Después de un intermedio demasiado grande, y que seguramente seguirá por un tiempo, he vuelto para finalizar este fic. Usando la misma premisa que otro de mis trabajos, traigo una serie de mini-historias que serán presentadas en un formato de dos partes; ya que en un principio sería un solo capítulo con más de diez mil palabras, y después de pensarlo pensé que sería mejor dividirlo.
Ahora que terminaron las explicaciones, disfruten la primera parte del último escenario de 'Coincidencias'.
Oh, pero antes, les recuerdo que si tienen un poco de hambre por historias originales escritas por mí, visiten mi página en deviantART.
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Estoy bajo el seudónimo de Mono.
Bocadillo
La mordida no duele tanto como antes. Creo que me he acostumbrado a ella.
Después de la primera veintena de sesiones aprendí a cómo evitar el dolor. Usualmente funciona pensando en otra cosa mientras ella succiona mi líquido vital, o bueno, cierta cantidad de un líquido específicamente vital sólo en ciertas porciones.
Pero mi concentración suele desviarse al sedoso e imposiblemente largo cabello oscuro que cosquillea mi torso desnudo, las diminutas pero poderosas manos que se aferran a mis hombros tampoco ayudan en la cuestión.
También estoy seguro que de vez en cuando puedo sentir su viperina lengua resbalar sobre la piel que sostiene entre sus fauces.
Entonces lo único que me ha ayudado a no tomarle importancia a mi flujo sanguíneo siendo robado de forma gentil por medio de sus colmillos es la lenta aclimatación a ello.
Empiezo a sentirme mareado.
— Oye… Marcie, ¿ya estás satisfecha? — trago un poco de saliva sin temor a que ella pueda evitarlo por la succión, de igual manera no está cerca de una arteria importante de mi cuello.
No me responde. Sólo levanta un dedo sin siquiera detenerse.
Trata de decirme que necesita un minuto más.
Lo único con lo que aún no me familiarizó es a la subsecuente hambre y debilidad muscular.
Es una lástima que a pesar de que ella tenga el comedor y cocina más grandes que he visto en mi vida, no tenga más que los utensilios necesarios para cien banquetes y absolutamente nada comestible que no tenga una sombra de color rojo en su consistencia.
Siempre tengo que traer algo de comida si es que quiero recuperarme después de cada sesión.
Siento que mis fuerzas se escapan. Ya había tratado de soltarme por la fuerza pero es imposible vencerla en ese tipo de pruebas.
Sólo me limito a darle palmaditas en la espalda y a repetir su nombre varias veces, indicándole que debe detenerse.
No me hace caso y me desmayo sobre el sofá en el que estábamos.
En ocasiones ella suele detenerse hasta que estoy inconsciente. Por fortuna no es algo fatal y despierto después de una siesta obligatoria.
Según el reloj del abuelo que estaba en la pared central de la habitación, marcaban las 9:38. No tengo idea si era de madrugada o ya era tarde. Las cortinas siempre estaban cerradas así que no podía consultar a las luces del exterior para disipar mis dudas.
Sólo vi en la mesa para el café una bandeja repleta de galletas al lado de una jarra llena de soda… supongo. Y una nota.
Haciéndole caso a mí estomago primero, tomé un puñado de galletas y las engullí con un hambre atroz, lo mismo hice con la bebida. No me preocuparon las finas líneas que se escurrían por la comisura de mis labios debido a la velocidad con la que estaba tomando el líquido inicialmente insípido.
De cualquier forma no llevaba la camisa puesta. Fue mi idea quitármela para evitar que se arruinara como las primeras.
Cuando satisfice un poco el hambre alcancé por la nota y empecé a leer.
"Disculpa el haberte noqueado. Come y bebe algo.
Marceline.
P.D.: Deberías ir a clase, ya faltaste un día entero."
Ella en verdad no lo siente. Pero le agradezco el intento.
No soy de los que se quejan por el tiempo perdido pero mis notas no son lo suficientemente altas como para faltar un solo día. Maldije mi suerte y volví a mi merienda, o mejor dicho, mi desayuno.
Obligación
— Está bien, llevas cinco minutos gritando y ya me tienes harta, así que a menos que quieras una muerte peor que la de saltar por una ventana, permanecerás callado, ¡¿entendiste?!
— S-s-s-s-s-¿sí…?
— Vaya… hace poco tuviste la osadía de saltar por mi ventana y, ¿ahora no puedes siquiera hablar bien? Que decepción.
— ….
— ¿No me explicarás que haces aquí?
— P-p-p-p-p-p-pe-pe-ro…
— ¿Pero qué?
— ¿Pero… no dijiste que no hablara?
— Cambié de parecer, ¡voy a chuparte la sangre!
— ¡No, no, no, no, no, no! ¡AGUARDA!
— ¡Entonces dime qué haces aquí!
— ¡Ya te lo dije! ¡Vine a traerte tus tareas de la clase!
—…Está bien, puedes irte.
— ¿De veras? ¡Gracias!
— Aunque…
— ¿Aunque qué?
— No puedo dejarte ir así como así.
— Oh descuida, no le diré a nadie, lo juro.
— Lo siento, no llegas a vivir tanto como yo fiándote de las personas así de fácil.
— Pero no fue mi intención, ¿no puedes simplemente fingir que nada pasó?
— ¿Nada pasó? Aunque olvidara que viste lo que puedo hacer ¡Rompiste una ventana de dos siglos de antigüedad!
— Se puede arreglar.
— Era invaluable.
— Entonces, ¿cuál es el problema?
— El problema es que si en los próximos doce segundos no encuentras una solución para remediar todo lo que hiciste te arrancaré las tripas de un solo tajo y te obligaré a que veas cómo bebo tu sangre gota por gota.
— …
— Te quedan ocho.
— De acuerdo… mmm… haré toda tu tarea y no tendrás que volver a preocuparte por ella.
— No me molesta la tarea.
— Arreglaré la ventana.
— Es irremplazable.
— Bueno, te-te-te-te haré todas tus comidas.
— Es más fácil que TÚ te vuelvas mi comida.
— Supongo que encender todas estas velas debe ser una tarea muy pesada, ¿qué te parece si yo lo hago por ti todos los días?
— Se encienden y apagan con un chasquido.
— De acuerdo, de acuerdo, puedo pensar en algo rápido…
— ¿…Y bien?
— Por favor no bebas mi sangre.
— ¿No vas a pelear por tu vida?
— Detuviste mi caída sujetándome de una sola pierna con una de tus manos, no creo poder hacer algo al respecto.
— Al menos eres lo suficientemente listo para saber cuándo rendirte.
— Sí, es de familia, como esta vez en la que mi hermana Fionna y yo estábamos -¡TOMA ESTO!
— Mis uñas están más afiladas que esa tonta arma.
— ¡Rayos!
— Y ahora arruinaste una antigua espada escocesa.
— ¡Pero si tú la partiste en dos!
— ¿Querías que dejara que me golpearas con ella?
—…Sólo un poquito.
— ¿Esas serán tus últimas palabras?
— ¡Haré lo que sea, pero, por favor, no me mates!
— Jajajajaja… Está bien, te dejaré vivir sólo porque me das lástima, pero…
— ¿Pero qué?
— Serás mi nuevo lacayo.
— ¡¿QUÉ?!
— Es eso o, ¿prefieres que me beba tu sangre?
— ¿…Cuál es el trabajo de un lacayo?
— Básicamente tendrás que seguir todas mis órdenes al pie de la letra durante todo lo que te quede de vida natural o hasta que me aburra de ti. Lo que pase primero.
— No sé…
— ¿De verdad necesito decirte qué pasará si te rehúsas?
— ¿Necesita algo… mi ama?
— No es necesario que me llames así pero es un buen detalle. Lo primero que necesito es que me traigas ropa interior y una muda de ropa del segundo piso. Como seguramente has notado, sólo llevo esta toalla conmigo.
— ¿E-e-e-e-en serio? No lo había notado.
— Sí, claro. Ahora ve rápido o le harás un agujero a la toalla si sigues viéndome así.
— ¡Enseguida!
— ¡Y tráeme unas cerezas del refrigerador!
— ¡Está bien!
— ¡¿Y Finn?!
— ¡¿Qué sucede?!
— ¿De qué iba esa tarea?
Música
¿Cómo es posible que alguien como ella pase desapercibida?
Incluso aunque así lo desee, es imposible que alguien no se fije en su belleza o en su talento.
Ese día, el eco del salón de música me llamó desde el otro lado del edificio.
Lo cual debió de ser imposible ya que se supone que el lugar debería estar aislado para impedir que escapen las melodías y evitar que el exterior los interrumpa.
Debería decirle al directora Petrikova "La Reina Helada" sobre el fallo en esas medidas.
Nadie se acerca a ese sitio, demasiadas historias de fantasmas. De hecho, acababa de pasar cerca del baño en donde se "escuchan los ladridos de perros salchichas", las oficinas en las que "un niño que solía jugar algo llamado "cola-bola" sufrió un accidente relacionado con el juego", e incluso pasé por las expendedoras en donde "un tipo literalmente explotó por comer demasiado queso derretido".
En fin, mientras más me acercaba podía escuchar con mayor claridad las complejas notas de una melodía siendo formada por un piano. Estas notas hicieron que un hueco se formara en mi estómago mientras un sentimiento de nostalgia trataba en vano de llenarlo.
Me fue imposible identificar la canción o siquiera el género, pero de igual manera pude percibir un sentimiento de tristeza siendo emanado por cada nota bellamente interpuesta a la anterior.
Jake es el musical, no yo.
Sin embargo, la bella pero triste música me obligó a buscar a su causante después de recordar que algo humano debería ser la causa de tan hermosa pieza.
La diminuta ventana no ocultaría mi rostro pero me permitiría saber quién era el dueño de tan prestigiosa habilidad para tocar así. Después de mucho análisis, mis ojos se pusieron encima del borde del vidrio, finalmente dándome la oportunidad de conocer a alguien con igual o mayor talento que Jake para la música.
Antes de que pudiera hacer algo, vi como una larga melena de cabello color negro se colaba por la otra puerta paralela a esta. Todo fue tan rápido que por un momento había pensado que tal vez había sido mi imaginación.
Al entrar al salón, no pude evitar sentir escalofríos al volver a pensar en mi teoría de que todo estaba en mi mente o de que tal vez lo que escuché fue en verdad el sonido de un fantasma que se rumora toca cada vez que los estudiantes están en sus respectivas clases.
Me acerqué al piano que tenía la cubierta perfectamente puesta y no mostraba señales de haber sido tocado. Pensando en la oportunidad única de tocar algo que previamente pudo sentir los fríos dedos de un espectro, deslicé mis dedos sobre las teclas. También confirmé que la escala musical era algo real.
Las notas se deslizaban suavemente debajo de las yemas de mis dedos, pero había un problema, la superficie de cada tecla se sentía inusualmente áspera en ciertos puntos cada que pasaban siete de ellas, empezando desde la tercera de izquierda a derecha.
Al mirar detenidamente cada una de ellas me di cuenta de un pequeño detalle que no creo que debía estar ahí… pensé que debía preguntarle a Jake si era necesario que cada nota… Mi, supongo… tenía que llevar una M grabada en ella.
Está de más decir que olvidé el asunto con relativa facilidad pero continúe buscando y preguntando por la persona que estaba tocando en el salón de música en horas indebidas, esta vez mí error fue mencionarle a la directora que yo también estaba ahí a una hora indebida.
Ponche
— No sé cómo la gente puede seguir haciendo estas fiestas. La celebración ya no está necesariamente ligada a la tradición cristiana, ni a una creencia religiosa. Casi por el contrario, los festejos más pomposos son llevados a cabo por ateos, o bien por gente que no practica la religión de manera ortodoxa, y se centran en la comida y los regalos, en lo sofisticado y llamativo del árbol y en lo numeroso de las reuniones familiares.
Una familia tipo de clase media, generalmente compuesta por un padre y una madre que trabajan un mínimo de cuarenta horas semanales cada uno, y dos hijos, suele gastar lo equivalente a un sueldo mínimo entre las decoraciones, la cena de Noche Buena y los regalos. Esta supuesta necesidad, que convierte la navidad en una fecha materialista, acarrea un malestar en los días previos y un obligado ajuste de presupuesto en los siguientes.
La crisis ha ciertamente repercutido en esta costumbre; pero no para entrar en razones y optar por disfrutar de esta fecha icónica de una forma más espontánea, sino para recortar los gastos de manera que no sea necesario prescindir de ningún elemento del festejo. Resulta curioso que una celebración que comenzó como una tradición religiosa, de alguna manera indispensable para quienes adoptan el cristianismo, preocupe más a los no creyentes y los someta a una serie de obligaciones cuidadosamente diseñadas y estructuradas de forma rígida e inamovible. Independientemente de las creencias místicas, es innegable que en torno a la navidad gira una interesante combinación de actitudes y sentimientos, tales como la entrega, la culpa, y el sufrimiento.
— Sólo pregunté si querías ponche o no.
— Mi taza favorita está en la alacena.
Bajo
Cuerdas, vientos, percusiones, metales, y muchos más que olvidé de la lección vespertina de Jake, todos se encuentran en el ala más grande de la mansión de Marceline.
Pareciera que es el almacén de una Sinfónica pero todos le pertenecen a la vampira que actualmente vive aquí. No debería sorprenderme por el hecho de que sepa cómo tocar cada uno de ellos sino por haberle dicho al profesor Petrikov, maestro de Historia y de Música, que sólo sabía tocar el piano y el chelo.
Cuando le pregunté por una razón me miró de forma condescendiente y se burlo de mí mientras me respondía.
— Aunque lo mencionara, nadie me creería.
Supongo que si eso sucediera tendría que demostrarlo, desafortunadamente el repertorio de instrumentos escolares no es tan vasto como el que tengo aquí.
Tengo que fiarme de los nombres que hay en las etiquetas para reconocer algunos y descubrir muchos nuevos. Algunos decían: Balalaika, Stilófono, Theremin, Guitarra Picasso, Címbalo, Bazantar, Dacófono, Armónica de vidrio, Arpa láser (si el sonido que produce es tan genial como su nombre entonces vale la pena que rompa las reglas y la toqué alguna vez) Birimbao, Hang, Schmmel, Baritón, Didgeridoo, Gewgaw, Crwth.
De acuerdo, estoy casi seguro que el último ni siquiera existe, de hecho, creo que Marceline sólo lo puso ahí para burlarse de mí.
Aún con eso, tengo que admitir que el único lugar en el mundo en donde vería algo así es en algún museo.
Pero dudo mucho que dicho museo ostente como su pieza maestra, su evento principal, su más grande hallazgo musical, un bajo con una forma bastante peculiar.
Incluso aunque parezca un arma medieval no creo que esté en el centro de cualquier exhibición. Al parecer la etiqueta confirma mi sospecha de que en verdad es una mezcla entre un arma y un instrumento musical.
'Hacha-Bajo' dice la descripción. No está debajo de ninguna luz especial, ningún guardia cuidándolo celosamente, y las trazos imaginarios que hace mi mano me indican que no hay un láser delatándome con mi "ama".
Tal vez puedo…
— Ni siquiera lo pienses — quiero corregir mi declaración de que no había nadie cuidando el instrumento —. No quiero perder a otro lacayo tan pronto, tendría que responder a muchas preguntas que en verdad quiero evitar.
— Está bien, pero, si no te molesta la pregunta — en verdad espero que no le moleste, de cualquier forma ya es demasiado tarde para guardar mi distancia —. ¿Qué tiene de especial este 'Hacha-Bajo'?
— ¿No crees que se ve genial?
— Pero claro que se ve genial, sólo que no tan genial como el arpa láser.
— Bueno… a mí me gusta, y además, es una reliquia familiar.
— Ya veo… pero… — no quiero tentar a mi suerte, olvídenlo, sí quiero —. Tienes muchos otros instrumentos geniales aquí, ¿por qué conformarte con un simple bajo?
— Esto no tiene nada de simple, fue muy difícil de hacer, si no me crees deberías preguntarle a Paul Tutmarc.
— ¿Quién?
— Olvídalo, en cuanto a esto, creo…que a veces las cosas más simples son las mejores.
Pasó sus dedos con gran destreza sobre las cuatro cuerdas, y de alguna manera pude entender el amor que le tenía al instrumento más medianamente bizarro que había en la habitación.
Al darse cuenta de que estaba flotando, Marceline dejó de tocar y mientras aterrizaba dejó con suavidad el arma devuelta en su sitio.
Se acercó a mí y me susurró en el oído.
— Puedes jugar de vez en cuando con todo lo que hay aquí pero que no se te cruce por la mente tocar este bajo, ¿entendido?
— Entendido… ¿y qué hay del…?
— Eso también va para el arpa láser.
— ¡Oh, vamos!
Vitrina
Recuerdo haber escuchado el nombre de Finn muchas veces mientras caminaba por los pasillos de la escuela. Él era un tema de conversación muy común en los pasillos entre chicas y chicos por igual.
"¡Finn volvió a anotar el punto ganador!"
"¿Escuchaste que Finn derrotó en lucha grecorromana a Gran D?"
"¡Es el mejor!"
"¡Es tan guapo!"
La verdad comenzaba a hartarme de ello, pero con el tiempo aprendí a no tomarle importancia. Aunque si quisiera podría hablarles de cuando me suplicó por su vida, sólo para ver cómo reaccionarían.
Al estar dos años delante de él no lo veo durante clases y a penas lo veo por el rabillo de mi ojo en gimnasia, y aun así su presencia parece inundar la escuela.
Incluso yo, la supuesta estrella de música de la escuela no puedo competir contra el orgullo de la escuela en actividades físicas. Al menos, no sin matar a alguien en proceso.
Los trofeos deportivos inundan la vitrina y abruman por mucho a los de las actividades culturales. Debí cambiar esa política escolar hace siglos cuando tuve la oportunidad.
Futbol, basquetbol, voleibol, tenis, futbol americano, jai alai, ajedrez, reconocimiento para un coro, danza interpretativa, un premio de primer lugar en canto, primer lugar en taxidermia, beisbol…
Momento, ¿tenemos equipo de jai alai?
No debería sorprenderme que en ese misterioso equipo, que hasta ahora desconociera, viera la foto en colores sepia de cierto rubio sonriente con una cesta en la mano. En el retrato de futbol, él se encontraba con una rodilla en el césped y ostentando el número 10. Aunque no alcanzara la altura de los demás jugadores, Finn se encontraba de pie con una parte del equipo de basquetbol y presumiendo el número 12.
Y así, y así…
Podría decir que estos logros son lo que le han dado un lugar semipermanente en los libros de historia escolar, pero estaría mintiendo. Las fotos y recortes de periódico que muestran su rostro entre el resto de los entusiastas pueden hacen destacar a esa bolsa de carne con cabellos rubios que yo casi devoro hace unos meses.
Tengo que admitir que la escuela no se sentiría igual sin la empalagosa aura de felicidad que excede este humano en particular.
Armario
— Veamos… qué hay aquí…
— ¡FINN!
— ¡Whoaaa!
— ¡¿QUÉ CREES QUE HACES!?
— Estoy bien. Gracias por preguntar.
— Deja de llorar y dime qué estabas haciendo.
— Limpiando… como me lo pediste.
— Oh… cierto.
—Por cierto, Marceline, ¿qué hay en esta caja?
— ¡NO TOQUES ESA CAJA!
— ¡¿Y tenías que tirarla?! ¿Qué es esto?
— ¡No leas eso!
— "Solo somos tú y yo en los restos del mundo
Eso debe ser tan confuso para una niña…"
— "Y yo sé… yo sé que me vas a necesitar aquí contigo
Pero, me estoy perdiendo y temo que me vallas a perder a mí también.
Esta magia me mantiene vivo.
Pero, me está volviendo loco
Y, necesito salvarte
Pero, ¿quién me va a salvar?
Por favor, perdóname por lo que sea que haga
Cuando no te recuerde…"
— Parece la letra de una canción, ¿qué es esto?
— Uff…. ¿qué tanto recuerdas del año 1000 después de Cristo?
— Que mi tatarabuelo no había nacido aún y que soy pésimo en historia.
— Pues yo sí lo recuerdo muy bien. La pólvora había sido inventada, Escandinavia había encontrado a Jesús en su corazón, Flaín Muñoz había muerto, y en Francia los nobles se peleaban entre sí. Basta decir que el clero se entrometió en ello y mientras las armaduras servían como tanques para la nobleza, se hacía un exterminio discreto de ciertas creaturas.
— ¿Qué creaturas?
— Todas las que eran diferentes a los humanos. No diré que éramos las más pacíficas ya que cuando lo averiguamos no dudamos en oponer resistencia. Pero como te lo has de imaginar, no pudimos hacer mucho.
— ¿Por qué?
— Tenían una ventaja.
— El sol…
— Es curioso cómo es que la gran mayoría éramos vulnerables al evento natural más prominente en el planeta. Me recuerda a alienígenas que son alérgicos al agua y aun así tratan de invadir un planeta compuesto casi en su totalidad de eso.
— ¿Y después qué pasó?
— Vamos, Finn… Al menos dame la oportunidad de tratar de cambiar el tema. De cualquier manera, las guerras evitaron que la vista se postrara en los enfrentamientos sobrenaturales entre humanos y "monstruos". Los cuales eran librados a propósito a una hora antes del alba, las armaduras de metal recién descubiertas evitaban que pudiéramos acabar pronto con ellos, y antes de que nos diéramos cuenta algunos de nuestros amigos no lograban llegar al resguardo de una sombra y terminaban hechos cenizas en las calles.
Poco a poco, nuestros números disminuían hasta el punto que sólo quedaban menos de dos docenas de nosotros resguardados en una casa que esperaba un último ataque, que nunca llegó. Lo que recibimos a unos minutos del alba fueron antorchas rebotando contra el techo de paja, el fuego se extendió con rapidez y mientras algunos decidían si salir a morir o esperar a que las llamas los extinguiera.
Mi querido Simon, en un momento de egoísmo hacia el resto de nuestros amigos, me mostró los pasillos subterráneos del lugar en el que estábamos y me guió hacía el exterior, en donde vimos ambos posibles desenlaces que mencioné.
— ¿Quién es Simon?
— Un druida que conocí semanas antes de que empezara nuestro éxodo. Era un anciano simpático que no paraba de contarme historias sobre tiempos cercanos al inicio de la civilización.
— Su nombre se parece al de-
— Ni siquiera lo digas.
—…
— La carta que mencionaste la escribió meses después de encontrar una corona. Pero no hablo de cualquier joyería, hablo de una corona mágica. Sonaría genial si no fuera porque lo estaba transformando lentamente en alguien más. Solía murmurar cosas relacionadas con la nieve y hablaba con objetos inanimados, además decía que veía cosas que nadie más podía.
Me preocupaba mucho por él. Pero ya no más.
— ¿Dónde está ahora?
— Está muerto.
— Lo siento…
— Descuida, no me molesta desde hace medio siglo.
— Si no te molesta, ¿puedo preguntar…?
— ¿Cómo pasó?
Verás… en ese claro de donde vimos a nuestros amigos caer, alguien vio a una joven colmilluda con apariencia de adolescente estar junto a un vejete de piel azul y nariz puntiaguda. Está de más decir que comenzaron a perseguirnos en el acto.
Estaba lastimada por haberme defendido durante el ataque y el viejo Simon no tenía la fuerza para mantener el paso, pensábamos que al dar la vuelta en una diminuta ladera seríamos masacrados por trinches y fuego. En lugar de eso, Simon nos cubrió a ambos con su capa y en el acto esta se convirtió en piedra a nuestro alrededor. Los soldados y clérigos estaban más que desconcertados cuando desaparecimos.
Nos buscaron durante horas y, sorprendentemente, a nadie se le ocurrió revisar bajo una roca. Le dije que podíamos mantenernos ahí hasta que se calmaran las cosas.
Pero en lugar de responderme me dio una palmada en la cabeza al mismo tiempo que puso esas mismas notas en mis manos, acto seguido, deshizo el hechizo dejándonos al descubierto.
Y eso no fue lo peor… después de preguntarle varias veces el sólo sacó la endemoniada corona y se la puso en la cabeza.
Todos se dieron cuenta cuando vieron los relámpagos y ventiscas concentrándose en un lugar y se dirigieron hacia donde estábamos. Le repetía Simon que se quitara eso y huyéramos.
Él me miró y susurro: "Todo estará bien, Gunther…"
No supe que pasó después, me encontré con su túnica cubriéndome y cincuenta kilos cubriéndola a ella. Al quitármela vi a todos nuestros perseguidores petrificados por el hielo, y ningún rastro de Simon.
Excepto la corona yaciendo sobre varias capaz de nieve.
— ¿Y la corona, dónde está?
— Ningún museo acepta artefactos letales, a no ser que sea el del Cairo, pero como le tengo pavor a los desiertos se la obsequié a una de las armaduras del pasillo. Creo que no tengo que advertirte qué pasara si llegas a tocarla.
— Ni siquiera la había notado…
— Claro.
— Disculpa que te haya hecho recordar cosas así.
— Con que pongas todo de vuelta en su lugar será disculpa suficiente.
— Está bien.
— Muy bien, no trates de buscar más objetos prohibidos para los mortales.
— …
—…
— "Para Marceline. Me divertí tanto anoche…"
— ¡TE DIJE QUE NO LEYERAS NADA MÁS!
— Espera, ¡¿Ésta es la Profesora Bonnibel?!
— ¡No, no lo es!
— ¡Sí lo es! ¡Y está desnuda en esta foto!
— ¡DÉJALA DONDE ESTABA!
— Espera, deja que la grabe en mi mente.
— ¡FINN!
Almuerzo
— ¡FINN! ¡DESPIERTA!
— ¡Whoa! ¡¿QUÉ PASHÚ?!
— Vamos, hermanito, debes comer algo. No puedes pasarte otra hora durmiendo.
— ¡Déjame dormir!
Aunque los murmullos somnolientos del rubio no llamaron la atención de quienes comían tranquilamente a su alrededor. Su compañero de clase, y mejor amigo desde la infancia se preocupaba por él.
— Vamos, Finn — Dijo mientras sacudía ligeramente uno de sus hombros —. La última vez que no comiste pensaste que todo lo que caminaba hacía el horizonte terminaba en el sol.
— Owww…. De acuerdo — dijo con un tono que apenas alcanzó a ser identificado como molesto —. ¿Qué hay en el menú?
— ¡Burrito de todo!
— ¿Qué les dijiste a las cocineras esta vez?
— Que tengo un problema médico.
— El hambre no es un problema médico.
Sin tener el asco suficiente para negar el aperitivo, Finn le dio varios mordiscos sin preocuparse que había en rollado en la gigantesca tortilla. De cualquier manera el sabor de las diferentes mezclas de muchas cosas nunca le caía mal al estómago.
Quizás años de aclimatarse a panqueques de tocino y bebidas extrañas que le preparaba su amigo le dieron a su estómago la fuerza suficiente para resistir lo que sea.
— ¿Qué? ¿No dormiste bien anoche? — Un par de verduras mixtas amenazaban por caerse del lugar donde el otro rubio le dio una enorme mordida a su burrito.
— No he dormido bien en días.
— ¿De nuevo ella no te deja dormir?
— Sí — Murmuró Finn entre mordiscos.
— ¡Esa condenadia! ¡Le voy a dar sus pataditas!
— ¡¿Pataditas?! ¡No fuiste de ayuda cuando me acompañaste la otra vez! — la declaración se escuchó como un gemido lastimero debido a la fatiga.
— No puedes culparme… me agarró por sorpresa…
Después de pasar tan poco tiempo con su amigo y de escuchar respuestas como: "Lo siento, no puedo decírtelo", Jake se decidió hace una semana en seguir a su compadre hasta ver desde una distancia segura como se adentraba dentro de la mansión Abadeer.
Acercándose con todo el sigilo posible, revisó desde la ventana de la cocina, la única que estaba sin cubrir, y se dispuso a entrar por ella.
Al principio temió haber sido escuchado pero los reclamos de parte de Marceline evitaron que las cucharas y otras cosas que cayeron al piso pasaran inadvertidas. Finn se disculpó con otro grito y sus pasos le indicaron a Jake que su hermano había subido las escaleras con rapidez.
Después de seguirlo, se detuvo en la única puerta que convenientemente no estaba cerrada por completo. El otro humano que había en la mansión se acercó para confirmar su sospecha de que Finn había estado haciendo ciertas cosas junto a la estrella musical del instituto.
Nada ganaba pero la curiosidad lo habría matado. Al menos esa hubiera sido una muerte más piadosa.
Por la diminuta sección que le permitía la puerta entreabierta y la falta de luz pudo ver a una segunda figura de largos cabellos acercándose a su amigo; esta no tardo en alcanzar los botones de la camisa blanca de Finn, comenzando de alguna forma a arrancarlos con rapidez.
Jake tomó eso como su salida, pero…
— Creo que aún no me acostumbro a esto — comenzó Finn.
— Descuida, te aseguro que esta vez no dejaré marca.
— Eso dijiste la última vez y no paré de sangrar por horas.
Esa última declaración hizo que el estudiante preocupado por su mejor amigo volviera a su sitio de espionaje. Ahora desde su punto de vista el brillo indirecto del sol a través de gruesas cortinas mostraba a un muchacho de cabellos rubios con el torso desnudo sentado en una cama mientras la dueña de la mansión se encontraba sentada de una manera comprometedora sobre su regazo, su cabeza descansando sobre su hombro, como si esperara algo.
Jake se había convencido de que su mente le jugó una broma y que lo que escuchó no fue de importancia, quiso desearle a su amigo buena suerte con la mujer que tenía encima de él.
Pero todos sus procesos mentales lo obligaron a abrir los ojos con sorpresa y a silenciarse con una mano al ver cómo la delicada boca de una cantante se hizo más grande, adquiriendo varios dientes que ningún humano debería tener, y viéndola enterrarse en la piel de su amigo.
Finn no gritó pero era claro que le había dolido sentir las docenas de dientes introducirse en su piel. Debía estar acostumbrado porque la expresión sólo llegaba al grado de molestia, no de herida mortal.
Jake no notó eso último pero sí pudo ver con claridad una reluciente hacha siendo sostenida por uno de los caballeros huecos que hacía guardia en el pasillo. Sin pensarlo mucho, tomó el hacha, ignorando su peso, y corrió hacia donde estaba el par.
Pateó la puerta sin mucho decoro, sorprendiendo a ambos. La vampira fue la primera en notar el filo del hacha y la detuvo con sólo un par de dedos. Sin importar cuanto lo intentara, Jake no podía mover el arma de su sitio.
En un par de segundos Marceline había decidido deshacerse de la persona que recientemente los atacó a ella y a su almuerzo. Le chuparía la sangre y evitaría que Finn sufriera de anemia por otra tarde.
Al abalanzarse hacia el segundo rubio en la habitación, no pudo distinguir a la otra figura que la interceptaría a mitad del aire, llevando a los tres al suelo; con una hambrienta vampira mordisqueando el brazo del humano que trataba de evitar que su amigo alcanzara el hacha que había sido descartada.
Después de utilizar rápidamente el botiquín de primeros auxilios y de explicar la situación, Jake decidió tranquilizarse al igual que Marceline. Aunque a ella no le preocupaba en nada la supuesta amenaza que representaba el hermano de su lacayo.
— ¿Sabes que si sigues asustándote ella seguirá con la rutina? — musitó Finn en medio de otra perezosa mordida.
— Tranquilo, carnal. Ya me di cuenta que mi miedo hacia ella es infundado —respondió Jake con orgullo —. Sí, es un monstruo que sólo creí que conocería en mis pesadillas pero también es muy simpática. Ten fe en mí, compadre.
Mientras hablaba no pudo notar a la pálida alumna que se acercó a él y que se había enroscado en su cuello de manera amenazante pero suave.
— Hola, Jake. Tengo sed y necesito beber sangre, ¿qué dices?
Está demás decir que el grito de terror absurdamente agudo del rubio hizo un eco en la cafetería que duraría semanas en ser olvidado por el estudiantado.
Reflejo
— Sólo digo que el hemisferio de la Luna que apunta hacia el Sol siempre está iluminado, pero ése lado iluminado no siempre apunta hacia la Tierra. Por lo tanto, la luz de la Luna es básicamente el reflejo de la luz solar almacenada y transmitida hacia nuestro planeta. ¿Cómo es que la luz de la Luna no te chamusca como la del Sol?
— ¿Acaso yo te interrumpo mientras comes?
— Me estás chupando la sangre. Creo que es justo que me dejes hablar todo lo que quiera.
—…La próxima morderé más cerca de la garganta.
Bandeja
Yo no duermo muy bien que digamos. Por alguna razón siempre tengo problemas para conciliar el sueño. Puedo permanecer días sin dormir, después de todo así es como logro ir a la escuela, pero sin un par de horas de sueño de vez en cuando no me creo capaz de continuar con la rutina a la que yo misma me he impuesto por enésima vez.
No hay mucho que pueda hacer en esos casos, es muy difícil que me canse y siempre es difícil encontrar algo nuevo que hacer. Supongo que la carga viene con tener que ser un vampiro.
Cierto día que comía de mi platillo favorito. Finn apareció con un horrible hedor por sus actividades en los clubes, debido al hambre no pude notarlo hasta que me pegó de lleno en las fosas nasales, los dos pares que tengo.
Caí de inmediato y no supe que fue de mí por bastante tiempo. Desperté irritada sólo por mis pensamientos, mi cuerpo difería pues éste estaba descansado y sin ningún rastro de necesitar de aquellos famosos cinco minutos más.
Era la primera vez que despierto en el sofá y la primera vez en muchísimo tiempo que no tenía idea de la hora. El que el reloj marque las '6:15' no ayuda absolutamente en nada y obviamente no puedo abrir las cortinas sin temerle a un saludo del sol.
Al revisar mis alrededores puedo ver a lo lejos una vela extinguida y en la mesa de enfrente una nota doblada. Sin importar la venganza de Finn, me atreví a leer la nota y a devorar las sombras de unas cerezas que estaban a su lado.
"Dormiste como tronco y no me soltaste hasta que pasaron algunas horas. Come algo.
P.D.: No deberías faltar un segundo día a clases."
Mis notas son casi perfectas, no creo que sea necesario que me lo diga.
Lo extraño fue que, me sentí de maravilla ese día. No puedo resumir ese sentimiento de energía y serenidad en una sola palabra. Tal vez sí exista una pero ahora no la recuerdo.
¿Qué fue diferente en ese día?
