CAPÍTULO 3
El domingo fue mucho menos interesante que el sábado. Todos siguieron con sus actividades normales, turnándose para hacerme compañía (o para vigilarme, seamos claros).
La más amable fue Esme, de lejos, quien se desvivió por intentar que yo lo pasara bien. Incluso, cuando me preguntó qué hobby tenía cuando era humana le contesté (de mal modo) que cocinar y jugar con mi hermanita. Pareció apenada un segundo, pero luego me llevó a la cocina para hacer galletas y decorarlas.
No acepté hacer galletas, a pesar de su entusiasmo, ya que hacer galletas que nadie comería no tenía ninguna gracia. Ni siquiera podría alegrarme de que la casa oliera a galletas, ya que el olor a comida humana ya no me resultaba agradable.
Pasar tiempo con Jasper y Alice no fue tan malo, ya que pusieron una película. Pasar tiempo con Alice sola fue más complejo, ya que quiso jugar a las muñecas. El problema: la muñeca era yo. Por lo menos, como tenía el bloque de hierro, no pudo cambiarme los jeans. Así que se tuvo que conformar con cambiarme la parte de arriba. Eso me dio la idea de volcarme algo en los pantalones y pedir que me sacaran el bloque para poder cambiarme de ropa. Pero, antes de que lograra seguir madurando mi plan, Alice ya lo había visto y me avisó que si lo intentaba me sacaría los jeans con tijeras y me pondría una falda.
Cuando pasé tiempo con Bella y Edward la cosa fue, por lo menos, más honesta. Bella simplemente se sentó a leer, y Edward puso un rato la televisión. Luego de un rato la apagó y me sentó con él a armar el rompecabezas del unicornio. Con ellos las cosas estaba más claras: estaban conmigo simplemente porque no me podían dejar sola. Bella me ofreció sus libros para leer, pero estaban en inglés (o esa fue la excusa que le di). No me tincaron para nada sus libros.
Carlisle optó por jugar Scrabble otra vez conmigo. Al igual que Esme, se notaba que intentaba generar alguna clase de vínculo.
El primer lunes representó un cambio. Carlisle se fue a trabajar, llevándose con él a los demás para depositarlos en la escuela. Y yo me quedé con Esme y una sensación de vacío. Pensé en mi hermana, que estaría todo el día en el mismo colegio que los vampiros. Como yo no estaba, probablemente sería mi madre la que la llevaría y la iría a buscar. Casi me las podía imaginar. Probablemente estaban tristes por mi desaparición, pero mis padres intentarían que la vida no cambiara mucho para mi hermana. Se mantendrían fuertes por ella.
No supe cuánto tiempo permanecí parada, sin moverme, en la ventana junto a la puerta, hasta que sonó el celular de Esme. Pude oír toda la conversación, ya que ahora tenía muy buen oído. Era Alice, avisándole que yo estaba dándole vueltas a lo de mi familia, que no me dejara parada en el mismo punto todo el día, y que cuidara que yo no le sacara el celular del bolsillo.
Es curioso cómo funcionaba el don de Alice. Yo no había tenido el pensamiento consciente de robarle el celular a Esme. Pero, luego de haberla oído, me di cuenta de que efectivamente iba a tener esa idea luego de ver en qué bolsillo lo tenía Esme.
Esme hizo aseo. Fue interesante verla sacudir a velocidad vampiro. Me explicó que procuraba limpiar la casa todos los días, incluidos los baños y la cocina, rara vez usados, ya que nunca se sabía cuándo un vecino podía aparecer. Le pregunté si venían vecinos con frecuencia. Me respondió que hasta ahora ninguno, que no había otra casa en kilómetros, y que por eso la habían escogido. Pero insistió en que había que estar preparado igual, por si acaso. Entonces le recordé que un humano encontraría extraño que tuvieran el refrigerador desenchufado, sobre todo viviendo tan aislados. Se quedó pensando, y me explicó que quemaban todos los alimentos perecibles que compraban porque sus olores eran desagradables.
Me llevó con ella de cuarto en cuarto. Incluso me sacó con ella a ambas terrazas, mientras barría las hojas secas y sacudía los muebles.
Estábamos rodeados de bosque, y olía agradable. Había millones de aromas. Incluso pude oler sangre, y no sé cómo supe que se trataba de pequeños pájaros y roedores.
Aproveché la ausencia de Edward para pensar tranquila. Tuve la precaución de no hacer ningún plan, ya que no quería poner a Alice sobre aviso. De hecho, me hice el propósito de pasar todo el día tranquila, sin intentar nada, a fin de que Alice no viera problemas y así relajaran la seguridad.
La cosa es que yo no podía desplazarme. Y tampoco podía contactar a mis padres, porque eso los vampiros se lo esperaban. Eso limitaba mis contactos a mi hermanita y a mis compañeros de clase. Tal vez yo nunca volvería a poner un pie en el colegio, pero había cuatro vampiros en la casa que iban cinco veces por semana. Esa era la clave. Debía encontrar la forma de que ellos llevaran mi mensaje. Tendría que buscar la forma de llamar la atención de mi hermana, o de algún compañero. ¿Pero cómo? Tenía que ser alguna forma que tuviera significado para ellos, pero no para los vampiros. Alguna clase de mensaje o señal que ellos pudieran asociar conmigo, pero que no llamara la atención de mis captores.
Con mis compañeros podía ser difícil. Yo no era muy íntima con nadie, y no se me ocurría nada. Con mi hermana tendría que ser más fácil.
Cuando terminó de hacer aseo, Esme me preguntó qué quería hacer. Le dije que me daba igual. Lo que yo quería hacer era pensar en paz.
Me propuso comenzar a aprender inglés. Le puse mala cara. No pude evitarlo.
-Tarde o temprano tendrás que hacerlo -argumentó-. Y verás que no es difícil, los vampiros aprendemos rápido.
-Me da lata. Simplemente no tengo ganas -expliqué.
-Toda la familia está hablando en español sólo por ti -explicó-. Carlisle nos lo pidió cuando te trajimos. Por cortesía, y para que te sintieras acogida. Pero eso sólo será por un tiempo. Cuando volvamos al norte, volveremos a usar nuestro idioma y te vas a sentir aislada sin hablar con nadie.
-Bueno, entonces ahí aprendo -gruñí.
Creí que se había dado por vencida, pero resultó que sólo había decidido cambiar de estrategia. Me llevó arriba, a ver televisión. Se sentó conmigo y puso un programa infantil. En inglés. Tuve que mamarme varios capítulos de Plaza Sésamo en inglés. Me dieron ganas de gritar.
A pesar de que intenté no hacerle caso al programa, y seguir pensando en una forma de enviarle un mensaje a mi hermana, igual mi cerebro vampiro comenzó a absorber información del puto programa. No pude evitarlo, y odié a Esme por eso. Por haber encontrado la forma de salirse con la suya. Mal que mal, mi negativa a aprender su idioma era la única forma de rebeldía que me quedaba. Eso, y negarme de plano a considerarlos familia.
También la odié porque, aprovechando que yo estaba concentrada en otra cosa, se dedicó a hacerme cariño en forma discreta.
Y no es que me molestara que me pasara la mano por la cabeza. En realidad, probablemente su intención era buena. Pero me sentí manipulada. Y también sentí, como cuando Alice me vistió el domingo, que estaba aprovechándose de mi tamaño y de que no me podía desplazar para jugar a la mamá conmigo.
Pero, más que nada para no ofenderla, decidí no seguir mi impulso inicial de arrancarle la mano a mordiscos.
Creo que captó mi mal humor, porque finalmente se resignó a apagar la televisión.
Ya era casi la una y media. Mi hermana estaría yendo al casino del colegio a almorzar. Volví a sentir nostalgia. A pesar de que ella y yo no nos sentábamos juntas a comer en el colegio (ella se sentaba con sus amigos, y yo con mis compañeros), deseé estar ahí y sentarme con ella. Lamenté no haber aprovechado todas esas ocasiones que tuve. Nos queríamos, nos llevábamos bien, jugábamos juntas en casa. Pero en el colegio ella tenía su mundo y yo el mío.
Yo nunca había sido una estudiante destacada. Con mis notas promedio, mis escapadas, habiendo repetido un año… No era un buen modelo a seguir para ella. Mi hermanita tenía buenas notas y excelente conducta. Era dulce, inteligente, y respetuosa. Ella era mucho mejor que yo. Y tal vez nunca volvería a verla. Sentí como si me estuvieran apretando el pecho, e inspiré profundamente.
Instantáneamente Esme estaba abrazándome.
-¿Qué pasa tesoro? -Me preguntó. Sonaba auténticamente preocupada.
-Es la hora -contesté con franqueza-. Estaba pensando en que mi hermana estaría en el casino del colegio, y deseé estar ahí con ella. Yo nunca me senté a almorzar con ella, y ahora desearía volver atrás y haber aprovechado todas esas ocasiones que tuve para hacerlo.
Esme no dijo nada, pero me siguió abrazando y comenzó a pasarme la mano por la espalda. Sentí el impulso de pedirle que me soltara, porque me sentí un poco humillada de estar ahí llorando (bueno, lo más parecido a eso que puede hacer un vampiro). Pero al final creo que el paso de su mano por mi espalda, una y otra vez, en algo me ayudó. Después de un rato me sentí un poco mejor y me soltó.
-Yo perdí a mi hijo -confesó.
Supuse que se trataría de la misma historia del libro, pero no quise interrumpirla.
-Fue cuando todavía era humana -continuó-. Yo nunca había amado tanto a otra persona. Cuando murió, creí que moriría. Y hasta el día de hoy me dan ganas de llorar cuando lo recuerdo. La pena nunca pasa, pero con el tiempo aprendes a vivir con ella.
-Mi hermana no ha muerto -murmuré, intentando que no sonara como un comentario ofensivo.
-Lo sé. Si pudiera hacer algo para quitarte esta pena lo haría. Pero no hay forma de que puedas volver a verla sin condenarla a muerte.
-Por favor no me suelte el discurso con el que me agobiaron todo el fin de semana -espeté-. Ya entendí todas las razones: Que es lo mejor para ellos. Que nos matarían a todos. Blahblahblah.
Mi comentario desagradó a Esme, lo vi en sus ojos, pero no lo comentó.
-¿Quieres jugar a algo? -Propuso.
-No.
-¿Quieres armar el rompecabezas?
-No.
-¿Quieres cocinar algo?
-No. ¿Para qué haría eso?
-Sólo por diversión -respondió amablemente-. Anda… Será divertido.
Creo que fue por lástima que decidí seguirle la corriente. Ya la había rechazado el domingo, y si insistía tanto en hacer galletas, debía ser importante para ella. Así que ok: acepté hacer las putas galletas.
La cocina estaba muy bien equipada. Tenían de todo en electrodomésticos. Bueno, no tenían mantequilla, ni huevos, pero Esme se las arregló para hacer igual una masa de galletas usando aceite.
Debo reconocer que, aunque el olor a la esencia de vainilla ya no me resultaba atractivo, de todos modos disfruté amasando, aplastando la masa y cortando galletas. Tenían muchos moldes, incluso de animalitos. De pronto uno de ellos llamó mi atención. Tenía forma de pez. Eso me dio una idea, pero me forcé a mantener cara de póker y a no hacer ningún plan en mi mente. Para que funcionara, debía controlar mi mente. Y debía esperar que la ocasión se presentara.
Las horneamos. Es decir, Esme las horneó, porque me prohibió acercarme al fuego. Puse los ojos en blanco. En casa de mis padres yo ya sabía usar el horno, y nunca me quemé.
Con azúcar, agua y colorantes Esme preparó glaseados de colores. Pasamos toda la tarde pintando galletas. Lo hicimos a velocidad humana, poniendo énfasis en los detalles. Cada una parecía un pequeño cuadro. Me dio pena pensar que acabarían en la basura, o incineradas.
Todavía estábamos pintando galletas en la cocina cuando escuchamos el ruido del todoterreno acercándose a la casa. Esme sonrió de oreja a oreja y me llevó con ella a la terraza para recibirlos.
Carlisle parecía contento, o al menos contento de ver a su esposa. Los otros cuatro tenían cara de tedio y cuando entraron a la casa arrugaron la nariz por el olor.
-¿Hicieron galletas? -Preguntó Carlisle con entusiasmo.
-Sí -dijo Esme con una gran sonrisa-. Daniela y yo pasamos la tarde en la cocina horneando galletas y pintándolas. ¿Quieres verlas? Nos quedaron preciosas.
Sus hijos no compartían su entusiasmo. Todos salvo Alice pusieron los ojos en blanco, pero ella miró a sus hermanos con cara de "qué importa, síganles la corriente".
Esme me llevó de vuelta a la cocina, y me depositó junto a la exposición de galletas. Me sentí ridícula por enésima vez, llevada de un lado a otro como si fuera un muñeco. Nos siguieron todos, aunque el único que parecía interesado era Carlisle.
-¡Qué bonitas! -Exclamó él, y creo que hablaba en serio. Bueno, es verdad que estaban muy bonitas. Y a Esme no se le había quemado ninguna.
Todos pusieron cara de asco y horror cuando él levantó una para mirarla más de cerca, se la llevó a la boca y la mordió. Hasta a mí me dio asco, y eso que yo las había hecho. Pensé que luego tendría que regurgitar o vomitar la galleta en el baño, o en el basurero. Dios, que asco…
-Amor, no es necesario -le rogó Esme.
-Sí, Carlisle -dijo Edward-. Y es inútil. Ella sabe que luego tendrás que escupirla.
Ella. Se refería a mí por supuesto. Todo ese show de Carlisle debía ser para hacerme sentir bien a mí. Eran todos una tropa de imbéciles si creían que me iba a tragar el rollo de la familia feliz que hacía cosas humanas como hornear galletitas.
De pronto me sentí estúpida por haber pasado toda la tarde pintando las putas galletas, y me dieron ganas de incinerarlas yo misma. Vi que Alice le daba una fuerte pero discreta patada a Edward en un tobillo. Vi a Edward mover los labios rápida y discretamente, pero no entendí las palabras que le dijo sin pronunciar.
Carlisle me distrajo. Bueno, nos distrajo a todos, ya que todos habíamos estado contemplando el intercambio de opiniones entre Alice y Edward.
-Les quedaron perfectas. Me gustaría ser humano por un rato sólo para comerme estas galletas -me dijo. Parecía franco, y sentí otra vez que un elefante me aplastaba el pecho. Pero disimulé. No iba a hacer el ridículo delante de todos.
-Gracias -murmuré.
Los demás parecían incómodos. Jasper murmuró una disculpa y fue el primero en escapar de la atmósfera extraña que reinaba en la cocina. Lo siguió Bella, y luego Edward. Alice se quedó en la cocina. Miró a Carlisle en forma significativa, y Esme me agarró y me llevó al comedor.
-¿Qué pasa? -Pregunté cuando me hubo depositado en una de las sillas.
-Alice quería hablar a solas con su padre -explicó Esme-. Sólo eso.
Puse toda la atención que pude en escuchar lo que se hablaba en la cocina, pero sólo distinguí murmullos y no entendí nada. Hablaban muy bajito, muy rápido y en otro idioma. Creí identificar que lo hacían en inglés. Aunque claro, tampoco podía estar segura. Pero tendría lógica.
Esme intentó distraerme abriendo el mueble donde estaban los juegos de mesa. Me preguntó si alguno de esos me gustaba, y como me encogí de hombros sacó una cajita pequeña. Era un par de mazos de naipe, de los típicos.
-¿Conoces algún juego? -Me preguntó.
-Sólo "poto sucio" y "carioca" -le dije sin entusiasmo-. Bueno, y los solitarios del computador: Carta blanca, Spider y esos.
-¿Te gusta jugar a esos juegos de solitario de las computadoras? -Preguntó extrañada.
Me encogí de hombros.
-Son buenos para matar el tiempo.
De pronto tuve una inspiración. Si conseguía que Esme me prestara un computador, a lo mejor había wifi y me podía conectar a internet y podría enviarle un correo a mi papá, a su e-mail del trabajo.
Fue casi instantáneo. Edward estuvo en la puerta del comedor en un par de segundos, seguido de Bella con cara de malas pulgas.
-Esme… No se te ocurra prestarle una computadora a Daniela -dijo Edward-. Lo que de verdad quiere es enviarle un correo electrónico a su padre.
Esme me miró con cara entre decepcionada y resignada. Yo, mentalmente, sólo para molestar a Edward, lo visualicé con un bloque de pies como el mío, y me visualicé a mí misma tirándolo de un bote al medio del mar para que pasara una temporada aburriéndose solo al fondo del Océano Pacífico. Me miró con rostro cansado, e hizo un gesto como de disculpa con los hombros. Bella me lanzó una mirada algo suspicaz, pero Edward levantó la mano que le tenía tomada y se la besó. Eso la calmó.
-Está bien. Gracias por avisarme -dijo Esme-. ¿Quieren jugar a las cartas con nosotras? Le iba a pedir a Daniela que me enseñara los juegos que conoce.
Bella puso cara de lata, pero Edward entró y se sentó con nosotros. Y, como le tenía todavía tomada la mano, ella lo siguió resignada.
Cuando les expliqué en qué consistía el "poto sucio" (se burlaron del nombre del juego, obviamente) lo encontraron demasiado elemental. De todos modos probamos jugar un partido, que duró menos de un minuto. Si ya era un juego aburrido para los humanos, para un vampiro resultaba abiertamente estúpido.
El "carioca" les interesó más. Carlisle llegó a la mitad de las explicaciones, y se integró al grupo. Aprendieron rapidísimo, y jugamos un partido los cinco.
Arriba, todos pudimos oír como Jasper y Alice hacían el amor. Pero nadie dijo nada. Esa era la costumbre entre ellos: hacerse los sordos.
El partido no duró mucho, ya que jugaban rápido. Y no necesitaban anotar los puntos en contra, Carlisle llevaba toda la tabla en la cabeza. Ganó Edward, y a nadie le sorprendió.
-¿Otra partida? -Preguntó Esme.
-No, gracias -dijeron Bella y Edward al mismo tiempo, y escaparon escalera arriba antes de que pudieran retenerlos. Escuché cerrarse la puerta del cuarto de ellos. Escuché que hablaban, pero sólo distinguí murmullos bajitos y en otro idioma.
Cuando nos quedamos los tres solos, Carlisle fue al grano.
-Daniela, ¿tienes algún plan relacionado con el molde de galletas con forma de pescado?
No podía creerlo. Esta gente era la puta CIA.
-No.
-Alice te vio mirándolo.
-Estábamos haciendo galletas, obviamente que miré los moldes. Y encontré bonito el de pescado. Sólo eso.
Carlisle me miró un instante en forma intencionada. Supongo que esperaba que yo pestañeara, o algo así, para delatarme si estaba mintiendo.
-Si quieren lo rompen, me da lo mismo -agregué. Esperaba que con eso dejaran de interrogarme. Y funcionó. Carlisle dejó la cara de interrogatorio.
Me imaginé el título del libro "Daniela y el misterio del molde de galleta con forma de pescado". Ridículo.
Pero Carlisle lo dejó pasar, y eso era lo que importaba. Se relajó, y nos preguntó cómo había estado nuestro día. Le preguntó a Esme, delante de mí, si yo me había comportado. Creí que moriría de vergüenza. Ella me pasó una mano por la cabeza y le aseguró que todo había estado bien. Entonces Carlisle se puso de pie y dijo que iba y volvía.
Volvió rápido, y traía una bolsa con el logo de una librería del pueblo. Yo la ubicaba. Me gustaba pintar, y cuando pasaba frente a esa tienda siempre me metía a mirar los lápices de colores.
-Edward se concentró hoy en los pensamientos de tu hermana -explicó Carlisle-. Ella está bien -agregó de inmediato cuando vio que yo abría la boca para pedir noticias-. Está preocupada, está triste, te extraña. Lo siento. La cosa es que en sus pensamientos oyó que te gustaba dibujar, así que a la salida de la escuela pasamos a comprarte esto.
Me pasó la bolsa. Adentro había un cuaderno, un block de dibujo y una caja de lápices de colores. Caja metálica. Grande. Y lápices de los blanditos. Me gustaba esa marca.
-Gracias -le dije. Igual encontré bonito el gesto de tomarse todas esas molestias para encontrar algo que pudiera gustarme.
-De nada. Si necesitas algo, dínoslo -me pidió-. Intentaremos darte en el gusto siempre que sea posible. Posible y razonable -y sonriendo agregó-: no te compraremos un elefante.
-Lo del elefante era broma -aclaré.
-Lo sabemos tesoro -me dijo Esme tomándome la mano.
Abrí la caja de lápices, y disfruté el aroma. El olor a los lápices de colores era uno de mis favoritos cuando era humana, y como vampiro podía sentirlo en forma mucho más intensa. Me asombré de que los colores olieran todos diferentes. Comencé a probarlos en el cuaderno. Esme y Carlisle también los probaron. A Esme le gustaban los tonos rosados y morados. A Carlisle le gustaban más los amarillos y los anaranjados.
Se quedaron un rato conmigo. Pero me costaba pintar cuando me estaban mirando, y al final cerré el cuaderno en el que había estado garabateando.
Se produjo un incómodo silencio. Seguramente ellos hubieran preferido estar solos. Supuse que, en algún momento, bajaría alguna de las parejas de arriba para relevar a sus padres de la tarea de vigilarme. Me dieron un poco de pena Esme y Carlisle, a pesar de que parte de mí seguía odiándolos por tenerme secuestrada. A lo mejor estaba sufriendo del síndrome de Estocolmo. ¿Así se llamaba, no? ¿Cuándo los secuestrados comenzaban a sentir afecto por sus secuestradores?
Escuché venir de arriba una risa ahogada, que identifiqué como de Edward, y luego el resoplido molesto de Bella. Eso me recordó que mis pensamientos eran monitoreados.
-Púdrete -dije, mirando hacia arriba en dirección a su cuarto. No había necesidad de gritar. Podía oírme perfectamente y sabría que iba dirigido a él. Y los demás adivinarían, eso seguro.
Esme y Carlisle me miraron con un cierto nivel de curiosidad, pero no indagaron. Seguían ahí sentados, quietos, vigilándome sin que pareciera que me estaban vigilando. Como si yo pudiera salir corriendo con el bloque que me habían puesto en los pies. Ridículo.
Al final la situación me pareció tan incómoda, que les pedí si me podían llevar a mi cuarto.
-Ah, sí -dijo Carlisle como recordando algo-. Compré el vidrio para reparar la ventana.
Se fue y escuché el sonido del auto al abrirse. Esme me iba a tomar en brazos pero le pedí que esperara y guardé rápidamente mis regalos de vuelta en la bolsa. Sonrió, y luego nos llevó a mis regalos y a mí escalera arriba.
Guardé todo en el armario, que se seguía viendo muy vacío a pesar de las ropas que Alice me había dado el domingo.
Carlisle llegó con el vidrio, una caja de cartón doblada, y una caja plástica de herramientas. Al parecer, también era un Bob Constructor. En un par de minutos ya había terminado. Armó y me pasó la caja de cartón, y lo miré con curiosidad.
-Para que recojas los pedazos de vidrio que quedaron en el suelo -me dijo.
Luego me agarró y me depositó en medio del desastre de pedazos de vidrio. Pero no fue una tarea difícil como lo hubiera sido para un humano, ya que ahora yo era mucho más ágil y rápida, y veía perfectamente hasta los pedazos de vidrio más pequeños. En menos de cinco minutos ya tenía limpio un círculo de piso que llegaba hasta donde mis brazos alcanzaban. Carlisle no parecía impaciente, y me desplazó de un lado a otro hasta que terminé.
Pensaba que me llevarían afuera a recoger los vidrios que habían caído del otro lado, pero supongo que no se les ocurrió.
Esme se llevó la caja con los vidrios, y llegaron Alice y Jasper con cara de resignación. Era el relevo. Carlisle me pidió que no intentara escapar, y luego se fue. Oí sus pasos en la escalera. Oí como los de él se juntaban con los de Esme. Oí sus pasos dirigirse a su dormitorio. Oí cerrarse la puerta. Y luego nada. Yo pensaba que iban a comenzar a tirar como conejos. O como sus retoños. Pero no. O eran muy discretos, o quizá qué estaban haciendo.
Escuché una carcajada desde el dormitorio de Edward, que murmuró "morbosa" bajito. Todos lo habían oído, estuve segura. Confirmé mis sospechas cuando se escucharon risitas venir desde abajo, del dormitorio de Esme y Carlisle, y creí que me moriría de vergüenza. Edward había escuchado mis pensamientos, me había puesto en evidencia delante de todos, y ahora la familia entera sabía que había estado escuchando a ver si sus padres estaban haciendo el amor.
-Edward, deja de molestarla -le dijo Jasper, que seguía parado con Alice en el umbral de la puerta de mi cuarto. Me miró con cara de disculpa, aunque seguía riéndose.
-Ella es la que anda escuchando a propósito -dijo Edward, desde su cuarto.
-No puedo evitar oírlos cuando lo hacen -me defendí-. No soy una morbosa.
-Yo tampoco puedo evitar oír lo que piensas -replicó Edward.
-Ya déjala -le dijo Bella.
-Yo recuerdo a otro que estaba pendiente de estas cosas, cuando Esme se incorporó a la familia -se oyó la voz divertida de Carlisle viniendo desde su dormitorio. Luego se oyeron las risitas suyas y de su esposa.
-Cállate amor -lo retó Esme bajito. Aunque sonaba como si le diera vergüenza, de todos modos se notaba que se seguía riendo.
Esa fue una de las situaciones más vergonzosas y extrañas que me había tocado vivir hasta ese momento de mi vida.
-Familia de locos -dije muy fuerte-. Los odio a todos.
Creo que Alice consideró que ya era suficiente. O tal vez fue Jasper que ya no aguantaba sentir la vergüenza que yo sentía. El caso es que sin preguntarme mi opinión Alice me cargó escalera abajo, a través del primer piso, y todo el camino hasta la salida.
-Creo que nos merecemos un respiro -comentó Alice.
-Sí, eso fue incómodo -comentó Jasper haciendo un gesto de desagrado con la boca-. Se siente raro, esto de tener un niño en la casa.
-No soy un niño -argumenté, a pesar de que sabía que era inútil. Para ellos no era más que un juguete, o una mascota.
-¿Has hecho el amor alguna vez? -Me preguntó Jasper.
Me dieron ganas de matarlo. ¿Cómo diablos se atrevía a preguntarme eso?
-¡Jasper! -Lo retó Alice, que alargó el brazo con el que no cargaba mi peso y le dio un golpe en la nuca.
Sonó fuerte. Gracias Alice. Esperé que le doliera mucho. Él se frotó la nuca, aunque no parecía que le doliera particularmente. Desgraciado.
Dimos un paseo por el bosque. Ya había anochecido, pero podía ver todo perfectamente. Pensé que en algún momento Alice se cansaría de cargarme, pero no mostró signo de fatiga en ningún momento.
No hablamos mucho, pero aproveché de preguntarles qué animales se podían cazar en los alrededores de la casa.
-Los animales grandes no se acercan a nuestra casa -explicó Jasper-. Nuestro olor los espanta. Pero siempre puedes encontrar roedores, o aves.
-¿Y se puede beber la sangre de las ratas? -Pregunté con curiosidad.
-Debe ser posible -admitió-. Supongo. Nunca lo he intentado, pero imagino que debe ser repugnante.
-Sin mencionar que deben tener muy poquita sangre -agregó Alice-. Necesitarías beberte muchas ratas para sentirte medianamente saciado.
-Me imagino metiendo un montón de ratas en una máquina saca-jugo -dije riendo.
-El maravilloso RatJuiceExtractor -se burló Jasper-. Deberías inventarlo y patentarlo Daniela.
-¡Qué asco! -Se quejó Alice.
Decidí que intentaría cazar una rata, algún día, y probaría a qué sabía su sangre. Si comían las mismas cosas que los humanos, no podría saber tan mal. Y tal vez, si lograba escapar, podría ganarme la vida exterminando ratas. Comida y trabajo al mismo tiempo. Buen negocio.
Alice se detuvo, concentrándose en una visión.
-¿Qué ocurre amor? -Preguntó Jasper preocupado. Y sin pedir ni perdón ni permiso me agarró y me cargó él para liberar a su esposa.
-Nada grave -dijo Alice con una mueca de intenso desagrado en la boca-. Sólo vi a Daniela en el cobertizo, succionando una rata descabezada. ¡Pero qué asco, Dios!
-Fue solamente una idea aleatoria -me defendí-. Hasta ahora sólo he bebido sangre de cerdo. ¿Qué mal hay en que quiera probar la sangre de animales que no me den pena?
Jasper me puso en el suelo y fue a abrazar a su esposa.
-Cálmate amor -le dijo, y comenzó a cubrirle la cara de besitos.
Y ahí estaba yo, viendo cómo se acaramelaban los tórtolos. ¿Es que los vampiros no pensaban en otra cosa más que en sexo?
De pronto tuve una idea, y aproveché que había sido repentina. Estaban distraídos. Y sólo eran dos vampiros. ¡Fuga!
Comencé a saltar igual que un pitufo, poniendo toda mi energía vampira en alejarme lo más rápidamente que podía. Pero no funcionó. Los tórtolos dejaron de besarse y en un segundo ya me tenían agarrada.
-¿Adónde crees que vas? -Me dijo Jasper. Y me cargó sobre su hombro como un saco de papas. Indigno.
-¿Adónde crees? -Respondí enojada a su pregunta retórica.
-Lo siento -se disculpó Alice-. No lo vi venir.
-No es tu culpa, amor -le dijo Jasper-. Relájate.
Y me cargaron de vuelta a la casa. Así, como si fuera un saco de papas. En silencio y caminando rápido.
El resto de la noche no fue divertido. Me dejaron frente a la televisión, pusieron un canal de deportes, y se sentaron en silencio a vigilarme con cara de molestia. Al rato llegaron Edward y Bella, con cara de resignación, y los relevaron. Bella se puso a leer, y Edward cambió el canal a uno con un documental sobre los polos. Me aburrí pronto de ver pingüinos.
-¿No me van a volver a hablar? -Pregunté al final, cuando estaba claro que todos estaban enojados.
-Los vampiros no nos pasamos todo el día hablando -respondió Edward, con una voz fría y sin apartar los ojos de la televisión-. Acostúmbrate.
Fue el tono de voz, creo. Si me hubiera dado un fierrazo en la cabeza me hubiera dolido menos. Hubiera preferido que me agarraran a puteadas por haber intentado escapar. Por lo menos ahí podría haberlos puteado de vuelta.
Sentí ganas de llorar, y deseé despertarme de esa pesadilla en mi cama, en casa. Deseé poder ir a la cocina, sentir el olor a marraqueta tostada y tomar desayuno con mis padres y mi hermana.
Inspiré profundo y decidí seguir mi impulso. Vivir intentando escapar sonaba mejor que vivir como un hámster resignado en su jaulita. Total, los vampiros no se cansaban. Tenía años para intentarlo.
Me puse de pie y me alejé hacia la escalera saltando a lo pitufo. Tuve conciencia del daño que le hacía el bloque al piso de madera, y escuché un resoplido proveniente del sofá donde ellos estaban sentados. Antes de que llegara al primer peldaño ya me había agarrado un vampiro y me llevaba de vuelta al sofá.
Me depositaron nuevamente en mi sofá, y Edward se volvió a sentar en su puesto como si nada hubiera pasado.
Decidí dejar de pensar y, simplemente, me volví a poner de pie y volví a saltar hacia la escalera. Pero no alcancé ni a alejarme dos saltos cuando ya me había agarrado otra vez.
-Córtala -gruñó Edward-. Vas a romper el piso.
-Que se pudran tú y tu piso -murmuré, y apenas se sentó volví a pararme y a saltar.
Comenzamos a iterar, hasta que escuché un gruñido que venía del piso de abajo. A los segundos apareció Carlisle por la escalera. Quedó mirando las marcas en el piso de madera y comenzó a masajearse los ojos y sus alrededores. Luego miró a Edward y a Bella.
-¿Qué pasa?
Edward no apartó los ojos de la pantalla, y apuntó en mi dirección con la mandíbula.
-Eso pasa.
Carlisle suspiró, se acercó a la televisión y la apagó manualmente. Edward cerró los ojos, inclinó la cabeza hacia atrás, y resopló molesto. Bella cerró el libro, resignada.
-Alice y Jasper llevaron a Daniela a dar un paseo -explicó ella-. Intentó escapar. La trajeron de vuelta. Iniciamos nuestro turno. Intentó escapar nuevamente.
Carlisle torció la cara, con aspecto apesadumbrado.
-Pueden irse -les dijo.
Bella y Edward se pusieron de pie y se fueron sin hacer comentarios. Se oyó un portazo. Luego se oyó la puerta del cuarto de Alice y Jasper, y aparecieron ellos.
-Lo siento, Carlisle. No lo vi venir -se disculpó Alice.
-No es culpa de Alice, yo la distraje -reconoció Jasper.
-No estoy buscando culpables -murmuró Carlisle.
Me sentí cansada. Asqueada de toda la situación.
-Yo tuve la culpa -murmuré-. Pero no voy a decir que lo siento, porque sería mentira. No lamento haberlo intentado, sólo lamento no haberlo logrado.
Se oyeron dos gruñidos exasperados, de Edward desde su cuarto y de Alice a un metro mío.
-Pueden irse -les dijo Carlisle a Alice y a Jasper-. Nadie tiene la culpa.
Cuando nos quedamos solos, temí que comenzara a retarme, o a amenazarme con las mil penas del infierno. Pero sólo me tomó en brazos y me llevó al primer piso.
Esme estaba a los pies de la escalera, con rostro consternado. Iba a preguntar algo, pero Carlisle negó con la cabeza y ella volvió a cerrar la boca.
Fuimos a la salita donde me había despertado, y Carlisle sacó un libro de una estantería. Luego fuimos al cuarto de ellos. Carlisle me tendió al medio de la cama, y se recostó a mi lado. Esme se tendió al otro lado.
Quedé prisionera entre los dos, luego del prolongado silencio, sintiéndome podrida.
-Ahora nos vamos a relajar, y vamos a descansar -dijo Carlisle con calma-. Me pasó el libro que había traído.
Mi vida con el lama decía el título. No me sonaba para nada. En la portada había un gato. Miré a Carlisle a la cara. ¿Intentaba decirme algo con el libro aquel?
-Lee un rato, por favor -me dijo Carlisle-. Olvidemos lo que pasó.
Esme agarró un libro que tenía en su velador y lo abrió donde marcaba un papelito post-it. Alcancé a leer el título Whiteout. No tenía idea qué significaba. Intenté leer por sobre su brazo, pero era chino para mí. Ella se volvió hacia mí cuando vio que miraba su libro, y me sonrió amablemente.
-Es una novela de suspenso -me explicó-. El titulo (pronunció algo que me sonó a "guaitaut") significa atrapados por una tormenta de nieve.
-Ah. ¿Le gustan las novelas de suspenso?
-Sí, entre otras muchas cosas -dijo, encogiéndose de hombros.
Oí a Carlisle soltar el aire en una especie de suspiro de alivio. Me volví hacia él. Ya estaba leyendo. Era una especie de revista. Intenté leer qué decía, pero él la dejó fuera de mi campo visual al bajar el brazo por el lado de la cama.
-Lee tu libro -me dijo.
No le hice caso.
-¿Por qué no puedo ver qué está leyendo? -Pregunté.
Él suspiró, y volvió a levantar el brazo.
-Es una publicación técnica. No te va a interesar -respondió.
Y tenía razón, me dio hasta paja leer el título. Otro idioma. Y la foto de la portada tampoco me decía nada.
-Ok -respondí.
Él y Esme se rieron.
-Lee tu libro -insistió, y luego abrió su revista y me ignoró rotundamente. Esme hizo otro tanto, aunque los dos parecían estarse riendo de un chiste que no querían compartir conmigo.
Miré nuevamente el libro que me habían pasado. En la portada, aparte del título, decía Fifí Bigotes Grises G.S.P y me pregunté qué idiota podía tener un nombre tan tonto. O que tonto podría haber escogido ese seudónimo para escribir un libro. Más abajo, en letra muy pequeña, decía Traducido del idioma de los gatos por Lobsang Rampa. Ah. Eso respondía a mi pregunta. El nombre ridículo en letra grande no debía ser el autor real del libro.
Lo giré, esperando que la contratapa trajera un resumen del libro. Pero sólo era la continuación del dibujo del gato. Me dio paja. Lo dejé a un lado, en el escaso espacio que quedaba entre Carlisle y yo, sin abrirlo. Cerré los ojos.
Al menos estaba haciendo uso de la escasa libertad que me quedaba, al no seguir la orden "lee tu libro" de Carlisle. Para mí, esa farsa de familia se podía podrir en el infierno. Ni siquiera eran una familia de verdad. Era un aquelarre de vampiros. Eso era. Una asociación formada por motivos prácticos. Un grupo de monstruos que fingían ser humanos porque les convenía.
Pasó mucho rato, y comencé a aburrirme. No a aburrirme en forma humana, de esa forma en que tienes que moverte y hacer algo. Este era un aburrimiento de vampiro, un tedio desagradable pero que puedes resistir perfectamente. Sentí que podría soportar esa inactividad sin interés por días si fuera necesario. Era una sensación curiosa. Ni siquiera tenía la necesidad de moverme. Hice la prueba, y me quedé completamente quieta y con los ojos cerrados. Dejé de respirar. Ya no sentía el olor a la casa, ni a los dos vampiros que me rodeaban. No podía verlos, pero mi cuerpo sentía sus presencias a ambos lados. Era una sensación un poco desconcertante.
Me concentré entonces en los ruidos. Podía oír la madera de la casa crujir. Podía escuchar los ocasionales murmullos muy bajitos del resto del aquelarre. Podía oír afuera el sonido del viento en los árboles, de los insectos. Incluso podía sentir algunos corazones pequeños latiendo rápidamente ahí afuera. Instintivamente inspiré para sentir el aroma de esas potenciales presas, pero la mezcla de olores de la casa y de sus habitantes era tan intensa que no sentí el olor de nada más. O tal vez estaban demasiado lejos como para que pudiera olerlos.
-Parece que se murió la Daniela -dijo Esme de pronto. Capté el tono risueño y supe que no hablaba en serio. Intenté no sonreír, y creo que lo conseguí aunque con dificultad.
-Bueno, ya era hora. De todos modos me caía pésimo -le respondió Carlisle.
A pesar de su tono de broma que fingía ser serio, sentí algo desagradable en la guata. ¿Habría algo de verdad en esa afirmación?
-¿Qué hacemos con el cadáver? -Preguntó Esme bajito, como si fueran cómplices de asesinato.
Sentí curiosidad, y me costó no reírme.
-Escondamos el cuerpo en el armario, para que no lo vean los niños -sugirió Carlisle igual de bajito.
-¿Y qué les diremos mañana cuando despierten y no vean a su hermanita? -Murmuró Esme, con tono de complicidad.
¿Hermanita? Eso me molestó. Yo no consideraba hermanos al club porno del segundo piso. Me pregunté si estarían escuchando todo arriba. Me concentré en captar ruidos, pero no oí nada. ¡Ah! ¡Sí! Una risita camuflada muy bajita. Alice. Seguro que los otros también estaban escuchando.
-Pues que la dejamos afuera para que los lobos se la comieran -respondió Carlisle como si fuera obvio.
Encontré morbosa su respuesta. Tuve que controlarme para no fruncir el ceño.
Pensé que Esme respondería, pero no dijeron nada. Me pregunté si se habrían puesto a leer nuevamente, pero no podía escuchar el sonido de las páginas a ninguno de los lados. Tampoco se habían ido, seguía sintiendo sus cuerpos a ambos lados.
Estaba tan concentrada que cuando sentí una mano en mi cabeza me sobresalté y el instinto me forzó a tomar aire para sentir los olores del peligro.
-Era una broma -me dijo Carlisle suavemente, mientras me acariciaba la cabeza-. Si te asusté por favor perdóname.
-No me asusté, sólo me sobresalté -le dije muy rápidamente.
-Me refería a lo que dije de los lobos -me dijo muy serio.
Lo miré. Miré a Esme. Avergonzado. Preocupada.
-No hay problema -les dije.
Carlisle pareció aliviado, y antes de que pudiera hacer a un lado la cabeza me había plantado un beso en la frente. Puaj. No era su maldita hija. Me pasé la manga por la frente (no porque me hubiera dejado rastros de algo, sino para enfatizar mi rechazo) y lo miré feo.
-No vuelva a hacer eso. No soy su puta hija.
Ambos se sobresaltaron. Y creo que no fue porque dijera "puta". Carlisle tenía cara de haberse tragado un limón. Esme también. Él compuso la cara en un instante, volviendo a su habitual cara de calma.
-Tienes razón. Lo siento. Me dejé llevar -respondió con amabilidad. Con fría amabilidad.
Me sentí horrible. Como la peor persona del mundo. Pero no fui capaz de echarme para atrás.
-Ok. Perdón concedido -murmuré-. ¿Sería posible que pasara un tiempo en mi cuarto? Prometo no saltar por la ventana ni escapar por la puerta.
Carlisle y Esme parecían tristes.
-Ya son pasadas las siete de todas formas -respondió Carlisle-. Hora de levantarse, arreglarse e ir al trabajo.
Eso fue como si hubiera tocado la diana en el regimiento, porque de inmediato comenzaron a sentirse ruidos en el segundo piso. Vampiros abriendo muebles. Vampiros tomando duchas. Vampiros vistiéndose. Incluso vampiros tendiendo camas. Vampiros levantando libros y cuadernos. Vampiros llenando mochilas. Mochilas cerrándose. Lápices y otros útiles moviéndose dentro de estuches… El concierto matutino de cuatro escolares antes de ir al colegio, aunque a una impresionante velocidad.
Carlisle se metió al baño, y Esme me levantó sin decir una palabra y me llevó escalera arriba.
En la sala de la televisión estaba Jasper, ya listo y sentado, esperando. Me miró sin ninguna simpatía. Frialdad. Sentí una ola de frialdad cuando llegué al segundo piso.
-Jasper… -le pidió Esme con voz conciliadora-. No hagas eso por favor.
-Bueno mamá, pero sólo por ti.
¿Mamá? Desde que había llegado a esa casa no recordaba haber escuchado a ninguno llamar mamá a Esme. Bueno, Alice había llamado papá a Carlisle, cuando intentaba manipularle para que les prestara el auto. Pero tenía la impresión de que los "roles" padre-madre de la familia eran más bien de carácter práctico, por la edad en que habían sido transformados. Sentía que Carlisle eran más bien como el director-fundador de la empresa y Esme su asistente personal.
Esme me sentó suavemente sobre el berger de mi cuarto. Se fue a mi armario y sacó mi bolsa con cosas de dibujo. Me las pasó. Creo que quería hacerme cariño, pero se contuvo. Acercó todo lo que pudo su boca a mi oído sin tocarme y me dijo tan bajito que estuve segura de que nadie más iba a oír "por favor intenta no escapar".
Sentí un nudo en la garganta, y asentí. La había cagado. Y el aquelarre entero se había tomado mi rechazo como un insulto a su líder.
Esme se fue, y por desgracia dejó mi puerta abierta. El primero que pasó frente a ella fue Edward, que me dirigió una mirada de rechazo. Al rato pasó Bella, vista al frente, fingiendo que yo no estaba ahí. Finalmente pasó Alice en sentido opuesto, corriendo desde el baño, apurada y dejando a su paso una nube invisible de olor a productos cosméticos. No miró dentro de mi cuarto. Pero, luego de un minuto, volvió a pasar, ya arreglada. Se veía muy bonita a pesar del espantoso jumper (que todavía era obligatorio en las escuelas rurales de mi país). Esta vez se detuvo y entró a mi cuarto. Dudó cerca de mí. Finalmente me dijo muy bajito que todo mejoraría. Que confiaba en mí.
Se fue, y me quedé pensando en lo que me dijo.
Oí como se juntaban en la entrada. Los oí hablar, pero estaban usando su idioma y no entendí ni palote. Creo que tuvieron una pequeña discusión. Carlisle les dijo algo que sonó como a una orden. Luego escuché cortas respuestas, como si aceptaran algo a regañadientes. Luego Esme les dijo algo, y ellos le respondieron más animados. Luego fue la puerta cerrarse. Luego el auto alejarse. Y luego nada. Los sonidos de la casa. Los sonidos del bosque.
Pensé que Esme subiría a buscarme, pero no lo hizo. Deseé que lo hiciera. Volví a sentir al elefante apretándome el cuello, pero ya no había nadie al lado para abrazarme. Me esforcé en no emitir sonido alguno. Sentía vergüenza. No sabía si los odiaba más a ellos o si me odiaba más a mí misma.
Dejé la bolsa con cuidado en el suelo para no hacer ruido. No tenía ganas de dibujar. De hecho, al ver el regalo me sentí peor. Carlisle y los demás habían intentado hacerme feliz. Aunque me tuvieran secuestrada. Aunque me hubieran condenado a una existencia eterna y vacía. Aunque ellos tenían toda la culpa de lo que me había pasado (bueno, en un 99,9%), al menos estaban intentando hacerme feliz. Me habían dejado en claro que esperaban que llegara a formar parte de su familia algún día. Si yo quería.
El problema es que yo no quería.
Sentí ruido abajo. Esme había puesto música. Música clásica. Piano. No era un piano de verdad, ya que en la casa no había piano. Y podía escuchar los defectos del sonido al salir de un equipo electrónico. Luego escuché los sonidos que había escuchado el día anterior. Esme limpiaba. Esperé con impaciencia que viniera a limpiar el segundo piso, pero no subió.
Al cabo de un rato la escuché en la cocina. Luego la oí en la salita, ese living chiquitito. Escuché como prendía la chimenea. ¿Tenía frío? ¿Podían sentir frío los vampiros?
El olor a quemado respondió a mi pregunta. Olor a galletas quemadas. Esme estaba incinerando nuestras galletas, como toda la comida que se descomponía.
Fue una larga mañana.
Fue una tarde todavía más larga.
Caí en una especie de letargo. Podría haber intentado saltar por la ventana. Pero no lograba encontrar las ganas de hacerlo. ¿Qué haría una vez que estuviera afuera? Aunque consiguiera volver a casa saltando, posiblemente me abalanzaría sobre mi madre y me bebería su sangre. Mi padre y mi hermana estarían en el trabajo y el colegio, por suerte. ¿Y luego? Seguramente saldría de ahí saltando, horrorizada por lo que hice. Le habría quitado su madre a mi hermana. Le habría quitado su esposa a mi padre. Habría conseguido hacerles todavía más daño que el que ya les había hecho.
Me sobresalté cuando escuché a lo lejos el sonido del todoterreno de Carlisle. Casi al instante Esme cortó la música que había sido el ruido de fondo todo el día.
No quería que me vieran. Lo estaba pasando mal, y me hubiera gustado tener un poco de privacidad. Pero, por otra parte, tampoco quería que me ignoraran.
No subieron. Oí como hablaban, nuevamente en inglés. Esme les daba la bienvenida. Ellos le respondían. Parecían contentos de estar de vuelta. Carlisle les dijo algo que sonaba a una orden. Alice y Bella se quejaron. Carlisle insistió. Se desplazaron hacia la salita pequeña y escuché como se deshacían de los bultos y los depositaban en el piso. Debían de ser las mochilas. Siguieron hablando. Carlisle parecía hacer preguntas. Edward y Alice respondían bastante. No se oían enojados. Tampoco animados. Jasper intervino algunas veces. Esme parecía sugerir algo. Carlisle no parecía estar de acuerdo. Otra pregunta de Carlisle. Bella con una respuesta breve que sonaba como si algo le fuera indiferente. Luego todos se dirigieron de vuelta a la entrada de la casa, salieron a la terraza, y caminaron alejándose de la casa. ¿Me habían dejado sola?
Escuché con atención. No. Me había equivocado. Solo cuatro vampiros se alejaban. Los otros dos se devolvían. Volvían a entrar.
Esperé a que subieran. Deseé que lo hicieran. No podían ignorarme para siempre ¿O sí? Ahora que los otros se habían ido ya no me daba tanta vergüenza que la puerta de mi cuarto estuviera abierta.
Me esforcé en escuchar. Estaban hablando, pero casi no podía oír. Y, de lo poco que oí, no entendí nada.
Finalmente se desplazaron nuevamente. Subieron la escalera. En la salita se separaron. Unas pisadas se fueron hacia la televisión. Esme. Ya reconocía su forma de caminar. Los otros pasos se acercaron a mi cuarto. Carlisle. También podía reconocer su forma de caminar.
Bajé la vista, avergonzada, antes de que llegara a la puerta. Por el cambio en la luz supe que estaba parado en el umbral.
Se quedó unos segundos ahí, en silencio, esperando. No conseguí levantar la vista. Quería que dijera algo. Lo que fuera. Que me perdonaba o que me mataría ahí mismo con un lanzallamas.
-¿Daniela? -Preguntó finalmente, con tono inseguro-. ¿Quieres hablar?
No conseguí responder. Sentí la opresión en el pecho y la necesidad de inspirar profundamente para hacer que el elefante se parara y dejara de apretarme.
Carlisle entró, y juntó la puerta sin hacer ruido. El sonido de la televisión se apagó débilmente. Esme estaba viendo un programa de cocina. El canal Gourmet. Estaban enseñando a hacer alguna clase de masa. Aunque probablemente Esme estaba más pendiente de lo que ocurría en mi cuarto que de las instrucciones para hacer hojaldre.
Carlisle se paró frente a mí. Quería decirle algo. Que lo lamentaba, creo. Pero no conseguí decir nada. Sentía que si abría la boca me pondría a llorar sin remedio.
Carlisle se agachó muy lentamente frente a mí. No me tocó. Esperó. Creo que estaba esperando que yo dijera algo, o hiciera algo.
-¿Quieres que salga? -Murmuró luego de un buen rato.
Se me apretó más el cuello. Negué con la cabeza, porque seguía sin poder hablar. Él soltó el aire que estaba conteniendo. Levantó una mano lentamente y me la acercó a la cara. No me moví. Sólo me pasó un dedo por la mejilla casi sin tocarme. Y se rompió el dique. Figurativamente hablando, claro. Comencé a llorar. A lo vampiro. Llanto seco. Pura tiritona.
Carlisle se relajó, y me abrazó. Me pasó una mano por la espalda como lo hacía Esme, aunque Carlisle apretaba mucho menos.
No podía parar. Tenía pena por todo. Por mi familia que no volvería a ver. Por la familia de vampiros que no entendía. Porque en realidad ya no pertenecía a ninguna. Porque no me gustaba mi vida. Porque ya ni siquiera podía esperar que la muerte acabara en forma natural conmigo. Porque nunca podría hacer lo que siempre había querido. Porque nunca sería independiente. Porque no me gustaba tener 14, y ya nunca llegaría a los 15. Porque nunca encontraría una pareja. Porque nunca tendría hijos. Porque nunca tendría nietos. Porque nunca tendría un trabajo. Porque mi puta vida se había ido a la puta mierda y ni siquiera conseguía llevarme bien con los putos vampiros con los que estaba condenada a vivir esta puta existencia de mierda. ¡La puta que los parió!
Por suerte Carlisle no podía oír los pensamientos.
Eventualmente, me calmé. Pude respirar con más tranquilidad, en vez de tiritar como un motor mal afinado.
-Ya… -murmuró Carlisle bajito-. No estás sola. Todo va a mejorar.
-Nunca va a mejorar -respondí-. Odio mi vida.
-Vamos a encontrar la forma de que la odies menos -me prometió.
-No -respondí, con las semillas de un plan en mi mente. Un plan en el que los vampiros sí podían ayudarme. Un plan con el que tendrían que estar de acuerdo porque no ponía en riesgo la seguridad de su familia. Un plan que pondría fin al problema para siempre-. Quiero que me ayudes. Pero a resolver esto.
-¿Qué necesitas? ¿Cómo te puedo ayudar? -Ofreció Carlisle.
-Tengo una idea -murmuré-. Pero por favor escúchala hasta el final, ¿ok?
-Te lo prometo. Habla con toda tranquilidad.
Iba a darme ánimo para contarle mi plan, cuando sonó el celular de Esme. Ella cortó la llamada rápidamente. Me extrañó que no la contestara.
-Dime -me animó Carlisle, como para evitar que me distrajera.
-Me gustaría que ustedes hicieran algo por mí -inspiré aire, rogando porque no me rechazara-. Me gustaría que me quemaran, y que lo filmaran.
Carlisle jadeó y se quedó tieso. Fue como en estéreo porque al mismo tiempo oí jadear a Esme. Pero no me interrumpió.
-Me gustaría hacer creer a mi familia que morí quemada en alguna circunstancia. La que sea. Un auto en llamas. Un culto satánico. Una caída al cráter de un volcán… Lo que sea. Lo que ustedes prefieran. Deseo que ese video llegue a manos de mis padres, de alguna forma que no los incrimine a ustedes, para que ellos tengan la certeza de que morí y que puedan vivir el duelo sin quedarse con la duda. Y, si es posible -me atraganté-, me gustaría que dejaran… Mis cenizas… En el patio de mi casa.
Me costó terminar la frase. Volvía a tiritar como una poseída.
Carlisle me abrazó con más fuerza. Me acarició la espalda, la cabeza. Pero seguía sin contestarme.
-Por favor -insistí después de un rato.
-No puedo hacer eso -murmuró Carlisle, con la voz quebrada.
-Por favor -insistí.
Estuvimos un buen rato así. Se volvió a escuchar el celular de Esme. Soltó algo que sonó a una maldición en otro idioma pero esta vez contestó. En otro idioma. Sentí como Carlisle ponía atención. Tuve la sospecha de que sería Alice, intentando desbaratar mi plan.
-¡Corta! -Le grité a Esme. Carlisle hizo un ruido como de dolor cuando grité junto a su oído.
Se produjo un silencio. Hasta quien estaba del otro lado de la línea se quedó callado. Pero no colgó. Me dio la sensación de que hasta ellos estaban escuchando lo que hablábamos. ¿Sería posible? Tenía que apurarme en sacarle la promesa a Carlisle.
-Por favor -insistí. Me separé de su abrazo para obligarle a mirarme a los ojos. Su cara me asustó. Parecía muy triste y muy desesperado. Negó con la cabeza.
-No puedo -me explicó-. Sé que te cuesta entenderlo, pero es que simplemente no soy capaz.
-Los otros pueden hacerlo si tú no quieres. Pero quiero que me prometas que lo harán. Tú personalmente, o con la ayuda de tu familia.
Cerró los ojos. Parecía como si estuviera rezando. Se tardó un rato. Afuera, irónicamente, comenzaron a sonar los grillos.
-Sólo si me prometes algo a cambio -dijo finalmente.
-¿Qué?
-10 años. Vive 10 años con nosotros. Y te doy mi palabra que si dentro de 10 años sigues con ese deseo, lo haré.
Escuché jadear a Esme, aunque no supe si era de horror o de alivio. Se volvió a escuchar una voz muy rápida en el celular, y Esme le contestó, igual de rápido. Tan rápidamente que, aunque hubiera sido castellano, un humano chileno jamás habría entendido.
En el canal Gourmet ya no estaban haciendo pasteles. Ahora estaban enseñando a aliñar carne para la parrilla. Lo hallé anticlimático.
Carlisle me agarró la cara con las manos y me obligó a girar la cabeza de forma que lo mirara a él. No me había dado cuenta de que había girado la cabeza hacia la salita de la televisión. Al mirarlo a la cara, sentí alivio de que ya no pareciera desesperado. Algo triste, eso sí. Pero creí detectar algo de humor en sus ojos. ¿Se estaba burlando de mí? ¿O la voz del celular acababa de contar algún chiste? No me había parecido que el rápido torrente de palabras fuera en tono de chiste. Aunque vaya uno a saber con estos vampiros. Me sentí un poco ofendida.
-¿Me prometes esperar 10 años? -Insistió.
Me sentí chantajeada. Yo quería acabar con el problema ahora. Dejar de sufrir ahora. No esperar 10 putos años.
-Creo que en Chaitén hay un volcán activo -le dije-. No necesito su ayuda para saltar dentro. Me hubiera gustado que me ayudaran a llevarle paz a mi familia, pero si usted no quiere no puedo obligarlo.
Y el vampiro se rio. El. Puto. Vampiro. Se. Rio. La puta madre que lo parió…
La cara que le puse hizo que dejara de reírse.
-¿Me prometes esperar 10 años? -Insistió, en forma seria, aunque se notaba que por dentro seguía contento.
-No.
-Ok, entonces sólo me queda vigilarte día y noche para que no lo consigas -dijo.
-¿Y en 10 años más me ayudarás? -Le pregunté.
-No.
-¡Pero prometiste!
-No. Te dije que te prometía ayudarte solamente si tú me prometías primero que esperarías 10 años.
Gruñí. Maldito manipulador.
-Ok, te lo prometo -le dije al final-. ¡Pero en 10 años tienes que cumplir tu palabra!
-Sólo la cumpliré si tú cumples tu parte y no intentas inmolarte dentro de esos 10 años. Si lo intentas te traeré de vuelta a casa del pelo, y te puedes ir olvidando de nuestro trato. Y con inmolarte me refiero a cualquier intento de hacerte daño.
-¿Eso incluye si me tratan de matar vampiros de otros aquelarres?
Carlisle puso mala cara.
-Eso no tiene gracia Daniela.
Yo no estaba intentando ser graciosa.
-Pero podría ocurrir. ¿Qué pasa si dentro de los próximos 10 años tu familia se encuentra con otro aquelarre, y se pelean, y ellos intentan matarme? A mí no me molestaría que lo hicieran, pero tampoco quiero que si tu familia me salva luego me digas que yo incumplí mi parte del trato.
-Ok -contestó Carlisle, con claras ganas de zanjar el tema-. Si un aquelarre intenta quemarte, y conseguimos salvarte, no te lo tomaré en cuenta.
-Ok entonces. Aunque en 10 años no me va a servir de mucho el plan -le dije-. Porque el video ya no va a ser creíble. Pareceré de 14 cuando se supone que tengo 24.
Carlisle resopló divertido. Tuve la sensación de que no pensaba cumplir con su parte del trato. El notó mi cara de desconfianza y se puso serio.
-Lo filmaremos con una cámara de esta generación -me explicó tranquilo, como si estuviera discutiendo la mejor forma de lavar el auto-. Así, técnicamente, parecerá un video de esta época. Ahora la tecnología avanza muy rápido.
No pude rebatir su lógica. Aunque igual me tostaba que mis padres tuvieran que esperar 10 años. Aunque bueno, mejor 10 años a que nunca supieran nada.
Sentí que Esme decía algo que sonaba a despedida en el teléfono y colgaba. Luego apagó la televisión y se acercó a mi cuarto. Me dio vergüenza. Ella había escuchado todo. Por suerte los otros cuatro no estaban. Aunque sospechaba que Alice había visto todo y se los había contado. Seguro.
Carlisle me tomó en brazos antes de que Esme abriera la puerta. Me sonrió.
-Sé que no soy tu padre -me dijo-. Pero, sólo por esta vez, ¿puedo darte un beso en la frente como a mis hijos?
Me sentí podrida al recordar lo que le había dicho en la madrugada. Y oí que Esme se había quedado quieta en el pasillo.
-Bueno. Siento haberte tratado mal en la mañana.
Me dio un beso en la frente, y luego otro en la cabeza.
-Gracias. Y gracias por tutearme también.
No me había dado cuenta de que ya no lo trataba de usted. ¿En qué momento había sido?
Esme finalmente entró, con evidente alivio en la cara. Carlisle me puso en sus brazos como si fuera una puta guagua y eso me mosqueó. Intenté soltarme, pero Esme no me dejó. Me abrazó de una forma que no podía ni moverme, y me besó tanto que me sentí cabreada E incómoda.
-Ok… Ok… -Le dije para que parara, pero intentando que no se sintiera rechazada. Traté de suavizarlo con un poco de humor-. Total, tienes todavía 10 años para expresar tu vampirezco afecto.
Eso borró su sonrisa en forma automática. Me maldije. Otra vez la había cagado. Aunque bueno, mejor se iba a haciendo a la idea que no sería uno de sus bebés por toda la eternidad.
-Tienes 6 hijos por los que vivir -le dije en forma práctica-. Lo superarás.
Puso cara de desconcierto. ¿La había cagado todavía más?
-Ok. ¿Qué debo decir para que cambies la cara de funeral? -Le pregunté.
Carlisle se llevó una mano a la cara, y se la pasó lentamente por el rostro.
-Mejor no digas nada tesoro -me respondió Esme esforzándose por sonreír. El efecto era pésimo, se le veían todos sus dientes de vampiro. Se parecía al gato de Alicia en el país de las maravillas.
Pero no se lo dije. No quería cagarla más.
-.-
