Disclaimer: nada de esto me pertenece, los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a Lynyrd Lionheart, yo solo la traduzco.


GOD LOVE HER

Capitulo diecinueveGypsy In My Soul

Estaba empezando a entender mejor los cambios de humor de Edward con cada día que pasaba. Lo que sentía con él era raro. De alguna manera, me sentía como si hubiéramos estado juntos durante años en lugar de solo días. Por otro lado, era consciente de que nuestra relación era muy nueva y que podía ser frágil si no teníamos cuidado.

Aún así, podía leer sus cambios muy bien y, en ese momento, estaba muy, muy hambriento, lo que era bastante obvio.

No hambriento en el sentido de que realmente podría comerse un cuarto de libra, sino en el sentido de 'quiero arrancarte la ropa y devorarte'.

― ¡Puedo andar, ya lo sabes! ― Reí mientras él me metía en brazos en nuestra habitación de motel. No contestó. En su lugar, me tiró en medio de la cama. Se echó atrás y me miró atentamente donde estaba espatarrada en la cama. Asintió complacido, como si estuviera feliz con como me veía antes de ir con un movimiento fluido hasta la bolsa de Barnes & Noble, buscando en ella. Paró un momento, sacando un libro con una colorida portada y leyó la contraportada con curiosidad.

Me sonrojé cuando me di cuenta de lo que era. Fairyville de Emma Holly, una autora de romance erótico y uno de mis placeres culpables.

― Tantas profundidades escondidas todavía por descubrir, ― ronroneó Edward con la voz baja y seductora. El sonido envió una descarga a través de mi cuerpo y el sonrojo en mi cara ya no fue solo debido a la vergüenza. Edward pasó algunas páginas del libro antes de dejarlo a un lado. ― Guardaremos esto para más tarde. ― Sonrió perversamente y volvió a buscar en la bolsa, sacando el Kama Sutra. Con el libro en mano, volvió a la cama; sus ojos estaban oscuros y tenía una mirada predatoria. ― ¿Número treinta y seis, has dicho?

Estaba casi reducida a jadeos y él todavía no me había tocado.

― N-no te olvides del número cuarenta y ocho, ― conseguí decir. ― ¿Soy solo yo o hace calor aquí?

― Hmmm... tendremos que trabajar en tu flexibilidad para esa, ― murmuró, mirándonos al libro y a mí con claro interés en sus ojos.

Con un 'hmmm' final, dejó el libro en el borde de la cama y se arrastró hasta que estuvo de rodillas sobre mí.

― Te ves horrorosamente caliente, ― musitó, respondiendo a mi pregunta de antes. ― Tal vez solo sea que tienes demasiada ropa puesta.

― Eso puede ser, ― acepté. ― Creo que probablemente deberías ayudarme a quitarme algunas.

― Oh, lo crees, ¿verdad? ― Edward se inclinó y mordió ligeramente mi cuello, haciéndome jadear. ― Tu cuello es tan sensible. ― Pasó la lengua por el lugar que había mordido, sacándome esa vez un gemido bajo. Siguió haciéndolo por todo mi cuello y mi clavícula, alternando entre morder y lamer. Murmuré su nombre deleitada y pasé mi mano por su pelo para poder tirar de él ligeramente.

― Todavía tengo mucho calor, ― le dije cuando finalmente dejó de atacar mi cuello.

― Bueno, tendremos que arreglar eso, ¿no? ― contestó, su sonrisa torcida y sus ojos oscuros le hacían ver como un Incubo enviado para tentarme a ir al lado oscuro.

Tal vez fuera fácil porque últimamente no hacía falta mucho esfuerzo para tentarme. Al menos no cuando se trataba de Edward.

Edward me puso en una posición sentada para poder sacarme la camisa por la cabeza más fácilmente.

― Encantador, ― murmuró, pasando los dedos por la copa de mi sujetador. ― Creo que todavía tienes una deuda que pagar.

Pestañeé mientras le miraba confundida, incapaz de pensar con claridad cuando sus inteligentes dedos estaban haciendo su magia.

― ¿Deuda? ― repetí como una tonta.

― De hecho, sí. ― Sus dedos encontraron el cierre de mi sujetador y lo desabrocharon, haciendo que el sujetador colgara suelto de mis hombros. ― Si nos sacaba del zoo sin que nos pillaran, me dijiste que podía hacer lo que quisiera contigo.

― Vale, ― contesté lentamente, sonrojándome cuando me quitó completamente el sujetador y se echó atrás para mirar mis pechos, sin molestarse siquiera en esconder el hecho de que me estaba comiendo con los ojos descaradamente. ― Así que hicimos un trato. ¿Me recuerdas por qué estás hablando?

― Bueno, estoy intentando decidir si quiero cobrármela ahora o si debería esperar. ― Estiró los brazos y ahuecó sus manos en mis pechos, usando sus pulgares para acariciar mis pezones.

― Ahora, ― jadeé, arqueándome contra sus manos. ― Voto porque lo hagas ahora.

Edward soltó una risa baja y estiró el brazo para coger el libro que todavía estaba a los pies de la cama.

― ¿Estás segura de que te apetece? ― preguntó pasando las páginas. ― Creo que las chicas pueden estar... sensibles tras su primera vez. No quiero hacerte daño.

Fruncí ligeramente el ceño, considerando sus palabras. Tal vez había estado un poco dolorida después, pero nuestras aventuras en el zoo habían descargado mis músculos y ahora no sentía ni siquiera una punzada.

― Estoy bien, ― dije un momento después. ― Bueno, excepto por la frustración. La frustración es un poco irritante, así que realmente apreciaría seguir con ello para que desaparezca.

― Bueno, no dejemos que se diga que te dejo frustrada. ― Edward echó a un lado el libro y se tumbó de espaldas, poniéndome en su pecho. ― Podemos usar eso más tarde. Ahora mismo solo te quiero a ti.

Edward estaba llenando cada pulgada expuesta de mi piel con besos y yo estaba luchando por quitarle la camisa cuando un fuerte sonido penetró en el aire. Los dos nos congelamos y el ruido volvió a sonar.

Era mi teléfono.

― Tengo que contestar, ― dije mirándole. ― Si es Charlie...

Edward suspiró y se tumbó sobre su estómago, enterrando la cara en una almohada. Me puse de pie y cogí mi bolso y saqué el móvil que habíamos comprado en Ellensburg.

Era Renee.

Aparentemente, ella y mi querido papá habían estado hablando, porque Charlie era el único además de Edward y Alice que tenía el número.

Fui demasiado lenta al responder y el sonido paró brevemente, antes de empezar una vez más. Rápidamente lo abrí y presioné el botón de contestar.

― Hola, mamá. ¿Cómo estás?

¿Cómo estás? Te escapas con un chico, un chico que según Charlie es un problemático, y no respondes mis llamadas y ¿todo lo que tienes que decir es 'cómo estás'?

Suspiré y le sonreí con pesar a Edward, que se había sentado para mirarme. Lo que fuera que vio en mi expresión le hizo tumbarse con un gemido y echarse el brazo sobre la cara. Rodé los ojos por su comportamiento dramático y me senté en el borde de la cama.

― Charlie ya no está tan en contra. Nos persiguió y tuvimos una conversación iluminadora, ― le dije, mientras pasaba inconscientemente mi mano por la pantorrilla de Edward. ― Nos ha dado su bendición.

― Tal vez tengas la suya, pero no tienes la mía. Esto no es propio de ti, Bella. ― Obviamente Renee estaba luchando por mantener su voz calmada. Mi madre tenía el hábito de reaccionar exageradamente.

― Francamente, en realidad no necesito ninguna de vuestras bendiciones. Tengo dieciocho años, mamá. Lo que haga con mi vida es elección mía ahora. ― Bajé la vista a mis dedos y empecé a trazar formas invisibles en la pierna de Edward. ― Estaba harta de Forks y de hacer lo que todos creían que debería hacer. Por una vez, voy a hacer algo por mí, mamá.

Pensé en mencionar todas las veces en que la había acompañado en sus ideas alocadas, pero eso solo heriría los sentimientos de Renee, lo que sacaría lo que yo llamaba "el factor culpa". Renee tenía una habilidad inhumana para hacer pensar a las personas como ella por medio de la culpa, y eso era lo último que quería en ese momento.

― Si estabas harta de Forks, entonces deberías haber venido a Jacksonville. Phil y yo habríamos estado felices de tenerte aquí. ― Escuché un chasquido y me di cuenta de que Renee acababa de chasquear los dedos. ― Eso es. Puedes hacer que ese chico te traiga a Jacksonville y luego él puede ir a donde quiera. Tú estarás lejos de Forks y lejos de ese chico, y todos seremos felices.

― No voy a ir a Jacksonville, Renee. ― Sentí la cama moverse cuando Edward quitó su pierna de debajo de mis dedos y movió su cuerpo de manera que pudiera ponerme otra vez sobre su pecho. Tomé consuelo de su fuerza mientras me sostenía con un brazo y enrollaba un mechón de mi pelo alrededor de su dedo. ― No se trata solo de alejarme de Forks. Si eso fuera todo lo que me preocupaba, me habría ido a pasar el fin de semana a Seattle. Estoy harta de vivir la vida que todos dicen que debería vivir, mamá. Este viaje es por mí. Tengo dieciocho años y siento que ya estoy quemada. Necesito esto.

― Eso es ridículo, Bella. Nadie te está obligando a nada. Tal vez parezca romántico ahora mismo, Bella, pero escaparte no un chico no es la forma de resolver tus problemas.

― No lo entiendes, mamá, ― suspiré y me incliné incluso más contra Edward, absorbiendo su calor. ― No es sobre romance. Es sobre encontrarme a mí misma. ¿Sabes que es lo que mejor recuerdo del día en que me gradué? Recuerdo escuchar a Ben dar su discurso sobre como nuestro viaje hasta el momento había ido sobre moldearnos como personas que no estábamos destinados a ser y como ahora estamos listos para tomar nuestros lugares en el mundo, y también recuerdo preguntarme quién soy. Hasta ahora, he sido tu guardiana durante años y luego fui la cuidadora de Charlie. No tengo ni idea de quién es Bella Swan. La única vez que me he sentido yo misma fue cuando estaba solicitando plaza en Cornell. Hice eso por mí y valió la pena. Estoy dispuesta a arriesgarme y apuesto a que estar con Edward también va a valer la pena. ― Le sonreí y él me apartó el flequillo de la cara y besó mi frente. ― Yo no soy tú, mamá. Y Edward no es Charlie. No vamos a cometer los mismos errores que vosotros.

― Cariño, sabes que te quiero con todo mi cora-

― Sé que me quieres, mamá, ― interrumpí. ― Nunca he dudado eso. Pero no soy estúpida. Sé que fui un error. ― Me pasé la mano por la cara y suspiré. ― Necesito que confíes en mí, mamá.

― No me gusta, ― declaró Renee con terquedad. ― Todavía eres muy joven. ¿Cómo puedo ser una buena madre si pongo la otra mejilla?

― Serás una buena madre dejándome ir. Incluso si esto es un error, al menos he vivido y aprendido. Pero, mamá... estoy muy segura de que esto no es un error. Tengo que irme ahora. Te quiero y te llamaré en algún momento de la semana que viene.

― Bella-

Corté lo que fuera que iba a decir cerrando el teléfono.

― ¿Estás bien? ― me preguntó Edward suavemente.

― Sí, ― contesté, dándome la vuelta para estar a horcajadas sobre su regazo. Sus manos fueron a mis caderas en un gesto casi automático para mantenerme quieta. ― Solo estoy cansada de tener que defender con ellos todo lo que hago.

― Es tu madre, Isabella. Se preocupa. ― Se inclinó hacia delante para poner su frente contra la mía.

― Renee siempre va al extremo, ― contesté, cerrando los ojos con un suspiro. ― O se preocupa mucho o no se preocupa nada. No hay término medio con ella. No se preocupó cuando me exilié a Forks pero, tan pronto como actúo de forma un poco diferente a lo normal en mí, tan pronto como actúo como ella, quiere que vaya a Jacksonville para esconderme.

― Podría llevarte a Jacksonville si quisieras. ― Mis ojos se abrieron de golpe pero Edward siguió rápidamente antes de que pudiera discutir. ― No me refiero a dejarte allí, sino a una visita. Demuéstrale que estás bien. ― Trazó mis rasgos suavemente con las yemas de sus dedos y yo cerré los ojos para concentrarme en la sensación. ― No tienes que decidirlo ahora. Florida está lejos, pero dijiste que querías ir allí.

― Lo hice, ¿no? ― murmuré, estirando el brazo para parar su mano. La bajé para dejar un beso en su palma. ― ¿Me besas, Edward?

Se inclinó hacia delante y rozó una y otra vez sus labios contra los míos, pero se negó a profundizarlo. Me encargué de ello yo misma y me incliné, presionando fuertemente mi boca contra la suya. Él envolvió sus brazos fuertemente a mi alrededor y me acercó más, rozando mis labios con la punta de su lengua hasta que los abrí para permitirle entrar.

― ¿Quieres prepararte para dormir? ― preguntó Edward cuando nos separamos.

Le sonreí con gratitud, contenta de que entendiera que no estaba de humor para nada más en ese momento.

― ¿Cómo es que me entiendes tan bien, cuando Renee no parece pillar nada? ― susurré, ahuecando mi mano en su cara. ― ¿Cómo tiene eso sentido?

― ¿No es obvio? ― Edward me sonrió traviesamente y me besó en la punta de la nariz. ― Somos almas gemelas.

Sabía que Edward hacía su declaración como una broma, y me sacó una sonrisa, pero mientras estaba acurrucada en sus brazos, escuchando su suave respiración, no creía que estuviera muy lejos de la verdad.

- . - . - . - . -

― ¡Oh Dios mío, Bella, no puedo esperar a mostrarte este lugar!

Sonreí por el entusiasmo de Alice. Edward estaba dando una vuelta por la habitación de motel, asegurándose de que no nos olvidábamos nada, mientras yo hablaba con Alice sobre encontrarnos en Chicago en el próximo par de días.

― Quiero decir, sé que el jefe de Jasper tenía un lugar guardado para cualquiera que tomara el trabajo, pero en realidad no esperaba que fuera tan bonito. Obviamente, voy a re-decorar completamente el lugar, pero tengo una buena base con la que empezar.

― No puedo creer que ya os hayáis mudado, ― contesté. ― No creí que se pudiera hacer tan fácilmente.

― ¿Estás bromeando? ― Alice resopló de forma poco delicada. ― Me sorprende que nos llevara tanto tiempo. Jasper estaba harto de su madre antes de que pasara una hora desde que os fuisteis. Pero esa historia es aburrida. Quiero saber algo más interesante. ¿Cómo estáis tú y Edward? ¿Has conseguido que te bese?

Edward me miró de forma rara cuando me puse completamente roja.

― Uh... sí. Lo hice, ― contesté en voz baja, dándome la vuelta de manera que le estuviera dando la espalda a Edward con la esperanza de que no escuchara.

― Y, ¿cómo fue?

― Fue... fue algo, ― tosí de forma incómoda, y Alice soltó una risita al otro lado.

― ¡Habéis tenido sexo! ― rió.

― ¿Qué? No, quiero decir... ¿cómo lo has sabido? ― Las últimas cuatro palabras salieron como un pequeño chillido.

― Estabas actuando de forma demasiado extraña para solo haberte besado con un chico. Tal vez tu ex fuera un bastardo que te engañó, pero aún así era tu novio. Voy a asumir que en alguna ocasión os besasteis. Besarte no debería hacerte chillar.

― ¡Ugh! ― gemí, pasándome la mano por el pelo.

― Ese no ha sido un gemido feliz, ― murmuró Edward en mi oído, haciéndome gritar por la sorpresa y lanzar al aire el teléfono móvil y caerme del borde de la cama. Edward cogió hábilmente el teléfono y me miró.

― Hola, Alice, ― dijo, mientras inclinaba la cabeza hacia mí. ― Esa fue Bella. Se ha caído de la cama. Creo que está bien. ¿Estás bien?

― ¡Eres un gilipollas, Edward Cullen! ― dije enfadada.

― Definitivamente está bien, ― dijo Edward al teléfono. ― Acaba de llamarme gilipollas. ― Se quedó en silencio mientras Alice decía algo que le hizo sonreír ampliamente. ― No he dicho que no fuera cierto, Alice. Pero ella no me habría llamado gilipollas si no estuviera bien. No te has hecho más daño en el brazo, ¿no? ― Lo último iba dirigido a mí.

Fruncí el ceño y moví cuidadosamente mi brazo escayolado, antes de sacudir la cabeza.

― Está bien.

― Eso está bien. Oh, ¿su brazo? Tropezó otra vez la noche que dejamos Ellensburg y se rompió la muñeca. Todavía puede mover el brazo y tiene un uso mínimo de sus dedos, pero creo que aún así la irrita un poco. ― Lo que fuera que Alice dijo, le hizo fruncir el ceño. ― Voy a cuidar perfectamente de ella, Alice. Sin embargo, habrá accidentes; no voy a envolverla en envoltorio de burbujas solo para mantenerla a salvo... bueno, si vas a ponerte así, entonces puedes hablar con Bella de nuevo.

Edward me extendió el teléfono, y yo lo cogí de su mano y me lo llevé a la oreja.

― Soy yo de nuevo, ― dije.

― ¿Cómo demonios has conseguido romperte la muñeca, Bella Swan?

― Decidí intentar algunos ejercicios aéreos, ― contesté secamente. ― Que te voy a contar, no van bien con los poco agraciados.

― Extrañamente, no estoy sorprendida. ― Casi pude oír a Alice rodar los ojos. ― Bueno, tengo que irme ahora. Puedo oír a Jasper dando vueltas y siempre está cariñoso por las mañanas. No te sonrojes, Bella. Deberías saber como son los hombres por la mañana. Te veré pronto. ¡No te olvides de la dirección!

Hubo un click, señalando que Alice había colgado. Me quité el teléfono de la oreja y lo miré estupefacta. ¿Cómo demonios había sabido que me estaba sonrojando?

― ¿Qué va mal? ― preguntó Edward con curiosidad, sosteniendo en alto un calcetín que casi se dejaba en la habitación.

― ¿Es posible que sea psíquica? Porque, honestamente, tiene algunas habilidades raras.

Edward rió y envolvió un brazo alrededor de mi hombro.

― Vamos, amor. Pongámonos en marcha.

Le sonreí ampliamente y fui incapaz de resistirme a tirar de él hacia abajo para besarle. Él nos movió de manera que pudiera poner sus manos en mi cintura y acercarme para profundizar el beso.

― Ya sabes, ― murmuró entre besos. ― Realmente no es justo que empieces cosas así justo cuando estamos a punto de ponernos en marcha.

― Te da algo que esperar esta noche, ― contesté, alejándome de él y levantando mi bolsa. ― Hablando de lo cual, esta noche vamos a apagar los teléfonos.

Dicho eso, le sonreí perversamente sobre mi hombro y salí de la habitación contoneándome, capaz, por una vez, de mantener el equilibro y hacer una salida grácil.

No podría haber sido en un mejor momento.

Llevábamos conduciendo cuatro horas cuando mi estómago gruñó y me dejó saber que quería ser alimentado.

― ¡Tengo hambre! ― le dije a Edward al oído. ― ¿Crees que podemos buscar un lugar para comer?

No podía ver la cara de Edward, pero vi el lado de sus labios levantarse formando una sonrisa.

― Conozco el lugar perfecto, ― contestó, haciendo un rápido giro en una carretera secundaria.

― Y, ¿cómo conoces un lugar para comer por aquí? ― pregunté con curiosidad. ― ¿Has estado antes aquí?

― ¡No estoy seguro, pero eso es para lo que están las señales! ― contestó con una risita.

― ¿Soy la única que recuerda qué pasó la última vez que decidiste seguir una señal? ¡Casi nos dispara un granjero! ― grité.

― También conocimos a la Sra. Maddie, ― contestó Edward. ― Además, ya hemos llegado a nuestra parada.

Aparcó en el aparcamiento de un edificio de tamaño medio. El edificio se veía como si llevara años allí, pero estaba sorprendentemente bien cuidado, y la señal encima que decía "Papa E's Bar & Grill" todavía conservaba todas las letras.

Sin embargo, fue la línea de motos a lo largo del costado del bar lo que me hizo levantar la ceja.

― ¿Un bar de moteros, Edward? ¿De verdad?

― Bueno, no sabía que era un bar de moteros cuando aparqué, pero realmente va bien. ― Bajó de la moto y me extendió la mano. La tomé con duda.

― Entonces, ¿qué te ha hecho aparcar? ― pregunté.

― Aparentemente, este lugar es el hogar de la Hamburguesa Hammer de seis libras. Si puedes comértela en tres horas, entonces comes gratis.

― ¿Hamburguesa... de... seis... libras? ― repetí débilmente. ― ¿Estás loco?

― Nop, ― contestó, resaltando orgullosamente la 'p'. ― Creo que será divertido.

― Vas tú solo, Edward. ― Sacudí la cabeza. ― A mí me vale una hamburguesa normal.

― Está bien. ― Edward me sonrió mientras sostenía la puerta del bar abierta. ― Puedes animarme.

― O sostener el cubo cuando vomites, ― murmuré, pasando por su lado, solo para tropezar en el umbral de la puerta y chocar con uno de los moteros, que estaba a punto de tirar en el billar.

― ¿Qué demonios? ― gruñó el motero mientras hacía volar la bola blanca fuera de la mesa. Se dio la vuelta, sosteniendo el taco fuertemente como si estuviera listo para destrozar a alguien con él. Edward se movió de manera que estuvo frente a mí protectivamente.

― ¿Has sido tú, enano? ― le gruñó el motero, dando un amenazante paso hacia delante.

― He sido yo. ― Me asomé por detrás de Edward, ignorando su siseo de 'Bella' para mirar al motero. ― Realmente lo siento. He tropezado.

La expresión del motero cambió de amenazante a una que creo que se suponía que era encantadora, pero se veía asquerosa.

― Bueno, eso cambia las cosas. No puedo culpar de un pequeño accidente a una dulzura como tú. ― El motero me sonrió, inclinándose contra el taco. Edward le miró furioso y estaba segura de que le escuché gruñir.

Antes de que pudiera hacer nada estúpido, como molestar al motero, una mujer rubia escultural se puso entre él y el motero.

― Bueno, Felix, espero que no estés molestando a estos jóvenes, ― dijo, enseñando los dientes. No estaba segura de si se suponía que era una sonrisa o si solo era una advertencia obvia, pero igualmente era aterrador. ― Ya sabes que Eleazar odia que crees problemas en su local, y Emmett odia incluso más cuando haces que nos echen.

Felix se echó atrás, levantando sus brazos en un gesto de paz.

― No estaba empezando nada, Rose. Solo estaba intentando ser amistoso. No hay necesidad de meter a Emmett en esto.

Rosalie resopló y yo me sorprendí al escuchar un sonido tan poco elegante de una mujer tan hermosa, incluso si estaba vestida de cuero negro de los hombros a los pies. Casi sentí envidia; se veía que Rosalie pertenecía a una moto y que se vería bien subida en una.

― Vamos, ― dijo, volviéndose a nosotros una vez que se aseguró de que Felix se había rendido. ― No hay ninguna mesa libre, pero a Em y a mí no nos importa compartir.

Rose nos llevó a una mesa donde estaba sentado un enorme hombre moreno. Me di cuenta de que ese debía de ser Emmett y pude entender porqué Felix estaba tan ansioso por estar lejos de él cuando estaba de malas.

No estaba segura de que yo quisiera estar cerca de él ni siquiera cuando estaba de buenas.

― ¡Ahí estás, Rosie! ― dijo Emmett con una voz profunda, agarrando a Rosalie por la cintura y poniéndola en su regazo. ― ¿Quiénes son tus amigos?

― Felix estaba molestando de nuevo y los he rescatado, ― contestó Rose. ― No sé quienes son.

― Soy Bella, ― ofrecí, extendiéndole una mano temblorosa a Emmett. ― Este es Edward.

Emmett agarró mi mano y le dio un fuerte apretón que sentí por todo mi cuerpo.

― ¡No hay necesidad de preocuparse, pequeña Bella! ― Emmett rió. ― No le haría daño a una mosca a no ser que ella me hiciera daño primero. Yo no empiezo las cosas, solo las termino.

― Definitivamente puedo verte terminando cosas, ― murmuré, luego me sonrojé cuando me di cuenta de que había pensado en voz alta. Emmett y Edward rieron mientras que Rose me sonreía.

― Como Bella ha dicho, soy Edward. ― Edward extendió su mano y Emmett le dio también una firme sacudida.

― Yo soy Emmett y esta es mi chica, Rosie. Soy el jefe no-oficial de este lugar. Los mantengo a raya por Eleazar. Él es el dueño del lugar; todos le llaman Papa E. ¿Estáis aquí por la Hereford Hammer?

― Puedo apreciar la aliteración, ― contesté secamente. ― Pero no creo poder apreciar tanta carne. Edward es el que va a comerla.

― Yo tampoco la comería, ― me dijo Rose. ― Pero es divertido ver a la gente intentarlo. ¡Hey! ¡Papa E, queremos una Hammer aquí! ― gritó. Un hombre bronceado se asomó por la cocina.

― Lo tengo, Rose. ¿Algo más?

Rose me miró, esperando.

― Uh... una hamburguesa normal y patatas, ― contesté rápidamente. ― Y una cola si no te importa.

― Que sean dos colas, por favor, ― añadió Edward antes de que Rose pudiera gritar.

Ella asintió y luego le gritó el pedido a Eleazar quien, tras asegurarse de que lo tenía todo, volvió a la cocina.

― Y, ¿de dónde venís? ― preguntó Emmett.

― De la zona de Seattle, en Washington, ― contestó Edward. ― Estamos haciendo un viaje a través del país antes de que Bella vaya a la escuela en otoño.

― Ah, la última escapada para los amantes de instituto, ― contestó Emmett sabiamente.

― No, en realidad. ― Edward sonrió ampliamente. ― Ella no me miró dos veces hasta el domingo pasado. Entonces se dio cuenta de lo increíblemente encantador que soy y no pudo resistirse a escaparse conmigo.

Rosalie resopló y yo tosí.

― Por favor, ― contesté. ― Los dos sabemos que me escapé contigo porque creo que la moto es sexy.

― Bueno, ahora sabemos porqué está conmigo, ― le dijo Edward a Emmett secamente. ― Si eso no es amor, no sé que es.

Rodé los ojos pero una parte de mí se regocijó en el hecho de que Edward empezaba a sentirse lo suficientemente confiado para bromear sobre nuestra relación. Todavía teníamos un largo camino que recorrer, no se me había escapado el hecho de que había dicho "antes de que Bella vaya a la escuela" en lugar de "nosotros", pero aún así era un avance.

― ¿De dónde sois vosotros? ― pregunté.

― Yo vengo de Rochester en Minnesota, ― contestó Emmett. ― Sin embargo, decidí que tenía que salir de allí. No tenía ningún deseo de trabajar en la Clínica Mayo y ahí es donde habría terminado si no me hubiera ido.

― Oh... ¿a qué te dedicas? ― pregunté.

― Doy clase a alumnos de sexto grado. ― Emmett sonrió por nuestras miradas en shock. ― Lo sé, sorprendente, ¿verdad? Esto, ― movió su mano por el bar, ― es solo mi hobby de verano.

― Yo soy originalmente de Canadá, ― dijo Rose. ― Y, antes de que lo preguntes, no vivía en un iglú, no tengo como mascota un oso polar y, no, no conozco a Tim de Toronto. Viví en Winnipeg hasta que me mudé a Illinois para ir a la escuela, y no me gusta Toronto.

Sonreí por la directa forma de hablar de Rose.

― ¿A qué te dedicas? ― pregunté.

― En realidad, todavía estoy en la Universidad, ― contestó. ― Voy a la escuela en Chicago. Me queda un año para licenciarme en derecho. Estas solo son mis vacaciones de la firma de abogados en la que tengo un trabajo de verano. Vuelvo la próxima semana.

― Huh, ― contesté. Una abogada; no lo habría adivinado, pero podía ver a Rose pateando traseros en los juzgados. Parecía una femme fatale real.

― Aquí están vuestras colas. ― Eleazar vino a nuestra mesa. ― Y tu hamburguesa normal con patatas. Carmen va a traer la Hammer.

Una delicada mujer trajo una enorme bandeja con una hamburguesa gigante en ella y la colocó frente a Edward. Solo verlo me hizo sentir casi llena.

― ¿Estás seguro de que realmente quieres hacer esto? ― le pregunté, mirando nerviosamente la hamburguesa.

― ¡Oh, sí! ― Edward se frotó las manos. ― ¿Quieres pasarme el ketchup?

Esto solo podía terminar mal.


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-Bells :)