Disclaimer: nada de esto me pertenece, los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a Lynyrd Lionheart, yo solo la traduzco.
GOD LOVE HER
Capitulo veintiuno – Chicago
Llega un momento en la vida de toda chica en que ella se da cuenta de que todos los hombres son gilipollas. En diferentes grados, por supuesto, pero gilipollas igualmente.
Yo llegué a esta realización mientras estaba sentada en la cama de un Days Inn mirando el envoltorio de un condón tirado en el suelo y a una nota de una sola linea arrugada en mi mano.
Tenía que hacer esto solo. Te veré esta noche. Te amo, E.
― No puedo creer esto, ― murmuré enfadada. ― ¡Tiene que estar jodidamente bromeando! ¿Quién hace esto?
Sabía que Edward se iría a alguna parte ese día. Incluso tenía vagas sospechas de a dónde, pero había pensado que al menos me llevaría a casa de Alice y Jasper y me daría una explicación antes de irse.
No, en su lugar tenía una nota de dos frases firmada con la letra 'E'. Ni siquiera se había molestado en escribir todo su nombre.
Gilipollas.
Cogí mi teléfono y empecé a escribir un mensaje con mucho enfado, luego lo cerré abruptamente y lo lancé a la cama detrás de mí. Poniéndome de pie, empecé a caminar por los cinco pasos entre la mesilla de noche y el escritorio de la habitación. Más que ayudarme, cada paso hacía que me enfadara más y más.
Tuvimos sexo la noche anterior. Fue realmente buen sexo. Le había dejado tocar mi cuerpo como un maldito violín. ¿No merecía un simple ― buenos días, aquí tienes un poco de café. Tengo que irme.―?
El bastardo podría al menos haberme comprado un café después de que sacudiera su mundo de esa manera.
Finalmente, cansada de caminar como una maníaca, cogí mi teléfono una vez más y encontré el nombre de Rose en mis contactos.
― ¿Hola? ¿Bella?
― Todos los hombres son gilipollas, ― declaré, olvidándome de saludos y yendo directa al grano.
― Estoy al tanto de ese hecho. He estado con Emmett cuando hay partido. ¿Qué te ha hecho tener esta repentina epifanía?
― Me he despertado esta mañana y Edward, siendo el cerdo que es, se había ido. Ni siquiera me compró una maldita taza de café. ― Bufé y levanté mis piernas en la cama para poder inclinarme contra el cabecero. ― Así que, ahora necesito que alguien me lleve a casa de Alice.
― ¿Te ha dejado? ― La voz de Rose sonaba en shock. ― ¿Y qué? ?Simplemente ha decidido dejarte en Chicago, a millas de tu hogar y marcharse al amanecer solo? Eso se pasa del territorio de los gilipollas al de los cabrones, Bella.
Por un momento me sentí confusa por la charla de Rose sobre abandono, luego me di cuenta de como debía sonar la situación para alguien que no sabía los detalles.
― ¡Oh, mierda! No me ha abandonado, Rose. Él tenía que ir a algunos lugares. Es solo que en lugar de despertarme y decírmelo, y llevarme como haría cualquier persona normal, simplemente me ha dejado con una nota y sin forma de transporte.
― Oh. ― Rose sonaba ligeramente aplacada. ― Bueno, ¿a dónde a ido?
Suspiré y recoloqué la almohada detrás de mí.
― En realidad no puedo decírtelo, ― admití. ― En parte porque no sé exactamente a dónde a ido, y en parte porque donde creo que ha ido es privado y no es asunto mío contarlo.
― Tiene algunos problemas, ¿verdad? ― Rose suspiró. ― Los chicos con problemas son los más difíciles con los que salir.
Reí por su franqueza.
― Me creeré lo que dices. Realmente no tengo suficiente experiencia en salir con chicos como para poder decir otra cosa.
― ¿Dónde os estáis quedando? Iré a recogerte y podemos planear como vas a hacer que Edward se arrepienta de desaparecer.
Le dije a Rose la dirección del motel y luego seguí con duda.
― ¿A qué te refieres con que tenemos que planear cómo hacer que Edward se arrepienta de desaparecer?
― No importa si tiene una razón válida, Bella. Dejarle que se libre teniendo malos modales está imponiendo un mal precedente. Es tu trabajo como su novia asegurarte de que se comporta mejor. Tienes mucho que aprender sobre los hombres. No te preocupes; yo tengo años de experiencia con Emmett. Te enseñaré exactamente lo que necesitas saber.
Rose colgó, prometiendo estar en el motel en cuarenta y cinco minutos. Yo pasé el tiempo duchándome, vistiéndome y preocupándome por Edward. Había querido ayudarle a enfrentar sus demonios. En su lugar, me dejaron atrás preocupándome y preguntándome a qué Edward me enfrentaría cuando él volviera –uno sanado o uno que estaba incluso más dañado que antes.
Fui sacada de mis pensamientos por el sonido de mi móvil. Era Rose, llamando para decirme que había llegado.
Salí del motel y vi un brillante BMW rojo cereza aparcado enfrente. Rose estaba detrás del volante y me hizo un gesto con la mano para que me subiera al coche cuando me vio salir del edificio. No sabía mucho de coches, pero había pasado suficiente tiempo con Charlie durante los años como para sospechar que ese era un buen coche muy caro.
― Wow, ― dije, subiéndome al asiento del pasajero.
― Un regalo de mi abuelo, ― explicó Rosalie. ― Él siempre me mimaba cuando era niña y todavía me mima ahora que soy adulta. Soy su única nieta, así que me mima por una docena. Así que, ¿dónde vive esta amiga tuya?
Abrí mi teléfono y busqué en mis mensajes hasta que llegué al que Alice me había mandado con su dirección. Se lo leí a Rose y ella asintió.
― Sé donde es. Ponte el cinturón y agárrate fuerte, pequeña Swan. Me gusta la velocidad.
Di un grito cuando Rosalie salió disparada del aparcamiento. Realmente no mentía sobre la velocidad.
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― Recuérdame de nuevo qué esperamos conseguir con esto, ― pedí, abriendo una pequeña botella de aceite de masaje con esencia de mandarina y oliéndolo.
― En serio, Bella, tienes que aprender más de hombres. ― Alice rodó los ojos por mi pregunta.
― Eso es lo que yo le he dicho, ― acordó Rosalie desde donde estaba revisando una colección de velas perfumadas.
Solo habían hecho falta cinco minutos después de llegar a la casa de Alice para que las dos se hicieran mejores amigas, unidas por lo que Alice había denominado "Proyecto Calentar". Como Rose, ella creía que los actos de Edward requerían un castigo, lo cual era la razón por la que en ese momento estaba entre muestras de velas perfumadas y aceites de masaje en una pequeña sex shop que de alguna manera Alice había encontrado en los pocos días que llevaba en Chicago. Parte de mí estaba de acuerdo con ellas, pero una parte mayor en realidad solo quería saber que él estaba bien.
― Sé suficiente sobre hombres, ― discutí, incluso aunque sabía que no era cierto. ― Lo que no sé es porqué necesito aceite para masaje para vengarme. ¿Qué se supone que tengo que hacer con él? ¿Amenazarle? ¡Te marchaste, ahora enfrenta la ira de la mandarina!
Rose rodó los ojos y Alice le dio palmadas en el brazo.
― No te preocupes, Rose. Le enseñaremos todo lo que tiene que saber, ― le aseguró Alice a la rubia antes de girarse a mí. ― Como pareces necesitar que nosotras te lo expliquemos con detalle, iré al grano y te diré de qué va tu venganza. Vas a torturar a Edward sexualmente hasta que jure que nunca hará nada a no ser que tú lo apruebes.
― Y, ¿eso requiere aceite de masaje? ― Levanté el bote, incluso mientras sentía el sonrojo subir a mis mejillas. ― Explícame esto, Alice, porque a Edward y a mí nos ha ido muy bien hasta el momento sin aceite de masaje.
― ¿Habéis tenido sexo, entonces? ― Alice movió la cabeza como si fuera un general al que le acaban de dar un buen reporte de los movimientos enemigos. ― Bien, eso hace esto mucho más fácil. ― Su mirada se convirtió en una amplia sonrisa. ― Por otro lado, ¿cómo fue?
― No voy a hablar de ello, ― contesté, enterrando mi cara en mis manos para esconder mi sonrojo. ― Ya es bastante malo que esté mirando estas cosas con vosotras. No voy a hablar sobre el sexo con Edward.
― Aguafiestas, ― murmuró Rose y miré entre mis dedos para verla cogiendo otro bote de aceite de masaje. ― Este tiene sabor y te hace sentir un cosquilleo al aplicarlo.
― Ponlo en la cesta, ― ordenó Alice. Rosalie se movió para poner el bote en la cesta que colgaba de su brazo, pero estiré la mano y lo agarré antes de que ella pudiera.
― No lo quiero con sabor a chocolate, ― dije cuando Rose levantó una ceja inquisitivamente. ― ¿Lo hay de mandarina?
Como muchas personas sabías dijeron una vez: si no puedes vencerlos, únete a ellos.
― ¡Esa es la actitud! ― Rose me sonrió satisfecha. ― No hay de mandarina, pero hay de naranja o melocotón.
― Coge el de naranja.
Pasamos otros veinte minutos mirando los aceites de masaje y las velas. Una vez que Alice y Rose estuvieron felices con mis selecciones, y con mi conocimiento de cómo usar esas selecciones, decidieron seguir adelante.
A la sección de disfraces.
― No, ― dije francamente, plantándome con firmeza antes de que pudieran arrastrarme a los disfraces de gata de cuero y las esposas que parecían formar la mayoría de los disfraces.
― Oh, vamos, Bella. La interpretación de un personaje es una forma excelente de tener a un hombre caliente. ― Alice tiró de uno de mis brazos. ― Prometo que ni siquiera miraremos las esposas.
― ¡Claro que no vamos a mirar las esposas! ― chillé. ― ¡Porque me niego a acercarme a esas cosas!
― Es solo un poco de diversión sana, Bella. ― Rose se unió a Alice para tirar de mi brazo. ― El cuero no va a hacerte daño.
― ¡Tú no sabes eso! ― discutí, echando mi brazo atrás. ― Podría rozar. ¡El rozar duele!
Rose y Alice habían soltado mis brazos y dieron un paso atrás para verme despotricar divertidas. Cuando mis palabras dejaron de salir, me di cuenta de que había un horrendo silencio. Miré a mi alrededor y vi a los otros cinco clientes y tres dependientes mirándome, sus expresiones iban de confusas a divertidas. En ese momento, le habría dado las gracias a Dios si el suelo se hubiese abierto debajo de mí y me hubiera tragado.
¿Por qué siempre me pasaba a mí?
― Uh... vamos. Estaremos allí... mirando los pantalones de cuero. ― Mi sonrojo se hizo incluso más brillante mientras arrastraba a Rose y Alice hacia los disfraces en la pared del fondo, lo que era lo más lejos que podía alejarme de todos en la tienda sin irme en realidad.
― Bueno, ― escuché a Rose murmurarle a Alice. ― Esa es una forma de hacer que haga lo que le decimos.
― Cállate, ― le gruñí, soltándolas a ella y Alice y siguiendo adelante yo sola.
Sus risas me siguieron.
― ¿No hemos terminado todavía? ― gemí mientras Alice y Rose me llevaban a otra tienda. Tras la desastrosa experiencia que fue la sex shop, me habían llevado a lo que parecían todas las tiendas del centro comercial, incluyendo Wal-Mart, la cual Alice declaró que tenía alguna ropa linda por una fracción del precio normal.
― Designo un día al mes como mi día de adicta a las compras, ― me informó Alice. ― He guardado ese día para hoy. Lo que significa que tendrás que aguantarme hasta que yo diga que hemos terminado. Además, todas estas compras tienen un propósito.
― ¿Además de humillarme y vaciarme la cartera? ― murmuré, pensando en el pequeño traje de enfermera que me habían forzado a comprar en el sex shop. Era un artículo que nunca vería la luz del día.
― Sí. Has conseguido concentrarte en otra cosa que no sea preocuparte por Edward, ― explicó Rose.
La miré y me di cuenta sorprendida de que tenía razón. La preocupación había estado ahí, justo bajo la superficie de mi mente todo el día, pero Rose y Alice me habían mantenido tan ocupada que realmente no había podido concentrarme en ello como probablemente habría hecho bajo circunstancias normales.
― No se ha puesto en contacto conmigo en todo el día, ― dije en voz baja. ― Han pasado ocho horas y ni siquiera he tenido un mensaje. No tengo ni idea de dónde está y ni siquiera me ha mandado un mensaje.
Alice me rodeó con los brazos y Rose me dio una palmadita en el hombro.
― Él está bien, ― dijo Alice. ― Lo sabrías si no lo estuviera. Apuesto a que cuando vuelvas al motel, estará allí esperándote.
― Y tú podrás enseñarle que uno no tiene sexo y sale corriendo, incluso si planea volver, ― añadió Rose. ― Ahora, anímate. Tenemos que hacer una última parada para el Proyecto Calentar.
Miré la tienda frente a la que habíamos parado. Victoria's Secret. Abrí la boca para discutir, luego la cerré y solo sacudí la cabeza.
― Más le vale apreciar todo esto.
Riendo, Rose y Alice me llevaron dentro de la tienda para otra hora de tortura.
Cuando dejamos la tienda, llevaba una bolsa de lencería y cien dólares menos. Rosalie condujo hasta la casa de Alice, planeando dejarla a ella y luego llevarme de vuelta al motel.
La brillante moto plateada aparcada en el bordillo cambió esos planes.
Era la de Edward y el propio hombre estaba sentado al lado. Tenía un ramo de rosas en su mano y se puso de pie cuando nos vio, colocando las rosas cuidadosamente en el asiento de la moto.
― ¿Irás conmigo? ― Obviamente había estado en nuestra habitación del motel, porque me extendió mi casco. Me bajé del coche de Rose y lo acepté.
― Gracias por el viaje, Rose, ― le dije, aunque no quité los ojos de Edward en ningún momento. Se veía cansado, pero sus ojos ardían con emoción mientras me miraba. Era la mirada de un guerrero conquistador que volvía a casa de la guerra.
Era la mirada de alguien que estaba donde pertenecía.
― Sin problema, ― contestó Rose. ― Tendremos que juntarnos antes de que os marchéis. Alice y yo lo planearemos. Vosotros... divertíos.
― Tengo algunas cosas... ¿cabrán en la moto? ― Miré mis bolsas que estaban en el coche. Edward extendió una de nuestras bolsas de viaje. Estaba vacía.
― Pensé que tal vez tendrías algunas cosas, así que he traído esto.
Entre los dos, metimos todas mis compras en la bolsa. Edward quedó brevemente distraído cuando vio la bolsa de Victoria's Secret, pero yo la lancé a la bolsa y le miré furiosa antes de que él pudiera explorar sus contenidos. Edward me sonrió ampliamente y me agarró por las caderas, acercándome para darme un beso lo suficientemente pasional como para hacer que se me encogieran los dedos de los pies. Enterré las manos en su pelo y le devolví el beso, poniendo en él toda la preocupación y el enfado que había estado sintiendo todo el día. Creo que habría estado toda la eternidad besando a Edward, pero pronto fuimos interrumpidos por un fuerte silbido.
― ¡Eso ha sido sexy! ― dijo Rosalie, sonriéndonos ampliamente cuando nos giramos a mirarla. Alice estaba riendo por lo bajo a su lado y yo les rodé los ojos a las dos.
― Sois un par de idiotas, ― dije, apuntándolas. Luego les di a las dos un abrazo. ― Gracias por hoy. Lo necesitaba.
― Recuerda el Proyecto Calentar, ― fue todo lo que Alice dijo.
― Hazle pasar un infierno, ― añadió Rose.
Me giré hacia Edward, quien me extendió su mano. La tomé y le dejé llevarme hasta su moto. La arrancó y luego empezamos a volar por las calles de Chicago. Me quedé en silencio, dispuesta a esperar hasta que llegáramos a nuestro destino antes de hacerle a Edward todas las preguntas que tenía. La primera era para qué eran las rosas.
Cuando finalmente nos detuvimos, estábamos en un cementerio.
― ¿Qué estamos haciendo aquí? ― pregunté, dejando que Edward cogiera mi mano y me llevara por las lápidas. Era el crepúsculo y era un poco espeluznante, especialmente porque algunas tumbas parecían tener una inquietante luz solar brillando en ellas.
― Te conté una historia aquel primer día en la carretera. Sobre Kate e Irina, ¿recuerdas? ― preguntó en lugar de responder mi pregunta.
Tuve que pensarlo un momento antes de recordar su historia sobre su primer amor.
― Tu primer amor y la hermana por la que la dejaste. Lo recuerdo, ¿por qué?
Edward se detuvo frente a una tumba y leí el nombre.
Irina Montgomery
2 de Abril de 1991 – 3 de Febrero de 2008
Un alma hermosa que
perdió su camino
tal vez encuentre paz
en Sus brazos
Miré la lápida sorprendida. Edward se arrodilló y dejó las rosas en ella. Se quedó en esa posición un momento, antes de ponerse de pie de nuevo y mirarme con ojos tristes.
― Creí que vivían en Denali, ― dije en voz baja.
― No. Ellas estaban en la misma casa hogar que yo, una en un pequeño pueblo fuera de la ciudad. ― Bajó la vista con tristeza a la tumba. ― No la había visto en doce años. ― Estiró el brazo y acarició la lápida antes de volver a mirarme, con resolución en los ojos. ― Creo que es hora de que te lo cuente todo.
Muchas gracias por leer, comentar y añadir la historia a alertas y favoritos.
-Bells :)
