Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, solo me adjudico algunos personajes. La historia es producto de mi imaginación.

Playlist.

(1). Bruno Mars - Talking to the moon.

Disfruten.


Mi padre me miraba a los ojos y sonreía. Y yo estaba a punto de quebrarme, en serio. No podía verlo así.

—Papá, no digas que es hora de partir. ¿Por qué dices eso? — sollocé.

—Porque siento que todo mi cuerpo se debilita, hijo. — balbuceó.

—Papá. Por favor, sé fuerte.

—¿Qué está pasando? — preguntó una voz familiar, abriendo la puerta. Volteé.

—¿Bruce? — me alegré al verlo.

—Amigo mío. — él me abrazó.

—Él es mi padre. — le dije apartándome de su camino.

—Vaya... usted no se ve nada bien. — le dijo Bruce a mi padre.

—¿Tiene algo muy malo? — le pregunté.

—Edward, sal de la habitación. Por favor. — me pidió.

—Claro. — le dije, yéndome.

Fuera ya estaban Emmett y Rosalie con mi madre. Los miré y les dije un simple 'hola'. Esme me miró con cara rara pero no me dijo nada sobre eso.

—¿Como está? — me preguntó mi madre.

—Él está... no lo sé. Abrió sus ojos y dijo un par de palabras. — le conté sentándome.

—¿Qué es lo que dijo? — Esme se sentó a mi lado.

—Quiere morir, en pocas palabras. Dijo que está listo para partir.

—No... — sollozó mi madre, cubriendo su rostro.

—Mamá, todo va a estar bien. — mi hermano frotó su espalda.

—No llores, mamá. — alcé su rostro.

Ambos nos pusimos de pie cuando Bruce salió de la habitación. Yo lo miré y no sabía porqué, pero algo en su mirada me dio tranquilidad.

—Querida familia. — nos dijo reuniéndonos a un costado del pasillo. — Carlisle está muy decaído y no se siente muy bien.

—¿Él va a morir? — le preguntó sin tapujos el idiota de mi hermano.

—No, podemos prevenir eso. Con algunos medicamentos y vitaminas, Carlisle se repondrá. No hay de qué preocuparse. — dijo Bruce, palmeándome.

—¿Podemos verlo? — le pregunté.

—Él está descansando y yo creo que será mejor que todos se vayan. Menos usted, claro. — le dijo a Esme. —Yo quiero quedarme. — le contestó Emmett.

—¿No oíste lo que dijo? Nadie puede quedarse. — le retruqué.

—Yo haré lo que quiera. — me dijo.

—Idiota. — le dije y mi madre me miró.

—Estas discusiones me parecen fuera de lugar, muchachos. Ninguno puede quedarse. — nos dijo.

—Yo ya me estoy yendo. Mamá, llámame por cualquier cosa

— le dije a Esme, dando la vuelta.

Salí del hospital muy cabreado. Si me quedaba ahí un minuto más, golpearía al bobo de mi hermano. Me hacía enojar con sus idioteces y respuestas de niño. Y al parecer no le importaba estar peleado conmigo.

Cuando iba llegando a mi casa, vi a un chico sentado en mi escalerilla. Bajé de mi coche y me acerqué a él Estaba bloqueando mi entrada.

—¿Te conozco? — le pregunté y alzó su rostro.

—¿Tu eres Edward? — me preguntó poniéndose de pie.

—Sí, ¿tu quién eres?

—Soy Tyler Hamilton.

—Hamilton... — murmuré pensando. —¿Algo de Diana Hamilton?

—Hermano de Diana, para ser más claro.

—Es un placer conocerte. ¿Qué puedo hacer por ti?— le sonreí.

—Necesito hablar contigo. — me dijo. —¿Gustas pasar? — le cedí el paso hacia la puerta.

—Claro. — me sonrió.

No sabía qué quería este chico conmigo. Pero parecía... bueno.

—¿Algo para beber? — le ofrecí.

—No, gracias. — me agradeció sentándose en el sofá.

—Soy todo oídos. — bromeé sentándome en frente.

—Quiero hablar de mi hermana.

—Yo... hace días que no sé de ella. — le dije.

—¿Ustedes se pelearon o discutieron? — me preguntó.

—Algo así. Diana se tomó algo muy en serio y yo le dije que sería mejor dejar las cosas estancadas.

—Últimamente ella ha estado muy mal. Sin apetito, no quiere ver a nadie y eso no me gusta.

—Discúlpame, pero no te entiendo. ¿Qué tengo que ver yo con eso? — me crucé de brazos.

—Está así por ti. Al parecer ella se había apegado a ti, Edward. Y tu ya no la quieres o le que sea.

—¿Se apegó a mí en un día? — fruncí el ceño. — Eso no es normal. No puedes encariñarte con alguien en un día.

—Ella lo hizo. Así que te pido que vuelvas a hablar con ella o que hagas algo. Sé su novio o no sé.

—¿Qué? Yo no haré nada de eso. — le contesté.

—¿No sientes culpa? Lastimaste a una mujer que apenas conocías, le diste ilusiones y ya ni le hablas.

—Eso no me hará sentir mal. Yo no puedo creer que Diana esté tan mal.

—Lo está, se siente fatal. Y si sientes aunque sea un poco de cariño por ella, te pido que la busques. Y que seas su novio si es necesario.

—No seré su novio porque ¡joder! No estoy enamorado de ella.

—A la larga te enamorarás, créeme. — me dijo levantándose. — Tengo que irme.

—Allí está la puerta. — le dije tajante.

¿Quien se creía éste tipo? Venía a mí casa a decirme lo que tenía que hacer. Y en el fondo me sentía culpable. Me sentía mal por Diana porque yo en un momento también me sentí como ella. Rechazado, por Bella en mi caso. Y la verdad era que apestaba. No era nada agradable. Iría a verla, pero no porque su hermano me lo pedía. Sino porque era lo correcto y lo que yo quería.

Me di una ducha y me vestí con unos jeans, camisa y zapatos. Iría a ver a Diana y le propondría ir a dar una vuelta. Yo estaba sólo, ella también. Y yo ya sabía que Bella no regresaría. Así que daba igual.

Antes de ir a su casa, pasé por el centro comercial a hacer unas compras. Le regalaría un lindo vestido y zapatos. Para que usase esa misma noche.

Vi muchos vestidos y como hombre, me gustó uno sólo. Era perfecto. Y unos zapatos a juego no vendrían nada mal.

Después de comprar eso, conduje hasta la casa de Diana.

La casa estaba apagada. Nadie se veía fuera pero seguramente ella estaba en casa. Golpee la puerta con las bolsas en la mano y escuché que alguien correteaba dentro.

Abrió la puerta y su rostro se iluminó. Podía jurar que nunca había visto una expresión tan sincera y clara.

—Edward. — sonrió estática.

—¿Como estás? — dejé las bolsas en el suelo y la abracé.

—Contenta. — apoyó su cabeza en mi hombro y acaricié su cabello.

—Me alegra saber eso. — le dije.

—Entremos. — me dijo cediéndome el paso.

Entré y todo estaba muy prolijo. Había un aroma a chocolate riquísimo.

—Te compré algo. — le sonreí dándole las bolsas.

—Ow, gracias. — me abrazó y tomó las bolsas.

Sacó el vestido y quedó boquiabierta. Se lo apoyó en el torso y dio una vueltita graciosa. Siguió con los zapatos y de verdad que le gustaron.

—Edward, es todo precioso. — me dijo dejando las bolsas en la mesa.

—¿Estás contenta? — le pregunté.

—No quiero ser grosera ni nada de eso. Aprecio el gesto y me encantó todo. Pero lo que más me alegra es que estés aquí. — me abrazó.

Qué dulce. Ella era muy buena y atenta. No le importaba lo material, sólo le importaba mi presencia y eso me ponía muy feliz.

—Quiero pedirte disculpas. — murmuré tomándola por la cintura.

—Disculpas aceptadas. Empezemos otra vez. — me sonrió rodeando mi cuello con sus manos.

—Mi nombre es Edward.

—El mío Diana.

—¿Qué te parece si salimos a dar una vuelta? — le propuse.

—Me vestiré y nos iremos. — rió yéndose a su habitación.

Mientras la esperaba me puse a ver un mural de fotos que ella tenía en su living.

En una foto estaba ella y su hermano. Que eran muy distintos, por cierto. Y en muchas capturas se la veía a Diana con dos personas mayores. Sus padres, pensé. Una mujer muy parecida a ella y un hombre muy parecido a su hermano. Genes idénticos.

—Estoy lista. — canturreó y volteé.

—Te ves... hermosa. — murmuré.

—Gracias. — sonrió haciendo una posturita.

—Vamos, señorita. — le dije tomándola de su brazo.

Abrí la puerta del copiloto para que Diana subiese. Ella me lo agradeció y detrás subí yo. Conduje hasta una disco cercana en la cual habría un baile de parejas. No le dije nada, era una sorpresa.

Aparqué el coche y ella me miró sin entender.

—¿Disco? — me preguntó frunciendo el ceño.

—Ya verás. — le sonreí bajando del coche.

Abrí su puerta y la tomé de la mano. Ella se veía preciosa. Entramos a la disco y todo estaba quieto, tranquilo.

—¿Aquí no hay música? — me preguntó en el oído, Diana.

—Es un baile de música lenta. Tenemos que participar. — le dije caminando hacia un escritorio. En el cual nos apuntaría.

—Yo no sé bailar... Edward. — me dijo tomándome del brazo.

—Quiero que nos inscriba. — le dije a un muchacho.

—Sus nombres, por favor. — me dijo amablemente.

—Diana Hamilton y Edward Cullen. — le contesté guiñándole el ojo a Diana.

—Ya están apuntados. Son los que siguen.

—Gracias. — reí.

(1) Tomé a Diana de la mano y la llevé al centro de la pista. Todas las miradas estaban puestas en nosotros. Esperaban un gran y romántico baile, así que eso haríamos.

—Déjate llevar. Concéntrate en mis ojos. — le dije y sonrió.

La rodee por la cintura y ella lo hizo por mi cuello. Las luces se bajaron y un poco de humo comenzaba a cubrirnos los pies. Diana estaba muy nerviosa y podía notarlo. Me miraba y sonreía. Lo mismo hacía yo. Miraba sus ojos y todo su rostro. Sus labios tan perfectos y definidos. La balanceaba de lado a lado y su corto vestido se flameaba.

—Te ves tan hermosa. — le dije apoyando mi frente contra la suya.

—Te extrañé. — me sonrió aferrándose un poco más a mí.

La gente alrededor se sumaba a nuestro baile. Y la mayoría nos miraba con atención.

Estábamos en una burbuja. Juntos y conectados. Por primera vez al lado de Diana, sentí que nada importaba. Que todo estaba hecho.

Acaricié su cabello y me acerqué a olfatearlo. Nunca pude darme el lujo de oler su cabello largo y rubio. Y olía a jazmín. Era un aroma tan... especial. Parecía una droga. Algo que me acercaba a ella.

Y miraba a sus ojos y sentía que Diana detrás de ese rostro tan angelical y tranquilo... ocultaba errores, problemas.

Y yo estaba dispuesto a saber más y a escucharla, más que nada.

El baile concluyó con un fuerte aplauso. Y sí, ganamos. El premio era un pase en un hotel barato de la zona.

—¿Crees que podamos descansar un momento? — me preguntó Diana, sentándose en el capó del Volvo.

—Claro. — le sonreí sentándome a su lado.

—Edward, ¿porque regresaste? — me preguntó frunciendo sus labios.

—No te entiendo. — le dije mirándola a sus ojos.

—¿Qué te obligó a regresar?

—Nada, Diana. Regresé porque quería empezar desde cero contigo.

—No te creo. — murmuró.

—Créeme, porque es la verdad. Me esforzaré y haré lo correcto.

—¿Qué es lo correcto?

—Aun no lo sé. Pero el tiempo dirá. — le contesté.

—Cambiemos de tema. Cuéntame de tu familia. — me dijo.

—Bueno, tengo a mi hermano Emmett. Y mis padres. Esme y Carlisle. — le conté.

—En mi familia es algo parecido. Mis padres, mi hermano Tyler y yo. — me sonrió.

—¿Como son tus padres? — le pregunté.

—Mi madre es una mujer muy exitosa y hermosa. Ella es conductora del noticiero de Chicago. El CNW. Y mi padre está por el lado de las leyes. Abogado. El mejor abogado de Chicago.

—Vaya, Chicago. — murmuré recordando que hacía unos días atrás yo había estado allí. — Todo color de rosas.

—No te creas. Mis padres y yo nos distanciamos hace años.

—¿Porque?

—Ellos tuvieron un conflicto con una pareja de amigos y yo defendí a la otra familia. Se sintieron traicionados o algo así.

—Qué... complicado. Cuéntame de tu hermano.

—Él vive aquí en Boston y por suerte lo veo casi todos los días. Con él todo está bien. Te agradaría.

—Podría ser. — le sonreí.

—¿Qué has hecho estos días en los que no nos vimos? — me preguntó.

—Emm... — no sabía qué decirle.

—¿Con cuántas te acostaste?

—No soy un tipo que se la pasa teniendo sexo, Diana.

—Tienes pinta de... máquina sexual. — bromeó.

—Pues, no lo soy. Y la verdad es que no me acosté con nadie.

—Bueno, me dejas impactada. — rió palmeándome.

—Mira, una estrella fugaz. — le dije mirando al cielo.

—Pide un deseo. — me dijo y cerré mis ojos. Era extraño. Pero le pedí a esa estrella fugaz que me ayudase a olvidar a Bella.

—Hecho. — le sonreí acariciando su mano.

—¿Qué pediste?

—No puedo decírtelo. — le contesté.

Subimos al coche y se me había ocurrido una idea buenísima. Ir al lago de noche era muy lindo. Conduje hacia el mismo y Diana no entendía ni un poquito la situación.

—¿Qué hacemos aquí? — me preguntó.

—Nos meteremos. — le dije desabrochando los botones de mi camisa.

—¿Estás loco? El agua debe estar helada. — me dijo.

—Gallina.

—No soy una gallina. — me contestó cruzándose de brazos.

—Si no lo eres, vamos al agua.

—¿Tengo que desvestirme?

—Solo si quieres.

Bajé del auto y me quité mis pantalones. Conservé mis calzoncillos y esperé a que Diana se desvistiera.

—Lista. — murmuró. Traía una lencería rosada. Muy bonita.

—Dame tu mano. — le dije y se acercó.

Corrimos juntos y el impacto contra el agua fue... sensacional. Mi cuerpo se congeló entero y debajo del agua enredé mis piernas con las de Diana. Ella tenía sus labios cortajeados por el frío que sentía y temblaba. Con frío, pero juntos. Así nos encontrábamos.

—Ja-jamás había hecho e-esto. — tartamudeó rodeándome por el cuello.

—Siempre hay una primera vez para todo. — le dije.

—No siento mis dedos. — susurró en mi oreja.

—Salgamos. — le sonreí cargándola en mis brazos y saliendo del agua.

La metí en el auto y subí. Ella de verdad tenía frío. Le di unas toallas que tenía ahí y se cubrió todo el cuerpo. Lo mismo hice yo.

—Mis dedos... — murmuró juntando sus manos.

Tomé sus dedos y los llevé a mi boca. Les di mi aliento para mantenerlos calientes. Diana me miró y esbozó una media sonrisa. Le di un beso en su nariz y encendí el vehículo.

Antes de llevar a Diana a su casa, quise visitar mi bar. Quería ver como estaban las cosas por allí. Hacia días que no iba y la verdad estaba algo preocupado.

Nos vestimos incómodamente en el coche y bajamos.

—¿Quieres que te espere aquí? — me preguntó Diana.

—No, ven conmigo. — le sonreí.

Entramos y me quedé... jodidamente boquiabierto al ver mujeres semi desnudas encima de todas la mesas. Bailando sensualmente encima de mi barra y en los sillones.

—¿¡Qué demonios sucede aquí!? — grité tan fuerte que toda la gente me miró.

—Edward. — Phil se acercó a mí y me corrió hacia el lado de la barra.

—Dime qué mierda está pasando. — le dije cabreado.

—Hicimos lo que usted dijo. — me contestó y alcé mis ojos.

—Yo no le pedí nada a nadie.

—Su primo Peter nos dijo que usted quería convertir el bar en un lugar de mujeres.

—¡Hijo de puta! — golpeé la barra con mi puño y Diana trató de tocarme. — Diana, no lo hagas. — la alejé con cuidado. — ¿Donde está Peter? — le pregunté a Phil.

—Aquí estoy, primo. — el cretino estaba detrás de mí.

—¿Qué le pasó a este lugar? — le pregunté mirando a mi alrededor. Realmente enojado.

—Lo arreglé. — rió palmeándome.

—Eres un maldito estúpido. — escupí su rostro.

—Edward, no querrás que te dé una paliza frente a tanta gente. — me dijo limpiando su rostro con un pañuelo.

—¡Imbécil! — le grité dándole una fuerte puñetazo en su mejilla. Caí encima de él y comencé a golpearlo. El logró darme vuelta y ahora él me llenaba el rostro de dedos.

—¡Edward! — Diana me tomó de mi brazo izquierdo y Phil del derecho. Ellos me sacaron de mi propio bar a los empujones.

—Tranquilo. — Diana me acarició la mejilla y yo quería seguir golpeando a Peter.

—Phil, encárgate de sacarlo. — le pedí.

—Lo que digas. — me contestó entrando.

—Maldito idiota. — maldije agarrando mi cabeza.

—Edward, estás sangrando. — murmuró ella, quitándose el fino pañuelo que rodeaba su cuello.

Me limpió la sangre con el mismo y bufaba una y otra vez.

—No debiste golpearlo. — me decía.

—Diana, él se metió en mi bar e hizo lo que quiso.

—Luces terrible. — me dijo mientras seguía frotando las heridas.

—Quiero irme a casa. — murmuré.

—Yo conduciré. — me contestó.

Diana sabía manejar y eso me asombraba. Ella todo el camino hasta mi casa me preguntó si me encontraba bien. La verdad era que me dolía el rostro pero no quería preocuparla.

—¿Te molesta si me quedo para cuidarte? — me preguntó estacionando el coche.

—No es necesario. — le dije bajando del auto.

—Me quedaré. — me calló.

Abrí la puerta de mi casa y caí rendido en mi sofá.

—¿Estas bien? — Diana, asustada, se acercó a mí.

—Estoy mareado. — murmuré entrecerrando mis ojos.

—Curaré tus heridas. — me dijo levantándose.

Al rato, ella apareció con alcohol y algodón.

—No pondrás eso en mis heridas. — traté de sentarme.

—Quieto. — me dijo apoyando el algodón en mi frente.

—¡Arde! — exclamé moviéndome.

—Edward, por favor. — ella estaba muy seria y ponía mucha atención en lo que hacia.

Las heridas supuraban, podía sentirlo.

—Deja de mirarme. — me dijo mirándome. Ya había terminado con el turno de enfermera.

—No puedo. — susurré sentándome. Ella estaba sentada a mi lado.

—¿Y porqué no puedes? — me preguntó acomodando un mechón corto de mi cabello.

—Porque eres muy hermosa y atenta conmigo. Te lo agradezco. — le dije besándola en la frente.

—No tienes que agradecerme nada. Lo hago porque me importas y porque estoy enamorada de ti. — me sonrió.

¿Ella estaba enamorada de mí? Me veía metido en un embrollo. No sabía qué hacer o qué decir. No queria lastimarla pero tampoco me sentía preparado para avanzar. No quería herirla. Otra vez.

—Diana, yo...

—Sé que no estás enamorado de mí. Puedo notarlo en tu mirada.

—No sé qué decirte. No quiero lastimarte.

—Entonces... no lo hagas. — ella me besó en la mejilla.

—Estoy algo cansado. ¿Qué te parece si dormimos? — le propuse, levantándome.

Tomé su mano y la llevé hacia la habitación.

—Ponte cómoda. — le dije desvistiéndome.

—¿Puedo dormir en... ropa interior? — me preguntó quitándose su vestido.

—Eso no me molesta. — le sonreí acostándome en calzoncillos.

Abracé a Diana y ambos nos dormimos profundamente. Ella no roncaba, sólo suspiraba y era gracioso.

En la mañana...

El timbre de la puerta principal sonó y me desperté de un salto. Diana sólo se cambió de postura y siguió durmiendo.

Abrí la puerta y era nada más ni nada menos que Tyler.

—Hola. — le sonreí con la puerta a media abrir.

—¿No me invitarás a entrar? — me preguntó.

—No creo que quieras entrar. No mientras tu hermana esté en mi habitación. — le contesté.

—¿De qué me perdí? ¿Qué hace ella aquí?

—Arreglé las cosas y bueno... se quedó a dormir. Nada de otro mundo.

—Hiciste lo que te dije. — me sonrió.

—Lo hice porque yo quise. ¿Creías que iba a hacerlo porque tú me lo pidieses? — reí.

—¿Qué te pidió Tyler? — me preguntó Diana, por detrás.

—Ya estás despierta. — le dije volteando. Ahora la tenía cara a cara.

—Estoy esperando que alguno de ustedes dos me de una explicación. — dijo abriendo la puerta.

—Hola, hermanita. — él la saludó.

—¿Ninguno de ustedes me dirá qué está pasando? ¿Como se conocen?

—Tyler y yo nos conocimos en mi bar. Y él me pidió que... — no sabía qué inventar.

—Le pedí que me consiguiese una chica para salir. — dijo Tyler.

—Vaya... qué pequeño es el mundo. — dijo Diana, cruzándose de brazos.

—Sí que lo es. — murmuré.

—Dejaré que sigan con lo suyo. Adiós. — nos sonrió el hermano de Diana, yéndose.

Entramos y me veía venir muchas preguntas. Pero ella no me preguntó nada y eso me sorprendió. Quizás y Diana confiaba en mi palabra.

—¿Qué quieres desayunar? — le pregunté.

—Nada, gracias. — me contestó vistiéndose con el vestido de la noche anterior.

—Puedes darte una ducha y usar mi ropa. — le dije.

—Una ducha no me vendría nada mal. — rió metiéndose al baño.

Tomé una taza de café y mi timbre volvió a sonar.

No podía entender qué hacía Emmett en mi casa.

—¿Tú? — le pregunté sin entender.

—Edward, ¿puedo pasar? — me preguntó con los ojos empañados.

—Adelante. — le dije apartandome.

—Quiero disculparme. — murmuró sentándose.

—Emmett. Yo no puedo dejar pasar algo así.

—Hermano, te necesito. — sollozó apoyando sus codos en la mesa.

—¿Qué pasa? — le pregunté sentándome en frente.

—No quiero estar así contigo.

—¿Lloras por eso? — le pregunté.

—No es sólo eso. Raquel quiere quitarme a Sharon. — lloró cubriéndose el rostro.

—Todo va a estar bien. — me puse de pie y lo abracé.

—No quiero perder a mi hija, hermano. — me dijo.

—Eso no pasará. — le aseguré.

—Ella está muy decidida y hasta consiguió un abogado.

—Eso es... malo.

—Yo no conozco a ningún abogado. — bufó.

—Yo... sí conozco a uno. — le dije recordando al padre de Diana.

—¿Quién es? — me preguntó Emmett.

—Es padre de una... amiga.

—¿Es bueno?

—No lo conozco personalmente, pero podemos conocerlo. ¿Es urgente?

—Muy. Edward, todo esto es por Sharon.

Temía decirle a Diana de su padre. Ya que ella no se hablaba con él. Pero mi hermano necesitaba a un buen abogado. Y ella misma me había dicho que su padre era el mejor de Chicago. Me preocupaba lo que iba a pasar con Sharon. Y no sabía qué hacer.


Gracias por leer.

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Espero que les haya gustado. Me gustaría saber qué opinan :)

Anbel.