¡Kagome, resiste!
"Kagome es víctima de una terrible enfermedad, pero no quiere preocupar a sus amigos, por lo que no dice nada al respecto. Continuando con la lucha contra naraku. Pero pese a sus esfuerzos Inuyasha se empieza a dar cuenta que algo va mal, ¿logrará salvar a la persona que ama?"
Capitulo 7 Contrato.
Sorpresa…
Sorpresa y miedo.
Eso fue lo que sintió. Pero ¿Cómo no sentirlo? ¿Cómo, después de ver como la persona a la que más quieres está prácticamente medio muerta a tres metros de ti?
"Horrible" no es algo que pueda alcanzar a describirlo.
Sintió como su corazón se invadía con un dolor agudo, y cómo durante un segundo su cuerpo y mente se paralizaron.
Realmente ¿Qué podía hacer alguien en esta situación?
¿Qué podría hacer ella?
No lo sabía. Hubo, si acaso, al menos cinco segundos para pensar qué hacer.
Pero, como siempre, su cuerpo reaccionó primero, guiándose por los instintos de proteger a la persona que amaba. Tal vez, sin pensar en las consecuencias.
— ¡Detente!
Una palabra. Nueve pasos. Sorpresa ante los presentes. Una reacción de un cuerpo. Unas manos que intentaban alcanzar a la persona que más amaba. Un alma solitaria. La muerte proveniente cerca de aquél lugar.
Un error.
— ¿Pero qué…?
El señor de las sombras no alcanzó a completar la frase. Tampoco pudo pensar nada más. Aquella presencia sagrada pasó tan rápido cerca de él que apenas y pudo comprender lo que sucedía.
O, más bien, lo que estaba a punto de suceder.
Kagome no lo entendió hasta que se dio cuenta de lo que hacía. No había podido pensar siquiera antes de hacerlo.
Su cuerpo por sí sólo había corrido hacía él. Su cuerpo por sí solo había dirigido sus manos hacia su cuerpo inmóvil, intentando alcanzarlo.
Pero su cuerpo no podía saber lo que pasaría.
Su mente no pudo comprender lo que pasaría cuando lo tocara.
Porque, después de todo, las sombras no eran estúpidas. Habían creado un campo de fuerza alrededor de él.
Y ella lo había atravesado.
— ¡Ahhh! —Dio un fuerte alarido. El campo de fuerza intentó alejarla de su objetivo. Sintió como su mano era atravesada por un dolor desgarrador. Su palma parecía querer derretirse. Su mente se alertó y de inmediato quiso quitar la mano del lugar donde obviamente estaba resultando afectada.
Pero ella no la dejó alejarse de allí.
Con decisión, y ante la mirada atónita de todas las sombras, traspasó la barrera.
Nadie podría describir el dolor que traspasó todo su ser al hacer aquello.
Fue como si cada porción de su cuerpo fuera tomada, arrancada y puesta en un sartén hirviendo.
Pero, claro está, esto no sucedió.
Aunque así fuera la sensación, su cuerpo en ningún momento se vio herido. Ninguna gota de sangre tampoco salió de ella. No fue descuartizada, o golpeada. Ni siquiera quemada.
Porque el poder de las sombras no residía en las armas.
Su poder era mayor. Su poder era dominar la mente.
Y si la mente era superior al cuerpo entonces….
—I-Inuyasha…—Gimió, segundos después de haber atravesado la barrera. Pero no pudo avanzar un paso más, ya que cayó al piso.
…ellos eran más que poderosos.
Tan solo unos segundos. La acción fue tan rápida que si te hubieras despistado sólo un poco, no la habrías podido ver.
Pero el señor de las sombras la pudo admirar perfectamente.
Tardó unos segundos en recomponer su cara y sonrió.
—Oh, hay que ver. ¿De dónde ha salido esta hermosa señorita? —Comentó. Acercándose hacia ella, y traspasando la barrera con facilidad.
—Inuya…sha…
— ¿Inuyasha? —El rey de las sombras en realidad estaba sorprendido. No había conocido a nadie que pudiera traspasar aquella barrera. No sin morir antes—. ¿Así que ese es el nombre de este Hanyô? Interesante… Aunque no tan interesante como tú, querida. ¿Acaso lo conoces?
Kagome gimió desde su sitio.
Intentó levantarse pero le resultó imposible. Se sentía herida, aun sin estarlo físicamente.
Aun así, intentó contestar.
Inuyasha se había metido en problemas. Tenía que hacer lo posible por sacarlo de ahí.
—Obviamente…—Musitó. Reunió algo de fuerza y pudo observar el lugar y sus acompañantes—. ¿Sino… por qué habría venido por él?
Recibió una risa de parte del rey de las sombras como respuesta.
—Tienes razón, querida. Tienes mucha razón—Sonrió con gracia. Sus dientes blanquecinos resaltaban en su figura obscura—. Aunque… me temo que tendré que hacerte desistir. Después de todo ya no puedes llevártelo.
Una terrible angustia traspasó su corazón.
Pero ella no dejaría ver aquello, y siguió intentando moverse.
— ¿Y por qué no habría de poder llevármelo?
Tendría que hacer algo de tiempo. Sus intentos por moverse eran tan inútiles como el intentar respirar bajo el agua.
Las sombras estaban tan malditamente atentas que parecían haber olvidado por completo al hanyô, no por qué no estuvieran interesados en él, si no porque sabían que algo interesante estaba por suceder.
La muerte del hanyô habría que esperar.
—Pues veras…—Ante la mirada atónita de Kagome, la sombra cambió de forma tomando una figura humana.
Era un hombre. Su cabello era largo, color negro oscuro. Sus facciones eran duras y a simple vista era muy hermoso. Sus ojos eran del color negro más oscuro que hubiera podido ver. Su vestimenta era común en aquellos tiempos antiguos de Japón. Una tipo túnica color azul enfundaba todo su cuerpo. Tenía un bordado color dorado. Debajo de eso había una playera color rojo sangre. Un pantalón negro carbón y traía unas zapatillas azules. Lo que más le impactó fue la figura de una corona color azul resplandecer en su cabeza.
— Eso es por el acto sagrado que estamos haciendo con él.
— ¿Acto sagrado? ¿Pero de que ha…?
La pregunta no pudo ser completada, ya que el rey de las sombras se aproximó tan rápido a ella que apenas y pudo notarlo.
Estaba a tan sólo unos centímetros de su rostro.
—Veras—Sus labios se movían tan lento. Parecía que disfrutaba cada palabra—. ¿Ves a este ser que se encuentra aquí? —Hizo un ademan señalándolo. Kagome no tuvo que responder, pues esto era obvio—. Este chico está herido… muy herido. Lo suficiente como para que prefiera morir antes de ver la realidad—Se petrificó, su corazón dio un vuelco y sintió como cada palabra era una puñalada—, Nosotros somos las sombras que habitan al norte de la colina. Seguramente no habrás escuchado de nosotros. Para nosotros el encontrar un alma así es… —Se relamió los labios un momento y ella sintió un escalofrío—: Suculento. Nuestro ritual es bastante sencillo. Somos maestros del engaño. Maestros de la mente. Podemos hacer muchas cosas. Crear las más horribles ideas en la mente de alguien o, como es el caso, utilizar las que están ya en ella.
Ella sintió que el alma se le iba al piso.
— ¿Ustedes no habrán…?
La pregunta se quedó en el aire.
El rey de las sombras rió y asintió a la pregunta no formulada.
— Exacto. Utilizamos los dolorosos recuerdos de su mente y lo controlamos a la perfección. Falta muy poco para que podamos completar el ritual. Dentro de poco… su alma no lo resistirá más y será corrompida. Así, será uno de nosotros.
La sonrisa fanfarrona del rey de las sombras la asustó.
—No…—Sintió que su mundo se derrumbaba.
Por decima ves en el día las lagrimas salieron de sus ojos.
Inuyasha no podía morir.
¡No podía!
Intentó moverse, pero sus piernas y brazos no respondían. Vio con desesperación al cuerpo inmóvil del medio demonio, sintiéndose impotente. Solo le quedaba una opción.
El señor de las sombras calló y la miró fijamente.
Ella era… muy parecida a la chica de los recuerdos que el hanyô tenía. No sería…
—Por favor…—El murmullo de la chica lo hizo volver a la realidad. Hablaba con fuerza y con una gran angustia. Notó también las lágrimas en sus ojos, y no le quedó duda…— ¡Déjelo ir! ¡Haré lo que sea!
…Era ella.
La chica que, según él, iba a morir.
—"¿Lo qué sea?" —Preguntó y, entonces, la tomó del cuello. Ella se quejó del movimiento tan brusco pero no dijo nada. Él la miró directo a los ojos —. ¿Estas dispuesta a darlo qué seapor él?
Y entonces pudo ver la gran determinación en esa mirada.
"La persona amada" de aquel Hanyô, le correspondía. Lo suficiente para que esta estuviera dispuesta a dar su vida por él.
Ella lo miró. Sus ojos color chocolate lo miraron con rudeza. No hubo ni una pisca de duda en su mirada cuando sus pequeños labios pronunciaron su respuesta.
—Por supuesto.
Él sonrió. Alzó una mano, en una clara señal dirigida hacia sus subordinados. Una señal que sólo decía una cosa: paren.
Hubo un pequeño "click" y entonces todas al mismo tiempo se detuvieron.
La oscuridad que se había formado alrededor del cuerpo del susodicho comenzó a alejarse y, aunque ella no lo supiera, los pensamientos masoquistas frenaron. Dejándolo únicamente con lo que él decidiera pensar. Claro que esto no hizo que el brillo de sus ojos regresara, pero dejaron de ennegrecerse.
Ella pudo ver esa pequeña mejoría y suspiró aliviada.
Parecía que Inuyasha estaba bien o, bueno, al menos un poco mejor.
Pero no hubo mucho tiempo para celebrar. El rey de las sombras rió con fuerza y la sacó de su pequeño momento de felicidad.
—Muy bien, Kagome. —Ella sintió un escalofrío. Nunca le había dicho su nombre ¿Cómo es qué lo sabía? — Haremos un contrato, ¿Te parece? Yo ya he cumplido mi parte. Y si aceptas dejaré a Inuyasha, y no volveré a molestar a ninguna persona que conozcas.
Ella tragó duro.
¿Qué estaría pensando el rey de las sombras para darle aquella proposición?
Pero… si de esa manera podría salvarlo… entonces…
—Me parece bien… pero, ¿Qué es lo que espera a cambio?
— ¿Así que eres muy inteligente, eh? —Rió nuevamente. Ella no soltó ninguna palabra—. Pensé que podríamos cerrar el trato sin ninguna queja. Bueno, querida. No suelo darles estos tratos a muchas personas, pero… con lo que hiciste al poder atravesar el campo de fuerza—Sonrió y con sus dedos comenzó a trazar risos con el cabello de Kagome, ella se tensó— me demostraste que no eres una mujer común. ¿No es así… sacerdotisa?
Ella abrió sus ojos con fuerza, realmente sorprendida.
De inmediato se puso a la defensiva.
— ¡¿Cómo sabes…?!
—Eso es bastante simple, mujer—La calló—. Todos los seres tienen un aura. La tuya destila un aura muy poderosa. En otras palabras: un aura sagrada, que sólo poseen las sacerdotisas. Ese tipo de almas son muy… preciadas para mí.
La cosa comenzaba a tener sentido.
Si ellos sabían que ella era una sacerdotisa… entonces…
— ¿Y qué es lo que quieren de mí? —Formó la pregunta con rapidez. No sabiendo qué esperar como respuesta.
Otra sonrisa dirigida hacia ella, esta con algo de picardía.
— ¿Sabes? Me agradas, Kagome. Pero tienes que saber que, aunque yo quisiera proponerte otra cosa, las reglas que rigen mi pueblo son muy claras. —Y entonces su mirada adquirió un toque de severidad, como si las cosas realmente fueran importantes—. La ley dice que si un cuerpo, ya sea humano, demonio, o en este caso un hanyô como lo es Inuyasha, es elegido para realizar un ritual, hay un tiempo límite en el cual alguien puede salvarlo. Pero… en este caso… tú llegaste tarde, Kagome.
Las palabras quedaron atoradas en algún punto del alma de Kagome.
"Llegaste tarde". "Llegaste tarde". "Tú llegaste tarde". "Por tú culpa, por qué llegaste tarde".
Pero antes de que ella pudiera sentirse más basura, él continuó.
—Al no haber quién lo salvara, el proceso hondó más en su alma. Hasta el punto en que si quieres pararlo, por el esfuerzo que esto conlleva a las propias sombras, se debe pagar un costo. Y esto es bastante simple: Un alma a cambio de otra alma. En pocas palabras… si deseas salvarlo, tienes que dar tú alma a cambio de la suya.
El tiempo se detuvo.
Sintió que muy lejos de ella el doctor volvía a repetir esas palabras: "Tienes cáncer". "Solo te quedan, a lo mucho, seis meses de vida".
Seis meses.
Solo habían pasado quince días.
No quería. No quería perder su vida tan rápido.
Odiaba aquella sensación. Su pecho se quedaba sin aire y, de alguna manera, se ahogaba en algún lugar de su mente. Cómo si hubiera caído en una fosa repleta de agua. Cómo si no hubiera una salida. Cómo si la profundidad comenzara a tragársela.
Era horrible.
Pero, si era por él… Si era porque él estuviera bien, entonces…
—Está bien. Si eso es lo que quieres… a cambio de su alma, lo acepto. —No supo muy bien cuando fue que las palabras salieron de sus labios, pero Kagome juraría que habían hecho eco. En algún lugar, uno que quizá no comprendía.
El rey de las sombras sonrió entonces, y ella no estuvo muy consciente de las lágrimas en sus ojos.
Aunque, en todo caso… la pelinegra no estaba consciente de que él quería jugar; y en su mente estaba ideando el mejor juego de todos.
El rey de las sombras entonces tronó los dedos y ante la mirada atónita de la chica, las sombras comenzaron a desaparecer. Levantó su mano derecha y con suavidad comenzó a apreciarse que una carta se alzaba enfrente de ella.
Las sombras que desaparecían se convertían poco a poco en polvo. Polvo que se redirigía hacia el lugar donde la carta comenzaba a aparecer. Una vez la carta estuvo completa, adquirió un semblante oscuro; mientras tanto las demás sombras restantes siguieron desapareciendo, pero esta vez el polvo resultante se amontonaba, comenzando a girar en torno a ellos.
Entonces, antes de que Kagome pudiera volver a respirar, un gran remolino se posó alrededor de ellos.
Era como si estuvieran en medio de un huracán. Justo en el ojo de este. Como si estuvieran justo en el fondo de la más remota obscuridad.
Tragó duro. No había salida.
Nunca más habría salida.
El suelo bajo sus pies retumbó, y el viento se posaba estrepitosamente sobre ella. Sus cabellos azabaches eran movidos con brutalidad, sin una pisca de sutileza, haciéndole perder la poca visión que tenia de aquel paisaje.
Aun así, además del brutal sonido del suelo y el viento, no podía escucharse nada más.
Su corazón daba latidos con frenesís. No sabiendo qué hacer. Qué decir. Qué pensar. Qué querer…
Vio como el señor de las sombras retiraba sus manos grandes de su cuello con rapidez –el cual nunca había apretado en señal de amenaza- y comenzaba a ascender con lentitud.
Se sentía temblar. Su cabeza daba vueltas, y sentía que estaba próxima a desmayarse. No podía con eso. No podía contra todo lo que había que tenido que vivir ese día.
Su cuerpo, su alma, incluso su mente, necesitaban un descanso.
¡Maldita sea, si solo estaba calientita, esta misma mañana, enredada en sus cobijas en casa!
Esta misma mañana todo estaba tan bien…
Pero no podía hacer nada. No podía cambiar el destino. Su destino.
Sintió que sus extremidades temblaban. Cada hueso, cada porción de su piel enfundada en miedo. Sentía sus lágrimas caer con suavidad, aunque esto le importaba poco.
Porque ese era el fin.
Pero una pregunta pasó repentinamente por su cabeza.
¿Valía la pena?
Se armó de valor y entonces miró a la única persona que quería ver en aquel momento.
Miró a la persona que nunca le había dicho palabras cariñosas. Miró a la persona con la que peleaba todos los días, con cualquier clase de ofensas, de cualquier tipo, y a la que le importaba un comino las razones que ella tuviera para quedarse cómodamente en su época. Miró a la persona que le había salvado el pellejo en más de alguna ocasión. Miró a la persona que había compartido risas, y penas, y alegrías, y dolores con ella. Miró a la persona que había podido conquistarla con esa forma tan inusual de ser suya. Miró a la persona que había encontrado aquel día, clavado en un árbol, y que había intentado matarla justamente aquel día. Miró a la persona que seguramente no la amaba pero que, quizá, le guardaba un gran cariño. Miró a la persona que había cambiado su destino, ya fuera para bien o para mal.
Miró a ese pequeño hanyô que había pasado por tanto dolor, y por tanta soledad…
Lo miró y, entonces, supo que lo que hacía tenía el mejor fundamento que alguien podría dar.
La mejor de las razones para que ella hiciera eso por él.
Porque, realmente, lo amaba.
Y, cuando lo miró, dejó de llorar. Dejó de temblar. Dejó de temer, y puso sus manos en el destino.
Apretó sus nudillos y, de una forma impactante, sintió que podía volver a caminar de nuevo.
El rey de las sombras compartió aquella sorpresa, pero, a pesar de lo que había pensado, la chica no huyó, o salió corriendo por su vida.
Con la fragilidad de un niño pequeño, Kagome avanzó torpemente. Dio unos pasos, y cayó al frío suelo. No tardó mucho en levantarse y, nuevamente, comenzó a avanzar.
El rey de las sombras quedó fascinado cuando comprendió el objetivo de la peli-negra: el hanyô.
Kagome luchaba, con mucho esfuerzo, para poder mover sus piernas.
Sabía que solo tenía un momento, uno muy pequeño para despedirse de él.
El rey de las sombras no la interrumpió o le dijo algo, como ella temía, de hecho se quedó inusualmente callado. No comprendía esa actitud, pero la aprovechó.
Cuando estuvo a unos cuantos pasos de él, no pudo evitar dar un gemido de felicidad.
—Inuyasha…—Se sintió morir en felicidad cuando pronunció su nombre. Caminó lo poco que faltaba para llegar hacia él y se dejó caer pesadamente a su lado. — ¡Inuyasha!
Lo abrazó.
Aun sabiendo que él no estaba consciente, aun sabiendo que no la escucharía, y que quizá estaría más que molesto si estuviera despierto, habló.
Habló con la verdad que siempre quiso decir, mientras lo apretujaba contra su pecho.
—Perdón —Sintió sus mejillas mojarse—. Perdona Inuyasha, pero… ya no podré reunir los fragmentos contigo —Algo falló en su vos, y tuvo que recomponerse—. Sé lo que prometí… que estaría siempre a tú lado; y siempre lo estuve y siempre… lo estaré. Pero, hay cosas más importantes. —Tomó entre sus manos su delicada cara, la cual tenía sus ojos completamente cerrados, y acercó la suya propia, despacio. —Tú… eres mi persona más importante. Te amo… Inuyasha…
Entonces lo besó.
Y el mundo se volvió negro. Pero no era un negro oscuro, era un negro tan suave…
Sintió como sus labios se unían. Sus labios eran tan suaves… tan deliciosos… tan... adictivos.
El momento fue perfecto. Fue como si ese pequeño instante fuera el descanso de toda su vida, como si recuperara el aliento. Cómo si besara al mismo cielo.
Por una fracción de segundo se sintió perdida, porque sabía que, seguramente, no volvería a probarlos nunca.
Y por una mini-fracción de segundo, sintió como si él le correspondiera.
Y, entonces… el momento terminó.
Abrazó con fuerza a su Inuyasha. No sabiendo si esa era realmente la única oportunidad que tenía para hacerlo. Entonces, con la misma suavidad, deshizo el abraso y dejó su cuerpo en el frío pasto.
Levantó la cabeza, muy alta con dignidad, y comenzó a caminar hacia el rey de las sombras.
Por su parte el rey de las sombras no sabía qué decir, o qué pensar. Lo único que sabía es que sus conclusiones estaban en lo correcto, y que lo que iba a hacer causaría muchas cosas en el destino.
Quiso sonreír, pero por respeto a la decisión de la chica, no lo hizo. En cambio la observó dirigirse lentamente hacia él.
Finalmente estaban frente a frente. Ella entonces lo miró y él supo que era la hora de empezar.
—Kagome—Su vos resonó en el oscuro lugar—. Sé que es un poco absurdo preguntar, pero ¿estás segura de lo que haces?
Ella no tardó mucho en contestar. Su vos tenía un toque de determinación que le hacía sentir una especie de orgullo. —Sí, más que segura.
Él sonrió.
—Muy bien, entonces ¡empecemos!
El remolino comenzó a aumentar su velocidad, y el rey de las sombras abrió la carta, de donde sacó un rollo envuelto.
La desenvolvió tan lentamente que Kagome juraría que la acción le tomó horas.
Tomó el royo y lo alzó en el aire. — ¡Kagome! —Ella se paró rectamente, y lo miró—. Por este contrato, ¿juras dar tú alma a cambio del alma de este hanyô, llamado Inuyasha, sin importar lo que el reino de las sombras quiera hacer con ella, y que de esa forma tú vida pueda terminar?
Ella sintió el control total de su vida en aquellas palabras.
—Sí, acepto.
Entonces un estrepito resonó en el lugar. Un rayo había caído de algún lugar hacia su lado. La luz la cegó momentáneamente, pero cuando pudo volver a ver se dio cuenta de que había una pequeña pluma girando a su lado. La oscuridad mortecina rodeaba aquél instrumento de una forma tenebrosa, pero ella no dudó y lo tomó en sus manos.
—Tu firma, y tu palabra, eso es lo único que necesito.
Entonces le estiró el royo y pudo apreciar el contrato con kanjis que no reconocía, seguramente por ser tan antiguos, y que no entendía.
Sin dudar más escribió su nombre en aquel papel. Firmando su "sentencia de muerte".
Él lo tomó con suavidad y con fuerza pronunció de nuevo la pregunta.
— ¿Lo juras? ¿Sin importar qué es lo que conlleve?
Ella tomó su mano derecha y la puso en el pecho en señal de juramento.
—Lo juro.
"Click".
Ese fue el último ruido que escuchó antes de que todo se desatara. Las cosas fueron confusas, una gran explosión resonó y todo se volvió negro.
Pero en el último segundo, Kagome fue consciente de que algo, muy adentro en su interior, le era removido.
El remolino se agrandó y giró tan rápido que la perdió a ella en el.
Pero no todo era como parecía, después de todo el rey de las sombras no hacía nada sin pensarlo bien.
En ese momento, y para la angustia de cierto hanyô un alma fue dejada, y otra tomada.
Un contrato que, quizá, cambiaría el rumbo de las cosas.
En la fría oscuridad de la noche, el cuerpo de Kagome cayó al suelo, inconsciente.
El rey de las sombras sonrió y miró de reojo al hanyô.
—Tienes mucha suerte… Inuyasha.
Y entonces desapareció, dejando a la chica inerte en el suelo.
O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O
—Kagome…
Su vista estaba nublada. Muy nublada. No podía apreciar las cosas bien.
Intentó moverse.
El intento fue inútil.
¿Qué demonios le había pasado? No recordaba nada de lo que había pasado en las horas anteriores.
Con un gruñido intentó, nuevamente, levantarse. El resultado fue el mismo.
Se concentró en lo que tenía delante de sus ojos.
Poco a poco la visión fue regresando y la figura delante suyo comenzó a tener sentido.
— ¿Nieve…? ¿Pero qué…?
Frunció el entrecejo.
¿Dónde carajos estaba?
Sentía nauseas y un dolor de cabeza profundo. Su cuerpo estaba débil también. Apenas y podía moverse…
Iba a gruñir algo más cuando, comenzando a ver el paisaje, se topó con la figura de un cuerpo, que estaba cubierto de nieve.
Todo murió entonces en ese segundo y los tristes recuerdos regresaron desde el fondo más remoto de su mente.
"Estoy enferma".
No pudo evitar que un grito saliera por la comisura de su boca.
¡Kagome! ¡Era por Kagome que todo aquello estaba pasando!
— ¡Kagome!
Con aquel grito dirigió su cuerpo hacia ella. Pero no tardó mucho en caer de nuevo al piso. Su fuerza se había ido.
Mierda, ¿Qué demonios había pasado allí?
Con desesperación observó su figura. Su cuerpo inerte estaba casi cubierto de nieve, a unos cuantos pasos de él. Su cara estaba tan pálida e inmóvil que se asustó.
Dio un gemido e intentó aproximarse a ella.
Algo estaba mal.
No era solo que no recordara ni una mierda de lo que había pasado. Tampoco que estuviera en ese lugar cuando lo último que recordaba era que tenia pensamientos suicidas antes de desmayarse. Incluso se atrevería a decir que no era el hecho de que ella estaba más próxima a la muerte que nunca.
Era… Su cara.
Algo andaba mal. Algo andaba verdaderamente mal.
Con una angustia en el pecho Inuyasha se arrastró hacia ella.
Se sintió desesperado cuando la alcanzó.
—Kagome…
Con desesperación le quitó la nieve de encima y la abrazó, pensando que eso le haría entrar en calor.
Su cuerpo estaba tan frio y tan increíblemente frágil…
—Oye, Kagome ¿Estas bie…?
Sus palabras murieron en ese instante.
No.
No, no, no, no. ¡No!
La imagen le dio un puñetazo en el estomago, sintió como perdía el aire y como el dolor le atravesaba el estomago.
— kagom-me…
Miles de imágenes pasaron por su mente. Miles de recuerdos le inundaron. Miles de sensaciones que solo lo hacían sentirse más miserable, miles de momentos que había tenido con ella.
Porque después de todo ella… no estaba respirando…
Miles de palabras desperdiciadas.
—Oye… tonta, n-no juegues así…—La zarandeó con rudeza, como si la chica le estuviera jugando una mala pasada—. T-tonta… ¡Esto no hará que regreses pronto a casa! ¡Vamos, ya! ¡Levántate!
La desesperación se posó en su garganta. Comenzó a gritar cosas irracionales.
No podía pasar esto.
¡Era imposible!
—Mierda, Kagome, N-no me hagas cargar con tu peso… ya sabes, no quiero que seas un est-torbo en mi espalda… ¡No quiero cargarte, levántate! —Su vos falló y sintió como de golpe se le aglomeraban las lágrimas—. Por favor… levántate. —Suplicó, y sintió que no podía más. —Oye… está bien, lo admito, no serás un estorbo… ¡te cargaré! … Yo… haré muchas cosas... si quieres puedes ir a casa… ¿sabes?.. Es un día bonito... y-yo... sólo…quisiera que lo vieras… pero para eso…
Dio un gemido. Su cuerpo tembló y sintió que todo el mundo se le venía abajo.
Las lágrimas cayeron.
—… Perdón —La palabra fue como un golpe en el centro de su alma —, Perdóname, Kagome. ¿Es mi culpa, no? —Rió toscamente—. Soy tan débil… te… te dejé sola. Y por eso tú… —Reprimió la verdad. Aunque ella no pudiera escucharla.
No pudiendo más la apretó contra su pecho.
—No te mueras… por favor…—Sintió que se mareaba, y mientras lloraba y sucumbía eligió sus últimas palabras—. No puedes morirte cuando te amo tanto… kagome…
Entonces, por segunda vez esa noche, un cuerpo cayó al suelo.
Cayó sin saber que dos personas los observaban desde la obscuridad.
O-O-O-O-O-O-OO-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O
—Esto será divertido—Comentó finalmente Naraku, observando fijamente el espejo que Kana traía en sus manos. Su figura, oculta en la obscuridad, mostró como sus ojos miraban después al vacío, seguramente tramando algo.
Kana solo atinó a mirarle vacíamente. Realmente le importaba muy poco lo que pasara.
— ¿Qué te traes entre manos, Naraku? —Saltó Kagura, desde el fondo, y saliendo a relucir de las sombras. Su figura elegante caminó hasta estar enfrente de su "jefe".
—Oh, Kagura, no sabía que estabas ahí.
Ella frunció el entrecejo. No respondió y Naraku le sonrió con maldad.
—Por ahora… creo que es mejor esperar. Si somos pacientes, no tendremos que mancharnos las manos.
Como era de esperarse, Naraku rió de esa forma que solía estremecer a los presentes.
Seguro de que, esta vez, sus planes saldrían a la perfección.
Continuará…
O-O-O-O-O-O-OO-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O
¡Hola! Bueno, ya, al grano… Perdón :c
Les debo... ¿qué? ¿Seis meses? ¡Dios, han pasado tantas cosas!
Ni siquiera los que me conocen personalmente pueden saber todo lo que ha pasado. Así que ya no les mentiré, no sé muy bien cuando actualizaré nuevamente, seguramente pronto, pero quise darles este "regalo de navidad" como disculpa.
Y pues, entré a la preparatoria, admitiré que me encanta, aunque es mucho trabajo, ya no sé qué hacer con mi vida xD
Bueno, últimamente tengo dos obsesiones, una por One piece (Mierda, la cosa más hermosa que haya visto) y por kobato c:
Así que posiblemente también me crearé historias de ellos *-*
Bueno, quisiera saludar a todos lo que me mandan Reviews, si es que siguen vivos, y especialmente a Tsuyu M. Otaku, quien sé que le jode tener que dejarme siempre Review, pero aun así lo hace xD
Además de a mi querida Peachilein quien no se ha aparecido por acá de nuevo ;_ ;
Y a todos ustedes que leen esto, porque sin lectores una historia no valdría nada c:
Y bueno, perdonen que sea tan corto, pero si ponía más entonces entraría demaciado en lo que pasará en el proximo capitulo.
Y aquí es donde todo se pone interesante. Aunque, como ya se dijo en la historia, las cosas no son lo que parece, si yo decidiera matar a Kagome no lo haría tan "facil" y sin "tanto drama" e.e
¡Hasta la próxima actualización!(Años, xD)
Les quiere y les desea una feliz navidad.
-Karen.
