Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, solo me adjudico algunos personajes. La historia es producto de mi imaginación.

Playlist.

(1). The Fray - Be still.

(2). Ed Sheeran - Lego house.

(3). Cat Power - Sea of love.

(4). The Beatles - And I love her.

Disfruten.


—Diana, ¿vas a decirme qué sucede? — insistí.

—Mis padres. — murmuró, ya había colgado la llamada.

—¿Qué...?

—Están en la ciudad. Aquí en Boston.

—Eso es muy bueno. — le sonreí.

—No, no lo es. Mi padre está... internado en la clínica cercana a la plaza.

—¿Qué pasó? — fregué su espalda.

—El tiene algo es su corazón y al parecer no funcionaba bien ayer a la noche. De urgencia lo trasladaron y mi hermano me dijo que podía visitarlo en la clínica si quería.

—Diana. Aprovecha esta oportunidad para solucionar las cosas.

—¿Crees que debo hacerlo? — me preguntó, desorientada.

—Creo que tienes que armarte de valor e ir a por ello. Tienes mi apoyo.

Ella me besó y me dio las gracias. Realmente era una buena persona y merecía solucionar las cosas con sus padres. No tenía porqué estar peleada con ellos.

Creí que era de mañana pero no. Eran las 17hs. y ya estaba sólo en mi casa. Viendo a qué parte de la heladera atacar. Tenía hambre. Y sólo había un pastel de chocolate que Diana había preparado hacía unos días.

Mientras comía el pastel, mi móvil sonó. Era Emmett.

—¿Como está el recién casado? — le pregunté, chistoso.

—¿Como está el que se revuelca en los árboles? — carajo.

—¿Como sabes eso?

—Sharon te vio, besándote con Diana. — menuda niña.

—Es terrible.

—Realmente lo es. No paraba de repetir que sus labios estaban unidos. — rió.

—Tendré que ser más cuidadoso. — le contesté.

—Si no quieres que mi hija te haga quedar mal, tendrás que serlo.

—Lo tendré en cuenta. — reí, sentándome en mi sofá.

—El motivo de mi llamada es tu cumpleaños.

—Hermano, no quiero festejarlo. — le dije.

—Sabes que algo tenemos que hacer. — insistió.

—Falta un día. — recordé.

—Por eso mismo. Creo que no se hablará más del tema. Haré lo que se me pegue en gana y no te consultaré.

—Emmett, eres terrible.

—Adiós, hermanito. — me dijo con picardía y colgó.

Cuando a Emmett se le algo metía en la cabeza, era imposible detenerlo. Estaba seguro de que algo haría por mi cumpleaños.

Más tarde, cuando la noche se acercaba. Diana me llamó por teléfono y menos mal. Porque estaba preocupando.

—¿Como estás, preciosa? — le pregunté.

—Edward, necesito que accedas a algo. Antes de pedírtelo. Quiero que sepas que esto es muy importante para mí.

—Diana, estás asustándome. — le respondí, algo tenso.

—Cena, esta noche. ¿Crees que puedes acompañarme? Sería la oportunidad perfecta para presentarte ante mis padres.

—Yo...

—Edward, por favor. Es importante para mí.

—¿Quieres que vaya?

—Sí.

—Iré por ti.

—¿Puedo pasar por ti en media hora? — me preguntó y miré mi reloj.

—Media hora está bien.

—Te quiero. — me dijo.

—Yo también.

No sabía si era lo correcto pero Diana quería que la acompañase. Y yo como su buena pareja, tenía que ir. Igualmente no me veía obligado. Sólo que no estaba seguro.

Me vestí con unos pantalones oscuros, una camisa roja un tanto oscura y zapatos. Debía lucir elegante frente a los padres de mi novia.

Ella me recogió a las 21hs. en su coche. Realmente lucía nerviosa. No paraba de hablar y de agradecerme. Su lengua se trababa de tanto que hablaba.

—Estoy tan nerviosa. — murmuró, tomando mi mano. Estábamos frente a una puerta de cristal. No tenía idea de dónde nos encontrábamos.

—Estas apretando mi mano sumamente fuerte. — reí, acariciando su mejilla con la mano libre.

—Aprecio mucho esto. Sé que es difícil para ti.

—No es difícil. Es algo... incómodo.

—Si algo te molesta, dímelo. — me besó castamente los labios.

Golpeó la puerta y en unos segundos su hermano nos recibió. Él se mostraba alegre y me saludó con un fuerte abrazo.

—Papá y mamá están en la sala. — le indicó Tyler a Diana.

Con pasos ligeros nos adentramos en la sala de estar. Diana era idéntica a su madre, y su padre lucía muy bien. Hombre de unos 57 años. Poderoso y muy rudo.

—Papá, él es Edward. — me acerqué y nos dimos un apretujón de manos. — Mi novio.

—Es un placer. — le dije, mostrándome seguro y confiado.

—Soy Eleazar. — me respondió, serio.

—Soy Carmen, su madre. — la señora se presentó muy educadamente. Ella parecía menos terrible que el tipo.

—Es un gusto. — le contesté.

Cuando los cinco estuvimos sentados en la gran mesa, sentí nervios. La cena incómoda se acercaba. Su padre me sirvió vino.

—Cuéntanos, Edward. ¿De qué trabajas? — me preguntó sonriente, Carmen.

—En este momento no estoy trabajando. Tengo un bar y a decir verdad estoy enfocado en él.

—¿Trabajaste alguna vez? — ahora Tyler me preguntaba.

—Tengo mi título de nutricionista. — le comenté, metiéndome ensalada a la boca.

—Eso es bueno. — Eleazar me hizo un cumplido. — Lo que no es bueno es que no trabajes.

—De momento no trabajo, señor. — le contesté y me fulminó con la mirada.

—¿Como se conocieron? — me preguntó su padre.

—Ella estaba bebiendo algo en mi bar y me acerqué para conocerla.

—Debí imaginarlo. — dijo en voz baja Eleazar. Pero la verdad era que parecía que lo había dicho con un altavoz.

—¿Qué tiene de malo, papá? — le preguntó Diana.

—Nada. Sólo que conocer a alguien en un bar no es muy romántico. — le respondió él, tajante.

—Claro. Tú debes saber tanto de romances. — le dijo ella.

—No voy a permitirte que me hables de esa manera. — Eleazar se puso de pie.

—Papá, no pretendas buenos tratos de mi parte. — Diana se levantó de la mesa y se fue.

—Cariño, ve a hablar con ella. — le dijo Carmen a su esposo y él asintió.

—De postre preparé unas fresas con crema. — me sonrió, la madre de Diana.

—Suena delicioso. — reí.

La cosa se puso muy tensa cuando escuchamos griterío en la sala.

—¿Has visto la pinta de ese muchacho? — esa era la voz de Eleazar.

—¡Es mi novio y me gusta! — ahora Diana, respondía.

—Entonces tendrás que elegir.

—Papá.

—Ese joven o tu familia. Sabías que quería una mejor vida para ti. En Chicago, rodeada de buenas personas. — le decía él. ¿Acaso yo era una mala persona? Este hombre no me conocía.

—Creo que no me quedaré para el postre. — le dije a Carmen, levantandome.

(1) Me dirigí a la entrada y ellos se encontraban discutiendo allí mismo. Miré a Diana, fruncí mis labios y salí. No podía quedarme ahí. Ella estaba discutiendo con su padre y si me quedaba, iba a patear el trasero de su padre.

Caminé hasta la plaza y tomé un taxi. Algo enojado porque ese hombre no me conocía y me juzgaba como si yo fuese un patán.

Cuando llegué, una terrible tormenta se desató. Esa había sido la cena más corta de todas las cenas de la maldita historia. Y francamente había sido un fracaso. Se suponía que tenía que ser una presentación agradable con mis 'suegros'. Y fue todo menos eso. Eleazar tenía un carácter súper podrido. Y no debía siquiera conocerlo bien para darme cuenta de eso. Se creía poderoso y era un simple tipo.

Esa cena tensa me había cambiado el humor rotundamente. Me acosté y oí la lluvia Eso me gustaba y me relajaba. Pude olvidar el mal rato.

Sólo un momento, porque a las 2am. la puerta principal fue golpeada.

Algo asustado me levanté y abrí. Era Diana. Ella estaba empapada por la lluvia.

—¿Qué sucede? — le pregunté, con mi rostro tenso.

—Te elegí a ti. — murmuró, llorando.

—Diana. — salí, la abracé muy fuerte.

—Te escogí. — se aferró.

Mientras la tenía entre mis brazos, entré.

—Siempre voy a elegirte. — sollozó.

—No entiendo porqué lo hiciste. — acaricié su cabello.

—Llámame estúpida. Pero estoy tan enamorada de ti que soy capaz de elegirte una y mil veces más.

—Diana... — la abracé otra vez. No podía creer que ella había dejado de lado a su familia por mí.

—Lo único que voy a pedirte es que me quieras por lo menos la mitad de lo que yo te quiero a ti. No es por dar pena. Pero estoy sola ahora. — lloró desconsoladamente. Sentándose en el suelo.

—Diana, te quiero. Y lo digo en serio. Estaré siempre para ti, no olvides eso.

—¿Lo prometes? — me preguntó con sus ojos rojos.

—Siempre. — sequé sus lágrimas.

—Creí que las cosas se solucionarían. — cubrió su rostro con ambas manos y se apoyó en sus rodillas. — No me queda nada. ¡No tengo a más nadie! — golpeó su cabeza con sus manos.

—Basta. — la detuve y acaricié su mejilla. — Me tienes a mí. Pase lo que pase, estaré contigo.

—Me quedé sin familia. — me lanzó una mirada triste y por completo, sacudió todo en mí.

—Diana, por favor. — y sí, ahora yo la acompañaba en las lágrimas. — No puedo verte llorar. — la aferré aún más a mí.

—Te necesito tanto. — murmuró y acaricié su cabello para tranquilizarla.

—Aquí estoy. — le contesté.

Cuando los truenos comenzaron a hacerse oír, nos metimos a la cama. Ella no paraba de llorar y la entendía. Había perdido a su familia para siempre, según ella. Pero sólo podía escucharla y darle todo mi apoyo.

—Si te pierdo... Edward. — murmuró, aferrándose a mi cuerpo.

—Eso no va a pasar. — besé su frente.

—Si algo nos separa, estaré sola para siempre. Hasta mi hermano me dio la espalda. — sollozó.

—Diana, basta. — alzó su mirada y se encontró con la mía. — Eres lo más importante que tengo hoy en día. Y no voy a dejarte ir.

—Te quiero tanto. — suspiró. — Cada día que despierto, lo hago pensando en ti. Estás en mi mente todo el tiempo y por eso sé que me importas. Y cuando discutimos, finjo ser fuerte pero no lo soy. Es sólo que quiero ver cuánto puedo aguantar con mi orgullo. Y la verdad es que no llego lejos. Porque puedes conmigo y eres mi debilidad, Edward.

—No quiero ponerme a llorar. — le dije en un ahogado suspiro.

—No tienes motivos. — me contestó.

—De momento no.

—¡Qué idiota soy! — exclamó sentándose en la cama.

—¿Qué ocurre? — le pregunté, sentándome a la par.

—Feliz cumpleaños, hermoso. — se me lanzó encima y me llenó de besos.

—Lo había olvidado. — reí.

—Yo también. — me respondió.

—Gracias, preciosa. — la abracé y dormimos los dos bien pegotes.

En la mañana cuando desperté, tenía un sólo mensaje de texto. Era de mi amigo, Bruce.

Bruce — 10.27

Feliz cumpleaños, Eddie. Te deseo un día increíble. Te quiero y espero verte muy pronto.

Edward — 10.30

Gracias. Eres un gran amigo, espero que nuestra amistad perdure.

Me parecía extraño no tener llamados ni mensajes de mi familia. Al parecer tenían otros asuntos. Y bueno, Diana no estaba a mi lado.

Bastó levantarme e ir a la cocina para ver el delicioso desayuno que me había preparado

—Feliz cumpleaños. — me sonrió, acercándose.

—Gracias. — la alcé y me rodeó con sus piernas.

La senté en la encimera y comencé a besarla lentamente. Esa sí que era una buena manera de empezar el día de tu cumpleaños. Acaricié su pierna y quise subir a su sexo. Pero dejó de besarme.

—No puedo — jadeó.

—No me hagas esto. — bufé.

—Lo siento. Esta mañana desperté y ya estaba indispuesta. — hizo una mueca de tristeza.

—Otro día será. Y va a ser duro.

—No aguanto. — me contestó lascivamente. Mordiendo su labio inferior.

—Desayunemos. — le di un toque en la nalga derecha.

Nos sentamos a desayunar y comencé por la barrita de cereal. Me encantaban. Y para acompañar, jugo exprimido de naranja. Tardé un rato en liquidar todo eso. Pero lo bueno fue que mi estómago estaba lleno y mi corazón contento. Tostadas, chocolates, bombones y demás.

(2) Ella después de unas horas me dijo que lo sentía pero que tenía algo que hacer. Le dije que no había problema. Debía encontrar algo para hacer en la tarde. Y sí. Encontré algo entretenido. Busqué en mi estantería algunos álbumes de fotos familiares.

Abrí uno y en la primera foto aparecíamos mi padre y yo. Él me sostenía en el aire y yo reía. No sé. En esa foto debía tener unos tres años. Carlisle lucía joven y sin arrugas. Volteé la página y otra captura tierna. En ese caso me encontraba con mi hermano. Ambos jugábamos con unos cochecitos de plástico azúl. Nos veíamos adorables y pequeños. Más adelante en otra imagen aparecía Esme sosteniendo a Emmett. Él estaba llorando y ella sonreía a la cámara. Extraño pero tierno. Y la última categoría del álbum era específicamente de mi sobrina. Ella recién nacida y en los brazos de mi hermano. Esa imagen, puedo jurarlo. Me sacó una lágrima. No podía imaginar lo que debía sentirse tener a tu criatura en tus brazos. ¿Quien sabía? Quizás y nunca viviría algo así en carne propia.

Había más de diez álbumes pero uno llamó completamente mi atención. En la tapa decía en letras verdes, 'De jóvenes'. Dentro había fotos de mi madre y mi padre en la prepa. Ellos se veían tan jóvenes y adorables. Él estaba abrazándola en la primera foto. Y Esme estaba alzando una mano como saludando a la cámara. Al otro lado de la página, aparecía Carlisle con un grupo de muchachos. Eran él y el equipo de baloncesto de su preparatoria, creo. Después, mi preciosa madre. Acompañada de su amiga, Caroline. Yo conocía a esa mujer porque hasta hoy en día ella seguía hablando con Esme. Eran muy amigas, ellas se contaban todo y prácticamente era parte de la familia.

Y yo estaba pasando mi cumpleaños número veinticinco envuelto en lindos recuerdos. Los mejores que tenía en mi memoria. Comenzando por los momentos con mi familia. Emmett, mi compañero de travesuras de pequeño. Y compañero de líos de grande. Al igual que Jasper. Amigo que yo consideraba hermano y era más que parte de la familia. Ayudándome, apoyándome y resguardándose siempre. Dándome una mano en todo momento y regañándome como si fuese mi padre, a veces. De casualidad conocí a Alice y se había convertido en una personita muy especial. Al igual que Jasper, apoyándome en mis peores momentos. Rosalie, no podía olvidarme de la preciada esposa de mi hermano. Mujer que nos presentó Emmett una tarde de lluvia. Desde que entró a la sala de mis padres, supe que era la indicada. La correcta para el incorrecto. Eso era Rosalie, la ideal para el atolondrado de mi hermano. Y ella lo ayudó demasiado con Sharon. Con mi pequeña y traviesa sobrina. Esa niña que al nacer cambió la vida de toda la familia Cullen. Mis padres al ser abuelos fueron... extremadamente felices.

Y para Emmett creo yo que fue lo mejor que le pudo suceder. Antes de casarse con Rosalie, por supuesto. Y yo también recordaba a Raquel. Él era el mayor de nosotros dos y claramente, el que más historias tenía. A los veintidós años el conoció a Raquel fueron novios por un año y meses. Ella quedó embarazada y ahí el problema. Emmett estaba contento, claro. Pero lo que se rumoreaba era que Raquel había quedado embarazada a propósito. Él le planteó eso y ella admitió que sí había planeado eso. Que para que él no la dejase, se embarazó y no se cuidó como debía. Mis padres muy enojados se pelearon con los familiares de Raquel y fue una verdadera disputa. Mi hermano no estuvo muy presente durante el embarazo, sólo lo suficiente. Para cuando nació Sharon, Emmett fue el hombre más feliz del mundo. Todos los fuimos. Porque a pesar de todo, teníamos a una niña preciosa a la cuál prestarle atención. Y él ya había conocido a Rosalie y estaban pasando por su mejor momento juntos. Ver a mi cuñada y a mi hermano, cuidando de Sharon... era una imagen encantadora. Parecían una familia y lo mejor era que Rosalie no se había enojado con Emmett por tener una hija con otra mujer. Al contrario, lo apoyó siempre y jamás, jamás, lo dejó sólo. Y adoraba a Sharon. Rosalie la quería como si fuese su propia hija.

(3) Cuando terminé con los álbumes, me di una ducha. Al salir, tenía un mensaje de texto.

Diana — 19.57

¿Como estás, cariño?

Edward — 20.01

Sólo en el día de mi cumpleaños. :(

Diana — 20.03

¿Puedes venir hasta la plaza? Estoy esperándote.

Edward — 20.05

Enseguida salgo hacia allí.

Diana — 20.07

Te estaré esperando.

Me vestí sencillo y conduje hasta la plaza. Estaba anocheciendo y el día de mi cumpleaños... no quería ser grosero. Pero estaba siendo una real mierda. Cero diversión, cero saludos, excepto el de mi novia y el mensaje de mi amigo Bruce.

Cuando llegué y bajé de mi coche, divisé a Diana sentada en un banquillo.

—Buenas. — me acerqué por detrás, con mis manos en los bolsillos.

—Edward. — ella se levantó y me abrazó.

—¿A qué se debe este encuentro en lo oscurito? — la tomé por la cintura. — Creo que ya lo sé. Viniste a lo oscurito a tirarte un pedito.

—Qué asco. — rió, rodeándome por mi cuello. — De hecho, quiero darte tu regalo. — se alejó y tomó una cajita de madera, rodeada por un lazo azul.

Al abrirla, me encontré con chocolates y una carta. Me había parecido muy tierno su detalle.

—No es nada costoso pero creí que esto significaría más. La carta si quieres... puedes leerla. — me dijo, mientras nos sentábamos.

—Gracias, preciosa. — la besé y abrí la carta.

"Feliz cumpleaños, Edward. Hoy cumples veinticinco años y quiero decirte que estás viejo. ¡Bromeo! Estoy feliz de poder haber compartido contigo tantos bellos momentos. Y aunque sólo llevamos algunos meses de noviazgo, quiero que sepas que han sido los mejores de mi vida. Aprovecho esta carta para agradecerte todo lo que has hecho por mi. Sé que te tengo siempre y que puedo contar contigo para lo que sea.

Créeme. Jamás olvidaré cómo nos conocimos, las diferencias que tuvimos en algunos momentos y por nada, nada del mundo... te olvidaré.

Sí. Quizás te parezca la cursilería más estúpida de todas. Pero es la verdad. Me has marcado, aunque no quieras creerlo. Y no me preguntes qué hiciste para llamar tanto mi atención pero así fue. Te vi y con el tiempo me enamoré de ti. No sé si tú sientas lo mismo. Pero si aunque sea sientes la mitad, soy feliz. Y si no es así... finges muy bien.

Sólo quiero pedirte un pequeño favor. No me sueltes, nunca. Yo jamás lo haré. No me olvides, yo jamás me permitiré olvidarte.

Bueno, nada más que decir. Te quiere, Diana."

—Hermosa. — murmuré, abrazándola. — No finjo nada. — la miré fijamente.

—Solo decía. — frunció sus labios.

—Te quiero tanto. — la besé.

—Edward, todo lo que dice ahí es la verdad y lo escribí desde lo más profundo de mi corazón. — una lágrima se deslizó por su mejilla.

—Dime que esas lágrimas son buenas. — las sequé.

—Estoy feliz de estar a tu lado un día como este. — apoyó su cabeza en mi pecho.

—Yo estoy feliz de compartir este día contigo. — besé su cabeza.

Esa carta me había conmovido. Diana era muy tierna y delicada. Tenía las palabras justas. Y yo era afortunado de tener a una mujer como Diana a mi lado. Realmente lo era. Ella me quería y no era sólo un decir. Podía notar que yo le importaba por cómo me miraba y el tono de su voz. Jamás creí ser capaz de entenderla pero después de meses lograba comprenderla. Y podía reflejarme en sus ojos. Allí se reflejaban todos los momentos y situaciones que juntos habíamos vivido.

Pasamos una hora charlando allí. Me contó cómo había ido su día y lo que había hecho. Cuando empezamos a sentir frío, regresamos juntos a mi casa.

Bajamos del coche y tomé su mano para entrar.

—Espera. — me dijo y volteé.

—¿Algo malo pasa? — tomé sus manos.

—Te quiero. — me besó.

(4) Acto seguido, abrí la puerta y entré. Todo estaba oscuro y no encontraba el interruptor de la luz. Pero se prendió sola.

—¡Sorpresa! — exclamó una multitud y me quedé boquiabierto.

Allí se encontraban todos. Amigos, familia y más amigos. Cada uno de ellos se acercó a saludarme y a desearme 'feliz cumpleaños'. Las palabras dulces de mi madre, mi padre y todos mis amigos.

—Feliz cumpleaños, hermanito. — Emmett me abrazó. — ¡Noche de sexo con Diana! — exclamó y lo empujé.

—Cierra la boca. — reí, mirando a Diana. — Y gracias.

—Yo hice todo. — Alice abrió paso con sus brazos y actuaba como una estrella. — Feliz cumpleaños. — me abrazó.

—Gracias por todo. — le dije en su oído.

—Obviamente con mi ayuda. — Rosalie me abrazó también.

—Qué buena cuñada tengo. — la besé en la mejilla.

—Feliz cumpleaños. — me sonrió Rosalie.

—Gracias, a todos. — estábamos en ronda y les agradecí.

—Feliz cumple. — se acercó Jasper y me dio un fuerte abrazo.

—Gracias, amigo. — lo palmeé.

Allí también estaba Bruce. Quien me saludó y me regaló un reloj deportivo muy lindo. Cenamos pizza, bebimos y tonteamos. También bailamos en pareja. Alice había colocado unas pequeñas luces de colores para que nos divirtiésemos. Ella realmente se había esmerado. Todo estaba prolijo y bien decorado, con globos. guirnaldas de colores y serpentinas. También nos colocó pelucas y objetos divertidos. Como anteojos con luces, narices parpadeantes y antenas de abeja. Sin embargo a mí me colocó unas que decían, 'sexy'. ¿Debía sentirme un sex-symbol?

Retiraba mis palabras y me arrepentía de haber dicho que el día de mi cumpleaños estaba siendo una mierda. Ahora todo se había dado vuelta y era divertido.

Mis padres contaron algunas historias viejas y me extrañó que Sharon no estuviese.

—¿Donde está mi sobrina? — le pregunté a Emmett.

—Ella hoy tenía que pasar el día con Raquel. Pero casi lo olvido. — se acercó al sofá y tomó una bolsa. Me la dio. — Te envía saludos y este presente.

La tomé y era un adorno para la mesa de noche. Un portarretrato con una foto nuestra. Sharon estaba en mis brazos. Aún era una bebé. Me emocioné con esa imagen.

—Enseguida regreso. — murmuré dirigiéndome a mi cuarto a guardar el regalo.

—¿Sucede algo? — me preguntó Diana.

—No es nada. Ya vuelvo. — besé su frente y me adentré en mi habitación.

Cuando parpadeé y la vi sentada en mi cama, no supe qué hacer. Tiempo sin verla y ahora ella aparecía en el día de mi cumpleaños en mi habitación. Cruzada de piernas y sonriéndome. No podía creerlo. No sabía qué hacer. Sólo esbocé una media sonrisa, muy nervioso.


Gracias por leer.

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Espero que les haya gustado. Me gustaría saber qué opinan :)

Anbel.