Disclaimer: nada de esto me pertenece, los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a Lynyrd Lionheart, yo solo la traduzco.
GOD LOVE HER
Capitulo catorce – Stop The World
(Detén el mundo)
― No puedo creer que nos haya dejado ir, ― Edward parecía casi aturdido mientras gritaba sobre el ruido de la moto.
Abracé a Edward más fuerte, pensé en mi padre, y sonreí.
― Yo si puedo, ― contesté. ― Él quiere que sea feliz, Edward. Aunque el lubricante casi nos lo estropea.
No podía ver su cara, pero pude imaginar el sonrojo que ahora la cubría.
― Uh... sobre eso... ¿lo siento?
― ¿Lo sientes? ― contesté despreocupadamente. ― ¿O solo sientes que no tuviéramos la oportunidad de probarlo? Me encantan las cerezas.
― Bella, vas a ser mi muerte, ― gimió Edward, y yo reí, sintiéndome más ligera de lo que lo había hecho desde que dejé Forks.
― Así que... Cornell, ― dijo un momento después. ― Eso está lejos de Forks.
― Sí, ― estuve de acuerdo. ― No creía que fuera a tener una oportunidad cuando lo solicité, así que no se lo mencioné realmente a nadie. Luego me aceptaron y, ― me encogí de hombros, ― probablemente sea lo mejor que Mike y yo hayamos roto. No creo que hubiéramos podido sobrevivir a una relación a una distancia más larga de tres manzanas. Demonios, ni siquiera sobrevivimos a eso aparentemente.
― Creí que ya habías superado lo de Mike, ― la voz de Edward sonaba cautelosa y me di cuenta de como debía haber sonado mi comentario.
― Aparca, ― le dije.
― ¿Qué? Acabamos de salir, Bella, y -
― Aparca. Quiero poder ver tu expresión por lo que estoy a punto de decir.
Edward aparcó en el aparcamiento de una gasolinera. Tan pronto como apagó el motor, me bajé para poder mirarle.
― Vale. En primer lugar, vamos a repostar aquí, porque no quiero que nos quedemos tirados otra vez. Pero, antes de eso, voy a asegurarme de que tenemos clara una cosa. ― Quité nuestros dos cascos, luego agarré la cara de Edward entre mis manos y le besé con fiereza. Los dos estábamos jadeando por aire cuando nos separamos. ― Estoy enfadada con Mike. Fue un cabrón, así que probablemente estaré enfadada con él un tiempo. Ese enfado, sin embargo, no tiene nada que ver con nosotros. Edward, en los últimos tres días tú has inspirado en mí sentimientos más genuinos que los que Mike inspiró durante cuatro años. Mike y yo habíamos terminado incluso antes de que empezáramos. Él nunca inspiró otro sentimiento más que algo de frustración y un poco de diversión en mí. Cuando me besaba, yo repasaba la lista de la compra y de la lavandería. Eran besos mundanos y poco memorables, y eso hacía que estar con él fuera fácil. Nunca tuve que preocuparme sobre sentirme insegura cerca de Mike, porque él no me hacía sentir lo suficiente como para que me importara. ― Pasé mis dedos por su pelo. ― Tú... ¡Dios, Edward! Tú me tocas y yo me olvido de mi nombre, olvido mis planes. Todo en lo que puedo pensar es en ti. Me besas y siento que ardo. Creía que esos sentimientos eran parte del argumento de las novelas de romance de Harlequin. Nunca creí que en realidad pudiera conocer a alguien que me hiciera querer olvidarlo todo y estar solo con él. Luego me pediste que me fuera contigo, y todo lo que hizo falta fue que dijeras inténtalo y me olvidé de que se suponía que era lista y responsable. ― Besé a Edward de nuevo. ― Tienes cuatro años válidos de sentimientos por mí, Edward... no voy a mentir y decir que te amo. Pero creo que eso sería increíblemente fácil y no voy a intentar parar la caída.
Edward enterró sus manos en mi pelo y me empujó contra su cuerpo para un fiero y apasionado beso. Era todo lo que había dicho que sus besos eran. Me incendió y me hizo olvidarlo todo excepto la sensación de él contra mí.
― Caerás más rápido, ¿verdad? ― murmuró una vez que nos separamos. Sonreí.
― No puedes apresurar estas cosas, Edward, ― contesté. ― La caída es la mitad de la diversión.
El peligro de Charlie había desaparecido, pero aún así decidimos tomar la ruta con más rodeos a través de Dakota del Sur para llegar a la costa este. Quería ver el Monte Rushmore y los otros sitios históricos de Black Hills sobre los que había leído pero en realidad nunca había visto.
― Ya sabes, no es una maravilla increíble, ― me dijo Edward en nuestro motel en Rapid City esa noche. Habíamos conducido todo el día, decidiendo poner algo de distancia entre nosotros y Washington solo por si Charlie cambiaba de opinión (preocupación de Edward, no mía).
― Es parte de la historia de América, Edward, ― contesté. ― Quiero ver todas las partes importantes de la historia de nuestro país, igual que las cosas raras como los desfiles de perros salchicha.
Edward rió con eso, poniéndome en sus brazos. Habíamos llegado al acuerdo no hablado de que ahora solo necesitábamos una cama. Él me había dicho que le gustaba sostenerme y yo no podía negar que me gustaba la idea. Sus brazos eran fuertes, y me sentía segura cuando él me sostenía en ellos.
Además, Edward dormía sin camiseta y yo realmente disfrutaba la oportunidad de explorar su físico mientras estábamos tumbados en la cama.
― Puedo acostumbrarme a esto, ― me dijo Edward, enterrando su cara en mi pelo. ― Hueles de forma deliciosa.
― Debe ser el champú, ― contesté, complacida por el cumplido.
― Mmmm... nop. Eres simplemente tú. Hueles de forma maravillosa.
Me acurruqué más contra Edward y permití que la sensación de sus brazos y su acompasada respiración me hicieran dormir.
Dormí pesadamente y más cómoda de lo que lo había hecho en lo que parecían años. La mañana siguiente me desperté sintiéndome refrescada, lista para enfrentar al mundo y con algo golpeando de forma incómoda en mi espalda baja.
Al principio me sentí confundida y un poco desorientada, preguntándome donde estaba. Luego me di cuenta de que estaba envuelta seguramente en los brazos de Edward y si no fuera por la molesta cosa que golpeaba, habría estado increíblemente cómoda. Busqué detrás de mí, pretendiendo apartar lo que fuera que me estuviera golpeando. Cuando mi mano entró en contacto con los (estirados) pantalones de pijama de Edward, me congelé sorprendida, mi mano todavía rozaba su erección.
Solo hizo falta que Edward se moviera contra mi mano en sueños para que me diera cuenta de que prácticamente estaba acariciando la erección matinal de mi nuevo novio. Quité mi mano rápidamente y empecé a separarme, pero el brazo de Edward se envolvió fuertemente a mi alrededor, empujándome otra vez contra su cuerpo. Su erección estaba ahora entre mis muslos y su mano estaba ahuecada en mi pecho a través de mi camiseta.
Eso me dejaba en una posición más bien incómoda. Sabía que sería realmente incómodo cuando Edward se despertara pero, según estaban las cosas ahora mismo, me encontré a mí misma excitándome. Edward murmuró en sueños y me acercó incluso más, las yemas de sus dedos rozaban mi pezón, provocando que se endureciera, y sus caderas embestían ligeramente contra las mías, provocando una interesante fricción ahí abajo.
Me quedé completamente quieta, sin tener ni idea de como reaccionar en esa situación. ¿Debería despertarle? ¿O esperar a que se despertara él solo?
― Mmmm, ― gimió Edward, enterrando su cara en mi cuello, su mano se movió de manera que cubría completamente mi pecho. Tuve que contener un gemido por la sensación.
― Edward, ― dije, mi voz estaba ronca. Fruncí el ceño por el sonido y me aclaré la garganta antes de intentarlo de nuevo. ― Edward, tienes que levantarte.
La respuesta de Edward fue acariciar mi cuello con su nariz y frotarse contra mí. Fue en ese momento, cuando me di cuenta de que Edward, no solo dormía profundamente, sino que también era muy cariñoso dormido.
― Edward. De verdad, de verdad que tienes que despertarte, ― cuando Edward siguió sin despertarse, suspiré, tomé una respiración profunda y grité, ― ¡EDWARD!
El alto sonido hizo que Edward rodara sorprendido pero, como todavía me tenía agarrada, fui con él.
― ¡OOF! ― escuché el aire dejar los pulmones de Edward cuando mi codo golpeó su estómago.
― ¿Estás bien? ― intenté mirarle, pero era difícil mientras estábamos tumbados con mi espalda en su pecho.
― Uh, sí. Es solo que no me esperaba eso. ― Edward se dio cuenta de repente de que su mano todavía estaba en mi pecho y lo liberó inmediatamente. ― Lo siento.
Nos separamos, y cuando finalmente dejamos de movernos, él se quedó de pie en el centro de la habitación y yo sentada en la cama. La ridiculez de la situación me golpeó y empecé a reír.
― ¿Qué es tan divertido? ― la mirada de confusión en la cara de Edward era tan adorable que solo me hizo reír más. No podía responder con palabras, así que dejé que mis ojos vagaran a donde su erección matinal todavía estiraba orgullosamente sus pantalones de pijama.
Edward se puso rosa mientras bajaba la vista.
― Yo no pensaría que es tan divertido, ― intentó gruñir, pero el efecto fue arruinado por el sonrojo.
― No es eso, es solo... la mañana completa ha sido ridícula. ― No podía parar de reír y en realidad estaba sorprendida de que Edward pudiera entenderme, pero me lo confirmó cuando rodó los ojos.
― Y, ¿qué la hace tan ridícula? ― reclamó, agarrándome y rodándonos de manera que quedáramos entrelazados en la cama una vez más.
― No sé si debería decírtelo, ― contesté descaradamente.
― Oh, ¿de verdad? ― Edward levantó una ceja. ― Puedo hacer que me lo digas. ― Se inclinó hacia abajo, con sus labios acariciando los míos. Sonreí ampliamente contra sus labios y sacudí la cabeza, así que él capturó mis labios en un beso impresionante. Mi camiseta se levantó con todo el movimiento y sus dedos se aprovecharon de la piel desnuda, explorando y atormentándome, haciéndome gemir en su boca.
Edward tenía unas manos increíblemente talentosas.
― ¿Estás segura de que no vas a decírmelo? ― ronroneó, rompiendo nuestro beso para que pudiéramos tomar aliento.
― No lo sé, disfruto tus intentos de sacármelo. ― Estiré los brazos para ponerlos alrededor de su cuello. ― Me gusta, ahora que finalmente me estás besando.
Los ojos de Edward se oscurecieron y se inclinó otra vez.
― No tienes ni idea de lo mucho que me gusta también, ― me dijo, antes de reclamar mi boca de nuevo.
No consiguió enterarse de lo que había pasado esa mañana pero, ciertamente, los dos disfrutamos sus intentos.
― ¡Aparca, aparca!
Sentí a Edward sobresaltarse bajo mis manos cuando grité fuertemente en su oído, pero puso el intermitente y aparcó en el aparcamiento al que estaba apuntando.
― ¿Qué estamos haciendo aquí, Bella? ― preguntó Edward escépticamente, mirando a su alrededor a los edificios del lugar en el que estábamos.
― En la señal decía que hay un tobogán de 3km por el que se puede bajar, ― contesté. ― Subes en góndola, luego bajas por el tobogán. ¡Quiero probarlo!
Sabía que estaba actuando como una niña pequeña en Disney World, pero no pude evitarlo. Llámame rara, pero siempre había querido visitar Black Hills. Ahora que estaba ahí, quería hacerlo todo.
― Un tobogán. ― Edward sacudió la cabeza, pero sonrió y envolvió un brazo alrededor de mi cintura. ― Bueno, si quieres subir a un tobogán, entonces subiremos a un tobogán.
Fuimos a la oficina de los tickets, donde intenté pagar mi propia góndola y el ticket del tobogán. Edward, sin embargo, tenía otros planes.
― Duplica esa orden, por favor, ― le dijo a la chica del mostrador. Ella le sonrió de modo seductor, lo que consideré que era rudo teniendo en cuenta que él me tenía agarrada por la cintura, y estaba acariciando mi cuello con su nariz.
― En total son cincuenta y dos dólares y setenta y dos céntimos. ¿Hay algo más que pueda ofrecerle? ― ronroneó la chica, batiendo sus pestañas hacia Edward.
― Eso es todo, ― contestó Edward, deslizándole su Visa a la chica incluso mientras yo sacaba el dinero de mi bolso.
― Yo iba a pagar eso, ― discutí.
― Bella, por favor, déjame. No tengo nada mejor que hacer con ese dinero. Déjame consentirte.
― Podrías usarlo para subvencionar a todo un país del tercer mundo, o para comprar algo brillante para la moto, o, aquí va una idea, úsalo para pagar tu matricula de la universidad, ― contesté secamente.
Edward se encogió de hombros y me pregunté si alguna de mis palabras de ánimo sobre la escuela habían entrado en su cráneo.
Sacudí la cabeza para aclararla de esos pensamientos y agarré la mano de Edward. No había terminado con el tema, pero lo dejaría por el momento. Finalmente, estaba viendo un sueño mío (no importa lo tonto que fuera) realizado, y no me apetecía arruinarlo con una pelea.
― Entonces vamos, chico rico. Vayamos a coger nuestra góndola. Apuesto a que la vista desde arriba es hermosa.
― También lo es la que se ve desde aquí abajo, ― contestó Edward, quitándome el pelo de la cara. Era tan cursi y cliché que casi debería ser ilegal, pero Edward consiguió decir las palabras con tanta seriedad, que no pude evitar sonrojarme y darle una sonrisa complacida.
― Tienes mucha labia, Edward Cullen. ― Me incliné contra él y me puse de puntillas para rozar brevemente mis labios contra los suyos, antes de separarme rápidamente. ― Ahora, sobre esa góndola...
Edward entrelazó sus dedos con los míos y tiró de mí contra él una vez más.
― Si yo tengo mucha labia, entonces tú, Srta. Swan, vas provocando. ― Se agachó y no hubo nada de breve en el beso que me dio. Me quitó el aliento y me dejó sintiéndome aturdida cuando finalmente nos separamos.
― Wow, ― me lamí los labios, ― si esa es la respuesta que voy a obtener, entonces recuerdame provocarte más a menudo.
Edward rió y apretó mi mano, llevándome hacia la góndola que acababa de llegar.
― Después de ti, madame, ― dijo, poniendo un acento terriblemente falso que me hizo resoplar. El alto sonido me hizo sonrojarme de lo que tenían que ser siete tonos de rojo diferentes y me cubrí la cara con las manos. Edward siguió riendo y estoy bastante segura de haber oído al conductor de la góndola reírse también del sonido.
― Eso ha sido elegante, ― gemí, deseando poder traspasar el suelo y desaparecer. Resoplar mientras me reía era sido algo vergonzoso que me pasaba desde pequeña –algo que no había desaparecido en tres años. ¡Maldición!
― Oh, venga, Bella. Veamos esa hermosa cara tuya. ― Edward tiró de mí de manera que estaba en su regazo y quitó dulcemente mis manos de mi cara. ― Ahí vamos. ― Me besó en la punta de la nariz. ― Creo que ha sido lindo.
Le miré secamente.
― Ya sé que eres encantador, y ya he aceptado salir contigo. No tienes que mentir; ya no, Edward. El hecho de que haya dejado que me quites el sujetador dice que estoy dispuesta a mantenerte cerca durante un tiempo. Adelante, ríete.
― Vale, ha sido un poco divertido. ― Edward sonrió su sonrisa torcida y la suave mirada que ahora reconocía como algo cercano a la adoración llegó a sus ojos. ― Pero aún así lindo. La mayoría de las cosas que haces son lindas, no creo que puedas evitarlo. ― Se inclinó y presionó su boca contra la mía. ― Y realmente me gustó quitarte el sujetador. ¿Crees que podemos hacerlo otra vez en algún momento?
Reí (sin resoplar esta vez) y golpeé su pecho antes de inclinarme contra él y disfrutar el resto del viaje en góndola.
― Vale... entonces empujas esto hacia adelante para acelerar y lo echas atrás para frenar, ¿verdad?
― Correcto, señorita.
― Vale, no parece demasiado complicado.
Edward y yo habíamos llegado a la cima de la montaña y admiramos la vista a través de unos prismáticos y disfrutamos de una botella de té helado mientras admirábamos la vista. Había sido estupendo ver el Monte Rushmore a través de los prismáticos, pero no había hecho falta mucho tiempo para que subiera mi deseo de verlo de cerca y decidí que era hora de irnos.
Lo que nos llevó a este momento... y a nuestra preparación para bajar la montaña en el tobogán.
En artilugios parecidos a patinetes.
3km.
Lo que había parecido una buena idea ahora parecía más bien terrorífico.
― Venga, Bella. ― Edward estaba esperando impaciente al lado del tobogán, pareciendo un niño pequeño en la mañana de navidad. Tal vez él hubiera pensado que parecía tonto cuando llegamos ahí, pero ahora que había descubierto que podía controlar lo rápido que iba, estaba entusiasmado.
Y ese era mi novio, damas y caballeros.
― Solo me estoy asegurando de que entiendo como funciona esto, ― le dije a Edward antes de volverme otra vez al "controlador del tobogán", que era como había apodado al hombre que estaba a cargo de que las bajadas en tobogán fueran bien. ― Así que, solo para estar seguros, tiro de esto hacia delante para-
― Oh, por el amor de Dios. ― Edward rodó los ojos y me empujó suavemente al tobogán. ― Tú eres la que decidió parar aquí. Sabes como funciona, ahora hazlo.
― Erm... ese es el tobogán rápido, ― me avisó el controlador del tobogán y yo le gruñí a Edward y me preparé para entrar en el tobogán. Sus palabras me hicieron bajar inmediatamente y hacerle un gesto a Edward, que ya estaba posicionado en el otro tobogán, para que se quitara.
― Tú eres el demonio de la velocidad, así que tú vas en el rápido. ― Apunté con mi dedo al otro tobogán.
Edward rodó los ojos de nuevo, pero se quitó y cambió de tobogán.
― ¡Y deja de rodar tus ojos hacia mí!
Nos pusimos en posición una vez más y, tras tomar una respiración profunda, despegamos.
Bueno... Edward despegó. Yo rodé hacia delante lentamente, casi parándome del todo más de una vez porque sentía que estaba cogiendo demasiada velocidad.
― ¡Date prisa, abuelita! ― me llamó Edward desde donde había parado más adelante.
― ¡Yendo lento y constante se gana la carrera, Eddie! ― contesté, sabiendo, gracias a los cotillas del instituto de Forks, que él odiaba ese nombre.
― ¡Pagarás por eso cuando lleguemos al final! ― me contestó.
― Oh, corre tú. Yo te veré cuando te vea.
Con una risa, Edward despegó una vez más, obviamente disfrutando la velocidad. Sin embargo, yo estaba disfrutando mi paso lento, y elegí no acelerar. Cuatro minutos después de que él llegara al final, yo me uní a él.
― ¡Y aquí está, la ganadora de las Olimpiadas Geriátricas! Y, ¿cómo se siente ganar este gran honor? ― me preguntó Edward, fingiendo poner un micrófono frente a mi cara, yo le sonreí a la chica que cogió mi patinete antes de dirigirme a él.
― Se siente genial, Edward. Casi tan genial como la ducha realmente caliente que planeo tomar cuando vuelva al motel, ― con la chispa de interés que se encendió en los ojos de Edward, añadí, ― sola.
La chispa murió y él hizo un puchero.
― Eso no es divertido.
Me encogí de hombros y sonreí ampliamente, envolviendo mis brazos alrededor de su cintura.
― Si te portas bien en el Monte Rushmore, tal vez te dejaré enrollarte conmigo antes de esa ducha.
― Y, ¿después? ― Edward enredó un mechón de mi pelo alrededor de sus dedos y fingió estar absorbido por ello, pero pude ver que sus ojos estaban en mí y no en el pelo.
― Eso dependerá de lo bueno que seas.
― Hmmm... y, ¿si quiero ser malo? ― Edward se inclinó y atrapó mi labio inferior entre sus dientes, succionándolo provocativamente, y me sentí a mí misma tragar involuntariamente. Ese era el Edward sexy. El Edward sexy era muy peligroso para mi paz mental.
Su boca se inclinó sobre la mía y todos los pensamientos sobre cualquier cosa más allá de ese momento salieron corriendo de mi cabeza gritando. Solo estábamos Edward, yo y las maravillosas, maravillosas cosas que él hacía con su lengua.
― ¿Así que? ― preguntó cuando nos separamos.
― ¿Así que qué? ― pregunté sin aliento y él sonrió ampliamente.
― ¿Y si quiero ser malo?
― Bueno... eso depende de como lo veas, ¿no? Y pienso que lo malo es bueno bajo ciertas... condiciones. ― Agarré su nuca y llevé su boca de vuelta a la mía. Esa vez fue él quien se quedó sin aliento al final.
― Lo malo es bueno, ― estuvo de acuerdo, asintiendo vigorosamente y girándome de modo que mi espalda estaba contra la pared de la caseta del conductor de la góndola. ― ¿Te apetece ser mala?
Abrí la boca para responder cuando una fuerte tos nos interrumpió. Los dos nos giramos para mirar a la familia de cinco que estaba a nuestro lado. La madre nos fruncía el ceño desaprobatoriamente, el padre le sonreía ampliamente a Edward detrás de ella y tenía los pulgares levantados, mientras que los niños nos miraban con curiosidad.
― ¡Hay niños aquí! ― La madre sonaba escandalizada.
― Mami, ― dijo el niño más pequeño que parecía tener cuatro años. ― ¿De donde vienen los bebés?
Edward y yo no nos quedamos cerca para ver como ella respondía a esa bomba en particular, mirándonos el uno al otro con los ojos ensanchados, salimos corriendo hasta el aparcamiento. Pensé que la madre tal vez nos perseguiría y nos pegaría con su bolso, pero conseguimos llegar seguros a la moto y salir a la autopista sin ser atacados por ningún padre airado.
― Ya sabes, Bella, ― dijo Edward sobre su hombro mientras íbamos hacia el Monte Rushmore, ― creo que te has convertido en una mala influencia para mí. Yo solía ser un buen chico.
No pude evitarlo, sus palabras me hicieron reír todo el camino hasta el Monte Rushmore.
Gracias por leer, comentar y añadir la historia a alertas y favoritos.
Nos vemos en el próximo!
-Bells :)
