AN: Sé que dije que no escribiría toda la historia desde el otro punto de vista… Pero soy cambiante. Escribiré algunos capítulos, en la medida que me anime. Así que aquí va otro. Espero que quienes se animen a leerlo lo disfruten. Y si quieren comentar, eso no me disgustaría para nada… :)

Capítulo 2 extra (pdv Carlisle)

Cuando volví a entrar en la casa pude oírlos a todos arriba, en la sala de estar, todavía viendo la película. Me lavé las manos y subí. Todos me miraron cuando me vieron aparecer, pero sólo tres me sonrieron. Daniela pareció desinteresada, y se veía deprimida. Bueno, no era para menos. Aunque al menos estaba sentada junto a mi esposa, y no parecía molestarle que le hubiera pasado el brazo sobre los hombros.

Aunque me hubiera gustado sentarme junto a Esme, el hecho es que el espacio que quedaba era pequeño y no quise presionar. Me senté en otro sillón para no forzarlas a que me hicieran espacio. Mi amada esposa me sonrió, y se apretó de todas formas junto a Daniela para dejarme lugar, y sonriéndole de vuelta me fui a sentar junto a ella. Daniela seguía con la vista fija en la pantalla, pero me dio la impresión de que no estaba realmente viendo la película.

Sólo alcancé a ver el final, pero daba igual porque ya la había visto. Cuando acabó, vi que Daniela quedó mirando el control remoto de la televisión, que Jasper había dejado sobre la mesita tras apagar los aparatos. Pensé por un momento en dejarla ver televisión más tiempo, si eso era lo que quería, pero descarté la idea. Era mejor aprovechar el fin de semana para interactuar con mi nueva hija y llegar a conocerla mejor. Tomé los dos controles y los dejé lejos de su alcance, junto al DVD. La vi fruncir el ceño ligeramente, pero no reclamó.

Esme la tomó en brazos y comenzó a bajar la escalera. Mis hijos y yo la seguimos. Ya abajo, decidí que lo más apropiado sería un juego en familia y me dirigí al comedor. Me siguieron, como por inercia.

-¿Quién quiere jugar Scrabble? –Propuse entusiasta. Esa sería una buena manera de aprovechar de evaluar el nivel de vocabulario de la niña. Además, me encantaba jugar a eso con mis hijos.

Esme se entusiasmó de inmediato, pero por desgracia ninguno de mis hijos mostró interés. Alice hizo un mohín y Jasper miró para otro lado. Daniela hizo una mueca casi imperceptible. Parecía concentrada en otra cosa, y me pregunté en qué estaría pensando.

-No me gusta jugar en español –se quejó Alice. Vi que empujaba a su esposo ligeramente de vuelta al pasillo, y tuve que contener un suspiro. Seguro que deseaba ir a su dormitorio. A mí también me hubiera gustado aprovechar el sábado para estar con mi hermosa y perfecta esposa, pero eso tendría que esperar. Los vi escapar con algo de sana envidia.

-¿Quieres jugar un rato con nosotros? –Le propuso Esme a Daniela, intentando animarla.

Daniela volvió la vista hacia nosotros, sin animarse en lo más mínimo. Seguía dándole vueltas algo en su cabeza.

-¿Qué pasa Daniela? –Le pregunté con amabilidad, y con bastante curiosidad.

-¿Qué día es hoy? –Preguntó.

Ah, eso. La pregunta, aunque algo tardía, era completamente comprensible.

-Es sábado –le respondí-. Sábado veintidós de marzo. Estás aquí desde el martes.

-Ya sé que era martes… -Murmuró. Parecía amargada, y mi esposa le pasó la mano por la espalda.

-¡Vamos a jugar! –La animó, sentándola en una de las sillas. Luego se sentó frente a ella dejándome libre la cabecera de la mesa. Saqué el juego del mueble, me senté y comencé a instalar todo.

Sentimos arriba cómo mis hijos comenzaban a hacer el amor, y vi que eso puso incómoda a Daniela. Lamenté que tuviera que oírlo, sabiendo como sabía (o suponiendo, con certeza razonable) que ella no había experimentado esas cosas. Pero no podría taparle los oídos por el resto de su existencia, viviendo como viviría con cuatro parejas.

-El excelente oído de los vampiros tiene sus desventajas –le dije, intentando poner un toque de humor a mi respuesta, esperando que así ella se lo pudiera tomar del mismo modo. No pareció funcionar, siguió amargada-. Ya te acostumbrarás -le prometí-. En un tiempo más ya ni siquiera pensarás en ello.

-¿Qué juegos te gustan? –La animó mi esposa, intentando distraerla.

Daniela se encogió de hombros, sin apartar la vista de la ventana.

-¿Sabes jugar Scrabble? –Le pregunté.

-Sí –contestó, volviendo la vista hacia mí-. Jugué una vez en casa de una compañera de curso, para su cumpleaños. Se lo acababan de regalar y lo probamos. Es aburrido.

-¿Aburrido? –Le pregunté, para animarla a que nos contara más de los juegos que le gustaban y los que no. Pero ella sólo se encogió de hombros y volvió a mirar por la ventana.

Cuando mi esposa y yo comenzamos a sacar letras de la caja ella se resignó y sacó las siete más cercanas a ella sin entusiasmo. Las puso en su apoyo y las miró como si ya estuviera cansada. Ni siquiera intentó ordenarlas. Yo miré las mías, y al instante vinieron a mi mente múltiples palabras, aunque ninguna usando mis siete letras. Agotar… Aorta… Oruga… Guata… Trago… Grato… Argot… Autor… Gruta… Mi elección obvia, si comenzara, sería "Agotar". Me concentré, pero no recordé ninguna de siete letras que me sirviera.

Vi que Daniela no parecía haber encontrado nada que poner, y decidí darle tiempo para que pensara.

-¿Quieres comenzar tú amor? –Le pregunté a mi esposa. ¿Tal vez viendo nuestras palabras la niña se inspirara?

Mi esposa me miró torciendo la cara, y me di cuenta de que a lo mejor debí habérselo preguntado primero a nuestra hija, por cortesía.

-¿Quieres comenzar tú? –Le ofreció a Daniela, sin contestarme.

-Ok… –murmuró Daniela, desganada. Continuó mirando sus letras un buen rato y finalmente puso "toro". ¿Sólo eso? Me pregunté qué letras tenía, pero no me atreví a intentar mirar.

-¿Quién anota? -Preguntó Daniela en tono práctico, al ver que en la mesa no había con qué tomar nota.

-Yo me acordaré, no te preocupes –Le dije de inmediato. Ella frunció el ceño, pero no protestó. ¿Tal vez debí ofrecerle a ella que anotara?-. ¿Quieres anotar tú, Daniela? –Le propuse, parándome para ir a buscar una libreta.

-No, que lata –murmuró ella.

Volví a sentarme, sintiéndome ligeramente incómodo.

-¿Quieres seguir tú, querida? –Le pregunté a mi esposa, mientras Daniela recuperaba cuatro letras de la caja.

-No, amor –me contestó sonriendo-. Sigue tú.

Varias palabras más vinieron a mi mente, "arroga" en primer lugar, pero pensé que esa podría poner triste a Daniela. ¿Qué más? Tortuga… Aurora… Rotura… Tratar… Tragar… Tutor… Torta… Finalmente puse "Tortuga" comenzando desde su T, ya que era la más larga que se me ocurría y ella había empezado con los animalitos. Le sonreí mientras recuperaba mis letras, a ver si entendía, pero ella no me devolvió la sonrisa. Esme puso "Retoque" en su R, y recuperó seis letras en silencio.

Continuamos jugando, y me animé un poco cuando la segunda palabra de la niña fue "Salero" que atravesó convenientemente en las últimas letras de las palabras que mi esposa y yo habíamos puesto. Le sonreí con ganas, pero nuevamente me ignoró.

A medida que siguió el juego, sin embargo, me fui amargando. No puso palabras más largas que cuatro letras, todas muy simples. Y, cuando intentábamos hablar con ella, respondía principalmente con encogimiento de hombros y monosílabos. También noté que miraba mucho por la ventana, por sobre el hombro de mi esposa, y me pregunté si no deberíamos ponerle barrotes a las ventanas, sólo por si acaso.

Cuando puse "Panarra" usando la N que Daniela había puesto en "Lona" ella se enojó y tuve que demostrarle, diccionario en mano, que no intentaba engañarla. Eso pareció amargarla, pero se disculpó educadamente por suerte. Me entristecí, y dejé el diccionario en una mesa baja que había detrás de ella, por si quería usarlo para ayudarse a buscar palabras. No pareció interesada. Pensé por un momento en sugerírselo, pero descarté la idea, no fuera que se sintiera ofendida.

Mi esposa me miró, y vi en sus ojos que también parecía triste. Pero le sonrió a Daniela como para animarla.

-¿Hablas inglés? –Le preguntó con amabilidad.

Eso pareció deprimirla más, y pensé de inmediato que enseñarle nuestro idioma sería una forma ideal de interactuar con ella y subirle el ánimo. A lo mejor cuando descubriera lo fácil que les resultaba a los vampiros aprender eso la haría contemplar su futuro con algo más de entusiasmo.

-No –contestó sin mirarnos, y de pronto pareció que se pondría a llorar. Deseé nuevamente que Edward volviera, así me podría dar una idea de qué era lo que la entristecía y podríamos ayudarla mejor a sobrellevar esta nueva existencia. Mi esposa se levantó y rápidamente estuvo junto a ella abrazándola. La soltó luego de un par de segundos, le pasó una mano por el pelo y la miró con gesto tierno.

-Tesoro, no llores –intentó consolarla-. No tienes por qué saber.

Daniela pareció molesta cuando le contestó. Fue un poco brusca, pero pareció darse cuenta, por suerte, y rápidamente cambió el tono a uno más amable.

-No es eso. Extraño a mi hermana. Recordé cuando jugábamos. Recordé que se supone que no la puedo volver a ver. Y… Y…

Daniela se puso a llorar, y mi esposa me miró con gesto perdido. No sabía qué más hacer, así que decidí intervenir. Le tomé la mano por sobre la mesa, y al ver que no la retiraba enojada me animé y se la apreté un poquito.

-Imaginamos la pena que sientes. Todos nosotros tuvimos que dejar de ver a nuestras familias –le expliqué-. La mayoría de los de nuestra especie mata a sus seres queridos, porque al acercarse son incapaces de controlar la sed. Luego se sienten todavía peor. Y pronto pierden toda la humanidad que les quedaba. Nosotros no dejaremos que eso te ocurra –le prometí.

-La pena es tremenda –ofreció Esme-. Pero te prometo que con los años pasará.

-¿Puedo mandarles una carta al menos? –Nos rogó, para mi gran consternación. Al parecer, no le había quedado claro todo lo que habíamos hablado antes, en el saloncito-. Sólo para que sepan que estoy bien –justificó-. Deben estar volviéndose locos buscándome, sin saber si estoy herida, o muerta.

Obviamente que sus padres la estaban buscando, y podía entender su motivación al querer tranquilizarlos. Pero, simplemente, no se podía. Tendría que aceptarlo, aunque le doliera. Lamenté de verdad tener que aterrizarla, pero no podía permitir que continuara fantaseando con la idea de contactarlos. Miré brevemente a mi esposa, que parecía tan consternada como yo.

-Te están buscando, efectivamente –concedí.

Era obvio, no iba a mentirle. Lamenté lo que tendría que decirle, ya que no había opciones.

-Pero, perdóname que sea tan explícito -continué-, el hecho es que técnicamente estás muerta. Los vampiros no estamos vivos. Cuando dejen de buscarte asumirán tu muerte, vivirán el duelo, y con el tiempo dejarán de sufrir –prometí, rogando en mi corazón que fuera cierto. En mi fuero interno sospechaba que no sería así, ya que yo mismo tendría inmensas dificultades para "sobreponerme" a la muerte de cualquiera de mis hijos. El sólo pensar en eso me hizo sentir vértigo, pero seguí explicándole sin demostrar exteriormente mis sentimientos-. Si les enviaras una carta sólo conseguirías que jamás asumieran tu muerte, que jamás vivieran el duelo de la pérdida, y en resumen harías que jamás dejaran de sufrir.

Daniela se angustió todavía más, y comenzó a proponer soluciones totalmente imposibles. Parecía no entender que sus padres jamás podrían tener un cadáver que enterrar. Finalmente pareció aceptar el hecho, al recordar que si fingía ser un cadáver sus padres la intentarían cremar.

Eso me asustó, en forma instintiva. El sólo imaginar a uno de mis hijos encerrado ardiendo… Me dieron ganas de llorar, pero me controlé. Mi esposa parecía estar sintiendo lo mismo que yo, pero tuvo más dificultades para contener su reacción y volvió a abrazar a su pequeña con fuerza, prometiéndole que no permitiríamos que nadie la quemara.

-Tal vez sería lo mejor. No creo que vivir eternamente como una pendeja de 14 sea una vida que valga la pena –declaró Daniela con desgano, lo que provocó que mi esposa la abrazara con más fuerza todavía.

Pensé en retarla por decir "pendeja", pero no tuve corazón. Ya estaba demasiado apesadumbrada y preferí mejor tranquilizarla.

-Eso está fuera de discusión. No te quemaremos. Y no permitiremos que nadie lo haga –le prometí, tal como mi esposa acababa de hacer segundos antes-. Es perfectamente comprensible que ahora te sientas sin esperanza –concedí-. Pero estás aquí, con nosotros, y te sentirás mejor a medida que los años pasen.

-Sí tesoro. Todo mejorará –aseguró mi esposa, que seguía abrazándola y comenzó incluso a pasarle la mano por la espalda.

Temí que Daniela terminara rechazando un contacto tan cercano y prolongado, pero al parecer estaba demasiado angustiada como para notarlo. De hecho, al ver que la niña comenzaba a calmarse, tuve que admitir que mi esposa debía tener alguna clase de don para consolar niños.

Resultó curioso descubrir una nueva faceta en ella, luego de tantos años de matrimonio. Me pregunté cómo habría sido todo si hubiéramos podido compartir una vida humana ella y yo juntos, teniendo bebés que hubiéramos visto crecer. Sentí un poco de nostalgia por esa vida que jamás tendríamos. Aunque bueno, debía agradecer a mi condición de vampiro el haber siquiera podido conocer a esa maravillosa mujer. Y, ciertamente, teníamos hijos maravillosos. Y tendría toda la eternidad para disfrutarlos. Era un vampiro afortunado.

Cuando Daniela dejó de tiritar mi esposa le sonrió. Daniela pareció un poco incómoda, y al notarlo mi esposa la soltó y volvió a sentarse. Daniela parecía todavía un poco deprimida, y bajó la vista.

-¿Quieres terminar el partido de Scrabble? –Le propuse, esperando distraerla un poco de su pena con el juego. Daniela levantó la vista y miró el tablero como si fuera la causa de todos sus males. Se encogió de hombros.

-¿Para qué? No hay forma de que gane –respondió, claramente frustrada.

Bueno, era verdad que estaba perdiendo por muchos puntos, debía concederle eso. Probablemente la hacía sentirse en desventaja. Recordé mi plan de animarla haciéndole descubrir sus nuevas capacidades intelectuales vampíricas. Aunque, por lo que había visto durante el juego, el vocabulario no era su fuerte, a lo mejor con un poco de motivación podría aprender mucho y ampliar su vocabulario. Después de todo, tenía toda la eternidad para leer y aprender sin límites. Seguro que descubrir su nuevo potencial le haría enfrentar el futuro con algo más de optimismo.

-Entonces hablemos de otra cosa –la animé-. Estaba pensando en el hecho de que sólo hables español. En algún momento tendremos que volver al norte, por lo que necesitarás saber inglés. Y como no podrás ir a la escuela por un buen tiempo, creo que podrías dedicar esas horas a aprender –propuse, y vi el entusiasmo dibujar una gran sonrisa en el hermoso rostro de mi amada-. Como durante la semana estarás gran parte del día sola con Esme, ella podrá enseñarte. ¿No amor? –Le pregunté, tomando su mano, a pesar de que ya conocía perfectamente cuál sería su respuesta.

-Será un placer –aseguró, animando a nuestra hijita con una sonrisa entusiasta. Daniela no pareció contagiarse con su alegría, lamentablemente, y hasta gruñó un poco.

-No tengo ganas –respondió molesta-. Ya es una mierda esto de ser vampiro por toda la eternidad. Al menos me gustaría aprovechar la ventaja de no tener que ir a clases ni estudiar.

Otra vez con sus palabrotas… Lamenté no habérselo recordado, un rato antes. Bueno, no me haría el tonto de nuevo. Le había dado un mes, pero tendría que ser paciente y llamarle la atención cada vez que se equivocara. Iba a hacerlo, pero ella se me adelantó.

-Perdón por decir "mierda" –se disculpó-. Se me salió sin pensar.

Eso me hizo sonreír internamente. ¡Lo estaba intentando! ¡Lo había recordado ella sola, y había reconocido su error en forma educada!

-Bueno, intenta que no "se te salga" –le dije con amabilidad y un poquito de humor para que se riera, pero no pareció entenderlo y ni siquiera sonrió. Lamentándolo un poco, continué-. Pero, sobre lo de aprender inglés, o cualquier otro idioma, u otros temas… En eso no podemos ceder. A tu edad, ¿qué más puedes hacer? –Expliqué-. Además, no vas a pasarte la eternidad mirando el techo, ¿no? Pronto te aburrirías.

Ella no vio la lógica de mis palabras, y pareció molesta.

-Bueno, cuando me aburra hablamos –contestó con brusquedad.

Negué con la cabeza. No sabía si reírme ante su testarudez o retarla por su actitud maleducada y desafiante. Escogí explicarle mi razonamiento con calma, a fin de que comprendiera y evitar discutir.

-Eso dices ahora –le dije-. En una semana te quiero ver. Ni hablar en un mes. Lo he visto millones de veces en mis otros hijos: se quejan, se quejan, pero luego cuando no tienen un horario ni nada que hacer comienzan a quejarse de lo aburridos que están.

A pesar de que intenté decir lo último con algo de humor, Daniela pareció indignada ante mis palabras. No comprendí, y la miré con aprensión.

-Usted no es mi padre –me dijo con frialdad.

Ah. Era eso. Le había molestado que dijera "mis otros hijos". Ella, evidentemente, todavía no se sentía nuestra hija. Pero, ¿no debía parecerle obvio que, al quedarse con nosotros, la estábamos adoptando? Aunque tal vez había sido un descuido de mi parte haberla incluido a ella tan pronto al hablar de mis hijos. Mal que mal, llevaba sólo una tarde despierta con nosotros. Lamenté no haber escogido mejor mis palabras.

-No lo soy –reconocí con humildad-. Es verdad.

Mi amada esposa estaba consternada, y lamenté nuevamente la mala elección de mis palabras y el haberla expuesto a esta situación incómoda. Probablemente, con mi descuido, había retrocedido todo lo que ella había conseguido avanzar con Daniela.

Volví a mirar a la niña, y noté que ella también estaba mirando a Esme con pesar. Me alegré de que al menos no continuara enojada.

-Lo siento, Esme -le dijo apenada, y agradecí que intentara consolarla-. Pero es que es la verdad. Mis padres son otros. Están vivos. Están buscándome. Y ustedes sólo son mis secuestradores.

Secuestradores. Había usado la palabra secuestradores. Sentí un peso en mi interior e imaginé cómo se estaría sintiendo mi esposa ante semejante acusación.

-Eso es así ahora –le aclaré con franqueza, aunque en forma diplomática. Le tomé la mano a mi esposa, y sentí su apoyo cuando me la apretó de vuelta. Continué-. Pero en algunos años dejarán de buscarte. Y en algunas décadas todos los que conociste en tu vida humana habrán muerto. Y para entonces ya habrás vivido tanto tiempo con nosotros que en forma natural nos habremos transformado en tu familia.

Mi respuesta volvió a irritarla. Explotó, gritando. Mi primer impulso fue ponerla en su lugar, pero me abstuve y decidí dejarla que lo sacara de su sistema.

-¡Mi familia siempre será mi familia! ¡Y nunca dejarán de buscarme! –Declaró-. Yo los conozco. Me aman. Y aunque no consiga volver a verlos, tengo una hermana. Ella algún día tendrá hijos, y nietos. Y esos nietos tendrán hijos y nietos. Y, aunque ninguno de ellos me conozca o me ame, ¡seguirán siendo mi familia!

Parecía que mi esposa se iba a poner a consolarla, pero decidí mejor manejarlo yo. Le rogué con la mirada que guardara silencio.

-No es necesario gritar –le expliqué-. Nos llamas secuestradores, pero la verdad es que sólo hemos intentado ayudarte frente a lo inevitable. Tal vez tu transformación fue nuestra responsabilidad, ya que Jasper es nuestro hijo y lo que haga es nuestra responsabilidad –reconocí-. Pero, si te detienes a pensarlo, el accidente también es responsabilidad tuya. ¿No debías estar acaso en el colegio cuando mis hijos se cruzaron contigo en el bosque? Si hubieras estado donde debías estar, nada de esto hubiera ocurrido.

-¿Y no se supone que sus santos hijos debían estar también en el colegio? –Me contestó enojada-. Si ellos hubieran estado donde tenían que estar, nada de esto hubiera ocurrido –se defendió.

Admití que tenía un poco de razón, pero por lealtad también me vi en la necesidad de defenderlos.

-Mis hijos tienen órdenes mías de salir de la escuela si la sed se vuelve demasiado insoportable y creen que pueden atacar a alguien –le dije, un poco molesto-. Jasper, el martes, se sintió incapaz de permanecer en el recinto cuando una compañera suya se cortó con unas tijeras en clase de artes plásticas. De modo que hizo lo que sabía que tenía que hacer que era salir de ahí inmediatamente, con alguna excusa. Y Alice salió con él para apoyarlo.

-¡De todos modos no me pueden culpar a mí! Tenía todo el derecho del mundo a estar en el bosque –respondió indignada-. Este es mi país. Yo nací aquí, no ustedes, los monstruos que me atacaron.

Sus palabras me afectaron, y vi que mi amada esposa también estaba sufriendo por el exabrupto de la niña. Corrió a refugiarse a nuestro cuarto, y no intenté detenerla. No quería seguirla exponiendo al veneno de las palabras de nuestra nueva hija. Si alguien iba a sufrir por ello, prefería ser yo.

Por suerte Daniela tuvo la decencia de mostrarse arrepentida.

-Lo siento –se disculpó, y parecía sincera-. Déjeme ir donde Esme a decírselo por favor.

El hecho de que se hubiera olvidado de que éramos vampiros y teníamos buen oído me hizo sonreír un poco internamente. Daniela tenía verdaderamente una mala memoria. Pobrecita, y era tan joven… Ella debía estar sufriendo su propio infierno. En realidad, aunque no apreciaba su forma de dirigirse a nosotros, podía entender que el miedo y la impotencia la ofuscaran.

-Somos vampiros. Ya te oyó –le expliqué con neutralidad, controlándome para no sonreírle. No podía arriesgarme a que creyera que estaba bien hacer llorar a mi esposa, por muy enojada que se sintiera.

-Perdóneme por favor, Esme –insistió, en voz todavía más alta a pesar de que acababa de explicarle que no era necesario. Me dieron ganas de retarla por no poner atención a mis palabras, pero me abstuve de interrumpirla ya que, mal que mal, estaba pidiendo perdón y eso era bastante más importante-. No creo que sean monstruos. De hecho creo que usted es muy agradable, una de las personas más agradables que he conocido. De hecho, aunque no conozco muchos vampiros, es de lejos el vampiro más agradable de todos los que conozco.

Al oír sus palabras, y la franqueza con que parecía expresarse, se me ablandó un poco el corazón. No era tan cruel, sólo le faltaba ponerse más en el lugar de los demás y reflexionar antes de hablar. Supuse que con el tiempo, si le enseñábamos con paciencia y cariño, terminaría entendiendo, o al menos aprendiendo por imitación.

Aunque Esme no le contestó en forma verbal, sabía que la había oído y habría llegado al a misma conclusión que yo y la había perdonado. La miré de forma que entendiera que yo también la había perdonado.

-Lo siento, Carlisle -insistió-. No debí decirles esas cosas. Perdóneme por favor.

Le sonreí, para dejarle claro que estaba perdonada, y le tomé la mano. No me rechazó, y eso me alegró. Temía que luego del "usted no es mi padre" rechazara toda forma de acercamiento de mi parte.

-Está bien, tesoro. Es normal que ames a tus padres –le expliqué con calma-. Y sé que pensar en tu familia te hace sufrir. Sólo te puedo ofrecer nuestro apoyo en esta nueva existencia. Y, si algún día logras vernos como algo más que tus secuestradores, me sentiré muy feliz.

Ella no contestó, pero pareció aceptar mis palabras y no me soltó la mano. Volvió de nuevo su vista hacia el muro tras el cual estaba mi dormitorio, entendiendo que ahí estaba mi esposa.

-¿Puedo ir a ver a Esme? -Pidió.

La entendí. No podía caminar. Nuevamente, sentí compasión por ella. Le solté la mano y me puse de pie.

-Está bien, te llevaré –le dije con alegría-. Y, dado que no terminamos esta partida de Scrabble, guardaré el tablero declarando un empate.

Supuse que con eso se sentiría menos mal por haber perdido pero, al volver junto a ella y tomarla en brazos con cuidado vi que volvía a estar triste.

-¿Cuándo me van a quitar este bloque? –Preguntó con amargura.

-Cuando estemos seguros de que no intentarás nada que te ponga en peligro a ti, a nosotros, o a tu familia –le respondí con franqueza, deseando poder ceder. Pero no podía actuar de forma irresponsable. Eso dañaría a mi familia incluyendo a Daniela.

-Si los llamara por teléfono no los pondría en peligro –sugirió ella, sin mirarme a los ojos.

Respiré profundamente, para calmarme. Eso ya se lo había explicado, y no quería que nos pusiéramos nuevamente a discutir el tema. Debía quedarle claro que "no" era "no" y punto.

-Ya hablamos de eso, Daniela. Déjalo ya –le dije en forma un poco cortante para que no insistiera.

La llevé al cuarto de mi esposa, que se estaba relajando. La dejé en sus capaces manos para que ejerciera su magia y me fui a refugiar a mi escritorio. Ya me había quedado claro que nuestra hijita había escogido a su Cullen favorito, probablemente sería ella quién más progresos podría hacer con la niña para que se fuera abriendo al resto de la familia.

-.-

Por fin habían vuelto Bella y Edward. Abrí los ojos y bajé a su encuentro. Pude oír a Alice y a Jasper ponerse en movimiento también, en el cuarto de ellos.

Oír la conversación que habían sostenido mi esposa y nuestra nueva hija había sido iluminador en varios aspectos. Tal cómo había sospechado, Daniela se había abierto más con ella. Ahora ya sabía que no podíamos dormir y que nuestro destino probable en el futuro sería Canadá. Lamentablemente, por más que intenté oír su reacción al respecto, no logré captar nada. No que importara demasiado, algún día tendríamos que trasladarnos con o sin su acuerdo. Pero me hubiera gustado poder conocer cómo la hacía sentir la idea. Asustada probablemente. La alejaríamos de todo lo que conocía y amaba.

Oír la conversación sobre los dones me había traído una gran paz. Aunque necesitaríamos tiempo para confirmarlo, parecía que Daniela no tenía ningún poder sobrenatural. Por el tono de la conversación me quedó claro que la niña lo lamentaba, pero no podía estar más equivocada. En nuestro mundo, ser poderoso llamaba la atención y eso era algo que más valía evitar, sobre todo si se era tan pequeño. Si bien es cierto que su juventud podría acarrearle una sentencia de muerte, también era cierto que su pequeño tamaño y su debilidad harían que mi ex aquelarre la considerara nada más que un capricho nuestro y no una amenaza hacia ellos. Sólo debía procurar que no llamara la atención matando humanos. Si la mantenía alejada del peligro todo estaría bien.

Comencé a recordar todo cuanto había ocurrido desde la partida de mi hijo, con rapidez, a fin de que él pudiera leerme la mente y quedara al corriente de todo.

Nos juntamos los cinco en la entrada de la casa. Mi esposa y Daniela seguían en el cuarto, las podía oír hablar. La niña se quejaba por el candado, pobrecita.

"Perdóname hijo por pedirte esto, pero necesito que estés pendiente de los pensamientos de Daniela en los próximos días" le dije en mi mente cuando terminé de recordar. Él, como siempre, asintió. Bella, Alice y Jasper nos miraron intrigados, aunque ya estaban acostumbrados a nuestros intercambios.

-Necesito que estén pendientes de la niña en los próximos días –les solicité a los cuatro en voz alta-, que sean amables con ella y que no la asusten innecesariamente. ¿Está bien?

Los cuatro asintieron, un poco a regañadientes, pero Edward resopló además. Lo miré, un poco molesto por su reacción ante mi petición, pero me miró con gesto de disculpa y apuntó hacía mi dormitorio. Comprendí. Había reaccionado ante algo que había ocurrido entre Esme y la niña.

-Esme, trae a Daniela contigo –solicitó con gesto exasperado. Lo interrogué con la mirada pero sólo añadió, con burla y enojo-: planeaba arrastrarse o rodar, con todo y bloque, hacia su casa, aprovechando la salida a la terraza.

Mis otros tres hijos gruñeron bajito.

-No vi que lo hiciera –murmuró Alice, desconcertada.

-No, probablemente porque yo la oiría –le respondió Edward con sarcasmo, como si fuera obvio. Alice le frunció el ceño.

-Intento ayudar –se defendió, bajito-. Hago lo que puedo.

-No hubiera conseguido salir a la terraza –agregó Bella, como si fuera obvio-. La hubiéramos oído moverse y la habríamos atajado de inmediato. Por eso Alice no vio nada –agregó defendiéndola.

-Pero hubiera debido verla intentándolo –insistió Edward.

-¡Ella sólo ve acciones! –Alegó Jasper-. Y no puede estarnos alertando cada vez que la vea moverse. No tiene cómo estar segura de lo que planea, a menos que consiga ver que logra hacer algo evidente.

Vi que comenzaban a calentarse los ánimos, y decidí intervenir. Una cosa era pedirles que me ayudaran con sus dones, pero otra muy diferente era dejarlos que pelearan por hacerlo.

-Cálmense –les ordené con suavidad. Y, al oír la puerta de mi cuarto abrirse les indiqué con la mirada el pasillo y agregué, como un recordatorio-: recuerden: amablemente y en español…

Todos asintieron y cuando mi esposa salió con la niña en brazos ya estábamos ahí, esperándolas. Esme pareció contenta de vernos, como siempre, y le sonreí con amor.

-Fuimos a cazar lobos marinos –dijo Edward dirigiéndose a la niña, respondiendo a una duda en su mente seguramente. Luego se giró hacia mí y me volvió a hablar de sus planes de fuga, en voz alta y español esta vez. Supuse que lo hacía para que le quedara claro a ella que estaríamos pendientes y que no lo conseguiría. Daniela pareció furiosa.

-Espero que ardas en el infierno -le espetó.

Eso era algo sumamente cruel, sabiendo como sabía cómo hacía sufrir a Edward el creerse un monstruo y sentirse condenado. Cualquiera de mis hijos se hubiera ganado un tirón de orejas por hacerle daño así a uno de sus hermanos. Supuse que tendría que decirle algo a la niña, sus miradas me indicaban que esperaban que hiciera algo. Estaba intentando decidir si la retaba delante de todos o si me la llevaba aparte cuando ella misma rompió el silencio que se había producido.

-Perdóname Edward –le dijo. Aunque no parecía demasiado arrepentida, agradecí que nuevamente tuviera el tino de reconocer que había metido la pata. Estaba claro que Daniela no pensaba mucho antes de hablar, pero tendía a darse cuenta cuando había ido demasiado lejos.

Aunque, de todos modos, no sería mala idea llamarle la atención y exigirle que antes de hablar pensara un poco. ¿No era pedir demasiado, no? Tal vez si le daba una palmada conseguiría que al menos lo intentara, como con las palabrotas… Vi que Alice había visto algo, probablemente una breve visión tras mi decisión, y se le salieron un poco los ojos. Al instante Edward puso cara de desagrado también.

-Ok –le respondió Edward, y me dirigió una breve mirada de súplica.

A mi hija Alice se le arrugó un poco la cara y me miró con gesto de súplica también. Eso me exasperó un poco. Un segundo me miraban con cara de "haz algo" y cuando decidía hacer algo me ponían caras de desagrado y me pedían que no hiciera nada… Palos porque bogas, palos porque no bogas, ¿qué esperaban que hiciera?

-Carlisle… ¿Podemos salir a dar una vuelta? –Me rogó Alice. Comprendí. No quería volver a oírme pegándole a la niña-. Estoy casi segura de que Daniela no volverá a intentar nada esta noche -agregó.

-Sí, no está planeando nada –dijo Edward.

-Sólo está arrepentida. Y asustada -aportó Jasper.

Los miré a los tres, y se me pasó la rabia. De hecho, sentí en el cuello algo parecido al orgullo. ¿Ya estaban defendiendo a su nueva hermanita? Eso me hizo sentir bien. Aunque eso no quitaba el hecho de que Daniela tuviera la tendencia a herir a los demás hablando sin pensar antes, y no hacía menos necesario corregir eso cuanto antes. Y si lo iba a hacer, no podía culparlos por no querer estar presentes. De hecho, probablemente Daniela también lo preferiría.

-Está bien. Alice, Jasper: pueden salir –les dije y, volviéndome hacia Edward y Bella añadí a regañadientes-. Si quieren pueden salir también.

Lamentaba eso, ya que necesitaba que Edward estuviera pendiente de los pensamientos de Daniela. Aunque tampoco podía obligarlo a quedarse en la casa todo el fin de semana.

-Estuvimos fuera toda la tarde. Me quiero dar un baño –declaró Bella en forma inesperada.

La miré, y tuve la certeza de que algo tenía metido entre ceja y ceja. Conocía esa mirada de mi hija: cuando ponía cara de no estar pensando nada significaba justamente lo contrario. Eso me inquietó un poco. Aunque sabía que era una persona muy razonable en general, el noventa y nueve por ciento de los casos, siempre me daba miedo enfrentarme a las consecuencias del resto de las veces (el temible uno por ciento). Aunque bueno, el hecho era que si quería quedarse en casa tampoco podría impedírselo…

-Como quieran –le contesté a regañadientes.

-¿Podemos…? -Comenzó a preguntar Jasper.

Lo miré enojado, adivinando que nuevamente me pediría el auto. Ya les debía haber dicho unas cien veces que no, pero siempre insistían. ¿Es que no podían entender que no había que llamar la atención de los humanos? No estábamos en nuestro país. Aquí los escolares no conducían automóviles.

-No. Y deja de preguntarme porque no voy a ceder –lo reprendí-. No se pueden llevar el coche. Ni hoy, ni mañana, ni el mes que viene. Jasper: sólo tienes licencia para manejar en compañía de un adulto –le recordé.

Pude oír los resoplidos de mis hijos, pero no pensaba ceder. Si los dejaba, y luego comenzaban los rumores, tendríamos que escapar y entonces resoplarían por tener que hacerlo. Y claro: la culpa sería del líder. Olvidarían convenientemente que los errores los cometieron ellos. "Tú nos habías dado permiso" argumentarían. Y, por supuesto, tendrían razón.

Alice, como siempre, intentó manipularme. Y, predeciblemente, comenzó a quejarse cuando no cedí. Y, obviamente, su madre saltó a defenderla. Me pregunté, como tantas otras veces, si en quinientos años todavía estaríamos teniendo la misma clase de diálogos. Ese era un inconveniente de ser vampiros. Al estar todos pegados en nuestras edades (y roles) tendíamos a tener las mismas conversaciones una y otra vez.

Los oí como discutían, pero me sentía un poco hastiado. A veces deseaba que cada uno comprendiera qué cosas se podían hacer y que cosas no, que actuaran acorde a eso, y que dejaran de poner toda la responsabilidad en mí. Aunque, claro, si fueran adultos, se irían a vivir la vida por ahí y probablemente sólo nos visitarían tres veces por siglo. Debía asumir, a regañadientes, que hubieran sido los seis perfectamente capaces. Era cierto que no me necesitaban, podrían decidir dejarnos a Esme y a mí cuando quisieran y sobrevivirían perfectamente. Eso me deprimió. A mí me gustaba tener a mis hijos junto a mí, aunque eso significara tener que ser el villano.

Bella me sorprendió, ofreciendo quedarse con Daniela para que mi amada esposa y yo pudiéramos salir con Alice y con Jasper. A ellos dos no parecía gustarles tanto la idea, pero Esme se veía entusiasta. No podía negarle el paseo, si eso la hacía tan feliz. Me rendí

-Está bien –les dije. Miré a Daniela-: pero tú y yo tenemos una conversación pendiente –le recordé-. Eso que le dijiste a Edward estuvo muy, pero que muy mal.

-No lo sabía –respondió, con un dejo de petulancia que me desagradó-. Y ya le pedí perdón –se defendió.

-Déjala Carlisle. Es verdad que no lo sabía. Y no lo dijo con verdadera intención -intervino Edward, nuevamente saliendo en su defensa.

Eso me conmovió. Miré a Daniela, y me alegré de ver que le sonreía a su hermano. De hecho, hasta Edward parecía algo más contento. ¿Menos de 24 horas y ya estaban defendiéndose cómo hermanos? No celebré todavía internamente, no queriendo pecar de exceso de optimismo. Yo tendía a cometer ese error.

-Está bien –concedí. Y, al ver que mi esposa seguía mirándome con entusiasmo, agregué-: Si se sienten capaces de quedarse a solas con Daniela por unas horas, entonces Esme y yo llevaremos a Alice y a Jasper a la ciudad.

-No hay problema –respondieron los niñeros, contentos.

-Diviértanse –le ordenó Edward a Esme, sonriendo.

-Cualquier cosa que ocurra, nos llaman al móvil –les recordé, ya que me sentía nervioso ante la perspectiva de alejarme. Mi instinto parecía gritar "quédate y mantenlos a todos cerca, a salvo". Pero no podía hacer eso, lo sabía.

De pronto vi que Edward frunció ligeramente el ceño e intentó no mirar en la dirección de Daniela. Eso me dio escalofríos. ¿Habría planeado algo?

-Daniela: no intentes nada en nuestra ausencia. No funcionaría y complicarías las cosas –le ordené, ocultando mi miedo. Vi que ella se asustó y, como no me contestaba, agregué en un tono algo más suave-: ¿Daniela? ¿Lo prometes?

-Lo prometo –contestó por suerte.

Alice pareció contenta, y eso me relajó. Si ella no veía drama, era que probablemente no habría que preocuparse.

-.-

Al ver a mi esposa maquillarse me di cuenta de que hacía mucho tiempo que no la llevaba a pasear. Ella nunca se quejaba, pero era obvio que extrañaba salir a divertirse como los humanos. Desde que habíamos venido a escondernos a este rincón perdido del mundo habíamos vivido como unos ermitaños. Los niños y yo al menos íbamos todos los días al pueblo, pero ella sólo interactuaba con el mundo para ir a comprar, de vez en cuando. Le besé el cuello, y ella me sonrió por el espejo.

-¡Ahora no! –murmuró bajito, riendo-. Quiero salir.

-Por supuesto amor –le dije al oído. Ya la arrinconaría más tarde…

-.-

Tras unas últimas recomendaciones salí todavía algo reticente de la casa. Pero Alice me dirigió una sonrisa y me aseguró bajito que todo estaría bien. Luego, tras verificar que Esme no nos miraba a nosotros sino a los tres hijos que quedaban en la casa, agregó sin pronunciar "bailar y hotel". Asentí, entendiendo cual era el plan. No podía llevarlos a cenar, evidentemente, pero lo que mi hija proponía sonaba bien. ¿Cómo era eso que decía ese paramédico de la posta? "El baile es la frustración vertical de un deseo horizontal". Sonreí. El sexo siempre era un buen plan.

-.-

A pesar de que una parte de mí seguía preocupada, mentalmente en casa, concentré mis esfuerzos en hacer del paseo algo grato para mi familia y para mí. El viaje a la ciudad fue largo, e inevitablemente hablamos de Daniela. Pero todos parecían algo más tranquilos al respecto y eso me relajó. De hecho, Alice y Jasper me rogaron que no siguiera con el plan de castigarla, y Esme se les unió. Cedí, a regañadientes, diciéndoles que si luego la niña no los respetaba sería culpa de ellos. El tiempo me daría la razón, supuse, o bien me mostraría que ellos estaban en lo cierto y que yo no era más que un vampiro demasiado gruñón.

Encontramos un club nocturno decente abierto, y entramos. El olor era espantoso, pero eso siempre era así en los lugares donde los humanos bailaban, bebían, comían y se excitaban. Al menos no había humo de cigarrillos, y estaba todo razonablemente limpio.

Bailar con mi esposa fue agradable, a pesar de tener que parecer humanos. A veces olvidaba lo joven que era. De hecho, después de tantos siglos, olvidaba que hasta yo era joven, incluso más que ella.

Luego de un par de horas bailando, y fingiendo descansar de vez en cuando para seguir pareciendo humanos, Alice anuncio que haríamos el check-in en un hotel para eco-turistas dentro de media hora. Felices de hacerle caso, pagamos y nos fuimos.

-¿Dónde queda? –Le pregunté divertido a mi hija, cuando estuvimos de vuelta en el auto.

-En las afueras –aseguró-. Yo te indico.

Condujimos a un hotel que se veía muy inserto en la naturaleza, y al entrar olía razonablemente limpio. No que nos pudiéramos enfermar, pero igual… Mal que mal, mi esposa era una fanática de la limpieza.

Aunque ya estaba acostumbrado a oír a mis hijos haciendo el amor, y rara vez pensaba en ello, pudimos oír mi esposa y yo a algunas otras parejas desconocidas que también estaban haciéndolo. Probablemente, luego de una jornada de caminatas, cabalgatas, pesca y deportes aprovechaban la energía que les quedaba para eso.

Esme se reía, y me reí con ella. Luego de un rato nos aburrimos de espiar y nos unimos. Fue sublime, como siempre.

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