Disclaimer: nada de esto me pertenece, los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a Lynyrd Lionheart, yo solo la traduzco.


GOD LOVE HER

Capitulo veintisieteHogar

De Florida nos dirigimos al oeste, a Louisiana. Tenía una ligera adicción a True Blood, así que cuando expresé interés en explorar el estado en que transcurría la serie, Edward solo rio y me dijo los buenos tiempos empezaban ya.

Tal vez no se grabara allí la serie, pero Nueva Orleans era una ciudad increíble. Era como si el pasado y el presente se unieran en un solo lugar. Y en el barrio francés realmente sabían dar una fiesta. En los tres días que pasamos allí, comí más gumbo de lo que había creído posible.

Sin embargo, las noches eran lo mejor. Las noches las pasaba en los brazos de Edward. Cuando comparaba nuestra forma de hacer el amor en ese momento con lo que había sido al principio, no podía evitar reír. Había sido tan raro entonces. ¿Y en ese momento? Ahora que conocía el cuerpo de Edward y que sabía que era mío, era como si hubiéramos sido hechos para el otro.

Pero todo lo bueno tiene un fin, y nuestro viaje de verano por carretera no era diferente. Todavía tenía que volver a Cornell y mi futuro, y Edward tenía que ver qué hacía con su propia vida. No importaba en cuantas barbacoas de Texas parásemos, o en cuantas playas de California vagueásemos, el fantasma de nuestro futuro, un futuro en el que estábamos separados, se cernía sobre nosotros.

― Tenemos que volver, ― dije finalmente una noche. Estábamos en una suite de Las Vegas y todavía tenía la voz ronca de gritar en el concierto de Garth Brooks.

― No hablemos de ello, ― contestó Edward, dándose la vuelta para cubrir mi cuerpo con el suyo y dejar besos húmedos por mi cuello. ― Hablemos mejor de tu enamoramiento con Garth Brooks. Quiero decir, no tenía ni idea de que eras tan fan del country.

― Garth Brooks desafía los géneros, ― murmuré como respuesta, permitiéndome disfrutar sus besos y la forma en que él había aprendido a tocar mi cuerpo de forma tan maravillosa. Pero ese futuro todavía estaba ahí, y no podía permitirme distraerme, no esa vez.

― Tenemos que volver a casa, Edward, ― dije firmemente, empujándole para apartarle y poder mirarle a los ojos. ― Dejamos a todos en la estacada y todo en el aire cuando nos marchamos. Y este verano ha sido increíble. No cambiaría nada... pero voy a Cornell en septiembre. Voy a graduarme con honores y a tener una buena cantidad de opciones de postgrado. Y una parte de esa decisión se debe a ti, porque tú creíste en mí y eso me dio la confianza que necesitaba para hacer esto. También es la razón por la que no puedo cambiar ahora de opinión por ti.

― Lo sé, ― gimió Edward, tapándose los ojos con el brazo. ― No querría que lo hicieras. Eso no significa que tenga que querer que te marches. Eso no significa que quiera volver a la realidad.

― No tiene que ser una despedida, ― susurré, apoyando la cabeza en su pecho.

Edward enredó mi pelo en sus dedos y no contestó, pero nuestra siguiente ronda de sexo fue más salvaje y pasional de lo habitual. Sabía lo que significaba, sabía lo que estaba haciendo.

A pesar de todo lo que le dije en Florida, a pesar de nuestro nuevo acuerdo, él se estaba despidiendo.

Cinco días después, volvimos a Forks. Fue agridulce.

Charlie me dio un abrazo más fuerte de lo que me había dado antes. Yo se lo devolví igual de fuerte, sin haberme dado cuenta antes de lo mucho que le había extrañado.

― Me alegro de verte, Bells, ― dijo roncamente contra mi pelo.

― Yo también, ― contesté, y escuché un motor rugir detrás de mí. No tuve que darme la vuelta para saber que Edward se marchaba.

― ¿Tantas ganas tiene de llegar a casa, o es que me tiene miedo? ― preguntó Charlie sarcásticamente.

― Ninguna de las dos, ― respondí, mirando con tristeza como se alejaba la moto. ― Creo que solo se le dan mal las despedidas.

Tras eso, me lancé a los preparativos para la universidad. A pesar de sus protestas iniciales, Charlie se sintió feliz de ayudar. Pensé que pasar el verano separados le había ayudado a darse cuenta de que no necesitaba que me tratara como a un bebé, que podía vivir mi propia vida y sobrevivir.

Le escuché presumir más de una vez de cómo su niña iba a Cornell y de si había alguna otra persona nacida en nuestro pueblecito que había hecho eso.

Edward había desertado. Cuando fui a la casa de los Cullen para hablar con él, Carlisle me dijo que Edward solo se había quedado el tiempo suficiente para asegurarles que estaba bien y que se había ido de nuevo.

― ¿Un viaje por carretera no ha sido suficiente para él? ― pregunté con las cejas levantadas, y Carlisle solo se encogió de hombros.

― Se le dan muy mal las despedidas.

Había dolido que él tuviera tan poca fe en todo lo que le había dicho. Había dicho que él era mi futuro, que algún día podría querer realmente casarme y tener hijos con él -algo que nunca antes había deseado- y aun así había escapado a la primera señal de distancia; pero me negué a dejar que eso me destruyera. Había encontrado por fin mi fuerza interna y nadie, ni siquiera Edward, iba a quitármela.

Fue esa fuerza lo que me permitió enfrentar a Jessica y Mike. Había esperado una escena dramática en la que ellos intentaban restregarme su relación por la cara, pero lo que obtuve en su lugar fue la risa final.

Mike tenía clamidia. Por culpa de Jessica.

Incluso tres semanas después, mientras subía mis últimas pertenencias en el maletero de mi coche, un vehículo que Charlie me había ayudado a comprar para reemplazar mi poco fiable camioneta roja, todavía reír un poco por ello.

― Así que, ¿ya está? ― preguntó Charlie, dándole nervioso una palmada al capó del coche, un brillante Volvo plateado.

― Ya esta, ― afirmé. ― Me llevará unos días llegar allí, pero me aseguraré de llamar a menudo.

― Genial, ― contestó Charlie, y miró sobre mi cabeza. Levantó las cejas y sacudió ligeramente la cabeza mientras me abrazaba. ― Te quiero, Bell. Te dejaré con tu despedida.

― ¿Qué despedida? ― pregunté mientras Charlie me soltaba y entraba en la casa. No contestó, así que pegué un salto cuando una mano se posó en mi hombro.

― ¡Mierda! ― maldije, dándome la vuelta. Era Edward, con una pinta demasiado buena con esa cazadora de cuero suya. ― Edward. Que bien verte aquí después de todo este tiempo.

― Soy un imbécil, ― dijo sin preámbulos.

― No voy a discutírtelo, ― contesté, apartando su mano de mi hombro e inclinándome contra el Volvo con los brazos cruzados. ― Me rompiste el corazón con tu abandono.

― Se me dan muy mal las despedidas, ― contestó, frotándose el cuello y evitando mi mirada.

― Lo sé. Y también Carlisle. Me alegro de que tú parezcas saberlo igualmente. ― Rodé los ojos cuando Edward se negó a mirarme a ellos. ― Por el amor de Dios, Edward. Es la universidad, no la muerte. No entiendo porqué te largaste como si no tuviéramos oportunidad. Sobre todo porque te dije básicamente que tú eres el definitivo para mí.

― Tú tenías tus incertidumbres, ― contestó Edward. ― Bueno, yo también. Es solo que no me di cuenta de cuantas hasta que volvimos aquí. ¿Ahí fuera? Era diferente. No había nadie más cerca. Pero, ¿aquí? Aquí es donde está tu vida. ¿Y si habías cambiado de opinión? ¿Y si te habías dado cuenta de que no era lo suficientemente bueno para ti?

― Bueno, dejarme sin explicación durante tres semanas no ha sido una buena forma de hacerme pensar lo contrario, ― admití secamente. ― Pero el hecho es que mi vida no está aquí. Está en Cornell. Aquí es donde está mi padre, donde está mi pasado. Esperaba que tú fueras parte de mi futuro, pero estas semanas me han hecho pensar que tal vez no.

― Soy un imbécil. Y te vas ya, lo que significa que estoy haciendo esto un poco tarde. ― Edward miró mi coche antes de mirarme finalmente a los ojos. ― Soy joven. Y a veces jodo las cosas. Pero, ¿Bella? Realmente me gustaría pedirte una cita. Una de verdad. Con película y cena.

― ¿Me mudo al otro lado del país y me pides salir ahora? ― contesté incrédula. ― Espera, ¿me estás pidiendo salir sin más? Tío, me has visto desnuda. Creo que hemos pasado la etapa de la primera cita.

― Hemos hecho las cosas un poco al revés, ― aceptó Edward. ― Ya sabes, escaparnos juntos sin estar juntos realmente, pero aun así me gustaría que tuviéramos una cita. Me gustaría ser parte de tu futuro, parte de tu vida que está en Cornell.

― Y, digamos que acepto, y no estoy diciendo que vaya a hacerlo porque, ¡hola! Has desaparecido tres semanas y eso... pero digamos que sí. ¿Cómo funcionaría cuando estamos casi a 5.000 kilómetros de distancia?

― Bueno, lo que pasa es que Jasper conoce a un tipo que conoce a un tipo que conoce a un tipo que lleva un programa de paramédicos en Buffalo. Ahora, todavía está a dos horas de Ithaca, pero al menos está en la misma zona horaria. Y el programa ofrece pagos parciales de la matrícula para los que estén en la universidad. Obviamente, eso no es una opción para mí este año, pero me dará la oportunidad de obtener referencias y una nueva reputación para cuando solicite plaza el próximo año. Así que... En un mes me voy a Buffalo a empezar una nueva vida. Realmente me gustaría que fueras parte de ella. Y realmente me gustaría tener una cita contigo.

Quería estar enfadada con él. Me había dejado sin explicaciones tres semanas después de declararme su amor repetidamente, pero parecía tan asustado de que le rechazara que no pude evitarlo. Le agarré las solapas del abrigo y tiré de él hacia abajo para besarle. Fue un beso que contenía la promesa de más y, cuando nos separamos, yo sonreía satisfecha y él parecía casi en el cielo.

― Llámame en un mes, cuando estés en Buffalo, ― le advertí, abriendo la puerta del coche y entrando en él. ― Veremos si puedo hacerte un hueco.

Puse la llave en el contacto, metí primera y aceleré. Mientras doblaba la esquina, miré por el espejo retrovisor solo una vez, permitiéndome ver su reacción.

No pude ver su cara, pero Edward movía la mano a modo de despedida y, si me arriesgara a adivinar, diría que estaba sonriendo.


Este es el último capitulo, lo único que queda es el epílogo, que lo subiré el sábado.

Muchas gracias por leer, comentar y añadir la historia a alertas y favoritos.

-Bells :)