Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, solo me adjudico algunos personajes. La historia es producto de mi imaginación.
Playlist.
(1). Lady Antebellum - Just a kiss.
(2). Capital Cities - Safe and sound.
Disfruten.
—Edward, sólo... dime quién es. — me dijo Diana, sentándose en el sofá.
—No sé quién es. Sólo sé que no tienes que cuestionarme esto. Es sólo... una estupidez. También te enojaste porque pasé tiempo con mi prima. ¿Qué tipo de reclamo es ese? No te entiendo.
—No me cambies de tema. — me calló.
—Diana. No tengo ganas de discutir. Si viniste a eso... voy a pedirte que te vayas. Lo siento, pero mi cabeza está por estallar de tantas cosas que tengo en ella.
—¿Acaso yo tengo la culpa?
—¿Acaso yo tengo la culpa de recibir estas cartas? — la dejé sola, yendome a mi habitación.
Me acosté, me cubrí hasta la cabeza y me coloqué en posición fetal. Sí, los hombre hacíamos esas cosas. No sólo las mujeres lloran. Yo lo estaba haciendo en ese preciso momento. Estaba triste y no tenía motivo. ¿O sí? Mi novia me regañaba y se frustraba por casi todo. Lo que yo hacia nunca estaba bien, ella siempre le encontraba algún defecto a todo. Pero a pesar de eso, yo la quería. ¿Porqué? Porque era mi novia y me gustaba estar a su lado. Lo que sentía por Diana iba más allá de contacto carnal. Iba por los momentos en los que me ayudó, en los que me sostuvo como una mujer fuerte. Y yo también la sostuve. Quizas no tantas veces, quizás no de la misma manera. Pero lo hice.
—Permiso. — ella abrió la puerta y alcé la vista. — No puedo estar así contigo. Lo siento. — se recostó a mi lado.
—Tampoco quiero que estemos así. — la abracé y la cubrí.
—Es sólo que mis hormonas están alteradas y no sé qué me pasa. Perdón por ser tan terca y por no darte tu espacio.
—No es eso. Tú me das el espacio que necesito. Es sólo que... a veces me cuestionas cosas que no tienen sentido.
—Lo sé. Soy algo tonta a veces. — murmuró.
—Casi nunca. — besé su frente.
Discutir con ella no significaba mucho, ya que después de un rato estábamos juntos, muy bien. Era como discutir en vano porque siempre encontrabamos solución o arreglabamos las cosas. Todo juntos. Escuchándonos, prestandonos atención y entendiendonos.
En la mañana, Diana me despertó con el desayuno listo. Unos pastelitos con dulce de leche y salsa de frutilla. Lo lindo de esa mañana fue que desayuné junto a ella y en la cama. Calentitos, bien unidos. Fuera llovía y yo ya tenía planeado algo bueno para aprovechar el día tan gris. ¿Qué mejor que pasarlo con mi novia? ¿Qué mejor que mirar películas juntos?
Me levanté y ella quiso quedarse un rato más en la cama. Yo salí a la puerta a echar un vistazo... quería ver cómo estaba el vecindario. Pero lo que me distrajo fue ese paquete en mi alfombra, acompañado con una carta.
Volteé y me aseguré de que Diana no viniese.
"Buenos días. En el paquete te dejo algo para que te sientas acogedor en un día tan fresco como este. Y de hecho también te dejaré algo que querías. Una pista. Por cierto... si quieres responderme, ya sabes dónde dejarme tu respuesta.
Posdata: Mi estrategia es en cambio más profunda y más simple. Mi estrategia es que un día cualquiera...
no sé cómo ni sé con qué pretexto,
por fin me necesites.
Anónima."
Abrí todo y dentro había una acogedora manta a cuadros. El olor a fresas que tenía era riquisimo. Parecía un perfume que se había enpregnado en ella. Y la pista, no era más ni menos que un CD. Tenía escrito, 'Escúchame'.
No podía ponerme a oír canciones de una extraña si Diana estaba en mi casa. Yo qué sabía si al poner ese CD no se oían groserías. Aunque realmente me moría por oírlo. Pero no, tendría que esperar.
Lo mejor no era echar a mi novia de mi casa. Pero ella simplemente tuvo que irse a hacer unas cosas. No me dijo qué y no me dijo porqué. No iba a meterme demasiado en sus asuntos. Obviamente ella también necesitaba privacidad y espacio. Aunque yo realmente quería pasar el frío día junto a ella, tendría que postergar eso.
Al mediodía recibí un mensaje de texto de Emmett.
Emmett — 12.35
¿Qué onda, hermano?
Edward — 12.37
Todo bien, por suerte. ¿Como estás tú?
Emmett — 12.38
En perfecto estado. Quería decirte que esta noche será noche de amigos. Tengo planeado que salgamos a beber con Jasper y si quieres... tu amigo Bruce.
Edward — 12.41
Suena bien. Le avisaré a Bruce y a Diana...
Emmett — 12.43
Si quieres puedo encargarme de Diana.
Edward — 12.45
No. Yo hablaré con ella. Nos vemos.
Emmett — 12.47
Te pasaré a recoger a las 23.30 hs.
Edward — 12.48
Ok.
No almorcé porque tenía el desayuno en la garganta y me parecía innecesario seguir llenando mi estómago. Tenía que tener espacio para el alcohol que bebería en la noche. Ahora me tocaba 'pedir permiso' y avisarle a Bruce.
Llamé a Diana y me contestó instantáneamente.
—Hola, hermoso.
—¿Como estás? — le pregunté, como primer paso.
—Muy bien. Comiendo algo con mi madre. Después te cuento. — murmuró.
—Me parece... bien. ¿Crees que puedo salir esta noche con los muchachos?
—Edward... no. — dijo y suspiré. — No puedo decirte que no. Claro que puedes.
—Crei que no... gracias. — esbocé una media sonrisa.
—Tienes derecho a hacer lo que quieras. Pero... no cualquier cosa. Estamos de novios, no estamos casados. No lo olvides.
—Gracias, preciosa. Te quiero. — dicho eso, colgué.
Era hora de avisarle a Bruce que una tremenda noche de amigos se avecinaba.
Edward — 14.35
Amigo. ¿Qué tal todo?
Bruce — 14.37
Eddie, atareado con pacientes. Pero después de la tarde estaré desocupado y libre.
Edward — 14.39
Genial. Porque en la noche saldremos a beber. ¿Te parece?
Bruce — 14.42
Bueno... hablaré con mi esposa y te avisaré. Lol.
Edward — 14.45
Yo ya hablé con Diana y dijo que sí. Espero tu mensaje antes de la medianoche.
Bruce — 14.47
Seguro. Nos hablamos.
(1) Estaba sólo y me pareció un buen momento para escuchar el CD. Un ritmo agradable. Ni tan rápido, ni tan lento.
Esa letra tan dulce. Esas palabras que me tocaban y tan sólo era una canción. ¿Porqué me encontraba relajado en mi sofá? Cubierto con esa manta, con las cartas en mi mano. Leyéndolas una y otra vez, prestándole atención a la peculiar letra de esa canción. Sólo me faltaba saber o mejor dicho... descubrir quién era la misteriosa mujer que me acechaba. La cual me hacía sonreír con esas posdatas y generaba algo extraño en mi interior.
¿Era posible sentir esas cosas? Sí, sentía algo que no podía definir, algo que no podía explicar. Sentía algo por una extraña. ¿Y si era una broma? ¿Y si era un hombre? Quizás era un acosador y yo le gustaba. Pero no. Eso sería tener demasiada imaginación y no era posible.
En ese instante recordé a Victoria y nuestra primera vez. No sabía porqué esos recuerdos se apoderaban de mi mente. Sólo sabía que tenía que recordar aquella vez.
FLASHBACK MODE: ON
—Todo tiene que ser especial. — le dije a Vic, mirándola fijamente a sus ojos.
—En ese momento no sabría qué hacer. Edward... yo soy virgen. — susurró en mis labios.
—Lo sé. Yo también lo soy. Pero cuando seamos mayores eso no importará porque lo recordaremos como una demostración de amor puro.
—Cuando nos casemos, tengamos hijos y envejezcamos juntos... qué lindo va a ser tener toda una vida contigo. — me sonrió, besandome.
—Lo que más quiero en el mundo eres tú. Y no sólo eso. Estoy seguro de que serás la mujer de mi vida.
—Y tú mi príncipe. — acarició mi mejilla.
Huir de la aburrida clase de química con Victoria era algo que me encantaba hacer. Podíamos disfrutar a diario de un momento a solas. Podíamos decirnos lo que quisiéramos porque nadie nos escucharía en el campus. Y podíamos besarnos como se nos daba la gana porque... ¿quien iba a juzgarnos? ¿Como podían juzgar la forma en la que nos amábamos y necesitábamos?
Realmente yo era feliz a su lado. Y lo bueno era que yo conocía a sus padres y no sólo eso... yo les agradaba demasiado. Y sabía que esos ocho meses de noviazgo no habían sido en vano. ¿Como lo sabía? Lo sabía porque cada día que la veía... me enamoraba de ella. No me enamoré una sola vez de Vic. Lo hice todos los días que estuvimos juntos. Y también trataba de enamorarla.
En la noche, cuando nos encontrábamos los dos recostados en la helada arena, besándonos... supe que era el momento para concretar lo planeado.
—Edward. — suspiró. Ella seguramente sintió que yo bajaba la cremallera de su vestido.
—Vic, si no quieres... — Murmuré.
—Claro que quiero. Es sólo que no sé cómo hacerlo. — bufó.
—Yo tampoco sé. Pero tienes que disfrutar el momento y dejarte llevar, princesa. — besé su mejilla.
—Será mejor que lo hagamos. No quiero que me duela ni nada de eso. — rió, avergonzada.
Me perdí en su mirada y como un inexperto traté de introducir mi pene. Temía envocarlo en otro... agujero. Pero no. Supe que era el indicado cuando gimió alto y se quedó sin aliento por unos segundos. No podía creerlo. Yo había dejado de ser virgen en ese momento y Victoria también. Su virginidad era mía y la mía era suya. Estaba contento y no quería más que seguir hundido en ella.
Comencé a moverme con lentitud. Había visto en algunas películas cómo se hacía. Copié algunas cosas... como acariciarla, besar sus pechos y mirarla fijamente.
—Jamas había sentido tanto placer. — musitó, acariciando mi cabello.
—Yo tampoco. Te amo. — la besé.
Lo hicimos una vez más pero con mucho cuidado. Ella se sentía muy dolorida y yo la entendía. No era fácil para una mujer. Lo sabía porque en una enciclopedia había leído eso. Que las mujeres gastaban más energías y en parte eran las perjudicadas.
FLASHBACK MODE: OFF
Ese era un recuerdo lindo. Pero lo que me hacía perder era esa tierna canción que una "Anónima" me había dejado como pista en mi puerta. Y la letra de esa canción hablaba de un beso. Sólo un beso que debía ser dado bajo la luz de la luna. ¿Era eso lo que esta Anónima quería? ¿Un beso? ¿Estar conmigo?
¿Como podía yo entender a una desconocida? Era imposible. No era lógico que alguien comprendiese a un extraño. ¿O lo era en este caso? Sí. Quizás en ese punto lo era. Quizás y yo podía entender y relacionar cada carta. La manta, el vino, el CD. Y todos esos detalles... valían para mí. De algún modo me hacían sentir especial.
Así que... ¿Porqué no contestar esa carta?
"Anónima. Lindo detalle el de la manta. Y la canción... muy tierna. ¿Eso ha sido dedicado a mí? Porque de ser así... lo que quieres es sólo un beso. Y cariño, abrazos... por lo que pude captar. ¿No piensas reclamar todo eso? Vamos, dime. ¿Qué es lo que sientes por mí? ¿Porqué no te animas a mostrarte ante mí? ¿Porqué no me dejas una posdata más... exacta? Escríbeme algo que me deje pensando.
Edward."
No sabía si eso había sido lanzado. Pero si lo era, ¿qué me importaba? Yo quería responderle eso y nadie me tenía que decir una mierda.
Bruce — 20.48
Amigo. Mi esposa me dejó. Los veo a todos en el bar.
Edward — 20.50
Genial. Una noche tremenda se avecina. ;)
Salí rumbo a la plaza en mi Volvo. Antes de llegar... compré unas rosas. Yo tenía que regalarle algo también. Ella me había enviado muchos presentes y yo sólo respuestas. Además... ¿quien iba a decirme algo? ¿Diana? Ella no sabía que yo estaba allí. Por lo tanto tampoco se enteraría.
No era mentir. Era hacer algo sin que mi novia se enterase. Ósea... eran conceptos distintos.
Esperé a que la misteriosa mujer se hiciera presente. Pero no fue así. Me cansé de esperar, lo juro. Dejé la carta y el ramo de rosas. Se estaba haciendo tarde y yo debía salir con mis amigos.
Me subí nuevamente en mi coche y conduje hasta mi casa. No había carta. Era obvio ya que no había pasado tanto tiempo desde que la había respondido.
(2) Me vestí con unos pantalones rojos y una camisa lisa, color crema. Que iba a juego con mi calzado italiano. Colonia bien masculina y cabello alborotado.
Comí una chuleta de cerdo para tener algo en el estómago. Porque si pensaba beber toda la noche... debía estar preparado.
Como a las 23.15, Emmett me recogió con Jasper.
—Hermano. Esos pantalones son de maricon. — rió Jas, subiéndole el volumen a la música.
—¡Esta será una noche inolvidable muchachos! — exclamó mi hermano, dándole una fuerte acelerada a su deportivo descapotable.
—Tú eres maricon. — reí, burlandome de Jasper.
—Ten una cerveza y cierra el pico. — me tendió un porrón de cerveza.
—Si así comenzamos no quiero imaginar cómo vamos a acabar. — le dije.
—Acabaremos como unos adolescentes. Ten eso seguro. — me guiñó el ojo.
—¡Sostenganse fuerte que aquí vamos! — exclamó mi hermano.
Me encantaban esas salidas de amigos en las cuales reíamos, bebíamos y nos olvidabamos de todo y de todos por un rato. Mi cabeza se despejaba y sólo plasmaba la diversión y el disfrutar el momento. Y lo más emocionante era la velocidad alta en la cual íbamos por la carretera. Gritando, bebiendo. Quizás era imprudente, pero merecíamos un poco de diversión.
Cuando llegamos al bar que se encontraba alejado del centro, vimos que había cola para entrar. Tuvimos que esperar durante una hora. Y entre ese tiempo, encontramos a Bruce.
—¿Qué hay, compañeros? — nos palmeó a todos.
—Amigo, esto está que explota. — le dijo Emmett.
—Dentro ya hay una multitud. Puedo oír que es un desmadre. — acató Jasper.
—¿Qué estamos esperando? — reí, empujándolos hacia la entrada.
Los gorilas nos revisaron y nos advirtieron de que no hiciéramos lío. Que estaba bien beber un poco, pero no demasiado.
Una vez dentro era imposible caminar con comodidad. Estaba lleno de mujeres bailando... semidesnudas. Varones saltando, bebiendo y fumando como chimenea. Bebimos una ronda de tequila, seguida con una de vodka puro.
—Que viva la amistad. — celebró Bruce, un poco ebrio.
—Es sólo el comienzo y ya te estamos perdiendo. — rió mi hermano.
Ellos bailaron con algunas amigas y yo también. Salté, bebí, bailé y me divertí como un adolescente. Me sentía perdido, pero no perdía de vista a mis amigos. Hasta que alguien me tomó de la mano y me llevó al centro de la pista. Quizás fue el mareo, la borrachera o no sé qué fue lo que no me dejó ver el rostro de esa persona que me llevó allí.
—Soy la extraña. — me dijo una voz dulce en el oído. Quise verla pero fue imposible. Se cubría su rostro con el cabello.
—¿Anó...? — iba a preguntarle.
—Olvida esto. Estás borracho y sólo seré un recuerdo. — me besó la mejilla. — Tengo que irme. — salió corriendo.
—¿Qué? — balbuceé, viendo todo borroso. Pero la seguí, como pude. — Regresa. — estiré mi mano y alguien me sostuvo.
—Eddie, estás desbordado. — Emmett me cargó como pudo y me dejó cerca de la barra con los demás.
—Necesito cerveza. — le pedí al cantinero.
La música alta comenzaba a romper mis tímpanos. El humo me mareaba más y el alcohol estaba haciéndome decir cosas raras. Decía que me gustaban las iguanas con vestidos amarillos y cosas así. Incoherencias, cosas sin sentido alguno. Palabras que no estaban bien definidas y que no tenían rumbo. No era capaz de decir una oración completa sin antes largar una carcajada.
—¡Amo a mi madle! — y claro, yo no podía expresarme con claridad. Las palabras no me salían bien. — Qué amigos más buegnos tegno. — dije entre balbuceos.
—No más alcohol para ti. — Jasper me quitó la botella de cerveza que tenía en mi mano.
—Qué siga la otra ronda de tequila. ¡Cabrones! — grité, bebiendo.
Casi no podía mantenerme de pie pero igualmente seguía cantando y ladeando mi cabeza.
—Amo a todos. — dije abrazando a Bruce.
—Menudo pedo ha cogido Edward. — rió Jasper.
—¿Saben una cosa? — les pregunté con mis ojos entrecerrados.
—Dinos, hermano. — Emmett se balanceaba.
—¡Estoy enamorado de una extraña! — exclamé cayendo al suelo.
Trataron de levantarme y yo estaba muriendome de risa en el suelo. Gritaba que me soltasen, que yo estaba bien y que sólo había sido una torpe caída. Pero insistían.
Lo último que recuerdo fue que me encontraba en mi cama. Muy cómodo pero con una jaqueca inexplicable. A mi derecha estaba Jasper en calzones, en el suelo. A mi izquiera mi hermano, de la misma manera. Y encima de mi armario estaba Bruce. Mierda, qué noche, me dije a mi mismo. Traté de recordar todo pero recordad me generaba más dolor de cabeza.
Me fijé en mi móvil qué hora era y quedé pasmado al ver que eran las cuatro de la tarde. Demasiado tarde. Habíamos dormido toda la mañana y eso no podía ser.
—Arriba. Despierten. — me levanté y los moví a los tres.
—Deja dormir. — se quejó Jasper.
—Si no se levantan voy a... — el sonido de mi celular me interrumpió.
Contesté y era Carlisle.
—Hijo.
—¿Como estás... papá? — me senté en el sofá de la sala.
—Tu voz está ronca. ¿Qué sucedio anoche? — me preguntó y traté de recordar.
—Salida de muchachos. — reí.
—Será mejor que Emmett y tú lleven sus traseros al aeropuerto. Tu prima Kate está partiendo a Alaska en menos de una hora. Tu madre y yo iremos enseguida.
—Bien... lo despierto y vamos. — le dije.
—Adios. — colgó.
Moví al grandote de mi hermano y logré despertarlo. Él se quejó demasiado al principio pero accedió a ir. Era nuestra prima y merecía ser despedida al menos.
—No recuerdo nada. — le dije a Emmett, ya en su auto.
—Y si bebiste como un loco. — rió.
—Hay algunas cosas que sí están en mi mente dando vueltas. — miré por mi ventanilla, pensando.
—Será mejor que me las digas después, ahora hay cosas que hacer. — me guiñó el ojo y bajó del vehículo.
Kate estaba con mis padres, a punto de abordar el avión. Estaba contenta porque iba a ver a su novio y triste porque se alejaba de nosotros. Su familia. Noté que derramó algunas lágrimas al abrazar a Carlisle. Y cuando se despidió de mi madre... eso fue emotivo. No quería soltarse de ella.
—Prima, espero verte pronto. — le dije en el oído, abrazándola.
—Te voy a extrañar. — me besó la mejilla.
—¿No tienes nada que decirme antes de irte? — le pregunté. Yo aún tenía la esperanza de que la Anónima fuese ella.
—Uhm... no lo creo. — me sonrió, yéndose.
—Siempre aquí. — le dije en voz alta, tocando mi corazón.
—Siempre. — alzó su dedo pulgar.
Emmett tenía que llevarme de regreso a mi casa. Yo debía ducharme, relajarme un poco. Habíamos tenido una larga noche.
—Ahora puedes decirme qué recuerdas. — me dijo, acelerando su deportivo.
—En un momento alguien me tomó de la mano y creo que es la mujer de las cartas. — murmuré.
—¿La que me has contado? — frunció el ceño.
—La misma. Pero la borrachera no me dejó ver su rostro. Yo estaba bajo los efectos del alcohol y por eso no recuerdo. — bufé. — El caso es que... estoy casi seguro de que era ella.
—No sé si deba decirte esto... hermano. — me dijo y lo miré. — Supongo que es a causa del alcohol pero anoche dijiste que estabas enamorado de una extraña.
—¿Qué? — ahora yo alzaba mis cejas sin entender.
—Ya sabes lo que dicen, Edward. Cuando uno está ebrio sólo dice la verdad.
—Emmett... — le contesté, sin recordar eso.
—Y si te referías a esa extraña... es posible que te estés enamorando. Tienes que saber esto. — alzó su dedo índice. — Hay personas que sólo pueden enamorarte con su forma de escribir y de expresarse. Yo creo que...
—Hermano. No me puedo estar enamorando de una extraña.— ladeé mi cabeza. — ¿O sí? — me pregunté, confundido.
Gracias por leer.
Las invito a que se unan al grupo de Facebook (link en mi bio de fanfiction). Síganme en Twitter, y en Tumblr :)
Espero que les haya gustado. Me gustaría saber qué opinan :)
Anbel.
