Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, solo me adjudico algunos personajes. La historia es producto de mi imaginación.
Playlist.
(1). Matchbox twenty - Put your hands up.
Disfruten.
5 meses después...
—Yo creo que será mejor colocar el bufet en aquél sector. — indicó Emmett.
—Suena bien. ¿Estás nervioso? — le pregunté.
—Un poco. Es el paso más grande que daré con Rosalie. Me casaré con ella. — me dijo sin podérselo creer.
—Hermano, estoy feliz por ti. — lo abracé.
—Algún día pasarás por esto. — me palmeó.
—Algun día. — reí.
—¿Donde está Diana? — me preguntó.
—Ella está en su casa. En la mañana se sentía mal. Ahora... no lo sé.
—Si hablas con ella... enviale saludos de mi parte.
—Claro.
Salí fuera del salón en el cual sería la boda de mi hermano. Exactamente en un día. Tomé mi móvil y llamé a Diana.
—Hola, preciosa. — le dije, sentándome en una escalerilla.
—¿Como estás? — me preguntó, con voz de dormida.
—Muy bien, ayudando a Emmett con los últimos preparativos. ¿Tú cómo te sientes?
—Qué bueno. Estoy mucho mejor. Y el novio más hermoso del mundo ¿vendrá a visitarme?
—Claro que iré. Termino unos asuntos y estoy en tú casa.
—¿Algún plan para esta noche? — me preguntó.
—Mi madre quiere que vayamos a cenar.
—Suena divertido. — accedió.
—Te veo en un rato.
—Te quiero. — me dijo ella.
—Yo también. — le respondí.
Acomodé con Emmett las mesas, sillas y demás cosas en el gran salón. El organizador del evento hizo casi todo. Pero mi hermano quería hacer algo, quería participar.
A todo esto, Rosalie se encontraba en la última prueba de su vestido. Aunque yo no era el novio, estaba ansioso por verla. Ella era como una hermana, formó parte de mi familia durante tanto tiempo que era muy importante. No importaban las peleas que podíamos tener, siempre estaríamos bien.
Después de unos últimos retoques, Emmett me mandó a mi casa. Me dijo que agradecía mi ayuda pero que ya estaba bien.
—No olvides la cena de esta noche. — le recordé.
—Claro, es en una hora.
—Exacto. Te veo allí. — lo saludé, ya en mi coche.
Y como ya no tenía nada que hacer ahí, visité a Diana.
Cuando llegué a su casa, entré por mi cuenta. Ella me había hecho una copia de la llave que abría la puerta principal.
—Estoy aquí. — cantureé, cerrando la puerta.
—Enseguida voy. — me respondió y me senté en el sofá.
Encendí la televisión y miré algunos canales. Todos eran aburridos. Sólo podía elegir alguna que otra buena película. Nada más.
—Hola, cariño. — pegó un brinco y se sentó en mi falda.
—¿Todo en orden? — le pregunté, besandola.
—Más que bien. — me sonrió. Y me rodeó con sus piernas por la cintura.
Nos besamos un largo rato. Y ella desabotonó mi camisa. Acarició mis pectorales y besó todo mi cuello. Lo mordisqueó, y lo marcó por completo.
Le quité su blusa y jadeó.
—Qué travieso eres. — susurró, mordiendo mi oreja.
—Tú estás incitandome. — le respondí, mordisqueando sus labios.
—Tendremos que hacerlo. — me dijo lascivamente.
Planté besos húmedos en sus pechos. Y desabroché su fino sostén. Tironee sus pezones con mis dientes y jugué con ambos. Ella arqueaba su cuerpo y así yo podía apreciar sus hermosas curvas.
Bajó por mi vientre y me quitó mi pantalón de un tirón. Me miraba y yo la fulminaba cariñosamente con la mirada. Me ponía demasiado que me mirasen y me hiciesen caras. Y ella no sólo hacía eso. Si no que también jugaba con mis testículos. Los manoseaba por encima de mis calzoncillos. Me recliné un poco y me los quitó. Ahora manipulaba mi miembro erecto con su mano. Qué... sensación. De pronto se lo metió en su boca. Bombeó, bajo rápido una y otra vez.
—Qué bien lo haces. — le dije, colocando mis manos tras mi nuca.
Me guiñó el ojo y siguió bajando. Ella tenía arcadas, aún así continuaba. En otra ocasión ella me había dicho que mi pene era largo y eso le gustaba.
Y eso a mí me hacía sentir como un... amo.
—Fóllame. — me dijo, subiendo por mis caderas.
—Con gusto. — le contesté lascivamente.
La recosté en el sofá y abrí sus piernas. Bajé la falda que traía puesta y jugué con su tanga. La tironeaba con mis dientes y besaba su pelvis.
No tardé mucho para adentrarme en ella.
—Dios. — gimió.
Aumenté la velocidad de mis estocadas, cada vez la embestía con más fuerza y precisión. En la pose en la cual nos encontrábamos se podía apreciar mejor la unión. Mi pene entraba y salía de su vagina. Cada vez más duro.
—Me encanta cuando me lo haces fuerte. — jadeó, mordiéndose el labio.
Bajé mi dedo y masajee su clitoris. Eso realmente la ponía. Ella arqueaba su cuerpo y enterraba su cabeza en la almohada. Razguñaba mi pecho, pero lo aguantaba.
—Acaba dentro de mi vagina. — gimió.
Diana era muy gritona en la cama. Pero eso no me molestaba. Al contrario, me parecía divertido.
En el momento cúlmine, liberé mi semen dentro de su sexo. Mi pecho se aceleró. Al minuto Diana logró su segundo orgasmo.
Casi juntos.
Caí rendido en el sofá. Demasiado cansado. Ella se recostó encima y acarició mi cabello.
—Edward. — me dijo y la miré. —Te quiero tanto.
—Yo también, hermosa. — le di un piquito.
Quise dormirme un rato pero no pude ni siquiera pegar un ojo. Recordé la cena que tenía en la casa de mis padres.
Rápidamente me cambié de ropa. Tenía algunas prendas en la casa de Diana. Asi que me hice con ellas.
—¿Esto me queda bien? — me preguntó mi novia, haciendo una posturita.
—Te ves linda. — la aprobé, subiendo la bragueta de mi pantalón.
Se veía muy hermosa con ese vestido azul. Y los zapatos con brillos le quedaban a medida.
Después de alistarnos partimos hacia la casa de mis padres. Desde que Diana y yo nos pusimos de novios, cenábamos casi todos los fines de semana en familia. Ella frecuentaba menos con su hermano, porque prefería pasar tiempo conmigo.
—Estoy nerviosa. — me dijo, cuando toqué el timbre.
—Siempre dices lo mismo. — reí, tomándola por la cintura.
Esperamos unos segundos y mi padre salió con una copa de vino en su mano.
—Hijo. — me saludó y me dio un beso en la mejilla.
—Hola, papá. — lo palmee.
—Diana. — le sonrió él, abrazándola.
—Buenas noches, Carlisle. — le respondió.
Dentro estaba mi hermano con Rosalie, y me pequeña sobrina Sharon. Diana saludó a todos.
—¡Tío! — corrió hacia mí, como de costumbre.
—Hermosa. — la alcé y la hice girar en el aire.
—Te extrañé. — me besó en la mejilla.
—Yo también, linda. — la bajé.
Saludé a los demás y fui a la cocina con Diana. Ahí estaba mi madre, cocinando una deliciosa carne asada.
—Cariño. — me abrazó. Traía un delantal de cocinera.
—¿Como estás? — le pregunté.
—Muy bien, hijo. Hola, Diana. — Esme le dio un beso.
—¿Como está? — le preguntó ella.
—Tengo calor. — rió mi madre.
—No imagino porqué. — bromeó Diana.
Mi madre salió de la cocina y ahora me encontraba sólo con mi novia.
—Qué bien huele esto. — dije, abriendo el horno y olfateando.
—Todo se ve tan prolijo. — murmuró observando las finas tazas que mi madre guardaba en un mueble.
—Mi madre siempre tiene todo prolijo. — le respondí, sorprendiéndola por detrás.
—Pude notarlo. — volteó y me tomó por el cuello.
La besé desenfrenadamente. Mordí sus labios y su cuello. Ella jalaba mi cabello y lo enredaba en sus manos. La sostuve en mis brazos y la subí a la encimera.
Jadeó y levantó mi sudadera. Acarició mis pectorales y yo hice lo mismo con sus pechos. Sólo que no quite su vestido.
—Ay, dios mío. — murmuró Diana, acomodándose rápidamente.
—¿Qué sucede? — me coloqué mi sudadera, súper rápido.
—Era Sharon. Estaba espiando. — se bajó de la encimera.
—No puede ser. — le contesté tomándola de la mano y saliendo de la cocina.
Sharon llegó corriendo hacia donde estaban todos. Y supliqué que no dijese nada. Pero no fue así.
—¡El tío Edward y Diana estaban poniéndose cachondos en la cocina! — exclamó y todos nos miraron. ¡Menuda niña!
—¡Sharon! — Esme la regañó. — ¿De dónde sacas esas palabras?
—Las películas que ve mi padre. — respondió ella, inocentemente.
—¡Emmett! — le dijo Carlisle.
—Y tú Edward. Ve a un motel o algo. — me dijo mi madre.
—Solo estábamos besándonos. — reí, con vergüenza.
—Estaban por hacerlo. — dijo Sharon, y salió corriendo.
—¡Niña! — la retó Carlisle.
—¡Solo decía! — exclamó ella.
—Qué cosa. — dijo Emmett, yendo detrás de ella.
—Dejala. Yo hablaré con ella. — rió Rosalie. Yéndose.
—Edward, que esto no se repita. — me dijo Carlisle.
—Lo siento. — murmuré.
—Ambos lo sentimos. — dijo Diana.
—Oh cariño. Tu no tienes la culpa de que mi hijo sea tan cariñoso. — bromeó mi madre con Diana.
—Mejor vamos a cenar. — rió mi padre y todos pasamos al comedor.
La cena que mi madre había preparado estaba exquisita. Todo lo que ella cocinaba me gustaba. Nadie nunca superaría el toque que ella le daba a la comida.
Y estar ahí sentado. Rodeado de mi familia y de Diana, me sentía feliz. Sentía que no podía pedirle nada más a la vida. Estaba contento. Pero sólo me faltaba una cosa, a decir verdad... era algo obvio. Yo estaba muy feliz con Diana, realmente lo estaba. Pero sentía que algo... o alguien me faltaba.
—Quiero proponer un brindis. — dijo mi madre, alzando su copa. —Por mi hijo, Emmett. Que va a contraer mañana mismo, matrimonio con esta hermosa mujer. — miró a Rosalie. Quien ya estaba lagrimeando. — Los felicito de todo corazón. Y estoy muy contenta por ti, Rosalie. Gracias por formar parte de esta familia. De nuestra parte... — mi madre tomó a Carlisle de la mano. — los mejores deseos.
—Gracias. — sonrió Rosalie, alzando su copa.
—Hermano, Rosalie, los felicito. — alcé mi copa.
—¡Por mi papá! — exclamó Sharon, y todos chocamos copas.
Emmett iba a casarse y eso me ponía muy feliz. Mi hermano iba a estar con una buena mujer por el resto de su vida. Y sabía que Rosalie lo amaba al igual que él a ella. Cuando se miraban, se perdían. Estaban en su mundo y podía notarse a simple vista.
La cena concluyó con un, 'mañana a las diez en la iglesia'. Rosalie quería que todos fuesemos puntuales. Asi que eso significaba que tenía que dormirme temprano.
Pero no pude dormirme. Diana jugaba con el vello de mi pecho y me hacía cosquillas. Su cama era realmente cómoda.
—¿Como vamos a despertar mañana? — le pregunté.
—Siguiría besandote. Pero terminaríamos haciendo el amor y mañana no podrías levantarte. — suspiró, dándose la vuelta.
—¿Puedo abrazarte? — le pregunté.
—Por supuesto.
La abracé y ambos estábamos en posición fetal.
—Puedo sentir tu pene. — rió, acomodándose.
—Lo siento. Esta noche sólo así lo sentirás.
—Hasta mañana. — me dijo, frotando mi mano que la rodeaba por la cintura.
—Descansa. — besé su cabeza.
Por la mañana desperté antes que ella y le hice una nota.
"Preciosa, antes que todo, buenos días. Te veo en la iglesia a las diez. Cualquier cosa llámame a mi móvil. Estaré ayudando a mi hermano.
Te quiere, Edward."
Partí hacia la iglesia, donde Emmett estaría alistándose. Yo llevé mi traje en el asiento del Volvo, para que no se arrugase. También me vestiría allí.
—Hermano, te noto nervioso. — le dije a Emmett, acomodándole su corbata.
—Lo estoy. Realmente tengo miedo de cagarme en mis pantalones. — murmuró, viéndose al espejo.
—Qué lindas palabras. — reí.
Lo ayudé con su traje y quise hablar con Rosalie. Ella estaba al otro lado de la iglesia. Seguramente mantenía tanta distancia con la habitación de Emmett por eso de que el novio no debe ver a la novia y bla, bla, bla.
—¿Puedo pasar? — pregunté, golpeando.
—¿Edward? — se asomó.
—Sí, soy yo. — le sonreí.
—Pasa. — abrió la puerta y entré.
—Qué linda cuñada tengo. — le dije, sentándome en un sofá cercano.
—¿Me veo realmente bien? — dio una vuelta y su vestido blanco flameó.
—Te ves muy bien. — le respondí.
—¿Puedo preguntarte algo? — me preguntó y asentí. — ¿Crees que algún día pasarás por algo asi?
—¿Algo así?
—Una boda.
—Claro. En un par de años quién dice y puedo casarme.
—¿Con Diana?
—Eso... no lo sé.
—¿La extrañas? — frunció sus labios.
—¿Hablas de...? — quise preguntarle.
—Sí, Edward. Hablo de ella.
—No voy a mentirte. Algunos días la extraño.
—¿Y porqué estás con Diana si aún la extrañas? — se sentó a mi lado.
—Este es el punto. Ahora estoy con Diana y soy feliz con ella.
—Creí que era el amor de tu vida. Realmente lo creí.
—Rosalie, lo era. Ella quiso olvidarme y rehacer su vida. ¿Tendría que haberme sentado a esperar como un idiota? ¿Nadie puede entenderlo? También merezco hacer mi vida. Merezco ser feliz.
—Claro que lo mereces. Es que sólo creí que ella aún era el amor de tu vida.
—¿Puedo seguir considerando al amor de mi vida a una persona que prefirió olvidarme?
—Eso quiere decir que con ella todo se fue por la borda.
—Se fue por la borda hace meses.
—¿Pero aún la extrañas? Eso es lo que no entiendo.
—Si, la extraño. Pero eso no quita que lo poco que quedaba entre nosotros se haya ido al carajo.
—Ed, eres más que mi cuñado para mí. Realmente te considero un hermano. Y si tú eres feliz con ella, te apoyaré. — me abrazó.
—¿Tienes algo viejo, algo nuevo, algo prestado y algo azul? — le pregunté.
—Viejo, estos zapatos de la boda de mi madre.
—Preciosos.
—Nuevo, el vestido, por supuesto. Alice me prestó este brazalete y algo azul no tengo. — murmuró, inspeccionándose.
—Tengo estos aretes. — saqué de mi bolsillo una cajita muy fina.
—Edward. — me sonrió.
—Son pequeños pero tienen pequeños diamantes azules. Son un obsequio. — se los coloqué.
—Gracias. — me abrazó.
Esa charla con Rosalie había sido intensa, pero todo lo que le había dicho se lo había dicho en serio. Sin tapujos. Con ella podía hablar realmente sin filtros. Y sabía que podía confiar en Rosalie.
Después de eso me vestí. Un poco rápido porque la hora de la ceremonia se acercaba. Me encontré con Diana en la entrada, que se veía espléndida.
—Hijo, ¿como está tu hermano? — me preguntó mi madre, ya dentro de la iglesia.
—Él estaba muy nervioso hace un rato. — le respondí.
—¿Sharon cargará las alianzas? — me preguntó mi padre.
—Eso creo. — murmuré.
Las personas comenzaron a ponerse cómodas en los banquillos. Emmett ya estaba en el altar y practicaba algún tipo de discurso con su boca. Realmente se veía nervioso. Podía notarlo mejor que nadie porque era mi hermano.
Cuando el piano sonó y los violines prosiguieron, todos nos pusimos de pie. Y todos sonreimos al ver a Rosalie, con ese precioso vestido. Parecía una princesa. Y estaba feliz por mi hermano, porque sabía que él había conseguido una mujer que realmente valía la pena.
Cuando ambos estaban en el altar, frente al sacerdote, mi hermosa sobrina ingresó con las alianzas. Ella llevaba un vestido blanco con detalles en rosa claro. El cabello recogido con hebillas plata y zapatos rosa. Sharon se veía preciosa.
Después de las cursilerías, ambos aceptaron cuidarse en la salud y en la enfermedad. Ya estaban casados.
Las lágrimas y los aplausos no podían faltar, por supuesto. Y sí, lloré un poco. Me emocionó ver a mi hermano en ese altar, besándose con su esposa. Realmente me emocionó.
La recepción duró toda la tarde. Reencontrarme con todos mis familiares lejanos fue... agradable. Pude ponerme al día con los últimos chismes de mis primos. Por suerte Peter no asistió. Abría sido un mal momento y puro drama si él llegaba.
—Qué perfecto es todo. — me dijo Diana, apoyándose en una columna.
—Todo lo es. Y no imaginas qué lindo estará el salón. — le conté, bebiendo vino espumante.
—Rosalie se ve realmente como una princesa. — murmuró, observándola a lo lejos.
—Lo mismo pensé al verla. — le respondí.
Cuando la noche caía, las puertas del salón se abrieron. Todo estaba perfecto. Parecía boda de famosos. Pero no lo era. Era la boda de Emmett, mi buen hermano y su esposa.
Sharon correteaba por todos lados, se divertía y podía notar lo contenta que estaba. Para ella las cosas también eran difíciles. Y aunque era sólo una niña, entendía las cosas. Sua padres separados, eso debía ponerla mal. Creo yo.
—Creo que no puedo comer nada más. — me dijo Jasper, frotándose la barriga.
—Necesito fumar un cigarrillo. — reí, parandome.
—Te acompaño. — se puso de pie.
—Regreso en un rato. — besé a Diana y salí.
El aire fresco de afuera me despejó un poco del ruido que había dentro. El constante bullicio me estaba generando una terrible jaqueca.
—¿Qué tal todo? — me preguntó Jasper, encendiendo un cigarrillo.
—Todo en orden. ¿Qué me dices tú? — le pregunté, dando una pitada.
—Ya sabes, divirtiéndome. — bromeó. — En unos días es tu cumpleaños. — me palmeó.
—Qué felicidad. — le dije con sarcasmo.
—Vamos, hermano. No puede ser tan malo. Tenemos que celebrarlo como cualquier cumpleaños.
—Si insistes... — le contesté.
(1) Dentro, la música movida ya empezaba a sonar. Mis padres bailaban y todos los familiares saltaban. Desde mis tías arrugadas hasta Sharon y sus primas.
En el centro de la pista hicimos una ronda. Alice, Jasper, Emmett, Rosalie, Diana y yo. Girábamos juntos y reíamos. Con los muchachos alzamos a mi hermano y lo lanzamos por los aires unas ocho veces. Hicimos lo mismo con Rosalie. Su vestido se flameaba y ella gritaba como loca. Se veía tan feliz. Al bajarla giró y besó a su esposo.
—¡Te quiero hermano! — abracé a Emmett.
—Yo también. — me palmeó.
Seguimos bailando y bebiendo. Bailé con Diana, con Alice y con mi cuñada. También con Sharon, porque ella se ponía celosa si no lo hacía.
Diana también se colgaba de mi cuello y nos divertíamos. No diría que estábamos ebrios pero habíamos bebido un poco. Estaba algo volado y la gente con sus manos en el aire no me ayudaban demasiado.
Salí a tomar aire con Diana. Era extraño porque nos tomamos de la mano y comenzamos a correr por todo el césped. Nos mirábamos y reíamos como tontos.
—Esa cerveza aún no me puso ebria. — bromeó, abrazándome.
—No quiero que te pongas borracha. ¿Recuerdas lo que sucedió la última vez? — le pregunté, acomodando su cabello.
—Lo recuerdo muy bien. Te quiero. — me besó.
La alcé en mis brazos y torpemente caí. Ambos reímos y nos seguimos besando. Ella estaba bajo mi cuerpo. Acaricié su pierna. Diana me quitó mi esmoquin y quedé sólo con mi camisa.
Acarició todo mi pecho por encima de la tela. Bajé con cuidado la cremallera de su vestido y ahora sí. Planté besos mojados por todo su pecho. Formé un camino desde su cuello hasta sus senos. Cortos jadeos liberaba Diana, razguñando mi nuca. Alborotando mi cabello. Podía sentir como el cesped se adhería a mi camisa y comenzaba a picar en mi espalda.
—Vayámonos de aquí. — jadee, alzándola.
Caminé hasta un árbol y ahí la acorralé. Sabía que no era el lugar adecuado para hacer el amor. Pero algo tenía que hacer.
Aparté la braga de su entrada e introduje un dedo dentro de su vagina. Montó una pierna en mi cadera.
—Rico. — gimió y la callé con un beso.
Bombee mi dedo y toqué su clítoris por dentro. Sabía que si hacía eso, ella sentiría más placer. Ella gemía en mis labios y los mordía. Después de unos segundos introduje un dedo más. Los movía más rápido y podía sentir como sus jugos se deslizaban por entre mis dedos.
Mordisquee su cuello y lo marqué. Jugué con sus pechos por encima del vestido.
—Dios. — jadeó, aferrándose a mí.
Después de ese sacudón, entramos nuevamente al salón. Al parecer nadie había notado nuestra ausencia. Todo seguía igual de alborotado.
Cuando el sol se asomó, todos comenzaron a retirarse del lugar. Lo mismo hicimos Diana y yo. Nos despedimos de mis padres, de los más cercanos y nos fuimos.
La subida de alcohol que tenía se había ido asi que pude conducir hasta mi casa sin problemas. Diana no quiso irse a su casa. Prefirió quedarse conmigo.
Darme un ducha antes de dormir había sido una buena idea. Ella hizo lo mismo. Nuestros atuendos olían a sexo.
En la mañana...
—Tú móvil está sonando. — moví a Diana un poco para que se despertase.
Ella murmuró algo y siguió durmiendo. Pero alguien insistía llamando a su celular y me preocupé. ¿Y si era una urgencia?
—Diana. — la desperté.
—¿Qué ocurre? — bufó, abriendo sus ojos.
—Tu móvil está sonando. — le indiqué, señalando la mesa de noche.
Lo tomó y atendió con voz de dormida.
—¿Bueno? — preguntó, frunciendo el ceño. — Bonita hora para llamar, hermano.
Al parecer era Tyler, su hermano.
—No puedes estar hablando en serio. — dijo ella y la miré.
Algo no andaba bien. A Diana se le llenaron los ojos de lágrimas en un instante. Estaba totalmente inmóvil. Y yo le preguntaba qué ocurría, pero no me contestaba. Tenía algún tipo de shock, o simplemente había escuchado algo no muy bueno.
Gracias por leer.
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Espero que les haya gustado. Me gustaría saber qué opinan :)
Anbel.
