CAPITULO 3

Cuando me despierto, me cuesta recordar dónde me encuentro. Abro los ojos un par de veces y recapacito. Acto seguido miro el reloj de mi muñeca: marca medianoche. No puede ser, ¿he dormido tantas horas? Luego caigo en la cuenta de que no he adaptado mi reloj al horario de Estados Unidos. Así que deben ser aproximadamente las 6 de la tarde.

Descorro las cortinas y vislumbro de lejos la majestuosa playa privada. Desde luego, me apetece visitarla. Nunca he llegado a pisar arena de playa, y tengo muchísima curiosidad por saber que se siente al andar por ella y mojarme los pies en la orilla. Así que no tardo en buscar en mi maleta el bikini que me compré hace unos días, uno de color rosa fresa que a Ron le había dejado sin palabras. Sonrío al recordar la cara que había puesto al observarme en el probador y como se había puesto tan colorado al pedir su opinión. Nunca cambiará…

Después me pongo un pareo de colores vivos, me calzo las chanclas, me cubro la cabeza con un sombrero de paja y antes de salir me observo un momento en el gran espejo del baño. En un primer momento ni siquiera me reconozco: unos ojos de color almendra me devuelven la mirada, con una expresión de asombro. Llevo el pelo muy largo, el bikini se ajusta perfectamente a mis curvas, y mi piel pálida parece brillar más de lo normal. Además no se me notan prácticamente las ojeras, he dormido tan bien… Me siento incluso atractiva y sonrío algo avergonzada por mis pensamientos. Después de todo, llevaba demasiado tiempo sin fijarme en mí misma. No me ha importado mi aspecto durante todos estos meses. Y todavía no sé el motivo de ese descuido a ciencia cierta. Supongo que se debe al gran cambio en mi vida, al vacío que ocupa la ausencia de mis padres… De todas formas, en este momento me siento bien. Así que sin más dilación, me dirijo a la playa privada, escondida al exterior.

Comienzo a andar por la blanca arena, más suave de lo que había imaginado. Es precioso ver el mar, tan tranquilo, tan azul y tan limpio. Cojo una tumbona blanca, pongo allí mi toalla y me quedp recostada un momento. Qué maravilla, la suave brisa me acaricia dulcemente. Únicamente escucho el sonido de las olas rompiendo en la orilla. Es una maravilla. Estoy tan relajada que no me doy cuenta de que he cerrado los ojos. Estoy un buen rato así, hasta que los abro por miedo de quedarme dormida de nuevo. No quiero desaprovechar el día.

ES entonces cuando lo veo. De espaldas, tirándose al agua con elegancia. Un joven de amplias espaldas, piel ligeramente bronceada y cabellera de un color rubio platino. No puedo observarle la cara mientras comienza a nadar grácilmente, estirando completamente sus trabajados músculos, pero me imagino cómo puede ser… Ojos claros, mirada seductora, rostro duro pero dulce al mismo tiempo. Por desgracia, ya no puedo continuar observándole y seguir imaginándolo en mi mente. El chico se dispone a salir del agua y aparto mi vista de su cuerpo en cuanto me doy cuenta. Me sonrojo ligeramente, es la primera vez que me fijo en un chico desde hace muchísimo tiempo. ¿Qué me pasa? ¿Así actúa el calor en este lugar?

El muchacho se está acercando a mí, lo noto. Siento su mirada analizándome detenidamente, cosa que hace que me ruborice aun más si cabe. Yo cierro los ojos al sol, ocultándome cuanto puedp de él mientras me tumbo por completo en mi tumbona. Aguardo a que el chico pase de largo y abandone la playa, preguntándome vagamente si será cliente del hotel, pero no eseso lo que ocurre.

-¿Granger? ¿Eres tú?

Esa voz socarrona, arrastrando las palabras, con su deje prepotente tan característico… No, no puede ser él. Abro los ojos al instante y compruebo mis peores sospechas. Delante de mis narices se encuentra nada más y nada menos que Draco Malfoy, el niño rico y detestable que tanto daño nos ha hecho tanto a mí como a mis amigos durante nuestra estancia en Hogwarts.

-¿Malfoy? ¿Qué… qué haces aquí?-me pongo nerviosa irremediablemente, sin saber muy bien cómo reaccionar. Sus ojos grises me miran desconcertados, pero esboza una media sonrisa de autosuficiencia, una que desgraciadamente conozco muy bien. Le observo durante unos segundos, lo que me basta para darme cuenta de cuánto ha cambiado el chico (al menos físicamente). Ha trabajado mucho sus músculos, lleva el pelo un poco más largo y algo desordenado y su rostro afilado se ha endurecido un tanto. Me llama mucho la atención el tan surfero bañador que lleva puesto, cosa que me habría hecho reír en otra situación.

-Eso debería preguntártelo yo. ¿Desde cuándo una sangresucia como tú visita estos sitios tan caros? –pongo los ojos en blanco, ya estoy acostumbrada a ese insulto y no me afecta lo más mínimo- ¿Qué ha tenido que hacer Weasley para poder pagar esto? Ni con la paga de toda su vida se podría permitir una noche aquí…

-No hables de lo que no sepas. No tengo por qué darte explicaciones de mi vida.-le replico fríamente sintiendo una intensa oleada de furia- Pensaba que todavía estabas siendo vigilado por el Ministerio… Tal vez tendría que informarles.

Malfoy deja escapar una risotada desagradable, pero a la vez me está mirando… ¿el bikini?

-Habla con todos tus amiguitos si quieres. Potter sabe perfectamente que el Ministerio ya no me persigue desde que invertí una buena suma de dinero en el departamento de Secretos.-sonríe de nuevo con altanería.

-Igualmente, no creo que puedas usar la magia… ¿cierto?-esta vez me toca a mi sonreír al ver la expresión de apuro en el rostro de aquel Malfoy veraniego- Hay reglas que no pueden incumplirse, por mucho que se intenten sobornar con dinero.

-No tardarán en quitarme ese absurdo castigo, estate atenta Granger, porque podría pillarte desprevenida … y quien sabe lo que podría llegar a hacerte.

-No me das ningún miedo-digo con indiferencia, levantándome de la tumbona y encarándome a él.-Me voy al agua, Malfoy. Espero no tener que verte más, no quiero que arruines mis vacaciones con tu maldita arrogancia.

Me dirijp al mar, dispuesta a descargar mi rabia a brazadas. Siento su mirada sobre mí en todo momento, se ha quedado clavado en la arena. Cuando me doy la vuelta, comienza a caminar hacia el hotel y me grita:

-¡Voy a pasar aquí el resto de la semana, Granger! Yo que tú andaría con cuidado.-y desaparece de mi vista.

Me he metido en el agua sin ni siquiera darme cuenta. Comienzo a nadar frenéticamente, siempre se me ha dado bien la natación, de pequeña mis padres me apuntaron a varios cursillos e incluso llegué a competir en alguna ocasión. No quiero pensar en lo que acaba de ocurrir. Es mi primer día aquí y he tenido una discusión con Draco Malfoy. Y recordar lo relajada que me había quedado después del masaje… Ahora la tensión se apodera de mí, y no me deja pensar con claridad. ¿Voy a tener que soportar una semana entera la presencia de Malfoy? ¿Sin tener a nadie más cerca? No le tengo miedo, pero ya no voy a disfrutar de mis vacaciones. Ya no voy a poder desconectar del mundo, y mucho menos relajarme. Debo estar al acecho, Malfoy nunca será de fiar, incluso aunque al final hubiera resultado no ser leal a Voldemort. Pienso en la otra posibilidad que me queda: irme. Tal vez sea lo mejor… De todas formas, era demasiado bonito para ser verdad. ¿Cómo he podido haberme hecho tantas ilusiones con el viaje? Sabía que algo iría mal, lo sabía desde el primer momento. Pero, ¿dónde queda mi valentía Gryffindor? Desde luego, he pasado por situaciones mucho peores, y de todas ellas he salido sana y salva. ¿Me voy a dejar avasallar por este rubio engreído que ni siquiera puede utilizar su varita? Seguramente, él estará más incómodo que yo por eso. Tal vez sí sea buena idea quedarse, y de paso vigilarlo. Si él va a intentar hacerme la vida imposible, yo pienso vengarme por todos sus actos del pasado. Tengo una gran oportunidad de hacerle pagar sus fechorías… Está solo, sin magia. Las cosas en mi mente cada vez pintan mejor. Así que, brazada tras brazada, mis músculos se relajan cada vez más, y al final disfruto de un baño increíble y tonificante en este agua cristalina. Sí, esa serpiente va a tener que ir con pies de plomo.