Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, solo me adjudico algunos personajes. La historia es producto de mi imaginación.

Playlist.

(1). Samba Squad - É Pra Valer.

(2). Santogold - My superman.

(3). Sarah McLachlan - Angel.

Disfruten.


Bella's Point Of View.

—Te amo tanto. — le dije, acariciando su barbilla.

—Bella, no imaginas lo feliz que estoy de tenerte a mi lado. — me respondió, besándome en la frente.

—Me gustaría que aprovechemos al máximo estos últimos días en Brasil. — reí.

—Eso haremos. — me besó.

Dos semanas de 'vacaciones' con Edward... estaban yendo de maravilla. En esos días recuperamos todo el tiempo perdido y todos los besos y cariño que no nos habíamos dado. Ya había olvidado cómo se sentía hacer el amor y sentirme cerca de él. Todas las noches lo hacíamos y parecía la primera vez. No me cansaba de decirle lo mucho que lo amaba y lo mucho que lo necesitaba.

—Podríamos salir a cenar en la noche. — susurró en mi oreja y reí.

—Me encanta la idea. — lo rodeé con mis piernas y me subí encima de él.

—Qué hermosa que eres. — sonrió con picardía.

—Estaba pensando en que podríamos hacer el amor ahora. — murmuré. — Pero mejor no, en la noche. — me levanté y me miró incrédulo.

—No... no puedes hacerme esto. — bufó, teatral.

—Sí que puedo, de hecho lo hago. — le guiñé el ojo y salí de la habitación.

Me di una ducha. El agua estaba realmente cálida y el habiente era muy lindo. Estábamos parando en un hotel bastante costoso. Al llegar discutí con Edward por ese mismo motivo. Porque quería un hotel caro y bueno y bla, bla, bla. Pero se terminó haciendo lo que él dijo. Un hotel costoso. El pícaro se las arregló y con mimos me convenció.

—¿Puedes creer que Emmett me llama todos los días para preguntarme si lo hacemos? — me preguntó Edward, mientras me vestía en la habitación.

—Tiene puro sexo en la cabeza. — bromeé.

—Ese vestido es tan sexy. — me dijo, acercándose por detrás y abrazándome.

—Para ti, cariño. — volteé y lo besé.

—Voy a vestirme, y después iremos a dar una vuelta. — me palmeó el trasero y gemí.

Antes de que él saliese del cuarto de baño, llamé a Alice.

—¿Cómo se la están pasando? — me preguntó.

—Muy bien, ardilla. No imaginas lo demasiado que lo amo y lo feliz que soy a su lado. — sonreí como una tonta enamorada.

—Bells, estoy muy contenta por ti. Luchar y pasar por tantas cosas... valió la pena.

—Sí, realmente valió la pena. — mis ojos comenzaban a entumecerce cuando recordaba todo.

—Espero que hablemos más tarde y espero verte pronto. Te quiero y te extraño. — me dijo y esbocé una media sonrisa.

—También te quiero y te extraño. Nos vemos en unos días. — le respondí.

—Todos aquí preguntan por Edward.

—¿No dijiste nada? — le pregunté. Nadie más que Alice sabía que Edward y yo estábamos juntos. No quería que supiesen, quería darles una sorpresa.

—No, no. Mantengo el secreto. — rió.

—Hasta pronto. — contesté y le colgué.

Salí al balcón y observar una ciudad tan hermosa como Río de Janeiro fue... excepcional. Me tomé un minuto para analizar a mi alrededor y caer en que estaba con Edward. Después de todo, ¡con el hombre al cual amaba... inexplicablemente!

De sólo pensar en todo lo que nos había pasado y a lo que cada uno se enfrentó, me daban ganas de llorar. Luchar y pelear por el amor de Edward, había valido la pena. Todo lo malo, ya no era más que historia. Ahora estábamos hechos ambos de instantes, de recuerdos. Lo recordábamos todo como... algo malo que nos había sucedido y que nos había golpeado tan duro que nos hizo más fuertes. Pero no nos dio fortaleza con el uno por el otro, eso... no tenía solución. Éramos débiles ante nosotros mismos. Edward era Edward y nadie podía tocármelo. Era capaz de morir por él. Porque cuando amas a alguien así como yo lo amaba a él... no lo piensas. No tienes ojos para nadie más, sólo para tu amado.

Cuando ambos estuvimos listos, salimos a caminar. Recorrer calles extrañas, de la mano con Edward era muy lindo. Él lo era. Cariñoso, tierno y... ambos nos amábamos. Estábamos muy enamorados el uno por el otro. Éramos una sola persona.

—Todo es tan perfecto. — murmuré, mientras caminábamos por el centro.

—Tú lo eres, Bella. — me respondió y mi corazón latió fuerte. — No quiero que esto acabe. — me tomó con más fuerza la mano y supe que hablaba muy en serio.

—Edward, no imaginas lo feliz que estoy. — lo miré fijamente y curvé mis labios. — Después de todo lo malo, que estemos juntos es... tan bueno.

—Quiero pedirte disculpas. — murmuró y lo miré sin entender. — Por dejarte ir, y por no haberte dicho lo que sentía a tiempo.

—Pero estamos juntos, eso ya no importa. — le contesté.

—Claro que importa. — afirmó con seguridad. — Si tú no regresabas... te perdía, Bella.

—Pero seguramente nos volvíamos a encontrar, siempre lo hacemos. Tú tomaste un camino y yo otro, pero el mundo es redondo. — lo besé.

—Bella, juro que no sé qué haría sin ti, o qué sería mi vida sin tú en ella. No tendría sentido. — acarició mi cabello.

—Edward, la realidad es que nos necesitamos y nos acostumbramos a estar juntos. Pero algún día algo nos separará. Un accidente, el tiempo, la muerte. — le dije, con mis ojos húmedos.

—Moriré contigo. — susurró en mi oreja.

Recorrimos algunos negocios y compramos recuerdos para la familia. Blusa para Esme, cenicero para Carlisle, vestido para Rosalie, un abrigo para Emmett, zapatos para Alice y llavero para Jasper. No todos los días uno viaja a Brasil. Debíamos aprovecharlo todo.

Pensé en comprarles algo a mis padres, pero después recordé que... no me hablaba con ellos. Básicamente ya no teníamos relación. No me llamaban, no buscaban la forma de comunicarse conmigo, yo tampoco lo hacía. Ellos no querían a Edward, yo no los quería a ellos.

—Qué rápido anocheció, no me di cuenta. — le sonreí a Edward, acomodando las bolsas con los obsequios en mi brazo.

—Es verdad, ya casi es hora de cenar. — me respondió, observando su reloj.

—¿Algo tranquilo? — le pregunté.

—No. Iremos a un restaurante costoso, no quiero quejas. Al menos déjame elegir esta vez. — me hizo una mueca de tristeza.

—No... no puedo decirte que no cuando me haces esa... carita. — lo tomé de ma barbilla y lo acerqué bien a mi rostro. — En la cama, yo tomaré las riendas. Al menos esta noche. — ahora yo le hacía una mueca.

—Trato. — me besó la nariz y sonreí.

Entramos de la mano en un lujoso restaurante. Él pidió una mesa junto a la ventana y me cedió el lugar, apartando la silla para que me sentase. Susurró en mi oreja que tendríamos una linda noche, antes de sentarse. A lo que sonreí con timidez y me imaginé todo en mi perversa mente. Él... encima de mi cuerpo, o al revés, yo haciendo lo mío. Encima de su...

—¿En qué piensas? — me preguntó y ladeé mi cabeza.

—¿Quieres la verdad? — le retruqué, esbozando una media sonrisa, cargada de picardía y vergüenza.

—Siempre la espero de ti. — me respondió, posando sus brazos en la mesa.

—Estaba imaginándome lo que voy a hacerte más tarde. — le contesté y abrió sus ojos, mirándome perversamente.

—Bella, ¿qué tan buena eres con tu imaginación? — me preguntó y fruncí el ceño.

—Soy muy buena si me lo propongo. — le guiñé el ojo.

—Imagínate esto. — me indicó y lo miré sin entender. — Estoy recorriéndote desde tu lóbulo hasta tu ombligo, marcando cada sector con besos húmedos. — por debajo de la mesa acarició mi pierna, con su ágil mano derecha. Me estremecí, sin poder evitarlo.

—Edward. — murmuré, cruzando mis piernas.

—Bella, tranquilamente puedo introducir un dedo allí. — me dijo lascivamente y supe que hablaba de introducirlo... allí.

—No serías capaz de hacerlo aquí. — reí, muy segura de lo que decía.

—¿Segura? — me preguntó y parecía que estaba metido en mi cabeza y oía todo.

—Muy. — afirmé.

—Quiero que vayas al baño de damas y me esperes ahí, en la encimera. — me contestó y sonreí.

—Dije que esta noche yo daría las órdenes, así que... cierra la boca. No iré a ningún lado. — le respondí y me miró sin podérselo creer.

—Qué extraña, creí que una mano te vendría bien. — sonrió con picardía y me ruboricé.

—Creíste mal, ya cállate. — le dije y rió.

Al rato trajeron la cena. El platillo del día era carne asada con papas fritas y alguna guarnición. La verdad era que todo estaba saliendo de maravilla y estar compartiéndolo todo con Edward era lo mejor. Juntos, bromeando y recuperando todo ese tiempo perdido. Las heridas y las decepciones ya habían desaparecido, al menos por mi parte ya no eran más que recuerdos. Mientras cenábamos, Edward recibió una llamada de su hermano. En ningún momento le nombró mi nombre ni nada de eso. No queríamos que supiesen que estábamos juntos. Ambos queríamos que al regresar fuese una sorpresa.

—Claro, es todo muy perfecto. — le dijo a su hermano, mirándome. — ¿Ella está contigo? — le preguntó y me hizo una mueca, hablaban de Sharon. — Hola, preciosa. — estaba hablando con ella. — También te extraño. Al regresar te prometo que te daré una gran sorpresa. — me guiñó el ojo y le sonreí. — También te quiero, nos vemos pronto. — le dijo y colgó.

—Estara ansiosa. — le dije, cuando dejó el móvil a un lado.

—Ella al verte... se pondrá inexplicablemente feliz. — me respondió con entusiasmo.

—No puedo esperar a darle un abrazo. — sonreí.

—Qué linda eres. — me respondió.

(1) Salimos del lugar y fuera había un gran revuelo de personas. Las calles estaban clausuradas y los vehículos no podían pasar por ella. Un baile colorido se desataba en todas partes. Con trompetas, panderetas y el sonido era genial. Una combinación muy buena de música y baile.

Edward me tomó por la cintura y me besó en medio de la multitud. Me alzaba y me hacía dar vueltas. No tenía idea de cómo se bailaba en Brasil. Por suerte una mujer voluptuosa y morena se le acercó y lo ayudó a moverse. Por mi parte, se acercó la pareja de la mujer y me tomó de la cintura y me acercó a él. No me quejé porque al parecer, todos eran amigos y era divertido.

—¡Déjate llevar, amiga! — me dijo el muchacho y reí tentada. Estaba ruborizada, no entendía mucho. — Tienes que moverte rápido. — me indicó, llevándome con sus pasos.

—Eso trato de hacer. — le respondí, pisándolo, sin querer. — ¡Lo siento! — me detuve para disculparme.

—No es nada, será mejor que regreses con tu amigo. — me indicó y fruncí el ceño, sabiendo que hablaba de Edward.

—Claro. — reí, caminando para el lado en el cual estaba él.

—¿Todo en orden? — le pregunté divertida, observando cómo tomaba a la chica por la cintura.

—Venga a bailar. — me dijo la mujer y sonreí, mirando a Edward.

Tomó mis manos y me hizo dar vueltas. La gente se lanzaba espuma entre sí. Y eso... nos perjudicó a nosotros. Pero era tan divertido que no importaba, era Brasil, eso era fiesta, alegría. Lo encantador era que a Edward no le importaba el momento, él siempre encontraba el momento exacto para besarme y hacerme sentir especial. Sólo con él podía sentirme única. Quizás y... sin él yo no era nada.

—Bella, eres tan preciosa. — me dijo en mi oído, dándome besitos en mi oreja.

—Te amo. — le respondí, colocándome frente a él, rodeándolo por el cuello.

—¿Porqué siento que nada más importa cuando estoy contigo? — me preguntó con seriedad y se me ablandó el corazón. Dejándome casi sin aire en mis pulmones.

—Dímelo tú. — le sonreí, conteniendo mis ganas de saltar.

—Porque eres la única que me hace sentir eso, eres la única mujer que logra llevarme a otra dimensión con tan sólo mirarme. — me contestó y suspiré torpemente.

—Me pasa lo mismo. Y no puedo entender cómo eres el único hombre que me puede hacer sentir así. Me da... rabia. Lo juro, porque el día que no te tenga... no sé qué haré. — le dije, acercándome un poco más a su rostro.

—Mi respuesta a eso es que... siempre me tendrás, siempre. Juntos. ¿Lo recuerdas? — me preguntó, acariciando el cabello que colgaba en mi espalda.

—Juntos. — estampé mis labios contra los suyos, sintiendo un acogedor refugio para mi lengua. Que se entrelazaba con la suya y batallaban. Nuestros labios se enredaban y él carcomía el mío inferior.

(2) No me pregunten cómo, pero a los minutos, estábamos desordenando toda la habitación del hotel. Basándonos apasionadamente contra cada pared, quitándonos la ropa entre los dos. Él me acariciaba la pierna, yo la tenía subida en su cintura y mientras lo hacía, me respiraba en el lóbulo. Me entraba un cosquilleo de pies a cabeza, dejándome sin aliento y agitada.

—Hagámoslo ya. — jadeé, empujándolo hacia el lado de la cama. Cuando estuvo de espaldas frente a la misma, le di un empujón y cayó rendido.

—Ya. — afirmó, haciéndome un gesto como... ven aquí.

Ya estaba desnudo, así que no me iba a costar ni un poco hacerlo mío. Besé cada rincón de su cuerpo. Su barriga, su pelvis, y su punto clave. Ese cuello tan especial, yo lo estaba marcando con mi saliva. Haciéndole chupones, sin pensar en lo que podían llegar a decirle sus familiares si lo veían todo morado. Pero lo genial era que no regresaríamos hasta dentro de unos días. Podía marcarlo todo, absolutamente todo...

—Tengo una idea fantástica. — susurré en su boca, fregando su pene por encima de los calzoncillos.

—No quiero que me la digas, hazla. — jadeó, mordisqueando mis labios.

Bajé sensual pero torpemente hasta su sexo. Le quité de un brusco tirón lo que lo cubría. Chilló teatral y se retorció. El muy travieso aprovecho que mi rostro estaba cerca de su parte baja para hacer un movimiento con su pelvis y golpearme en la cara. Sí, sentí todo eso rebotar en mi boca. Reí porque me pareció gracioso.

—Idiota. — le dije, riendo.

—No quise interrumpir. — me respondió, haciéndose el gracioso.

Tenía en mente una pose. ¿Qué tal funcionaría el 69 con nosotros? Ya lo habíamos hecho una vez y fue... increíble. Abrí mis piernas y traté de rodear su cintura. Boca hacia bajo, claro. Introduje sin pensarlo su miembro en mi boca y bombeé hacia bajo. El se posicionó debajo de mi sexo y me lamió... increíblemente bien. Con mi mano izquierda me mantenía medianamente elevada y con la otra, manipulaba sus testículos. Podía oír cómo cortos jadeos salían de él.

—Edward, qué bien lo haces. — dije en voz baja, lamiendo los costados de su polla.

—Vas a matarme. — me respondió y sentía cómo deslizaba su ágil lengua por uno de mis labios vaginales.

No pude responderle porque, bueno... tenía su... en mi boca. Lo lamía desde la punta que estaba húmeda, hasta la base. Trataba de no enfocarme en las arcadas porque no quería que Edward dejase de sentir placer. No era justo. El estaba lamiéndome como un glorioso Dios y yo bueno... joder. Hacía lo que podía. Su pene era tan grande que apenas podía entrar entero en mi boca.

—Edward, sigue. — jadeé, encorvándome un poco. El orgasmo estaba cerca, mi clítoris comenzaba a tensarse.

—Qué rica estás. — me respondió y escuché cómo su lengua jugueteaba con mis jugos vaginales.

—Mierda, mierda. — gemí, alejándome de su polla y gritando. Liberándolo todo.

Mi vagina palpitaba y todo mi cuerpo fue sacudido por dentro, dejándome con una expresión gloriosa en mi rostro. Desarmé la posición y me coloqué a su lado, cerca de su parte baja. Con mi mano lo masturbé para que eyaculara. Lamí la punta y se sentó, me miró con sus ojos tan penetrantes y parecía que tenía llamas en ellos. Moví mi mano con más rapidez y liberó su esencia, la cual se derramó hacia la base. También en mis manos.

—Qué excelente. — jadeó, recomponiéndose.

—Edward, espero que no se te olvide que yo soy la única dueña de esto. — toqué su pene y me miró.

—Oh, claro que tú eres la dueña. — me respondió lascivamente, tomando mi mano y aferrándola a su pito.

—¿Te quedaste con ganas de más? — le pregunté, con picardía.

—Está bien por hoy, lo que hicimos fue bueno. — me sonrió.

—Lo sé, trabajo en equipo. — murmuré, dirigiéndome al cuarto de baño.

—Qué perfecto es tu trasero. — me dijo y caminé más rápido. A lo que él rió.

Enjuagué mis manos con jabón y también mi rostro que estaba algo sudado. Era una asco, realmente. Estaba despeinada, colorada, agitada. Mis mejillas ardían y mis labios vaginales estaban palpitando. Al comienzo me preocupé, me asusté. Pero al enjuagarme con agua fría, la molestia desapareció.

—Qué noche. — le dije a Edward, recostándome a su lado.

—Estoy exhausto. — murmuró en mi cuello, besándome.

—Si continúas, voy a tener que besarte y... — le respondí.

—Mejor te beso yo. — me calló y reí en sus labios. — Te amo. — me sonrió.

—Yo también, mucho, mucho. — rocé mi nariz con la suya y me di la vuelta.

Él me abrazó por detrás y así dormimos hasta la media mañana.

Cuando desperté, Edward estaba profundamente dormido en mi pecho. Sí, con su rostro muy cerca de mis senos. Me causaba muchísima gracia. Sonreí, le acaricié el cabello y con cuidado me levanté. Me vestí con unos cortos y una musculosa blanca, de calzado unas zapatillas. Anteojos por el sol y una coleta en el cabello. Con sólo salir al balcón, me di cuenta de que sería un día sumamente caluroso.

Salí del hotel y fui a una confitería cercana. Quería comprar algunas gomas y caramelos, para poder hacerle un delicioso desayuno a Edward. Mientras seleccionaba los dulces, juro por Dios que al escuchar su voz, se me erizó todo. Volteé un poco y lo vi, pagando una tarta de chocolate. Me di la vuelta y rogué al cielo que no me viese, que no se me acercase ni siquiera un poco. Metí unas gomitas más y me quedé estática cuando oí que estaba detrás de mí.

—No aquí, no hoy. — murmuró en mi espalda y tragué saliva, muy nerviosa. — Voy a vengarme. — ladeó mi cabello y se fue.

Tenía tanto miedo, estaba demasiado asustada. Cada músculo de mi cuerpo estaba tenso y temblaba. Ryan estaba en Brasil, y me había amenazado. Pagué rápido lo que había elegido y salí atemorizada del negocio. Miraba para todos lados y parecía una jodida loca, psicópata. Lo que nadie sabía, lo que nadie se había enterado era que antes de regresar a Boston... yo había tenido una fuerte discusión con él. En la cual me había abofeteado, me había obligado a quedarme con él y me defendí. Golpeándolo con un jarrón en su mejilla. Lo que le costó una cicatriz de unos... cinco centímetros. ¿A qué se habría referido Ryan con... voy a vengarme? Estaría aterrorizada todo el resto de mi vida y no podía decírselo a nadie.

Cuando llegué al hotel, me metí casi corriendo a la habitación. Quise prepararle el desayuno perfecto a Edward pero fue un desastre. No podía concentrarme cuando lo único que daba vueltas en mi cabeza eran las estúpidas palabras de Ryan.

—Mierda. — maldije, cuando la tortilla que estaba cocinando... se quemó. — Puta madre. — bufé, armando en un plato un corazón con caramelos.

Para salvar el desayuno y no hacer algo feo... cociné una tarta con vainillas. Me concentré y realmente salió bien. La rellené con unas gomas de frutilla y pedacitos de banana en rodajas. Y por fuera... la cubrí con salsa de chocolate, decorada con confites. Era una receta propia y hacía tiempo que no la preparaba. Si a Edward no le gustaba... no debía sorprenderme. Exprimí algunas naranjas y le preparé un dulce jugo. Había pensado en un café, pero... hacía calor y no era buena idea.

—Buen día, lindo. — cantureé, entrando a la habitación con la bandeja cargada en mis manos.

—Bella... — bostezó, sin abrir sus ojos.

—Apuesto a que no te esperabas esto. — le respondí, acercándome.

—Preciosa. — murmuró, sentándose y acomodándose, esperando el desayuno.

—Primero un beso. — aparté la bandeja y acerqué mis labios.

—Buenos días. — me besó y tomó el desayuno. — Esto se ve delicioso, gracias. — acarició mi cabello y sonreí.

Qué agradables eran esos momentos, esos instantes con Edward, rodeada de tanto amor. Rodeada de un hombre que me amaba y que daba todo por mí, un hombre que valía la pena y que jamás me arriesgaría a perder. No volvería a cometer el mismo error, no por segunda vez.

—¿Algo pasó? — me preguntó, bebiendo jugo.

—No, ¿porqué? — le pregunté.

—Te noto extraña. — me respondió. La verdad era que estaba envuelta en mis pensamientos. En lo único en lo que pensaba era en Ryan, en el miedo que tenía, el temor que él había sembrado en mí. — Bella, si hay algo... quiero que me lo digas. — me acarició la mano y esbocé una media sonrisa.

Cuando terminó el desayuno, levantó todo y lo llevó a la cocina.

—Ponte tu traje de baño, iremos a la playa. — me sonrió desde la puerta y asentí.

Acomodé toda la habitación, junté la ropa del suelo e hice la cama. Todo estaba prolijo otra vez, todo estaba en orden. Menos mi cabeza. Era un real desastre, llena de pensamientos negativos en los cual aparecía Ryan. Golpeándome, ambos forcejeando, yo golpeándolo y dejándole una marca de por vida en su rostro. Qué terrible historia para contar.

—Bella, ya estoy lis... — frunció el ceño al verme acostada en la cama. — Creí que ya estabas vestida. — sonrió, mirándome, sin entender.

—Lo... lo siento. — murmuré, levantándome.

—¿Qué sucede? — me preguntó dulcemente, tomándome por los hombros.

—Todo está bien. — le respondí, apartando la mirada.

—Te amo. — me dijo, muy cerca de mis labios.

—Yo más. — le di un piquito y sonreí.

Salió nuevamente de la habitación y me vestí rápido. Estar envuelta en mis pensamientos... no era bueno. Tenía que quitarme todo eso de la cabeza, no podía seguir colgada en las nubes.

Me coloqué el corpiño del traje de baño color blanco, abajo el conjunto y encima un short. También la musculosa que tenía puesta antes.

Antes de salir rumbo a la playa, Edward me hizo un cumplido y me besó. Era tan dulce y perfecto.

—No quiero que otros hombres te vean casi desnuda. — me dijo, mientras caminábamos tomados de la mano.

—Lindurita, estamos yendo a la playa, es obvio que habrá hombres y que me verán. — reí.

—Entonces te cubriré. — me besó la mejilla y sonreí.

(3) Llegamos y el calor aumentaba. Pusimos unas toallas en la arena, para poder sentarnos y tomar algo de sol. Me quité la ropa y me quedé sólo con el traje de baño, al igual que Edward, que se recostó a mi lado. Realmente quería broncearme, pensar y recordar...

FLASHBACK MODE: ON

—Mamá, entiende. — le contesté a Reneé, caminando de un lado hacia el otro, en la sala.

—Gastamos mucho dinero en la boda, en los preparativos, en todo. ¿Y para qué? ¡Para que dijeses no! — me gritó, muy cabreada.

—No es lo que quiero para mí, no. No necesito a una familia tan mierda como ésta. — bufé.

—Te arrepentirás de haber dicho eso. — me respondió, dejándome sola.

Tomé mi móvil, vi la hora y supe que era demasiado tarde como para ir y arreglarlo todo. Sólo quería quitarme el jodido vestido, vestirme con algo cómodo y regresar a Boston. No sabía si era lo correcto, no sabía con qué me encontraría, pero lo necesitaba.

Y para completar mi terrible día, Ryan apareció en mi habitación.

—No puedo creer que me hayas plantado en el altar. — me dijo, cerrando la puerta muy fuerte.

—No tengo ganas de hablar contigo. — le respondí, acomodando mi ropa en el armario.

—Estoy hablándote. — me dijo por detrás, dándome un empujón.

—No... ¡ni se te ocurra tocarme! — le grité, haciéndole frente.

—A mí no me gritas. — me dio una cachetada que me hizo tropezar y caer al suelo.

—Maldi... — quise decirle, pero me calló con una fuerte patada en mi estómago.

—Te vas a callar. — me levantó, tomándome de mi cabello. — ¿Qué planeas hacer ahora? — me preguntó, sentándome en la cama.

—Planeo dejarte, maldito estúpido. Psicópata. — le respondí, él rió.

—Ni lo sueñes. — me dijo, abalanzándose encima de mi cuerpo.

—Quítate. — me quejé, cuando comenzó a manosearme por encima de la ropa. — Sal de aquí.

—No vas a dejarme, ni lo creas. — me abofeteó y me besó.

Las lágrimas comenzaban a brotar, mi pecho dolía. Me sentía derrotada, sin nada de voluntad, sin fuerzas. Gritar no me servía de nada, porque él me callaba con un puñetazo si lo hacía. Y en ese instante, estuve segura por primera vez de que... él no valía la pena. Ryan era un cretino, un enfermo que sólo eso sabía hacer, golpear a las mujeres. A mí.

—Déjame. — jadeé, forcejeando con él.

—No, voy a hacerte mía una vez más. — susurró en mis labios y comencé a retorcerme debajo de su cuerpo.

Cuando me bajó la cremallera de mis pantalones, estiré un poco mi mano y de la mesa de noche... tomé un jarrón que mi madre me había regalado. Lo estampé en su rostro y cayó al suelo. Vi sangre en la alfombra y suspiré, nerviosa.

—Te dije que no me pusieras las manos encima. — le di un empujón y salí de la habitación.

¿Qué fue lo peor? Mi jodida madre estaba escuchándolo todo, detrás de la puerta. La asesiné con la mirada y corrí al baño. Lloré hasta sentir mis ojos secos, sinceramente, ya no me quedaban ganas de llorar. Estuve allí durante... tres horas. Pensando en hacer una locura, pensando en todo lo malo que me había pasado en mi regreso a Arizona. Volví creyendo que todo iría de maravilla con mis padres, en otro ambiente más tranquilo, alejada de la ciudad y de lo que me hacía mal. Y pero... ¿si ese era el problema? Estaba alejada de mis amigos y todo eso tal vez era lo que no me hacía bien. Pero, ¿quién sabía?

No cené, mis padres... ambos me insistieron y me negué a probar un bocado. Eran unos cretinos conmigo, eran malos. Jamás habían sido así conmigo, jamás. Pero tal vez y era cierto que las personas cambiaban y no siempre para bien. Podían ser unos hijos de puta con su mismísimos hijos. Conmigo, por ejemplo.

En la mañana... no podía creer lo que me estaba sucediendo. Necesitaba, lo necesitaba. Lo juro por Dios, necesitaba a Edward. Todos los recuerdos, todo lo que había pasado... estaba en mi mente. No sabía si llamarlo milagro, casualidad, o cosa del destino. Pero, sí. ¡Había recuperado la memoria! Y sólo quería correr y regresar a Boston, con mi novio, con mis amigos y con la familia de él. Con esas personas increíbles, maravillosas que ocupaban un lugar... único en mí. Eran parte de mí, eso eran.

Armé mis valijas, y sin despedirme de nadie, me dirigí al aeropuerto. Estaba segura de lo que quería. A él lo quería, a Edward. Y haría todo lo que estuviese a mi alcance para que estuviésemos juntos... otra vez.

FLASHBACK MODE: OFF

—Bella, ¿en qué piensas? ¿Hice algo malo? — me preguntó, tocándome la espalda. Yo estaba boca hacia bajo.

—No... todo está en perfecto estado. — le sonreí, mintiendo.

—Bella, dime lo que está pasando. Prometimos no mentirnos, ¿lo recuerdas? — me dijo y lo miré.

—Sí, lo recuerdo. Pero es algo sin importancia. — reí, dándole confianza para que no creyese que le mentía.

—Me importa a mí. — me contestó y fruncí mis labios. Pensé un segundo en qué iba a pasar si se lo contaba. Y llegué a la conclusión de que él era capaz de hacer una locura y yo no quería eso. Por eso tenía que depositar toda mi confianza y él tenía que prometerme que no iba a hacer ninguna estupidez.

—Voy a contarte, pero... prométeme que no harás nada. — lo miré fijamente y miró hacia un costado. — Edward... hazlo. — le dije.

—Bella... sólo dímelo. — insistió.

—No, olvídalo. — negué.

—Por favor. — volvió a decirme y no le respondí. — Lo prometo, lo prometo. — me dijo, sin darle demasiada importancia a lo que decía.

—No, júralo de verdad. — le respondí.

—Bien, te lo juro, no haré... ninguna idiotez. — acarició mi mano, y supe que hablaba en serio.

—Cuando fui a comprar los elementos que necesitaba para prepararte el desayuno... algo sucedió. — murmuré. — Ryan me amenazó.

—Hijo de su perra madre. — bufó, sentándose.

—Edward... era obvio que esto iba a suceder. — le respondí, sentándome a su lado.

—Voy a mat... — dijo enojado.

—Basta, todo... va a estar bien. Aunque, a decir verdad... tengo un poco de miedo. — murmuré, nerviosa. Mis ojos comenzaban a llenarse de lágrimas.

—Bella, mientras estemos juntos... nada va a pasarte. Yo voy a protegerte. — me besó la frente. Por un momento, todo el miedo y temor... había desaparecido. Edward había dicho que iba a protegerme y así lo sentía. — ¿Juntos? — me preguntó y esbocé una media sonrisa.

—Juntos. — lo besé.

—¿Qué te dijo?

—Que pronto iba a vengarse.

—¿Es por lo que pasó antes de tu regreso? — volvió a preguntarme. Yo anteriormente le había contado absolutamente todo, y él me contó todo lo que había pasado con Diana.

—Exacto. — le respondí.

De la mano nos metimos al agua y jugamos un largo rato. Nos salpicamos y besamos en las claras aguas. También hubo un poco de manos allí abajo, nada del otro mundo. Él me tocaba y yo le respondía, pero nada subido de tono. Había niños alrededor.

—Tengo un poco de hambre, ¿qué te parece si almorzamos algo? — me propuso, tomándome por la cintura.

—También tengo hambre. — besé su nariz.

Nos vestimos y regresamos al hotel. Almorzaríamos algo tranquilo, ya que en la noche queríamos hacerlo a lo grande. Cenar cómodos, en un buen lugar, como en la noche anterior.

—Tengo un mensaje de texto de Alice. — le conté, bebiendo jugo, con ni móvil en la mano.

—¿Qué cuenta? — me preguntó Edward.

—Quiere que la llame lo antes posible. ¿Habrá pasado algo malo? — le pregunté y alzó sus cejas.

—Ante la duda... llámala. — me guiñó el ojo y asentí.

Iba a levantarme de la mesa para hablar con ella, pero no tenía nada que ocultarle a Edward. Por lo tanto... no había problema con que él escuchase una parte de la conversación.

—Acabo de leer tu mensaje. — le dije a Alice.

—Bella, al fin y te comunicas conmigo. — bufó.

—¿Qué sucede? — le pregunté, mirando fijamente a Edward, que frotaba mi mano.

—Tienes que regresar de inmediato. — me respondió ella y fruncí el ceño.

—¿Porqué?

—No puedo explicártelo por teléfono, sólo... tienes que regresar. Bella, créeme cuando te digo que es importante. — volvió a decirme.

—Al, no... no puedo hacer eso si ni siquiera sé de qué estás hablándome. — le contesté.

—Lo sabrás al regresar, es importante. Sé lo que te digo, y además... esto es sumamente interesante para ti.

—Hablaremos luego. — le respondí, cortando la llamada, muy nerviosa.

Edward me miró sin entender una pizca de mi conversación con la ardilla y no sabía qué decirle. Porque ni yo sabía de lo que Alice estaba hablándome. Sólo sabía por palabras de ella... que era algo importante. Pero... ¿debía alarmarme?


Gracias por leer. Este oficialmente es el final de la primera parte de la historia.

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Espero que les haya gustado. Me gustaría saber qué opinan :)

Anbel.