Disclaimer: nada de esto me pertenece, los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a Lynyrd Lionheart, yo solo la traduzco.


GOD LOVE HER

Capitulo veintitrésVoodoo

Había sido una tarde de revelaciones. De todos los posibles escenarios que se me habían pasado por la cabeza cuando vi a Edward esperando en la casa de Alice, un viaje al cementerio no se me había ocurrido. Todavía había una parte de mí que estaba enfadada porque Edward me hubiera abandonado como lo había hecho, y hablaríamos más sobre eso, pero la mayor parte de mí estaba aliviada porque finalmente confiara en mí. Sus revelaciones sobre su turbulento pasado no habían cambiado mis sentimientos de ninguna manera, excepto, tal vez, para hacerlos más fuertes. Su fortaleza me impresionaba. Que él hubiera pasado por tanto y consiguiera cambiar a la increíble persona que era ahora, era impresionante.

― Te he echado de menos hoy, ― murmuró, descansando su mejilla encima de mi cabeza y envolviendo su brazo alrededor de mi cintura mientras entrábamos en el motel.

― Yo también te he echado de menos, ― contesté. ― La próxima vez que decidas irte sin mí, mándame un par de mensajes durante el día, ¿vale?

Edward no contestó, eligiendo en su lugar dejar un beso en mi pelo.

Entramos en nuestra habitación y Edward se tiró de espaldas en la cama, su expresión y sus movimientos mostraban cansancio. Me incliné contra la pared y le miré pasarse las manos por la cara y el pelo, dejándolo incluso más salvaje de lo normal.

― ¿Vas a estar bien? ― pregunté suavemente. Se levantó apoyándose en los codos y me miró. Tras un momento sentí un sonrojo subir a mis mejillas.

― ¿Por qué me miras así?

― Eres muy hermosa, ― contestó, sentándose. ― No sé si te lo he dicho antes, pero realmente lo eres.

Sentí el sonrojo calentarme incluso más y bajé la vista, una pequeña sonrisa apareció en mis labios. Le miré por debajo de las pestañas y él siguió mirándome fijamente, la mirada suave que amaba en sus ojos. Me enderecé de mi posición contra la pared y subí a la cama, arrastrándome hasta que pude alcanzarle y empujarle hacia abajo de manera que pudiéramos estar tumbados uno al lado del otro, mirándonos.

― No te he perdonado completamente, ― le dije antes de enredar mis dedos en su pelo para poder acercar mi cabeza a la suya para besarle. Fue rápido, más como un pequeño roce de nuestros labios, y cuando terminó, se echó atrás para descansar su frente contra la mía.

― Y, ¿qué tendré que hacer para conseguir tu perdón? ― preguntó, con su sonrisa torcida en los labios.

― Se me ocurren unas cuantas cosas, ― respondí, sintiéndome perversa de repente. Le empujé para que estuviera tumbado sobre su espalda y me moví para estar a horcajadas sobre sus caderas. Me incliné de manera que mi cara estuviera a pulgadas sobre la suya y mi pelo cayó sobre mis hombros para formar una cortina a nuestro alrededor. ― ¿Puedes adivinar cuales pueden ser esas cosas?

― Hmmm... ― ronroneó Edward, estirando el brazo para enredar mi pelo en una de sus manos. Había una chispa en sus ojos y reconocí la vuelta del Edward alegre y un poco tonto con el que había comenzado ese viaje. Había extrañado a ese Edward estos últimos días. ― Se me ocurren unas cuantas cosas. ¿Tal vez esto? ― Me tumbó, besándome profundamente. Solté un gemido bajo y Edward tomó la oportunidad para explorar mi boca con su lengua, lo que provocó otro gemido. Enterró una mano en mi pelo, mientras que la otra agarró mi cadera para mantener mi balance. Descansé mi peso en el brazo escayolado y pasé los dedos de la otra mano por su pelo, disfrutando el beso.

― ¿No hay más secretos que decirme? ― le pregunté cuando finalmente nos separamos. Los dos estábamos jadeando por aliento, pero quise asegurarme de que no había más chismes que pudieran poner en peligro nuestra relación.

― Ninguno. Mi pasado ahora es un libro abierto para ti. Más besos. ― Edward me tumbó para besarme quitándome una vez más el aliento que acababa de tomar. Cuando finalmente nos separamos, me enderecé para estar sobre él.

― Y, ¿a dónde vamos desde aquí? ― pregunté, estirando el brazo para intentar arreglar el desastre que era el pelo de Edward. Era un esfuerzo inútil, pero disfruté la sensación sedosa de su pelo, así que lo intenté igualmente.

― Adelante, ― contestó Edward firmemente. ― Desde aquí seguimos adelante. Nada más de mirar atrás. Fui un idiota por dejar que mi pasado me definiera. Hay otras tantas cosas que lo hacen, como esto- ― me tumbó con otro beso ― -nosotros. Ese es el tipo de cosas que deberían definirme. Tú eres mi mundo, Isabella Swan.

― Tú también te estás convirtiendo en mi mundo, ― admití. ― Eso me asusta a veces.

― ¿Por qué? ― preguntó Edward, estirando el brazo y poniéndome el pelo detrás de la oreja.

― Nunca le he dado a una persona tanto de mí, Edward. Con Mike, incluso con mis padres, siempre me he guardado algo. Tú más que nadie en el mundo tienes la habilidad de hacerme daño. Eso me aterroriza.

Edward se sentó, moviéndome de manera que mis piernas estuvieran envueltas alrededor de sus caderas. Mis manos se agarraron a sus hombros para poder mantener el equilibrio, mientras sus manos se ahuecaban en mi cara.

― Te adoro, Isabella Marie Swan, y juro que haré todo lo que pueda para hacerte feliz mientras me mantengas a tu lado. ― Sus ojos estaban completamente serios mientras hablaba. Sentí las lágrimas llenar mis ojos, la montaña rusa emocional que había sido el día finalmente me estaba afectando. Edward bajó dulcemente mi cara y besó las lágrimas que escaparon. ― Siento haberte preocupado.

― Lo entiendo, ― susurré. ― Realmente lo hago. Entiendo que necesitabas hacer esto solo, pero aún así estaba muy preocupada, Edward. No me dijiste a dónde ibas, solo que volverías. Rose y Alice han intentado mantenerme distraída, pero todavía estaba preocupada.

― Lo sé, corazón, y lo siento mucho. Me estaré disculpando toda la eternidad si eso lo hace mejor.

Sacudí la cabeza frenéticamente.

― No quiero eso, Edward. Solo... abrázame un rato, ¿vale? Abrázame y déjame ser una llorona, y eso será suficiente. ― Envolví mis brazos a su alrededor y enterré la cara en su cuello, respirando la esencia que era Edward.

― Creo que me lo estás poniendo demasiado fácil, ― dijo y le sentí dejar un beso en mi pelo. ― Pero si eso es lo que necesitas, túmbate conmigo.

Edward y yo nos movimos de manera que estuviera tumbada de lado con Edward detrás de mí, sus brazos envueltos a mi alrededor. Enterró su cara en mi pelo y cerré los ojos, disfrutando la cercanía. No llevé la cuenta del tiempo que estuvimos así, solo siendo, pero fue lo suficiente para que sucumbiera a la oscuridad del sueño.

Dormí mejor que en toda mi vida.

Estaba teniendo uno de los sueños más calientes que había experienciado. Edward estaba besando mi cuello, parando de vez en cuando para morder y succionar en algún lugar particularmente sensible, mientras sus dedos se deslizaban hacia abajo por mi cuerpo, rozando mi piel mientras bajaban, saltándose la parte que estaba más desesperada por él para bailar por el resto de mi sensible piel. Gemí y levanté las manos para envolverlas en su pelo. Pelo que se sentía muy real.

― ¿Despierta, amor? ― murmuró Edward, su voz sonaba apagada porque se negaba a levantar sus labios de mi piel.

― Ahora lo estoy, ― jadeé, aguantándome un gemido mientras Edward mordisqueaba la zona sensible detrás de mi oreja.

― Maravilloso, ― ronroneó Edward como respuesta. Sus dedos, que habían estado trazando círculos en mi muslo, se movieron para deslizarse por mi centro a través de mis bragas. Jadeé de nuevo, arqueando mi espalda contra su mano en un intento de prolongar el contacto. Edward soltó una risa baja y masculina de apreciación por mis actos y presionó sus labios contra los míos, rozando mis labios con su lengua hasta que los separé con un suspiro para darle acceso. Él se aprovechó inmediata y pasionalmente de ese acceso, quitando su mano de mis pantalones de pijama para poder envolverla con la otra en mi pelo.

― Me encanta tu pelo, ― gimió cuando nos separamos. ― Si me dejaras, podría pasar una eternidad envuelto en él.

― Estaba pensando en cortármelo, ― admití, intentando tumbarle con otro beso.

― Nunca, ― contestó Edward, sacudiendo la cabeza. ― Sería una blasfemia cortarte el pelo.

Abrí la boca para prometer que no lo haría, pero Edward no me permitió hablar. Se aprovechó rápidamente de mi boca abierta para saquearla una vez más. Por primera vez, pude entender lo que las mujeres de las novelas malas que eran mi secreto sucio decían cuando clamaban que el héroe de la historia las estaba destrozando.

Y yo me sentía bastante destrozada y en realidad ni siquiera habíamos llegado a la parte buena.

Edward pasó sus manos por mis costillas, arrastrando mi camisa hacia arriba con el movimiento. Levanté los brazos sobre la cabeza y levanté la espalda de la cama para que pudiera quitarme la prenda del cuerpo. Lanzó la camisa a un lado distraídamente, sus ojos ya estaban pegados a la piel desnuda que había revelado. Se inclinó para rozar su nariz contra mi pecho. No se había afeitado en unos días y su barba rascó la piel sensible, dándome escalofríos. Movió su cabeza para tener mejor acceso a mi pecho y su barba rozó otra parte de piel.

Esa vez solté risitas.

Edward detuvo sus actividades para mirarme con una ceja levantada. Sentí el sonrojo alcanzar mis mejillas y quise cubrirme la cara mortificada. Había esperado poder mantener en secreto que tenía cosquillas. Siempre lo había considerado una debilidad vergonzosa, y ahora Edward la conocía.

Mirándome con curiosidad, Edward subió y bajó sus dedos por mi costado, haciéndome cosquillas a propósito a lo largo de mi cuerpo. Empecé a reír más fuerte, removiéndome en un intento de escapar de sus malvados dedos. Edward paró de hacerme cosquillas y me sonrió perversamente.

― Así que, Srta. Swan, ¿cuándo planeaba contarme este sabroso secretito? ― preguntó Edward, sonriéndome satisfecho. ― Bella Swan tiene cosquillas. Definitivamente, puede tener varios usos.

― ¡No te atrevas a pensar en usarlo en mi contra, Edward Cullen! ― Le miré furiosa. ― Juro que si lo haces, haré que te arrepientas.

― ¿Oh? Y, ¿cómo esperas hacerlo? Es difícil vengarse cuando estás indefenso.

Con una sonrisa perversa, aumentó sus esfuerzos por dejarme indefensa con risas. Rodé de un lado a otro, intentando escapar de él. Tocó un punto particularmente sensible que me hizo resoplar fuertemente. Poniéndome roja de vergüenza, intenté impulsarme hacia arriba para salir de sus brazos. En su lugar, mi frente golpeó la suya. Fuerte.

Edward maldijo, se tocó la frente y se echó atrás, cayéndose de la cama. Yo también me toqué la mía, sintiendo un fuerte dolor radiar del punto de contacto.

― Ouch, ― fue todo lo que pude murmurar minutos después, una vez que el dolor hubo remitido.

― Supongo que, después de todo, hacerte cosquillas ha sido una mala idea, ― dijo Edward secamente, impulsándose para sentarse en la cama. ― Creo que necesito un Advil. ¿Quieres un Advil?

― Tengo en mi bolso, ― respondí. ― Esta donde las bolsas. ¿Puedes traerme un par?

― Claro.

Me tiré hacia atrás en la cama y cerré los ojos, todavía había un dolor sordo que venía de mi cráneo, y esperé a que Edward me trajera las pastillas. Cuando, tras varios minutos, todavía no había vuelto, me senté y miré hacia mi bolso. Edward estaba arrodillado a su lado y de las bolsas sosteniendo mis compras. Estaba completamente quieto y, por un momento, me pregunté si respiraba siquiera. Frente a él, estaba la bolsa del sex shop, y en sus manos había un trozo de material blanco.

El traje de enfermera traviesa.

Oh, mierda.

― Ummm...

Los ojos de Edward fueron disparados hasta mí mientras yo murmuraba insegura. No podía decir que nunca antes hubiera estado en una situación tan incómoda; había sido enfrentada por mi padre que había pillado a mi novio comprando condones y lubricante, después de todo. Sin embargo, ese era un tipo de situación nuevo para mí y no estaba completamente segura de cómo reaccionar a que mi novio descubriera el disfraz que había sido comprado para torturarle sexualmente.

Tampoco era que él supiera, o que alguna vez fuera a saber porqué Alice y Rose me habían forzado a comprarlo.

― Este es un traje... interesante, ― declaró Edward, encontrando su voz.

Edward tal vez hubiera encontrado su voz, pero yo todavía no lo había hecho. Me senté en la cama completamente en silencio, solo mirándole fijamente e imaginando varios escenarios, intentando determinar cual era el mejor para usar en esa situación.

Me quedé en blanco.

Mi lado tímido con problemas de autoestima me dijo que me metiera debajo de las sábanas de la cama y me escondiera hasta que esa situación desapareciera. Mi zorra interior, que sonaba como una mezcla de Rosalie y Alice, me dijo que tomara esta oportunidad de oro y, literalmente, sedujera a Edward. Dividida entre los dos lados, simplemente me quedé sentada como una tonta en la cama mirando fijamente a Edward, que alternaba miradas reflexivas entre mí y el traje de enfermera.

― Ya sabes, no me negaría a jugar a los médicos, ― me dijo con voz sedosa. ― Estoy seguro de que sería una buena práctica para mi futuro.

Las palabras de Edward formaron una imagen en mi cabeza de él solo en pantalones de quirófano y un estetoscopio. Con esa fantasía en mente, la zorra ganó a la Bella tímida y tomó el control de mis acciones.

― Jugar a los médicos tiene algo de potencial, ― acepté, caminando hacia él en lo que esperaba fuera una forma seductora. Por la forma en que sus ojos estaban pegados a mis caderas, asumí que había tenido éxito. ― Pero hay muchas otras cosas divertidas con las que podemos jugar.

Asegurándome de que Edward todavía me miraba, me incliné para levantar la bolsa del sex shop. Enderezándome una vez más, giré sobre mis talones hacia la cama una vez más. En lugar de ser el movimiento fluido que se suponía que debía ser, tropecé con la nada y, moviendo mis brazos salvajemente, me caí de cara al suelo.

Nunca llegué al suelo, en su lugar me detuve justo a tiempo gracias al soporte de los fuertes brazos de Edward.

― Um... eso no ha ido de la forma que yo quería, ― admití tímidamente mientras Edward me enderezaba, sin soltar mi cintura.

― Divertido ― me sonrió ampliamente ― yo estaba pensando que había ido perfectamente.

En un movimiento fluido que me hizo sentir incluso más torpe, Edward me levantó en sus brazos al estilo nupcial, acunándome en la deliciosa calidez de su pecho. Nuestros pechos desnudos se presionaron fuertemente y sentí mis pezones endurecerse por la sensación.

― Bueno, hola, ― dijo Edward, sonriendo hacia donde nuestra piel estaba unida. ― Supongo que estás feliz de verme.

Sentí el sonrojo subir a mis mejillas, pero Edward presionó sus labios contra los míos y me besó hasta que toda la vergüenza estuvo olvidada. Todo lo que quedó fuimos nosotros dos y las cosas que él me hacía sentir.

Me di cuenta de que no había sitio para la vergüenza en eso. No había necesidad de ello. Edward me aceptaría y a todo lo que viniera conmigo, bueno y malo. No iba a dejar de sonrojarme repentinamente; la acción estaba demasiado unida a mi carácter. Simplemente me di cuenta de que no necesitaba sentirme avergonzada porque estuviera desnuda frente a él o porque me cayera delante de él. Siempre me caería; era una de las partes de ser torpe. También esperaba que él me viera desnuda en el futuro. Mucho.

Y tenía dejar de sentirme avergonzada por cosas que no podía cambiar o no cambiarían.

Mientras yo llegaba a mis conclusiones, Edward me tumbó en la cama y se quedó sobre mí, sosteniendo su peso en sus brazos. Durante un momento, nos quedamos en esa posición, solo mirándonos. Solté la bolsa que todavía tenía cogida y levanté los brazos para envolverlos en su cuello, tirando de él hacia mí. Edward me permitió besarle. Mordisqueé suavemente su labio inferior y Edward soltó un ligero jadeo por la sensación. Sonreí ampliamente contra sus labios por haber encontrado un nuevo lugar sensible con el que divertirme.

― Alice y Rose estaban seguras de que debía torturarte y provocarte hasta que suplicaras clemencia, ― le dije una vez que nos separamos. Levanté la bolsa y se escuchó un sonido de golpe cuando algunos de los aceites de masaje chocaron. ― Se supone que el contenido de esto debían ser mis armas para esa tortura.

― ¿Tortura? ― la voz de Edward sonaba ahogada. ― No estoy seguro de si eso suena terrorífico o... interesante.

― Me sonó bastante interesante en su momento y todavía creo que tal vez me guste divertirme alguna noche, pero esta noche... ― Lancé la bolsa suavemente al suelo y nos rodé de manera que estuviera a horcajadas en su cintura. ― Esta noche simplemente voy a amarte. ― Bajé la cabeza para mordisquear la línea de su mandíbula. Él giró la cabeza para darme mejor acceso y levantó las manos para agarrarme de la cintura.

― Eso también suena interesante, ― aceptó Edward.

Sonreí ampliamente contra su piel y le di a su cuello un mordisquito, ganándome un gemido. Seguí dejando besos por su duro cuerpo hasta que llegué a sus bóxers, que estaban impresionantemente levantados. Miré la longitud de su cuerpo y, con la zorra todavía en control, cogí la cintura de los bóxers con los dientes y empecé a bajarlos. Edward levantó las caderas y, una vez que los bóxers habían liberado su erección, usé las manos para quitárselos del todo. Estiré el brazo para tocarle, pero Edward agarró mi mano cuidadosamente con la suya y me guió por su cuerpo hasta que estuve tumbada encima de él, nuestra piel unida de los pies a los hombros.

― Decía enserio lo de antes, Bella. Quiero hacerte feliz durante el resto de nuestras vidas. Dijiste que te asustaba que tuviera tanto poder sobre ti, pero no eres la única. Esto, nosotros, ha sido intenso y rápido. Me aterroriza que te hayas convertido en tanto para mí en tan poco tiempo, pero no voy a dejar que ese miedo me detenga de asumirlo.

Le miré con curiosidad.

― Eso es... ¿bueno? ― No estaba segura de qué punto estaba intentando hacer, así que mi respuesta salió más como una pregunta que como una respuesta real. Edward se dio cuenta y rió.

― Sí, es bueno, ― acordó suavemente, sujetándome fuertemente contra él. ― Y, ¿tú? ¿Vas a pasar del miedo y asumir esto?

― Edward, puedes sentirte inseguro sobre la escuela, y sobre tu pasado, pero nunca te sientas inseguro sobre mí. Me aterroriza haberte dado la habilidad de hacerme daño, pero no voy a salir corriendo de repente debido a ese miedo. Toda esta cosa entre nosotros ha sido un torbellino, pero no creo que pudiera haber pasado de otra forma. Una vez que empezó... bueno, no hay vuelta atrás para mí, Edward. Tú eres mi fin de juego. ― Sostuve su cara en mis manos y dije las últimas seis palabras lentamente y con gran énfasis, queriendo poner fin a cualquier duda que pueda tener sobre mí.

― Soy un poco inseguro, ― admitió Edward con una sonrisa tímida. ― Es parte de quien soy, así que tendré que suplicarte que tengas paciencia conmigo. Todavía no siento que te merezca, así que me preocupo y creo todo tipo de dudas.

― Trabajaremos en ello, ― contesté con una sonrisa. ― Para cuando volvamos a Forks, estarás tan seguro de nosotros que nada podrá hacerte dudar.

Edward me miró con una expresión ilegible oscureciendo sus ojos. Levantó una mano y me puso un mechón de pelo detrás de la oreja. Había algo casi dolorosamente tierno en la forma que me miraba y casi un anhelo silencioso que no podía entender.

― Si alguien puede deshacerse de mis dudas, esa eres tú, ― aceptó solemnemente con una pequeña sonrisa retorciendo sus labios.

― ¿Estás bien? ― le pregunté suavemente. ― Tu humor parece un poco... raro.

― Estás conmigo. Estoy perfectamente.

― Eso es increíblemente cursi. ― Le sonreí ampliamente y su sonrisa creció como respuesta.

― Lo sé, pero tú me amas, cursi y todo, ¿verdad?

Abrí la boca para contestar, pero Edward me detuvo presionando sus labios contra los míos. Besándome, nos dio la vuelta para que él estuviera encima. Alejándose de mis labios, se movió por mi cuerpo de manera que pudiera quitarme la ropa interior que llevaba, dejándome tan desnuda como él.

― La primera vez que hicimos esto, tú no terminaste. ― Edward dejó besos en mis muslos entre cada palabra. ― La segunda vez fue arruinado porque fui un imbécil la mañana siguiente. Esta noche, sin embargo, voy a hacerlo perfecto. Y luego voy a hacerte gritar.

Los labios de Edward fueron a mi clítoris y, mientras sentía mi aliento atascarse en un gemido por el placer, estaba bastante segura de que sus palabras eran más que solo un alarde.

Al final de la noche, no solo me había quedado afónica de gemir, jadear y, como él había prometido, gritar, sino que también me sentía irrevocablemente atada a Edward.

Nunca había creído en almas gemelas. Mi vida era prueba de que la mayoría de promesas de eternidad no duraban pero, mientras abrazaba a un Edward dormido y pasaba los dedos por su pelo, sentí que tal vez, solo tal vez, podía convertirme en una creyente.


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-Bells :)