tanta ira contenida. No le gustaba verlo así, y no era por miedo a que él pudiese hacerle daño. Se sentía demasiado segura con ese chico que apenas conocía.

-No digas eso, por favor- le pidió Alice, apretando más su muñeca, lo que seguramente era como que un ratón apretara la pata de un león.

-Lo mataría, si tuviese la oportun…

Entonces, ella salvó la distancia entre ambos y lo besó con fuerza, tomando con sus manos delgadas el rostro de él. Sintió bajo sus dedos la aspereza de una barba incipiente. Se separó tan bruscamente como le había besado. El chico rubio tenía los ojos abiertos como platos. No sabía decir bien si estaba asustado o solo sorprendido.

-No digas eso nunca más. Tu no harás nada como eso, jamás- le dijo con miedo, y la vez desesperada- Prométemelo, Jasper. Promételo- le pidió, mirándolo con una mezcla de súplica y firmeza.

Él sólo la miraba ya sin odio en sus ojos. Su mirada se había suavizado, y sólo parecía un muchacho algo triste. Alguien que simplemente no se merecía lo que le pasaba.

-Te lo prometo- murmuró solemne.

Tal vez lo hacía sólo para tranquilizarla a ella, pero eso la dejó conforme. Así ella pudo volver a besarlo con más parsimonia, disfrutando del roce de su boca y el picor de su barba. Le tocó el cabello dorado, y era suave, joven. Como él. Cuando se separaron, ella le frunció el ceño.

-Mira lo que me haces hacer con esas cosas que dices- le reprochó.

Esta vez, fue él quien se rió. Y fue maravilloso, él y su risa fresca y como sus ojos se iluminaban.

Esa misma mañana, luego de haber acompañado a Jessica durante el desayuno y soportar sus intentos nada disimulados de coqueteo, tuvo que regresar a la cabaña de Bella, ya que ella no se había aparecido por el comedor durante la hora de la comida. No puedes confiar que una anoréxica se va a aparecer por su cuenta para desayunar, se dijo molesto.

Tocó su puerta varias veces, y cuando estaba listo para entrar sin permiso, ella apareció por una pequeña abertura. Tenía los ojos hinchados y el cabello húmedo por una ducha reciente, dedujo por el olor a champú.

-Necesito que Alice venga- le dijo con voz ronca. No parecía de buen humor, pero eso no era raro en ella.

-¿Por qué? Yo soy tu guía- le preguntó un poco irritado.

-Porque sí, porque quiero.

-Me lo puedes decir a mí. No he visto a Alice desde anoche- Y pensándolo bien, tampoco había visto a Jasper. Aquello no le gustó, pero decidió dejarlo para un poquito después.

-Bueno, entonces llama a Rosalie, por favor- continuó ella, cabezota como siempre.

-Sólo dime qué pasa, Bella, me estás desesperando.

-Necesito a una chica. Llama a tu madre- entonces sus ojos marrones se llenaron de lágrimas y el labio inferior comenzó a temblarle.

-¿Qué te pasa? Por favor, dime- le suplicó él, ahora un poco preocupado. Hizo ademán para abrir la puerta, pero ella empujó no dejándolo pasar.

-Por favor, dile a tu madre que venga. Por favor.

Finalmente, el cedió. Se fue casi corriendo a buscar a su madre, quien estuvo con Bella tan rápido como pudo. Cuando salió del cuarto de la chica, como media hora después, sin dejarlo pasar en ningún momento, tenía una expresión de alivio en su cara.

-¿Qué le pasa?- le preguntó, tratando de disimular su inquietud. Su madre caminaba hacia la enfermería, y no le contestó sino hasta que encontró un paquete pequeño de algo morado y se lo mostró. Él la miró sin comprender.

-Ella sólo tiene la menstruación.

-Oh.

Y luego:

-¿Todo eso porque le ha venido la regla?- preguntó algo incrédulo.

Ella le sonrió al tiempo que levantaba una mano y le acariciaba una mejilla.

-Cariño, eres muy inteligente, pero te falta mucho que aprender de las chicas. Piensa en todo el prontuario de Bella. Su enfermedad en parte es porque quiere aferrarse a una niñez que se ha ido. Querer controlar su cuerpo a través de la comida con tanto ahínco no es más que un síntoma. Esas cosas que para el resto de nosotras es normal, sano, para ella son inaceptables y un engorro. Querer dominar su cuerpo, en todos los sentidos posibles, no es más que un efecto secundario de un odio que la ha ido comiendo todo este tiempo.

Esme, quien parecía feliz por el progreso en la salud de Bella*, se puso a hacer unas notas en su libreta antes de salir de nuevo con el paquete de toallas en mano.

Edward se quedó un rato ahí, aún después que su mamá se fue, pensando en lo que le había dicho. Sí sabía que las mujeres se alteraban todas con la regla, gracias a las hormonas, y eso, pero desde el punto de vista de una enfermedad mental, la perspectiva cambiaba por completo. Nada de eso le sorprendía, dada la carrera que había escogido. Y tenía una hermana, femenina, bastante impertinente, quien duramente era soportable durante esos días.

Un rato después, llegó al cuarto de Bella con algo de comida y unos medicamentos. Cuando tocó la puerta y escuchó un débil "pase", obedeció.

Ella estaba en la silla acurrucada, con una manta sobre sus hombros. Lo miró mientras él ponía el desayuno sobre la mesa. Ella se veía algo cansada, pero eso era algo que no podía ocultar su belleza natural. Ahora que había adquirido algo de peso, sus mejillas y sus ojos no estaban tan hundidos.

-Te traje algo para el dolor, pero debes comer primero.

Ella tomó una manzana y comenzó a mordisquearla.

-¿Cómo te sientes?- le preguntó, sentándose al frente de ella.

Bella se encogió de hombros, pero abrió la boca para responder.

-Siento que me va a explotar el vientre, que me estoy desangrando, me duelen los pechos, quiero matar personas, y al mismo tiempo siento unas ganas inmensas de llorar- pestañeó duro para despejar sus ojos- Pero supongo que es normal. Soy una mujer ¿no?

Él rió, entre sorprendido por su crudeza y aliviado por su franqueza.

-Sí, supongo- la miró comer lentamente, como un pajarito, pequeños bocados, muchas masticadas. Ya no se desesperaba por eso.

Cuando ella estaba terminando su jugo, lágrimas empezaron a correr de nuevo por sus mejillas, y aunque ella se las secaba, seguían saliendo.

-No sé porque lloro- balbuceó- Quiero decir, debería estar alegre porque tengo la regla, y eso significa que estoy mejorando, que estoy recobrando mi buena salud… pero no puedo dejar de pensar que engordar está mal, y que soy un fracaso por hacerlo- sollozó.

Y él no pudo dejar de conmoverse, por más que se lo reprochó. Porque era un hombre que no se dejaba convencer por lágrimas de una chica tan perturbada y porque mucho menos podía estar enamorándose de ella.

Pero a veces simplemente las cosas no salían como las planeaba, y estaba bien. Y de hecho, estaba conmovido, y quería sólo abrazarla y hacerla reír un poco. Y de hecho, se estaba enamorando de la chica loca.

Edward se paró de la silla, caminó hasta ella, la tomó de la mano a pesar de su mirada extrañada y la condujo hasta la cama, donde se sentó recostado del cabezal y luego la atrajo a ella, que se acurrucó entre sus piernas, recostando su cabeza contra su pecho y simplemente se dejó abrazar.

Aquello era tan extraño. Pero a la vez era tan… Bueno.

-Yo no quiero tener la regla, no me interesa tener hijos- continuó la morena, hipeando entre cada sollozo- No puedo encargarme de niños porque a duras penas puedo encargarme de mí y poco pude hacerlo de mi padre cuando mamá murió. No puedo ser como ella. No sé cómo.

-No seas como ella. Tú estás bien cómo eres, aunque no lo creas. Cuando no estás odiando a todos eres una persona bastante agradable- le señaló él con voz suave- Eres una chica maravillosa.

-No me conoces, no digas eso…

-No, no me digas tú cómo verte- le reprendió suavemente, medio molesto. Suspiró- Ojalá pudieras verte como realmente eres. Eres una chica asombrosa, y por más que adelgaces, nunca vas a dejar de ser quien eres, así que deja de hacerte daño. Deja de hacerle daño a la muchacha que ayudó a Alice con el cabello, la misma que después quiso darle una tunda a Kate… Yo sé que esa eres tú. No la mates- le pidió en serio. Tal vez ella no se diera cuenta, pero lo que le estaba pidiendo, lo hacía con todo su corazón. No podía verla de nuevo como cuando la conoció. Ella ahora era importante para él.

Bella se revolvió un poquito para mirarlo a los ojos, quizás buscando respuestas, quizás para saber si él era sincero.

-¿Por qué te gusto?- le preguntó incrédula.

-¿Cómo?

-Que por qué te gusto- repitió con una mirada impaciente, siempre buscando otras cosas en los ojos del joven. Él, entre sorprendido y aliviado, se rió un poco.

-Vaya, qué directa.

-Responde, por favor. No juegues conmigo- le pidió con su mirada más cristalina y suplicante.

El joven le acarició un mechón de cabello cercano a la cara, y después sus dedos largos rozaron su mejilla, y sus labios. Ella suspiró bajito, sin dejar de verlo.

-Eres un desastre hermoso, Bella. No encuentro otra forma de describirte. Pareces una pequeña tormenta… Y cuando aclaras… Bueno, eres pura luz, no hay nada que brille más. Eres hermosa, amable e inteligente. Y siempre estás sacándome de quicio, pero supongo que soy medio masoquista. No lo sé… Antes me habían gustado otras chicas, pero nunca me había pasado esto con ninguna de ellas. Es horrible- y rió un poquito, medio avergonzado, quizás se había sonrojado incluso, pero ya no podía parar su lengua- Es horrible porque por primera vez en mucho tiempo no sé qué hacer, o cómo comportarme. Siempre ando pensando en no lastimarte o cómo hacerte reír. Es patético- y rió de nuevo, para quitarle seriedad al asunto.

Ella parecía totalmente desarmada, mirándolo con la boca entreabierta. Entonces se echó a su cuello, tomándolo desprevenido, porque es la segunda vez que ella lo buscaba a él de alguna manera. La estrechó, sintiéndose bien, en paz.

-No quiero que te pase esto conmigo, no quiero herirte- sollozó. Él ya no sabía si preocuparse o reírse de su lloradera. Decidió lo primero.

-Entonces no me hieras- le dijo más serio, sin dejar de abrazarla con un brazo, y con el otro le acariciaba el cabello húmedo aún. Inspiró su aroma discretamente, y eso, aunado a lo tibio de su cuerpo femenino empezaban a hacerle pensar otras cosas menos castas.

-Tampoco me quiero alejar de ti, aunque me da mucho miedo… No sé cómo controlar todo esto que siento- continuó ella, con la voz ahogada contra su cuello- Es horrible, no me quiero sentir así. No puedo controlarlo.

-No lo controles. No tienes que controlar todo. Las cosas a veces sólo salen mejor cuando las dejas ser- le aseguró, tomando el rostro de ella entre sus manos para mirarlo de frente. Ella era una criatura tan exquisita, no entendía cómo podía no quererse.

-¿Por qué tienes una solución para todo? Las cosas no son tan simples- refutó la morena suavemente. Ya no estaba llorando como antes.

-Será porque soy hombre, a veces vemos las cosas más sencillas. Toma mi consejo, es un regalo del campamento- bromeó un poquito, y eso la hizo sonreír.

Él le besó la frente y luego le dio un beso rápido en los labios. La abrazó de nuevo, acariciándole el cabello. Se sentía estúpidamente feliz, más ligero. Pensó por un segundo lo mucho que se burlaría Emmett si lo escuchara decir esas cosas, pero luego ya no le importó.

-No va a ser fácil conmigo- le dijo suavemente la joven después de unos minutos de silencio- Pero sólo… No te rindas tan pronto.

Edward sonrió más abiertamente y le besó la coronilla.

-Desde que llegaste aquí no has sido fácil, y aún estoy aquí, contigo. No me voy a alejar, no a menos que tú lo quieras.

-No lo quiero- aseguró ella demasiado rápido.

-Bien.

En ese momento, ella se separó de su pecho y lo miró un instante a los ojos antes de besarlo. Y fue suave, tan suave como una mariposa, y algo salado por las lágrimas. Pero se sintió como una promesa de algo, como el sello de algún pacto. No le importaba, porque en ese momento supo que por esa chica que tenía en sus brazos, pactaría y haría cualquier cosa que ella le pidiera.

Supo en ese momento que estaba enamorado, irrevocable y perdidamente enamorado.

Cuatro días después que Rosalie le hiciera la confesión del ballet, y él la hubiese llamado cobarde, ninguno de los dos volvió a mencionarlo. Él había tenido que hacer un par de llamadas a un amigo en Nueva York, y luego había tenido que esperar unos días más hasta que finalmente llegó su pedido.

Vaya, realmente estaba mal por esa chica, si estaba haciendo ridiculeces como esa. Y no era porque quisiera llevársela a la cama, obvio.

¿Entonces?

Casi podía escuchar una voz dentro de él (una voz que se parecía mucho a la de Edward) que decía: Te veo muy mal, machote.

Ese día se había levantado mucho antes de que comenzara el día en el campamento. Fue a despertar primero a Kate, quien cada día le caía más pesado, y luego a Rosalie, quien se veía mejor luego que dormía mejor. Y no era que quisiera llevarse la gloria, pero sí, de hecho se lo debía a él, y eso lo hacía sentir bien. Como útil o necesario. Que podía hacerle bien de verdad a otra persona.

Ella había aparecido al otro lado con un pantalón de deporte que se le pegaban a las piernas y una camiseta de deporte oscura.

-Odio tener que levantarme a esta hora para correr. Odio correr- fue el saludo de la rubia.

Emmett se rió con buen humor.

-Estás de suerte porque hoy no vas a tener que correr.

-¿Ah, no? No me digas que me vas a llevar a aerobics. Creo que odio más el aerobic que trotar.

-¿Hay algo que no odies?

-El sexo. No lo odio- respondió ella con una sonrisa inocente y una mirada toda caliente que le lanzó de arriba para abajo. Emmett se tuvo que concentrar y poner serio de nuevo.

Lidiar con una chica tan caliente como Rosalie que a cada rato decía comentarios como esos, y no llevarla a la cama y hundirse en ella como un poseso era un sacrificio tal que debería bastar para santificarlo.

-Sólo sígueme- le pidió mientras empezaba a caminar. Debía alejarse de las camas cuando estaba con ella. Tampoco él estaba bien estando tantos días sin sexo. Pero debía ser firme y controlar sus más bajos instintos. Debía ser paciente y esperar, por ella. Debía hacerlo por ella.

La condujo hasta el salón que estaba destinado para las clases de música, pero que no funcionaba en ese momento. Había tenido que apilar algunas cajas y sillas, y quitarle algo de polvo para que hubiera espacio suficiente y a la final había logrado dejarlo en un estado bastante aceptable.

-¿Qué es esto? Nunca había visto este salón- aseguró ella, extrañada.

-Sólo pasa rápido- le apuró él.

Una vez adentro, cerró la puerta y arrimó una silla con una caja sobre esta hasta el medio del salón.

Rosalie parecía recelosa, y lo miraba a él, el salón y la caja una y otra vez.

-¿Qué se supone que haga?

-Sólo abre la caja. Dios ¿por qué eres tan difícil?- suspiró el joven, rodando los ojos.

Rosalie avanzó lentamente hasta la caja.

-No me gustan los regalos. Y además, es difícil que me des algo que ya no…-y su voz se cortó en un jadeo cuando abrió la tapa. Se volteó hacia él, mirándolo entre incrédula y extrañada- ¿qué es esto?

-Creo que son unas zapatillas de punta. Y creo que son de tu talla- respondió pacientemente. Había esperado más bien que ella sonriera y se abalanzara sobre él feliz, pero no, no ella.

-¿Por qué compraste esto? No las quiero- dijo la rubia bajito, pero miraba el par de zapatillas con ojos brillantes y tristes.

-No digas tonterías, claro que las quieres. Pruébatelas- la animó.

La chica dudó, pero finalmente se calló la boca, se sentó en el suelo, se descalzó y comenzó a probarse las zapatillas. Eran rosadas y ya tenían las cintas. Él mismo se las había cosido. Tenía todos los dedos puyados como prueba.

Pronto sintió como si presenciara algo que no debía, una especie de ritual femenino privado. Él se sentó en el banquito del piano, algo alejado de ella, y sólo la observó.

La rubia tocaba las cintas como si fueran algo sumamente delicado y precioso. Las ató a sus tobillos, y poco a poco, se puso de pie. No lo miró más, parecía creer que estaba sola. Y de cierta forma era mejor, porque era como mirar a una criatura extraña en su hábitat natural.

Ella comenzó poniéndose en punta en un solo pie primero, luego en el otro. Luego flexionaba los pies con las zapatillas, una y otra vez, tal vez porque esas cosas eran muy rígidas y necesitaba aflojarlas. Ahí pasó unos minutos, sólo flexionando sus pies, poniéndose en puntas breves momentos.

Y luego, comenzó a bailar.

Emmett nunca había visto un ballet completo en su vida, pero supo que ni el más prestigioso del mundo le iba a parecer mejor que lo que estaba viendo en ese momento.

Rosalie se transformó. Este ser que daba vueltas por el salón, de forma ligera, como una polilla o un colibrí, parecía flotar sobre esas zapatillas. Sus brazos seguían un ritmo sólo existente en su mente, igual que sus pies y su cabeza. Y su expresión era de total abstracción y tranquilidad. Ella estaba en lo suyo, no lo dudó.

Hacía saltitos con gracia, alzando los pies y haciéndolos repiquetear en el aire, chocándolos suavemente uno con otro. Ella podía estar haciéndolo todo mal, pero él le creía cada movimiento. Porque parecía perfecto y correcto.

Rosalie ya no era la misma Rosalie; era alguien libre, resplandeciente. Y sus expresiones mientras bailaba, como si de verdad estuviese metida en cada paso, cada historia de cada movimiento. De pronto parecía estar triste con movimientos lentos, lánguidos y difíciles, y al segundo siguiente estar feliz, totalmente apasionada y ágil dando pequeños saltos y alzadas de piernas totalmente antinaturales para alguien que no es bailarín.

La coleta se le había soltado, y su pelo, salvaje, fluía como sus brazos alrededor de ella. Parecía oro cuando el sol lo tocaba…Era una imagen divina, que lo tocó en lo profundo. Nunca, nunca la había visto tan hermosa como en ese momento. Era ella simplemente siendo ella. La dejó ser esa bailarina, un ser mágico y grácil que revoloteaba sobre esas zapatillas tan duras. Esa imagen lo iba a acompañar hasta su muerte, estaba seguro.

Sin advertirlo, de pronto se había parado, y caminado hasta el centro, donde por primera vez desde que comenzó a bailar ella lo miró. Entonces avanzó hasta él con una sonrisa diferente, radiante, no parecida a ninguna otra que le hubiera dado antes. Avanzó hasta él y se puso de puntas para llegar hasta sus labios y besarlo.

Cuando se separaron, él abrió primero los ojos para mirarla; estaba sonrojada, y sudaba un poco, pero resplandeciente. Ella abrió los párpados y Emmett pudo verse reflejado en sus ojos tan azules, y ahí lo supo: estaba atrapado. No fue una revelación gloriosa como pensó que sería cuando llegara el momento, fue una certeza absoluta. Un hecho rotundo, algo que te cae y te golpea con fuerza, reordenando por completo tu mundo. Tuvo miedo, y un montón de cosas le vinieron a la cabeza. Y lo confesó sin pensarlo.

-Estoy enamorado de ti.

Aclaratorias (son los asteriscos que pongo atravesados en los párrafos):

*Cuando las mujeres perdemos peso de forma repentina y abundante (aproximadamente un 30% del peso corporal) y generalmente de forma poco saludable, se nos retira la regla. Aún más a las anoréxicas, puesto que pierden mucha masa muscular y grasa. La grasa, mis querubines, es también importante para el funcionamiento del cuerpo, dado que tiene una importante función en la regulación de nuestras cachondas hormonas. Así que cuando estas pobres y enfermas chicas recuperan el peso perdido, hasta ser un poquito más saludable, les vuelve la menstruación. Dicen que por cada mes que tienes sin regla, es una paliza para tu sistema reproductivo.

Ahora sí! AAAAAAWWWWW QUE LES PARECIÓ EL CAPÍTULO? VERDAD QUE ESTUVO MUY CUCHI Y ROMÁNTICO? QUE BUENO, PORQUE PARA EL PRÓXIMO MATO A TODOS LOS PERSONAJES JAJAJA. Nocierto :3

Lo hice romántico por el día del amor y la amistad y toda esa ridiculez. No, ya enserio. Era hora que Alice y Jasper tuvieran un momento, aunque no definieran bien su relación. Y que Bella y Edward se dieran una tregua. Él se le declaró! (todas gritamos), espero que les haya gustado, puesto que es mi primera declaración. A mí me gustó, traté de hacerla lo más original posible, dado el poco de clichés que nos ahogan el romanticismo. Quise ser lo más fiel posible a la regla y a la histeria femenina que nos sacude esos días tan primorosos (Nocierto. Es horrible. Las ganas de llorar, odiar a todos, los antojos de dulces, los cólicos, el dolor, en fin.. Y a ustedes qué les da con la regla?).Y aaawww, me gustó la escena de ballet de Rosalie. La verdad no tenía planeado que ella fuera bailarina, pero de pronto me salió y me dije a mi misma: mimisma, pero por qué carajos no? Y lo hice, porque es mi historia y porque quiero. Y porque soy una bailarina de ballet frustrada. Ojalá no la haya cagado. Si lo hice, me lo informan y veré si puedo redimirme para el siguiente capítulo. La corté ahí para dejar el suspenso de la respuesta de ella para el próximo capítulo. Qué lindo Emmett, no les parece? (digan que sí) Yo me le entregaría, creo… O sea, él cosió las cintas! No es tierno eso? Y luego se le declara y yo les corto el capítulo.

Las quiero, tres personas que me leen. Nos leemos en un mes, tal vez más. Tengo otra historia que seguir y cinco materias que aprobar. No me odien. Yo los quiero mucho.