Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, solo me adjudico algunos personajes. La historia es producto de mi imaginación.

Playlist.

(1). The Lumineers - Ho Hey.

Disfruten.


—¿Qué haces aquí? — le pregunté, acercándome contento.

—Vine a desearle feliz cumpleaños al más lindo. — se puso de pie y me abrazó.

—Tanto tiempo sin verte. — besé su mejilla y la abracé bien fuerte.

—Te extrañé. — me miró a los ojos

—Kate, tenemos tanto de lo que hablar. — besé su frente.

—Creo que no esperabas verme, primo. — rió, esbozando una media sonrisa.

—Sinceramente, no. Vamos, mis padres se pondrán contentos. — la animé.

—Ya los he visto. — me contestó. — Ellos sabían que estoy aquí. De hecho, todos lo saben. Tontuelo. — me palmeó.

—Tomemos una cerveza. — le dije, de salida.

Fuera todos estaban muy divertidos y reían. Integré a mi prima, Kate. Ella era muy buena y podía adaptarse a todo. Pero era más liberal cuando estábamos todos en familia.

La vida a ella no le sonrió demasiado. Cuando tenía quince años, su padre falleció por padecer cáncer. Esto le afectó demasiado. Kate era muy apegada a su padre. Y cuando él partió, se refugió en mi padre. Y sí, era mi prima porque su papá era hermano de Carlisle. Mi padre también sufrió mucho, pero trató de ser fuerte por nosotros y por ella que lo veía como su papá.

A mi hermano y a mí, no nos molestaba en absoluto. Hasta que crecimos un poco más, seguimos —integrándola. Pero al cumplir los veintiún años, ella se mudó de nuestra casa. Consiguió un novio y juntos se mudaron a Alaska. Por eso me sorprendí al verla. Ese era un buen regalo de cumpleaños.

—¿Recuerdas cuando pusiste jabón en mi cepillo de dientes? — le pregunté a Kate, en la ronda de amigos y familia.

—¡Yo me acuerdo! — exclamó Emmett, abrazando a Rosalie.

—¿Qué fue de sus vidas? — nos preguntó nuestra prima y nos miramos con mi hermano.

—Bueno. Me casé hace unos días. — le dijo Emmett, sonriéndole a Rosalie.

—¿Y tú? — me preguntó Kate.

—De novio con ella. — acaricié la mano de Diana, que se encontraba a mi lado.

—Qué tiernos se ven. Yo vine a saludarte pero lamentablemente tengo que regresar en unos días. Mi novio se pone loco si no me ve. — bromeó.

Charlamos toda la noche. Bebimos cerveza, comimos algunas porciones de pizza y escuchamos música. Soplé las velas de la deliciosa torta y todos entonaron el canto del cumpleaños. Mis padres en la madrugada decidieron irse porque estaban muy cansados. Sólo quedamos Jasper, Alice, Kate, Rosalie, Emmett y Bruce. Quien se integró con todos y contó algunas anécdotas médicas.

Alice en un momento me apartó y me dijo que quería hablar a solas conmigo.

—Este es mi obsequio. — me tendió un paquete.

—¿Qué será? — le pregunté, abriéndole divertido.

—Espero que sea de tu agrado. — rió y fruncí el ceño.

Al romper el paquete... me encontré con un calzoncillo de trompita de elefante. Esa parte justamente es en la cual va el... pene.

—Gracias. — reí, abrazándola.

—No es nada. Sólo un poco de diversión a la hora de tener sexo. — me palmeó.

—Dime que le regalaste una a tu novio. — le dije.

—Por supuesto. Pero la trompa de él es bueno...

—Alice. No quiero saber cómo es el pito de mi amigo. — me tenté.

La noche finalizó muy bien. Había sido un día perfecto, gracias a mis amigos y familiares. Diana también había aportado su toque de alegría que me iluminaba. Estuvo presente en mi cumpleaños número veinticinco. Y sí, ya era un jodido adulto joven. Que tenía una espléndida novia, una hermosa familia e increíbles amigos. Presentes en mis peores y mejores momentos. En mis caídas, algunos supieron levantarme y reconfortarme.

En la mañana... alguien muy desubicado golpeó la puerta principal de mi casa. Creí que Diana atendería, pero no. Después de unos minutos recordé que ella no había pasado la noche conmigo. Me había acordado de que ella tenía que dormir en su casa.

La puerta era golpeada sin parar y cada vez se hacía oír más. Muy malhumorado la abrí. Miré para todos lados y no había nadie. Nadie de nadie. Miré hacia el suelo y había un paquete de tamaño... grande pero no tan. Al principio me asusté y me pregunté varias veces, '¿Será una bomba?' ¿Quién sería capaz de enviarle una bomba a semejante bombón? Y las dudas de qué sería eso comenzaban a brotar.

Lo tomé con cuidado y entré nuevamente. Lo posé en la mesa y lo toqué con mi dedo índice. Asegurándome de que no era nada peligroso.

Al abrirlo, me topé con un pastel de chocolate. Cubierto con glaseado blanco y en letras rojas decía, 'Bite me'. Se traduciría a 'muérdeme'. Se veía delicioso pero confieso que temía de que estuviese envenenado o algo así.

Al probarlo, no sentí nada extraño. Es más... lo devoré en cuestión de minutos. Estaba delicioso y el sabor era exquisito. Tal y como a mí me gustaba.

En ese momento, Diana me llamó a mi móvil.

—Hola, Edward. — me dijo con tono cortante.

—Preciosa. — le contesté, sin entender el tono de su voz.

—¿Qué va a pasar con nosotros? — me preguntó.

—No se de qué estás hablándome.

—Edward, no estoy jugando.

—Diana, no entiendo.

—Estuviste toda la noche de tu cumpleaños hablando con ella, bromeando con ella. Y yo a la deriva como una idiota.

—Diana. No puedes enojarte por eso. Llevaba tiempo sin verla y sin estar con ella. Entiende. — ahora yo me estaba enojando por sus deducciones.

—Da igual. Al verla sabía que algo iba a cambiar. — me contestó.

—Nada cambió y nada va a cambiar. Creo que tu acusación o como quieras llamarlo... es algo idiota. —Como digas. — me colgó.

¿Qué demonios había sido eso? Ella se enojó conmigo por una idiotez. Porque había pasado más rato con mi prima Kate, que con ella. Diana tenía que entender que yo la echaba de menos. Años sin ver a mi prima. Tenía que recuperar el tiempo perdido con ella.

Quitando esos pensamientos de mi cabeza, seguí con el pastel. En el interior de la bandeja, había una carta. Sí, sentí temor al comienzo. Pero me animé y la abrí.

"Buenos días, Edward. Feliz cumpleaños. Es tardío mi saludo pero es seguro que lo bueno tarda en llegar. Por eso mismo, un rico pastel se demora.

Posdata: Al agua le pido que cuando te roce, acaricie tu piel, con cariño y dulzura. De parte mía.

Anónima."

Menudas palabras. Esa letra tan definida y a mano. Esas palabras que de algún modo me despertaron y me hicieron sentir algo extraño. Esa posdata tan... dulce. Y esa peculiar firma, 'Anónima'. ¿Quién podría ser? De hecho, podía ser cualquiera. Diana, Kate, Esme, Rosalie, Alice. Aunque... tenía que descartar. Mi madre no escribiría cosas de mi piel. Rosalie... menos. ¿Alice? ¿Alguna broma? Sólo me quedaban Diana y Kate. Y apostaba únicamente a mi novia. Mi prima no escribiría ese tipo de cosas.

Traté de olvidarme de ese hecho. Llamé a Diana y me disculpé por algo que no tenía nada que ver. Pero no me gustaba estar de malas con ella. Almorzamos juntos, en mi casa. Yo quise pedir comida pero ella no. Dijo que no era necesario gastar dinero. Que podíamos comer las porciones de pizza que habían sobrado.

—Tengo buenas noticias. — me dijo, bebiendo jugo.

—Dime. — le sonreí.

—Quizás suene extraño pero mi menstruación duró un día. Así que bueno... — rió.

—¿Porqué estamos perdiendo tiempo? — le pregunté, recogiendo mas cosas de la mesa.

Recordé que podía estrenar el calzoncillo que Alice me había regalado. La dejé a solas un momento y en el baño me lo coloqué. Realmente me veía gracioso.

Al salir, ella no se encontraba en la cocina. Pero cuando volteé hacia la sala y la vi... madre santa.

Tenía plumas tapando su parte baja y sus senos. Rió al verme sacudir la trompa de un lado al otro.

—Ven aquí. — me dijo lascivamente.

—Qué linda estás. — le respondí.

Ella manipuló mi miembro y lo metió en su boca varias veces. Todo por encima de la fina tela, por supuesto. Quité las plumas y la lamí. Todo su cuerpo, cada rincón estaba marcado por besos que repartí con mi boca.

Cada vez que jugaba con su clítoris, reía y se estremecía por la sensación. Ella mordisqueó toda la trompa del calzoncillo. Y así logró erectar mi pene. De un tirón me lo quitó y cuando la miré... ya estaba atragantada con mi polla.

Yo estaba acomodado en el sofá y ella inclinada encima de mi entrepierna.

—Qué bien lo haces. — jadeé, indicando el ritmo de las bajadas con mi mano en su cabeza.

Me masturbaba con su mano y lamía la punta de mi pene. Lo escupía para que resbalase un poco más. Pero me sentí culpable ya que ella no había recibido mucho placer.

Me recosté y ella se colocó por encima. Se sentó en una bajada rápida sobre mi pito. Allí me adentré y moví mis caderas mientras pellizcaba sus pesones.

Diana me cabalgaba cada vez más rápido y podía sentir cómo sus piernas se tensaban. El orgasmo la sacudió por completo, haciéndola gritar mi nombre.

—Gracias por el pastel. — jadeé, embistiéndola.

—¿De qué hablas? — dejó de moverse.

—El pastel... — murmuré.

—Si te refieres al de anoche... lo hizo tu madre.

¿Qué? ¿Ella no había preparado el pastel con la carta? ¿Quién habría sido? No podía pensar en eso en ese momento. Seguí penetrandola y besándola. Acabé dentro de su estrecha vagina. Sentía cómo nuestros jugos se mezclaban.

—Eso fue agotador. — murmuró, toda sudada. Encima de mi cuerpo.

—Eres increíble. — besé su frente.

Nos dormimos abrazados, desnudos. Ella era tan sensacional. Y no sólo por el buen sexo. Por todo, en todo. A pesar de nuestras discusiones y diferencias, todo marchaba bien. Diana era comprensible y si se equivocaba, veía su error.

En la tarde, ella se fue a una —entrevista de trabajo. Al parecer habían encontrado un espacio en una escuela para que sea maestra. Diana había estudiado porque le encantaban los niños. Y ella en más de una oportunidad me dijo que le gustaría tener dos o tres pequeños.

Yo recogí a Sharon por la casa de mi hermano. Porque ella en un par de días empezaba la rutina en el colegio y tenía que comprar un par de cosas.

—Podemos ir a esa tienda. Ahí tienen lindas mochilas y bolsos. — le dije, tomando su mano para cruzar la calle.

—Veamos. También necesito algunos cuadernos. — me contestó.

Entramos en un local y todo era colorido. Lleno de útiles escolares y cosas de princesas, de autos. Sharon estaba perdida entre tantas cosas atrapantes. Miraba hacia todos lados y se colgaba con su mirada.

—Baja de las nubes, preciosa. — la palmeé, viendo cómo se perdía en el sector de los juguetes.

—Tío, quiero un cuaderno de color rojo. — me dijo, señalando hacia un estante.

—¿Mochila de princesas? — le pregunté.

—Las princesas son tontas. Prefiero algo con formas circulares o algo así.

—Creí que te gustaban las princesas. — le respondí sorprendido.

—Las detesto.

—¿Desde cuándo?

—Desde hoy. Quiero que todos dejen de creer en ellas. Jamás llega el príncipe azul, y jamás llega la princesa indicada. Todo es mentira y yo soy muy sabia.

—¡Vaya! — la alcé, mirándola sin poder creerl lo que había dicho. — Qué sobrina tan inteligente tengo.

—Lo sé. — rió.

—Y por cierto. Muchas gracias por el retrato. Me encantó. — besé su mejilla.

—Eres mi tío preferido. — me abrazó y la bajé.

Compramos varias cosas. Entre ellas una mochila con formas en color rosa, bolígrafos, cuadernos y algunos lápices de colores. También le regalé ropa. No era necesaria pero quería regalarle algo.

En un negocio muy pintoresco vendían ropa para niñas de su edad. Allí le compré un traje de baño floreado, un vestido color crema con brillos y unas zapatillas. Al pasar por una costosa joyería, me vi en la necesidad de entrar y regalarle unos lindos pendientes. Tenían forma de osito de peluche. Sharon estaba contentísima y yo satisfecho.

Cuando estaba anocheciendo, llevé a mi sobrina a la casa de Emmett. Ella tenía que preparar todo para el primer día de clases y Rosalie la ayudaría.

Llegué a mi casa muy cansado por el día de compras. En la puerta me topé con una carta. Pero esta vez venía acompañada con una fina botella de vino y dos copas.

Tomé todo y lo entré. No sabía porqué pero la intriga me estaba matando. Sólo quería saber qué decía esa carta.

Me senté en el sofá y la abrí.

"Buenas noches. Seguramente te estarás preguntando quién soy. Imagino que ya notaste que no soy tu novia, así que... comienza a usar la cabeza y a pensar.

Por cierto, hoy te veías muy apuesto con esa linda nena. Esa camisa a cuadros me encanta.

Posdata: Quiero sentirte entre mi piel y fundirme entre tus brazos, quiero sentir tus dulces caricias recorrer mi cuerpo de norte a sur.

Anónima."

¿Ella me había vigilado en la tarde? Demonios. Yo ya estaba comenzando a creer que era una psicópata acosadora. Pero de ser así... me habría hablado o algo de eso. ¿Esa linda nena? Sharon. La duda se sembraba en mi interior y realmente quería... necesitaba saber quién era la que me escribía esas cartas y la que me decía esas palabras tan adorables.

Mientras preparaba algo simple para cenar, mi móvil vibró.

Diana — 22.45

¿Como estás, nene?

Edward — 22.47

Preciosa. Bien, cocinando unas chuletas. ¿Como te fue en la entrevista?

Diana — 22.48

¡Mañana comienzo! Estoy tan contenta.

Edward — 22.50

Eso es genial. Me alegro por ti.

Diana — 22.53

Hablando de todo un poco. Mi madre me llamó.

Edward — 22.54

¿Qué dijo?

Diana — 22.56

Se disculpó conmigo y me dijo que jamás quiso que te sintieses ofendido. Y me pidió disculpas en parte de mi padre.

Edward — 22.58

Diana, yo me sentí muy mal. ¿Acaso un bar no es trabajo?

Diana — 23.00

Sé cómo te sentiste. Pero más que pedirte disculpas... no puedo hacer. Y sí, es trabajo. Pero para el punto de vista de mi padre... no lo es. Pero descuida, te elegí a ti. Ya no me importan ellos.

Edward — 23.03

Está bien. Voy a cenar. Te quiero y mucha suerte para mañana.

Diana — 23.05

Gracias. Hasta mañana.

Comí la chuleta, que ya se me había enfriado. Para acompañarla, serví el misterioso vino en dos copas.

—A tu salud, Anónima. — brindé sólo.

Le di un sorbo y me quemó la garganta. Un vino exquisito, realmente delicioso. El sabor y el aroma se asentó en mi boca. Ya había olvidado lo que era un buen vino. Recordaba que el último rico que había bebido, había sido en mi bar. Uno que Phil me había preparado. Phil... tenía que llamarlo y ver cómo iban las cosas.

—Jefe. — me contestó en la tercer pitada.

—¿Como va todo? — le pregunté, mientras me recostaba en mu cama.

—Excelente. Esta noche está que explota. ¿Porqué no viene un rato?

—Gracias por la invitación. Pero estoy cansado. Mañana me pasaré, Phil.

—Como usted quiera. Dios, casi lo olvido.

—¿Qué pasa?

—Su primo se pasó por aquí. Él vino a disculparse.

—Si vuelve, quiero que le digas que se meta las disculpas en el culo. Y quiero que lo saquen a patadas de ahí.

—Claro que si. — rió.

—Adiós. — le colgué.

Me hundí en mi almohada y terminé por dormirme.

Cuando el sol salió y golpeó en mi ventana, tuve que despertar. Me di una refrescante ducha, cepillé mis dientes y me vestí. Con una sudadera gris vieja, unas bermudas deportivas y zapatillas.

El día se prestaba para salir a correr y a dar una vuelta. Me coloqué mis audífonos y puse música en mi Ipod.

Comencé por darle una vuelta a la plaza del centro. Y no quiero sonar presumido, pero las mujeres me clavaban la mirada. Realmente me sentía lindo. Una adolescente miró mi parte baja. Pude notar cómo se imaginaba cosas. Y sí, mis testículos rebotaban de un lado al otro, acompañados con mi pene.

Había mucha gente corriendo y trotando alrededor. Las personas en Boston eran muy activas. Y al pasar por en frente de la cafetería R&K, miles de recuerdos me invadieron. Sí, pero no diría su nombre. Sólo recordé esa mesa junto a esa ventana, sólo eso. Y recordé que su apartamento estaba a unas calles. ¿Qué iba a pasar si iba? Nada. Así que pegarme una vuelta por ahí no fue difícil.

Me senté en el borde de una ventana, frente al edificio. Miré su ventana. Los ojos se me llenaban de lágrimas y no entendía porqué. Yo había apagado todas mis emociones y supuestamente no tenía que recordarla. Pero no era así. Ese lugar tenía algo que me ponía... raro. Me sentía... extraño.

Volteé hacia un costado y me vi en la encrucijada de no saber. No encontraba motivo para estar ahí, recordando. Sólo sabía que tenía que seguir trotando y alejándome de ese lugar.

Y eso hice. Sólo me alejé y no pegué la vuelta para darle una última mirada. Sólo seguí mi camino. Yo ya no tenía tiempo para mirar hacia atrás.

Me compré en un negocio un zumo de naranja. Me encantaban esos jugos saborizados. Corrí un poco más y me llegué hasta el bar.

Fuera estaba Phil, fumando.

—¿Limpieza? — le pregunté, saludándolo.

—Anoche hubo una pelea de damas y volaron pelucas. — rió.

—Qué chasco. — le contesté entrando.

Dentro estaban limpiando dos mujeres a las cuales yo les pagaba por mes. Dejaban todo perfecto para la noche. Después estaba Dylan, él se encargaba de abastecer la barra con el alcohol necesario.

—¿Porqué estás tan nervioso? — le pregunté a Phil. Lo notaba ansioso. Caminaba de un lado al otro y al finalizar un cigarrillo, encendía otro.

—Cosas sin importancia. — me respondió.

—Vamos, dime. — lo animé.

—Es un poco largo pero iré al punto. — sonrió, con su mandíbula tensa. — Mi novia está embarazada y no sé qué hacer.

—¿Cómo que no sabes qué hacer? — le pregunté.

—No, no sé. Creo que no estoy listo para ser padre.

—Amigo. Tienes que estar seguro y confiado. ¿La amas? — lo palmeé.

—La amo.

—Avanza con ella y no sueltes su mano. Apóyala incondicionalmente, no la dejes caer, sé su sostén.

—Edward. Parece que tu sabes de esto. — me dijo, con sus ojos entrecerrados.

—Eso es lo que yo haría por mi amada. — le sonreí.

—¿Y si la criatura no me quiere?

—Te querrá por el simple hecho de que eres su padre y créeme. Serás uno genial.

—Gracias, Eddie. Realmente tienes las palabras indicadas.

—Tienes que confiar en ti y por sobre todas las cosas... en ella. — lo abracé.

Almorcé con mis compañeros unas ricas hamburguesas y cuando la tarde caía, regresé a mi casa. Y en la puerta... otra carta.

"Hola, Edward. Qué bien te veías esta mañana en la plaza. Quería acercarme a ti, lo juro. Pero el temor me venció.

Si quieres puedes responderme las cartas, no me enojaré. Deja la respuesta en la fuente de la plaza.

Posdata: Al aire le pido, que te acaricie por mi, que tu lo puedas respirar y que al respirarlo, respires mi perfume.

Anónima."

Esas frases matadoras que escribía en cada posdata. Y sí, se quedaban en mi mente un rato. Trataba de analizar esa letra pero no quería darle demasiada importancia. Quería olvidarme de eso, lo juro. Pero no podía quitar esas jodidas cartas de mi mente. ¿Porqué no responder?

"¿Qué hay, Anónima? No tengo idea de quién eres. Podrías darme alguna pista. Bueno, no sé qué escribir. Me siento observado. Sabes en los lugares que estoy, lo que hago y lo que no. Esto de escribir cartas me recuerda a cuando era un niño. Podrías utilizar algo más moderno, como mensajes de texto.

Posdata: ¿Nos conocemos?

Edward."

La idea de responderla me parecía bien. Quizás así lograría saber quien era la misteriosa mujer que me acechaba. La intriga me carcomía.

Así que si quería averiguar quien era, tenía que ir a la plaza y dejar la carta.

Cuando me senté en la fuente y el agua me salpicó... recordé que estaba ahí para dejar esa respuesta. Y quedarme una hora y media allí, esperando a que apareciese... fue en vano. Ella nunca se hizo ver. Quien sí se acercó, fue Bruce.

—Amigo. — me dio un abrazo.

—¿Como estás? — le pregunté, él se sentó a mi lado.

—Muy bien. ¿Qué haces aquí? Se está por desatar una fuerte tormenta.

—Sí, puedo ver los relámpagos. — reí. — Vamos a mi casa. — le propuse. Lancé la carta a la fuente, con discreción. No valía la pena seguir esperando.

Caminamos y la llovizna comenzó a empaparnos. Corrimos un poco porque a mí se me estaban inundando los zapatos. Tardamos media hora. Al llegar creí que él se quedaría, pero no fue así. Me dijo que tenía otra cosa que hacer y que lo disculpase.

Entré y me di una ducha para quitara la pesadez de mi cuerpo. Había sido un largo día y realmente necesitaba relajarme.

Me estaba secando y oí que alguien caminaba en la cocina. Por esos pasos tan ruidosos pude deducir que era Diana la que andaba.

—Cariño. — canturreó.

—Enseguida salgo. — le respondí, secándome.

—Está bien. Buscaré una sudadera en tu armario. Mi blusa se empapó.

—Bueno. — le dije.

Me estaba vistiendo muy tranquilo cuando recordé que en mi armario... guardaba las cartas. No pude hacer más que correr y evitar que Diana las leyese. Pero ya era tarde porque se encontraba sentada en mi cama, leyendo muy atenta.

—¿Qué es esto? — me preguntó. En su rostro podía notar que estaba enojada.

—Puedo explicártelo. — le contesté y alguien golpeó la puerta.

—Piensa bien qué me dirás. — me esquivó y fue a ver quién era.

Acomodé nuevamente las cartas y al ver que ella tardaba... fui a ver.

—Aquí hay otra cartita. Vamos, tómala. Seguro estas intrigado. — me la tendió, cerrando la puerta con su pie.

La tomé muy nervioso.

"Te vi hoy en la fuente. Pude rescatar la carta que estaba algo... arruinada. Pero no te preocupes, leí todo lo que escribiste en ella.

No puedo darte pistas y sé que estás intrigado. Los mensajes de texto... no son buena idea.

Posdata: Eres la luz de mi sombra perdida, el camino que encuentra mi corazón para ser feliz, mi sueño enredado con la realidad más dichosa.

Anónima."

—Edward. Dime qué es lo que está pasando. — sus ojos se llenaban de lágrimas.

—Diana... — quise acariciar su mejilla y se apartó.

—Quiero la verdad. — murmuró.

No sabía qué decirle. La única verdad era que yo recibía cartas de una Anónima. La verdad era que sus palabras generaban algo en mí. Lo que pasaba era que sentía algo y no podía describirlo. Pero si yo le decía eso, ¿Como iba a reaccionar, Diana?


Gracias por leer.

Las invito a que se unan al grupo de Facebook (link en mi bio de fanfiction)

Espero que les haya gustado. Me gustaría saber qué opinan :)

Anbel.