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Ellos tres

A CieloCriss, 100 drabbles michishiro

Disclaimer: Digimon no es mío


III. Recaída


Koushiro acababa de ser aceptado al magister cuando recibió una llamada de un número desconocido. Contestó.

—He encontrado trabajo y quiero vivir contigo.

Koushiro no lo pensó dos veces. Ya no usaba aparato y no había oído la voz de Taichi en mucho tiempo.

.*.*.*.

Koushiro dejó su bolso en la sala. Era un loft estrecho, japonés, con genkan reducido y baño robot. En general estaba de acuerdo con todo. Iluminación bien, orden lógico de las habitaciones, vecinos normales. Un solo pequeño pero.

En el ático, que hacía de dormitorio, había solo un futón.

—Es un futón amplio —dijo Taichi restándole importancia—. No nos tocaremos si no queremos tocarnos.

Durmieron arrinconados y no se tocaron. Habían olvidado cómo hacerlo.

.*.*.*.

Mimi visitó el piso de Taichi y Koushiro en junio, en plena estación de lluvias. Dejó olvidado su paraguas en un coche del metro y la pilló el aguacero estando a tres calles del departamento. Se dejó caer sin avisar y apretó el timbre tres veces.

—Estás empapada —saludó Koushiro examinándola de abajo hacia arriba.

—Koushiro-kun hazte a un lado por favor —pidió Mimi entrando de todas maneras.

Taichi no estaba en casa. Llegaría con dos cartuchos de yakisoba y retaría a Koushiro por no avisarle que tenían visitas. Pudo haber comprado tres, ahora tendrían que repartir la comida.

.*.*.*.

En una segunda visita al piso, Mimi se dedicó a observar la cocina. Estaba en desacuerdo con todo, pero lo que más le ponía de los nervios, era la escasez de cuchillos.

—Pensé que uno era más que suficiente—dijo Taichi atónico. Koushiro pensaba que se había vuelto loco.

—¡Por supuesto que no! Los hay para cada tipo. Si tienes un cuchillo para deshuesar no usarás un santoku. A ver, muéstrenme qué tienen.

Koushiro extrajo de la gaveta un viejo cuchillo que Taichi se robó de casa de su madre. Mimi sopesó el cuchillo entre sus manos, que olía a fierro, y examinó con detenimiento su filo. Llegó a una conclusión obvia:

—Ustedes no cocinan. Suerte que estoy yo aquí —Mimi decidió que se iría a vivir con ellos.

En lo único en que no estaba en desacuerdo, es que solo hubiese un futón.

.*.*.*.

—¿Mimi-san no está pasando mucho tiempo en el piso? —preguntó Koushiro.

Taichi se rascó el cuello.

—Están fumigando su casa.

Y antes de eso llegaron tantos parientes que no había sitio para todos, y antes de eso sus padres se fueron a Dinamarca y a ella le daba pánico quedarse sola en tantos metros cuadrados.

—Están todos sus cuchillos y cacharros en la cocina. ¿Viste cómo ordenó la sala?

—Déjala. Hace buenos desayunos y mantiene todo ordenado, es una vaporeta humana.

Koushiro no sabía cómo insistir. Sí sabía. No sabía. Sí.

—Hay velas, Taichi. ¡Velas! ¿Y el futón? Parece sacado de revista de decoración con esas almohadas.

—Qué más te da, Koushiro.

—No están fumigando su casa. Ayer pasé por fuera y nada. Le pregunté a su madre, y dice que Mimi-san se ha independizado. Y nadie estuvo en Dinamarca.

—La señora Tachikawa es muy graciosa ¿por qué diría eso? —Taichi no se enteraba.

.*.*.*.

—Así por decir ¿te estás mudando a nuestro piso?

Koushiro abordó a Mimi cuando Taichi aún no llegaba al piso y Mimi freía camarones en tempura para la cena.

—Así por decir, podrían decirse muchas cosas, Ko-chan. Pero es un secreto.

—¿Por qué querrías vivir con dos hombres en un piso tan estrecho?

—Me aburría mucho en casa.

—Me gusta más cuando eres sincera —y ese fue el pie para un silencio que Mimi tildaría de incómodo.

.*.*.*.

Taichi definía su relación con Koushiro como un matrimonio muy viejo. Esos conformados por ancianos sacados de cuentos, donde se ha extinguido el placer, los roces, y quedan los recuerdos que la memoria ya no sabe diferenciar si son hechos o sueños. Koushiro estaba en contra de esa definición.

—¿Cómo entonces somos? —preguntó Taichi, borracho, hace ya un tiempo. Koushiro no respondió y nunca lo hizo. Por miedo primero a hallar una respuesta. Y cuando la halló, por miedo a que sonara muy ridícula de decirla en voz alta.

No hay más que acotar al respecto.

.*.*.*.

Mimi por mientras, dormía en el sofá. Quería dormir en la habitación, en el futón entre Taichi y Koushiro. Era amplio, y volvía a sentirse como a principios de la secundaria alta, cuando Taichi y Koushiro no la integraban.

—Sí, es amplio —reconoció Koushiro—, pero ¿no es un poco raro si los tres dormimos juntos?

—Si te pones en ese plan, muchas cosas entre nosotros son raras, querido.

Ninguno supo rebatirle, y aceptaron que Mimi durmiera entre ellos. La espalda de Mimi fue la más agradecida; por desgracia para Taichi y Koushiro, ella era muy dada a hablar por la noche y dar patadas.

.*.*.*.

A Koushiro le traían sin cuidado los malos hábitos de Taichi.

—¿Por qué? —le preguntó Taichi—. No tienes que ceder siempre. Estamos viviendo juntos, y quiero que estés cómodo.

—Porque Taichi, son detalles. Y yo que no reparo en ese tipo de cosas, me es indiferente. No interfiere con mis estudios saber que pueda o no estar tu ropa interior sobre la taza del baño, por ejemplo.

A Mimi en cambio, repelús.

—Koushiro, esa es una respuesta de alguien que vive en un matrimonio viejo.

—Ya cállate.

Y se calló. A Taichi le gustaba Koushiro. Cuando se fastidiaba su ceja izquierda tiritaba.

.*.*.*.

Mimi abrió el armario de par en par para hacerse un hueco. Le impresionaron dos cosas: primero que Koushiro tuviese prendas como sudaderas, segundo que fuesen de la misma talla. Se lo dijo en el bar, cuando Taichi aún no llegaba.

—Siempre me sorprendes, Ko-chan. Yo pensaba que a los informáticos les sobraba carne, pero a ti te falta tanto.

—Primero no soy informático, y segundo a ti a veces también te falta.

—¿Es eso malo? Ko-chan estábamos teniendo buena conversación.

—No es ni bueno ni malo. Es.

—Podríamos salir a hacer footing juntos, he pensado ese tipo de cosas.

Y como un acto reflejo remanente del pasado, los dedos de Mimi caminaron por el muslo de Koushiro.

.*.*.*.

Taichi llegó cargando las bebidas y se sentó entre ambos. Le gustaba extender sus brazos para rodear los hombros más alejados de sus dos amigos y estrecharlos. Los amaba a ambos, eran sus mejores amigos. Decía:

—¡Mi mejor amigo Mofletes! —y le besaba la oreja derecha— ¡Mi mejor amiga Princesa! —pero ella interponía sus manos antes que le besara la oreja izquierda.

—¡Es Mimi, idiota!

—¡Mi mejor amiga Mimi! —corregía y paraba las patas de la risa.

—Qué rápido te emborrachas.

Mimi y Koushiro volvían al piso arrastrando a Taichi, o evitando que se escapara y amase a todos con locura. Se dejaban caer los tres en el futón del ático y dormían los tres apretados sin quitarse la ropa, solo los zapatos en la entrada de la casa.

.*.*.*.

Se habían ido a acercando poco a poco, pero Mimi fue la primera en romper a consciencia el pacto implícito de evitar esos roces que lo tuercen todo. Taichi se había dormido sobre el sofá viendo la televisión, y Mimi desde su posición podía verle el ombligo. Se preguntó ¿y qué pasaría sí…?

Y lo que pasó, fue que Koushiro lo oyó todo desde la otra habitación.

.*.*.*.

—¿Desde cuándo lo sabes?

Taichi se había especializado en notar los sutiles cambios de humor de Koushiro y ya no podía engañarle desviando la mirada a las baldosas de la cocina.

—No quería escuchar, pero tampoco quería interrumpir.

—¿Estás molesto?

Koushiro negó con la cabeza.

—El otro día vi a Sora —dijo Taichi—, pero no me atreví a decirle que estábamos viviendo nosotros tres. No creo que nuestra relación sea incorrecta. Pero Sora es tradicional y no lo entendería.

—No tenemos una relación, Taichi.

—Eso es lo que digo.

Taichi jugaba con el lóbulo de Koushiro. No había que ser tradicional para no entenderlo, pensaba Koushiro, pero su mente se fue a blanco cuando las greñas de Taichi rozaron sus sientes y se sintió transportado a los días que Taichi reposaba su cabeza sobre el regazo de Koushiro.

Ninguno sería consciente de los movimientos que hicieron sus cuerpos al momento siguiente. Fue como una recaída al pasado.

.*.*.*.

Los movimientos de Mimi eran erráticos. Picaba de su cartucho de yakisoba pero sabía distinto y se enfriaba. Koushiro estaba en la misma situación.

—Está mucho más tranquilo cuando Taichi tiene sus viajes de negocio —dijo alguno de los dos.

—¿Recuerdas la preparatoria? Fue tranquila sin Taichi también —respondió el otro.

—Querrás decir aburrida.

—Nunca diría eso. La pasábamos bien después de todo.

Y uno de los dos se inclinó sobre la mesa para darle un poco más de sazón a los insípidos yakisoba. El resto lo hicieron sin fideos dentro de sus bocas. Quien empezó, quien incitó, es algo que ya no importa.

.*.*.*.

—Estamos como para una foto ¿no creen?

Koushiro, Mimi y Taichi se lavaban los dientes frente al espejo del baño. Koushiro lleno de pecas por el footing, Mimi estrenando nuevo corte de cabello, y Taichi sin el moretón en el ojo con el que llegó de su viaje de negocios.

Koushiro sabía lo de Mimi y Taichi. Mimi sabía lo de Taichi y Koushiro. Y Taichi no sabía pero podría apostar que algo había ocurrido entre Mimi y Koushiro. El siguiente paso, de ser dado, los desterraría.

—Saquemos esa foto —dijo Koushiro.

Taichi sacó su Smartphone y los tres posaron al clic.

Un recuerdo del último día en el mundo.

.*.*.*.

Se levantaban temprano a hacer footing. Se duchaba juntos, desayunaban juntos, escuchaban las noticias juntos. Por las tardes pasaban a un bar o a un izakaya y aprendieron a comunicarse telepáticamente desde sus trabajos para acordar el próximo lugar de encuentro.

Estamos conectados —dijo Mimi y se veía muy feliz—. Lo logramos.

—Estamos conectados —repitió Taichi.

—Lo estamos —Koushiro cerró los ojos y se quedó dormido pensando en la fotografía.

.*.*.*.

Jou era un amigo. Y Jou era ginecólogo, así que sabía de dietas para embarazadas. Entre el footing, comer afuera, y la maestría, Koushiro se desnutría y Mimi le atribuía a eso el que comenzara a ella a caérsele el cabello.

—No puede ser mi culpa —se defendía Koushiro.

—Es la conexión, Ko-chan. Comes mucho tofu y pocas carnes —insistió ella y terminaron ambos en la consulta de Jou, quien si sabía de dietas para embarazadas, debía saber otras dietas.

A quien no esperaron encontrarse allí fue a Sora.

—Pero qué grande estás —dijo Mimi tocándole la panza ¿cuántos meses?

—De seis ¿qué hacen aquí? Oh, claro —Sora sacó el tipo de conclusiones que hace la gente cuando se encuentra en una consulta en el ginecólogo—. O sea que finalmente han terminado juntos ¡cuánto me alegro! Había escuchado cierta clase de rumores y yo pensaba que nunca sentarían cabeza.

En la noche cuando Taichi les preguntó cómo les fue con Jou, Mimi respondió:

—¡Estúpida Sora que está gorda como un jamón!

Taichi observó a Koushiro en busca de una explicación, y él se encogió de hombros.

.*.*.*.

Los amigos que se besan no son amigos.

Las parejas de a par, no de tres.

¿Podrían elegir? preguntó Mimi sin abrir la boca. Taichi dejó de jugar con su cabello y Koushiro retiró la mano de Mimi de su vientre.

—A ti, claro —dijo Koushiro—, lo siento Tai, eres muy desordenado.

—Dijiste que no te importaba donde dejaba las calcetas.

—Ya, pero después de convivir casi un año a Mimi, digamos que me siento más a gusto con el orden.

A Mimi le entró la risa. Koushiro y Taichi se rieron con ella.

.*.*.*.

A veces Koushiro se cuestionaba más seriamente por qué era incapaz de elegir entre uno y otro.

Taichi había llegado malhumorado porque habían ascendido a un idiota para el cargo que a todas luces él estaba mucho más capacitado. «Es un inútil» dijo, pero ese inútil estaba casado, y Taichi bordeaba los treinta y todos creían que por carecer de argolla no había sentado cabeza.

¿Por qué habría que elegir Tal vez, lo más sensato, sería solo irse.

Y cuando llegó a aquella decisión, Mimi y Taichi empezaron a tener pesadillas.

.*.*.*.

—¿Es por las calcetas?

—No es por las calcetas, Tai. Es algo que tengo que hacer.

Mimi estaba a punto de derrumbarse. Koushiro no quiso mirarla.

—No se pueden estancar sus carreras por cosas como estas. No me interrumpas, Tai. Quiero que sean felices, y que sean exitosos, y que nadie hable mal de ustedes. Cuando regrese de mi pasantía, ya no viviré aquí.

Mimi le pidió un recuerdo. Taichi lo acompañó hasta el aeropuerto.

.*.*.*.

En secundaria me fui yo. Luego tú nos abandonaste a Sendai. Ahora Koushiro y sus pasantías. La próxima vez, nos desintegraremos ¿qué opinas, Taichi? Encontré trabajo de ayudante de cocina en un crucero. Son dos semanas. No pagan bien, pero servirá para desconectar. Tal vez ¿Quién sabe? conozca a un multimillonario y nos enamoremos. No quise decirte nada porque no sabía cómo te lo ibas a tomar. Cuando regrese me mudaré a un piso que tengo visto en el centro. Dejé la cena preparada en el horno, con 30 minutos a fuego medio estará bien. Un beso. Mimi.

Taichi leyó la nota muchas veces. En una caja, dejó todas las pertenencias de Mimi para cuando viniese a recogerlas no tuviese tiempo de arrepentirse.

.*.*.*.

La campanilla de la taberna tintineó y una ráfaga de viento helado se metió sin permiso en el establecimiento. Taichi dio un vistazo para volver rápidamente la mirada al fondo de su vaso, y Koushiro dejó la gabardina reposando en el perchero.

—Ha pasado tiempo —Koushiro levantó una mano y pidió un whisky.

Taichi no respondió. Ambos levantaron la cabeza hacia la televisión. Retransmitían un partido de béisbol. Durante los comerciales, treinta segundos le bastaron a Mimi para promocionar un nuevo programa de cocina. Koushiro se atragantó.

—Ah sí, Mimi ahora cocina para las dueñas de casa aburridas —dijo Taichi. Fueron las únicas palabras que salieron de su boca. Su mente estaba en blanco.

.*.*.*.

—Nos conocimos en un crucero. El chef enfermó a tres días de partir y me nombró como su reemplazo ¿puedes creerlo? Estaba tan emocionada, pero a nada más empezar un fuerte oleaje y ¡pum! Ya casi no teníamos platos, así que me las ingenié y monté toda la cena en tazas y vasos. Él quedó impresionado por la presentación que pidió hablar con el chef para felicitarme. Yo no sabía que era productor de televisión.

Sora le dijo que no se perdía su programa. Mimi se preguntó si Taichi o Koushiro lo mirarían.

Agitó su cabeza de un lado a otro. Se supone que estaba comprometida.

.*.*.*.

De pronto, todos o tenían hijos o se casaban. Taichi, Mimi, y Koushiro, ya habían asistido a dos bodas y tres partos en lo que iba del año. En la última boda, quedaron los tres en la misma mesa.

Pusieron sus manos sobre la mesa. Eran los únicos que aún no se casaban. Pero faltaba poco.

—Tengo fecha para Abril.

—Noviembre.

—Agosto del próximo año.

Y lo que continuó de la cena, se la pasaron hablando con sus respectivas parejas.

.*.*.*.

La cabeza de Mimi se llenó de nubes con la fama. Cuando se deprimía, tenía el dinero para perderse un fin de semana en un onsen de lujo. Podría sobrevivir así.

Con la llegada de su único hijo y su nuevo corte de cabello, Taichi se ganó el respeto de sus superiores. Escaló puestos, viajó por el mundo para mediar acuerdo, y aunque su inglés seguía pésimo, I fīru happy-happy y todos contentos.

Koushiro apagaba la televisión y cerraba los periódicos. Sus amigos aparecían en todas partes y él a ratos se preguntaba si habría tomado la decisión correcta.


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