No, no pueden reclamarme, salir de fin de semestre sin reprobar es más difícil de lo que parece.

Disclaimer: Cazadores de Sombras y sus personajes no me pertenecen, todo es obra de Cassandra Clare. Esta obra es ficticia, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.


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Si dejaba de lado los gemidos que se escuchaban probablemente el departamento estaría completamente silencioso, pero esos sonidos eran una buena forma de evitar el molesto silencio.

Aunque se suponía que yo no debería de estar ahí. Sabía, sin necesidad de ver el reloj, que ya era bastante tarde; probablemente la cena en casa de los padres de Alexander ya había empezado desde hace unos minutos. Pero no era mi culpa, yo había tratado de ser puntual para no recibir los regaños del menor, era culpa de la persona que estaba frente a mí, entre mis brazos, gimiendo cada vez que mis dientes encontraban un lugar sensible en su cuello.

Realmente había tratado de llegar puntual a esa cena. Era una lástima que no hubiera podido cumplir con mi palabra.

Sentí la forma brusca en que una mano se posó en mi cabeza y, enredando los dedos entre las hebras de cabello, tiró de mi cabeza, ese acto me obligó a gruñir y morder con más fuerza el pedazo de piel que había entre mis dientes. Y el nuevo gemido que escapó de sus labios logró que mis piernas temblaran. Mis manos comenzaron a desabrochar mi pantalón para después tratar de hacer lo mismo con la ropa de mi contrario, pero fui detenido por sus manos sobre mis muñecas.

–Son las diez –murmuró en mi oído.

Sonreí sin verlo, mi lengua trazó un camino ascendente desde su cuello hasta el lóbulo de su oreja.

–Pueden esperar unos minutos más.

Me solté del agarre y me encargué de masajear su entrepierna por sobre la ropa, no era lo mismo, no podía acariciar su piel con mis dedos, pero, al menos lo convencería de que la cena no era tan importante.

Porque realmente no quería ir.

–Magnus –soltó en un gemido. Echó la cabeza hacia atrás y terminó golpeándose con la puerta–. Detente.

Un ronroneo escapó de mis labios.

–Es gracioso que tu cuerpo niegue por completo tus palabras.

Me encargué del cierre de su pantalón e introduje mis manos dentro de su ropa interior. Soltó un quejido de satisfacción, se mordió los labios y cerró los ojos con fuerza. Pude haberme venido con solo ver esa mueca de placer en su rostro.

–Idiota –susurró, sus manos comenzaron a moverse, trazando suaves círculos en mis caderas.

En comparación, esto era mejor que ir a una estúpida cena de fin de año. ¿Quién quería ir a una fiesta para celebrar el fin de año en ese momento?

Sus dedos acariciaron con torpeza mi piel, bajaron zigzagueando hasta llegar a mi ropa interior, jalaron la prenda sin delicadeza y se adentraron con cuidado. Sus manos no eran suaves, no eran delicadas y no tocaban con parsimonia; realmente me encantaban sus manos, en especial cuando hacían ese tipo de trabajo sobre mi anatomía.

De mi boca salieron un par de gemidos ahogados, los cuales traté de apagar besándolo. Mis manos dejaron de acariciarle, se posaron sobre la puerta, a cada lado de su cabeza; mi boca se apoderó de la suya, mordí sus labios de la misma forma que él mordía los míos; acorté la poca distancia que aún quedaba entre nosotros y moví las caderas, sus manos entendieron el mensaje, trataron de abarcar el espacio entre ambas erecciones y juntarlas.

–Buen chico –susurré sobre su boca.

Mis caderas se movieron con fuerza, él recibió cada estocada con gusto, su cuerpo haciendo crujir la madera de la fuerza, su cabeza golpeándose cada que usaba más fuerza de la que esperaba.

Adoraba la vista que me regalaba, su cabello pegándose a sus sienes, el sudor recorriendo su cuello, sus labios rojos y abiertos, esperando por los míos, las marcas moradas en su piel, sus ojos nublados, su ropa desacomodada, su cuerpo tembloroso, sus gemidos suaves y cortados. Valía la pena llegar tarde a la cena de Alexander.

Una de mis manos dejó de recargarse en la puerta para tomar posesión de su cadera, marcándole el ritmo que yo quería seguir. Su mano, la que no atendía nuestros miembros, se alzó y atrapó mi cuello, me jaló con fuerza para volverlo a besar. Solté un ahogado gemido en sus labios, él absorbió aire por la nariz y profundizo el beso, sus dientes chocaron con los míos, su lengua se enredó con la mía y sus gemidos se combinaron con los míos.

–Más rápido –gruñó, mordiendo mis labios en el proceso.

Se lo di todo, tal como me lo pedía así se lo daba.

Y le gustó, lo suficiente como para correrse.

Y me gustó, lo suficiente como para seguirle y correrme en su mano.

Dejó un par de mordidas en mi cuello, con su respiración errática y sus suaves quejidos producto del orgasmo. Mi cabeza reposó en la madera de la puerta, mi pecho inflándose y aplastándolo por unos segundos para después retraerse.

–Te dije que te gustaría.

Gruñó en respuesta, sus dedos se enterraron en mi cadera y después subieron hasta mi pecho para empujarle, quería su espacio. Sonreí y me negué por un momento para después darle el espacio que pedía.

–Eres un idiota –dijo acomodándose la ropa.

Tenía los pantalones caídos hasta los muslos, la camiseta manchada y tironeada de la parte baja mientras que el cuello estaba mojado.

No pensé que mi plan fuera realmente a funcionar.

–Parece que te desacomodé un poco la ropa.

Se acomodó el pantalón para después dirigirme una mirada llena de reproche, sus ojos, los cuales habían estado nublados hace unos momentos ahora eran claros, tenían ese hermoso tono azul natural que me encantaba.

–No me mires de esa forma –dije acercándome a él, colocando mis manos sobre sus mejillas y acercando mis labios a los suyos–. Acepta que te encantó, Alexander.

Rodó los ojos, acortó la distancia entre nosotros y después me empujó para ir hacia la habitación.

–Quiero que te cambies esa ropa, iremos a la cena –gritó antes de irse por fin.

Miré el reloj en lo alto de la pared, ya era lo suficientemente tarde. Me acomodé la ropa y me decidí a seguirlo. Presidente Miau estaba desaparecido desde la mañana, su plato de comida estaba lleno e intacto. Solté un bufido, mi primer plan para llegar tarde era usar a mi gato y llenar la ropa de pelos, aunque eso me afectara a mí también.

Cuando entré a la habitación Alexander estaba desnudo, poniéndose ropa interior limpia, habíamos arruinado la otra. Me acerqué a la cama y lo observé mientras elegía otra ropa.

–Ya es tarde para ir, Alexander.

Se dio la vuelta, se estaba abrochando el nuevo pantalón y sonreía de lado, con una sonrisa gatuna, una que muy pocas veces llegué a verlo usarla.

– ¿Sabes, Magnus? El reloj de la sala pudo haberse descompuesto y atrasarse una o dos horas.

Fruncí el ceño al entender sus palabras.

–Eres un maldito…

–Tú empezaste –me cortó–. Ahora cámbiate, tenemos suficiente tiempo para llegar a la cena.

Me dejé caer a la cama, gruñendo en el proceso, lo escuché soltar una risa. Unos minutos después sentí el colchón hundirse y el pesó de Alec sobre mis muslos. Instintivamente mis manos se posaron en su cadera. Él inclinó su cuerpo y dejó un beso en mi mejilla mientras desabrochaba mi ropa.

–Vamos, Magnus.

–No quiero ir –exclamé deteniendo sus manos–. Es solo una cena, ¿No podemos faltar?

–Es una cena con mi familia…

–Tu familia me odia.

Lo vi sonreír, porque sabía que era cierto y de alguna forma le divertía cuando yo sacaba ese tema a colación.

–Solo les caes un poco mal –dijo, retomó su tarea de desabrochar mi ropa–. Pero es tu culpa.

– ¿Mi culpa?

Me sonrió, sus manos abrieron la camisa y la jalaron para tratar de sacármela.

–Tú terminaste conmigo, en año nuevo, eres el peor tipo que puede haber en la vida –exclamó mientras sus manos empezaban a desabrochar mi pantalón.

–Tú te besaste con tu hermano.

Sus dedos se enterraron en mi piel y sus uñas se incrustaron con dolor.

– ¿Cuántas veces debo explicarte que yo no lo quería?

Solté una risa, él me jaló para enderezarme y tratar de quitarme la camisa sin romperla por el esfuerzo.

–Pero… –continuó él mientras se levantaba e iba en busca de una nueva camisa–. Al final volví, no como otra persona que solo se encerró en su departamento.

Bufé y me levanté de la cama. Caminé hasta llegar a él y poder quitarle la camisa de las manos para vestirme. Mi pantalón, a diferencia del suyo, había sobrevivido a la diversión que habíamos tenido.

–No tenía ganas de salir, ¿Es un pecado quedarse en casa?

–Lo es –dijo sonriendo–. En especial si es por una persona.

Rodé los ojos y solté un bufido. Salí de la habitación mientras terminaba de arreglar mi ropa. La bola blanca de pelos que tenía por mascota cortó mi paso mientras iba corriendo hacia su plato de comida. Lo miré de mala manera pero ni siquiera se dio cuenta de mi presencia.

– ¿Ahora apareces? –susurré entornando los ojos–. Te necesitaba hace horas, ingrato.

–Deja de molestar a Presi.

Alec estaba poniéndose un abrigo negro que, por muy extraño que pareciera, no tenía hoyos ni tenía aspecto de haber salido de un bote de basura.

–Podríamos quedarnos…

–Magnus –me cortó al instante–. Solo serán unas horas.

–Voy a molestarte hasta que lamentes haberme llevado a esa cena.

Sonrío, rodó los ojos y se dirigió a la puerta haciéndome una seña para que lo siguiera. Realmente quería hacerlo arrepentirse de esa decisión.

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El padre de Alexander me miraba como si quisiera que me cayera en un pozo y me rompiera más de cincuenta huesos; y no ayudaba el hecho de que su copa de vino siempre estuviera llena, o que se acabará todo el líquido en cuanto su mirada se cruzaba con la mía. Su madre solo me miraba con ligera desconfianza, pero no parecía querer tomar uno de los cuchillos que se exhibían en la sala y enterrármelo en la cabeza.

Alexander estaba hablando con sus hermanos, sus padres intercambiaban unas palabras con los invitados de la familia. Yo solo podía mirar la chimenea, en especial los pedazos de madera quemándose lentamente.

El hermano menor de Alec se sentaba a mi lado, tenía la cabeza agachada y los labios apretados, en sus lentes se reflejaba la pantalla de su celular, casi podía ver a Mario recolectando monedas doradas sin necesidad de ver la pantalla del aparato. Sonreí ligeramente por eso, porque hubiera dado lo que fuera por tener un juego a la mano con que distraerme.

La madre de Alexander se levantó y se encargó de recolectar el par de botellas de vino vacías, la hermana le dio un beso en la mejilla a su novio y se levantó para ayudar a su madre con las cosas. Alexander siguió platicando con su hermano, su padre seguía matándome con la mirada cada par de minutos, el hermano menor seguía jugando con su celular, y yo ya estaba aburrido de ver la leña quemarse. El reloj encima de la chimenea decía que faltaba poco para la media noche, solo unas pocas horas más para que mi sufrimiento terminara.

Alexander volteó a verme, me sonrió, con las comisuras de sus labios arrastrándose con suavidad, en respuesta enarqué una ceja y le regalé una seña para que volteara a ver a su padre. En cuanto su vista se despegó de mi y fue a posarse sobre su padre sus mejillas se colorearon ligeramente, se mordisqueó el labio inferior para después levantarse del sofá. Pasó frente a mí, sus dedos rozaron por un momento mi brazo, y siguió su camino.

Me tomé unos segundos, di una última mirada al padre de Alec, el cual aún me miraba con ganas de matarme, me levanté y me fui directo a seguir a mi novio. La madre de Alec y su hermana regresaban en ese instante, cuando salí de la sala me encontré con el pelinegro, recargado en la pared frente a las escaleras. Me le acerqué sonriendo y terminé posándome frente a él.

–Tu padre me odia.

Él soltó una risa y yo gruñí en desacuerdo.

–Tengo que darte la razón esta vez –aceptó sin dejar de sonreír.

Posé mis manos sobre su cintura, acorté la distancia entre nuestros cuerpos y rocé sus labios con sutileza.

–Vámonos.

Escuché el sonido que su sonrisa hizo, ese característico bufido que soltaba por la nariz mientras sus labios se extendían formando una suave y linda sonrisa. Me encantaba que hiciera eso.

–No podemos irnos, solo faltan unos minutos para que sea media noche.

Bufé y junté mis labios con los suyos por un momento.

– ¿Quieres que vuelva a terminar contigo en año nuevo?

– ¿Será nuestra tradición de cada año?

Ambos soltamos una risa y por un momento creí que no estábamos en la casa de sus padres, que nadie en ese lugar me odiaba y que el hecho de que ambos recordáramos aún la situación de hace unos años no nos afectaba en nada. Se sentía bien estar de esa forma por unos segundos.

–Vámonos de aquí.

En cuanto terminé de decir eso escuché la botella nueva siendo descorchada y en seguida la televisión anunciando la cuenta regresiva.

–Solo faltan unos segundos.

–Por favor, el próximo año nos quedaremos –dije frunciendo los labios–. Te lo prometo.

Lo miré por unos segundos a los ojos, él me sostuvo la mirada, sus manos llegaron en algún momento a mis mejillas, sostuvo mi rostro y sonrió abiertamente. Una de las sonrisas que me gustaban, de las que le iluminaban el rostro y sus ojos brillaban.

–Nunca vas a cumplir esa promesa, ¿verdad?

Le sonreí y en lugar de contestar volví a acortar la distancia para juntar nuestros labios. Cuando nos separamos él seguía sonriendo, sus ojos se movieron señalando la puerta, solté una suave risa y lo jalé, recorrimos el pasillo con cuidado, tratando de no alertar a sus padres. Me encargué de tomar los abrigos mientras él abría la puerta, cuidando de no hacer demasiado ruido para evitar levantar sospechas. Cuando salimos lo tomé del brazo y lo obligué a correr para cruzar la calle, antes de que un auto pudiera arrollarnos.

Esperamos hasta haber salido de la calle para poder parar y ponernos los abrigos de forma correcta. Teníamos la respiración agitada y una boba sonrisa en nuestros rostros. Solté una risa y lo tomé del brazo para comenzar a caminar, Alec se dejó hacer, sin dejar que la sonrisa en su rostro se extinguiera. Cruzamos la calle para ir directo al parque cercano.

–Estás consciente de que mi padre te odiará aún más, ¿verdad?

–Puedo soportarlo, siempre y cuando no tome uno de esos bellos cuchillos que exponen en la sala.

La risa ahogada de Alexander fue opacada por un auto que pasaba en ese momento por la carretera. Mi mano serpenteó hasta que mis dedos tocaron los suyos y pudimos entrelazarlos.

–Este año no terminamos –comentó Alexander con burla–. Creo que empezamos un nuevo ritual.

– El ritual de no terminar en año nuevo –dije sonriendo–. ¿Entonces podemos terminar en Halloween?

Alexander me golpeó con su pierna, y fingió bufar como si realmente le hubiera molestado mi comentario. Aunque sabía que ya no le importaban mis comentarios de ese tipo. Sus dedos estrujaron los míos por un momento.

Seguimos caminando por el parque casi vacío, aunque parecía el año en que la gente quería salir a pasear para celebrar año nuevo. Y aún después de varios minutos no habíamos recorrido ni la mitad del parque para poder llegar a casa, y se estaba haciendo cada vez más tarde. Suspiré y recargué ligeramente mi peso en el cuerpo de Alexander.

–Gracias por haberme dado otra oportunidad, Magnus.

Me detuve, haciendo que Alec se detuviera al instante.

–No vamos a hablar de eso de nuevo –él bufó en respuesta–. Tienes que dejar el asunto en paz.

Alexander rodó los ojos y me jaló por el brazo, obligándome al instante a volver a caminar a su lado.

El aire era frío, el cielo estaba obscuro, la ciudad no estaba silenciosa, casi se podía escuchar el murmulló de las personas felices de que un año empezara. Las nubes se juntaban en el cielo, justo en la dirección en que estaba mi departamento, justo lo que menos quería en ese momento, una lluvia amenazándome.

–Es solo… –comenzó Alec. Me encargué de gruñir como advertencia–, a veces es difícil creer que realmente me diste otra oportunidad y que estoy aquí contigo.

–Basta, Alexander.

Soltó un suave bufido como reclamo, pero aún así siguió caminando a mi lado.

En ese momento estábamos a punto de salir del parque, justo en el mismo momento que el cielo se encargó de gruñir como advertencia.

–Pero deberías saber que te di otra oportunidad porque le agradas a mi gato.

Alexander rió por mis palabras.

– ¿Él votó por mí y le hiciste caso?

Cruzamos la calle mientras él me hacia esa pregunta, sus dedos estrujando los míos se sentían fríos.

–Nunca salgo con alguien que mi gato no apruebe primero –comenté al llegar al otro lado de la acera–. Y esta vez aprobó a un chico guapo, debía de aprovechar.

Volvió a reírse de mis palabras pero esta vez incluyó un golpe en mi estomago usando mi mano junto con la suya como arma.

Caminamos tres cuadras en total silencio y yo era feliz, estaba lo suficientemente feliz como para que no me importara lo peligroso que era estar en la calle a esa hora o que el frío empezaba a calarme los huesos. Tardamos un par de minutos más en llegar al fin a mi apartamento, nuestras manos estaban frías aún cuando nunca nos habíamos soltado ni un solo instante.

Subimos las escaleras, Alexander detrás de mí. Lo escuché tararear una suave canción mientras yo buscaba las llaves del apartamento. Cuando al fin logré dar con la llave y abrir la puerta me hice a un lado para que él entrara primero, pero lo único que hizo fue mirarme mientras sonreía. Se quedó parado a unos centímetros de mí.

–Feliz año, Magnus.

Y esa simple frase logró que recordara la forma en que había dicho esas palabras hace tiempo atrás.

Y simplemente no pude evitar tomarlo de las solapas del abrigo y jalarlo para besarlo en los labios. Sus labios fríos que se volvían calientes cuando tocaban los míos, sus manos frías que trataban de robar el calor de mis mejillas, sus quejidos fríos que lograban calentarme.

Todo él era como un pedazo de hielo que necesitaba, pedía desesperadamente, algo de calor. Aunque fuera solo un poco.

Y no podía soportar la forma en que me atacaba el pensamiento de que alguna vez yo lo rechacé.

–Feliz año, Alexander –murmuré alejándome de sus labios.

Por la forma en que me miró, la forma en que me sonrió y me empujó dentro del apartamento, supe que la mejor decisión que pude haber tomado fue darle otra oportunidad.

Me siguió empujando hasta que caímos sobre el sillón, justo frente a la ventana. Acunó mi rostro entre sus manos, me dio un beso en los labios para después abrazarme con fuerza, como si estuviera a punto de caer y yo fuera lo único que podía sostenerlo. Mis manos se elevaron para corresponder el abrazo de la misma forma, para tratar de hacerle sentir que si yo caía el también sería el único que podría sostenerme. Miré por la ventana por unos segundos, sonreí y dejé un par de besos en su cabeza.

–Te quiero –susurré en el tono más débil que pude.

Varios copos de nieve golpeaban la ventana, afuera estaba nevando.


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Oficialmente la serie que más tiempo tardé en acabar. Y sí, voy a ponerme sensible.

Muchas gracias a todos los que leyeron, los que se tomaron el tiempo de dejar un review o agregar esta historia a favoritos, agregarme como autor favorito. Gracias por los que se tomaron el tiempo de compartir esta historia en otros lugares, por no abandonarla aún cuando yo lo hice por largo rato.

Nadie me ayudo en la creación de esta cosa, lo cual es una mierda porque quiero mencionar a alguien. Aún así gracias a todos, me encantaría poner el nombre de todos los que dejaron review aquí pero soy demasiado floja y tengo demasiado que hacer aún para la escuela.

Espero les haya gustado.

¡Muchas gracias por leer!