AN: Este capítulo quedó un poco largo, pero espero que quienes se animen a leerlo lo disfruten.

Capítulo 3 extra (pdv Carlisle)

Volvimos a casa al amanecer. Mi teléfono móvil no había sonado, y Alice tarareaba feliz una canción mientras Jasper conducía (a una velocidad más que razonable), así que supuse que todo estaría bien en casa.

Encontré a Bella leyendo, en la sala de estar. Edward y Daniela veían televisión, dibujos animados. Fue como un déjà-vu de la noche anterior, cuando veían películas, salvo que con mis otros hijos y sin mi esposa.

Bella levantó la vista del libro, y por una fracción de segundo se le contrajo ligeramente un músculo de la cara. ¿Miedo? ¿Bella me tenía miedo? La miré con algo de preocupación, pero ella ya había compuesto la cara.

Daniela me miró sin entusiasmo. Parecía deprimida. Muy deprimida. Miré a Edward, junto a ella, con interrogación. "¿Todo bien?", le pregunté inquieto, en mi mente, y él levantó casi imperceptiblemente un hombro. Ok, todo bien.

Lo miré con detención, pero sólo parecía un poco aburrido. Supuse que sería tiempo para un relevo.

-¡Hola hijos! –Dijo Esme, pasando junto a mí, y corriendo a abrazar y besar a Bella y a Edward. Luego se detuvo frente a Daniela, que le frunció el ceño, por lo que tuvo el tino de agregar (un poco a regañadientes)-. ¡Hola Daniela!

No intentó ni abrazarla ni besarla, pero le hizo cariño en una mejilla y la niña se dejó. Se le alisó la frente, de hecho, y sentí alivio. Habría que tener cuidado con eso de convencerla de que ahora sería nuestra hija… Con su familia todavía viva a sólo kilómetros estaba, obviamente, reticente.

-Hola hijos –agregué, aunque sin acercarme-. ¿Todo bien?

-Sí –respondió Bella, mirando alrededor, como si fuera obvio. Le sonreí, y me sonrió de vuelta.

-¿Quieres ir a jugar Daniela? –Le pregunté a la niña, acercándome. Le pasé tentativamente un dedo por la cabeza, y no se alejó. Pero no quise presionarla demasiado, así que saqué mi mano rápido de todas formas.

-No –respondió, como si fuera obvio.

-¿Quieres seguir viendo televisión? –Propuse, y ella, tras volver la vista a la pantalla se encogió de hombros. Tomé el control remoto y la apagué, a ver si así conseguía una respuesta audible de su parte, aunque fuera para quejarse. Pero no dijo nada, y eso me frustró un poco.

Esme se acercó, y la tomó en brazos. Eso pareció agradarle más, así que me di por vencido y le permití a ella hacerse cargo.

Pude oír cómo se la llevaba a la salita, y comenzaba a mostrarle algunas de sus revistas. Bajé a mi cuarto, dispuesto a leer un rato, pero pronto me encontré escuchando qué ocurría del otro lado del pasillo. Arriba, predeciblemente, Edward y Bella intimaban. Alice y Jasper bajaron y llamaron a mi puerta, distrayéndome.

-Pasen, les dije. Entraron, de la mano.

-Iremos a dar una vuelta –explicó Jasper.

-Todo estará bien –anunció Alice-. Y si algo cambia te llamaré y volveré de inmediato. Estaré pendiente –prometió.

-Está bien –les dije-. Cuídense, y…

-"No hagan nada que llame la atención de los humanos" –recitaron mis hijos. Me miraron como si fuera obvio, y los tres nos reímos.

-Pásenlo bien –les dije.

Salieron por mi terraza y cuando se alejaron volví a concentrarme en la interacción entre mi esposa y nuestra hija. Podía oírlas ojeando algo que parecía ser una revista. "¿Te gustaría que te hiciera un vestido así?" le propuso Esme. "No, que espanto" le respondió la niña. Me dieron ganas de decirle que se decía "No, gracias" pero no quise dejar en evidencia que las estaba espiando.

"¿Te gusta coser?" le preguntó mi esposa, luego de un rato dando vuelta páginas de la revista. "No" contestó la niña, como si fuera obvio. "¿Quieres que te enseñe?" le ofreció mi esposa. Sonreí. "No, que paja…" le gruñó la niña. No me gustaba esa forma de expresarse que tenía.

"¿Sabes tejer?" le preguntó mi esposa. Oí que dejaba la revista de lado. "¡No!" le volvió a gruñir la niña. "¿Quieres que te enseñe?" propuso nuevamente mi esposa. "No" le volvió a contestar la niña, de mala manera.

-"No gracias", Daniela –dije en voz alta. No pude evitarlo.

-¿Siempre están todos oyendo todo? –Se quejó la niña.

-Somos vampiros, tesoro –le recordó mi esposa, conciliadoramente-. No podemos evitarlo.

Me acerqué a la salita. Total, ya me había puesto en evidencia. Al asomarme, vi que estaban sentadas juntas, en un sofá, con un cerro de revistas de las que coleccionaba mi esposa junto a ellas.

-¿Viene a unirse al centro de madres? –Me preguntó Daniela-. ¿O sólo quiere vigilarme también?

Si no fuera porque se estaba riendo un poco me hubiera enojado. Pero parecía estar todo bajo control, y mi esposa me dirigió una mirada de calma, de modo que respiré profundo.

-Sólo quería explicarte, Daniela, que cuando alguien te ofrece algo y no quieres lo correcto es decir "No, gracias".

-Sí, ya lo oí –respondió-. Recuerde que somos vampiros –me recordó, en forma algo petulante y burlona.

Su descaro me molestó, pero mi esposa inclinó la cabeza como rogándome que no siguiera la discusión.

-Creo que se está acabando el detergente –me dijo, mirándome fijo-. ¿Por qué no vas a comprar, amor? Yo me haré cargo, no te preocupes.

¿Me estaba echando? Vi que hasta Daniela se había dado cuenta, y me miraba con algo de burla y desafío en la cara.

-Claro querida –le dije, dándome por vencido-. ¿Hace falta algo más?

-No, pero puedes dar una vuelta por si algo se te ocurre –me contestó.

La miré algo enojado. ¿Tenía que tratarme así delante de la niña? De pronto, al ver cómo Daniela sonreía, me di cuenta de su estrategia. Había conseguido que se riera.

-Nos vemos más tarde –les dije, fingiendo que me daba por vencido-. Pórtate bien Daniela.

Salí, y me propuse comprarle flores a mi esposa.

-.-

En el supermercado había poca gente, pero la cajera me metió conversación. Había sido mi paciente, cuando había sufrido de tendinitis. Por desgracia, no había más clientes esperando detrás de mí.

-¿Usted por aquí, doctor? –Se extrañó, sonriendo-. ¿Y su esposa?

-Ocupada en casa, con los niños –expliqué en forma vaga.

-¿Y lo mandaron a comprar detergente? –Se burló. Aunque vi que no lo decía con mala intención, hubiera preferido que no fuera tan entrometida.

-Sí. Mucha ropa que lavar –le aseguré, riendo.

-Tienen demasiados hijos –dijo con descaro. ¿Y a ella qué le importaba?

-Los justos… –le dije en forma evasiva, encogiéndome de hombros y deseando que me cobrara de una buena vez para poder escapar.

-¿Y en su casa quién lava la ropa sucia? –Continuó, imperturbable-. ¿Usted o su esposa?

-Todos ayudamos en todo –le aseguré, aunque no era verdad. Esme se hacía cargo de prácticamente todo.

-¿O sea que usted es de los que se planchan sus propias camisas? –Me preguntó, cerrándome un ojo. Eso me irritó. ¿Me estaba coqueteando? Odiaba como las mujeres tendían a hacer eso.

-Hay que saber hacer de todo en esta vida –contesté vagamente, y miré la pantalla de la caja registradora como para ver cuánto tenía que pagar, y saqué mi billetera para indicarle que ella hiciera su trabajo.

Atinó, por suerte, y tras pagar y despedirme salí de ahí.

No encontré ninguna florería abierta. Esperaba demasiado de ese pueblo diminuto en un día domingo. Después de unas vueltas me resigné a comprarle una revista de bordado en un quiosco abierto. Al menos, el tendero me aseguró que le acababan de llegar, así que por lo menos sabía que mi esposa no la tenía.

-.-

Cuando volví a casa oí que Daniela seguía con mi esposa, aunque estaban en la cocina. Entré por la puerta de la logia. No apestaba a comida humana, por suerte. Puse el detergente en el mueble, junto a las otras cajas de detergente que ahí había. Eran varias. ¡Obviamente que no faltaba detergente! Mi esposa podría al menos haberme enviado a comprar algo que de verdad se hubiera acabado.

Oí como discutían. No estaban peleando, pero estaba claro que Daniela no tenía ganas de cocinar, y mi esposa sí. Fui hacia ellas y saludé a mi esposa besándola en la boca. No se me escapó el gesto de asco de Daniela. Vi que no podía volverse, parada como estaba con el bloque, pero que le hubiera gustado. Pobrecita. Despegué rápidamente mis labios de los de mi esposa.

-Puse el detergente en el mueble –le dije con tono de burla-. Menos mal que recordaste que no quedaba.

-Siempre se necesita detergente –me respondió sin enojarse ni reconocer su artimaña. Vio que tenía una revista en la mano y la miró con interés. Se la entregué y sonrió.

-¿Te gusta bordar, Daniela? –Le propuso contenta, mostrándole la revista. Vi que la niña arrugaba la cara.

-No, claro que no –respondió enojada.

-¿Quieres aprender? –Le propuso mi esposa, entusiasta.

-No –gruñó la niña. La miré fijo, y entendiendo agregó-: gracias.

-¿Qué te gustaría hacer? –Le preguntó Esme con amabilidad.

-Volver a casa –gruñó la niña, mirando el piso.

-¿Quieres leer un rato? –Le sugerí.

-No, gracias –dijo con cara de desagrado, con un tono que daba entender que le parecía una idea completamente ilógica.

-¿Quieres seguir viendo las revistas de mi esposa? –Pregunté.

-Llevamos horas viendo sus revistas –reclamó-. No quiero seguir en eso.

-¿Quieres que juguemos a algo? –Propuse.

-No, gracias –contestó en forma seca.

Mi esposa me miró, e hizo un leve gesto de impotencia. En ese momento oímos pasos afuera, y en segundos Alice y Jasper se nos habían unido.

-Vamos a ver una película con Daniela –dijo Alice con alegría, y la tomó en brazos. La niña no protestó, y de hecho parecía aliviada. Sentí cómo Jasper intervenía en la atmósfera levemente y le dirigí una mirada agradecida.

Mis hijos subieron a la sala de estar. Abracé a mi esposa, aliviado.

-¿Fue muy complicado? –le dije bajito, en nuestro idioma.

No me contestó, pero me tomó la mano y salimos afuera. Caminamos un rato, entre los árboles, hasta que estuvimos lejos como para que no nos oyeran. Pero tenía el teléfono, y supuse que Edward aún conseguiría oír nuestras mentes.

-Sólo está muy triste –me dijo finalmente mi esposa-. Extraña a su familia, y por eso se enoja con nosotros. Tendremos que tener paciencia.

-Va a ser difícil mantenerla entretenida si no quiere hacer nada –murmuré-. ¿Intentaste enseñarle algo de nuestro idioma?

-Fue lo primero que propuse –confesó-. No quiere ni oír hablar del tema. Supongo que habrá que esperar. Cuando acepte la idea de que vivirá con nosotros terminará cediendo.

Asentí.

-¿Descubriste qué le gusta hacer? –Le pregunté.

-Le propuse diferentes actividades, pero nada parecía gustarle.

-Tal vez le guste dibujar –propuse.

-Tal vez –concedió mi esposa-. A lo mejor debí pasarle una hoja y un lápiz, y limitarme a vigilarla.

-No intentaba criticarte –le dije de inmediato, abrazándola-. Sé que pusiste todo de tu parte.

-Creo que el problema se reduce a que quiere volver a casa –insistió mi esposa-. Da igual qué le propongamos. Sólo quiere a su familia.

-Supongo que tienes razón –murmuré.

Sólo tendríamos que tener paciencia.

-.-

Cuando volvimos a casa, luego de un largo paseo en el que por suerte no nos llegó ninguna llamada de emergencia, encontramos a la niña en el cuarto de Alice. Aunque no subimos, por el sonido de cajones y perchas en el armario supusimos que Alice le estaba buscando ropa. Eso la mantendría entretenida, supusimos, y nos fuimos a nuestro cuarto a relajarnos. Me hubiera gustado hacer el amor, pero mi esposa seguía reacia a hacerlo con la niña en casa. Lamenté no haber aprovechado mejor el paseo.

Al rato oímos a Bella y Edward tomar el lugar de sus hermanos. Otra vez pusieron la televisión, aunque pude oír también dar vueltas las páginas de un libro. Bella leía. Le ofreció a Daniela un libro, pero la niña no quiso. Obviamente, estaban en inglés.

Pude oír más tarde que se trasladaron a la mesa del rompecabezas. Bella continuaba leyendo.

-Creo que Bella no quiere interactuar con Daniela –le dije a mi esposa, bajito. Ella dejó de hacerme cariño en la cabeza, y lamenté haber abierto la boca.

-Sólo tiene miedo –me contestó al oído, muy bajo-. Sólo están asustados. Y supongo que ella teme encariñarse, por si…

Se quedó callada, y comprendí. Por si todo acababa mal. El hecho de que mi esposa no quisiera decirlo en voz alta hablaba por sí sólo.

-Nada malo ocurrirá, la tranquilicé, besándola.

-No, claro que no –murmuró ella.

Aunque claro, no podíamos estar seguros, por más que intentáramos consolarnos el uno al otro.

Luego de algunas horas, como no podíamos oír que Alice o Jasper se acercaran a relevar a sus hermanos, resultó evidente que tendríamos que hacerlo nosotros. Bella y Edward nos odiarían si los dejábamos a ellos a cargo de la niña más tiempo. Mal que mal, ya se habían quedado con ella casi toda la noche.

Me despegué a regañadientes de mi amada mujer.

-Creo que te toca –se burló ella.

-Sí, supongo que me toca –reconocí-. Aunque no creo que la idea le guste mucho a Daniela.

-Ella no quiere estar aquí, sino con su familia –dijo Esme en tono práctico-. No importa quién se le acerque, ni qué le propongamos hacer. Se quejará de todas formas e insistirá en que la dejemos ir.

-¿Cuánto tiempo crees que se tarde en aceptar que es un vampiro y que es nuestra hija? –Le pregunté inquieto.

-No lo sé –dijo Esme-. Rosalie todavía no lo acepta –agregó riendo, y eso me hizo arrugar la cara en forma involuntaria.

-Bueno, Emmett la hizo reconsiderar –murmuré.

-No creo que le podamos buscar un Emmett a Daniela –me respondió mi esposa, cauta.

-No, claro que no –le dije de inmediato. ¿Crees que estaba sugiriendo que…? –Me defendí.

-No estaba insinuando nada señor Cullen –me dijo ella mirándome fijo a los ojos y agarrándome la cabeza con las manos-. No te pongas paranoico.

-¿Qué crees que podamos hacer para que se adapte y no tengamos que vigilarla todo el tiempo? –Pregunté preocupado, mirando al techo, en dirección a la sala.

-Sólo tener paciencia, amor –respondió en tono práctico-. Ahora ve a buscarla, que hablaba en serio cuando te dije que te tocaba.

-Ok –respondí, separándome sin muchas ganas de mi esposa.

-.-

Mis hijos me recibieron con predecibles caras de "ya era hora". Los miré con gesto de disculpa.

-¿Cambio de guardia? –Se burló Daniela, sin mirarme, concentrada en el rompecabezas.

-Cambia la actitud –le dijo Edward, un poco cansado.

Tomé a Daniela en brazos, para llevarla abajo. Suponía que un cambio de escenario le haría bien, y además así les podía dar a mis hijos una cierta ilusión de privacidad.

-¿Adónde vamos? –Se quejó Daniela, aunque no intentó que la soltara.

-Abajo. Vamos a jugar a algo –le dije, mientras me dirigía a la escalera.

-¿Scrabble? –Preguntó Daniela. Sonaba resignada.

-Ok, Scrabble –le respondí, aprovechando que pareciera que había sido idea de ella. Predeciblemente, gruñó. Pero no intentó disuadirme y supuse que eso era un buen signo.

La senté en el comedor, y me pregunté si debía invitar a mi esposa. Decidí no hacerlo. Mal que mal, había dicho claramente que era mi turno, y ella ya había pasado bastante tiempo intentando entretenerla. Además, le tocaría quedarse sola con la niña al día siguiente. La compadecí, y me sentí culpable al sentir alivio de tener que ir a trabajar. Probablemente mis hijos también se sentirían aliviados de escapar a la escuela.

Le pasé la caja con el juego a Daniela.

-Instálalo tú -le dije-. Voy y vuelvo.

Salí un poco nervioso del comedor, sabiendo que me estaba arriesgando a que intentara escapar por la ventana. Fui corriendo a mi escritorio por papel y un bolígrafo.

Cuando volví al comedor, Daniela me había hecho caso. Le sonreí y le pasé lo que había traído.

-Anota tú el puntaje –le dije.

-¿Para qué? –Preguntó.

-¿No temes que haga trampa? –Me burlé, en forma cordial.

-No necesita hacerlo. Ambos sabemos que ganará –respondió en tono práctico, alejando la hoja y el bolígrafo de ella.

-A lo mejor sólo quiero verificar que sabes sumar –le dije riendo, y le volví a acercar los implementos.

-¿Cree que soy idiota? –Dijo rápidamente, a la defensiva.

-No –le aseguré con calma-. ¿Debería?

-No –gruñó-. No soy imbécil –aseguró, tomando el bolígrafo y quitándole la tapa. Anotó su nombre y me quedó mirando con algo de duda.

-Mi nombre se escribe como en el libro –le aseguré, adivinando que no estaba segura de cómo deletrear "Carlisle". Asintió, y lo escribió sin equivocarse.

Le sonreí tranquilizadoramente, y aunque no me sonrió de vuelta pareció más tranquila. Sacamos letras.

-¿Quieres comenzar? –Le ofrecí.

-Bueno –gruñó.

Se quedó un buen rato mirando sus letras. Parecía estarse esforzando, y eso me animó y me desanimó. Aunque era bueno ver que lo estuviera intentando, era angustiante verificar en la práctica cuánto le estaba costando.

-¿Puedo ver tus letras? –Le pregunté luego de casi un minuto.

-¡Eso es trampa! –me respondió indignada.

-¿Quieres usar un diccionario? –Le ofrecí.

-Déjeme en paz… -gruñó, y puso "Harina" en el tablero. No estaba tan mal. Anotó sus puntos rápido en la hoja, sin equivocarse. Bueno, al menos sabía sumar. Pensé en felicitarla, pero me abstuve. Probablemente se ofendería.

Simulé estar pensando, para hacerla sentir mejor, a pesar de que ya había encontrado una buena palabra que poner.

-No finja… –me gruñó, entendiendo acertadamente mi intención.

Puse "Vigencia" aprovechando su A. Contó correctamente mis puntos y los anotó.

-Ahora que ya sabe que sé sumar y escribir, ¿puedo dejar de anotar? –Me preguntó con descaro, aunque se notaba que lo decía en broma.

-No –contesté, sonriéndole-. Sigue anotando.

Continuamos jugando. Se notó que lo estaba intentando, ya que consiguió colocar otra palabra de seis letras ("Morado") y varias de cinco letras.

-¿Qué te gusta hacer? –Le pregunté luego de un largo silencio.

-¡No comience a preguntar leseras como su esposa! –Me rogó, con voz cansada.

-¿Te gusta leer? –Le pregunté, a pesar de que sospechaba que no.

-No es asunto suyo –gruñó.

-Pero leíste "Crepúsculo, ¿no? –La animé, a pesar de que odiaba ese libro-. ¿Qué otros libros te han gustado?

-"El libro del mudo" –me contestó con seriedad.

No me sonaba para nada, y eso que yo había leído bastante. Me sorprendió.

-¿De qué autor? –Le pregunté. Resopló, sonriendo con aire superior, y no me contestó. Comprendí-. ¿Lo inventaste? –Le pregunté.

Daniela resopló de nuevo, riendo.

-Le advertí que no era asunto suyo –me respondió, burlona.

-Bueno, sé que no leíste "Colmillo blanco" –me burlé de vuelta. Me arrepentí al instante al ver que el buen humor desaparecía de su cara.

-Se metió en mis cosas –dijo en tono frío, más como una constatación que como una pregunta.

-Sí –reconocí-. Miré tus cosas antes de incinerarlas. Ella asintió.

-Por eso asume que soy tonta –dijo de nuevo con esa voz fría.

-No creo que seas tonta –le aseguré-. Estoy seguro de que no lo eres.

No me contestó, y continuamos jugando.

-Lamenté haber tenido que quemar todo –le aseguré luego de un minuto.

-Su esposa ya me explicó ayer –me contestó sin mirarme. Puso "Huir" aprovechando que había una R muy libre al final de la palabra "Investir" que yo había puesto antes. La miré, preguntándome si intentaba decirme algo al poner esa palabra precisamente. Ella captó mi mirada suspicaz, y giró las letras que le quedaban en mi dirección en forma algo brusca. Le quedaba una N, una T, una O y otra U.

-¡Tenía dos U! –Se defendió-. ¿Qué más podía poner? –Me desafió.

-Bueno, si querías forzosamente usar esa R, y limitarte a los verbos, podrías haber puesto "Unir" por ejemplo –contesté en forma práctica-. Aunque yo hubiese preferido "Turno" supongo –admití.

Daniela me miró con gesto amargo.

-Bueno, juegue por mí entonces –me dijo dándole un manotazo a sus letras en mi dirección.

Puse sus letras de vuelta en el apoyo y lo volví hacia ella.

-"Huir" es mejor palabra que "Unir" –le aseguré, con amabilidad-. La H vale más que la N.

Eso pareció ablandarla un poco, y a regañadientes anotó sus puntos y sacó más letras.

Continuamos jugando, y preferí guardar silencio. Cuando se acabaron las letras, ella suspiró aliviada.

-Bueno, usted ganó –dijo, aunque ambos ya lo sabíamos-. Y no necesité el don de su hija para adivinarlo.

-Tuviste un buen puntaje –le dije. Me miró con desprecio.

-No intente consolarme, por favor. Eso es patético.

-Me gustaría jugar otra partida –le dije.

Predeciblemente, se le arrugó el ceño.

-¿No tienen otros juegos? –Se quejó.

-¿Quieres ir a mirar? –Le sugerí.

-Ok –dijo.

La cargué hasta el mueble de los juegos. Frunció el ceño ante el "1000 kilómetros" y el "Backgammon" y resopló divertida ante el de "Lotería", el "Ludo" y el de "Damas Chinas". Frunció la boca con horror ante el ajedrez, y se tranquilizó bastante al ver el naipe inglés.

-¿Alguno que te guste? –Pregunté.

-¿Puedo jugar solitario con el naipe? –Preguntó.

-No –le respondí, riendo-. Se supone que tengo que jugar yo también.

-¿Se supone? –Preguntó.

-Quiero jugar contigo –admití.

-Si acepto jugar Scrabble, ¿puedo sugerir algo para hacer el juego más interesante? –Preguntó seria.

Me pregunté qué regla extraña se le podría haber ocurrido.

-Por supuesto –le contesté, demasiado rápido.

-¿La regla que quiera? –Preguntó, y eso me alarmó.

-¿Quieres apostar dinero? –Me burlé.

-Asumo que usted quemó el poco dinero que me quedaba –me contestó con frialdad, y me sentí horrible.

-Jugaremos con tus reglas –le ofrecí a modo de bandera blanca.

-Si yo gano, usted me lleva a mi casa –me dijo.

Escuché cinco jadeos a coro, y noté que Daniela también los había oído. Al parecer, toda la casa estaba pendiente de nosotros.

-Me encanta esto de la privacidad –se burló Daniela, con desagrado en la cara-. Así le puedo decir con toda confianza que Edward es un llorón, que Jasper es un idiota, que Alice es mandona, y que Bella es una matea traga-libros. Su esposa por lo menos no está tan mal, felicitaciones.

-No necesitas ser cruel –la reté-. Todos oyen todo porque la casa es pequeña y tenemos buen oído.

-Todos jadearon a la vez –se defendió Daniela-. ¡Estaban escuchando a propósito!

-Estamos todos pendientes de ti –admití-. Pero es porque queremos conocerte mejor. Eso no es ofensivo, ¿no crees?

-Están pendientes porque temen que escape –gruñó.

-Estás conmigo. Saben que no lo permitiría –le aseguré.

-Pero, si gano en el Scrabble, ¿me llevará a mi casa? –Me desafió.

-No Daniela –le dije en forma terminante.

-O sea que sabe que le puedo ganar –afirmó, contenta por suerte. Eso me alegró.

-Todo es posible –me burlé.

-Bueno, entonces también es posible que yo consiga volver a mi casa –afirmó, mirándome a los ojos muy seria.

-Daniela… Eso no se puede –le dije con suavidad. No quería antagonizarla, pero tampoco podía permitir que siguiera albergando esperanzas.

-Todo es posible –me desafió-. Usted acaba de admitirlo.

Suspiré, un poco perdido.

-¿Sigamos jugando? –Le propuse para cambiar de tema.

-Ok –respondió Daniela, encogiéndose de hombros-. Aunque supongo que usted ganará.

Cerré el mueble de los juegos, la tomé en brazos y la cargué de vuelta a su silla.

-Si yo gano, ¿me puede sacar el bloque? –Propuso Daniela.

-No por ahora –le respondí-. Pero si quieres te puedo leer un cuento si ganas –le propuse. Me miró muy feo.

-No gracias –gruñó, con desprecio.

Continuamos jugando, y fue una tortura para ambos. Me mostró su enojo el resto de la noche respondiéndome con monosílabos cuando intenté conversar, y se esforzó en poner las palabras de menor puntaje que pudo.

Cuando llegó la madrugada, y mi esposa llegó a buscar a la niña, fue un gran alivio.

-.-

Pasé el día intranquilo, en mi trabajo. Estuve en varias ocasiones a punto de llamar a mi esposa para preguntar si todo iba bien. Pero, cobardemente, no lo hice. Temía que me dijera "ven, no aguanto más". Me defendí a mí mismo mentalmente pensando que no podía preguntarle por Daniela delante de mis compañeros de trabajo y pacientes. Pero yo sabía que, muy en el fondo, era un gallina.

Aproveché la hora de almuerzo para ir a comprar el vidrio para la ventana de Daniela. Al menos eso podría hacer de útil. Luego de la madrugada frustrante en su compañía me sentía más bien impotente.

Noté, a lo largo del día, que las conversaciones sobre la desaparición de la niña continuaban, por supuesto. Pero no averigüé nada nuevo.

Cuando salí de mi trabajo mis hijos me esperaban, como de costumbre. Bella leía, como siempre. A veces me preguntaba si no era alguna forma de evasión de su parte. Edward me había asegurado que no, pero supuse que al no poder leerle la mente no podía estar seguro.

-Necesito comprar algunas cosas –me dijo Alice de inmediato.

-¿Necesitas ir a la ciudad? –Pregunté, mitad inquieto por llegar tarde a casa, mitad aliviado de tener una excusa aceptable para retrasar el regreso. Pusilánime… Me avergoncé de mí mismo, y vi que Edward resoplaba. Lo miré con gesto de disculpa, pero me sonrió y se encogió de hombros.

-No, sólo necesito algo de la librería –respondió Alice con un gesto vago. Miré a mis otros hijos, pero Edward miró el auto. Comprendí. No podían arriesgarse a explicarme nada relacionado con Daniela ahí, en el estacionamiento de la posta, donde cualquiera podría vernos. Era sólo un espacio abierto junto a la calle después de todo.

-¿Qué pasa? –Pregunté bajo, una vez en marcha dentro del vehículo.

-Seguí escuchando a la gente, como me pediste esta mañana –informó Edward-. No encontré a nadie sospechando de nosotros. Me concentré particularmente en la hermana, y sólo detecté lo mucho que la quiere y la extraña.

-Y le compraremos lápices de colores –informó Alice-, cuando Edward decida recordar y mencionar que la hermanita pensó en lo mucho que les gustaba dibujar juntas.

-Sí, la hermana también recordó que a Daniela le gusta dibujar –reconoció Edward.

Todos lo hicimos callar, en forma mecánica.

-¡No digas su nombre, amor! –Le recordó Bella.

-Lo siento –se disculpó Edward-. Pero no hay nadie oyéndonos de todas formas –se defendió.

-Es sólo por seguridad –le recordé.

-Te pasaste, Carlisle –me dijo Alice-. Para ir a la librería tenías que doblar en la cuadra anterior.

-No me has dicho adónde vamos –le recordé.

Suspiró con aire teatral, y comenzó a darme indicaciones. Cuando llegamos, sólo Alice se bajó del coche conmigo.

-Vamos papá –me dijo en voz alta y en español-. Te mostraré los que quiero.

Comprendí, y la seguí. Era todo, supuestamente, para ella.

La librería no era muy grande. Como la mayoría de las tiendas del pueblo, no ofrecía demasiado. Alice se paseó un poco como decidiéndose, aunque yo sabía que era sólo porque el tendero nos miraba con paciencia. Le sonreí. Alice escogió una caja de lápices, un cuaderno, y agregó un block de dibujo.

-¿Necesitas algo más, hija? –Le pregunté con amabilidad.

-No, sólo esto –me aseguró.

No tuvimos dificultades, por supuesto. Ella sabía lo que hacía. Me hubiera gustado pedir que nos lo envolvieran para regalo, pero eso hubiera despertado sospechas.

-¿Eso le gustará? –Pregunté, cuando ya nos habíamos alejado en el coche.

-Sí, mucho –aseguró Alice.

-¿Dejará de querer escapar? –Preguntó Bella.

-No, eso no ha cambiado –dijo Alice, preocupada.

-Alice tuvo una visión, pero no sabe qué significa –dijo Edward. Pude oír resoplar a Alice.

-Lo que sea que viste, puedes decirlo con confianza hija –le aseguré.

-Las vi haciendo galletas, a ella y a Esme –admitió a regañadientes-. La casa apestará por días.

-¡Dile lo del molde! –la retó Edward.

-¿Qué molde? –Pregunté, sin entender.

-Alice vio a Daniela mirando un molde de galletas, y de inmediato tuvo una visión de la policía persiguiéndonos.

-¡Fue borrosa! –Se defendió Alice-. ¡Y no tenía ningún sentido! ¡Ni siquiera era nuestro coche, y no sé si nos perseguía a nosotros!

-Calma hija –le dije, y sentí que Jasper ejercía su magia.

-Amor –le dijo su marido con calma-. Aunque no lo comprendas, y aunque no estés segura de su importancia, es mejor que compartas lo que viste con todos nosotros. Si aparecía la policía podría ser importante.

-Sobre todo importa que tuvo la visión inmediatamente después de la visión de Daniela viendo el molde –agregó Edward en forma enfática.

-¿Qué molde? –Preguntó Bella, casi al mismo tiempo que yo iba a preguntar lo mismo.

-Un molde de galletas –respondió Alice, frustrada-. Uno que hay en la cocina, de los que escogió Esme cuando llegamos a vivir aquí y fingimos comprar cosas para la casa.

-Es uno de los de animalito –completó Edward.

-¿Qué animalito? –Pregunté.

-Creo que era un pescado, o algo así –dijo Alice.

-¿Qué hacía Daniela exactamente? –Insistí.

-Sólo las vi haciendo galletas –respondió Alice, algo desesperada-. Estaba viendo a Daniela escoger moldes para cortarlas y de pronto se quedó mirando el con forma de pez, y de inmediato tuve un flash de un vehículo policial persiguiendo un jeep. Fue muy rápido, y no alcancé a distinguir detalles.

-Yo estaba viendo la mente de Alice –aseguró Edward-. Los hechos están relacionados, estoy seguro.

-Se supone que debías estar fijándote en las mentes de los demás humanos –se quejó Alice.

-Estaba aburrido –admitió Edward-. Y nadie alrededor estaba pensando en ella en ese momento. Hasta su hermanita estaba concentrada en su clase.

-¿Reconocieron el lugar en el que tuvo lugar la visión? –Les pregunté, esperando que cooperaran en vez de pelear entre ellos.

-En la cocina –dijo Alice como si fuera obvio.

-Se refiere a la visión de la policía, genio –se burló Edward.

-¿No pudiste ver esta pelea? –Le preguntó Jasper a Alice, en tono de broma, para aligerar el ambiente. Vi, por el retrovisor, que le dirigía a Edward una mirada de advertencia.

-¿Dónde ocurría la persecución? –Insistí.

-En el bosque –dijo Alice-. Había árboles. Podría ser el camino a la casa –admitió a regañadientes.

-A mí me pareció más el camino a los lobos –reconoció Edward, con algo de duda.

Asentí. Tenía sentido. Si la policía nos perseguía tenía sentido que fuera cerca de nuestra casa.

-¿Reconocieron el vehículo?

-No –contestaron ambos al unísono.

-¿Recuerdan la patente? –Pregunté-. Podríamos averiguar…

-Fue una visión borrosa, y duró muy poco –dijo Alice-. No vi nada más que una fugaz impresión de una patrulla persiguiendo a un auto, y creo que era un jeep pero no estoy segura.

-Era un jeep –aseguró Edward.

-¿Algún otro detalle útil? –Insistí, preocupado-. ¿Fecha? ¿Quiénes iban en el jeep?

-No lo sé –dijo Alice, y comenzó a tiritar-. He intentado ver algo, pero sólo tengo imágenes imprecisas. La policía aparece siempre, pero no logro ver imágenes concretas. Creo que hay algo decidido, pero no es algo completamente concreto. ¿Tiene sentido?

-Sí –le aseguré, mientras sentía como Jasper intentaba calmarla con su don, abrazándola y haciéndole cariño al mismo tiempo-. Cuando lleguemos a casa quiero que me muestres exactamente dónde estaba Daniela, y qué estaba haciendo. ¿Te parece?

-Sí Carlisle –murmuró, más tranquila.

-Y tú, Edward, me gustaría que en los próximos días estés muy atento a cualquier pensamiento de Daniela que pueda tener relación con las dos visiones de Alice. Cualquier detalle podría ayudarnos.

-Sí papá –respondió de inmediato.

-.-

Cuando llegamos a la casa, el olor nos invadió apenas abrimos las puertas. Sonreí a pesar de eso, ya que vi a mi esposa y a la niña observándonos desde la terraza.

-¿Hicieron galletas? –Pregunté contento. No fue totalmente fingido, ya que podía ver la gran sonrisa en el rostro de mi esposa, y me alegré de que pareciera haber tenido un buen día a pesar de todos mis temores.

-Sí –respondió-. Daniela y yo pasamos la tarde en la cocina horneando galletas y pintándolas. ¿Quieres verlas? Nos quedaron preciosas –afirmó con orgullo.

-¡Claro! –Les dije contento, y le sonreí a Daniela.

Ella no parecía muy contenta, y miraba a sus hermanos con poco entusiasmo. Deseé que ellos fueran algo más diplomáticos pero, por desgracia, el olor parecía desmotivarlos completamente.

Las galletas eran, como lo había dicho mi esposa, preciosas. Se notaba que se habían esmerado. Probé una, con curiosidad, pero por supuesto me pareció que sabía espantoso. Me controlé para no poner ninguna cara.

A pesar de mis esfuerzos, fue un desastre. Daniela terminó deprimida a pesar de mis elogios, y Edward y Alice comenzaron a pelear nuevamente. Pronto los niños comenzaron a escapar hacia el segundo piso, donde pude oír que abrían las ventanas discretamente. Alice se quedó, y me miró dándome a entender que recordaba las instrucciones que le había dado en el coche. Asentí con mis ojos, y mi sagaz esposa comprendió que algo pasaba y se llevó rápidamente a la niña.

-Ok –dije bajito, en nuestro idioma-, ¿dónde estaba parada ella?

Alice se movió con seguridad, y se paró en un punto junto al horno.

-Mamá estaba aquí, aceitando una bandeja de horno –aseguró. Luego se desplazó hacia el mesón principal y agregó-: ella estaba parada aquí. Tenía varios moldes sobre la mesa y los estaba mirando. Luego cogió el con forma de pescado, y lo quedó mirando. Y luego vino a mí la otra visión, muy fugazmente, y luego la vi cortando galletas, pero no había nada interesante que ver, o nada que pareciera importante.

Me acerqué a las galletas, y noté que ninguna tenía forma de pescado. ¿Había evitado usar ese molde a propósito?

Me fui hasta el cajón donde recordaba que habíamos puesto ese tipo de cosas cuando las compramos. Revisé todos los moldes, y los olí uno a uno. A pesar de estar lavados, se notaba cuáles habían sido usados y cuáles no. Cuando encontré el con forma de pescado se lo mostré a mi hija.

-Sí, ese era -me aseguró.

Lo olí. No había sido usado para cortar galletas, pero tenía olor a Daniela.

-¿Cómo lo sostenía? –Le pregunté a Alice.

Mi hija lo tomó, y se paró en el punto en el que había dicho que estaba Daniela. Lo miró frunciendo un poco el ceño.

-¿Puso esa cara? –Me burlé.

-Sí, pareció pensar en algo cuando lo tomó –aseguró-. Pero luego sólo la vi relajada cortando galletas. Aunque se enojó un poco cuando mamá no la dejó acercarse al horno.

-¿A lo mejor planeó quemar la casa? –Pregunté.

-No vi a los bomberos en mi visión –dijo Alice, con duda.

Asentí, y di vuelta el molde en mis manos, intentando pensar cómo podría usarlo la niña para intentar algo.

-Prueba rompiéndolo –sugirió Alice-, a ver si veo algo.

Lo aplasté cuidando de no hacer ruido, y Alice se concentró.

-No vi nada. Creo que no cambió nada –dijo luego de un par de segundos.

-Supongo que es más la idea de los peces lo que la hiso tomar una decisión, o tener un pensamiento importante –le dije-. Tal vez intentará escapar nadando.

-Bueno, no hay que llevarla a los lobos –respondió Alice.

-Ok, no la llevaré a los lobos –decidí-. ¿Ves que algo cambie?

Alice volvió a concentrarse y, luego de unos segundos negó con la cabeza.

-Bueno, entonces la llevaré a los lobos apenas tenga la oportunidad –decidí-. Sólo tendremos que tener mucho cuidado, y así veremos si tu visión se hace más nítida.

Alice volvió a concentrarse, y frunció ligeramente el ceño.

-Creo que hay una probabilidad alta de que intente escapar. No vi una imagen completamente definida, pero alcancé a vernos a todos nadando.

Eso me inquietó, pero todo se reducía a vigilarla bien, las veinticuatro horas. En ese momento oímos bajar la escalera rápidamente a Edward y a Bella. Ambos nos miramos, y pusimos atención. Edward le avisaba a mi esposa que no le prestara su computadora a Daniela, porque enviaría un e-mail a su padre. Luego Esme les preguntó si querían jugar con ellas, y se quedaron.

-¿Tendrá eso del correo electrónico algo que ver con tu visión? –Le pregunté a Alice.

-No –dijo ella, concentrándose-. Aunque estaba desconcentrada y no pude ver que ocurriría lo de la computadora –admitió un poco avergonzada, con gesto de disculpa.

-No es tu culpa –le aseguré, sonriéndole-. Ya haces mucho –agregué con orgullo-. Sólo tendremos mucho cuidado y, en algún momento, si tienes una visión clara del peligro, tomaremos las medidas necesarias para evitar una tragedia.

-¿No sería preferible irnos y ya? –Propuso Alice. La miré algo suspicaz, pero ella puso de inmediato cara muy seria y continuó-: No lo digo por mí, -aseguró-, si quieres nos llevas a la Antártida. Sólo pienso que sería mejor no vivir tan cerca de su familia. ¿Tal vez, si nos alejamos de este país, se resigne más rápido?

-Probablemente –admití-. Pero es mejor esperar a que la búsqueda se haya cancelado y la hayan declarado muerta. No quiero que puedan relacionar nuestra partida con su desaparición.

-Como quieras, Carlisle –dijo Alice-. Pero tal vez ese riesgo sea preferible a que estemos tan cerca que ella pueda llegar corriendo o nadando a su casa.

-Esperaremos, y permaneceremos atentos –insistí.

-Ok –dijo Alice, rindiéndose-. Estaré arriba con Jasper por si nos necesitan.

-Más tarde, me gustaría mucho que la acompañaran un rato. Me gustaría estar con mi esposa también –le solicité. Arrugó un poco la cara.

-Sí, no hay problema –murmuró.

-Todos tenemos que ayudar –le recordé.

-Sí, lo sé –dijo resignada.

La besé en la cabeza y le murmuré gracias al oído. Se puso algo más contenta y subió a buscar a su marido.

Cuando llegué al comedor, Daniela estaba explicándole las reglas de un juego de cartas a mi Esme, Bella y Edward. No era difícil, y me quedé a jugar con ellos.

"Alice y Jasper cuidarán a Daniela más tarde, y luego me gustaría si Bella y tú pudieran hacerse cargo por un rato" pensé para Edward, cuando terminábamos el primer partido. El asintió casi imperceptiblemente. Luego Esme propuso otra partida, pero ellos se disculparon y se fueron. Me di ánimo, y decidí enfrentar el problema de la visión de Alice.

-Daniela –le dije muy serio, mirándola con cuidado a los ojos-, ¿tienes algún plan relacionado con el molde de galletas con forma de pescado?

Vi que la niña abrió grandes los ojos, y luego se enfureció. Mi esposa parecía preocupada, y supuse que a pesar de haber estado entreteniendo a Daniela había estado pendiente de nuestro intercambio en la cocina.

-No –respondió Daniela, con rotundidad.

-Alice te vio mirándolo –le dije con franqueza. Eso la indignó más.

-Estábamos haciendo galletas –se defendió-, obviamente que miré los moldes. Y encontré bonito el de pescado. Sólo eso.

La miré con cuidado, y aparte del enojo detecté un poco de nerviosismo. No parecía ofendida, y eso llamó mi atención. Si hubiera sido una acusación falsa lo normal hubiera sido que se sintiera principalmente ofendida.

-Si quieren lo rompen –insistió ella-, me da lo mismo.

Bueno, eso ya lo había hecho. El problema es que no provocó un cambio en el futuro de acuerdo a las visiones de mi hija. Al final, todo se reduciría a estar atentos y esperar. Me rendí.

-¿Cómo estuvo vuestro día? –Pregunté, decidido a cambiar de tema.

-Bien –aseguró mi esposa, contenta-. Limpiamos, vimos televisión, y cocinamos.

-¿Se comportó? –Le pregunté a mi esposa, indicando a Daniela, medio en broma.

-Sí, todo estuvo perfectamente –aseguró mi esposa, tiernamente, acariciándole la cabeza a la niña.

Eso me alivió, luego de haber pasado todo el día inquietándome. Supuse que entonces no habría problema en darle el regalo que Alice había sugerido.

-Voy y vuelvo –les dije, y lo fui a buscar.

Alice había tenido razón, pude ver que a Daniela le había gustado mucho la sorpresa. Estaba tan contenta que incluso no reclamó por la falta de privacidad cuando le di a entender que la había oído el día anterior pedir un elefante. Le sugerí que podía pedirnos más cosas, pero no pidió nada. Eso me sorprendió. Pensé que podía querer más cosas para entretenerse, otros juegos tal vez.

Me fijé en que, de todo lo que le habíamos comprado, se interesó sobre todo en los lápices de colores. Los olió uno a uno y comenzó a probarlos de inmediato. Mi esposa y yo dibujamos con ella, un rato, pero luego la dejamos dibujar solita. Yo quería ver qué dibujaba, pero se limitó a probar cada color sin dibujar nada en concreto.

Cuando pensaba que todo andaba bien, Daniela comenzó a mostrar signos de desagrado. No entendí: no le habíamos hecho nada, no le habíamos dicho nada. Ni siquiera nos estábamos moviendo demasiado. Incluso frunció el ceño, y oí a Edward reírse arriba. Eso la indignó y le dijo claramente "púdrete". Pensé en retarla, pero supuse que Edward la había provocado, riéndose de lo que sea que le había pasado por la mente. Tendría que recordar preguntarle, más tarde.

-¿Me pueden llevar a mi cuarto? –Preguntó de pronto, molesta.

Me sorprendí. ¿Por qué no quería estar con nosotros? Recordé que su cuarto estaba lleno de vidrios, y que debía reparar la ventana.

-Ah, sí –le respondí-. Compré el vidrio para reparar la ventana.

La reparación fue sencilla, y Daniela aceptó sin problemas recoger ella misma los vidrios de la ventana que había destrozado. Incluso me dio la impresión de que parecía más contenta. Eso me intrigó. ¿Acaso la hacía feliz limpiar? ¿A lo mejor era una obsesa del aseo como mi esposa?

Estaba pensando en esas cosas cuando llegaron Alice y Jasper.

-Alice y Jasper te harán compañía un rato –le dije, aunque por la cara con que los miraba se notaba que ya había entendido la idea-. Pórtate bien y no intentes escapar. ¿Está bien Daniela?

-No está bien –murmuró en forma testaruda. La miré fijo, y de inmediato agregó-: entendí sus instrucciones. No escaparé –prometió.

-Ok, Esme y yo estaremos abajo por cualquier cosa –les dije.

Recogí mi caja de herramientas, con la intención de llevarla al cobertizo, pero al bajar y ver a mi esposa acercándose a mí en el pasillo tuve otras urgencias. La puse en el suelo, ya la guardaría más tarde.

Entramos al dormitorio. Iba a besarla pero ella me detuvo y se llevó un dedo a los labios. Ante mi cara de consternación apuntó hacia arriba, y entonces noté lo que le había llamado la atención: no se oía ruido alguno. Nuestros cinco hijos estaban completamente quietos y silenciosos.

La miré con incredulidad, y ella me miró con cara de curiosidad y algo de inquietud. De pronto oímos la dulce risa de nuestro primogénito y el murmullo de una sola palabra: morbosa.

Ambos nos miramos, comprendiendo, y se nos escaparon sendas carcajadas que intentamos ocultar rápidamente. Al parecer, nuestra hijita había estado intentando oírnos. No podía haber otra explicación. Edward no le hubiera dicho "morbosa" a su esposa en un volumen que hubiéramos podido oír, y no tenía razón alguna de llamar "morbosa" a Alice por mucho que hubiera peleado con ella ese día.

Jasper intervino, solicitando que la dejara en paz, aunque se notaba que le estaba costando no reírse a él mismo.

-Ella es la que anda escuchando a propósito –oímos decir a Edward.

-No puedo evitar oírlos cuando lo hacen. No soy una morbosa -le respondió Daniela, y por su voz se notaba que lo estaba pasando mal.

-Yo tampoco puedo evitar oír lo que piensas –le dijo Edward, y deseé que la dejara tranquila. Pobrecita. Bella pareció pensar lo mismo, porque le pidió que la dejara tranquila.

Le cerré un ojo a mi esposa y le hice signo de que no dijera nada.

-Yo recuerdo a otro que estaba pendiente de estas cosas, cuando Esme se incorporó a la familia –dije riendo, lo suficientemente alto para que todos me oyeran. A ver si con eso Edward dejaba en paz a la niña.

-Cállate amor –me dijo mi esposa bajito, golpeándome suavemente un antebrazo. Me puso cara de súplica, a pesar de que seguía riéndose. Comprendí, demasiado tarde, que tenía razón. Daniela gritó, molesta, que éramos una familia de locos y que nos odiaba. Ambos hicimos muecas de dolor, y nos miramos consternados.

-Lo siento –me disculpé bajito-. Sólo quería que Edward dejara de molestarla.

-Lo sé –me aseguró mi esposa.

Oímos a Alice decir que ya era suficiente, y ella y Jasper sacaron a la niña afuera. Estuve a punto de salir al pasillo a atajarlos, pero mi esposa me atajó a mí.

-Estarán bien –aseguró-. Confía en ellos. Alice verá si Daniela planea escapar, y Jasper tiene experiencia manejando vampiros jóvenes.

-Supongo que tienes razón –concedí, inquieto.

-Ya no hay niños en la casa –murmuró mi esposa, acercándose a mí con esa sonrisa de ella que adoraba, distrayéndome de inmediato.

Le devolví la sonrisa con ganas, y dejé atrás toda otra preocupación.

-.-

Bastante más tarde los oímos regresar. No hablaban. Pasaron delante de nuestra puerta y sentí la tentación de vestirme y salir a cerciorarme de que todo anduviera bien, pero mi esposa me atajó.

-Estarán bien –Murmuró en mi oído-. Es el turno de ellos.

-Tienes razón, como siempre –le respondí, volviendo a tenderme a su lado.

Nos quedamos escuchando, y oímos la televisión. Jasper debía haber escogido el canal, ya que la dejó en un partido de futbol. Eso me extrañó. ¿Por qué no escogían algo que le pudiera gustar a la niña? Dudaba que a Daniela le gustara el futbol.

Miré a mi esposa con cara de pregunta, pero sólo se encogió de hombros y me atrajo hacia a ella. Nos besamos, intentando hacer poco ruido. Fue grato, pero cuando intenté ir más allá me atajó y apuntó hacia arriba. Frustrante.

No podríamos seguir por toda la eternidad intentando que Daniela no nos oyera. Era completamente inviable.

Oímos que la puerta del cuarto de Bella y Edward se abría y me sorprendí. Todavía era temprano. Cuando oí que cambiaban de canal y le subían el volumen entendí. Debía ser idea de Edward, poner fuerte un reportaje con un narrador que no paraba de hablar. Asumí que había oído mi frustración y le di las gracias mentalmente. No me contestó, obviamente, pero sabía que me había oído.

Miré a Esme y le sonreí desafiante. Ella me sonrió de vuelta, y volvió a atraerme hacia ella.

-.-

Unos ruidos en el suelo del segundo piso nos distrajeron, algo más tarde.

-¿Qué hacen? –Se quejó mi esposa-. Van a romper las tablas.

Oímos con detención. Alguien se paraba de un sillón, y caminaba hacia el ruido. Comprendimos. Daniela intentaba ir a saltos hacia la escalera, y el bloque en el piso era lo que había provocado el ruido. Oímos como la dejaban en un sillón, y luego como se sentaban en otro. Eran los pasos de Edward, estaba casi seguro.

-¿Subimos? –Propuso Esme, preocupada.

-No, dejémoslos que lo manejen ellos –respondí-. De todos modos no iría lejos con el bloque.

Ambos nos miramos preocupados, cuando oímos el bloque acercarse a saltos a la escalera nuevamente.

-¿Y si se cae? –Preguntó mi esposa, preocupada.

-Es un vampiro, sobrevivirá –le aseguré.

Volvimos a oír como Edward la devolvía a su sillón y la retaba. También oímos como le respondía ella, en forma bastante grosera.

-Habrá que enseñarle a hablar mejor –le dije a mi esposa.

-Sí, supongo –me contestó.

Volvimos a oír cómo Daniela intentaba escapar hacia la escalera, y cómo Edward la volvía a poner en su sillón, sin decirle nada.

-Es un poco lenta –reconoció Esme-.

-Sí, lo es –admití. No podíamos seguir tapando el sol con un dedo. Era evidente que Daniela, aun siendo un vampiro, no era la manzana más brillante del cajón.

-¿Cuántos intentos crees que le tome darse cuenta de que no podrá conseguirlo? –Preguntó Esme, preocupada.

-Creo que ya entendió, amor –le dije-. Estoy seguro de que sigue porque quiere llamar la atención.

Un nuevo intento de fuga me interrumpió. Nos miramos.

-¿Pataleta? –Me preguntó mi esposa, dudosa.

-Asumo que sí –le aseguré-. Es algo lenta, pero no idiota.

A la quinta secuencia de saltos hacia la escalera ya perdí la paciencia y comencé a vestirme.

-No lo están manejando –murmuró mi esposa, imitándome.

-No, claramente –le respondí con algo de sarcasmo.

Al sexto intento ya se me escapó un gruñido y subí. Al ver las marcas en el piso me dieron ganas de gritar. Miré a los mayores de mis hijos, pero Bella no levantó la vista de su libro y Edward no apartó la vista de la televisión. Sólo Daniela me miró, y parecía algo inquieta.

-¿Qué pasa? –Les pregunté, aunque era bastante obvio.

-Eso pasa –me contestó mi hijo en forma despectiva, apuntando a la niña, sin dirigirme la mirada siquiera.

Eso me molestó. "Mírame cuando te hablo" le exigí en la mente, pero me ignoró. Le apagué la televisión, y en vez de cambiar de actitud resopló y cerrando los ojos continuó ignorándome. Bella, por suerte, se dio cuenta de que estaba verdaderamente enojado y decidió no seguir empeorando las cosas.

-Alice y Jasper llevaron a Daniela a dar un paseo. Intentó escapar. La trajeron de vuelta. Iniciamos nuestro turno. Intentó escapar nuevamente –explicó resignada.

Era eso. La niña había intentado escapar en el paseo. Decididamente, tendríamos que estar encima mi esposa y yo todo el tiempo. Dios… Y mis hijos mayores no parecían muy dispuestos a colaborar. "Estoy un poco decepcionado, hijo, esperaba más de ti" le dije a Edward en mi mente. Vi por un rictus en su cara que estaba enojado.

-Pueden irse -les dije en voz alta.

El portazo que dio mi hijo me confirmó cuan molesto seguía. Tendría que hablar con él, más tarde. Con los cuatro, de hecho. Tampoco era justo que sólo lo retara a él.

Alice y Jasper volvieron a la salita, y se veían arrepentidos.

-Lo siento, Carlisle –se disculpó Alice-. No lo vi venir.

-No es culpa de Alice, yo la distraje -reconoció su esposo, asumiendo la responsabilidad él.

Pero yo no necesitaba gente que reconociera culpas. Necesitaba hijos cooperadores dispuestos a asumir la responsabilidad de cuidar a su hermanita. Aunque tampoco podía culparlos a ellos si dicha hermanita intentaba fugarse todo el tiempo. Y, además, al menos Alice y Jasper estaban reconociendo su responsabilidad en los hechos. No como Bella y Edward que habían tenido el descaro de molestarse conmigo.

-No estoy buscando culpables –les aseguré, resignado, para que se relajaran. Después de todo, sólo eran un poco mayores que Daniela. No se le podía pedir peras al olmo, como diría Eleazar.

-Yo tuve la culpa –reconoció Daniela, sorprendiéndome gratamente. Por desgracia, tuvo el desatino de agregar-: Pero no voy a decir que lo siento, porque sería mentira. No lamento haberlo intentado, sólo lamento no haberlo logrado.

En ese momento me dieron ganas de pegarle, en forma totalmente espontánea, pero me contuve. Pude oír gruñir a la mitad de mis hijos. Inspiré lentamente, y boté el aire con calma. No era el momento de ponerse violento, sino de calmar la situación. Era obvio que tendríamos que hacernos cargo mi esposa y yo. Teníamos hijos, punto final.

-Pueden irse. Nadie tiene la culpa –les aseguré con calma.

Me dirigieron miradas consternadas, pero se fueron a su cuarto sin dar un portazo como sus hermanos.

Miré a Daniela. Estaba asustada. La tomé en brazos con suavidad, para que se calmara, y funcionó. Bajamos, y mi esposa me esperaba al pie de la escalera. Iba a abrir la boca y levantar los brazos como para pedirme a la niña, pero preferí manejarlo yo. La obligaría a leer un rato, a ver si así se calmaba. Y, si no se calmaba, al menos esperaba que se aburriera un poco. Se merecía alguna clase de consecuencia, supuse, y leer parecía no gustarle.

Cuando la niña vio que miraba los libros frunció un poco el ceño. Sonreí internamente. Pensé en escogerle algún libro aburrido, pero me abstuve. Tampoco era buena idea que odiara leer.

Lamenté no tener "Colmillo blanco", pero tenía "Mi vida con el lama" y ese me pareció perfecto. Era la vida de una gatita, fácil de leer, completamente apropiado para su edad. La llevé a nuestro cuarto, acompañado por mi esposa que nos había seguido como una sombra.

La tendí con cuidado en nuestra cama, al medio, y me tendí a su lado. Mi esposa entendió, y se tendió a su otro lado. La niña pareció un poco incómoda, y nos miró a ambos, inquieta.

-Ahora nos vamos a relajar, y vamos a descansar –le ordené, y le pasé el libro. Vi como lo miraba, y se volvió hacia mí sin entender. Me dieron ganas de ponerle los ojos en blanco, pero me abstuve.

-Lee un rato, por favor –le indiqué con paciencia-. Olvidemos lo que pasó.

Pareció entender, pero no dispuesta a obedecer. Me dieron ganas de darle un coscacho, pero decidí calmarme. ¿Qué me estaba pasando? Yo no era un hombre violento… ¿A lo mejor sólo estaba cansado? Tomé una revista que tenía a medio leer en mi velador y decidí olvidarme de ella por un rato.

Pronto comenzó a molestar a mi esposa, que también se había puesto a leer. Ella le contestó en forma amable, y me dieron ganas de pedirle que no fuera tan amable. ¿No había notado, acaso, que estaba intentando castigarla? Aunque bueno… Al menos la niña estaba hablándole en forma educada. Y mi esposa incluso acababa de aprovechar de enseñarle una palabra en nuestro idioma, sin que la niña lo notara.

Me relajé. Esme era la experta. Supuse que sería algún gen con el que debían nacer las mujeres. Por algo Dios las había hecho madre a ellas, y no a nosotros.

Por desgracia, Daniela pareció percibir que me había comenzado a relajar y se volvió a mosquearme a mí. Me dieron ganas de gruñirle, pero me controlé. Comenzó a intentar leer mi revista por sobre mi hombro. ¿Qué le pasaba, Dios mío? ¿Cómo era posible que le interesara más una revista científica que una novela?

-Lee tu libro –le dije, conservando la calma.

De pronto recordé cuando Marcus me decía algo equivalente, cuando estaba cansado de mis preguntas, y me dieron ganas de sonreír. La voz de Daniela me sacó de mi recuerdo.

-¿Por qué no puedo ver qué está leyendo? –Preguntó frustrada. Suspiré, y la dejé mirar mi revista.

-Es una publicación técnica –le expliqué-. No te va a interesar.

Ella miró mi revista brevemente, y efectivamente hizo una mueca.

-Ok –respondió insegura.

Estaba claro que no había entendido nada. Me reí, y mi esposa me imitó.

-Lee tu libro –le recordé con calma, esperando que me hiciera caso.

Volví a leer, pero de inmediato me distraje recordando nuevamente a Marcus. Mi esposa pareció entenderme porque tras dirigirme una risita burlona volvió a concentrarse en su novela. Yo le había contado cuánto me frustraba cuando mi antiguo maestro me decía eso, y luego decidía ignorar cualquier pregunta que le hiciera. Había aprendido mucho con él, sobre muchos temas, pero también había aprendido a ser paciente y a buscar la información yo mismo. Muchas veces había querido irme por el camino corto, pidiéndole a él todas las respuestas, pero al final siempre me terminaba diciendo que leyera el libro que me había pasado.

Daniela me distrajo de mis recuerdos, nuevamente, aunque no hablando sino mirando el libro que le había pasado. "Por fin" pensé. Pero sólo leyó la portada, y tras darlo vuelta lo dejó sobre la cama y cerró los ojos. Porfiada y descarada… Me dieron ganas de retarla, pero desistí. Al menos estaba tranquila, y preferí dejarla relajarse.

-.-

Algunas horas más tarde, cuando ya poco faltaba para tener que levantarme e ir a trabajar, sentí a la niña inspirar con un poco de violencia a mi lado. Ambos la miramos, preocupados. Llevaba mucho rato sin respirar, y eso no era inquietante, pero me pregunté qué le podría haber ocurrido para haber inspirado de esa forma de repente. Nos miramos, con mi esposa, y esperamos a ver si abría los ojos. No lo hizo. Esme me cerró un ojo.

-Parece que se murió la Daniela –dijo fingiendo desinterés. Pude ver cómo a la niña se le movía un músculo en la cara, intentando no reírse. Me relajé.

-Bueno, ya era hora –me burlé-. De todos modos me caía pésimo.

Daniela pareció triste y mi esposa me miró inquieta. Pero siguió con la broma, preguntándome qué haríamos con el cadáver. La miré con algo de censura, pero vi que la niña volvía a reírse y eso me animó.

-Escondamos el cuerpo en el armario –propuse- para que no lo vean los niños.

Iba a dejar mi revista a un lado para tomarla en brazos e ir a meterla al armario pero mi esposa me detuvo con la mirada.

-¿Y qué les diremos mañana cuando despierten y no vean a su hermanita? –Preguntó, volviendo a cerrarme un ojo.

Oímos reírse a Alice, arriba, y me alegró que ya estuvieran más relajados. Habían pasado el resto de la noche demasiado silenciosos.

-Pues que la dejamos afuera para que los lobos se la comieran –respondí, sonriéndole.

Esme me miró con expresión de censura y no comprendí. Apuntó a la niña con la mandíbula, y ahí entendí. Su carita, aunque seguía completamente quieta, era de ansiedad. Miré a mi esposa, con impotencia. ¿Acaso Daniela no había entendido que sólo era una broma? ¿Podría creer en serio que la dejaríamos solita, afuera, para que se la comieran los hombres lobo?

Esperé unos segundos, sin saber muy bien qué hacer. Al final, decidí hacerle cariño en la cabeza para tranquilizarla. No funcionó: en vez de calmarse inspiró asustada, como si la hubiese atacado. Le volví a hacer cariño de todas formas, para que comprendiera que no la estaba atacando.

-Era una broma –le expliqué-. Si te asusté por favor perdóname –le rogué.

-No me asusté, sólo me sobresalté –explicó.

-Me refería a lo que dije de los lobos –aclaré.

Nos miró inquieta.

-No hay problema –aseguró, por suerte.

Sentí un gran alivio, y sin pensarlo le di un besito en la frente. Se sobresaltó, y me miró asqueada. Incluso se limpió la frente con la manga.

-No vuelva a hacer eso. No soy su puta hija –me espetó con agresividad.

Me quise morir. ¿Acaso podía creer que yo la había besado con segundas intenciones? Miré a mi esposa, inquieto, pero ella por suerte no lo había interpretado erróneamente. Parecía tan consternada como yo. Me calmé. Había olvidado que la niña me conocía hace sólo un par de días. Era mi culpa.

-Tienes razón –reconocí con diplomacia-. Lo siento. Me dejé llevar.

-Ok. Perdón concedido –me contestó. Parecía triste-. ¿Sería posible que pasara un tiempo en mi cuarto? –Preguntó-. Prometo no saltar por la ventana ni escapar por la puerta.

-Ya son pasadas las siete de todas formas –le dije resignado-. Hora de levantarse, arreglarse e ir al trabajo.

Me levanté y me fui a duchar. Me sentía superado, completamente impotente, y esperé cobardemente que mi esposa consiguiera arreglar ella la situación.

-.-

Evité ir a despedirme de la niña a su cuarto, no sabiendo muy bien qué decirle. Me fui a esperar a mis hijos a la sala. Mi esposa llegó, me tomó la mano y me la apretó sin decir nada.

-No fue tu culpa –me dijo Jasper, el primero que llegó después de un minuto.

-Gracias hijo –le dije, conmovido. Sentí su calma, y le agradecí en silencio, sonriéndole.

-Es ella quien no quiere entender –insistió.

-Es pequeña, y acaba de llegar –le dije, restándole importancia, aunque por dentro seguía deshecho.

-De todas formas… -me dijo, con un resoplido.

-Jasper tiene razón –dijo Edward, entrando con Bella, quien asintió-. Tiene una mente realmente desagradable –aseguró.

Alice entró detrás de ellos, y no dijo nada. Parecía preocupada.

-Es sólo una niña –les recordé.

-No era forma de contestar –insistió Bella-. Propongo que la ignoremos.

-Nadie la tratará mal, y es una orden –les dije, un poco molesto-. A lo mejor cometió un error, pero no la vamos a condenar por eso. ¿Entendido?

-Sí Carlisle –contestó Bella, resignada-. Los siento.

Los demás también asintieron, a regañadientes.

-Se les está haciendo tarde –nos recordó mi esposa.

-Está bien, querida –le dije, besándola-. Suerte hoy. Cualquier cosa me llamas.

Los niños se despidieron de ella con muestras de afecto, y salimos.

Ya en el auto me relajé un poco. Era sólo una crisis. Un malentendido. Ya lo arreglaría todo en la tarde, cuando regresara. Conversaría con la niña, y le explicaría.

-Ya lo sabe –dijo Edward, respondiendo a mi pensamiento.

-¿No cree que sea un pervertido? –Le pregunté, prefiriendo tomármelo con humor.

-No, nunca creyó eso –me aseguró mi hijo. Inspiré aliviado-. Estaba enojada desde antes porque Esme había bromeado diciendo que era nuestra hermanita. También le desagradó lo que dijiste de los lobos, aunque no se asustó. Y es a nosotros cuatro a los que encuentra pervertidos –agregó con sarcasmo-, porque considera que no pensamos más que en sexo.

-Pero si el sexo es lo mejor del mundo –se burló Jasper, levantando un brazo y acercando su esposa a él.

-Tal vez deberíamos considerar la posibilidad de tener relaciones fuera de la casa -sugerí. Los cuatro gruñeron.

-Eso no es justo –reclamó Bella.

-Además, no creo que cambiaría nada –agregó Alice, con gesto sombrío.

-¿Viste algo nuevo, hija? –Le pregunté inquieto, bajando la velocidad.

-No, nada ha cambiado –gruñó-. Pero si te detienes llegaremos tarde y se burlarán de ti en tu trabajo.

Aceleré, y la miré por el retrovisor.

-¿Alguna indicación de lo que me espera hoy? –Le pregunté, un poco nervioso.

-No estoy segura –me dijo, frunciendo el ceño-. Creo que dependerá de lo que Daniela piense durante nuestra ausencia. Y eso también dependerá de lo que decida hacer Esme hoy. Y ella todavía no está segura -explicó.

-Ok, hija, no te abrumes –le dije-. Gracias.

-En todo caso, por las cosas vagas que alcanzo a percibir, creo que deberías comprarte una caja de pañuelos para cuando conversen…

Hice una mueca involuntaria.

-No seas ridícula –se burló Bella-. Ninguno de nosotros llora con lágrimas.

-Estaba usando una metáfora –se burló Alice, riendo.

-¿No sería más bien una alegoría? –Preguntó Bella, completamente seria.

-¿No sería más bien una discusión inútil? –Preguntó Jasper burlón, imitándola.

Sentí el ruido que la mochila de Bella hizo cuando se la lanzó a su hermano, pero Alice la atrapó en el aire y se la devolvió a Bella sin violencia.

-No peleen, por favor –les rogué.

-Antes de que nos fuéramos Daniela estaba pendiente de lo que nosotros hablábamos –informó Edward-. Pero no entiende nada de inglés.

-Y estaba más bien angustiada –agregó Jasper-. Me atrevería a decir que incluso arrepentida.

-Ok, gracias hijos.

-¿Se dan cuenta de que hoy cumpliremos una semana hablando de ella? –Comentó Bella, con sarcasmo.

-¿Celosa de no ser el miembro más nuevo de la familia, hermanita? –Se burló Jasper, aunque por el tono se notaba que no pretendía ofenderla realmente.

-¿Arrepentido de ser el miembro más descontrolado del aquelarre? –Se burló Bella, con algo más de crueldad.

-No peleen, por favor –murmuré cansado.

-Si siguen puede que consigan que Carlisle se detenga –los animó Alice, riendo-. Incluso, si peleamos seriamente, podríamos conseguir que se nos hiciera tan tarde que nos dejaría volver a casa sin ir a clases.

-¡Sabelotodo traga-libros! –Le dijo Jasper a Bella, riendo entusiasta.

-¡Imbunche ignaro! –Le respondió Bella, siguiéndole el juego.

Para que vieran que no serviría de nada, aceleré. Pero eso no los desanimó. Continuaron insultándose de vez en cuando, aunque de broma.

-.-

Llegué a mi trabajo con tiempo de sobra, contrariamente a la predicción de mi pequeña clarividente. Aproveché de buscar "imbunche" en un diccionario viejo que había en la administración de la posta. Aunque no había querido demostrarlo en el auto, me sorprendió que mi pequeña sabelotodo lograra salir con una palabra que yo nunca hubiera escuchado. Eso era extrañísimo, y sospeché que se la había inventado.

Resultó que no, y me sentí mal por haber dudado de ella. Era una voz indígena, y se refería a alguna clase de monstruo. Fruncí el ceño, ya que por la descripción era bastante feo. Decía también que era un brujo que hacía maleficios a los niños y supuse que por eso se lo había dicho a Jasper. Aunque, guiándose estrictamente por la definición, no me pareció que mi guerrero fuera ningún "imbunche". Guardé el diccionario.

-.-

Cuando me acerqué al coche, a la salida del trabajo, mis hijos me esperaban. Alice tenía cara de pocos amigos.

-¿Viste algo, hija? –Le pregunté, preocupado.

-Te odio Carlisle… -Murmuró entrando al coche. Miré a sus hermanos, intrigado.

-No nos ha querido decir nada –se defendió Jasper.

-No serviría de nada –espetó ella-. Carlisle hará lo que se le dé la gana de todas formas.

-Hija, por favor no me insultes –le dije.

-No te insultó, Carlisle –me recordó Bella, en forma práctica-. Sólo estableció que te odia, y que decides tú mismo lo que haces.

Suspiré. A veces me agotaban.

-¿Quieres que haga algo en particular, Alice? –Le pregunté con paciencia.

-¡No lo sé! –Se quejó.

-¿Entonces me puedes explicar por qué estás molesta conmigo? –Insistí, un poco exasperado.

-Sólo está frustrada –dijo Edward-. Te vio hablando con Daniela, pero no logra ver qué pasará por más que lo intenta. Creo que actuará de forma algo impredecible.

-¿Cuán "impredecible"? –Pregunté inquieto-. ¿Le prenderá fuego a la casa con nosotros dentro o qué?

-No, no vi fuego –dijo Alice, alarmada, concentrándose.

-¿Qué ves? –Insistí.

-A ti hablando con ella, y a Esme y a ti llorando –murmuró, bajando la vista-. Pero no es algo completamente definido.

-De verdad que no está nada definido –insistió Edward-. Pero los ve a los tres bastante amargados.

-¿Y ustedes?

-No estamos ahí –dijo Alice, enojada-. Creo que nos ordenarás ir a dar un paseo, y creo que es una pésima idea.

-¿Y si les pido que se queden? –Sugerí.

Alice se concentró, y comenzó a negar con la cabeza.

-Pelearán si nos quedamos. Creo que nuestra presencia hará que la discusión sea diferente.

¿Pelea o drama? ¿A eso se reducía? Supuse que tendría que escoger.

-Bueno, vamos a casa –murmuré amargado-. A ver qué hacemos. Tal vez cuando lleguemos tengamos más información.

Conduje de vuelta, algo deprimido. Tenía deseos de pedirles a mis hijos que se quedaran, para que me ayudaran. Supuse que saber qué pensaba Daniela podría servir, y el don para calmar los ánimos de Jasper también ayudaría mucho. Incluso Alice podría aportar, avisándome a tiempo si algo iba a salir mal. Pero, por otro lado, tampoco me serviría que estuvieran alrededor si eso alteraba a la niña. ¿Tal vez si actuaba como un padre normal, y hablaba con ella frente a frente, sin trucos, conseguiría un acercamiento más eficiente? ¿Cómo se las arreglaban los humanos?

Tuve que reírme de mi mismo, internamente. Los humanos no adoptaban niños vampirizados por sus hijos mayores.

Cuando nos acercábamos a la casa alcancé a escuchar la música. Piano. Mi amada esposa estaba angustiada, y no podía tocar el piano. Lamenté no haber accedido a comprar un piano para esta casa. Aunque bueno, tampoco era buena idea llamar la atención de los vecinos haciendo que un piano atravesara el pueblo en dirección a una casa arrendada con muebles. Y, si nos teníamos que ir apurados, dejar un piano resultaría extraño. Pondría en evidencia cuán apurados nos fuimos.

Esme nos había oído acercarnos, y había cortado la música de inmediato. Me sentí peor. Estaba deprimida y además no quería que lo supiéramos. Pobrecita. Me pregunté cómo habría pasado el día.

Estacioné, y miré a mis hijos por el retrovisor. No parecían más animados que yo, y me miraron como esperando que les ordenara algo. Inspiré, y salí del vehículo para dar el ejemplo.

Esme salió a la terraza a recibirnos. Nos sonrió, pero parecía triste. Besó y abrazó a sus hijos, que le respondieron con entusiasmo. Querían animarla.

Comenzaron a entrar a la casa, y los seguí. Me decidí. Entre una pelea familiar y una discusión con llanto prefería lo segundo. Además, si Daniela estaba acumulando pena resultaría mejor que se sintiera en confianza pare echarlo todo afuera.

-Dejen sus mochilas en la salita y vayan a dar una vuelta –les ordené resignado.

-¿No nos podemos cambiar de ropa al menos? –Se quejó Bella.

-Te odio Carlisle… -Insistió Alice.

-Sólo será por un rato. Los llamaré para que vuelvan –les prometí.

Me hicieron caso a regañadientes.

-¿En qué piensa? –Le pregunté a Edward.

-Nos está oyendo, e intenta entender -murmuró.

-¿Algo más? –Insistí.

-Analiza todo lo que hacemos. Desea que suban a verla, pero creo que prefiere que no subamos nosotros cuatro –reconoció.

-¿Cómo se siente? –Le pregunté a Jasper.

-Muy angustiada, pero no violenta –respondió.

-¿Si subimos qué hará? –Le pregunté a Alice.

-No sé –respondió-. Decide al menos quien subirá.

-¿Si subo yo? –Sugirió Esme.

Alice se concentró, y comenzó a negar con la cabeza.

-Creo que llorará, y la consolarás, pero luego de un rato no logro ver qué pasa.

-¿Y si subimos ambos? –Sugerí yo.

Alice volvió a concentrarse.

-Lo mismo que llevo viendo –dijo-. Llanto. Llanto y más llanto.

-¿Está deprimida? –Le pregunté a -Jasper.

-Sí –afirmó.

-No la he sentido moverse en todo el día, y no me atreví a subir a molestarla, ya que en la mañana parecía querer estar solita –confesó Esme, apenada.

Asentí, y volví a mirar a Alice. Se encogió de hombros y me miró enojada. Miré a Edward, y me miró algo angustiado.

-Se ve confuso –tradujo.

-¿Y si subo sólo yo? –Propuse.

Alice pareció cansada, pero volvió a concentrarse.

-Llanto –murmuró.

-¿Y si la sacamos a dar un paseo? –Sugirió Esme como si fuera obvio-. A lo mejor necesita salir de esta casa un rato.

-No sé si eso ayude –murmuré inseguro-. Anoche intentó escapar –recordé. Creo que lo mejor que podemos hacer es ir a hablar nosotros con ella, y que los niños salgan un rato. Eso hará que se sienta más en confianza.

Bella me miró, enojada.

-¿Qué pasa hija? –Le pregunté.

-Sugiero dejar de hacerle caso –dijo con indiferencia.

Puse los ojos en blanco.

-Vayan a dar una vuelta -les ordené, y para enfatizar empujé un poco a Bella de vuelta al pasillo. Obedecieron, por suerte, aunque Alice volvió a murmurar "Te odio Carlisle" bajito. Los acompañamos hasta la terraza, y los vimos alejarse.

-Vamos –me dijo mi esposa, tomando mi mano. La seguí dentro de la casa.

-¿Qué sugieres? –Le pregunté, algo perdido.

Ella negó con la cabeza.

-Sólo habla con ella. Sé franco.

-¿Quieres ir conmigo? –le pregunté, rogando que me dijera que sí.

-Te acompañaré arriba, y estaré cerca por si acaso –me aseguró-. Pero creo que el problema lo tuvo concretamente contigo, amor, y sólo necesitan hacer las paces.

-Supongo que tienes razón –murmuré-. Vamos.

Esme se quedó en la sala de estar, como prometió. Me dirigió una mirada de ánimo. Asumí que tenía razón. Era sólo una niñita con la que me acababa de pelear en la mañana. ¿Qué tenía de tan terrible?

Me quedé parado en el umbral de la puerta, preguntándome qué hacer o qué decirle. Ella ni siquiera levantó la vista.

-¿Daniela? ¿Quieres hablar? –Le pregunté luego de unos segundos, al ver que no reaccionaba.

Volvió a ignorarme. Pero no me había dicho que no, así que asumí que mejor entraba. Cerré la puerta, para dar ilusión de privacidad, y me acerqué a ella. La observé, pero seguía sin moverse ni levantar la vista. Después de un rato, me agaché para mirarle la carita. Parecía angustiada, o asustada. No supe distinguir.

-¿Quieres que salga? –Le ofrecí.

Negó con la cabeza, y sentí alivio. No estaba asustada, sino angustiada como había dicho Jasper. Le hice cariño en la mejilla, con cuidado para que no se asustara ni volviera a reaccionar como en la mañana. No me rechazó, pero apenas la toqué comenzó a llorar como había predicho Alice. La abracé como pude, y comenzó a llorar con más ganas. Pobrecita. Le puse una mano en la espalda, y al ver que no me rechazaba comencé a hacerle cariño.

Estuvimos un buen rato así, pero no parecía dispuesta a parar. Decidí tener paciencia, y luego de un buen rato mi paciencia se vio recompensada. De a poco comenzó a llorar con menos energía.

-Ya… No estás sola. Todo va a mejorar –le prometí.

-Nunca va a mejorar –respondió, desconcertándome-. Odio mi vida.

Bueno, ser vampiro no era lo ideal, supuse que tenía que concederle eso.

-Vamos a encontrar la forma de que la odies menos –prometí.

-No. Quiero que me ayudes –solicitó-. Pero a resolver esto.

-¿Qué necesitas? –Le pregunté, contento de que sintiera la confianza de pedir mi ayuda-. ¿Cómo te puedo ayudar?

-Tengo una idea -confesó-. Pero por favor escúchala hasta el final, ¿ok?

Eso no me gustó demasiado, pero no era el momento de ponerse quisquilloso. Lo que sea que se le hubiera ocurrido, era mejor saberlo.

-Te lo prometo –le respondí con amabilidad-. Habla con toda tranquilidad.

En ese momento sonó el celular de mi esposa, y eso distrajo a la niña.

-Dime –le dije, animándola para que continuara con su idea. Me hizo caso, por suerte.

-Me gustaría que ustedes hicieran algo por mí –explicó-. Me gustaría que me quemaran, y que lo filmaran.

Me sobresalté a pesar de mi resolución a guardar la compostura fuera cual fuera su idea. Eso no me lo esperaba. ¿Daniela era suicida?

-Me gustaría hacer creer a mi familia que morí quemada en alguna circunstancia –explicó-. La que sea. Un auto en llamas. Un culto satánico. Una caída al cráter de un volcán… Lo que sea. Lo que ustedes prefieran. Deseo que ese video llegue a manos de mis padres, de alguna forma que no los incrimine a ustedes, para que ellos tengan la certeza de que morí y que puedan vivir el duelo sin quedarse con la duda. Y, si es posible, me gustaría que dejaran… Mis cenizas… En el patio de mi casa.

Se puso a llorar de nuevo, y sólo atiné a hacerle cariño. ¿Cómo le podía explicar que jamás la mataría sin que se sintiera rechazada? ¿Y pensaba que sus padres se sentirían mejor viendo un video casero de ella quemándose? ¿De dónde sacaba semejantes ideas, Dios mío?

-Por favor –me rogó.

-No puedo hacer eso –le expliqué, triste.

-Por favor –insistió.

No le contesté. Ella no quería entender que no le haría daño aunque me lo pidiera a cada segundo. Tristemente, me recordó a Rosalie en sus primeras semanas.

Volvió a sonar el celular de mi esposa, y asumí que eran los niños. Alice seguramente. Eso me alarmó y me dio esperanza a la vez. ¿Se avecinaban más problemas o llamaban para ayudar?

Era efectivamente Alice. Alcancé a oír que le decía a mi esposa que me recomendara seguirle la corriente a la niña. Pero no alcancé a escuchar más porque en ese momento casi quedé sordo con un grito que mi dulce hijita le lanzó a mi esposa ordenándole que colgara el teléfono, con su boca a centímetros de mi oído. Suerte que los vampiros éramos bastante indestructibles.

-Por favor –insistió Daniela.

Apenado, la miré a los ojos. Alice me había recomendado que le siguiera la corriente. Pero no podía simplemente decirle "ok, te mataré".

-No puedo –le respondí con franqueza-. Sé que te cuesta entenderlo, pero es que simplemente no soy capaz –me defendí.

-Los otros pueden hacerlo si tú no quieres –sugirió, como si eso resolviera el problema. Me dieron ganas de sacudirla-. Pero quiero que me prometas que lo harán. Tú personalmente, o con la ayuda de tu familia.

Me concentré. Ok, estaba decidida a no entender que no la mataría, así que la tendría que convencer con el tiempo. Sólo debía ganar tiempo.

-Sólo si me prometes algo a cambio –le propuse con calma.

-¿Qué? –Me respondió entusiasta, la muy desubicada.

-10 años –le propuse-. Vive 10 años con nosotros. Y te doy mi palabra que si dentro de 10 años sigues con ese deseo, lo haré.

Sabía que le estaba mintiendo, pero era por una buena causa. Con el tiempo lo entendería. Me relajé más al oír a Alice decir que no habría más llanto.

Vi que Daniela giraba la cabeza hacia la sala también, y me dio la impresión de que estaba escuchando la televisión. No podía creerlo… ¿Tanto drama y al minuto se distraía escuchando ese aparato? Cabecita de pájaro… Le giré la cabeza, y pareció ofenderse al verme.

-¿Me prometes esperar 10 años? –Le pregunté, antes de que volviera a distraerse. Vi que frunció el ceño.

-Creo que en Chaitén hay un volcán activo. No necesito su ayuda para saltar dentro –me contestó, con descaro-. Me hubiera gustado que me ayudaran a llevarle paz a mi familia, pero si usted no quiere no puedo obligarlo.

Me quedé atónito por una fracción de segundo, y no pude evitar que se me saliera una carcajada. ¿De dónde sacaba semejantes ideas?, me pregunté nuevamente. Al ver que se enojaba, me forcé a contener la risa.

-¿Me prometes esperar 10 años? –Le pregunté.

-No –contestó molesta.

-Ok –le dije con calma-, entonces sólo me queda vigilarte día y noche para que no lo consigas.

-¿Y en 10 años más me ayudarás? -Preguntó.

-No –le dije con total seguridad.

-¡Pero prometiste! –Se quejó.

-No –le aclaré-. Te dije que te prometía ayudarte solamente si tú me prometías primero que esperarías 10 años.

Pareció darse por vencida, por suerte.

-Ok, te lo prometo –accedió a regañadientes-. ¡Pero en 10 años tienes que cumplir tu palabra! –Insistió enojada.

-Sólo la cumpliré si tú cumples tu parte y no intentas inmolarte dentro de esos 10 años –le respondí diplomáticamente-. Si lo intentas te traeré de vuelta a casa del pelo, y te puedes ir olvidando de nuestro trato –la amenacé-. Y con inmolarte me refiero a cualquier intento de hacerte daño.

-¿Eso incluye si me tratan de matar vampiros de otros aquelarres? –Preguntó, completamente seria.

Dios… ¿Por qué tenía que darle tantas vueltas? Me pregunté si no habría sido mejor decirle "no te mataré, punto final". A lo mejor hubiera llorado por horas, pero nos habríamos ahorrado esa discusión ridícula. Me pregunté, por un instante, si no me estaría tomando un poco el pelo…

-Eso no tiene gracia Daniela –le contesté.

-Pero podría ocurrir –insistió, muy seria-. ¿Qué pasa si dentro de los próximos 10 años tu familia se encuentra con otro aquelarre, y se pelean, y ellos intentan matarme? A mí no me molestaría que lo hicieran –aclaró-, pero tampoco quiero que si tu familia me salva luego me digas que yo incumplí mi parte del trato.

Inspiré, y expiré. Ok. No me estaba tomando el pelo. A pesar de que sus palabras eran absurdas, para ella tenían sentido.

-Ok -concedí-. Si un aquelarre intenta quemarte, y conseguimos salvarte, no te lo tomaré en cuenta –le prometí.

Lo que sea…

-Ok entonces –aceptó-. Aunque en 10 años no me va a servir de mucho el plan -explicó-. Porque el video ya no va a ser creíble. Pareceré de 14 cuando se supone que tengo 24.

Me dieron ganas de agarrarme la cabeza. ¿Por qué seguía dándole vueltas? Era completamente absurdo. La miré, cansado, y al ver que fruncía al ceño decidí tener paciencia.

-Lo filmaremos con una cámara de esta generación -inventé-. Así, técnicamente, parecerá un video de esta época. Ahora la tecnología avanza muy rápido.

En realidad no era cierto, el archivo diría la fecha de filmación. Pero Daniela no parecía profundizar demasiado en las cosas que sí tenían lógica, y parecía, en cambio, tomar completamente en serio sus ideas absurdas.

Sentí acercarse a mi esposa, y supuse que eso significaba "crisis superada". Tomé en brazos a la niña, con muchos deseos de salir de ahí.

-Sé que no soy tu padre –admití-. Pero, sólo por esta vez, ¿puedo darte un beso en la frente como a mis hijos? –Le pregunté, a ver si al menos todo ese drama había servido para algo.

-Bueno –contestó, arrepentida por suerte-. Siento haberte tratado mal en la mañana.

Perfecto. Todos perdonados, no me odiaba, no seguiría pidiendo que la mataran, y con un poco de suerte tampoco lo intentaría ella misma. Aunque no creía que fuera realmente suicida, nunca se podía estar seguro. Le di dos besos en vez de uno, a ver si se convencía de que era uno más de mis hijos.

-Gracias –le dije, contento al comprobar que no me rechazaba -. Y gracias por tutearme también -agregué.

Mi esposa entró, con cara de alivio, y le pasé a la niña. Comenzó a besarla, y eso pareció exasperarla. Le dijo algunas frases desatinadas, y no estuve muy seguro de si lo hacía porque era un poco tonta o sólo quería que Esme la soltara.

-.-