"Blanco es por la cegadora luz que sé que no veré"

No tenía de qué quejarse, porque su vida siempre fue normal. Si es que uno entiende por normal tener como compañeros pokémon a tres pokémon legendarios, y tener una sabiduría que cualquiera envidiaría. Más que normal, su vida era exitosa.

Las cosas del corazón le parecían una tontería, pero admitía que se sintió atraído por muchas mujeres, como cualquier otro hombre. Aún estaba a tiempo de casarse y formar una familia, pero no le llamaba la atención. Le gustaba más ser una persona libre, con el tiempo suficiente para sus amigos, su trabajo y sus aficiones. No pedía nada más.

Hasta que ella llegó.

No parecía tener nada de especial, y si la comparaba con otras mujeres con las que había estado, ella era demasiado simplona y normal. Pero le gustaba. Era una lástima que ella no lo viera de la misma forma.

Pero ser amigos era mejor que nada. Al menos así podría estar con ella cuando le necesitara. Y claro, cuando ella dio la noticia de que volvería a Kanto para "darle otra oportunidad" a aquél joven que tanto daño le había hecho, él no lo tomó a bien.

El día de su partida sería recordado como el más triste de su vida. Y verla subir al SS Tidal fue un dolor superior a ser vencido 100 veces seguidas en una batalla pokémon. La miró; y ella le dirigió la sonrisa más dulce que jamás había visto.

Ella jamás sería suya, ni de nadie más.

-Mejor suerte para la próxima… -se dijo a sí mismo, apretando angustiosamente sus puños