Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, solo me adjudico algunos personajes. La historia es producto de mi imaginación.
Playlist.
(1). Robyn - Indestructible.
Disfruten.
—Dime que me puedes ayudar, por favor. — me suplicó mi hermano.
—Emmett, haré lo que esté a mi alcance. Te avisaré, lo prometo.
—Tengo que irme, Edward.
—Ve tranquilo. Todo saldrá bien y cuentas conmigo. — lo abracé y lo acompañé hasta la puerta.
—Gracias, hermano. — me sonrió.
Emmett estaba metido en un gran lío y me ponía en su lugar. Él estaba a punto de perder a su hija. A la pequeña y amorosa Sharon.
—Me vestí con esto. Espero que no te moleste. — me dijo Diana, por detrás.
—Te ves... bien. — le sonreí viendo cómo le quedaba mi sudadera y mi jean. Parecía un vestido en su cuerpo.
—¿Hablabas con alguien hace rato? — me preguntó sentándose en el sofá.
—Con mi hermano. Él está metido en un lío y bueno.
—¿Qué tipo de lío?
—Su ex esposa quiere prohibirle ver a su hija. Y él necesita con urgencia un buen abogado. — me senté a su lado.
—Edward, olvídalo. — me dijo levantándose.
—Por favor, Diana. Tu padre puede ayudarnos. — la seguí hasta mi habitación.
—No me hablo con él. Las cosas no están bien con mi padre como para andar pidiéndole favores.
—Si tú no quieres hablar con él. Está bien. Pero entonces sé buena y dame su número así yo puedo comunicarme.
—Le dices que es de mi parte y te mato. — me dijo.
—Ten, anótalo en mi móvil. — le di mi celular.
Marcó el número y me lo devolvió.
—Está llamando. — me dijo y salió de mi cuarto.
—¿Hola? — una voz muy seria y masculina al otro lado.
—Hola. — le contesté.
—¿Quien eres? — preguntó con soberbia.
—Mi nombre es Edward y estoy buscando un buen abogado.
—Lo siento, muchacho. Tienes que tener una cita conmigo. Las cosas no funcionan así. — y me colgó.
Qué... brusco. Parecía un tipo duro y frío. Me había hablado casi de mala manera. No seguiría insistiendo.
—¿Qué pasó? — me preguntó Diana, mientras yo salía de mi habitación.
—Me dijo que él no trataba esos asuntos por teléfono.
—¿Qué piensas hacer?
—Viajar a Chicago y tratar ese asunto en persona.
—¿Viajarás a Chicago? — ella arqueó sus cejas.
—Sí. Mi hermano necesita ayuda y es urgente. Haré lo que sea por él y por mi sobrina.
—Te acompañaré. — me sonrió.
—Diana, si tú no quieres... puedo ir sólo.
—Quiero acompañarte, Edward. — acarició mi mano.
—Bueno. Será mejor que preparemos nuestras cosas. — le dije.
—Tomaré un taxi hasta mi casa y alistaré un bolso con ropa. — me dijo tomando su móvil.
—Te llevaré. — le contesté.
—Olvídalo. Tienes que preparar tus cosas. Puedo irme sola. — abrió la puerta y la seguí.
—Está bien. Nos vemos más tarde. — le di un beso en su mejilla.
Aproveché que estaba sólo y me di una ducha. Con agua bien fría, para despejarme de todos los problemas que me invadían. Conseguir un abogado para Emmett, mi padre en ese hospital y Diana. Las cosas entre nosotros no estaban bien, digamos... sí. Pero no bien al máximo. Ella había estado mal por mi culpa y eso me hacía sentir miserable.
Tampoco podía olvidar el incidente con Peter en mi bar.
Después de ducharme le mandé un mensaje de texto a Esme.
Edward — 12.37
Hola, mamá. ¿Como van las cosas?
Esme—12.40
Hijo, las cosas van mejor. A tu padre le están haciendo un análisis para ver si pueden enviarlo a casa pronto.
Edward — 12.43
Eso es muy bueno. Me pone muy contento que dentro de poco estará en casa. Envíale saludos y dile que lo quiero.
Esme — 12.44
Se lo diré, cariño. Cuídate. Te quiero.
Edward — 12.46
Te quiero más.
Compré los pasajes con destino a Chicago en internet. Me fijé a qué hora salía el vuelo y me puse a preparar mi ropa.
Bermudas, camisas, pantalones, sudaderas, calzoncillos. Todo a mi maleta. Tenía en mente aprovechar el tiempo que pasaría en Chicago con Diana. Estaríamos juntos y sería divertido.
Tomé mi celular y llamé a Diana. Le preguntaría si ya estaba lista.
—¿Hola? — su voz al otro lado.
—¿Como vas con tu ropa? — le pregunté.
—Estoy lista.
—Bien. Estaré en tu casa en unos — miré mi reloj. — diez minutos.
—Estaré esperándote.
Colgué la llamada y cargué mi bolso en el coche. Lo dejaría en el estacionamiento privado del aeropuerto.
Conduje hasta la casa de Diana y ella ya me estaba esperando fuera.
—Hola. — le sonreí bajando del coche y ayudándola con su maleta.
—¿Como estás? — me preguntó abriendo el baúl.
—Bien. — reí subiendo al vehículo.
—¿Como está tu padre? — yo le había contado con posterioridad a Diana sobre Carlisle.
—Él está mejor. Si todo sale bien, saldrá de ese hospital pronto. — le conté conduciendo.
—Eso es muy bueno. — me acarició la mano.
—Sí. Me pone muy contento.
Llegamos al aeropuerto y bajamos todas las cosas. El procedimiento fue bastante rápido. Pasamos por el check in y ya estábamos arriba del avión.
Una hora y media después...
—¿Sabes dónde está tu padre? — le pregunté ya en el taxi.
—Sé dónde están sus oficinas. Puedo acompañarte hasta la puerta. — bromeó.
—Te lo agradeceré. — la abracé.
El taxi nos dejó en la puerta de un hotel. Muy lujoso por fuera. Y por dentro... más.
Pagué con mi tarjeta de crédito una habitación para dos. Un muchacho nos acompañó hasta la misma, cargando nuestros bolsos y maletas.
—Espero que tengan una linda tarde. — nos sonrió el tipo, yéndose.
La habitación contaba con un baño muy completo y una cama matrimonial muy delicada. La pared de color verde era muy linda. Y el suelo estaba alfombrado. Una lámpara vidriosa colgaba del techo.
—Es muy linda. — dijo Diana, mirando a su alrededor.
—Sí que lo es. — reí lanzándome a la cama.
Ella se acercó y se recostó a mi lado. La miré y ella me sonrió. Le hice cosquillas.
—Detente. — rió retorciéndose.
—No lo haré. — le dije subiéndome cuidadosamente encima de su cuerpo.
—¡Ya basta! — estaba tentada.
Me dio un empujón y caí al suelo. Ahora ella se había sentado en mi barriga y me hacia cosquillas.
—Diana. Soy muy cosquilludo. — reí.
—¿Lo eres? — me preguntó tocando mis costillas.
—Si. Por fa... — quise decirle.
—¿Qué fue eso? — me preguntó mirándome y deteniéndose.
—Se me escapó un... gas. — le dije con vergüenza.
—¿Una flatulencia? Puedo olfatearla. — rió recostándose encima de mi cuerpo.
—Fue uno pequeño. — bromeé.
—Tendrás que pagar por ese... pedo. — me dijo cerca de mis labios.
—Pedo. — reí tentado.
—No sabía qué decir. — rió dándome una palmada en mi pecho.
—Pagarás por eso. — la alcé en mis brazos. Su cabeza estaba en mi espalda y sus piernas colgaban hacia delante.
—¡Suéltame! — exclamaba pataleando.
La metí en la tina y tomé la regadera. La mojé con el agua y ella reía.
—Eres muy malo. — me dijo luchando para poder mojarme.
La abracé muy fuerte y nuestros rostros estaban tan cerca que podía darle un beso. Su musculosa blanca se había puesto un poco transparente por el agua y su sostén negro se notaba más.
No me animé a besarla. Sinceramente, no me animé. No sabía el porqué de mi timidez y mis nervios en ese momento. Ella estaba esperando que algo sucediese, pero yo no pude concretar ese beso.
—Tengo frío. — murmuró mirando mis labios.
—Te dejaré sola y así puedes ducharte. — le contesté soltándola.
—Está bien. — me sonrió.
Salí de la bañera y me sequé con una toalla por encima de la ropa. Cuando estaba sólo en la habitación me quité la ropa y me coloqué un calzoncillo seco. Encima me puse unas bermudas y dejé mi torso desnudo.
Encendí un cigarro y salí a fumarlo en el balcón. Me senté en una banqueta y aprecié todo el lugar. La ciudad de los vientos tenía edificios preciosos y altos. Un deleite a los ojos. La gente vivía muy contenta allí. Se notaba a simple vista.
Me levanté y corrí hacia dentro cuando mi celular sonó. Lo tomé y salí al balcón.
—¿Phil? — contesté dando una pitada.
—Hola, Edward. — me saludó.
—¿Como estás? — le pregunté.
—Bien, por suerte. ¿Tú?
—Fuera de la ciudad por unos días.
—¿Donde estarás?
—Estoy en Chicago. Tengo un par de problemas y asuntos que resolver.
—Quería contarte un poco lo que pasó la otra noche. Con Peter.
—Cuéntame. — di otra pitada a mi cigarrillo.
—Lo saqué a patadas de tu bar y a todas las mujeres las eché con sutileza. Quiero disculparme por haberle creído. Y si quiere despedirme, hágalo de una vez.
—¿Despedirte? ¿De qué hablas, Phil? No haría algo así. Te agradezco a ti por hacer eso con él. Y la próxima vez... más cuidado.
—Está bien. Muchas gracias por no echarme. Espero que tengas lindos días.
—Gracias. Adiós. — colgué la llamada.
Terminé mi cigarrillo y me puse a pensar en mi vida. No sabía si era un buen momento para hacerlo o no. Pero me encontraba en un hotel, en Chicago. Buscando al padre de una mujer a la cual había decepcionado de alguna manera y que me gustaba. Buscaba a su padre porque era el mejor abogado y mi hermano lo necesitaba con urgencia. Porque su ex esposa quería quitarle a su hija. Y eso apestaba.
Una noche atrás había tenido un conflicto con mi primo Peter. Había ocasionado disturbios en mi bar. Y eso... también apestaba. Mi padre estaba internado en un hospital y un amigo mío se estaba encargando de él. ¿En eso se basaba mi vida? Sí, en ese momento en eso se basaba mi patética vida.
Había perdido a la mujer de mi vida y eso... dolía. Pero era bueno ser golpeado. ¿Lo era? Claro. Perderla me había hecho más fuerte. Pero no lo suficiente.
—¿En qué piensas? — Diana se acercó por mi espalda.
—En qué haremos esta noche. — mentí.
—¿Qué tienes en mente? — me rodeó por la cintura. La tenía en frente.
—Salir a cenar y después de eso... discoteca. ¿Qué opinas?
—Suena divertido. — me sonrió.
—Creo que voy a dormir un rato. Estoy cansado y tengo que recuperar energías para esta noche. — la besé en la mejilla y entré.
Caí rendido en la cama. Estaba agotado. Y no sólo mi cuerpo lo estaba. Mi mente también.
Cinco horas después...
—Dormilón. — Diana estaba jugando con el vello de mi pecho.
—Estoy... despierto. — murmuré abriendo mis ojos.
—Son las 21.30 y todavía seguimos aquí. — bufó recostándose.
—¿Tan tarde? — pegué un salto y miré mi reloj.
—Es tarde. — me dijo.
—Vístete. Me cambio de ropa y nos vamos. — le dije quitándome mi bermuda.
—Ya estoy lista. — rió dando una vuelta.
—Te ves muy bien. — la halagué.
Me vestí con un pantalón negro y una camisa celeste. Y en mis pies, zapatos. Colonia rica y masculina también.
—Hueles... riquísimo. — me dijo Diana, ya en el coche.
—Regalo de mamá. — le contesté conduciendo.
—Esme debe ser asombrosa. — murmuró.
—Lo es. — le dije.
—Algún día... no lo sé. Me gustaría conocerla.
—Espero que algún día... puedan conocerse.
Aparqué el auto frente a un costoso restaurante. Bajé del vehículo y abrí la puerta del copiloto para que Diana bajase. Tomé su mano y me lo agradeció dulcemente.
Llegamos a la puerta y un muchacho muy elegante nos habló.
—¿Tienen reserva? — me preguntó.
—No. — le contesté.
—Lo siento. Sólo pueden cenar aquí si tienen reserva.
—¿Como es posible que haya que tener reserva? Es una idiotez. — le dije.
—Así son las cosas aquí. — me dijo él.
—Bueno, pues son una idiotez.
—Ya basta, vámonos. — Diana me tomó de la mano.
—En ese lugar deben cenar idiotas. — Edward, podemos hacer otra cosa. —Quería cenar ahí. — bufé apoyándome en mi coche.
—Podemos cenar en algún lugar de comidas rápidas. — me propuso tomándome de la mano.
—¿A dónde iremos? — le pregunté
—Allí. — señaló con su dedo. — Podemos comer una hamburguesa o una salchicha. — rió acercándose al carrito de comidas rápidas.
—¿Qué quieres tú? — le pregunté.
—Una hamburguesa. — rió.
—Yo también.
Pedimos la comida y cuando ya la teníamos nos sentamos en el capó del Volvo. Cenando comida chatarra a la luz de la luna. Súper romántico.
—Tienes aderezo. — le dije a Diana, señalando su boca.
—¿Ya está? — me preguntó limpiándose.
—Déjame ayudarte. — le dije y la ensucié más.
—¡Qué malo eres! — exclamó limpiándose.
—Es una de las cosas que te gustan de mí. — bromeé guiñándole el ojo.
—Claro, seguro. — asintió.
Bebimos gaseosa para bajar la comida y se me había ocurrido algo muy divertido para que hagamos.
Compré en una chocolatería una caja de bombones y caminé con Diana hasta una plaza.
—¿Qué haremos? — me preguntó sentándose en el césped.
—Abre tu boca y cierra tus ojos. — le dije abriendo la caja. — Nos sorprenderemos con los bombones que nos gustan y con los que no.
Abrió su boca e introduje dentro un bombón de chocolate blanco. Relleno con dulce de leche.
—¿Qué tal ese? — le pregunté.
—Es... exquisito. — dijo masticando y abriendo sus ojos.
Ahora me tocaba a mí cerrar los ojos. Cuando sentí el chocolate en mi boca comencé a masticar. Ew, ese bombón era desagradable. Era una trufa bañada en chocolate amargo.
—¿Feo? — me preguntó riendo.
—Asqueroso. — le dije tragando.
Cerró sus ojos y metí un cuadrado de chocolate en su boca. Era relleno con una crema extraña.
—Qué feo. — frunció el ceño y me eché a reír. — ¿Qué te causa gracia? — me preguntó apretando mis mejillas.
—La cara que hiciste. — le contesté acercándome a su boca.
—¿Te pareció divertida? — musitó mirando mis labios.
—Muy. — estábamos tan cerca que sentía la necesidad de darle un beso.
Me miró, tomó un bombón y lo aplastó en mi boca.
—Disfrútalo. — rió levantándose.
—¡Ven aquí! — corrí tras ella.
Correteando por la plaza me sentía como un adolescente. Me estaba divirtiendo con Diana. Y había olvidado por un rato todos los problemas que estaba teniendo.
—¡No me atraparás! — me gritó alejándose.
—¡Eso crees! — aumenté la velocidad.
Corrí un poco más hasta que se encontró acorralada.
—No tienes salida. — le dije vilmente, acercándome al acecho.
—No, por favor. — me suplicó riendo y agachándose.
—¡Te tengo! — la alcé en mis brazos.
(1) La giré y no dejábamos de mirarnos. Ella parecía perderse en mis ojos y yo también lo hacía. Diana estaba siendo tan... perfecta. La noche lo era. Ella me transportaba y eso era increíble. Hacía que me olvidase de los dramas y que me perdiese con ella en un lugar en el cual sólo existíamos... nosotros.
—¿Porqué no dejas de mirarme? — me preguntó.
—¿Quieres saber porqué no dejo de hacerlo? — la bajé y la tomé por la cintura, acercándola a mi cuerpo.
—Dímelo, sin tapujos. — murmuró muy cerca de mi boca.
—Porque no encuentro razón por la cual no hacerlo. — la besé.
Apoyé mis labios contra los suyos y todo el suelo se movió. Sentía que nada más existía. Su cálido aliento despertó todos mis sentidos y me veía incitado a seguir carcomiendo sus labios. Tan carnosos y delicados.
Ella me rodeó por el cuello y jugó con mi cabello. Eso era lo mejor que podían hacerme. Me encantaba y sólo me daban ganas de tenerla más cerca.
—Edward... — susurró en mis labios.
—Necesitaba hacerlo. — le contesté rozando mi nariz con la suya.
—Necesitaba que lo hicieses. — me besó en la mejilla y la solté.
—Vamos. — le sonreí tomándola de su mano.
Encaminé hacia el coche y una vez dentro, conduje hasta una discoteca. Bajamos y entramos sin problemas.
Apenas ingresamos unos muchachos nos ensuciaron con pintura. No nos enojamos porque vimos que era la onda de la fiesta. Parecía muy alocada y divertida la gente que había dentro. La espuma caía del techo y todas las personas empapadas saltaban y revoleaban pintura flúor. Ya estábamos enchastrados.
Ella tenía pintura en el rostro y seguía hermosa. Su vestido a rayas estaba desastroso pero me parecía la más linda. Sonreía y sus dientes resaltaban por la 'luz negra'.
—¿Bebemos algo? — le propuse tomando su mano.
—Claro. — rió.
En la barra pedimos una ronda de tequilas para los dos. Yo tenía ganas de tomar y a ella también parecía gustarle el alcohol. A la cuenta de tres nos bebimos dos shots cada uno.
—¡Dios! — exclamó sacudiendo su cabeza.
—¿Muy fuerte? — le pregunté en su oído.
—Quiero algo más fuerte. — me pidió.
—¿Estás segura?
—Por supuesto. — Rió —Dame lo más fuerte que tengas. — le dijo al barman.
A los pocos minutos el tipo le dio algo que estaba bañado en llamas. Diana no lo pensó ni por un segundo. Se tomó la copa larga en nada. Sus ojos se achicaban y me daba mucha ternura.
—¿Podemos ir a la pista a bailar? — me preguntó y asentí.
Tomó mi mano y me llevó hasta el centro. El núcleo de la fiesta, el punto de ebullición. No quiero exagerar pero varias personas me pisotearon.
Diana saltaba y bailaba muy contenta. Las personas hacían palmas al ritmo de la música y en el aire volaban sudaderas. Agua, espuma, alcohol y mucha tinta colorida. El cabello rubio de Diana estaba rosado, verde y naranja. Era mucha diversión. Y la gente no volteaba a criticar. Sólo bailaban y se divertían entre amigos y amigas. El ambiente era fabuloso.
Unas muchachas con escote pronunciado repartían anteojos luminosos y pulseras coloridas. Diana se veía genial con gafas amarillas. Era una mezcla de colores que la hacían ver más hermosa de lo que era.
—¡Todos saltando! — animó el Dj.
Las personas enloquecían y del techo cayó espuma. Muchas mujeres terminaron en el suelo. Pero sostuve a Diana para que no le sucediese lo mismo.
Hacía calor y la espuma era realmente refrescante. Ensuciaba, pero lo bueno era que la estaba pasando genial.
—¡Necesito beber algo! — exclamó Diana.
—Vamos a la barra. — reí tomando su mano.
Yo me pedí un trago no muy fuerte y ella algo raro. Diana no aparentaba ser una mujer a la cual le gustase el alcohol. Todo lo contrario. Parecía más centrada y seria. Pero me gustaba ese lado divertido de ella.
—Ed-Edward... — me dijo agarrándose de mi brazo.
—¿Qué ocurre? — alcé su rostro.
—Necesito salir de aquí. — balbuceó.
La sostuve en mis brazos y fuera me dijo que se sentía muy mareada. Realmente no sabía qué la había puesto así. Pero la subí en el coche y conduje hasta el hotel.
Ella apenas podía caminar.
—¿Te recuesto en la cama? — le pregunté cerrando la puerta de la habitación.
—Sí, por favor. — me respondió.
Diana estaba con sus ojos cerrados. La desvestí para que durmiese cómoda. Dejándola en lencería. Después de eso fui al baño a orinar. Mientras lo hacía pensaba en qué hacer. Si bañarme o no. Subí mi bragueta y me lavé las manos.
—Lo siento. — Diana en ese momento entró corriendo y se arrodilló frente al retrete. Ella estaba vomitando.
—Tranquila. — tomé su cabello y lo aparté hacía atrás. Se veía fatal.
—Perdón. — balbuceó levantándose.
—No pidas perdón. ¿Quieres darte una ducha?
—No me vendría nada mal. — me dijo agarrándose de mi brazo.
—No sientas vergüenza. — le sonreí desabrochando su sostén.
Bajé sus bragas y la metí en la bañadera. Después de tanto pude ver su cuerpo al desnudo. La enjaboné toda y seguí con su cabello. Las pinturas de colores se iban. Masajeé su cabeza para que pudiese relajarse y lavé su rostro.
Sí, olía a vómito. Pero no me daba asco. Ella me parecía hermosa hasta en ese estado.
—Es hora de dormir. — la sequé.
—Puedo ir sola. — dijo envolviéndose en la toalla.
—No, no puedes. — la alcé y la llevé a la cama.
—¿Te acostarías conmigo? — me preguntó cubriéndose con las sábanas.
—Claro. — le sonreí recostándome a su lado. Acaricié su cabello y cerró sus ojos.
—Gracias, Edward. — murmuró aferrándose a mi pecho.
—No tienes que agradecérmelo. — la besé en la frente.
—Siento mucha vergüenza.
—Todo está bien, Diana.
—Gracias por cuidarme. — apoyó su cabeza en mi brazo.
Ella era tan dulce. La pasaba de maravilla a su lado. Descartando el episodio de la borrachera que me ponía un poco mal por ella. La noche había sido perfecta.
En la mañana...
Me desperté y le serví una copa con agua a Diana. Se la dejé en la mesa de noche con una aspirina.
Mi móvil sonó así que tuve que salir al balcón y contestar para no despertarla.
—Phil. — atendí encendiendo un cigarrillo.
—¿Como estás? — preguntó al otro lado.
—Bien, acabo de despertar. ¿Como están las cosas allí?
—Noche larga, ¿ah? — bromeó. — Por eso mismo te llamaba. Porque las cosas aquí no van... muy bien.
¿Más problemas? No sabía qué otra cosa podía pasar. Al parecer había problemas en el bar y yo no estaba cerca. Al contrario, estaba muy lejos. Y si algo malo sucedía en mí bar... debía preocuparme.
Gracias por leer.
Las invito a que se unan al grupo de Facebook (link en mi bio de fanfiction)
Espero que les haya gustado.
Anbel.
