AN: Gracias a Katherine (Chilena! Eh! Eh! Eh!) y a ChronaPhantomhive7 (¡que todo salga bien con tus exámenes y tu salud en general!) por comentar la historia. Les dejo los dos capítulos que me faltaba por subir. Mi vida se ha complicado, y es posible que no me vuelva a conectar por un tiempo largo.
Capítulo 4 extra (pdv Carlisle)
Mi esposa se llevó a Daniela a la sala de estar, y la sentó sobre sus piernas. Comenzó a hacerle cariño en la espalda, abrazándola y besándole la cabeza.
Saqué mi celular del bolsillo con la intención de decirles a los niños que podían regresar, pero mi esposa captó mi mirada, por sobre el hombro de Daniela, y la dirigió al bosque, a través de la ventana. Recordé su idea de llevarla a dar un paseo para que saliera un rato de la casa, y supuse que podríamos aprovechar de llevarla a los lobos y ver si sacábamos algo en limpio. Esperaba así poder aclarar el misterio de la visión del famoso molde de pescado.
Asentí silenciosamente a mi esposa, y ella me recompensó con una gran sonrisa de las suyas.
Llamé a Alice, y le dije que llevaría a Esme y a Daniela a los lobos, en el vehículo, y que nos encontráramos allá para volver todos juntos a casa. No seguía molesta conmigo, aunque la oí hacer un ruido algo dudoso en su garganta que no supe interpretar. Pero, como finalmente me dijo "ok papá", asumí que no habría tenido ninguna visión catastrófica.
-Vamos a ir a dar un paseo –les informé a Esme y Daniela, tras colgar-. Y aprovecharemos de pasar a buscar a los niños.
-Excelente –respondió mi esposa.
Daniela no comentó nada, pero al menos no se veía deprimida ni me miraba enojada. Le acerqué los brazos a mi esposa para que me pasara a la niña, y me miró un poco extrañada. Como no se paró del sillón, le puse los ojos en blanco y me acuclillé frente a ellas. Ambas me miraron sin entender.
-Te sacaré el bloque para el paseo –le dije a Daniela, mientras comenzaba a hacer exactamente eso.
Mi esposa me miró alarmada, y por suerte Daniela no la vio. Les sonreí a ambas, y mi esposa se tranquilizó un poco. Confiaba en mí.
Tomé a Daniela de la mano y el bloque con la otra. A ella no pareció molestarle mucho que la llevara así, asumí, ya que nos siguió sin reclamar. Una vez junto al auto, dejé el bloque en el suelo. ¿Lo llevábamos? Después de un segundo deliberando escogí no hacerlo. Decidí comprobar qué pasaría si Daniela se sentía así de libre, en un ambiente con peces.
La alejé un poco del automóvil, a pesar de que sabía que mi esposa igual nos oiría. Me agaché frente a ella y la miré a los ojos para explicarle qué haríamos.
-Daniela. Vamos a intentar que esto funcione. Quiero empezar a probar si puedes estar sin el bloque y controlarte lo suficiente para no escapar –le expliqué-. ¿Me prometes intentarlo? –Le pregunté con total seriedad. Pareció extrañada, pero me contestó que bueno, por lo que continué explicándole-: Tanto si lo consigues como si no, igual te lo volveré a poner a la vuelta.
-¿Y de qué me sirve intentarlo, entonces? –Me contestó, molestándose-. ¡El resultado será el mismo!
Y ahí íbamos de nuevo… ¿Por qué siempre se tenía que enojar? Me pregunté por qué no había entendido lo que le acababa de explicar. A mi juicio era bastante lógico. Necesitaba ser paciente.
-No. En la medida que probemos y que vayas consiguiendo controlarte podremos ir extendiendo tu libertad de a poco –le expliqué. Por desgracia, se le frunció todavía más el ceño.
-¿Cómo un animal de circo? –Preguntó, enojada.
Supuse que se podía ver de ese modo, por desgracia. Aunque mi intención no era hacer de ella una bestia obediente y sin voluntad, sino sólo acostumbrarla a no hacer algo que nos pondría a todos en peligro.
-No. Confía en mí por favor –le rogué-. ¿Lo intentarás?
Por suerte se calmó. De hecho, ya se estaba distrayendo de nuevo. Su vista se había ido hacia el vehículo, y me dio la sensación de que se le había olvidado su enojo. Me desconcertó.
-Bueno –respondió, con calma, sin mirarme. Seguía mirando el vehículo, y parecía pensar en cualquier otra cosa.
Me inquieté. No sabía si estaba actuando como una aturdida para ocultar que planeaba algo o porque lo era realmente. Ninguna de las dos alternativas me gustaba. Pero, al final, todo se reduciría a vigilarla bien.
Le volví a tomar la mano, la llevé al auto y dudé. Esme ya se había sentado, y me hizo signo de que le pasara a la niña para llevarla en brazos. Pero eso no era legal y, aunque no teníamos por qué cruzarnos con nadie camino a los lobos, preferí no correr riesgos. La senté en el asiento detrás del nuestro.
-Ponte el cinturón de seguridad –le dije. Era lo legal, y además con lo poco que pesaba evitaría que saliera volando por los aires al primer bache. No temía que se hiciera daño, pero tampoco quería que me abollara el auto.
-Pero soy un vampiro. No me va a pasar nada en caso de accidente –dijo, la muy porfiada, mientras yo me subía-. De hecho, si volcamos y el auto se incendia, saldré más rápido si no lo llevo puesto -argumentó.
Me dieron ganas de recordarle que sólo unos minutos antes ella quería incendiarse en un auto en llamas, pero me abstuve. No pensaba darle ideas.
-Tú sólo póntelo –le ordené. No me hizo caso de inmediato, pero cuando nos vio ponérnoslo a mi esposa y a mí nos imitó.
La observé discretamente por el retrovisor, y sonreí. Parecía gustarle el vehículo. ¿Acaso le gustaban los carros, como a Rosalie?
-¿Han pensado que si Jasper sigue mordiendo gente van a tener que comprarse un bus para trasladarse? –Dijo de pronto, sorprendiéndonos. Mi esposa se rio, y la imité por cortesía.
¿De dónde había sacado semejante idea? ¿No le había quedado claro que su transformación había sido un desafortunado accidente? ¿De verdad creía que íbamos por la vida transformando humanos?
-Jasper no va a seguir mordiendo gente -expliqué.
-Pero los accidentes pasan –insistió-. Tú mismo lo dijiste Carlisle.
No entendí a qué iba la conversación. ¿Acaso Daniela quería que la familia tuviera más miembros? ¿O, muy por el contrario, temía eso?
-Jasper es capaz de aprender de sus errores –le expliqué con diplomacia-. De ahora en adelante tendrá mucho más cuidado a la hora de cazar.
De hecho, me aseguraría de que no volviera a estar sediento aunque tuviera que meterle sangre por la garganta con un embudo. Mi familia ya era lo suficientemente grande. No sobraba nadie, pero con más hijos sería caótico. Miré de reojo a mi esposa, pero ella parecía tan perdida como yo.
Y, como si no estuviera lo suficientemente nervioso, Daniela empezó a mirar la ventana con ganas. Revisé que tenía el cierre anti-niños activado, aunque supuse que sería inútil contra un vampiro, aún uno debilucho como mi hijita. Si decidía saltar, no era una puerta de auto ni un vidrio lo que la detendría.
Lamenté no haberle pasado la niña a mi esposa, como me lo había pedido. Ella la hubiera podido sujetar. Pero al cabo de unos segundos Daniela perdió interés en las ventanas, y sentí alegría. ¡Aún sin el bloque puesto había escogido no salir arrancando! Aunque si lo hubiera intentado la hubiéramos podido atrapar, de todos modos era una pequeña victoria que escogiera no hacerlo.
Cuando llegamos a nuestro camino, el desvío al mar, Daniela se asustó con el primer salto. Vi cómo se le abrieron los ojos y buscó de qué agarrarse. Luego pareció darse cuenta de que el cinturón de seguridad la mantendría pegada al asiento y se relajó un poco. Estiró el cuello para intentar mirar para afuera, pero como era muy bajita y estaba sentada al medio no alcanzaba a ver el suelo, que parecía ser su objetivo.
-¿Ustedes hicieron este camino? –Preguntó con curiosidad.
Había acertado. Sonreí. A mis hijos se les había ocurrido abrir un camino para que pudiéramos ir a los lobos en el carro. Al final no había sido muy útil, ya que el sonido ponía sobre aviso a los animales dándoles tiempo de echarse al mar. Pero era agradable ir a la costa en él. Y a los niños les gustaba que estuviera lleno de saltos. Yo había querido aplanarlo, pero ellos se habían opuesto con vehemencia.
-Los niños lo hicieron. Y compitieron por quién lanzaba los árboles más lejos –le contó mi esposa.
-¿Y quién ganó? –Preguntó ella, interesada.
-Emmett… -respondí, al mismo tiempo que lo hacía mi esposa. Nos miramos, y nos reímos. ¿Quién más iba a ganar una competencia así? Aunque nuestra hijita no conocía a nuestro fortachón, así que era lógico que no supiera.
Pensé que Daniela continuaría haciendo preguntas, pero se limitó a mirar por la ventana. Parecía contenta con ver el paisaje. Mi esposa, como de costumbre, había tenido razón. La niña necesitaba salir de la casa: ver árboles y pajaritos la estaba poniendo contenta.
Cuando estacioné, al final del camino, y quité el seguro anti-niños me miró expectante. No escapó de inmediato, como había temido que haría. Esperó a que nos quitáramos el cinturón de seguridad mi esposa y yo, y nos imitó. Esperó a que yo abriera mi puerta, y recién ahí saltó a abrir la de ella. Y, cuando estuvo fuera del vehículo, no salió corriendo. Me alegré.
Aunque no me atrevía a celebrar victoria todavía, me sentí optimista. De hecho, experimentalmente, no le tomé la mano de inmediato como tenía pensado. Daniela parecía más interesada en el paisaje que en escapar. Miraba todo, hasta las telas de araña, y olía con interés. Noté que arrugaba un poco la nariz, como lo hacía Alice, y me pregunté si también se mostraría reacia a alimentarse en ese lugar.
-Normalmente este lugar está lleno de lobos marinos. Pero apenas nos oyen venir en el auto se lanzan al mar –expliqué-. De todos modos podemos atraparlos fácilmente en el agua. Aunque, si lo que quieres es cazar sin mojarte, es mejor venir a pie y pillarlos desprevenidos.
-¿Y cómo es la sangre de lobo marino? –Preguntó, sin mucho entusiasmo. Supuse, un poco amargado, que efectivamente daría pelea como Alice.
-¿Te gustaba el pescado? –Le pregunté, resignado.
-No mucho –contestó, como había temido-. Me lo comía porque mi mamá es de la onda "come y calla". Yo prefería las lentejas, o los huevos.
Vaya… "Come y calla". Me recordó a mi padre.
-Pues aunque la sangre de lobo marino sabe a sangre como la de cualquier carnívoro –le dije, para que no rechazara la idea cuando tuviera que alimentarla ahí-, el olor a pescado hace que la experiencia se parezca un poco a la experiencia humana de comer pescado -confesé.
-Ah –respondió simplemente, y me pregunté si habría siquiera escuchado mi explicación. ¡Volvía a estar distraída! ¿Sería posible que le costara tanto concentrarse? Me dieron ganas de chasquear los dedos frente a su cara para que dejara de mirar el vacío y pedirle que repitiera lo que le acababa de decir. Pero me fijé que nuevamente parecía triste. Miraba el mar, pero sentí que su mente estaba en otra parte.
Mis hijos me distrajeron. Venían corriendo, y gritando. Vi sus caras de alarma, y oí un chapuzón. Me volví al instante. ¡Daniela se había metido al mar, y nadaba alejándose de nosotros! Esme y yo nos lanzamos al agua, tras dejar nuestros celulares en la orilla, y alcancé a entender que mis hijos nos prevenían que se dirigía hacia su pueblo.
Esme nadaba más rápidamente que yo, y me adelantó. Nuestros hijos me alcanzaron a mí, y Edward me explicó que la niña planeaba ir a su casa, dejar a sus padres una nota suicida, y luego correr a un volcán para saltar dentro.
Alice agregó que no lo conseguiría, y que no había visto a tiempo que saltaría al agua, que había sido una decisión del momento, pero que me había advertido que había una alta probabilidad de que ocurriera. Me miraba con gesto acusatorio. Los otros tres también. Me sentí mal.
-¿Por qué le sacaste el bloque? –Preguntó Bella.
-Quería ver qué haría –contesté con franqueza. Los cuatro pusieron los ojos en blanco, por lo que agregué, dirigiéndome a Alice-: ¿cambió tu visión sobre el molde del pez?
-No. No he visto ningún cambio –murmuró desganada.
Ok. Entonces no había sido huir nadando lo que Daniela había decidido inspirada por el moldecito. ¿Y entonces qué? Edward me miró, y puso cara de no saber tampoco.
Cuando alcanzamos a mi amada y a Daniela, esta tuvo el descaro de mirar a mis hijos y reírse. Me dieron ganas, nuevamente en forma espontánea e inesperada, de pegarle. Me asusté. ¿En qué me estaba transformando? ¡Yo no era así!
-Ok, ya estamos todos –les dije, manteniendo la calma-. Ahora nademos de vuelta.
Mi esposa y yo llevamos a la niña, que por suerte no opuso resistencia. Podía sentir la tensión de mis hijos, alrededor nuestro, y luego en el carro. Yo también estaba tenso. Ni siquiera me atreví a soltar a la niña para conducir, y tuve que pedírselo a Jasper.
Cuando llegamos, mis hijos se fueron a cambiar de ropa sin dirigirme la palabra.
-Ve a buscar el bloque –me indicó mi esposa, en nuestro idioma. Por suerte ella no parecía odiarme-. Yo cambiaré de ropa a la niña.
-Sí, supongo que tienes razón –le contesté. Lógicamente Daniela preferiría cambiarse con una mujer.
Me tomé unos segundos para calmarme y darles tiempo. Cuando llegué a su cuarto me desconcerté, ya que seguía con la ropa mojada. Le pregunté a mi esposa con la vista si necesitaba ayuda, pero miró hacia la sala de estar y entendí. Dejé el bloque y me fui a sentar. Esperaría cerca por si acaso.
Me senté a esperar, y vi mi celular sobre la mesita. Recordé que lo había dejado sobre las rocas antes de lanzarme al mar, y supuse que uno de mis hijos lo habría recogido.
Cuando por fin terminaron me acerqué. Me dieron ganas de sonreír. Se veía muy linda con la ropa que Esme le había puesto, aunque a Daniela no parecía gustarle. Se veía triste. Le puse el bloque con un poco de pena, y no opuso resistencia.
-Te ves bonita –le dije, para consolarla. No funcionó.
-Parezco una tarada –se quejó.
-Escuché eso, malagradecida –se burló Alice, aunque de manera amigable. Me alegré, ya que Daniela pareció relajarse un poco, aunque seguía amargada.
Mi esposa la abrazó y comenzó a hacerle cariño.
-No te deprimas. Seguiremos intentándolo –le prometí, haciéndole cariño también.
Ya no sentía el enojo que había sentido cuando la habíamos atrapado. Supuse que, al tener el mar enfrente, había terminado sucumbiendo a la tentación. Pero lo importante era que había demostrado que lo estaba intentando. No había saltado por la ventana en el coche. No había corrido apenas quité el seguro de las puertas. No había aprovechado de inmediato cuando no le tomé la mano fuera del auto.
-Gracias –contestó, con humildad. Pareció aliviada con mis palabras, y le acaricié la cabeza.
La tomé en brazos con cuidado para no mojarla con mi ropa y la llevé al comedor. Esme nos siguió. Decidí darle un voto de confianza, para subirle el ánimo, mostrándole que seguíamos dispuestos a confiar en ella.
-Quédate aquí sentada unos minutos, mientras nos vamos a cambiar de ropa–Le ordené-. ¿Está bien?
-Bueno –murmuró.
-Estaremos aquí al lado –le recordé de todas formas, para que supiera que si intentaba cualquier cosa la oiríamos y llegaríamos de inmediato.
-Lo sé, no se me ha olvidado dónde está su cuarto –respondió, volviendo a su tono un poco sarcástico. Me alegré, ya que eso debía significar que se estaba sintiendo mejor.
No escapó. Le sonreí cuando volvimos al comedor, y ella me sonrió ligeramente de vuelta. Aunque, cuando me vio sacar el Scrabble del mueble se le alargó la cara. Pensé que comenzaría a quejarse, pero no dijo nada. Parecía resignada.
-Instalen ustedes el juego –les dije-. ¡Y no miren las letras antes de darlas vuelta! –Agregué, en broma.
-¡Yo no hago trampa! –Se defendió Daniela, ofendida.
-Era broma, tesoro –le aseguré de inmediato.
No me contestó, pero asintió y pareció más tranquila. Continuó dando vuelta letras con mi esposa, que me dirigió una mirada algo exasperada. "Broma" murmuré, defendiéndome. Puso los ojos en blanco, y volvió la vista hacia el juego.
Subí a ver a los niños, algo reacio. Llamé a ambas puertas, y esperé en el pasillo. Salieron los cuatro, con caras de pocos amigos.
-Siento haberlos estresado –les dije sin rodeos-. Pero necesito ir tanteando cómo responde a la libertad –expliqué.
-¿No es un poco pronto para darle libertad? –Preguntó Jasper, inseguro.
-Quería verificar si lo que se le había ocurrido al ver el molde de pez era escapar nadando, expliqué –mirando a Alice-, pero aparentemente no era eso.
-No –confirmó ella.
-Me gustaría que bajaran conmigo a jugar con nosotros –expliqué, mirándolos por turno-. Me gustaría que intentáramos hacerla sentirse parte de una familia, y no una prisionera vigilada por turnos.
Los cuatro pusieron mala cara, aunque Jasper dijo "ok", resignado. Le agradecí con la mirada, y él me sonrió de vuelta.
-Ella no quiere estar con nosotros –argumentó Edward.
-No creo que eso la haga desistir de escapar –aseguró Bella en tono práctico.
-No, no creo que nuestra presencia abajo mejore el futuro –agregó Alice, concentrándose-. De hecho, creo que será contraproducente.
La miré, inquieto, pero decidí seguir con mi plan.
-Somos una familia, insistí. Y creo que es bueno que se lo mostremos, y que la hagamos sentir incluida.
-No podemos estar todos alrededor de ella todo el tiempo –se quejó Edward-. De todas formas terminaremos en lo mismo: turnándonos para vigilarla, para así tener tiempo libre para hacer algo que de verdad nos guste.
-Sólo les estoy pidiendo que pasemos un tiempo en familia –insistí-. No es pedir demasiado. Y, si no quieren jugar, aprovechen de hacer los deberes para la escuela. Así por último se los sacan de encima.
Los cuatro pusieron los ojos en blanco.
-Esos nos los sacamos de encima en cinco minutos –aseguró Alice-. Creo que puedo sacrificar cinco minutos abajo –agregó.
-No –le dije de inmediato-. No quiero que sólo pasen abajo cinco minutos. Les estoy pidiendo que pasemos la tarde todos juntos.
-¿Toda la tarde? –Se quejó Bella, con cara de mártir.
-¿Cuántas horas? –Preguntó Alice.
-No sé cuántas horas –le contesté, cansado-. Ahí vemos.
-Si me hubieran gustado los niños habría seguido siendo humana –murmuró Bella.
-Estoy perfectamente consciente de que tú nunca buscaste esta situación, hija –le aseguré-. Pero te estoy pidiendo que cedas un poco y te adaptes a una situación aunque tú no la hayas buscado ni provocado. ¿Crees que puedes hacerlo?
Me miró enojada, pero asintió.
-Tomen lo que vayan a necesitar y bajemos a la salita a buscar sus mochilas –les ordené, y por suerte los cuatro me obedecieron.
Cuando volvimos al comedor vi que Daniela los vio entrar con aprensión. Comprendí que Edward tenía razón, y Daniela se hubiera sentido mejor sin sus hermanos. Pero ya iba siendo hora de que los cinco se acostumbraran a pasar tiempo juntos sin que fuera una relación de prisionero-vigilante.
Por un tiempo, todo marchó bien. Se podía palpar la tensión, pero al menos estaban todos tranquilos y noté con agrado que Daniela se estaba esforzando en poner palabras de mayor puntaje. Mi esposa también lo había notado, y cuando la niña no nos miraba me levantó las cejas con entusiasmo.
Pero, desgraciadamente, la paz no duró. Daniela colocó una palabra con una falta de ortografía, "Asesinos" con C en la segunda letra, y mis hijos, sagaces como eran, lo notaron y comenzaron a burlarse. Mi esposa le hizo ver su error, con mucha delicadeza, mientras les dirigía a los otros una mirada de advertencia.
Daniela parecía mortificada, y podía ver que estaba intentando encontrar otra palabra que poner. Pero Bella, cruelmente, usó el hecho de que no hubiera sabido que asesinos empezaba co para llamarla asno en inglés, aprovechando que la niña no entendía nuestro idioma. Y sus hermanos, en vez de llamarle la atención se rieron con ella.
"Edward, por favor controla a tu esposa" le pedí en la mente, pero en vez de obedecerme dirigió una mirada a la puerta. "Estoy decepcionado, hijo" le contesté, triste. Él pareció amargado por una fracción de segundo, pero luego levantó ligeramente un hombro y comenzó a ignorarme.
-Bella… -Le advertí en voz alta.
-Perdón… -Me contestó, en nuestro idioma, a pesar de que les había pedido que en presencia de la niña hablaran en español. Le fruncí el ceño, y se puso más seria. Sus hermanos también se calmaron, afortunadamente.
Luego de unos instantes Daniela finalmente puso "Necios" en la misma C que había intentado usar antes, y pareció aliviada. Mi esposa me levantó una ceja, y le sonreí. Supuse que la elección de esa palabra no había sido casual, pero no era una palabrota y Daniela tenía derecho a usarla.
Mis niños mayores comenzaron a impacientarse, luego de un rato. Cada vez que los miraba miraban a la puerta, pero no cedí. "Pueden jugar a otra cosa si quieren" le sugerí a Edward en la mente, pero me puso los ojos en blanco, y volvió a mirar la puerta frunciendo el ceño. Alice incluso guardó todo en su mochila y se cruzó de brazos para enfatizar que se estaba aburriendo.
Daniela los había visto también, pero se estaba esforzando para ignorarlos.
-Carlisle, ¿podemos…? –Comenzó a pedir Jasper, cuando resultó evidente que no cedería.
-No –lo interrumpí, enojado por la falta de cooperación que mostraban-. Si terminaron, estudien o lean.
Los cuatro resoplaron y me dirigieron miradas asesinas. Luego, cuando no les hice caso, comenzaron a mirar feo a Daniela. Visualicé, en mi mente, que me levantaba y les tiraba las orejas y afortunadamente Edward captó mi advertencia y pateó a sus hermanos por debajo de la mesa. Se inquietaron, y dejaron de mirar a Daniela.
Pensé que comenzarían a comportarse, pero Bella escogió volverse creativa. Empezó a murmurar "reina del drama" en inglés, como si estuviera cantando, y nuevamente sus hermanos comenzaron a reírse y a burlarse de la hermanita.
Miré a Daniela, inquieto, pero ella parecía no comprender. Por supuesto que no entendía, y me alegré de ello. No podía creer lo crueles que podían ser mis hijos.
-Bella… Por favor… -Le dije serio.
-¿Puedo retirarme? –Preguntó, desafiante.
Me di por vencido, y cedí. Preferí perder a que siguieran haciéndole daño a la niña. Y, obviamente, al ver que le había dado resultado a ella, sus hermanos la imitaron y los dejé ir.
Daniela parecía amargada, y arriba podía oír a los otros cuatro burlarse y echar pestes contra mí, contra la niña, y hasta contra Esme. Mi estrategia había fracasado, e incluso mi esposa parecía amargada.
Cuando terminamos el partido miré a Daniela, y le sonreí. Pero ella no me sonrió de vuelta.
-Te felicito por las palabras que escogiste –le dije, para animarla, ya que se notaba que se había esforzado.
-No diga leseras –me respondió-. Perdí como siempre.
-Pero tuviste más puntos –le recordé.
-Perdí –insistió.
-¿Otro partido? –Propuse.
-No, gracias –contestó Daniela.
-¿Quieres jugar a otra cosa? –Le ofrecí.
-No, gracias –insistió.
-¿Y qué te gustaría hacer, tesoro? –Ofreció mi esposa.
-Salir de aquí –Respondió la niña, sin mirarnos.
Obviamente que quería salir arrancando, después del mal rato. Cuando mi esposa me miró y dijo "por favor" sin pronunciarlo, cedí. Accedí incluso (totalmente en contra de mi instinto) a dejar ir a la niña sin el bloque. Estaba entre la espada y la pared, ya que mi esposa me había prometido no soltarle la mano, y si me negaba ella creería que yo no confiaba en ella. Y yo, muy por el contrario, tenía completa fe en sus capacidades, y asumí que a Daniela también podría levantarle el ánimo ver que le dábamos otra oportunidad.
De todos modos era mejor que se fueran, así podría encarar a mis hijos mayores y dejarles bien claro que no volvería a admitir un comportamiento como el de esa tarde.
Cuando se alejaron, subí la escalera. Arriba no volaba ni una mosca, y asumí que Edward y Alice tendrían una idea de la reunión que sostendríamos.
-Alice, Bella, Jasper y Edward –los llamé, cuando estuve en la sala de estar.
No se hicieron de rogar, y me alegré de que parecieran arrepentidos.
-Estoy decepcionado –les dije-. Nunca los había visto comportarse tan cruelmente con otra persona.
-Lo siento. No lo volveré a hacer –dijo Bella, con humildad, reconociendo su responsabilidad.
-Eso espero, hija. De todas formas, y por el resto de la semana, Edward y Jasper pasarán la noche en el cuarto de Rosalie. Bella y Alice tienen prohibido entrar ahí, y Edward y Jasper tienen prohibido entrar a sus cuartos. ¿Entendido?
No me contestaron.
-¿Entendido? –Insistí.
-Sí papá –murmuraron.
-Y les prohíbo hacer sentir mal a Daniela por eso –agregué, sospechando que podrían buscar desquitarse con ella-. Cumplirán su castigo en forma discreta, porque si me entero que la han estado haciendo sentir mal por eso, o por cualquier otra cosa, se los extenderé otra semana. ¿Está claro?
-¿Y si ella nos provoca? –Se quejó Edward.
-Entonces yo me entenderé con ella –aclaré-. Pero no voy a tolerar que la humillen como lo hicieron hoy. ¿No se ponen acaso en el lugar de ella? ¿Cómo se sentirían si un montón de personas más grandes se burlaran de ustedes, y ni siquiera estuvieran rodeados de sus seres queridos para que los ayudaran?
-Ella no se pone en nuestros lugares –aclaró Alice.
-Tal vez. Pero, aunque se equivoque, eso no justifica que ustedes sean crueles. Y, cuando haya que castigarla por algo, Esme o yo nos encargaremos. Si tienen alguna queja háblenlo con nosotros. No quiero que le vuelvan a hacer daño.
Por suerte todos asintieron, aunque Edward seguía queriendo revelarse.
-Yo he intentado ser amable con ella –dijo con calma-. Es ella la que no quiere ceder. No es justo no poder estar con Bella, sólo porque esta vez somos nosotros quienes decidimos ser desagradables con ella para variar.
-Daniela está cediendo, de a poco –le aclaré-. Y se supone que ustedes son mayores y más maduros. Deberían demostrarlo. Si te molesta tanto que te castigue dándote la oportunidad de reflexionar, tal vez debería castigarte como a Daniela.
Eso consiguió que bajara la vista. De hecho, hasta los otros tres se habían quedado mudos. Jasper levantó las manos en gesto de derrota y tras darle un besito en la frente a Alice se fue sin chistar al cuarto de Rosalie. Edward frunció el ceño, pero lo imitó.
Cuando me quedé solo con las niñas, me relajé un poco.
-Es sólo una semana –les dije-. Y no necesitan estar encerrados en sus cuartos todo el tiempo. Pueden estar juntos, donde quieran, dentro o fuera de la casa, salvo en sus dormitorios.
-No te preocupes, Carlisle –dijo Bella, con sarcasmo-. Actuaremos de forma que tu regalona no se entere. No vaya a ser que sufra, pobrecita –se burló.
-Estás siendo cruel conmigo, hija –le dije-. Yo los amo.
-Sí, nos amas –respondió-. Y no dudaste en imponernos el error de Jasper, aun sabiendo que nos podías estar condenando a muerte a todos. Eso es amor…
Cerré los ojos, e inspiré.
-Bella… -Dijo Edward, con tono enojado, volviendo a la sala de estar. Detrás venía Jasper, y ayudó a disipar la atmósfera tensa que se había formado. Sentí una gran paz, y Bella cambió su cara. Pareció triste.
-Lo siento, perdónenme por favor –murmuró-. Es sólo que desearía que todo fuera como antes, cuando éramos felices. Siento que cada día la vida se hace más insoportable. Y luego más encima llegó Daniela, que ni siquiera me cae bien.
-Sé que no lo han pasado bien el último año –reconocí-. Y sé que Daniela llegó en forma inesperada. Pero les prometo que todo mejorará. Cuando sea seguro volveremos al norte, buscaremos una casa linda para vivir, y lo pasaremos mejor. Y estoy seguro que Daniela, una vez que se adapte, será un poco más agradable con ustedes.
-Carlisle… -Intervino Alice, tentativamente-. ¿Puedo hacer una sugerencia?
-Claro hija –le dije, extrañado-. Sabes que siempre puedes decirme lo que quieras.
-Creo que no es buena idea que nos separes de cuarto –comenzó a explicar-. No lo digo por nosotros –aclaró rápido, al ver que le fruncía el ceño-, ya que una semana pasaría rápidamente. Pero creo que no conviene hacer más cambios alrededor de Daniela. Ya le está costando acostumbrarse a las cosas tal y como están, y si nos empezamos a comportar distinto alrededor de ella puede que se desconcierte más, ¿no crees?
-¿Tuviste alguna visión al respecto? –Le pregunté, un poco preocupado .
-No… Pero por lo que vi ya está habiendo suficiente drama… -declaró. La miramos todos inquietos, y continuó-: Daniela le preguntará a Esme qué veo yo con respecto a ella en el futuro, y le confesará que nunca he tenido una visión de ella formando parte voluntariamente de nuestra familia.
Alarmado, tomé mi celular para llamarla y pedirle que no le contara nada, pero el celular de mi esposa sonó en el cuarto de Alice.
-Lo siento –se disculpó Alice-. Es que cuando volvimos de los lobos recogí los celulares, y se me olvidó pasarle a Esme el suyo.
-¿Se te olvidó? –Le pregunté, extrañado.
-Si lo dejaba en la mesita junto con el tuyo Daniela podría haber llegado a tomarlo ella –explicó-. Se lo iba a pasar en sus manos, pero luego bajamos al comedor, y luego subimos de vuelta, y luego ella se fue… Y no tuve ocasión –confesó con gesto de disculpa.
-Ok –le contesté, resignado-, iré a buscarlas a ver si puedo conseguir que no le diga nada.
-No, no iras –explicó Alice, desconcertándome nuevamente-. Cuando termine de explicarte que Daniela decidirá dejarnos de amargar la vida cuando se entere de que nos puede destruir tú decidirás que es mejor dejarlas tener esa conversación.
Dudé, y decidí seguir mi instinto y hablar con mi esposa. Me dirigí a la escalera, pero Edward y Bella saltaron y me agarraron los brazos.
-Alice tiene razón, papá –dijo Edward-. Daniela actuará en forma diferente a partir de esta noche.
-Y si vas donde ellas para intervenir mamá creerá que no confías en ella… -Aclaró Alice con voz satisfecha. Me volví, impotente, y mis hijos me soltaron.
-Todo irá bien si las dejas hablar –insistió-. Estarán tristes al volver, pero se les pasará y tendremos un poco de paz en los días que consigo ver. ¡Y ni siquiera necesitarás castigarnos!
-Y supongo que si no les levanto el castigo sólo ves catástrofes –le respondí, con sarcasmo, preguntándome si no me estaría dejando manipular demasiado por mi pequeña clarividente.
-No. Pero impedirás que interactuemos en forma normal y amigable con la Daniela arrepentida. De todas formas ya entendimos el mensaje –aclaró, mirando a sus hermanos que asintieron vehementes-: no volveremos a hacerla sentir mal.
-Lo juro –prometió Bella.
-Sí papá, de verdad –dijo Edward, tomándole la mano a su esposa.
Jasper sólo asintió.
-Ok, les haré caso –me rendí-. Pero considérense advertidos.
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Cuando las oí acercarse, bajé a recibirlas. Tal cómo Alice había predicho, venían tristes. Daniela traía una carita de funeral que me dio muchísima pena. Pobrecita, tendía a dramatizar demasiado las cosas. Partió pidiéndome, nuevamente, que la matara, y esta vez me reí en su cara. Además de lenta para entender que no pensaba matarla, era muy descarada: ese mismo día ella había roto su promesa intentando ir a un volcán.
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Alice también había tenido razón en cuanto a la paz de los días que siguieron. Daniela se comportaba en forma obediente y educada, y mis hijos comenzaron a tratarla mucho mejor. Hasta Bella se ablandó, y las vi muchas veces conversando, jugando, viendo televisión y hasta pintando juntas. Estaba contento de que ya no se limitara a vigilarla, y que se comenzara a comportar como una verdadera hermana.
Edward incluso intentó jugar con la niña a sus juegos de lucha en la consola. Y Daniela tiene que haber estado deseando de verdad ser aceptada, ya que lo intentaba a pesar de que se notaba cuán poco le gustaba.
Por desgracia, mi esposa no consiguió convencerla de aprender nuestro idioma. Edward me explicó que Daniela lo consideraba un acto de lealtad con respecto a su familia, y la entendí. Supuse que, desde el punto de vista de ella, era lo moralmente correcto. Decidí dejarla. Ella escogería aprender cuando estuviera preparada.
Intenté, en cambio, no ceder en cuanto a la lectura. Ahí no había una razón moral para su negativa. Era, solamente, flojera y porfía de su parte. Tuve que recurrir a subterfugios para conseguir que comenzara a leer el libro que le había pasado y, por desgracia, apenas obtuve una pequeña victoria, mis hijos me apuñalaron por la espalda quemando el libro que intentaba hacerle leer a la niña. Tuve la tentación de castigar a mi primogénito, el que había tenido la idea, pero me abstuve. Era sólo un objeto. Podría comprar otro cualquier día. Mis hijos lo habían hecho para hacer feliz a su hermanita, y eso era un gran avance. Así que decidí dar vuelta la página sobre el triste incidente y la obligué a leer "Cuentos a Beatriz" en cambio. Y Daniela, por supuesto, se quejó con vehemencia, alegando que los ángeles no existían y que los querubines en particular eran criaturas demasiado cursis. Pero conseguí que leyera, muy a su pesar.
Daniela, por desgracia, no desarrolló su instinto de caza con el paso de las semanas. No tuve mejor suerte con los lobos marinos que con los animales de granja. Tenía que prácticamente acercarle la sangre a la nariz para que atinara a beber. Pero, al menos, no se quejaba.
Cuando, inesperadamente, salió con que quería cazar ratas pensé que me estaba tomando el pelo. Pero, cuando insistió, terminé cediendo. Me preocupaba que pudiera enfermarse, ya que esos bichos comían toda clase de basura que les contaminaba la sangre, pero al final decidí dejarla probar. Supuse que ella misma se daría cuenta de que eran desagradables. Yo lo sabía por experiencia, ya que había probado casi de todo en esta vida. Pero, para mi gran sorpresa y consternación, le gustaron. Esme, quien al principio me había pedido que la dejara probar, para hacerla feliz, fue la que más se desesperó ante el nuevo gusto de la niña por los roedores.
Por desgracia la tranquilidad solo duró unas poquitas semanas. Edward, irresponsablemente, dejó su Tablet descuidado y Daniela lo tomó. Afortunadamente Alice estaba atenta y consiguió quitárselo a tiempo. Y el incidente no hubiera pasado a mayores si no fuera porque mis hijos decidieron enfrentarme.
Yo estaba leyendo, en mi escritorio, cuando los oí acercarse por el pasillo. Venían los cuatro, reconocía sus formas de caminar. Me preocupé.
-Pasen –les dije, antes siquiera que alcanzaran a llamar a la puerta.
Entraron, con pintura de guerra, y sentí un peso en el estómago. No exterioricé nada, pero Jasper y Edward notaron mi reticencia. Fui consciente de que la televisión seguía sonando, y asumí que mi esposa y Daniela seguían ahí, como estaban cuando había pasado por ahí camino a mi refugio.
-Papá, tenemos que hablar –me dijo Bella, erigiéndose en portavoz.
-Díganme –les dije, poniéndome de pie, ya que no tenía sillas para todos y de todas formas no necesitábamos sentarnos.
-No se le va a pasar –dijo Edward-. Ya ha pasado más de un mes, y la niña sigue buscando escapar. Sigue pensando en su familia, y nos sigue viendo como sus secuestradores. No tiene ninguna intención de adaptarse.
-Y yo sigo viendo visiones borrosas de la policía cuando intento ver qué pasará –agregó Alice.
-Aunque ahora está más agradable –dijo Jasper-, la verdad es que sigue amargada.
-Sólo finge que nos hace caso porque se siente culpable –agregó Edward.
-Es cosa de tiempo, Carlisle –dijo Bella-. Terminará involucrándose la policía, y cuando nos busquen a nosotros los Vulturis intervendrán, nos encontrarán y nos matarán a todos.
-Creo que yo podría eliminarla, sin que siquiera se diera cuenta de lo que ocurre –ofreció Jasper-. Te lo prometo, Carlisle, no sufrirá.
-Y todo volvería a ser como antes –dijo Bella.
-Estaríamos seguros, y volveríamos a vivir en paz –aseguró Edward.
-Y podríamos cumplir el deseo de Daniela, e ir a dejar sus cenizas a su casa. Si existe otra vida, ella estaría feliz de que le hayamos cumplido ese deseo –dijo Alice.
Se quedaron callados, por fin, observándome.
-No voy a sacrificar a uno de nosotros por el bien de la mayoría –declaré-. Eso no es aceptable. Ella es mi hija también, y la amo tanto como a ustedes.
-Ella no te ama –dijo Edward-. Nosotros sí.
-Si me amaran no querrían matar a uno de mis hijos –le dije.
Se quedaron callados por unos segundos, y todos pudimos oír cómo mi esposa le decía a la niña que se quedaría con la duda. Se me alargó la cara. Por suerte mis hijos habían tenido el tino de hablar en nuestro idioma. Y por suerte la niña todavía no entendía. Sería un duro golpe oír como sus hermanos planeaban asesinarla a sangre fría, por el bien de la mayoría.
-¡No es a sangre fría! –Se defendió Edward, habiendo oído mi reflexión.
-Ella no quiere vivir, Carlisle –dijo Jasper.
-Sí quiere –les aseguré-. Sólo le está costando adaptarse, porque es joven y sus padres siguen vivos. Además, sólo ha vivido unas semanas con nosotros. Terminará adaptándose.
-No lo hará, Carlisle –insistió Alice-. Yo lo sé.
-El futuro puede cambiar, hija –le aseguré con calma-. Nosotros podemos cambiarlo.
-Nada de lo que has hecho hasta ahora lo ha cambiado –me respondió con algo de frialdad.
-¿Y crees que matándola todo mejorará? –Le pregunté, con frialdad también.
-No, Esme quedará destrozada –admitió a regañadientes-. Pero creo que es más probable que Esme se adapte a una nueva situación a que Daniela lo haga.
-No matarán a una hija mía. Punto final –les dije.
-En realidad, no es tu hija Carlisle –me desafió Jasper, y sentí un frío invadirme. ¿Acaso pensaba dejarnos y llevarse a la niña?
-No quiero irme, y no me agrada la idea de matarla. Pero si es necesario lo haré, por el bien de esta familia. Yo amo a mis hermanos lo suficiente como para hacer lo que esté en mis manos para que estén seguros.
-Daniela también es tu hermana –le recordé.
-Considero mis hermanos a los que desean ser mis hermanos –aclaró él-. Daniela no me considera un hermano.
-¿Y así quieres que te crea que la consideras hija tuya? –Le respondí.
-Si es necesario, lo haré sin tu consentimiento –me desafió-. Pero queremos darte la oportunidad de hacer las cosas bien para no destruir a la familia.
-Somos más que tú, papá –dijo Edward, con tono de disculpa-. Y tú sabes que te amo y que lo que menos quiero es desafiarte. Pero estás cometiendo un error y en este caso, para defender a nuestra familia, estoy obligado a actuar contra ti.
Los cuatro se juntaron como bloque, y me miraban desafiantes. Tragué, a pesar de que no tenía saliva que tragar. ¿Me estaban haciendo escoger? Edward asintió, casi imperceptiblemente. Pero sólo había una respuesta posible, aunque me doliera.
-Daniela es mi familia también, y es la más débil y la que más necesita quién la defienda –declaré-. Ustedes son casi adultos, y si quieren dejar esta familia no los detendré. Me destrozará verlos partir, y destrozarán a su madre, pero no voy a matar a una hija para que acepten quedarse. Pueden ir a buscar sus cosas, tienen hasta medianoche para irse. Y, si intentan atacar a mi esposa o a Daniela, sepan que estoy dispuesto a morir defendiéndolas.
Alice se puso a tiritar, y Jasper la abrazó.
-Eres un egoísta –murmuró Bella-. Prefieres condenarnos a todos por un capricho de Esme.
-Daniela no es un capricho, hija –le aseguré-. Llegó en forma accidental, pero ahora es tan parte de esta familia como ustedes.
-¡Ella planeó matarnos apenas nos conoció! –Dijo Edward, indignado-. Yo vi todo en su mente, papá. Iba a quemar la casa de forma que comenzara a arder toda al mismo tiempo para que quedáramos atrapados y no pudiéramos escapar. ¿Y por salvarla a ella estás dispuesto a perdernos a todos nosotros?
-Fue sólo un pensamiento producto del miedo y la ira, hijo. Todavía no nos conocía. ¿Acaso planea todavía hacerlo?
-No –reconoció, bajando la vista-. Pero no nos quiere como familia.
-No todavía, pero es cosa de tiempo hijo.
-Pero Carlisle… Esto de verdad va a terminar mal –insistió Alice, llorando todavía.
-Haré cuanto esté en mis manos para que todo acabe bien –les aseguré-, salvo matar a alguien de mi familia. Voy a defender a Daniela, como defendería a cualquiera de ustedes si estuvieran en el lugar de ella.
-¿Es tu última palabra? –Me desafió Jasper.
-Si hijo –murmuré apenado-. Pueden quedarse, y hacerme muy feliz, pero tienen que comprometerse a no hacerle daño a su hermana. Y, si estos términos no les resultan aceptables, los dejaré ir por más que me duela.
Jasper se dio media vuelta y salió al pasillo. Cuando lo oí detenerse en la sala de estar temí que atacara a Daniela, y me dirigí a la puerta para seguirlo y defenderlas. Tendría que protegerlas a ambas, porque estaba seguro de que Esme se pondría delante de la niña.
Pero no alcancé a llegar hasta la puerta, mi esposa intervino.
-Lo siento, hijo, pero será sobre mi cadáver –le dijo con toda calma, sin siquiera ponerse de pie para atacarlo.
Supuse que lo hizo para no asustar a la niña, y le agradecí mentalmente por eso. Y, supuse, que Jasper no sería tan cobarde de atacar a una mujer que ni siquiera se había levantado para defenderse. Tuve que sacarme el sombrero mentalmente ante la sangre fría de mi esposa.
Alice no aguantó más, y corrió detrás de su esposo y lo detuvo. Inspiré agradecido. Dios… Gracias… Si mi hija había desistido eso haría que Jasper también desistiera. Y, una vez que ellos dos se hubieran dado por vencidos, Bella y Edward se les sumarían.
-Intenta controlarte la próxima vez –dijo Jasper con dureza, presumiblemente a la niña.
-Lo siento –respondió ella, comprendiendo que se refería a su intento de comunicarse con sus padres-. Los extraño.
-Jasper… -Le dije en voz alta, recordándole que estaba dispuesto a defenderlas aún contra él si me obligaba.
-Sí Carlisle –respondió, por suerte, luego de un tenso silencio.
Me pasé las manos por la cara por unos segundos, cuando los oí meterse a su cuarto. Me volví hacia mis otros hijos.
-¿Ustedes también van a intentar atacarlas? –Les pregunté con frialdad.
-No papá –murmuró Bella, y se acercó a mí-. Tienes razón. El fin no justifica los medios. Perdóname por favor.
La abracé, y le di varios besos en la coronilla. Por supuesto que la perdonaba. Si yo los amaba, aunque metieran las patas siempre lo haría.
-Claro que te perdono, hija –le aseguré-. No tengas miedo. Haré todo lo que esté en mi poder para que todo salga bien. Pero tenemos que actuar como familia y protegernos los unos a los otros. ¿Está bien?
-Sí papá –murmuró-. Lo siento –insistió.
Edward se acercó a mí, avergonzado. Estiré un brazo para abrazarlo también, y se dejó. Los apreté bien a ambos.
-Lo siento papá –murmuró arrepentido.
-Lo sé, hijo –le aseguré-. Olvidaremos esto ¿les parece?
-Gracias –murmuró Bella.
"Saldremos de esta, hijo" agregué mentalmente. "Quiero que te tranquilices y no le sigas dando vueltas a esta discusión cuando salgas de aquí. Tu madre y yo te perdonamos, y no importa cuántas veces te equivoques siempre te amaremos. ¿Lo sabes verdad?" le pregunté. Sentí cómo se ponía a tiritar, y asentía levemente, por lo que agregué "No te vas a deprimir por este incidente. Es una orden". Sentí su risa nerviosa contra mí, y lo apreté más fuerte.
Cuando se calmaron, los solté con suavidad. Apunté con la mandíbula hacia el pasillo, y se fueron obedientes a su cuarto. No los había castigado, pero supuse que luego de la tensión querrían estar un rato tranquilos, reponiéndose. De hecho, yo necesitaba reponerme con desesperación.
Me quedé unos minutos en mi escritorio, serenándome antes de ir a la sala de estar donde sabía que mi esposa debía necesitarme con urgencia a pesar de la sangre fría y determinación que había mostrado.
Cuando volví a sentirme bajo control me acerqué a ellas. Daniela miraba la televisión. Veía Art Attack, y parecía ignorar completamente lo que había pasado. Mi esposa me sonrió pero vi en sus ojos que seguía tensa. Levantó un poco la mano que no estaba en el campo visual de la niña y la movió ligeramente indicándome que todavía estaba tiritona. Pobre… Me acerqué a ellas y me senté del otro lado de mi amada. Daniela parecía estar perfectamente.
No nos dijimos nada, pero cuando le tomé la mano me la apretó mucho. Se la apreté de vuelta, con fuerza, y le besé la mejilla. Nos quedamos quietos por mucho rato, con los ojos cerrados.
Cuando terminó el programa, Daniela apagó la televisión ella misma y me quedó mirando. Su cara me puso un poco tenso. Me hizo signo de que me acercara con la mano, y acerqué la cabeza hacia ella, intrigado.
-¿Tus hijos me quieren matar, verdad? –Me preguntó muy bajito, al oído. Me puse tenso, y sentí a mi esposa ponerse tensa a mi lado.
-No realmente, tesoro –le aseguré, no atreviéndome a mentirle en forma descarada. No era tonta, se había dado cuenta de que algo pasaba, y seguramente había percibido parte de las emociones e intenciones de Jasper.
Daniela alejó su cara de mi oído, y me miró algo suspicaz. Le sonreí, y le hice cariño en la mejilla. Se relajó.
-Edward sabe que lo sé –aclaró.
-Supongo –admití, un poco perdido, y deseando no tener esa clase de conversación. ¿En qué familia normal los hermanos planeaban matarse entre ellos?
-Vamos abajo, quiero tenderme un rato y relajarme –dijo mi esposa.
-Vamos –le dije.
-¿Me puedo quedar aquí? –Sugirió Daniela, riendo.
-¡Vamos! –Le dije, tomándola en brazos, aliviado de que hubiera preferido tomárselo con humor-. Quiero que leas en voz alta para mi esposa y para mí.
-¿Ellos planean asesinarme y me castigas a mí leyendo leseras? –Se quejó, mientras bajábamos la escalera.
-No es un castigo, tesoro –le aseguré-. De verdad deseo escucharte leer en voz alta. Me gusta tu voz, y me relaja escucharla.
-Te puedo grabar algo, así nunca más me tendrás que hacer leer –me sugirió.
-No. Te quiero oír en vivo –le aseguré, tendiéndola en la cama.
Mi esposa fue a la salita y en un segundo ya estaba de vuelta con un libro, "Papelucho y el marciano". Se lo pasó a Daniela, y nos tendimos al lado de ella. Dejé a Esme al medio, porque quería tenerla a mi lado, y sabía que ella no quería despegarse de la niña.
-Me trataron de hacer leer esta mierda cuando estaba en segundo –se quejó Daniela-. No puedo creer que vuelva a mí. Es como una maldición.
-Lee –le ordené-. Y no digas palabrotas, que ya pasó el mes de marcha blanca –le recordé.
-Lo siento –dijo de inmediato, y obedientemente (o resignadamente) abrió el libro y comenzó a leer.
-.-
