Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, solo me adjudico algunos personajes. La historia es producto de mi imaginación.
Playlist.
(1). Shayne Ward - Breathless.
Disfruten.
—Sí, Edward. Dije náuseas. — me contestó.
—Diana, tenemos que hablar de esto. Sube al auto. — le dije y alzó su ceja. — Por favor, no seas chiquilina. — subí al vehículo.
Por el espejo retrovisor pude ver cómo bufó y se quejó. Pero al final de cuentas, subió.
—¿Las náuseas... son por algo en especial? — le pregunté.
—Edward, tengo náuseas. No es nada de otro mundo.
—¿Estarás...? — no me animaba a preguntárselo.
—No estoy embarazada. — rió ella y la miré. — ¿Crees que sí lo estoy?
—Es que bueno... — murmuré.
—Sé que estás ocultándome cosas y que algo no anda bien, Edward. Pero no por eso voy a embarazarme. Eso es lo que estás pensando. Piensas que me embaracé a propósito. — me dijo.
—No, no. Si tú dices que no es eso...
—¿Qué tipo de mujer crees que soy? Jamás, Edward. Mírame a los ojos. — tomó mi rostro y se acercó. — Jamás haría algo así. ¿Sabes porqué? — me preguntó muy de cerca. — Porque te amo. Y porque no le haces esas estupideces a alguien a quién amas.
—Entendí, Diana. Me quedó claro que no estás embarazada. — me solté de su agarre y arranqué con mi coche.
Ella me lo dejó bien en claro y se lo creí completamente. Cuando aparqué frente a mi casa la miré y ella un simple gesto me dijo que quería quedarse. Yo no tenía ningún problema con eso porque hacía días que ella no se quedaba a dormir y que no... lo hacíamos. Pero a decir verdad a mí no me interesaba el sexo. Yo con tan sólo sentirme en su compañía o sólo sentirla cerca ya era suficiente.
—Si todavía te sientes enferma puedes ir metiéndote en la cama, yo iré enseguida. — le dije dulcemente y asintió.
Lo que me tensó fue que al entrar vi otra carta en mi alfombra y la cubrí con mi pie. Si ella la veía... iba a enojarse e iba a ser todo un desastre. Con mucha cautela la abrí, en un rincón de mi sala la leí.
"¿Quedó bien claro lo que siento por ti? ¿O voy a tener que explicártelo otra vez? Sé que para ti no es fácil esta situación, créeme, lo sé. Pero no parece que quieras que esto acabe, es más... parece que te gusta este ir y venir. Y no imaginas lo mucho que me encanta a mí. Verte, leerte, y anoche... escucharte bien de cerca. Estoy enamorada de ti, Edward.
Posdata: Son tantas preguntas que me hago, es tanta la confusión, vivir en un sin saber en medio de la incertidumbre que cada vez se hace mas difícil... haciendo mi camino más inseguro, y ahora no sé que hacer... me digo a mi misma, ¡debo parar! más no puedo dejar de pensar en ti, no puedo seguir...
Anónima."
¿No puedo seguir? Ella estaba realmente enamorada de mí, carajo. Y yo... yo no sabía qué mierda sentía. Qué jodida mi situación. Me encontraba en el no saber qué sentía mi corazón. No sabía si estaba enamorado de una extraña o no. Pero lo que era seguro era que algo sentía y era demasiado fuerte, y tal vez sí, estaba enamorado. Pero admitirlo era complicado y más en mi situación sentimental.
Me dirigí a mi habitación y Diana estaba con su móvil, esperándome. Me quité la ropa y me metí a la cama que se encontraba fría.
—Tengo frío. — murmuró ella, aferrándose a mí con sus piernas.
—Ven aquí. — la acerqué un poco más a mí.
—Edward, no quiero buscar pelea ni mucho menos pero creo que tendríamos que hablar de lo que sucedió en el estacionamiento. — me dijo y la miré.
—Te dije que nada pasó. — le contesté.
—¿De quién es ese pedazo de vestido que está en la sala? — me preguntó.
—Lo encontré y me gustó. — mentí.
—¿Eres gay?
—Diana, no. — reí.
—No me estoy riendo, Edward. Quiero que me digas qué está pasando. Cuando te cubrí los ojos me confundiste con otra persona y "¿otra vez tú?" Esperabas a alguien más.
—No sé porqué pregunté eso, Diana. Créeme, te estaba esperando a ti.
—Yo te dije que estaba muy enferma, ¿porqué ibas a estar esperándome?
—Porque siempre estoy esperándote.
—Edward, si hay algo oculto quiero que sólo me lo digas. No quiero que haya mentiras entre nosotros. — me dijo y se dio la vuelta. — Descansa.
—Hasta mañana. — me di la vuelta hacia mi lado.
Yo le había mentido y no sabía si había estado bien o mal. Tenía que tomar la decisión de decirle lo que sentía realmente o sólo dejar pasar el tiempo y ya. Me veía en un embrollo tremendo. Mi novia que me amaba incondicionalmente y una extraña que estaba enamorada de mí... ¿la diferencia? A una la conocía y a la otra no.
En la mañana, despertamos distanciados. Ella a un lado de la cama y yo al otro, alejados. Quería abrazarla, tenerla en mis brazos pero la discusión de la noche anterior había quedado en la nada y bueno... no era posible retomar ese tema.
Me di una ducha rápida y llamé a mi madre.
—¿No extrañas hablar con tu hijo? — la saludé, sentándome en el sofá.
—Cariño, extraño que vengas a cenar. — me contestó.
—¿Como pretendes que vaya si ni siquiera me invitas? — bromeé.
—Te espero esta noche, a ti y a tu novia.
—Allí estaremos. — reí.
—Ahora tengo que irme, hijo. Te veo en la noche.
Después de colgar no tuve mejor idea que llevar mi respuesta a la fuente. Diana dormía y no había ninguna cosa que me impidiese hacerlo.
"Quedó claro que eres una mentirosa, cobarde. Eres una mujer que no se anima a mostrarse. Este jueguito está trayéndome problemas con mi novia y creo que sabes bien de qué hablo. Sí, discusiones, distanciamiento, desencuentros. Y no me gusta para nada tener este tipo de cosas con ella.
Y pensándolo bien, esta será la última carta que recibas de mi parte. Estás volviéndome loco con las cosas que escribes y haces. No aguanto más. Y si estás enamorada de mí, si realmente lo estás... muéstrate ante mí. Y si lo que tienes es miedo... olvídalo. No temas a lo que pueda pasar o lo que yo pueda pensar.
Edward."
Era una fuerte expresión de mi parte, lo era. Pero ¿qué más daba? Yo no quería tener que estar peleado con Diana porque después de todo yo estaba de novio con ella. Y una extraña estaba generando efectos negativos en mi relación. Y eso descartando la posibilidad de que Diana supiese que tuve sexo con ella. Eso sí que era un gran problema.
Llegué nuevamente a mi casa, al cabo de una hora. Entré y me pareció extraño no ver ningún movimiento ni nada parecido. Diana al parecer seguía durmiendo o sólo estaba en el baño.
—Preciosa. — la llamé desde la cocina y no contestó. —¿Estás aquí? — pregunté, entrando a mi habitación.
Supe que no estaba en casa cuando vi todas las cartas desparramadas en el suelo. Todas abiertas de par en par, leídas de comienzo a fin. La manta, todo lo que yo ocultaba en mi closet estaba ahí. Todo lo que era dañino para nuestra relación estaba allí, frente a mi ojos. Y frente a los ojos de Diana, hacía un rato antes.
Lo primero que hice fue tomar mi móvil y llamarla. Aunque algo en mi interior me decía que de nada serviría. Y sí, no me equivocaba. Porque no contestó ni una vez de las doce que la llamé. Dejé mensajes en su buzón de voz, mensajes de texto. Temía que ella hiciese alguna idiotez y fue por ese motivo que me dirigí a su casa.
Menos rastro de ella. No había nadie, no había nada. Dentro estaba todo tirado en cualquier lado, ropa desparramada, perfumes rotos. Y supe que ella se encontraba en algún lado... muy mal. ¿Y cómo no iba a estarlo? Su jodido y estúpido novio había tenido relaciones con una extraña y en vez de decírselo de frente... se lo ocultó como un cobarde. ¿Quién era ahora el cobarde? ¿La extraña o yo? Estaba claro. Edward, era el cobarde. Llamar de esa manera a un desconocida había estado más que mal y las palabras ahora me definían a mí.
No sabía qué hacer, no sabía dónde meterme. No sabía en dónde buscarla, no sabía a quién mierda recurrir.
Edward — 14.45
Hermano, perdí a Diana.
Emmett — 14.47
¿De qué hablas?
Edward — 14.50
Encontró las cartas... todas.
Emmett — 14.54
¿¡Eres idiota!? ¿Como dejaste que eso pasara?
Edward — 14.56
No me regañes. Salí a dar una vuelta y cuando regresé estaba todo desparramado.
Emmett — 14.57
Te dije que tenías que tomar una decisión, Edward. No eres un adolescente, entiéndelo. Eres un adulto capaz de tomar sus propias decisiones y estás actuando como un idiota.
Edward — 14.58
Te dije que no sé lo que siento, Emmett. Y sé bien lo que soy.
Emmett — 15.00
Sé que soy tu hermano y que cuentas conmigo para todo. Pero esta vez no, Edward. Esta vez olvídate de que existo, hazlo sólo.
Edward — 15.03
Gracias, hermano. Es ahora cuando te necesito y es ahora cuando tú me das la espalda.
Estaba perdido, exactamente esas eran las palabras. Perdido. Y ya me había encontrado en esa situación. En el hecho de sentirme perdido porque la había perdido a ella, a la mujer de mi vida. Y sí, era momento de nombrarla. Me sentí perdido cuando dejé que Bella se fuese. Bella, ya había olvidado cómo sonaba su nombre en mi mente. Y lo único que me había quedado de ella había sido ese último beso en su boda. Verla con ese blanco vestido, ese velo, tan preciosa. Y yo que creía que para el único que se vestiría así... sería para mí, algún día. Qué errado estaba.
Pero después de meses y meses sin nombrarla y sin recordarla... volvió a mis pensamientos. Recordé cada beso, cada detalle y cada momento compartido. Bella me había hecho tan jodidamente feliz. Y de sólo pensar que todo eso se había ido por la borda, me hacía mal. Me hacía mal recordar esa despedida en la cuál nos miramos unos segundos y ninguno se atrevió a decir una palabra. Y sí, quizás ella no dijo nada porque no sintió nada. La realidad era que ella había hecho su vida y yo de hecho había formado la mía. ¿Felizmente? Podía decirse que sí. Había abierto un bar, había hecho uno o dos buenos amigos y me puse de novio con una hermosa mujer.
Pero Bella... sólo Bella había generado miles de cosas en mí. Sólo ella. Era la verdad, sólo la verdad. Ella y sólo ella me había hecho sentir cosas inexplicables e inolvidables. De no ser así... no estaría recordándola como un patán. Esas mañana en las cuales despertaba y la tenía entre mis brazos o aferrada a mi pecho. Esas tardes, esas noches. Esos momentos que jamás, jamás podría llegar a olvidar. Podía fingir el olvido pero era sólo eso... fingía. Jamás la olvidaría. Jamás olvidas a la persona de tu vida, jamás te animas a hacerlo.
Olvidarla no era ni siquiera una posibilidad. No olvidaría su suave piel, sus ojos... su voz. Esa voz tan dulce y peculiar que me estremecía. Si hacía un esfuerzo hasta quizás podía recordar el tono de su voz. Y si quería más... podía imaginarla frente a mi ojos. Cargando ese álbum de fotos con el cual se quedó. Y me alegraba que ella lo conservase, porque eso me decía que significaba algo. Y yo conservaba sus detalles. El colgante con la letra "B", lo cargaba en mi cuello después de tanto tiempo. Y sí, lo seguiría conservando porque de cualquier manera significaba algo para mí.
Tomé mi móvil y volví a llamar a Diana. Dejé de pensar en Bella porque estaba haciéndome mal. Recordar todo estaba logrando quitarme algunas lágrimas. Ella no contestó y comencé a preocuparme, en serio. Aún yo me encontraba en su casa, recordando a Bella, sólo. Emmett me dio la espalda, ¿a quién iba a recurrir? A nadie. Porque sólo él podía entenderme, él era mi hermano. Quizás alguien más... podía ayudarme.
Edward — 17.35
Hola, Alice. Necesito ayuda.
Alice iba a ayudarme, seguro. Pero no contestó mi mensaje de texto, ella me llamó a los minutos.
—Edward, ¿te pasó algo? — me preguntó.
—No, es sólo que tengo un asunto que no puedo resolver. — le contesté, yendome de la casa de Diana.
—Dime, dime qué puedo hacer.
—Es muy largo, ¿te parece bien si nos encontramos en la cafetería? — le propuse.
—En la cafetería de la plaza, ya. — me dijo y colgó.
Me subí a mi coche y conduje rápidamente hasta la plaza. Yo me estaba alterando por no saber dónde se encontraba Diana. Y había sido mi culpa, sólo yo era el culpable por dejar esas cartas cerca de ella. Aunque la verdad era que seguramente ella escarbó y las encontró.
—¿Y hace cuánto recibes estas cartas? — me preguntó Alice, dando un sorbo a si té de manzanillas.
—No lo sé... — rasqué mi cabeza. — Hará un mes.
—Edward, no soy nadie para juzgarte. Pero debiste decírselo a Diana.
—Sí, sí. Lo sé, Al. Pero conoces a Diana, ella hubiese enloquecido y no quería... lastimarla.
—Yo, en su lugar. Hubiese preferido que me dijeses la verdad antes de que la cosa fuese más allá. Edward, tuviste sexo con ella.
—Es que... yo no pude elegir entre hacerlo con la extraña o no. Me amarró, estuve bajo su mando. Y juro por mi madre que creí que era Diana, todo el tiempo.
—Bueno, no lo era. Ahora debes esperar a que Diana aparezca y contarle todo. Aunque no hará falta darle muchos detalles porque ya lo leyó todo. Y es tu culpa, porque eres un tonto que no supo ocultar esas putas cartas. — ella se estaba cabreando.
—Tranquila, tranquila. — reí.
—¿Eres tonto? — frunció el ceño. — Yo no me estoy riendo.
—Entonces... ¿debo dejar que Diana sólo aparezca o buscarla? — le pregunté.
—Deja que ella aparezca. Seguramente necesita estar sola y también necesita tiempo para pensar.
—¿Pensar? — alcé mi ceja.
—Edward, no vayas a sorprenderte si ella quiere terminarlo todo.
—¿Romper?
—Exacto. Piensa en ella, Ed. Está destrozada, seguramente.
—Yo... no quiero que ella... rompa conmigo. — musité.
—Es un posibilidad, no es algo seguro. Tontito. — rió ella.
—Me asustaste. — bromeé.
La noche caía y Boston comenzaba a iluminarse. Los edificios prendían sus luces, las discotecas liberaban buena música y la gente transitaba más. Quizás era el cielo estrellado o el calor, que incitaba a caminar por las calles. Pero sin compañía no era agradable.
Iba a entrar a mi casa, cuando vi otra carta en la puerta. Suspiré y la tomé. Entré y la dejé en la mesa. Me prometí que no iba a leer otra de esas jodidas cartas que arruinaban mi relación.
Quizás pedir una pizza había sido una buena opción porque me relajé solitariamente. Bebí cerveza, miré un interesante partido de fútbol y grité un gol con sentimiento.
—Es una buena noche de sábado, ¿verdad? — me pregunté a mi mismo. — Sin mi novia, sin amigos, sólo. Y recordándola como un infeliz. — reí.
Quizás era el efecto de la cereza o lamentablemente era la pura verdad. Dejé de reírme cuando mi móvil sonó.
—Hijo. — me habló Esme.
—Hola... mamá. — contesté.
—¿No vendrás a cenar? — me preguntó y demonios... lo había olvidado.
—Mamá, olvidé...
—Aún la comida está en el horno. Tienes diez minutos para venir, mo creo que quieras dejar plantada a tu madre, ¿o sí?
—Estaba por meterme en la cama, mamá.
—Diez minutos. — me contestó y colgó.
No podía dejar a mi madre clavada con toda la comida y encima ella siempre preparaba algo rico y especial. Me cambié y conduje hasta la casa de mis padres. Toqué el timbre como de costumbre y mi padre abrió la puerta.
—Tu madre ya estaba enloqueciendo. — bromeó, abrazandome.
—Y yo, estaba por dormirme. — le dije, palmeandolo.
—Nadie deja plantada a tu madre. Ni siquiera yo la dejé plantada. Y eso que hace cuarenta y un años que estamos juntos. — rió.
—No imagino cómo sigues aguantando. — bromeé.
—Cuando amas a alguien, el tiempo que pasas a su lado no lo calculas, lo vives. — me contestó.
Entramos y mi madre estaba sentada en el sofá, leyendo una revista de moda. Pegó un salto al verme.
—¡Creí que no vendrías! — pellizcó mis mejillas.
—Mamá... — murmuré, alejándome. — Ya soy grande.
—Oh sí. ¿Donde está Diana? — me preguntó, mirando a su alrededor.
—Ella... se sentía descompuesta y prefirió quedarse.
—Pobresita. — dijo mi madre y asentí. — Pasemos al comedor, la cena ya está servida.
Me senté en mi lugar y era extraño cenar a solas con mis padres. Sin Emmett, sin la familia entera.
—Hijo, ¿como van las cosas con Diana? — me preguntó Carlisle, comiendo pollo.
—Excelente, todo perfecto. — contesté, tenso.
—Cariño, ¿no tienes apetito? — Esme frunció el ceño.
—Mamá, ya comí pizza. Realmente no tengo mucho hambre.
—Te la pasas comiendo comida chatarra. — me regañó mi padre.
—No es eso... es sólo... — iba a contestarle cuando la puerta principal fue golpeada bruscamente.
—¿Quién es tan desubicado? — mi padre se levantó de la mesa y se dirigió a la entrada.
Al cabo de unos segundos, a mi madre y a mí nos bastó escuchar unos gritos para levantarnos de la mesa rápido.
—¿Qué está pasando? — preguntó mi madre.
—¡Pasa que no veo a mi hija hace días! — era Raquel, la única e histérica Raquel.
—Tranquila, ¿de qué hablas? — le pregunté, acercandome a ella.
—¡Tranquila nada! — gritó, alejándose.
—Eres una atrevida. No puedes aparecer así como si nada, a los gritos. — le dijo mi padre.
—Esto no estaría pasando si su estúpido hijo me dejase tener a mi hija.
—Estupida eres tú. No puedes venir a insultar a mi hermano, ¿quién te crees que eres? — le dije yo, cabreado.
—¿Sabes qué haré? Llamaré a la policia y dejaré que ellos se encarguen de Emmett. Eso haré. — tomó su móvil.
—Eso no hará falta. — ahora mi hermano aparecía con Sharon.
—¡Cretino! — Raquel se abalanzó sobre él y lo abofeteó.
—Relájate. — Emmett frenó los golpes que ella lanzaba al aire, agarrándola de sus manos. — No creo que quieras hacer una escena frente a nuestra hija. — le dijo él, con la mandíbula tensa.
—Edward, llévate a Sharon de aquí. — me indicó mi hermano y asentí.
(1) Tomé a mi sobrina y la subí en mi coche. Ella estaba lloriqueando y realmente me daba mucha pena y rabia que una niña de su edad tubiese que estar pasando por algo así. Sus padres que estaban separados, discutiendo, frente a sus ojos.
—No llores, hermosa. — acaricié su mano, rumbo a mi casa.
—Quie-quiero dormir. — sollozó, recostándose en el asiento del acompañante.
—Llegaremos en unos minutos. — coloqué ambas manos en el volante.
Estacioné mi vehículo y bajé a Sharon, la cargué en mis brazos. Ella aún lloraba y se aferraba a mí. Entramos, la acosté en mi cama y le hice cariños.
—¿Ellos se pelearon por mi culpa? — murmuró, cubriéndose con las sábanas.
—No, pequeña. Nada, nada es tu culpa. — acaricié su cabello.
—Siempre que discuten... yo estoy en el medio.
—Sharon, ellos pelean porque tienen diferencias, como cualquier persona.
—¡Siempre discuten por mi culpa! — exclamó.
—¿Cual crees que es el problema entre ellos? — le pregunté.
—Mi mamá quiere que esté con ella tooooodo el tiempo. Y mi papá también reclama su tiempo, y yo creo que ahí está el conflicto.
—¿Con quién prefieres estar?
—Con mi padre. Él es el mejor, quizás me guste pasar tiempo con Rosalie. Ella es como una segunda madre para mí.
—¿La quieres?
—Mucho. La considero mi madre, a veces. Ella es tan buena, atenta y es hermosa. ¿Quién no querría una madre así?
—Pero... ¿y Raquel?
—Ella... también es buena. Claro que lo es. Pero quizás me agrade estar más con la esposa de mi padre.
—Hablas como una niña grande. Estoy tan orgulloso de ti. — la abracé.
—Tío, si algún día tienes una hija... nunca la hagas pasar por algo así. Cuídala, no dejes que interfiera en los problemas de parejas. Nunca. — murmuró.
—Ese es un consejo... de adulta. Cosa que aún no eres. — toqué su nariz. — Pero lo tomaré en cuenta.
—Soy muy sabia. Todas mis profesoras me lo dicen. 'Eres la más inteligente y hermosa del instituto.' — rió con tono burlón.
—Basta, es hora de dormir. — la cubrí bien y le di un arrumaco.
Me dirigí a la sala y tomé mi móvil. Distraer a Sharon había sido bueno... pero ¿qué estaría pasando con mi hermano?
Edward — 23.26
Hermano, ¿como va todo?
Emmett — 23.28
Al carajo todo. Está loca.
Edward — 23.30
No me enojo si me das detalles.
Emmett — 23.32
No conozco mujer más histérica que ella. Por suerte la hice razonar y se fue. ¿Como está Sharon?
Edward — 23.34
Dormida. Hablamos un largo rato y optó por descansar. Realmente tienes una hija preciosa, hermano. Estoy tan orgulloso de ti.
Emmett — 23.36
Es increíble. Y gracias, sé que cuento contigo.
Edward — 23.39
Hablamos luego, yo la cuido.
Me quedé un rato más, viendo televisión. Alice me llamó mientras me ponía cómodo en mi sofá.
—¿Diana no regresó? — me preguntó ella.
—No, realmente estoy preocupado.
—Sé que te dije que debías darle su espacio y eso, pero...
—Alice, ahora no puedo buscarla.
—¿Qué es lo que te impide buscar a tu novia?
—Estoy cuidando a Sharon. ¿No es acaso una causa importante?
—Sí, lo es. Sólo... si sabes algo de ella, avísame. Jasper está algo preocupado.
—Está bien. ¿Acaso... tú no estás preocupada? — le pregunté.
—¿Acaso yo ya no te dije que nadie reemplazará a Bella para mí? Puedo preguntar por Diana, sí. Pero sólo me preocuparía por alguien como Bella.
—Me lo dijiste varias veces. Nos hablamos, adiós. — le colgué.
Alice seguía en pie apoyando a Bella. Quizás y porque fue su mejor amiga, casi una hermana. El aprecio que entre ambas se tenían, la confianza y el apoyo incondicional que se brindaban.
Mientras apagaba las últimas luces de mi casa, volteé hacia la mesa. Y visualicé la carta, cerrada completamente. En mi cabeza tenía un sector que me decía 'No la leas, no te hace bien'. Pero por otro lado, yo quería leerla. Podría ser intriga, misterio, lo que sea. Yo necesitaba abrirla.
"No voy a responderte con tanta crueldad. Sólo voy a decirte una cosa. Si quieres conocerme, si quieres saber quién soy... te espero en la fuente. A la medianoche. Te prometo que voy a mostrarme ante ti. No habrá máscaras, no habrá oscuridad, sólo la luz de la luna nos alumbrará.
Posdata: Me dejo llevar por los sueños, esos sueños en los que tú estás amándome, en los que me miras fijamente con tus ojos de silencio. Mis sueños, en los que soy capaz de poseer tus labios, sueños con ilusión que han de ser rotos por el no despertar a tu lado. Te conocí y yo dejé de ser yo para formar parte de tu piel, te conocí y morí en la ternura de amarte más de lo que nadie pudo hacerlo jamás. Quiero la felicidad de tenerte, lágrimas de tu ternura, tú conmigo, yo en ti.
Anónima."
¿Qué más daba? Ella hablaba de sueños, estaba realmente enamorada de mí. Escribir eso de que nadie me amaría más de lo que ella me amó... qué profunda. La sentía cercana, demasiado. De tan sólo leerla, me imaginaba una mujer dulce, tierna, atenta, especial. Un ángel. ¿Y si era lo contrario? Lo averiguaría en ese preciso momento en el cual me subí a mi coche, rumbo a la plaza. Ya casi era la medianoche y yo me encontraba esperándola.
Sólo pensaba en lo que le había dicho a Alice. No podía buscar a Diana porque estaba cuidando a Sharon, por lo tanto no podía salir de mi casa. Pero... ahora me encontraba sentado en la fuente. Lejos de mi sobrina y aguardando a que una desconocida se mostrase ante mí.
Estaba mirando mi móvil, inclinado hacia bajo... cuando sentí la presencia de alguien más. Me bastó mirar sus pies, para que la garganta se me secase por completo. Estaba estático. No me atrevía a alzar la mirada. ¿Quién era el cobarde ahora?
Quedan sólo tres capítulos para ponerle fin a esta historia. ¿Qué creen que va a suceder?
Gracias por leer.
Las invito a que se unan al grupo de Facebook (link en mi bio de fanfiction)
Espero que les haya gustado. Me gustaría saber qué opinan :)
Anbel.
