AN: Quería probar con otros puntos de vista, y reescribí el primer capítulo de "No juegues en el bosque" desde el punto de vista del líder del clan. No escribiré toda la historia desde su punto de vista, pero pensé que a los poquitos lectores que disfrutaban de mi historia podría gustarles ver cómo me había quedado este experimento.
Capítulo 1 extra (pdv Carlisle)
"¿Adónde iremos ahora?" me pregunté preocupado, mientras conducía saliendo del pueblo. Otra vez deberíamos mudarnos, aunque esta vez no estaríamos huyendo de los hombres lobo, por suerte. Otro accidente. Otra vez Jasper. ¿Cuántas veces les había dicho que debían cazar seguido? Mis tres hijos creados tendían a hacerme caso en forma instintiva, obviamente. Y Bella, cuando no se le ponía algo entre ceja y ceja, tendía a obedecer a su esposo al menos. Pero mi pequeña hada y su guerrero se inclinaban más ante sus propios instintos y deseos.
Mi amada me había llamado desde la casa, explicándome que Jasper había mordido a una humana y rogándome que volviera a casa. Le pregunté si debía recoger a los niños en la escuela, pero me dijo que no. Eso me había extrañado, y preocupado. Pero confié en su criterio, como siempre.
Me esperaba en la entrada de la casa, con gesto apenado. Junto a ella estaban Alice y Jasper, con expresiones culpables. Mi pequeña clarividente parecía preocupada, y eso me alarmó.
-¿Qué ocurre? -Pegunté, tras estacionar.
-Yo ataqué a una humana, y sigue con vida -confesó mi hijo, levantando la vista, avergonzado y asustado.
-¿Creaste a otro de nosotros sin consultarnos? -Le pregunté, ocultando la ira que comenzó a invadirme ante tan descarada insubordinación.
-Fue un accidente papá -reconoció Alice de inmediato.
Los miré a los ojos. Oscuros. Cuando no. ¿Tendría que alimentarlos yo mismo para asegurarme de que no anduvieran sedientos? Dios… ¡Si ya estaban grandes para saber que debían cazar!
-¿Dónde está? -Pregunté resignado.
-En el bosque, cerca de la escuela -respondió Jasper, asustado.
-¿La dejaron sola ahí? ¿Dónde cualquiera podría verla? -Los increpé, ya sin ocultar mi enojo ante tal muestra de irresponsabilidad.
-No es tan cerca de la escuela -alegó Alice, con temor-. Y no nos atrevimos a traerla hasta nuestra casa, por miedo a que eso pudiera comprometernos.
Respiré profundamente, un hábito humano que había conservado y que aún me ayudaba a calmarme.
-Vamos -murmuré.
Seguimos el rastro de ellos, y me sorprendió que también estuviera el de mi esposa. ¿Ella había ido hacia allá, y había accedido a dejar a un humano en proceso de transformación solo, en el bosque? La miré mientras corríamos, y como siempre ella pareció entender lo que me pasaba por la mente. Me miró con gesto de disculpa.
Cuando llegamos, me quise morir. Habían mordido a una niñita. ¿Por qué seguía con la cabeza sobre sus hombros?
-¿Por qué no la mataron? -Pregunté amargado.
-Pensamos que tal vez tú serías capaz de extraerle el veneno -explicó Jasper.
Me acerqué a la niña, y la olí con cuidado. Ya no había nada que hacer, el veneno ya había invadido sus órganos. Sólo quedaba hacer lo necesario, la triste tarea. Odiaba matar. Y odiaba sobre todo tener que matar a una niñita inocente. Al menos no sabría lo que le ocurría, y terminaría con el dolor que obviamente la mantenía completamente inconsciente de lo que ocurría.
"¡Mátenme!", gritó la niñita en ese momento, en español, lo que me hizo pensar que tal vez no estaba tan inconsciente. Aunque mantenía los ojos cerrados, había oído personas hablando a su alrededor. ¿Habría comprendido nuestras palabras, a pesar de no ser su idioma?
Bueno, como fuera, era mejor acabar de una vez. Inspiré, y le agarré la cabeza con fuerza.
-¡No! -Me interrumpió mi esposa, arrodillándose detrás de mí y quitando mis brazos de la cabeza de la niña.
-Esme… -Me volví hacia ella-. Mírala… No podemos…
-Tiene casi quince, de acuerdo a su carnet de identidad -dijo Alice-. Vi que sería una de nosotros.
Miré a la niña, con duda. Esa criatura no podía tener más de doce. Trece, con suerte. La olí nuevamente. Aparte de la ponzoña, no tenía los olores clásicos de la adolescencia, ni de los ciclos menstruales. Aunque no era bonita, tenía en su piel y sus mejillas las muestras de la infancia. Hubiera apostado por diez u once años.
-¿Están seguros? -Pregunté.
Alice tenía la mochila de la niña en la mano, y sacó de una billetera con un diseño infantil de caballitos una cédula chilena. La miré. Se veía auténtica, y la foto parecía coincidir. Decía que la niña había nacido el 16 de junio de 1999.
-Por favor -murmuró mi esposa en mi oído.
-Carlisle tiene razón, mamá -dijo Jasper, poniéndole una mano en el hombro-. Es un peligro. De haber sabido que Carlisle no podría extraer el veneno yo mismo lo hubiera hecho.
-¡En ese momento todavía era posible! -Se defendió Alice, desesperada-. Pero Carlisle hubiera tenido que correr directamente hacia acá.
-¿Y por qué no me llamaste para que corriera directamente hacia acá? -Le pregunté a mi hija, con cierta dificultad para ocultar mi decepción.
-Porque si continuaba siendo humana pensé que terminaría contando nuestro secreto -confesó Alice.
-Por favor -me rogo nuevamente mi esposa, y cedí.
-Está bien -murmuré, a pesar de estar convencido de que lamentaría mi decisión más tarde.
-¡No podemos! -Dijo Jasper, y agarró la cabeza de la niñita él mismo, decidido a ser quien actuara con lógica y sangre fría. En una fracción de segundo ya estaban mi esposa y mi hija sujetándole los brazos.
-Por favor, hijo -le rogó Esme.
-Amor… -Le rogó Alice.
-Permitiremos que termine de transformarse -dije en voz alta, a regañadientes-. Nadie le hará daño, y es una orden -agregué, a pesar de estar consciente de que sólo Esme se sentiría inclinada a obedecerme. Por desgracia, mis dos hijos sólo me harían caso si querían y tomaban la decisión consciente de hacerlo. Pero normalmente me respetaban lo suficiente como para acatar lo que les solicitaba.
-Debí haberla matado -murmuró Jasper, amargado.
-Pero no lo hiciste -le contesté en tono práctico, ocultando mi decepción. Me puse de pie, y lo abracé. Eso pareció calmarlo, y mi esposa y Alice le soltaron los brazos-. Te felicito por no haber seguido bebiendo, hijo. Es un gran paso el que lograste dar.
Jasper se puso a llorar, cosa rara en él. Le besé la frente y la cabeza, aprovechando de hacerle todo el cariño que normalmente él tendía a evitar.
-Todo estará bien -le murmuré al oído, a pesar de que yo mismo tenía mis dudas. Al ver, por sobre el hombro de mi hijo, que Alice desviaba la vista hacia un lado evitando mirarme a los ojos tuve un mal presentimiento. Con aprensión me pregunté si no estaría condenando a toda mi familia a muerte al dejar transformarse a la niña.
Vi que Esme se acercaba a ella, que seguía convulsionando con los ojos cerrados, y la tomaba en brazos con gesto tierno. Mi pobre esposa quería un bebé que yo jamás podría darle. Supuse, amargamente, que si todos acabábamos muertos al menos la habría dejado disfrutar un tiempo. Porque, aunque ambos amábamos a nuestros seis hijos como si los hubiéramos visto nacer, eran todos más bien mayores.
Siete hijos. Tendría siete hijos. Sólo esperaba no estarlos condenando todos a muerte con mi decisión. Y estaba el otro problema: aunque sobreviviéramos a la experiencia, la niña había sido convertida por Jasper. No tendería a obedecerme a mí. Y, por la edad, tendría que dejarle en claro desde el primer momento quién era el líder. "¡Dios, dame fuerzas!" pensé como tantas otras veces. Quise creer que me las daría, como siempre. Mal que mal, seguía vivo.
-Debemos cargar a la niña y sus objetos personales sin tocar nada -les recordé-. Quemaremos todo en casa. No podemos dejar nada que huela a ella. Y, en el camino, no debemos tocar ni una ramita con nuestras ropas, ya que también tenemos su olor humano sobre nosotros. Deberemos quemar nuestras ropas apenas lleguemos a casa. Los tres asintieron, entendiendo la gravedad de la situación y la importancia de estas medidas.
Mi esposa tomó a la niña con cuidado, apretando bien sus brazos y piernas para que no tocara nada accidentalmente en el camino. Alice volvió a meter la billetera en la mochila. Ambas me miraban expectantes. Esme parecía contenta. Alice fingía estar contenta, aunque no me engañaba. Tendría que hablar seriamente con ella más tarde.
Le pasé la mano por la espalda a mi hijo, y le volví a besar el pelo.
-Vamos a casa hijo -le dije con calma-. Todos cometemos errores, y estoy muy orgulloso de ti por haber conseguido no seguir bebiendo.
-Gracias papá -murmuró conmovido.
Lo apreté más fuerte, y luego lo separé un poco de mí y lo miré a los ojos. Aunque seguían oscuros por la sed, tenían un tono algo más rojizo que los de su esposa. Él notó que se los miraba, y bajó la vista avergonzado.
-Ambos están castigados de por vida -les dije-. De ahora en adelante, cazarán al menos una vez por semana, sin discusión, o los separaré de habitación por todo un año. ¿Entendido?
Era una amenaza muy dura, lo sabía, ya que para los de nuestra especie resulta doloroso permanecer separados. Y, aunque sabía que igual podrían salir y buscar intimidad fuera de la casa, era un duro golpe no ser capaces de hacerlo bajo su propio techo, y no tener un espacio privado en común para compartir el día a día. Ambos me miraron apropiadamente inquietos. Como siempre con ellos dos, temí haber ido demasiado lejos. Vivía con el miedo de que un día decidieran abandonar nuestra familia. Era difícil encontrar el equilibrio. Con Bella era más fácil, ya que ella se quedaría donde sea que su esposo estuviera, y Edward jamás volvería a desafiarme. Ya lo había hecho, en el pasado, con catastróficos resultados. Ahora confiaba y me obedecía sin cuestionar, aunque no estuviera de acuerdo. Rosalie y Emmett argumentaban con energía, y rezongaban mucho, pero siempre terminaban haciendo caso al final.
-Sí papá -respondieron de inmediato.
Nos pusimos en camino, tras verificar que no quedaba un solo pelo de la niña en el lugar. Alice incluso metió en la mochila las hojas secas que habían estado en contacto con su cuerpo, y Jasper volvió a esparcir hojas secas sobre el área, dejando todo completamente "virgen", al menos para los humanos y sus deficientes olfatos. Aunque sabía que no había más vampiros en el área, rogué que no se acercara algún nómade al área antes de que nuestros rastros se hubiesen terminado de borrar.
Cuando llegamos al patio de la casa, tomé la mochila de la niña de las manos de mi hija. Con un gesto a mi esposa ambos nos volvimos hacia el bosque, y pude oír como mis hijos se desnudaban. Estiré un brazo hacia atrás y ambos me pasaron sus ropas y zapatos escolares. Tendríamos mucho que quemar ese día. Los oí meterse a la casa y ambos volvieron ya vestidos. Alice me tendió una bolsa grande de basura para que metiera todo adentro y pudiera tener las manos libres. Lo hicimos, con cuidado.
-Vayan a cazar lobos marinos y vuelvan de inmediato -les ordené. No tenía tiempo de ir a comprarles presas. De hecho, debería llamar a mi trabajo y avisar que me tardaría en volver. Les había dicho que mi esposa se había puesto enferma, pero asumirían que volvería luego de atenderla.
Ambos me obedecieron de inmediato, y desaparecieron corriendo.
Esme comenzó a desnudar a la niña, y fuimos metiendo sus ropas dentro de la bolsa cuidando de no dejar caer nada. Ver su cuerpecito me alarmó, ya que era completamente infantil. Además de baja, era muy menuda. Y aunque no se le veían las costillas, era muy delgada y casi sin músculos. Tenía apariencia de niña, sin busto ni los vellos característicos de la edad, pero tampoco signos de haberse depilado. Le abrí la boca con cuidado, y vi que ya no tenía dientes de leche. Miré con gesto de disculpa a mi esposa, y le revisé sus genitales. Era virgen, y no había rastro de que hubiera tenido actividad sexual alguna.
-Es extraño -le dije-. Porque aunque por su olor sé que no menstrúa, lo normal sería que eso la hubiera hecho crecer.
-Tiene casi quince -insistió Esme-. ¿Qué importa qué aspecto tenga? ¿A lo mejor es enana?
-No es una enana, amor -le dije, cansado, sospechando nuevamente que estaba cometiendo un error al no destruirla-. Pero está claro que tiene problemas, aunque en el tiempo que llevo trabajando en el pueblo no recuerdo haberla atendido jamás.
-¿A lo mejor la llevan a la ciudad? -Sugirió Esme.
-Probablemente -murmuré-. Aunque no puedo oler en ella ninguna sustancia que indique que esté en alguna clase de tratamiento.
-¿A lo mejor sólo es bajita? -Propuso Esme-. Recuerdo haber visto a su madre y a su hermana pequeña en el pueblo, y no son muy altas.
La miré, interesado. Yo recordaba haber visto a la niña, de lejos, entre otros muchos, cuando depositaba a mis hijos en la escuela. Pero no conocía ni a su hermana ni a sus padres, ya que el apellido del carnet no me sonaba de ninguno de mis pacientes.
-¿Cuán bajas? -Pregunté.
-La hermanita era unos cinco o seis centímetros más baja, y su mamá tenía aproximadamente la estatura de Bella.
Bueno, Bella era baja. Pero para la población local era más bien de altura estándar para una adulta.
-¿Y qué edad tenía la hermana? -Pregunté.
-Lo ignoro -confesó mi esposa, con gesto de disculpa-. Aunque por la forma de actuar no parecía ser tanto menor que Daniela.
Daniela. Me tendría que acostumbrar a ese nombre. No podría seguirle llamando "la niña" si nos la íbamos a quedar.
-Ok -respondí resignado-. Tiene más de catorce, y para todos los efectos nos atendremos a ese hecho.
Nos miramos. Tarde o temprano, nos traería problemas con los Vulturis. Aunque sabía que Marcus me tenía en gran estima, y que Aro me quería en la medida que no lo desafiara, Caius odiaba hasta las piedras que yo pisaba. No era un misterio para nadie que miraban a mi numerosa familia con recelo. Cuando se enteraron de que Alice y Jasper se nos habían unido fue difícil convencerlos de que no intentábamos desafiarlos, que no éramos un aquelarre enemigo, sino sólo una familia numerosa y pacífica. Cuando se enteraran de que habíamos adoptado a otra… Aunque, claramente, la nueva incorporación no podría considerarse apta para la batalla. No sería un vampiro fuerte. Y, a menos de que poseyera algún don sobrenatural, sólo la considerarían un lastre. Aunque, por otra parte, una niña inmortal sería la excusa perfecta que Caius usaría para obligar a sus compañeros a ponerse en mi contra.
-Sólo es bajita -insistió Esme con cara de pena-. No la juzguemos por su aspecto, amor. ¿No decía el Señor que toda vida era sagrada?
Muy de Esme, salirme con argumentos religiosos cuando le convenía. Pero, en la situación inversa, me decía a mí que no le saliera con esas patrañas anticuadas. Aunque la amaba así, tal como era. Le sonreí.
-Tienes razón amor.
Comencé a desvestirme y a dejar mi ropa en la bolsa. Habría que recoger las hojas secas alrededor de nosotros, por si algo de Daniela se había desprendido y caído. Suerte que nuestro olfato era bueno, al menos nos podríamos asegurar de no dejar evidencias.
Tomé a la niña y Esme me imitó. Agradecí el aislamiento en el que vivíamos. No me hubiera gustado que nadie viera a mi esposa desnuda. Miré al cielo, desconfiado, pero los árboles nos tapaban lo suficiente de los satélites, supuse. Esperaba que no escogieran justo ese momento para sacar una foto del área.
Pusimos ropa y hojas secas en la bolsa, y nos aseguramos que no quedaba olor a la niña en varios metros a la redonda. Entramos a la casa, con cuidado de no tocar nada.
-La pondré en la bañera del baño del pasillo del primer piso -sugerí-. Ese no lo usamos, y así podemos lavar bien después.
-¿Estará cómoda ahí? -Preguntó mi esposa, preocupada.
-No sabe ni donde está -le aseguré-. Con el dolor que siente la podríamos colgar de los pies y no se enteraría.
Esme me golpeó en un brazo, no apreciando mi humor.
Me quedé con Daniela mientras mi esposa se iba a duchar y a vestir a nuestro cuarto. Cuando volvió para quedarse con ella fui a prender la salamandra de la sala para incinerar la evidencia.
Quemé nuestras ropas y zapatos, y dejé lo de la niña para el final. Zapatos pequeños, como Alice. Eso era bueno, no tendríamos que arriesgarnos a comprar indumentaria de su talla en el pueblo ni en la ciudad. Nunca se era lo suficientemente precavido. Aunque supuse que podríamos comprarle cosas por internet, si era necesario. Lo hacíamos con regularidad, de modo que a nadie le podría extrañar. Los zapatos no tenían elementos incombustibles, así que los eché al fuego tal cual.
Olí su ropa, y nuevamente me inquieté. Era olor a niña, no a adolescente. Revisé los bolsillos. Un par de monedas, una golosina. Era un masticable sabor a manzana. Me pareció repugnante y superfluo. Esas cosas sólo conseguían dañar los dientes y producir niños obesos. Nunca entendería por qué tantos padres dejaban que sus hijos se llenaran de esa basura. Aunque la niña no era obesa, así que no debía ser muy adicta al azúcar. Eché el dulce al fuego. Aplasté las monedas hasta dejarlas irreconocibles y las torcí bien. Las eché al fuego también, a pesar de que sabía que no se consumirían. Pero al menos el metal quedaría sin restos orgánicos. Hice otro tanto con el cierre del uniforme, y metí todo dentro. Los botones del chaleco y de la blusa eran plásticos, no habría problema.
Quedaba la mochila, y su contenido. Comencé a revisar, buscando información sobre nuestra nueva hija.
Había ropa deportiva, unas zapatillas, toalla, artículos de aseo. Lancé todo al fuego tras revisar los bolsillos, que estaban vacíos.
La billetera sólo tenía un carnet de identidad, que ya había visto, una foto pequeña donde se veía con su familia, un par de billetes de baja denominación, y un cartoncito tamaño carnet con un dibujo de la cara de Daniela bastante bueno. Sonreí. Decía que era miembro de la "Sociedad Supersecreta de Exploración", y estaba claramente hecho a mano y plastificado con cinta de embalar transparente. Me pregunté si esa "Sociedad Supersecreta" tendría más miembros. ¿Amigos? ¿Vecinos? ¿Compañeros de escuela? ¿Su hermana? Tendría que recordar preguntarle cuando se despertara. Aunque, pensándolo mejor, recordarle sus amigos humanos podía no ser la mejor de las ideas. Con pesar, metí el cartoncito al fuego junto con los billetes y la billetera. Memoricé ambas caras del carnet de identidad, y lo metí al fuego con el resto. Miré la foto familiar. Estaban todos de pie. Debía ser reciente, ya que Daniela no se veía diferente a la niña que se retorcía en nuestra bañera. La niñita junto a Daniela era claramente menor que ella, aunque no mucho más baja. Su madre y su padre tampoco eran altos, aunque se veían perfectamente normales. La madre era bonita, y la hermanita había salido claramente a ella. El padre era más bien tosco, y la pobre Daniela había salido a él. Aunque se notaba que los genes de la madre habían felizmente aportado.
Con mucha pena me resigné a echar la foto al fuego. No podíamos correr más riesgos de los que ya estábamos corriendo. Se lo debía a mi familia.
Había más masticables del mismo tipo. Sabores uva, manzana, naranja… Un verdadero festín de colorantes. Los lancé dentro de la salamandra.
Había un libro, una versión barata de "Colmillo Blanco". Estaba completamente nuevo, con la encuadernación virgen. Claramente, Daniela no lo había abierto. Lo eché al fuego, con mucha pena. Odiaba destruir libros.
Una agenda. La abrí, intrigado. Estaba casi nueva, y tenía muy poco escrito. En ocupación decía "Estudiante, Octavo A". ¿Octavo? Hice un rápido cálculo. ¿No debería estar en primero medio con esa edad, si cumpliría quince en junio? Supuse que habría repetido algún curso. Pobrecita. Seguí leyendo la información de contacto. Memoricé la dirección, el teléfono de su casa, los nombres de sus padres. No había nada escrito en el espacio para el teléfono celular. Revisé dentro de la mochila, y no había ningún aparato. No debía tener teléfono móvil. Eso era bueno, supuse. Tampoco había información en el espacio de grupo sanguíneo. Aunque bueno, daba igual, pronto ni siquiera tendría sangre.
Había algunos dibujitos, bastante divertidos. Vi que había marcado algunos cumpleaños. El suyo. El de su hermanita, Gabriela, en mayo. El de su padre y el de su madre, ambos en diciembre. Revisé bien, y me extrañó no ver más cumpleaños marcados. ¿No tenía otros parientes cercanos? ¿No debería estar escrito el de alguna amiga, o el del chico que le gustaba? ¿No se suponía que eso sería lo normal? Bueno, por el olor de la niña, no parecía ser alguien demasiado lleno de hormonas. De hecho, me había parecido más bien lo contrario.
Miré el calendario, esperando ver circulitos o marquitas. Las mujeres solían marcar sus períodos. No había nada, y eso confirmó mis sospechas. Estaba seguro de que olía a niñita. Aunque, nuevamente, podía estar equivocado. Tal vez las anotaba en otra parte, o tal vez ni siquiera tomaba nota.
En el horario salía que ese día tenía historia, gimnasia, castellano, y matemáticas.
En los primeros días de marzo había escrito en letra no muy prolija algunas notas de deberes. "Leer tres capítulos del libro del perro" decía, en el espacio del viernes 14 de marzo. Era para el viernes anterior. Bueno, claramente, no lo había hecho. Tenía la certeza de que ese libro no había sido abierto. ¿O tal vez tenía otra copia en su casa? ¿Audio-libro? Lo dudaba. Había otros deberes marcados, estudiar para esto, hacer tarea de esto otro… Lo típico para las casi tres semanas de clases que llevaban.
Miré los cuadernos que había. Abrí el de castellano, y dos hojas sueltas casi cayeron. Dos pruebas. Un dictado, con un dos. Eso me hizo arrugar la cara. Leí el texto, y me asombré de la pésima ortografía. La otra hoja era impresa, y tenía un gran uno en rojo, arriba, y una nota "traer firmado". No había firma alguna. Miré las preguntas y entendí que era un control de lectura. Los espacios para completar estaban todos en blanco. Eso confirmó mis sospechas, Daniela no había leído los primeros tres capítulos de su libro.
Me inquieté. Al parecer, nuestra nueva hija era floja y porfiada. Y, por la ortografía del dictado, no cabía esperar demasiado intelectualmente.
Le eché una mirada al cuaderno. Al menos escribía en forma ordenada, aunque con caligrafía desprolija. No debían ser notas propias, ya que no había faltas de ortografía. Seguramente copiaba de la pizarra. Había, también, dibujitos en esquinas y bordes. Eran bastante buenos, aunque supuse que eso significaba que se distraía con facilidad.
Metí el cuaderno y las dos hojas en la salamandra.
El otro cuaderno era de historia de Chile. No había hojas sueltas, y nuevamente parecía haber materia copiada de una pizarra. No ofrecía mucha información, y lo metí al fuego.
El de matemáticas me dio algo de ánimo. Había una hoja suelta, una prueba, y tenía un cinco. No estaba tan mal. Tal vez sólo se le daban más mal algunas materias que otras, como a la mayoría de los humanos. Mis hijos, vampiros, eran la excepción después de todo. El cuaderno también estaba ordenado, y tenía menos dibujitos. Seguramente esa materia le interesaba más. Lo eché al fuego con los otros.
Había tres libros, textos escolares, predeciblemente de esas tres materias. Los hojeé. Tenían poco escrito, ejercicios completados sobre todo. Vi, en el de historia, que había escrito "¿A quién mierda le importa esta mierda?" en un margen, junto a una foto del busto de un hombre, al que le había dibujado lentes, bigotes, y una araña saliéndole de la oreja sobre una tela de araña dibujada entre la cara y el marco de la foto. A pesar de que no aprobaba su actitud, no pude evitar reírme. El efecto era bastante bueno.
El de matemáticas no tenía grafitis, aunque a un dibujo de unos triángulos le había dibujado orejas largas, ojos, bigotes y una cola esponjosa. Y es verdad, los triángulos del esquema formaban una imagen que parecía un conejo.
Metí los tres textos escolares al fuego para que se consumieran con el resto.
Sólo quedaba un estuche grandote y unas llaves. Deformé completamente las llaves y las metí al fuego. En el estuche sólo había un par de bolígrafos, un par de lápices grafito (típicos), un sacapuntas, una goma, tijeras romas, pegamento, un destacador amarillo y lápices de colores. Nada particular. Metí todo al fuego. No había nada más en la mochila, salvo tierra y hojas secas, e incineré eso también. Arrugué la bolsa de basura, que también tenía tierra y hojas, y la eché al fuego.
Por seguridad fui a la cocina por un trapo de limpieza húmedo, volví a la sala, y lo pasé concienzudamente por el área en la que había estado revisando. Conforme con la falta de olores, lo quemé con el resto.
-Amor, deberías vestirte -me dijo Esme, riendo. Estaba parada en el umbral de la puerta que daba al pasillo.
Es verdad, seguía desnudo. Le sonreí.
De camino a nuestro cuarto me asomé al baño del pasillo. Daniela seguía retorciéndose en la bañera, completamente ignorante de su nueva condición. Según mis cálculos, debería despertar el fin de semana. El sábado, probablemente. Tendría que preguntarle a Alice.
-¿Y? ¿Qué averiguaste? -Me preguntó mi esposa mientras me duchaba.
-Creo que no era buena alumna, y probablemente repitió un curso en el pasado. Parece tener más facilidad en matemáticas que en castellano. La historia no le interesa, y se distrae con facilidad haciendo dibujitos. Le gustaban las golosinas masticables con sabores a fruta. No encontré evidencia de que tuviera amigas, ni de que estuviera enamorada de algún chico. Su hermana es tauro, y sus padres sagitario. No encontré información sobre otros parientes, vecinos, o amigos.
Esme suspiró.
-¿Crees que tenga algún don especial?
-No lo sé -respondí con franqueza-. Supongo que habrá que esperar y ver. Honestamente, espero que no.
Mi esposa abrió un poco la cortina de la ducha y me miró sin entender. Le puse los ojos en blanco y la volví a cerrar.
-No quiero darle motivos a Aro para quitárnosla -expliqué-. Ya consiguió arrebatarles Jane y Alec al aquelarre de Vladimir y Stefan.
-Al menos no los mataron -argumentó-. Sus dones los salvaron. Hicieron que los Vulturis se detuvieran a considerar la posibilidad de que no todos los niños inmortales tuvieran que ser destruidos.
Negué con la cabeza, a pesar de que mi esposa no podía verme. Yo había estado viviendo con los Vulturis cuando habían llegado de una expedición con esos dos niños. Había visto cómo los torturaban, y en qué los habían transformado. Mejor los hubieran matado. Hasta mi maestro, Marcus, por quién sentía afecto y respeto había mostrado un grado de inclemencia que me había llegado a aterrar.
Salí de la ducha y comencé a secarme.
-Si hubiese estado en mis manos yo habría tenido misericordia y los habría matado -le contesté-. Pero cuando le rogué a Marcus que se apiadara de ellos sólo conseguí que… -No pude seguir hablando.
-Lo sé -me dijo mi amada, abrazándome-. Perdóname, no quise traer a tu mente recuerdos tristes.
-Yo sólo sufrí una vez sus martirios -expliqué-. Ellos fueron torturados por años. No me asombra que se hayan vuelto unos crueles peones.
-¿Crees que Daniela tenga algún don? -Insistió mi esposa.
-No lo sé -insistí yo-. No la conozco. Le pediré a Edward que indague en su mente, y en la de los que la conocieron. Pero supongo que el tiempo nos lo dirá.
-.-
-No hay nada en su mente -dijo Edward, enojado todavía-. No está pensando en nada, en su mente sólo hay espacio para lo mucho que le duele todo.
Mis hijos Bella y Edward no habían estado felices de descubrir a una nueva "hermanita" en la casa. Bella me había mirado con gesto acusatorio, y había subido a su cuarto dando un portazo. Edward había querido seguirla, pero lo había atajado para que me ayudara.
-¿Sabes algo de ella, o de las personas que la conocen? -Insistí.
-¡¿Cómo voy a saberlo, Carlisle?! -Preguntó irritado-. ¡Es sólo una niñita! ¿En qué diablos estaban pensando? Del irresponsable de Jasper puedo entenderlo, ¿pero tú Carlisle? ¡Pensaba que tenías algo más de cerebro! -Alegó.
-Edward, me estás ofendiendo -le dije con seriedad. Eso hizo que se calmara de inmediato. Su rostro cambió de la ira a la angustia, y bajó la vista.
-Lo siento papá -murmuró con humildad-. Tengo miedo. Nos matarán a todos si no la destruimos.
-Tiene casi quince años -expliqué, a pesar de que podía entender su recelo.
-Esa no tiene quince años -se burló apuntando al baño-. ¡No tiene ni pelos Carlisle!
-Baja la voz, hijo -insistí-. Estoy consciente de que su cuerpo muestra pocos signos de desarrollo. Pero de acuerdo a su carnet de identidad nació en 1999.
-¿Pocos signos de desarrollo? -Preguntó bajito, aunque con incredulidad-. ¡Si casi huele a leche materna! -Se burló con rabia.
-Eso no es verdad -exclamé.
-Estaba siendo sarcástico, Carlisle -dijo Edward. Parecía amargado, y le pasé una mano por la mejilla.
-Todo estará bien, te lo prometo -le dije.
-Sí -dijo Alice, bajando por la escalera-. Creo que es posible que todo salga bien.
-¿Es posible? -Se burló Edward-. ¿Acaso quieres correr el riesgo?
Alice se paró junto a nosotros, y miró a Edward a los ojos. Ignoraba lo que le estaba diciendo, pero una mirada de mi hijo en la dirección de mi esposa, que estaba sentada en el inodoro mirando a la niña, me dio una pista. Probablemente le estaba diciendo cuánto quería mi esposa adoptar a esa niñita, y cuánto daño le haría que se la quitáramos.
-Esto va a acabar mal -murmuró Edward muy bajo, mirándome con gesto de súplica-. Por favor papá… ¡Nos van a matar a todos!
-No, creo que no nos matarán -dijo Alice desenfocando la vista, aunque parecía estar teniendo dificultades con su clarividencia ya que fruncía mucho el ceño.
-¿Qué ves? -Preguntó Edward, angustiado.
-Nada todavía -dijo Alice, molesta-. Pero sé que despertará el sábado en la tarde, temprano. Aunque no consigo ver cómo reaccionará.
-Bueno, es normal -le dije-. Sólo lo sabrás cuando ella comience a tomar decisiones.
Edward se llevó las manos a la cara, y se tapó los ojos brevemente.
-Bueno, supongo que siempre podemos matarla luego -gruñó.
-¡Ni lo pienses! -dijo Esme, llegando a nuestro lado en un segundo.
-Lo siento mamá -se disculpó Edward de inmediato, bajando las manos.
-Amor… -Le dije con gesto conciliador-. Debemos considerar todas las posibilidades…
-¡No dejaré que la maten! -Insistió ella-. Le explicaremos todo, entenderá, y todo estará bien. Sólo la rechazan porque es baja, y porque no es tan bonita.
-No es eso -insistió Edward de inmediato-. Te lo juro. Es sólo que al verla parece tener un cartel luminoso encima que dice "niña inmortal".
-Bueno -añadió Alice, insegura, mirándome a mí-. Si no entiende, siempre puedes entrenarla ¿no?
Eso me hizo arrugar la cara. Yo no quería entrenarla. Entrenar era solo la palabra educada que se usaba para no decir "torturar hasta convencer". Sabía que era posible, con los niños inmortales mayores o menos inmaduros, llegar a forzar a sus cerebros a actuar de forma responsable, si se los torturaba en forma sistemática al equivocarse. Pero no me sentía capaz de hacer algo así. ¡Dios mío! ¿En qué diablos me había metido?
-Entenderá -insistió Esme-. Le explicaremos todo con calma, con paciencia, y se adaptará. Y yo la vigilaré día y noche si es necesario para que no meta la pata.
-¿Y qué vamos a hacer el día que los Vulturis se acuerden de nosotros y nos visiten? -Preguntó Edward con calma, intentando que entendiera.
-Se tardarán años en volver a visitarnos -dijo Esme restándole importancia-. Y, durante todo ese tiempo, Daniela se acostumbrará a nosotros y se portará bien.
Hasta Alice parecía querer argumentar, pero cerró la boca.
Esme se dio media vuelta, y volvió a sentarse en el inodoro.
-¿Le pueden poner ropa al menos? –Se quejó Edward, molesto.
-Esperaremos que deje de oler a humano -le expliqué-. Ya no queda nada con su olor, salvo esa bañera. Cuando ya sólo huela a vampiro la vestiremos rápido antes de que se despierte.
-Sí. -Afirmó Alice, entusiasta-. Le pondremos ropa mía y aunque le quedará grande le pondremos un cinturón para que no se le caigan los pantalones. Y Esme le hará una basta para que no tenga que doblarlos abajo.
-Cómprate una Barbie -se burló Edward, claramente asqueado-. ¿No puede Esme hacerle ropa de su talla?
-Lo haré -prometió Esme desde el baño, contenta.
-Creo que no es mala idea que use ropa de Alice -intervine-. Si la policía llegara a revisar nuestra casa, prefiero que no haya nada que pueda ser asociado con Daniela directamente.
-Sólo diríamos que es ropa que a Alice le quedó chica -argumentó Edward-. No veo el peligro.
-Tendríamos que tener ropa que a todos ustedes les hubiera quedado chica -expliqué.
-Hagan lo que quieran -dijo Edward, dándose por vencido-. Iré a ver a Bella. Si nos condenan, quiero haber aprovechado el tiempo que nos queda.
Edward subió la escalera, y Alice abrió desorbitadamente los ojos y lo siguió apurada. Al oír a Edward entrar al cuarto de Alice y de Jasper, y al oír los gruñidos de mis dos varones, entendí. Pelea… Subí resignado. Odiaba cuando tenía que separar peleas.
-.-
Pasé una semana intranquila en el trabajo, asustado ante lo que nos esperaba a partir de ese fin de semana. Por toda la posta (y por todo el pequeño pueblo) no se hablaba de otra cosa más que la desaparición de la niña. Presté atención a todo cuanto pude oír, y la mayoría de lo que escuché me apenó. La mitad del pueblo parecía pensar que "esa chiquilla" era tonta y desobediente, que era cosa de tiempo que terminara matándose por ahí. La otra mitad del pueblo parecía estar aliviada por los padres de Daniela, argumentando que por suerte habían perdido a esa y no a Gabrielita, que era un ángel a diferencia de su hermana.
Todo lo que había ido escuchando a medida que transcurrían los días no resultaba prometedor, y fue despertando en mí un instinto protector. Me dieron ganas de defenderla, pero por supuesto no podía. Toda vida era sagrada, como bien me había recordado mi amada. Daniela sería nuestra hija, y la íbamos a querer y proteger aunque fuera algo desobediente o no muy brillante. Estaba seguro de que la gente exageraba, y que no era ni la mitad de los crueles epítetos que había oído a la gente adjudicarle.
Al menos, todos parecían creer que había muerto. Eso me consoló: si decidían peinar la zona tendríamos que huir. Y eso nos haría sospechosos de inmediato. Odiaba cuando teníamos que escapar dejando rumores tras nosotros.
Me enteré de que Daniela solía escaparse de la escuela con frecuencia y de que su familia era creyente. Por una señora muy devota que vino a consultar por su artritis supe que la familia de la niña iba a su misma iglesia, y que al parecer el comportamiento de ella en el santo lugar dejaba mucho que desear.
-¡Y no le decían nada! -Me contó escandalizada, mientras le escribía la receta-. Si hubiera sido mi hija, jamás la hubiera dejado reírse durante el sermón.
Escuchar eso me trajo malos recuerdos. Yo había sido hijo de un pastor, y sabía por experiencia propia cuán eternos y aburridos podían parecer los sermones religiosos en la infancia.
-Pero algo bueno debía tener, ¿no? -Le comenté con amabilidad, como que no quiere la cosa, esperando escuchar al menos un comentario positivo sobre nuestra nueva hija. Eso pareció ablandar un poco a la implacable anciana.
-Cuidaba mucho a su hermanita -concedió-. Aunque claro, a su modo completamente salvaje. Una vez le lanzó su himnario a la cabeza a otro niño, en pleno sermón, sólo porque la había mirado feo. Cuando el pastor la retó sólo dijo que Mateo era un imbécil y que si volvía a reírse de su hermana le haría tragar el himnario en vez de sólo lanzárselo a la cabeza. Y sus padres, como siempre, sólo le tomaron la mano y le pidieron que guardara silencio.
-¿Y qué había dicho el niño ese sobre su hermana? -Pregunté, riendo, simulando que me interesaba el chisme.
-Por lo que supe, parece que había dicho que estaba bastante atractiva para ser tan buena alumna, y le decía a sus amigos que pedía el primer número.
Eso me perturbó. ¿Qué edad tenía la hermana de Daniela? Por mi trabajo, estaba acostumbrado a ver niñas cada vez más jóvenes con embarazos, o pidiendo la pastilla del día después. También, por desgracia, llegaban lastimadas y deprimidas. Me entristecía por ellas, y por la época de difícil "libertad" en la que les había tocado nacer.
-¿Qué edad tienen las niñitas? -Pregunté.
-Catorce y diez -respondió la señora-. Aunque la mayor salió claramente fallada, y dejó de crecer hace años. Pero bueno, por suerte tuvieron mejor suerte con la segunda. Supongo que nuestro Señor, en su infinita misericordia, decidió llevarse a la otra.
Eso me entristeció, deseé pedirle más detalles, pero temí despertar sospechas. Simulé tener dudas en la receta, para alargar el tiempo de consulta a ver si decía algo más.
-Está muerta, se lo doy firmado -continuó la señora-. Ya la fueron a rescatar al mar, a la muy burra, hace un par de años. Había agarrado un bote de pesca y se había echado al mar. El bote se dio vuelta, y por suerte atinó por lo menos a agarrarse de él para no ahogarse. Dicen que quería irse a vivir sola, a otra isla. Completamente idiota -aseguró negando con la cabeza.
Le entregué su receta, y le sonreí con amabilidad. Aunque no me agradara, me había dado información.
Yo había buscado su ficha en el consultorio, y lo único que había registrado en ella eran sus vacunas, muchos años atrás, lo mismo que su hermana. En la de su madre sólo constaban los controles pre y post parto. Su padre ni siquiera tenía ficha.
Edward también nos había traído información. De la mente de la hermanita había concluido que adoraba a su hermana, que la extrañaba, y que estaba convencida de que seguía viva. De sus compañeros de curso había sabido que la despreciaban, que había repetido sexto, que la consideraban tonta, poco agraciada, y desagradable en general. Las pocas niñas que habían pensado en ella en mejores términos no la consideraban realmente amiga, y la mayoría suponía que estaba o bien en el mar, ahogada, o bien en el bosque, completamente perdida o muerta. Por las mentes de los profesores que la conocían se había enterado que todos consideraban que era de escasa inteligencia, floja, y que sería un alivio no volver a verla, aunque nadie quisiera reconocerlo en voz alta.
Mis hijos incluso habían ingresado a los archivos de la administración de la escuela y habían visto que pasaba los cursos con puros cuatros, salvo por dibujo y matemáticas.
Toda la información recopilada en la semana me fue afligiendo. Cuando llegó por fin el viernes en la tarde sentía compasión por ese pajarito que ya estaba casi completamente transformado en vampiro. Al parecer, sólo su familia humana la extrañaría. Esperaba que con nosotros le fuera un poco mejor, y que al menos fuera feliz.
-.-
Mis cuatro reticentes hijos esperaban en la sala grande, en un silencio pesado. Esme y yo esperábamos también en la sala pequeña, con Daniela, todavía inconsciente. Habíamos decidido que se asustaría si despertaba rodeada, en un lugar demasiado grande. Decidimos que la sala pequeña era más acogedora, y que Esme y yo lo manejaríamos mejor solos, al menos durante los primeros minutos.
Ya no convulsionaba, al menos. Según Edward, no pensaba en nada coherente ni parecía recordar nada en particular. Según Jasper, todavía estaba adolorida pero sufría mucho menos. Según Alice, despertaría en cosa de tres minutos. Bella no decía nada. Estaba resignada, y pasado el enojo inicial había decidido confiar en nuestro juicio, como siempre.
Esme estaba tensa, a mi lado. Sé que le hubiera gustado tenerla en brazos, pero eso pondría a la defensiva a cualquier neonato. Era preferible que despertara relajada.
La vi abrir los ojos, y se quedó mirando el techo. Inspiró, y se asombró. Nos vio, y no saltó a la defensiva. Eso era bueno, supuse. Parecía contemplarnos. Mi esposa me apretó la mano, y se la apreté de vuelta. Le di algunos segundos para reaccionar, no sabiendo muy bien qué decirle para no asustarla.
-¿Soy un vampiro? –Preguntó, nerviosa.
Vaya, eso era inesperado. Había adivinado. Nos miramos, mi esposa y yo. ¿Dispara usted o disparo yo?
-Si tesoro -le respondió mi encantadora esposa, con una sonrisa y una voz muy calmadas.
Vi que la niña fruncía el ceño.
-¿Cómo en los libros? ¿Crepúsculo y los otros? -Preguntó.
Eso me extrañó, ya que me había hecho la idea de que era una persona que no leía nada. Mi esposa me miró y, como yo, parecía un poco apenada. Si había leído los libros probablemente nos recibiría con un montón de ideas preconcebidas. Una lástima.
-Sí -le contesté a regañadientes, aunque con amabilidad.
-¿Es reversible? -Preguntó, visiblemente aterrada.
La pregunta del millón, por desgracia.
-No. Es completamente irreversible -le respondí con franqueza-. ¿Tu nombre es Daniela, verdad? -Añadí, para llevar la conversación a temas que la relajaran un poco. Desgraciadamente, pareció más asustada todavía.
-Sí -respondió con dificultad.
-Yo soy Carlisle y ella es mi esposa Esme -me presenté, esperando que le resultáramos así menos terroríficos. Vi que abrió los ojos como platos.
-¿Igual que en los libros? -Preguntó.
Otra vez con los libros. Dios… Esperaba que no fuera una fanática de la maldita saga. Yo pensaba que eran mayores. Aunque claro, Daniela era mayor de lo que parecía. Me costaba aceptar que tuviera casi quince. Al verla, no me calzaba.
-Sí, Daniela. Como en los libros -contesté resignado.
-Ah -respondió, y se quedó en silencio.
Esperé, a ver si haría otro comentario del tipo "me dan su autógrafo" o algo igualmente idiota. Pero no, por suerte. Parecía estar procesando la información. A lo mejor era verdad que era un poco lenta. ¿Sería muy descarado si le hacía un test de inteligencia? Probablemente se ofendería. Tendría que encontrar formas más sutiles de ver qué terreno pisábamos en cuanto a sus capacidades. Ya al menos estaba seguro de que era de reacciones lentas, y que no estaba tan a la defensiva. Al menos seguía tendida en el sofá en el que se había despertado.
-¿Todo lo que dicen los libros es cierto? -Preguntó finalmente.
Me dieron ganas de gritar, pero conservé la calma.
-Casi todo -le respondí.
-¿Y qué no lo es?
¿Cómo responder a eso, sin comenzar a enumerar y volver a contar una larga historia? Mejor dar un ejemplo simple y dejar que ella nos fuera conociendo de a poco y se hiciera su propia idea.
-Por ejemplo, no brillamos como diamantes al sol, gracias a Dios -intenté explicar, mirándola a los ojos y hablando con mucha calma-. Más bien parecemos esculturas de mármol y por eso preferimos vivir en lugares como tu pueblo, con baja radiación.
Vi con inquietud que mi respuesta le molestó. ¿Qué había dicho que pudiera ofenderla, Dios mío?
-¿Pero no se supone que vivían en Estados Unidos ustedes? -Preguntó de mal modo-. ¿Qué mierda están haciendo en Chile? ¿Y en mi puto pueblo?
Su forma de expresarse, y el nivel de agresividad de su respuesta me sobresaltaron. No nos había atacado al despertar, pero claramente no estaba tan tranquila como había supuesto. Rogué que Jasper usara su don, desde la sala, pero no sentí ninguna onda de calma venir de allá.
Mi esposa estaba tan en shock como yo, completamente muda.
Bueno, resultaba obvio que tendría que hacer algo. De todas formas tenía que dejarle en claro que era el líder del aquelarre, y esta era la ocasión para que le quedara claro. No había tenido esa clase de problemas con ninguno de mis otros hijos, ya que hasta Bella, que era de esta época, se expresaba usualmente con respeto y educación.
-Entendemos que estés asustada, o molesta, pero en esta casa no se dicen malas palabras. ¿Entendido? -Le dije con seguridad. Aunque no la hubiese mordido yo, le tenía que quedar claro que era una orden.
-Bueno, lo siento -respondió con petulancia.
Se la estaba buscando… No podía creer su descaro. Me recordó un poco a mi querida fierecilla, Rosalie, aunque ella al menos pesaba mucho más de cuarenta kilogramos. ¿No le decía acaso su instinto, a esta niñita, que se sometiera a un vampiro que pesaba más del doble que ella?
-Pero no me pienso quedar demasiado en su casa -continuó con descaro-. Sólo explíquenme cómo cazar y el nombre del idiota que me mordió para romperle la raja.
Me quedé estupefacto, por una fracción de segundo. Sentí a mi esposa quedarse tiesa a mi lado, probablemente en igual estado de asombro. Esta época no acababa de sorprenderme, desagradablemente por desgracia. Jamás, en mis tiempos, un niño hubiera contestado de esa forma. Estaba claro que tendría que mostrarle quién estaba a cargo. Esperaba no asustar demasiado a mis hijos. Edward entendería, pero los otros tres nunca me habían visto (u oído) golpear a nadie. Eso me inquietó. Aunque bueno, ya se había conversado el tema de que tal vez la niña requeriría entrenamiento, así que tampoco podían asustarse tanto.
Pero no era el momento para darle vueltas. Apreté la mandíbula, y la fui a tomar. Pareció sorprendida y asustada. Bueno, supuse que un poco de miedo le haría bien.
No le pegué muy fuerte, pero sentí a Esme tensa a mi lado. Sabía que no intervendría, pero también estaba consciente de lo mucho que le desagradaba la violencia. Sentí jadear a tres de mis hijos, en la sala, muy bajito. Pude oír a Bella preguntarle asustada a su esposo si yo no me había vuelto loco. No oí su respuesta. Yo sabía que Edward nunca le había contado de la única vez que le pegué.
La serie de improperios que lanzaba la niña me distrajo. Dios… ¿Y con esa boquita comía? "Pervertido" era lo más suave que me había llamado. También noté que era muy débil. A pesar de que se debatía con todas sus fuerzas, no tuve ninguna dificultad para inmovilizarla completamente. Que espanto, si hasta intentaba morderme.
Por suerte se terminó resignando. Le di un par de palmadas más, y al ver que no volvía a atacarme ni a decir palabrotas me relajé. La llevé de vuelta al sillón y la senté. Pareció adolorida, pero estaba seguro de no haberle hecho daño. Pasaría rápido.
-¿Te vas a calmar y a hablar en forma respetuosa? -Le pregunté con seriedad.
-Sí -contestó, obsecuente.
Menos mal. Etapa superada. Momento para un necesario cambio de tema.
-Ok, Daniela -le dije con serenidad, para que no le siguiera dando demasiadas vueltas al castigo-. En nombre de mi familia te pido perdón por tu transformación. Fue accidental. Nadie te hubiera hecho esto voluntariamente. Uno de mis hijos se encontraba cazando y no sabía que había un humano en los alrededores. Lamentablemente no se puede deshacer, por lo que te quedarás con nosotros.
Daniela pegó un salto, e intentó escapar hacia el pasillo. Era predecible, en algún momento tenía que intentarlo. De hecho, era extraño que se hubiera tardado tanto. La atrapé con facilidad, y la volví a sentar. Le dirigí una mirada de advertencia, rogando que funcionara. No quería tener que entrenarla, pero si comenzaba a intentar escapar en forma sistemática, como una fiera enjaulada, no me quedaría más remedio. La idea me asustó. Pero, por suerte, pareció entender a qué se arriesgaba ya que permaneció sentada donde la dejé.
-No… Señor… -Contestó nerviosa-. Entiendo que haya sido un accidente, pero no tengo intenciones de formar parte de su familia. Seguro que son maravillosos y todo eso, como en los libros, pero la verdad me gustaría más vivir libre como los nómades. Ya sabe: recorrer el mundo a pie y todo eso.
-Eso no será posible tesoro -explicó mi esposa con dulzura-. Eres demasiado menor para andar sola sin llamar la atención, y al haber sido transformada por nuestra familia eres responsabilidad nuestra.
Ayuda idónea. Gracias Dios por haberme bendecido con una esposa maravillosa.
-Ustedes no entienden… -Dijo aterrada-. No me pueden obligar a quedarme con ustedes.
¡Ojalá fuera tan fácil!
-En realidad no se trata de lo que queramos o no. No tenemos opción -expliqué, resignado. Aunque no era completamente verdad, claro, ya que teníamos la opción de matarla. La opción más sensata, pensaría la mayoría. Pero no había necesidad de aterrarla todavía más-. Por suerte, no pareces tan menor como para que se nos acuse de haber hecho un niño inmortal –mentí, para que no se sintiera ofendida-. Pero tampoco pasas por un adulto.
-¡Tengo casi 15! Puedo maquillarme y pasar por una mujer de 18 perfectamente -argumentó.
¿De verdad creía eso? ¿No se había mirado a un espejo?
-Está justo en el límite, gracias a Dios -me dijo Esme, innecesariamente, ya que eso ya lo habíamos hablado. Entendí que lo hacía para beneficio de la niña y le seguí la corriente. Daniela tendría que entender qué terreno pisaba-. Jane también tiene 14 años, así que con un poco de suerte los Vulturis no nos podrán condenar si alguien la llega a ver y nos acusan.
-Si querida -le respondí, siguiéndole el juego-. Pero mírala: tiene cara de niñita. Y es muy baja y menuda. Si uno de los nuestros la encuentra asumirá que es una niña inmortal y se preguntarán quién la transformó. Y aunque lograra demostrar que no es tan joven como parece, de todos modos buscarán al aquelarre que la transformó y la dejó sola.
Asumí que Daniela entendería cuál era la situación. La miré, un poco inquieto. Parecía aterrada, pobrecita.
-Yo les juro que no le diré a nadie que fueron ustedes -prometió desesperada.
-No entiendes, Daniela. Aro no va a necesitar que digas nada -le expliqué, asumiendo que por la lectura de los libros entendería el riesgo que corría ella, y que nos haría correr a nosotros-. Le bastará con tocarte para saber que fue mi grupo. Hace mucho que buscan una excusa para acabar con nosotros.
-¿Y si permanezco escondida? -Propuso, como si la vida se le fuera en ello. Claramente, no entendía que no había alternativa. Tendríamos que tener calma y explicarle con paciencia.- ¡Les puedo prometer que pasaré desapercibida, viviendo en lugares donde no me encuentre con nadie!
-Es cosa de tiempo que tu camino se cruce con el de uno de los nuestros -le expliqué, mirándola a los ojos, con mucha calma-. Es cierto que aquí en Chile no hay muchos vampiros, pero considerando que vivimos por siglos es imposible que nunca uno de los nuestros te vea. Y, si te ven sola, nuestra familia queda condenada porque no se supone que hagamos inmortales a personas tan jóvenes.
-Pero ustedes mismos dijeron que Jane, la de los Vulturis, también tiene 14 -argumentó.
-Y ese es el punto: vive con los Vulturis. No sola -expliqué con paciencia. ¿Cómo no le quedaba claro, Dios mío?
-¿Y si vuelvo con mi familia -dijo, como si hubiera encontrado la solución obvia-, les explico el problema, y me quedo viviendo con ellos para no llamar la atención?
Decididamente, o era un poco lenta o no le había quedado claro que los vampiros no debían contarle a los humanos de su condición. ¿A lo mejor no lo sabía? ¿O creía que esa parte de la saga no era verdad? Decidí darle el beneficio de la duda y explicárselo.
-Imposible. No puedes contárselo a ningún humano -respondí tajante. Eso era ley, y debía cumplirse sí o sí-. Y, aunque pudieras, ellos morirían eventualmente y te quedarías sola. El problema sería el mismo.
-¿Y si muerdo a mi familia? -Propuso.
De todas las ideas absurdas que se le podían ocurrir… Empezaba a entender a sus maestros de la escuela. ¿Acaso no reflexionaba antes de hablar?
-¡Ni hablar! -Exclamé con decisión-. No podríamos vivir con eso en la conciencia. Ya es suficientemente malo que te hayamos condenado a ti. No vamos a condenar a toda una familia.
Pareció asustada, así que suavicé un poco mi voz antes de continuar.
-Además, piensa en ellos. ¿Te gustaría que ellos tampoco pudieran volver a ver a ninguno de sus demás seres queridos, amigos, familiares?
-Y tampoco serías capaz, tesoro -intervino Esme, triste-. Al acercarte y oler su sangre sólo conseguirías matarlos a todos.
Vi que se puso triste, pero al menos nuestras respuestas la habían empujado a reflexionar.
-Ok… En realidad lo dije sin pensar -reconoció, gracias a Dios-. Es sólo que aunque haya leído los libros, igual ustedes son para mí un montón de desconocidos y no quiero pasar la eternidad secuestrada por una familia de desconocidos. Entiéndanme: tengo planes para mi vida, o al menos los tenía hasta que me mordieron. Quería estudiar algo, tal vez. Tener un trabajo. Independizarme… Siempre he soñado con independizarme. Y no quiero vivir eternamente como una pendeja, conviviendo forzosamente con una familia que ni siquiera es mi familia.
Otra vez con sus palabrotas… Costaría quitarle el hábito, habríamos de ser pacientes.
-Daniela -le dije con calma, rogando que me escuchara y grabara en su cerebro lo que le estaba explicando-: no digas malas palabras por favor. No quiero tener que estarte castigando todo el tiempo, pero lo haré si veo que no lo intentas -la amenacé.
Se asustó aunque, por su ceño fruncido, vi que parecía honestamente no entender. Parecía no estar consciente de haber dicho nada malo. De pronto su frente se alisó, y nos miró.
-¿Fue por "pendeja"? -Preguntó.
No parecía enojada, y eso me animó. A lo mejor no nos estaba desafiando, y con un poco de buena voluntad le quitaríamos el mal hábito con facilidad.
-Sí. No vuelvas a usar ese tipo de palabras -le expliqué.
-Ok -dijo asintiendo, sin alterarse-, voy a tratar de acordarme.
Vi que Esme estaba visiblemente aliviada. Yo también, inmensamente, la verdad. La había juzgado mal, era más racional de lo que me había parecido en un principio. Eso me animó. Un niño inmortal no habría cedido con esa facilidad. A lo mejor nos estábamos preocupando de más, y todo iría bien. Como mi sabia esposa había predicho, le explicaríamos con buenas palabras, con paciencia, y ella entendería y se adaptaría. Mi esposa tendría otro hijo, y mis amados hijos tendrían otra hermanita. No era como concebir, pero se sentía bien. Y no importaba que no fuera alta, ni fuerte, ni bonita, ni brillante. Después de todo, tenía seis hijos completamente perfectos, y Dios me estaba dando la oportunidad de amar a alguien a pesar de sus diferencias.
-Me gustaría cazar -dijo mi nueva hija, sacándome de mi ensoñación-. ¿Lo de la sangre es como en los libros? ¿No se alimentan de humanos?
-Eso es exacto -le respondí, contento de que recordara bien esa parte de la historia. Un problema menos. Le iba a explicar las escasas posibilidades de "caza" que nos ofrecía la geografía, cuando sentí los pasos de mi primogénito acercarse. Eso me inquietó. ¿Qué podría haber pasado para que decidiera interrumpirnos?
Vi que entraba con mala cara, y miraba a Daniela con recelo. Ella frunció el ceño, y lo miró con gesto acusador. No entendí. ¿Se conocían de la escuela tal vez? Edward no me había comentado nada.
-No, no fui yo -le dijo. Entendí. Daniela debía haberse preguntado si sería él quien la había mordido, y probablemente sus pensamientos no habían sido muy amables-. Sí, soy Edward -continuó. Aparentemente, ella había hecho la conexión con los libros.
"¿Qué sucede, hijo?" le pregunté dentro de mi mente, ya que dudaba que hubiera decidido venir a interrumpirnos para pelear con su nueva hermanita. Vi un rictus de desagrado en su rostro al oír en mi mente la palabra hermanita, y asumí que la idea no le agradaba.
-Carlisle -dijo un poco molesto-, Daniela está planeando escapar cuando la lleven a cazar.
Ah. Por supuesto que necesitó interrumpir para informarnos eso. Era claramente un asunto de seguridad. Eso desinfló mi burbuja. Tendríamos que convencerla de que no podía escapar. Esperé que resultara tan simple como el asunto de las palabrotas, y que no requiriera entrenamiento.
-Gracias hijo - le respondí en voz alta.
-De nada -respondió, desanimado.
"¿Qué pasa, hijo? ¿Por qué estás tan triste?" le pregunté, preocupado, y vi que movió casi imperceptiblemente un hombro. Tendría que preguntarle más tarde. No quería que le diera demasiadas vueltas a lo que fuera que le estaba perturbando. Era muy sensible, y tendía a deprimirse con facilidad si Esme y yo no interveníamos. Bella había ayudado mucho, por supuesto, ya que antes de su llegada a la familia nuestro hijo estaba emocionalmente hundido todo el tiempo. Pero, cuando algo lo amargaba, tendía a abrirse más con su madre y conmigo que con su esposa. No le gustaba mostrar debilidad frente a ella.
Lo oí volver a la sala, y volví a concentrarme en mi esposa y en nuestra nueva hija.
-Daniela, te pediré que no intentes escapar. Cómo pudiste comprobar, Edward podrá escuchar tus planes con su don, y nuestra hija Alice tiene el don de ver el futuro por lo que siempre estaremos advertidos de lo que intentas -le expliqué.
-¿Alice ve el futuro como en los libros? -Preguntó.
-Sí, eso es como en los libros -confirmé-. Tenemos seis hijos adoptivos: Bella, Edward, Rosalie, Emmett, Alice y Jasper.
Oí como mis cuatro hijos se paraban, en la sala, asumiendo que había llegado el momento de hacer las presentaciones.
-¿Cuál de ellos fue el que me mordió? -Preguntó Daniela, al tiempo que los cuatro entraban en la sala.
Vi, por sus rostros, que no parecían más tranquilos que antes de que se despertara Daniela. De hecho, la expresión de Alice me inquietó, a pesar de que intentaba poner cara de contenta. Algo debía haber visto, algo malo, y estaba intentando ocultarlo. Debería hablar con ella también. Aunque, si era una emergencia, ella se las arreglaría para decírmelo de inmediato. Jasper parecía amargado, presa de la culpa seguramente. Y Bella intentaba ocultar su escepticismo tras una sonrisa diplomática. Edward miraba el piso. Algo andaba muy mal. Tenía que encontrar la forma de hablar con ellos, rápido. ¿A lo mejor si les hablaba en inglés? ¿Se ofendería mucho la niña? Habíamos acordado adoptar su idioma por un tiempo, hasta que se sintiera más cómoda entre nosotros. Pero, para emergencias, suponía que tendríamos que dejar de lado la diplomacia y comunicarnos sin demora.
Vi que Edward estaba oyéndome, porque puso una expresión torturada.
"¿Es una emergencia, hijo?" le pregunté en la mente. Miró hacia un lado, para dejarme claro que no lo era, aunque seguía teniendo una expresión afligida en el rostro. "¿Alice vio una emergencia?" le pregunté. Miró hacia arriba levemente. Sí. Pero Alice no parecía dirigirme ninguna mirada de advertencia. Dios… Qué complicado… Vi que ponía los ojos en blanco, y no entendí qué me quería decir. Cerró los ojos, y al menos entendí que no quería seguir hablando. "Hablaremos más tarde" le prometí, ya que necesitaba saber qué lo estaba angustiando. Pestañeó una vez.
Decidí no seguir con el silencio incómodo, y me puse de pie. Esme se puso al instante de pie también, a mi lado. Vi que Daniela se ponía tensa, y se paraba también. Parecía amargada. Pobrecita. Debía sentirse asustada, tan pequeña y rodeada de vampiros grandes. Jasper también tenía una expresión torturada en su rostro. Tendría que pedir perdón, y luego perdonarse a sí mismo. Eso sería lo más duro para él. Aunque yo ya lo había perdonado luego de haberlo reprendido por no hacerme caso y haber andado sediento, sabía que él se había estado culpando hora tras hora desde el martes. Tomaría tiempo, aunque su arrepentimiento era sincero. Se había sometido dócilmente a la nueva orden de alimentarse cada fin de semana, bebiéndose obedientemente la oveja que le había traído la noche anterior, a pesar de que yo sabía cuánto las detestaba y de que ya había bebido un lobo marino el martes. En fin. De vuelta a las presentaciones…
-Hijos, ella es Daniela -dije, a pesar de que era obvio-. Se las presento en forma oficial, aunque ya todos la han visto. Está resultando complicado para ella asumir su nueva realidad, así que les pido que la hagan sentir acogida. Como saben, de ahora en adelante vivirá con nosotros.
Vi que mis hijos mayores asentían, y continué.
-Daniela, ellos son Bella, Alice, Edward y Jasper -le expliqué, indicándolos. Luego, para salir del paso desagradable pero imprescindible cuanto antes, agregué-. Jasper tiene algo que decirte.
Vi que Jasper se acercaba a Daniela, y ella retrocedía asustada. Lamenté no estar a su lado, para reconfortarla. Debía ser complicado para ella estar frente a un bloque de personas mayores y desconocidas. Jasper levantó las manos en gesto de paz, arrepentido.
-Daniela, fui yo quién te mordió. Perdóname por favor. Fue un accidente.
Ella frunció el ceño, y vi alterarse a mis dos hijos. Me puse tenso, al igual que nuestras esposas. Se produjo un silencio incómodo, mientras esperábamos que Daniela pronunciara las palabras mágicas.
-Ok. No hay problema -murmuró finalmente, para alivio de todos.
Me alegré. Otra etapa superada con éxito: no lo había atacado. Eso animó a mi amada, que parecía radiante. Se acercó lentamente a su nueva hija, y le dio un amago de abrazo muy breve. Tampoco le saltó encima, y eso me animó a mí. Podría haber retrocedido perfectamente, ante esa desconocida que se le acercaba tanto. Probablemente se habría alejado, si lo hubiera intentado yo. Mal que mal, acababa de pegarle un rato antes.
-Bienvenida Daniela. Aunque no sea lo que planeabas para tu vida, espero que seas muy feliz con nosotros -le dijo con cariño.
Daniela pareció relajarse, y sentí el alivio que experimentó Jasper. Todo estaba ocurriendo de forma bastante fluida, gracias a Dios. Estaríamos bien. Aunque Alice y Edward seguían algo tensos, a pesar de que Alice parecía estar intentando ocultarlo.
Como nadie decía nada más, decidí intervenir.
-Nuestros otros dos hijos, Rosalie y Emmett, están de viaje en Argentina en este momento -expliqué-. Ya los conocerás a su regreso.
-Ok -contestó.
Nos quedamos otra vez en silencio, y vi que Bella inspiró y decidió dar un paso adelante.
-Bienvenida Daniela. Imagino lo abrumada que te sientes, y si necesitas ayuda… Conversar… -pareció dudar, y frunció el ceño insegura, probablemente recordando sus primeros días de vampiro-. Lo que sea… En fin… Eres bienvenida.
-Gracias Bella -respondió Daniela, y parecía aliviada. Eso animó a mi otra hija.
-Bienvenida Daniela. Espero que seas muy feliz aquí -dijo con amabilidad. Luego agregó, sonriendo aún pero con algo de nerviosismo-. Y espero que no me odies demasiado cuando tenga que delatar tus planes de fuga.
Ajá. Planes en plural. Eso era entonces lo que inquietaba a mi hija, y me intranquilizó también. Miré alrededor de mí, discretamente, y vi que todos estaban igualmente preocupados. Hasta Daniela parecía alarmada. ¿A lo mejor todavía no era consciente de los planes que haría?
-Bienvenida -le dijo Edward, amargado-. Al igual que Alice, espero que no me odies por echar al agua cualquier plan de fuga o de incendiar a mi familia.
Inspiré involuntariamente. ¿Daniela planeaba asesinarnos? Comprendí por qué Edward había tenido esa cara todo el tiempo. Me preocupé. Rosalie había tenido ideas similares, en sus primeros días de vampiro. La cosa había acabado mal. Recordé, con amargura, que había terminado incluso golpeando a mi hijo. Vi el rictus de tensión en el rostro de Edward y me disculpé mentalmente por recordar eso. Rápidamente desvié mi atención a lo que me rodeaba. Todos miraban a Daniela, asustados. Hasta ella parecía asustada.
-Fue sólo un pensamiento aleatorio. Estaba molesta porque Carlisle me estaba pegando -explicó.
Parecía un poco desesperada, y me sentí culpable. Claro, se había sentido agredida y había decidido responder con violencia. Decidí que no le volvería a pegar, a menos que fuera realmente una emergencia. Tal vez sólo tendría que haberle dado un par de palmadas de advertencia, pensé arrepentido. Lo suficiente para mostrarle quién estaba a cargo, y para que le quedara claro a qué se exponía. Pero ya era demasiado tarde para eso. Aunque bueno, tampoco era para tanto. Estaba claro que ya no le dolía, y se las había ganado la verdad.
-Como sea -la voz enojada de Edward me sacó de mis pensamientos-, no te dejaré hacerle daño a mi familia.
Decidí intervenir. No quería peleas. Sólo debía explicarle las cosas con calma para que comprendiera, y se relajara de ser posible.
-No somos tus enemigos Daniela. Todos sabemos que el inicio en esta vida no es fácil. Ninguno de nosotros era pariente de sangre al transformarse. Pero ahora somos una familia, y te puedo asegurar de que hay verdadero amor entre nosotros. Confío en que con el tiempo puedas sentirte también como parte de esta familia.
Vi que Daniela fruncía el ceño, y continué con mi voz más suave. Tenía que dejarle claras las reglas, le gustara o no.
-Por ahora, sé que lo ves imposible. Sólo te pido paciencia y respeto. Si te comportas te puedo prometer que todo irá razonablemente bien. Pero si pones en peligro a alguien de la familia, incluyéndote a ti, o si no te comportas con educación, habrá consecuencias. Los castigos son algo muy inusual entre nosotros, por eso espero que hagas un esfuerzo para no ser la excepción.
Rogué mentalmente que así fuera. No quería tener que llegar a extremos. Recordé, nuevamente, la cantidad de veces que tuve que ver, y oír, cómo torturaban a Alec y a Jane. Sus angustiados alaridos… No se habían sometido con facilidad a los tres líderes, probablemente porque no habían sido convertidos por ninguno de ellos. ¿Tal vez sí le habían llegado a obedecer a Vladimir? Nunca supe. Miré a Daniela, y podía ver la rebeldía en sus facciones. Dios… No…
-Bueno -gruñó, a regañadientes.
Supuse, resignado y amargado, que tendría que volver a someterla en algún momento del futuro. Vi a mi hijo ponerme los ojos en blanco. "¿Estoy haciendo el ridículo, hijo?" le pregunté con la mente. Vi que volvía a mirar hacia arriba imperceptiblemente. A lo mejor tenía razón, y una tunda de vez en cuando tampoco era el fin del mundo. Vi, por el rictus de su boca, que la idea le desagradaba. Bueno, a mí también la verdad.
De pronto noté que Jasper parecía percibir nuestra incomodidad. Decidí cambiar de tema. Había asuntos urgentes que atender, como la sed de la niña. No podía llevarla a cazar en forma segura, por lo que tendría que traerle de beber.
-Bien. Ahora, dado que pretendías escapar al ir de cacería -le dije a Daniela, efectivamente distrayéndola-, creo que por ahora no saldrás de la casa.
Eso pareció molestarla también.
-¿Y qué voy a comer? -se quejó.
-Te quedarás aquí hasta que estemos seguros de que no intentarás nada, y te traeremos presas -le expliqué con calma. ¿Acaso pensaba que no la alimentaríamos?
-¿Pero no se suponía que con Edward y Alice podían adivinar si iba a intentar algo? -Argumentó con rabia-. Ya no pienso intentar escapar si me llevan a cazar. Que ellos se los digan.
-Sí -intervino Alice, conciliadoramente-, pero podrías cambiar de idea durante la cacería. Y yo no quiero ir a cazar ahora porque ya fuimos anoche.
Bueno, su esposo y ella no habían ido a cazar precisamente, sino que se habían bebido resignados las ovejas que les traje. Luego Esme y yo habíamos ido con los otros dos a los lobos, mientras ellos se quedaban cuidando a Daniela.
-¿O sea que soy una prisionera? -Se rebeló Daniela-. ¿Hasta cuándo?
Parecía verdaderamente molesta. Decidí intentar calmarla.
-No eres prisionera -respondí con paciencia-. Sólo evitaremos que salgas hasta que te logres controlar mejor. Ahora estás todavía un poco alterada.
Vi que Jasper asentía y, por desgracia, Daniela también pareció notarlo. Eso la alteró todavía más, y parecía querer echarse a llorar. Por desgracia, mi otro hijo resopló. Lo miré enojado. ¿No podía controlarse? ¿No se daba cuenta de que alterar a la niña no ayudaría en nada? Puso cara de disculpa, y afortunadamente eso pareció tranquilizarla un poco.
-Mejorará… No te abrumes -le sugerí. Pensé en acercarme y hacerle cariño, pero me abstuve. Recién me conocía, y probablemente me temía. Habría que avanzar de a poco.
-Sí… -dijo Alice, insegura. La miré con duda, e hizo una discreta mueca con los ojos. ¿Qué habría visto? Miré a Edward, y él no me miró, pero parecía inquieto.
-¿Qué tengo que decidir para que veas que todo irá bien? -Preguntó Daniela con un tono algo sarcástico. Vi que Alice se ponía a la defensiva.
-No lo sé -explicó-, yo sólo podré ver el resultado cuando hayas decidido lo que sea que vayas a decidir. Pero sí te puedo adelantar que con esa actitud nada mejorará -agregó disgustada. Vi que Daniela se puso triste, pero relajó un poco su postura.
-Ok. Tienes razón -admitió-. Perdónenme todos por favor.
Bueno, en su favor se podía decir que era capaz de reconocer sus errores y pedir perdón. Aunque no se comportara de una forma muy educada, había esperanza si ella decidía poner de su parte. Mi esposa parecía haber llegado a la misma conclusión que yo. Me sonrió, y luego se dirigió a la niña. Le tomó un brazo, y ella por suerte no la rechazó.
-Ven tesoro, te mostraré cuál será tu cuarto. Comencé a prepararlo cuando te trajimos.
Daniela la siguió dócilmente, y mis cuatro hijos y yo nos relajamos por un par de segundos. Pero de pronto Edward gruñó y salió disparado al pasillo. Salí corriendo detrás de él, con pánico. ¿Y ahora qué? Alcancé a inmovilizarlo al pie de la escalera, mientras mi esposa se ponía protectoramente frente a Daniela. Era como un déjà-vu. Algo muy similar había ocurrido a las pocas semanas de la llegada de Rosalie a la familia. Ella había planeado acabar con mi esposa y conmigo, en un intento por obligarnos a matarla. ¿Acaso Daniela, en los pocos minutos que llevaba con nosotros, ya había llegado a planificar algo similar? Dios… Nos había costado un mundo tranquilizar a nuestros hijos aquel horrendo día.
-Calma hijo… -murmuré en su oído-. Calma…
"Edward, hijo, debes controlarte. Lo que sea que haya pensado Daniela, no puede ser tan terrible" pensé para él. Lo sentí temblar, contra mí. Estaba llorando, pero intentaba que nadie lo notara. "¿Quiere matarnos?" pregunté en mi mente. Aunque no podía ver sus ojos, sentí como levantaba ligeramente la cabeza. "¿Lo planea en forma seria, o es sólo un pensamiento fruto del miedo o la ira?" pregunté inquieto. Sentí que movía ligeramente la cabeza hacia un lado. Ok, eso me tranquilizó. No era en serio. Pero, lo que sea que Daniela había visualizado, había afectado profundamente a mi hijo.
-No lo pensaba en serio. Fue sólo una idea que me pasó por la mente -dijo Daniela, angustiada-. Perdón. Intentaré no pensar en esas cosas. No sé cómo evitarlo.
Nos miramos todos brevemente. Bella, Alice y Jasper estaban junto a la puerta de la salita. Vi que Bella quería acercarse a su esposo, pero no se atrevía. Vi que Jasper parecía angustiado, pero no podía dividirme en dos para ir a consolarlo a él también. Alice estaba a su lado, afortunadamente. Por ahora, me tendría que concentrar en Edward.
Continué murmurándole al oído que se calmara, recordándole lo mucho que todos lo amábamos, rogándole que confiara en nosotros, prometiéndole que no permitiríamos que nada malo pasara. Por suerte, luego de un rato dejó de temblar y de gruñir. Le pasé una mano por la espalda y por la cabeza. Lo separé un poco de mí, lo suficiente para poder mirarlo a los ojos.
"Todo estará bien, hijo, confía en tu madre y en mí por favor" pensé para él, y le di un beso en la frente. Vi que parecía más tranquilo, aunque tenía cara de sed. Debía haberse consumido mucho con la angustia, ya que habíamos ido a cazar sólo la noche anterior. "Ve a cazar, tus ojos se oscurecieron" agregué, en mi mente. Asintió, y se alejó hacia la puerta de la sala. Bella lo siguió de inmediato.
Ahora tendría que conversar con mi otro hijo, que también parecía estarlo pasando mal. Además, quería preguntarle a Alice cómo veía el futuro. Se había visto muy inquieta durante todo el intercambio con Daniela. Mi esposa me vio mirando a nuestros hijos, entendió de inmediato y se llevó a la niña.
Alice esperó a que su madre estuviera arriba, y me miró en forma significativa. Al parecer, lo que me tenía que decir era urgente. Me dirigí hacia la sala grande, más alejada del segundo piso, seguida de ambos, para que pudiéramos conversar con más privacidad. Aunque dudaba que Daniela entendiera nuestro idioma, era mejor ser precavido.
-¿Qué ocurre, hija? -Le pregunté de inmediato, bajito, cuando hube cerrado la puerta detrás de nosotros. Podía oír arriba a Daniela conversando con mi esposa, de modo que debía estar distraída.
-Habrá problemas -dijo Alice yendo al grano-. Está decidida a escapar. No ha llegado a la etapa de planes concretos, por lo que sólo tengo imágenes imprecisas, pero todas se resumen en ella corriendo y nosotros persiguiéndola una y otra vez. No logro ver que haya solución. Incluso decidí sugerirte que le volvieras a pegar, a ver si con eso cambiaba el futuro, pero tampoco funcionaría. Creo que sólo la empujaría a seguirlo intentando con más ganas.
-¿O sea que no podremos quitarle nunca los ojos de encima? -Pregunté amargado.
-No Carlisle -murmuró Alice-. Incluso decidí acabar con su vida yo misma, a ver si con eso se arreglaba el futuro, pero fue peor -admitió comenzando a tiritar-. Vi a Esme deprimiéndose, y a todos nosotros peleando. Fue horrible. Decidí no matarla, porque no pude soportar la visión. No sé qué podemos hacer.
-¿Y si la mato yo? –Le propuso Jasper, con desgana-. Mal que mal, fue mi error.
-¡Nadie la matará, es una orden! -Los reté. Se sobresaltaron, pero volvieron a mirarse.
-Mismo resultado –le respondió Alice, que había tenido una visión luego de la decisión de su esposo-. No funcionaría.
-¡Les dije que no! -insistí enojado, al ver que no me hacían caso.
-Carlisle, será espantoso -insistió Alice, volviéndose hacia mí, desesperada-. Una incesante carrera de gato y ratón. Creo que incluso se decidirá más a cada intento.
-¿Y si la encerramos por un tiempo, hasta que se tranquilice? -Propuse. No era lo ideal, pero si la manteníamos entretenida y le mostrábamos afecto terminaría calmándose.
Alice se concentró.
-Si la encierras en su cuarto saltará por la ventana apenas le den vuelta la espalda. Llegará abajo con su ropa algo desgarrada, y eso la perturbará cuando la atrapen. E intentará correr por la puerta cuando le agregues barrotes a su ventana y verifique que es incapaz de romperlos o arrancarlos.
-¿Y si cambiamos la puerta por una más fuerte? -Propuso Jasper.
Alice se volvió a concentrar, y pareció apenada.
-Daniela termita… -gruñó ligeramente-. Descubrirá que con los dientes puede destrozar y hacer agujeros en los muros de madera. Eso perturbará a Esme.
-¿Y si la encerramos en el cobertizo? -Propuse. Ese tenía estructura metálica.
Alice volvió a concentrarse, e hizo una mueca de asco.
-Daniela topo… Descubrirá que puede excavar la tierra. Intentará hacer un túnel al exterior apenas la dejemos sola. Los taparemos todos, y eso la volverá histérica. Decidiremos poner cemento en el piso, e intentará excavarlo con los dientes. El ruido nos alterará a todos. Le pegarás, e intentará matarte mordiéndote el cuello. No lo conseguirá. Edward intervendrá, intentando matarla. Le terminarás pegando a él -dijo Alice finalmente, mirándome con gesto de disculpa.
-Ok –admití asustado-. Mala idea.
Nos quedamos sin ideas. Pudimos oír como arriba Daniela preguntaba a Esme si le podíamos comprar un elefante. Nos miramos, desconcertados.
-Para qué quiere un elefante -se preguntó Jasper en voz alta. Nos miramos, encogiéndonos de hombros. Pero al parecer era broma, ya que mi esposa se reía y le decía que no, pero que podrían comprar ropa. Cuando las oímos hablando de ropa nos relajamos.
-¿Alguna otra idea? -Pregunté preocupado. Me miraron impotentes.
-¿Hacer un sótano y encerrarla bajo tierra? –Sugerí a Alice, luego de unos segundos, ya que no se me ocurría nada.
Alice se concentró, y rápidamente respondió "mismo resultado: Daniela topo".
-¿Entrenamiento a lo Vulturis? -Sugirió Jasper.
Alice y yo hicimos muecas, aunque ella se concentró a regañadientes. Comenzó a negar con la cabeza.
-Daniela piedra -murmuró-. Terminaría sin hablar ni reaccionar, y Esme terminaría entrando en mutismo con ella. No, ni hablar.
-¿Y si la entreno de un modo más civilizado? -Propuse yo.
-Decide lo que sea que estés dispuesto a hacer -me ordenó Alice-. Así veré el resultado.
Me concentré. Le pegaría como lo había hecho hoy, hasta que decidiera obedecernos. Alice comenzó a ver algo.
-Daniela robot -admitió-. No tan horrible como Daniela piedra, pero nos deprimirá a todos.
-¿Pelearemos entre nosotros? -Preguntó Jasper.
Alice hizo un mohín.
-No, pero seremos muy infelices. Y creo que ella no mejorará.
-Bueno, es la única idea no tan radical hasta ahora -declaró Jasper.
-Carlisle se odiará a sí mismo -dijo Alice negando con la cabeza-. No es una buena idea amor.
Nos quedamos pensando, y pudimos oír cómo mi esposa le explicaba que habíamos quemado sus cosas porque la policía podía usar perros para buscar o reconocer objetos suyos. Nos miramos con mala cara al oír cómo Daniela le preguntaba esperanzada si los perros podrían seguir su rastro hasta la casa.
-Está completamente decidida -explicó Alice-. Buscará un modo, es cosa de tiempo.
-Sólo nos queda permanecer vigilantes -dije con impotencia, encogiéndome de hombros.
-Será un infierno -insistió Alice-. Te terminarás desesperando.
-No sé qué hacer, hija, -confesé desesperado.
Alice de pronto relajó la cara, y se concentró. Jasper y yo nos miramos, y dejamos de respirar para no distraerla. Al ver que tenía un amago de sonrisa en su cara nos relajamos, esperanzados.
-Carlisle, debes hacerle un candado para los pies -me ordenó mi hija con seguridad-. Eso la enrabiará un poco, pero pude ver que conseguiremos vivir en paz, al menos durante el futuro que consigo ver. Eso evitará que intente escapar continuamente.
-¿Estás segura? -Pregunté, asqueado. No me gustaban esos métodos tan medievales.
-¿Funcionará? -Preguntó Jasper, con tono práctico.
-Funcionará. Lo tendrás listo antes de que pase un minuto -insistió Alice, indicándome la salamandra que estaba detrás de mí.
Ok. Debía confiar en Alice. En estas cosas de clarividencia era ella la que mandaba. De todos modos no se me ocurría una mejor idea. Por ahora, y hasta que encontráramos un plan más humanitario, tendría que bastar.
No tuve dificultades para hacerlo. Y Daniela, con lo débil que era, sería incapaz de abrirlo. Vi que las cenizas y restos metálicos de la quema de evidencias quedaron en el piso, ensuciando, pero Jasper corrió a la cocina y volvió con la escoba, la pala, y un paño húmedo. En segundos había dejado todo limpio.
-Es lo mínimo que puedo hacer -bromeó, con cara de culpable. Alice y yo lo miramos con simpatía.
-Creo que es mejor que subas ya -sugirió Alice, triste, indicando el bloque. Asentí, resignado. A Esme no le haría gracia.
Cuando me asomé a la puerta, predeciblemente, a mi esposa se le alargó la cara.
-Amor, no… -se quejó.
-Alice vio que sería necesario -le respondí, esperando que comprendiera.
-¿Qué pasa con Alice? -Preguntó Daniela, asustada-. ¿Por qué me miran así?
Puse el bloque en el suelo, para acercarme a explicarle. Quería tener las manos libres, por si necesitaba sujetarla. Pero ella, al ver el bloque en el suelo, comprendió. Esperablemente, intentó saltar por la ventana. La agarré antes de que alcanzara a atravesarla (por suerte era un vampiro, había visto la clase de daño que los niños se hacían al atravesar los parabrisas de los coches). De hecho, ni siquiera se le había alcanzado a romper la ropa. Menos mal, al menos así le ahorraría el bochorno a la pobrecita. Si era tan vergonzosa como Alice la había visto en su visión, era mejor que nunca se enterara de que la habíamos tenido cuatro días desnuda en una bañera.
Mi esposa por suerte atinó a ayudarme, y le puso el bloque ella misma en los pies mientras yo la sujetaba. Me alegré de que hubiera comprendido la necesidad de la medida, para que no me odiara.
Predeciblemente, Daniela intentó soltarse en forma frenética por varios segundos, apenas la pusimos en el piso.
-¿Por qué? -preguntó finalmente, casi llorando. Nos miraba con un gesto tan acusador que sentí algo desagradable en el estómago. A mí no me gustaba más que a ella.
-Es sólo por un tiempo. Sólo para la primera fase de adaptación, que sería muy complicada si no hacemos esto -le expliqué con calma, rogándole con la mirada que entendiera. Vi que se resignaba.
-¿Y si te prometo que no iré a ninguna parte? -Propuso.
Si sólo fuera tan sencillo… Alice me libró de responder.
-Lo prometerías con franqueza en este momento. Pero luego seguirías dándole vueltas en tu cabeza y terminarías concluyendo que es mejor intentar ir a tu casa -explicó en tono práctico-. Y, aunque te alcanzaríamos antes de que lo lograras, de todos modos se produciría una…
Alice me quedó mirando, como preguntándome hasta qué punto podía llegar en sus explicaciones. La miré con seriedad, advirtiéndole con la mirada que no se explayara. Ya habíamos hablado de eso: les había prohibido a mis hijos y a mi esposa informarle a Daniela de los métodos que usaban los Vulturis con los niños inmortales. No necesitábamos aterrarla. Nosotros éramos una familia de personas civilizadas, unidos por el amor que nos teníamos, y no un aquelarre de guerreros medievales ávidos de poder.
-Una situación incómoda -continuó mi hija, entendiendo-. Créeme, esto va a ser mucho mejor. Sólo te pido que confíes en mí: esto es lo que más fácil hará tu adaptación.
Parecía sincera, aunque eso no tranquilizó a Daniela. La miraba con una ceja levantada, y una expresión de desconfianza en el rostro. Jasper escogió ese momento para intervenir, y una agradable calma me invadió. Lo miré para darle las gracias, pero él pareció sentirse culpable y luego de excusarse se fue a refugiar en la sala de estar.
Daniela me distrajo, se había puesto a llorar. Mi esposa se acercó a ella y comenzó a hacerle cariño en la cabeza, quitándole los pedacitos de vidrio que le habían quedado enredados en el pelo mientras la consolaba. Me alegré de que no pareciera tan enojada como para hacerla a un lado. Había temido que nos odiara.
-Lo siento -me disculpé de todas formas. Iba a decirle que sería sólo por un tiempo, pero decidí mejor abstenerme de hacer cualquier clase de promesa al respecto. Después de todo, Alice no sabía hasta cuando sería necesario.
-¿Y me tendré que quedar parada aquí por cuánto tiempo? -Preguntó enojada, como si hubiera podido leer mis pensamientos. Hice una mueca, y miré a Alice con impotencia. Alice la miró con gesto de disculpa y le contestó con toda la amabilidad que pudo.
-No lo sabemos con certeza. Pero no te cansarás como si fueras humana. Y no tienes por qué estar siempre en el mismo punto -ofreció-. Te podemos desplazar por la casa para que no te aburras.
-¿Cómo si fuera una puta planta? -la increpó Daniela, en forma agresiva.
La miré, resignado. No la castigaría como en la sala, pero al menos le daría una palmada para dejarle claro que debía pensar antes de hablar y respetarnos por muy enojada que estuviera. Pero, cuando iba a hacerlo, mi esposa me detuvo con gesto suplicante.
-Amor… Lo está intentando… -Me rogó. Vi que Daniela parecía asustada, como preparándose para el golpe. Me sentí mal. Asentí para tranquilizar a Esme y bajé la mano.
-Daniela -le dije serio, mirándola a los ojos-, por favor intenta de verdad controlar tu forma de hablar. Te daré un mes de marcha blanca, pero quiero ver que progresas.
Parecía de verdad arrepentida y eso me tranquilizó.
-Bueno. Lo siento, voy a tratar -respondió bajito, con humildad.
Me hubiera gustado hacerle cariño, para decirle que la perdonaba, pero no me atreví a levantar la mano. Me estaba preguntando qué decirle para que se relajara, pero nuevamente mi hija me salvó proponiéndole ver una película. Eso era una buena idea: podría relajarse, y me daría ocasión de ir a comprarle algo para que se alimentara.
Se instalaron en la sala de estar, frente a la única televisión de la casa, y mi esposa me dirigió una discreta mirada alegre. Le sonreí de vuelta. Tenía muchos deseos de relajarme con ella, pero eso tendría que esperar.
-.-
Decidí comprarle un cerdo. Era más agradable que las ovejas, y sería su primera comida de vampiro. Esperaba que le gustara, y no fuera mañosa como Alice y como Emmett. Ellos eran los peores, a la hora de quejarse. A Alice nada le gustaba. Si tenía que comer lobos marinos, se quejaba. Si les compraba animales, se quejaba. Y, por desgracia, la zona no ofrecía opciones. Todo parecía estar en peligro de extinción. Si no fuera tan desagradable, habría optado por tener un gallinero. Pero la sangre de pájaro era asquerosa, hasta a mí me costaba tragármela. Y, de todos modos, habríamos necesitado un gallinero industrial para satisfacer nuestras necesidades. Y, eso, seguro que terminaría atrayendo vecinos.
Por suerte tenía un buen número de proveedores en la zona. Mientras tuviera cuidado de comprar animales espaciadamente, no había razón para que nos levantaran las cejas. Éramos una familia grande: nos gustaban las parrilladas y hacer cecinas, punto final. Esme incluso había comprado en el pueblo una máquina para rellenar salchichas, que estaba juntando telarañas en el cobertizo. Tal vez deberíamos hacer cecinas al menos una vez, pensé, para que pareciera usada. No, qué asco, razoné, descartando la idea. Nadie miraría tan de cerca. Además, no imaginaba cómo podrían quedar unas longanizas hechas con carne contaminada con ponzoña de vampiro. Arrugué la cara. Aunque lo intentáramos, habría que incinerar el resultado de inmediato. Y habría que limpiar perfectamente la máquina luego. No, demasiado riesgo.
Fui a una granja lejana a la que no iba hace semanas. Me recibieron con amabilidad, como siempre. Bajé el asiento trasero del vehículo y cubrí todo bien con la manga de caucho que teníamos para estos casos. Me trajeron un buen cerdo, y me alejé de inmediato cuando lo subieron al coche, para evitar que se pusiera a gritar como si hubiera visto un vampiro. Pagué el animal agradecido, deseando poder tener un camión y poder comprar más animales sin levantar sospechas. Sería todo más simple si no tuviera que hacer tantos viajes a lugares diferentes para alimentar a mi familia.
-.-
El cerdo reclamó cuando lo bajé del vehículo y lo cargué al cobertizo. Por suerte no había ensuciado el caucho, odiaba cuando tenía que quemar los desechos del animal y luego lavarlo. Quedaba un barrial nauseabundo que luego tenía que cubrir con tierra y hojas para que no apestara tanto. Y mis hijos rara vez me ayudaban, no que los culpara. Las ovejas no ensuciaban tanto como los cerdos, pero a mis hijos les gustaban mucho menos.
Todos bajaron, alertados por las quejas del animal. Vi que Daniela, en brazos de mi esposa, parecía sedienta. Menos mal, no tenía ganas de tener que convencerla. El hambre era el mejor aliño, como decía mi padre.
Esme depositó a la niña junto al animal, y vi que se quedaba quieta y no bebía. Mala señal. Parecía triste. Miré a mi esposa, rogándole que nos dieran un poco de privacidad. Tal vez eso la relajaría. Miré a Daniela, y le indiqué el cerdo sonriendo, pero vi que lo miraba con aprensión.
-Tienes que dejarte llevar por el instinto al cazar. No se trata de pensar -le expliqué.
Pareció entender, y volvió a fijarse en el cerdo. Miró su cuello, como dándose ánimo, pero no se movió. ¿Tal vez le daba asco?
-Sólo cierra los ojos y guíate por el olfato -la animé.
Obedeció mi indicación, pero seguía sin moverse. Suspiré. A pesar de que estaba claro que estaba sedienta, no parecía tener instinto de caza. O al menos no se le despertaba con el cerdo. Sería más difícil de lo que había pensado. Herí al animal, para ayudar, y el olor a la sangre por suerte la empujó a moverse. Comenzó a beber. Oí suspirar a mi esposa y mis hijos con alivio desde afuera del cobertizo.
Cuando terminó parecía aliviada y relajada. Seguía con los ojos cerrados. Me atreví a acercar mi mano, y le hice cariño tentativamente en la cabeza, esperando que no me lanzara un mordisco. No reaccionó mal, por suerte, aunque pareció incómoda.
-¿Mejor? -Le pregunté, sonriéndole.
-Sí, gracias -respondió, aunque parecía amargada. Deseé que Edward estuviera, para preguntarle qué le estaba molestando.
Esme y los niños entraron, contentos. Miré a mi hijo para pedirle ayuda, e indiqué al cerdo. Entendió de inmediato, y se lo llevó para enterrarlo lejos.
-¿Qué harán con él? -Preguntó Daniela.
-Jasper lo enterrará donde ningún humano lo encuentre -le respondí con franqueza.
-Pensaba que ustedes comían animales salvajes -observó.
Le expliqué nuestra situación alimentaria, y Alice aprovechó para quejarse, como siempre. Y el tema degeneró, invariablemente, en el clásico "¿Cuándo nos vamos de Chile?". Estaba harto de que volvieran una y otra vez con el mismo tema. A mí tampoco me gustaba, pero aquí estábamos seguros, nunca pasaban por aquí otros vampiros, y casi nunca salía el sol. Era ideal en esos sentidos. El perfecto lugar aislado para vivir bajo perfil. No pensaba acercar a mi familia a los hombres lobo a menos que no quedara alternativa. Y tampoco quería a otros vampiros rondando, sobre todo ahora que teníamos a Daniela. ¿Cómo no podían resignarse y dejar de quejarse?
-¿Qué tiene de malo Chile? -Preguntó Daniela, distrayéndome, claramente molesta de que a mi familia no pareciera gustarle su país.
-Nada tesoro. Es un país hermoso. Y la gente es muy amable -contestó mi inteligente esposa, siempre diplomática.
Mi hija, por desgracia, no lo era. Continuó quejándose. Estaba explicándole, como tantas otras veces, que todo se complicaría si compráramos otro vehículo. Además, internamente, tenía mis propios motivos: de los cuatro, sólo Jasper tenía licencia para manejar, acompañado de un adulto. Si tuviéramos otro coche, terminarían cayendo en la tentación de usarlo y me obligarían a llamarles la atención.
-¿Por qué están en Chile? -Preguntó Daniela, cambiando de tema.
-Las cosas estaban algo complicadas en nuestro país -le expliqué, sin entrar en detalles. No quería asustarla innecesariamente. Pero ella no pareció satisfecha con mi respuesta.
-Un vampiro mató un humano en nuestro territorio, rompiendo la tregua con los hombres lobo -agregó Esme.
-¿Y no se supone que con lo de Renesmée y Jacob ya nunca habría problema con los hombres lobo? -Preguntó.
Me dieron ganas de gritar, pero me contuve. Cómo odiaba esa ridiculez de los vampiros teniendo hijos con los humanos… Completamente absurdo.
-¡Ah! Eso… Otra imprecisión del libro -le dije con diplomacia-. La verdad Daniela es que nunca hubo una semi-vampira. Los vampiros no podemos tener bebés con los humanos. Simplemente, somos estériles -le contesté sin irme con rodeos. Tenía edad para entender eso, a pesar de su apariencia de niñita.
-¿Pero existe Jacob en la realidad? -Preguntó.
Por su cara me di cuenta de que el tema le causaba auténtica curiosidad, así que decidí darle en el gusto y no cambiar de tema.
-Sí, existe -concedí-. Y él y Bella sí son amigos. Pero nunca hubo romance, ni todo el drama de los libros.
-¿Y los hombres lobo los expulsaron de Forks? -Preguntó, sin darse cuenta de que el tema me desagradaba. Mi hijo, entrando al cobertizo, me libró de tener que responder.
-Más bien tuvimos que escapar… -le explicó con amabilidad, aunque su respuesta pareció asustarla.
-¿Los iban a matar? -Preguntó, nerviosa.
-No creo que nos hubieran destruido -le dije de inmediato, para que no tuviera miedo-. Pero no nos quedamos para averiguarlo -agregué, para que comprendiera que el tema de los hombres lobo era serio, y que no había que acercarse.
-Y Carlisle no hubiera matado a un lobo -se burló Alice.
-Lo haría para defender a mi familia. Pero prefiero huir a un enfrentamiento -me defendí.
-¿Y por qué vinieron a Chile? -Preguntó nuevamente Daniela, en forma respetuosa. Eso me alegró-. ¿No bastaba con alejarse de la zona?
Debía admitir que era una pregunta perfectamente válida. Decidí ser franco.
-Mientras más lejos mejor -confesé-, al menos hasta que se calmen los ánimos. Y el sur del hemisferio sur tiene la doble ventaja de estar muy lejos y de tener muchos días nublados. En un mapa, el sur de Chile nos pareció una buena idea.
-O tan buena como cualquier otra -explicó Jasper. Y Alice aprovechó de seguir quejándose.
-Pero es taaaaaan aburrido. Estoy harta de cerdos y ovejas. Si al menos pudiéramos ir a la selva…
Otra vez con lo mismo. La eterna discusión. Hay cosas que jamás cambiarían con seis hijos adolescentes. Bueno, siete a partir de ese día. Expliqué, como tantas otras veces, la necesidad de no llamar la atención de los vecinos. Y Alice confesó, descaradamente, que intentaba siempre hacerme cambiar de opinión. Deseé que no le diera ideas a nuestra nueva hija. Le tiré una oreja discretamente, para que comprendiera que me había molestado, y lo camuflé fingiendo que la mordería de broma, para no avergonzarla. Entendió mi mensaje de inmediato, y corrió hacia Jasper.
Decidí intentar alegrarles la vida, a ella y su marido, y no continuar con mi idea inicial de castigarlos obligándolos a beber sólo ovejas. Después de todo, es cierto que lo pasaban muy mal, en esa escuela deprimente, sin siquiera poder distraerse cazando presas interesantes, o tocando el piano, o yendo de compras. Alice vio de inmediato mi plan de levantarles el castigo para el siguiente fin de semana, y se alegró.
-Iba a proponer que fuéramos a la costa el próximo fin de semana les informé a los demás-, a cazar lobos marinos.
-No es muy emocionante, y huele fatal -continuó quejándose mi hija, a pesar de mi intento por hacerla feliz-. Pero es bastante más entretenido que beberse un cerdo o una oveja.
-Sangre es sangre -respondió mi amada esposa, sabiamente, tras ponerle los ojos en blanco a la quejumbrosa de su hija. Aunque no actuaba tan inteligentemente, ya que luego insistió con lo de volver a Alaska o a Forks. La miré un poco molesto. ¿Qué parte de "nos van a matar los lobos" no le quedaba clara?
-No -repliqué con dureza, esperando que la cortaran con el tema-. A Forks no volveremos hasta que esa generación de lobos haya muerto. Y saben que podríamos volver a Alaska.
-Pero Bella extraña a su padre -insistió Alice-. Incluso extraña a Jacob.
-Ella no me ha dicho nada -me defendí.
-No te lo dirá. Pero yo me doy cuenta -replicó.
-No pondré en peligro a mi familia, y se acabó -los reté.
-Pero… ¿Y Alaska? -Insistió Esme.
La miré fijo, e hizo un gesto como de disculpa.
-Ni hablar. Los lobos saben que podemos volver allá. Deben estar esperándolo -expliqué, como tantas otras veces.
Tal vez debería comenzar a tomar represalias cada vez que volvieran con el tema. Aunque la vida que llevaban era tan deprimente, que no tenía corazón para amargárselas todavía más. Daniela, afortunadamente, cambió un poco de tema.
-Sólo por curiosidad -preguntó, en forma educada por suerte-. ¿Por qué no les dijeron a los lobos que ustedes no habían atacado a ningún humano?
Mis hijos me miraron. Miré a mi esposa. Bueno, al diablo con lo de no asustarla. Daniela tendría que entender a los peligros que estaban expuestos los de nuestra especie, no la podríamos mantener en una burbuja. Aunque me hubiera gustado pasar los primeros días llegando a conocerla, relajadamente, sin enseñarle los detalles más macabros, estaba claro que era una niña curiosa y no pensaba mentirle sobre nuestra naturaleza y los peligros a los que nuestra familia en particular se veía enfrentada. Le iba a contestar, pero mi hijo se me adelantó.
-Porque el accidente lo tuvo un invitado nuestro. Él sabía que no debía cazar en la zona. Pero pasó demasiado cerca de un accidente y, al oler la sangre, perdió el control. Los lobos nos responsabilizan a nosotros -explicó con gesto de disculpa (ya que de hecho eran sus invitados los que habían tenido el accidente)- argumentando que el vampiro estaba en la zona por nuestra culpa, y que controlar a nuestros invitados debía ser nuestra responsabilidad.
-De todos modos no podemos dejar que esta generación de lobos sepa de Daniela. Aunque nosotros no matáramos a ese humano, ya rompimos el tratado -les recordé.
Lamenté haber dicho eso apenas las palabras salieron de mi boca, ya que Jasper volvió a sentirse culpable. Insistió en que lo sentía. Lo miré con cariño y le sonreí para darle ánimo.
-Es parte de lo que somos. Los accidentes pasan. Ninguno de nosotros te culpa -le aseguré.
Vi, por el rabillo del ojo, que Daniela fruncía ligeramente el ceño. Esperé que tuviera el tino de no decir nada que hiciera sentir peor a mi hijo. Por suerte, pareció tenerlo.
Alice nos distrajo a todos, con una de sus visiones. Me alarmé, y vi que Esme también parecía ansiosa.
-¿Qué pasa amor? -Preguntó Jasper.
-N… Nada -dijo Alice nerviosa-. Por un momento tuve una visión algo borrosa. Creo que Daniela estaba ahí. Pero luego no vi nada. Lo siento.
Jasper comenzó a consolarla, y no pude evitar inquietarme. Aunque Alice no hubiera visto nada concreto, era evidente que Daniela había decidido algo, o había tenido algún pensamiento decisivo. Lamenté nuevamente que Edward no estuviera cerca. Tendría que pedirle que, durante las próximas semanas al menos, estuviera pendiente de los pensamientos de la niña. Lamenté tener que imponerle esa responsabilidad, y sabía que eso pondría de mal humor a Bella. Pero esto era demasiado importante. Si se nos escapaba, o conseguía de alguna forma llamar la atención de su familia o de la policía, eso nos traería problemas.
Mi esposa y mis hijos salieron del cobertizo para volver a la casa. Al parecer, querían terminar de ver la película que habían comenzado antes. Cargué a Daniela de vuelta, preocupado. ¿A lo mejor debería inventarle alguna enfermedad a Edward, para que así pudiera quedarse todo el día en casa? Pero eso pondría de mal humor a mi hija, obligada a aburrirse en la escuela sola sin su marido. Y, si los "enfermaba" a los dos, eso podría parecerle extraño a alguien en la escuela. Y no estaría Edward en la escuela para avisarnos.
Suspiré, en mi camino de vuelta al auto. Qué complicado era todo. Ojalá Daniela hubiera sido un par de años mayor. Todo hubiera sido más simple. Seguro que habría comprendido y aceptado mejor su nueva realidad, y hubiera podido ser una compañera y amiga para sus hermanas, no una amenaza. Aunque Alice se había tomado la llegada de la hermanita bien (probablemente sintiéndose en parte responsable por la tragedia), no era un secreto que Bella sólo había decidido seguirnos la corriente.
Edward y ella habrían escogido matarla. De hecho, Rosalie y Emmett también la hubieran matado. Cuando Esme los había llamado por teléfono, y les había contado en clave que había un nuevo miembro en el clan ("tu padre está seguro de que estoy esperando una hija" les había dicho) mi hija había quedado en silencio por varios segundos. No era un misterio con cuánto fervor se oponía a la creación de nuevos vampiros. No la culpaba, de hecho. Emmett era el único que ella había escogido, y era casi un hombre adulto. Y, cuando Esme le había dicho "tengo casi quince días de embarazo" todos escuchamos su alarido de espanto. Emmett había tomado el teléfono, preguntándonos si estábamos de broma. Esme suspiró, y le respondió que no. Él ofreció volver de inmediato, por si necesitábamos su ayuda. Pero Esme dijo que no, que no era necesario. Ellos probablemente lo comprendieron: debíamos procurar que nada cambiara a nuestro alrededor para no llamar la atención de los humanos. Aunque hubiera agradecido los ojos extra para vigilar a Daniela, tuve que admitir que mi sabia esposa tenía razón al pedirles que siguieran con sus planes.
Guardé la manga de caucho en el cobertizo y lo cerré. Al menos podía alegrarme de no tener que limpiar excrementos de cerdo. Había que ser agradecido por las pequeñas bendiciones.
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