"¡Kagome, resiste!"
"Kagome es víctima de una terrible enfermedad, pero no quiere preocupar a sus amigos, por lo que no dice nada al respecto. Continuando con la lucha contra Naraku. Pero pese a sus esfuerzos Inuyasha se empieza a dar cuenta que algo va mal, ¿logrará salvar a la persona que ama?"
Chapter 8 —Familia.
Hacía frío.
La temperatura había bajado considerablemente. Incluso, se podría agregar, estaban a unos cuantos centímetros bajo cero.
Pero, aunque el clima parecía el ideal para la época de invierno, las personas que se encontraban en aquella aldea no tenían unos espíritus muy festivos en ese momento.
Y no hablo por los residentes, quienes iban corriendo de aquí para allá, inmersos en su propio mundo y sus propios problemas. Envueltos en abrigos de piel, y haciendo lo posible por conseguir hasta el más pequeño pedazo de madera que pudieran usar para calentar sus hogares.
No, no. Me refiero en éste momento, y sin que se discrimine a la noble vida de los residentes de aquél sitio, a la pequeña y triste banda que conforman nuestros protagonistas.
Aunque nadie podría culparlos. Llevaban dos días buscando a dos de sus miembros sin tener éxito alguno.
¿Lo peor? No era que estuvieran lejos y, quizá, perdidos. Lo peor era que las probabilidades de que estuvieran juntos eran mínimas. No se preocupaban tanto con el hanyô, ya que éste era lo suficientemente fuerte como para cuidar de sí mismo, como lo hacían de la joven sacerdotisa; la cual, por haber estado tan preocupada, había dejado su arco y sus flechas con ellos... Eso por no agregar que estaba enferma... Y débil...
Y podría haberse desmayado... Ó herido... Ó peor...
Sango dio un suspiro realmente preocupado.
—¿Dónde podrán encontrarse...?—Preguntó al aire.
Kirara le maulló a su ama, como si fuera su obligación hacerlo, para demostrarle su apoyo. Una mano pasó por su cabellera en forma de agradecimiento.
Y es que la exterminadora no se veía bien. Sus ojos cafés no podían mostrar más que angustia y preocupación. Sus manos temblaban. Tenía unas ojeras marcadas a causa del sueño y sus labios no paraban de temblar con angustia.
—Kagome...—Cerró los ojos un momento. Invocó mentalmente a su amiga y le rogó a Dios que estuviera a salvo.
Meneó ligeramente los pies, intentando relajarse un poco.
Estaba sentada en una roca color carmesí, muy alta, que se encontraba en el borde del pueblo.
Abrió sus ojos y pudo ver todo el pastizal, y el bosque que le seguía delante. Valles, ríos, lagos, montañas y coníferas se podían alzar ante sus ojos; todo aquello lejos de aquél rincón en el que se encontraba.
—Y en algún rincón... En algún lugar... Se encuentran ustedes...
Suspiró. Todavía tenía fe en que ellos volvieran... A salvo...
Las nubes no se habían movido mucho, ni Kirara había maullado tanto, cuando comenzó a escuchar pasos acercándose.
Pasos que reconocería en cualquier lugar.
Apenas y los escuchó, saltó de la roca y la gatita le siguió -casi- ó fuerza de algún lugar en su cuerpo y corrió.
—¡Miroku!—Chilló cuando lo vio.
Pero, apenas le echó una mirada a la escena, sus ilusiones cayeron hasta el piso, y probablemente más allá.
—No...
–Lo siento, Sango.—Fue lo único que atinó a decir el monje. Sango perdió la fuerza de un momento atrás y se dejó caer en el pasto con tristeza.
Shippou salió de atrás del monje, no más feliz que los presentes, y la abrazó.
Sabía que no arreglaba las cosas, sí, pero no podían ponerse a llorar. Ya no.
La exterminadora tardó unos minutos en recomponerse y, cuando se sintió lista, habló.
—Entonces... Tú tampoco la encontraste.
—No—Fue la simple respuesta de Miroku. Se veía increíblemente desanimado para ser él—. Buscamos por toda la zona sur, pero no encontramos nada.
—Entiendo...—Sango se llevó un rato pensando en qué podrían hacer ellos para encontrarlos.
Las cosas estaban empeorando.
Ellos estaban cansados, las provisiones escaseaban, no sabían nada de cómo se trataba la enfermedad de Kagome y, para colmo, Shippou parecía realmente afectado por todo aquello.
Ya ni siquiera lloraba o hablaba más de lo necesario el pobre zorrito.
—Entonces...—Murmuró Miroku, igual de pensativo que ella—, ¿Qué crees que debamos hacer?
—La verdad no tengo idea—Suspiró y dirigió su mirada al cielo—. Pero, por lo pronto, comenzaremos a revisar la zona Noreste. Tú y Kirara volaran sobre las montañas y caminos. Y yo y Shippou caminaremos por el bosque.
—¿Yo y Kirara? Pensé que tú querías volar.– Comentó el monje, extrañado.
—Tú estas cansado; después de todo, fue tu turno—Explicó ella, encogiendose de hombros—. Además... Quisiera hablar con Shippou—Sus miradas se posaron a donde el zorrito descansaba, inmerso en su mundo—. Creo que necesita despegarse un poco de toda esta... Locura.
Miroku asintió y, después de un desayuno silencioso, un breve descanso, y de tomar provisiones, partieron según lo acordado.
«Te encontraré, Kagome...» Ese era el único pensamiento en la mente del zorrito. Y daría todo de sí para hacerlo realidad.
O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-
Había un gran lago en uno de los bordes de la zona norte.
Los árboles que rodeaban aquél lugar eran tan frondosos que apenas y te dejaban ver, a lo lejos, el resplandor que brillaba en el agua.
Sango se sentía algo emocionada.
Después de tanto tiempo escuchando de ese lugar, hasta ahora era digna de conocerlo. Se prometió mentalmente llevar a Kagome ahí pronto.
—Es hermoso, ¿no lo crees, Shippou?
Miró al kitzune, pero el sólo asintió con la cabeza.
Como ya se iba haciendo costumbre, no había pronunciado palabra en todo el camino.
La exterminadora lo entendía, pero sabía que era momento de actuar.
Caminaron un tramo más, rápido pero suavemente, acercándose al lago. Faltaba todavía un buen tramo cuando Sango empezó con su plan.
—Dime Shippou—Comenzó, como quien no quiere la cosa. Al aludido alzó su mirada hacia ella—¿Porqué estas tan callado?
Se aseguró de ser lo suficientemente firme y directa, pero sin dejar de ser suave y dulce. Llena de preocupación y cariño, como estaba ahora.
El zorrito respingó.
—Yo... Pensé que era mejor estar callado.
Sango lo miró, extrañada—¿A qué te refieres?
Shippou apretó los labios. Obviamente eso era de lo que no quería hablar. Sango suspiró.
—Shippou—De inmediato obtuvo su atención—, sé que estas preocupado. Lo sé porque yo también lo estoy—Vio como sus ojitos verdes estaban llenos de tristeza—. Y entiendo que quieras concentrarte en buscarla para poder volver a verla. Yo sé que estas dando todo de ti... Pero... —ella le pasó una mano por el pelo dulcemente—También nos preocupamos por ti. ¿Cómo crees que nos sentimos al verte tan triste y callado?
Vio como bajaba la mirada.
—Pero...
—Pero... ¿Qué? Si Kagome estuviera aquí, ¿Cómo crees que se sentiría si te viera así?
—... Se pondría mal.
—¿E Inuyasha? ¿Seguro que te echaría bronca, no?—Le sonrió.
Él suspiró.
—Sí, ya lo sé, pero...
Se quedó callado otra vez. Sango supo que había llegado al centro del problema. No era sólo que estuviera preocupado. Había algo más.
—¿Qué sucede Shippou? Entiendo si no quieres decírmelo. Pero sabes que puedes confiar en mí, ¿Cierto?—Intentó enfundarle confianza. Kirara le maulló, como reafirmando lo dicho.
—Somos una familia, ¿verdad?
Cuando el pequeño Shippou levantó su cara empañada con lágrimas, apretando mucho los puños, Sango sintió su corazón encogerse.
—Shippou...
—¿Y si eso fuera lo mejor?—Su voz sonó demasiado crispada a causa del llanto. Sango le interrogó con una mirada triste—, ¿Y su que Kagome muriera fuera lo mejor?
—¿A qué te...?
—¡Sólo piénsalo! Kagome sufre. Sufre p-p-por esa... ¡Esa cosa que tiene en la cabeza! ¿Y si no hay nada que logre curarla? ¡Entonces sólo sufrirá! ¡Sufrirá hasta que muera!
Sollozó y se frotó los ojos con rudeza.
Sango se hizo de piedra en su sitio. No había pensado en eso. La posibilidad, que era dolorosamente cierta, ni siquiera le había entrado por la cabeza. Lo único en lo que pensaba era en lo triste que ella se sentía sin Kagome. ¡Ella que ya era mayor! En cambio, Shippou siendo un niño...
Sintió su propios ojos humedecerse.
—Por eso... Quizá sea mejor que ya haya muerto. Quizá Inuyasha la encontró antes de morir y se despidieron... Quizá ya esté descansando... ¡No lo sé! Sólo sé que eso sería mejor a que sufriera hasta la muerte. No importa si suena cobarde, pero no creo poder soportar ver como agoniza de dolor. ¡Simplemente no puedo!
No supo cuando fue que más sollozos llenaron el ambiente, pero Sango identificó los suyos con bastante sorpresa.
—Ojalá que ese estúpido perro le haya al menos declarado sus sentimientos, así se habrá podido ir en paz... Quizá por eso Inuyasha no vuelve. No quiere que lo veamos llorar.
Intentó bromear, pero la desesperanza estaba demasiado mezclada en su voz como para que se oyera como una broma.
Sango lo tomó en sus brazo, como supo que Kagome haría, y lo abrazó antes de que siguiera hablando.
Sollozaron y se arrullaron juntos hasta que comenzaron, poco a poco, a calmarse.
—Shippou—Murmuró Sango cuando su voz estuvo lo suficientemente decente. Aunque aún se escuchaba muy ronca—, eres muy maduro al pensar eso. Pero... ¿Estas seguro de que eso sería lo mejor? —le dedicó una mirada dulce—, ¿Acaso no quieres pasar un poco de tiempo con ella antes de que se valla?, ¿No quisieras creer que puede curarse?, ¿Acaso no quieres ver como ella e Inuyasha se sonrojan cuando están juntos...?, ¿No quisieras ver a esos idiotas juntos por fin?,¿No quisieras poder... Despedirte de ella?
—Pero, eso es muy egois...
—¡Shippou!—Él se encogió y comenzó a llorar de nuevo—, ¿Qué tiene de egoísta querer hacerla feliz hasta que se valla?
—Pero...—Hipó.
—Lo sé—Cerró lo ojos y lo abrazó más fuerte—. Pero no podemos ir en contra del destino. Kagome morirá, sí, es verdad. Al igual que todos nosotros lo haremos algún día. Pero no podemos saber exactamente cuando pasará, ¿Cierto?
El kitzune levantó la mirada.
—Sí, es verdad.
—Entonces... ¿Qué crees que podemos hacer?
Shippou se frotó los ojos y lo pensó.
—Hacerla feliz hasta que eso pase.—Dijo con firmeza.
Sango le sonrió y le dio un beso en la coronilla.
—Exactamente.
Shippou sonrió y, por primera vez en un largo tiempo, la sonrisa le llegó a los ojos.
O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-
Estaba atardeciendo.
Las franjas rojas y púrpuras podían vislumbrarse en el cielo junto con un soplido suave y calmo.
Aún hacía frío, pero por ahora todo estaba demasiado calmado como para molestarse por eso.
Calmo. Muy calmo.
Quizá... Demasiado.
—¡Lo encontré!— Gritó el zorrito con alegría. Saltó y agitó la mano con energía para llamar la atención de sus -ahora dos- compañeros.
Sango llegó con rapidez, seguida de un cansado monje.
El kitzune aún no podía creer que el monje no hubiera sido cacheteado ni una sola vez en esos tres días.
Debería de ser una especie de récord.
—¿Encontraste un lugar para dormir?— A Sango se le iluminaron sus cansados ojos cafés.
—¡Si!, y es genial—Chilló el zorrito con orgullo.
Desde la plática con Sango, había recuperado su carácter habitual. Estaba más alegre e intentaba dar todo de sí.
Esto había hecho que sus compañeros casi se desmayaran de alivio. Casi.
Quizá lo habrían echo si hubieran encontrado a sus extraviados compañeros.
Pero aún seguían buscando.
Sin éxito.
Por el bien de su propia salud, intentaban no perder la esperanza.
Y eso no era fácil.
–Valla que sí—Gimió el monje.
Era una pequeña y descolorida cabaña. Hecha de lo que ahora era madera vieja aunque, por lo visto, era lo suficientemente resistente como para mantenerse en pie.
Era bastante simple. Sólo contaba con un cuarto amplio, obviamente hecho de madera, que crujía cuando caminabas sobre él.
Lucía totalmente abandonado, pero limpio y cómodo a fin de cuentas.
La puerta, una tabla grisácea que "cubría" patéticamente la entrada, estaba rota. Al igual que lo que habían sido unas ventanas realmente pequeñas.
El piso también era de madera, pero éste estaba increíblemente más descolorido que las paredes.
Y en medio de todo estaba un gran y descolorido futón.
No podían haber pedido algo más glorioso.
—Con su permiso—Gruñó Miroku, entrando y tirandose, literalmente, al viejo, pero gloriosamente cómodo, futón.
—¿Y éste es nuestro gran equipo de rescate?—Sango alzó una ceja.
Miroku asintió apenas.
Shippou puso sus ojos en blanco. —Estamos perdidos.
Sango se encogió de hombros con una sonrisa juguetona. —Y valla que sí.
Como en respuesta, Miroku se hundió más en SU futón.
Permitieron que la risa tomara da cuerpos un momento.
—Oye Sango—La aludida lo miró—, ¿Está bien quedarnos a descansar tan temprano? ¿No deberíamos revisar por los alrededores de nuevo?
Miroku gimió por lo bajo, pero ambos lo ignoraron olímpicamente.
—Hoy no Shippou, tenemos que descansar.
Sango le sonrió tiernamente y el zorrito asintió apenas.
Comenzaron sin más a acomodarse rápidamente. Uno a cada lado del pobrecillo monje, quien gruñó cuando le arrebataron todo el espacio, y se prepararon para dormir.
Era algo temprano aún. Todavía no se metía el sol, así que la luz todavía se filtraba por todos los huecos del lugar.
Shippou observó como Kirara maullaba antes de acurrucare a un lado de él y como la respiración de sus compañeros comenzaba a tomar un tranquilo y ligero compás.
Olfateó el aire, encontrándose con la humedad del lugar y el fuerte olor a madera. Arrugó la nariz y comenzó a cerrar los ojos con cansancio.
Justo empezaba a caer rendido bajo los brazos de Morfeo cuando, en el último segundo, pudo sentirlo.
Un nuevo olor llegó a su olfato. Estaba realmente lejos, pero podía sentirlo.
Abrió los ojos de sopetón.
El conocía ese aroma a la perfección.
El aroma a bosque, combinado con una especie de fragancia que parecía oler a algo semejante al pino y la tierra mojada. Además del inconfundible aroma a perro.
Inuyasha.
Su corazón dio un vuelco y un chillido salió sin que el tuviera control de sus cuerdas vocales. La alegría que sintió fue casi alarmante.
Quiso gritar a todo pulmón, pero no supo exactamente qué gritar al aire.
Así que sólo comenzó a chillar.
—¡Está aquí, esta aquí!—Gritó apenas. Al mismo tiempo Kirara comenzó a maullar. Era claro que también podía olerlo.
Aún dando alaridos y pequeños saltitos, vio como sus compañeros se despertaban alarmados. Pegaron un brinco y tomaron sus armas como un rayo.
—¿Pero qué...?
—¿Qué caraj...?
Shippou siguió chillando.
—¡Está cerca, Inuyasha está cerca! —¿Él había dicho eso? Bueno, ¡qué importa! Nunca se había sentido tan feliz de tenerlo cerca.
Los ojos de sus compañeros se habían abierto mucho. No llegó a alcanzar a pensar que sufrirían problemas graves de visión si seguían así, cuando comprendieron la información y chillaron tanto como él.
Antes de un parpadeo, todos estaban afuera del futón empujandose entre sí para ponerse sus zapatos y salir a su encuentro.
—¡Kagome está bien!— La alegría que destiló la castaña le hizo busca a la chica casi por inercia.
Buscó el aroma, queriendo gritar cuánto amaba a su segunda madre, cuando se quedó tieso.
Esto no pasó desapercibido para sus acompañantes.
—¿Shippou...?
—¿Pero qué te...?
—Kagome—Gimió. Sintió como su corazón era golpeado contra el fuego. El dolor quemaba—. Puedo olerla... Pero su esencia ya no es tan fuerte... Y su... Su...—Las lágrimas se salieron sin permiso de sus ojos—, Su corazón no está... Latiendo...
Sollozó. Sango abrió sus ojos aterrorizada.
—¡No...!— Soltó un grito ahogado y se llevó las manos a la boca. Miroku estuvo ahí en un segundo, consolandola.
El olor a sal comenzó a llenar la habitación.
—¿Estas seguro Shippou?—Le preguntó Miroku con voz ruda y mortecina.
Volvió a inspirar nuevamente.
—Huelo... Al bosque... Y el olor a perro... Inuyasha...—Cerró lo ojos y se concentró—También... Huelo a margaritas... Margaritas puestas al sol... Kagome...—Sango lo interrogó con la mirada— Así es como ella huele... Pero... Su esencia se desvanece... No es tan fuerte como siempre—Inspiró nuevamente—. Todo lo demás huele normal, el suelo, los árboles, y...—Inspiró de nuevo, y notó la pequeña diferencia en el ambiente. Se petrificó.
—No... Puede... Ser...
—¡¿Qué?!— Sango estaba desesperada.
Shippou tuvo que sujetarse del marco para no derrumbarse.
—Huele... A sal.–Gimió, mientras sentía las piernas temblar.
—¿Y eso qué...?—Comenzó Miroku, mientras mordía sus labios con preocupación.
—No entienden—Shippou sintió sus ojos arder—. Es sal... Inuyasha… la sal es de Inuyasha…— Balbuceó, intentando reacomodar su corazón. Inspiró varias veces pero no lograba controlarse.
Sango frunció los labios mientras pensaba. Miroku abrió sus ojos como platos y segundos después Sango secundó su reacción.
Shippou asintió, derrumbado.
—Inuyasha está llorando.
O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-
Avanzó. Un paso a la vez. Lento. Seguro. Lento.
Un paso, dos, tres...
¿Porqué no podía ir más despacio?
Paró durante unos segundos, pero pronto se sintió estúpido por su preocupación al querer alargar el tiempo.
¿Qué importaba ya el estúpido tiempo?
¿Qué importaba sin ella?
Suspiró y comenzó a avanzar de nuevo.
Un paso. Dos, tres...
Cada paso era un martirio. Un golpe sobre lo que quedaba de su pecho.
Si es que quedaba algo ahí. Porque lo que habitaba en aquel hueco en su pecho, aunque latiera, no podía llamarse corazón.
Todo se había ido con ella. Simplemente... Todo.
Comenzaba a atardecer. Tomó con más fuerza el cuerpo sin vida en sus brazos.
—Ya casi llegamos... Kagome...—Le murmuró. Se detuvo otra vez, pero esta vez inclinó su cabeza y posó su nariz entre su frente y su suave cabellera.
Inspiró.
Todavía... Todavía olía a ella.
Se preguntó el porqué. Si sus cuentas no fallaban, ella había muerto hac días, ya no debería de oler tan magníficamente como antes.
Pero, por alguna extraña razón, su olor no cambiaba, como debería de hacer, a uno pútrido y apestoso. Su esencia seguía ahí.
Bueno, mientras más durara, mejor. Era como sentir que una pequeña parte de ella no lo había abandonado.
Posó sus labios sobre su frente.
Pero el calor se había ido. Los latidos de su corazón también. Y el calor de sus mejillas...
Gruñó. Pero lo hizo sólo para que no se le escapara un sollozo.
Apenas levantó la cabeza, sintió como su cuerpo reaccionaba a estar alejado de ella.
Aún más alejado.
Intentó detener el torrente de pensamientos mientras volvía a caminar.
No sabía qué pensamientos le asustaban más: si lo suicidas o los culpables.
Quizá fuera una mezcla entre ambos.
Enfocó toda su atención a sus pasos.
Sentía como la hiedra rozaba sus dedos. Lastimaba un poco. Cómo un mosquito que sólo molesta, pero no lo suficiente como para distraerlo.
Cerró los ojos tratando de prestar atención a la sensación. Pero pronto su mente comenzó a recordar lo asombrosamente relajante que era escuchar sus pasos detrás de él.
El dolor que le provocó a aquel órgano en su pecho le advirtió que eso era masoquista.
Así que prestó atención al sendero frente a él. Faltaban alrededor de 40 minutos de camino. Sabía que si se apresuraba podían ser 10...
Podía oler a Shippou desde aquí y, de seguro, él ya podría olerlo.
Rogó porque no fueran a su encuentro. Eso los haría encontrarse más rápido. Y, siendo sinceros, no quería que ese momento llegara.
No quería ver sus caras ante la noticia. Suficiente tenía con el constante aroma a sal que salía de sus ojos como para soportar el golpe que le daría oler el de sus compañeros.
No quería ser él quien les diera ese golpe tan duro.
No faltaría mucho tiempo antes de que Shippou identificara su olor y se diera cuenta de que algo iba mal con Kagome. Sus lágrimas seguramente le darían una confirmación de ello.
Era realmente cobarde no correr y enfrentarlos justo en ese momento. Pero no tenía la fuerza para ello.
Ya no.
Suspiró y siguió con la marcha.
Se sentía realmente patético.
Si alguien decidiera atacarlos en ese momento, de seguro serían presa fácil. Ni siquiera estaba seguro de poder dar una lucha sin ponerse a llorar mientras acunaba a Kagome en sus brazos.
Aunque no sabía si eso era porque no podía poner su atención en nada que no fuera ella, o porque deseaba seguirla.
«Simplemente... Las dos».
Se sintió sorprendido de que su mente le contestara tan directamente.
Intentó ignorar eso. Necesitaba pensar en qué podía decirles a sus amigos.
Una alarma se prendió en su cerebro derrepente.
Amigos... El los había llamado... ¿"Amigos"?
Siempre los había llamado "compañeros". Y sí, no había nada malo con aquel término. Pero... ¿Amigos?
¿Eso realmente estaba bien?
Antes quizá los había llamado así sin darse cuenta. Pero, después de todo lo que sucedió cuando había caído en aquél vórtice...
Ya no estaba seguro.
¿Amigos de un hanyô?
¿Amigos del estúpido que dejó morir a su Kagome?
Buscó la repuesta a sus angustiosas preguntas en su rostro. Pero ya no reflejaba nada. Nada más que tranquilidad.
Pero una tranquilidad... Angustiante. Casi aterradora.
Se permitió soñar durante un instante, ¿Qué habría dicho Kagome?
Cerró sus ojos y recreó su voz mentalmente.
—Inuyasha —Se encogió, ¿Porqué sonaba tan... Triste?—. Eres un idiota si crees que esto es tu tomé mi decisión, y soy muy feliz con ello.—Su mente le dibujó una sonrisa triste.
Su corazón... No, lo que quedaba en su pecho, se encogió.
«Ella» volvió a sonreír. —Pero no estarás solo. Tendrás a nuestros amigos. — Y esa sonrisa. Esa que le atravesaba el alma, surgió. De una forma demasiado realista para su propio bienestar.
Se sorprendió cuando se dio cuenta de su respiración irregular, y sus pequeños sollozos. Hubiera querido frotarse la cara, pero no podía soltarla ni por un instante.
Alejarla más lo mataría.
Comenzó a poder darle nombre a sus sensaciones.
Vacío. Hueco.
Había un hueco enorme en lo que solía ser su pecho. Cuando Kagome se había... Marchado, había roto cada pequeño e insignificante pedazo. Asegurandose de pasar por todos los rincones.
Las heridas eran desbordantes. Su pecho lloraba la partida de aquello que solía estar ahí. Los bordes pulsaban. Como si se hiciera más grande a cada paso.
Expandiendose.
Lento, muy lento.
No importaba cuanto aire tomara, éste no llenaba sus pulmones. No importaba cuanto comiera, nada llenaba el vacío del estómago.
Se sentía simplemente vacío.
Y culpable.
—Lo siento.— Otra vez disculpándose. Estaba comenzando a pensar seriamente en eso de seguirla.
La pregunta era, ¿Él iría al mismo lugar que ella?
Hasta dónde sabía, los hanyô no iban a otro lugar que no fuera el infierno. Su propio nacimiento era considerado como un pecado.
Además, se le podría sumar el haber dejado morir a Kagome.
Seguramente ella era un ángel ahora; ¿Eso significaba que había matado a un ángel?
Definitivamente, no tenía salvación.
Pero, ¿qué era peor?
Vivir la eternidad en el infierno, recibiendo el castigo que merecía, ó vivir la eternidad vivo, sabiendo que había roto su promesa y la había dejado morir.
Eso era casi lo mismo que haberla matado. Quizá incluso peor, pues le había dado esperanzas de que la salvaría.
No importaba dónde se quedara, él sería igual de infeliz el resto de su vida.
Viviendo con aquel vacío, por siempre.
A su nariz le llegó el olor de Sango y Miroku.
Suspiró. Shippou ya estaba llorando. Sango... No podía determinar cómo estaba ella exactamente.
Cuando lo viera ó le tiraba un hiraikotsu, ó se ponía a llorar.
Quizá ambas.
Con algo de suerte, lo golpearía bien fuerte y el golpe lo mataría.
Si aquellas lágrimas estrujaban lo que le quedaba dentro del pecho, no sabía qué pasaría cuando enfrentara a su familia.
A su madre. A la que le había prometido que traería sana y salva.
No creía poder soportar eso sin morir en el intento.
Recordó porqué quería tanto convertirse en demonio. Los demonios son fuertes, no pueden ser heridos con facilidad. Los demonios pueden proteger, realmente, a aquellos a quienes aman... Sin fallarles. Los demonios no son cobardes y patéticos como lo era él en ese momento. Los demonios no lloran.
Los demonios son fuertes.
Pero había renunciado a ser un demonio. Porque Kagome le había dicho que lo quería como era. ¡Así como era! ¡Así de débil! ¡Así de estúpido! ¡Así de monstruo! ¡Aunque pudiera lastimarla! ¡Aunque pudiera perderla!
Ella no entendía. Nunca entendió. No entendió que él no quería que todo terminase... Así...
Dios, ¡ni siquiera sabía porqué había muerto! Cuando despertó aquella mañana la encontró tirada a unos metros de él. Cubierta de nieve. Estaba paralizado, débil, por quién sabe qué cosa que le impidió acercarse a ella rápidamente, pero supo desde el principio que algo iba mal.
Cuando por fin pudo moverse, cuando por fin pudo alcanzarla, se dio cuenta de que todo estaba perdido. Lo que faltaba en ella era el suave latir de su corazón y su respiración.
La sensación y los pensamientos que le embargaron fueron terribles.
No recordaba haber llorado, suplicado, y gritado tanto.
Después de aceptar que estaba muerta, se había puesto a llorar durante una eternidad. Abrazando su cuerpo frío, pidiéndole perdón.
Pero no pasó mucho para que se desatara en él la ira.
Había depositado a Kagome en la nieve con suavidad, y había golpeado, cortado, y pulverizado todo aquello que pudo ver en un rango de 2 kilómetros... O más.
Rugió hasta que su alma volvió a dar el paso a la culpa y nuevamente volvió a llorar mientras abrazaba a su amada. Rogándole que volviera.
Joder, incluso le había confesado su amor en toda aquella desesperación. Pero sabía que era tarde. Ella ya se había ido.
Y...¡No había una causa de muerte para ello!
No había absolutamente nada raro en su cuerpo. Nada que le dijera qué o quién había sido el causante de su muerte.
No había golpes, o moretones. No había herida. Kagome no había derramado ni pizca de sangre. Su cabeza olía normal. Ninguna cosa fuera de su lugar. Su corazón se había detenido normalmente; no había sido un paro cardíaco...
Y, lo más irracional de todo, su esencia no se había ido.
¿Qué demonios significaba eso?
Ni siquiera podía atravesar el cuerpo de alguien en venganza. No había razón alguna para que ella estuviera muerta.
¡Ninguna! Entonces, ¡¿Porqué?!
Sólo sabía que era su culpa.
Si no hubiera salido corriendo como un completo cobarde, esto no estaría sucediendo.
La suprema ironía era que había escapado porque no quería perderla. Y esto había provocado que la perdiera. Pero muchísimo antes.
—¡No puede estar muerta!—La voz atronadora de Sango hizo que diera un respingo. Estaba a unos cuantos minutos de llegar y podía escucharlos con nitidez—, ¡Simplemente no puede!
Ah, los bordes ardían de nuevo. Era extraño que hubiera tanto espacio para ser quemado lentamente.
—Sango...—Mierda. Eso no se lo esperaba. La voz de Miroku... Mierda.
Sabía que también le dolería, pero no esperaba que tanto.
Rió toscamente. Kagome era sorprendente incluso estando muerta. Hacía que todo fuera diferente. Lo hacía llorar a él, y hacia que Miroku también estuviera a punto de hacerlo.
—Inuyasha...—Correspondió al llamado y lo miró fijamente. Pudo ver perfectamente al pequeño zorrito.
Sus ojos rojos, su melena despeinada... Aún así, parecía que era el que estaba más o menos más decente que todos los demás. Las pequeñas lagrimitas contenidas no se comparaban con el llanto torrencial de Sango, el llanto silencioso de Miroku y sus ojos muertos y llenos de un río sin cause.
Esperaba que pudieran recomponerse, porque dudaba que él tuviera una cura.
Sango y Miroku alzaron la mirada hacía él. Mientras se acercaban pudo ver la sorpresa en ellos.
Ahora que estaba más cerca de sus ojos humanos, podían admirar su deplorable estado.
Sus ojos muertos. Sus labios apretados. Sus manos aferradas con fuerza a su cuerpo. Su traje sucio. Sus lágrimas...
Quiso quitarse los restos de lágrimas de la cara, pero no fue capaz.
Simplemente, avanzó con solemnidad hacia ellos.
Todo quedó en silencio. Sólo podía escuchar como Sango sollozaba ahora que veía que Kagome sí estaba... Muerta.
Faltaban pocos metros.
Un paso, dos, tres...
Lento, pero seguro.
Un minuto, dos, tres...
¿Hace cuanto que había llegado frente a ellos?
¿Porqué nadie hablaba? ¿Estaban pensando en cómo podían matarle para que sufriera más?
¿Qué demonios estaban pensando?
El silencio y el conjunto de sal que le llegaba a la nariz lo estaba matando. Aumentando los bordes y quemando su interior.
Lento... Muy lento.
Se sentía demasiado culpable como para verlos directamente a los ojos. No podía levantar la mirada y ver como lo odiaban.
Era demasiado doloroso.
—Inuyasha...—Ese fue Miroku, estaba... ¿Sorprendido?
Seguramente él tampoco esperaba que rompiera su promesa.
La sal aumentó. ¿Porqué ahora todos lloraban?
Seguramente no soportaban ver a Kagome así. Él lo entendía, él mismo no podía hacerlo sin llorar.
La apretó más en sus brazos y se atrevió a cortar el silencio.
—Yo...—Su voz sonaba deplorable. Raspada, ronca. Perdida.— Lo siento.
Pudo sentir como todos daban un respingo.
—Yo le fallé—No sabía qué hacia, pero era su deber disculparse—. No cumplí mi promesa. No pude protegerla. No pude proteger aquello que era lo más valioso para todos nosotros... Realmente lo siento.
Un mudo asombro recorrió a los atormentados cuerpos.
—Inuyasha, no es tu culp...—Comenzó
Sango.
—¡Claro que lo es!—Se preguntó en qué momento la había estrechado más contra sí—, ¡Ella sólo estaba a unos estúpidos pasos de mi! ¡Y no pude protegerla!—Odió como su voz se rompió. Odió como sentía su alma delirar contra cada palabra—, ¡Ni siquiera sé porqué murió!—Odió como los sollozos salieron de sus labios. Odió lo patético que sonaba—, ¡Y no me di cuenta de que había muerto hasta que me pude despertar! ¡Murió mientras yo estaba inconsciente! ¡Sola! ¡Sin la protección que le juré que tendría toda la vida!—Odió el momento en el que todos habían comenzado a llorar con él. Odió ser tan débil.
»—La dejé morir sin decirle que la amaba! ¡Sin hacerla feliz!—Odió como su cuerpo temblaba y hacia que los cabellos de ella vibraran—, ¡Y todo por mí culpa! ¡Porque no pude soportar saber que iba a morir! ¡Huí, y la obligué a ir detrás de mí para que muriera! ¡La perdí! ¡La perdí más pronto!—Odió el momento en que se arrodilló y la bajó al suelo, depositándola suavemente a unos centímetros de él, para poder arrodillarse—, ¡Lo siento! ¡Realmente lo siento!
Y comenzó a llorar frenéticamente, arrodillado a unos centímetros del cuerpo de la pequeña y dulce Kagome.
Fue consciente de que su torrente de lágrimas caía sobre su hermosa cara. Pero no podía parar, no podía detenerse. ¡No podía!
Sintió su hueco crecer y expandir su dolor al infinito. Cómo un montón de brazas se expandían y atravesaban su cuerpo dolorosamente.
De pronto se paralizó.
Su cuerpo se detuvo y cada parte de él frenó su actividad frenéticamente cuando sintió algo que no se habría esperado jamás.
Una pequeña mano se apoyó delicadamente en su hombro.
Respingó al ser consciente de que no había ningún tipo de furia en el contacto.
No había sido un golpe, ó una cachetada, ni siquiera una patada de las tantas que merecía.
Había sido un simple y suave apretón de hombros.
Todavía en transe, se atrevió a alzar la mirada.
—Shippou...
—Eso no es cierto—Le sonrió y las lágrimas surcaron sus rozadas mejillas—. Yo sé que siempre diste todo de ti para intentar protegerla. No... No es tu culpa.
Sintió una especie de revolución en sus sentimientos.
¿Acaso no lo odiaban?
¿...Porqué?
—Deberías odiarme.— No le ordenó a sus labios abrirse. Pero actuaron por sí solos.
Sonó demasiado dolido para su propio gusto.
—¿Porqué?—Esa fue Sango.
Los miró con confusión.
¿Qué significaban esas miradas?
¡¿Porqué lo veían como si comprendieran su dolor?!
¡¿Porqué no lo odiaban?!
—Yo causé esto—Apretó los puños—. Por mí causa, Kagome está muerta.
Bajó la mirada otra vez. Sintió otra mano apretar su hombro.
Volvió la vista, sorprendido nuevamente.
—Inuyasha—Le sorprendió la calma de la voz de Miroku—, eso que dices es una estupidez.
Sango asintió. Se acuchilló y le tomó la cara.
—Nosotros sabemos cuanto la amas. Nunca la habrías lastimado—Quiso negar, pero ella le puso un dedo en los labios—, Esto fue un accidente. O quizá el destino. No es tu culpa.
No supo qué hacer.
No entendía.
¿Qué demonios estaba pasando?
¿Eran idiotas?, ¿Estaban ciegos acaso?
¿Porqué?, ¿Porqué aún cuando estaban destrozados por la pérdida?
—¿Porqué?—No pudo resistirse. Sango abrió la boca, pero él fue más rápido—, ¿Porqué no me odian? Yo…
—Tú hiciste lo que pudiste—Sintió como le clavaban una daga. No sabía que aún hubiera un lugar donde pudiera ser clavado algo—. Eres nuestro amigo y también te queremos… Sabemos cuánto te duele esto.
Amigos, amigos, amigos.
Amigos de un hanyô.
No supo si asustarse, alegrarse, o asegurar que su paso a la locura estaba hecho.
¡No sabía qué hacer!
Amigos de... Él. Amigos de... Eso que él era.
Imágenes fugases de niños corriendo y aventandole piedras detrás de él pasaron por su mente.
Las personas, los demonios, las generaciones, incluso su propio hermano, le habían enseñado que lo que era él era inhumano. Horrible. Indeseable.
Era parecido a un demonio para los humanos, pero demasiado humano para los demonios.
Solo. Estando solo y sabiendo que siempre estaría solo, se dijo a sí mismo que no necesitaba a nadie que no fuera él.
Pero había llegado esa estúpida -estúpida, estúpida, estúpida...- perla a cambiarlo todo radicalmente.
Primero Kikyo. Confió y fue «Traicionado».
Después Kagome. Siendo sinceros, esperaba que lo mismo se repitiese. Pero se llevó una gran sorpresa cuando descubrió que podía confiar en ella.
Pero, ¿Qué había pasado? Había sido lo suficientemente estúpido como para perderla.
Y ahora, el fruto de los viajes con Kagome, sus... Sus.. Amigos...
Amigos que debería estar perdiendo en ese momento.
Entonces, ¿porqué no estaba sucediendo? Había hecho la peor cosa que le pudo hacer a un amigo. Les había quitado a uno de sus seres más queridos.
Eso no tenía perdón.
Les había arrebatado una pequeña parte de su felicidad.
Una que nunca volvería.
—No deberían.—Intentó ser fuerte de nuevo. Intentó advertirles lo que estaban haciendo. Intentó poner una voz dura.
Deveras que lo intentó.
Entonces, ¿Porqué seguía llorando?
—¿Porqué?
Estúpido zorro.
—¿Sois estúpidos? ¿No pueden ver las consecuencias de todo aquél que me ama? ¡Kagome está muerta! ¿Acaso quieren ser los siguientes?—Los amenazó. ¿Cuándo se había vuelto tan débil como para que no se tomarán enserio sus palabras?
¿Porqué no lo veían con miedo, si no con tristeza?
¿Porqué?
No contestaban. Se preguntó si debería amenazarlos más.
Cuando estaba pensando en qué palabras se oirían más amenazantes en sus labios, unos brazos aparecieron y se enrollaron en su espalda.
Apretándolo. Atrapandolo. Estrujandolo.
Abrazándolo.
—Tonto.—Sango estaba llorando otra vez. Permaneció estático. Sus brazos de pronto le parecían muy torpes e inservibles. No sabía qué hacer con ellos mientras sentía el calor de Sango en todo su cuerpo al abrazarlo.
Eso es algo que sólo había hecho Kagome. Sólo ella lo había abrazado así.
Con el corazón.
Era como si ella se hubiera llevado consigo cualquier enseñanza de cómo abrazar.
Así que se quedó quieto. Sorprendido. Confundido. Herido.
—Si alguien se acercara para dañarnos, ¿qué harías?
No tuvo que pensarlo para que la respuesta saliera de sus labios.
—Lucharía.
—¿Y si es muy fuerte?—Ella apoyó su cabeza en su hombro.
—Lucharía hasta vencerle.
¿A dónde quería llegar?
—¿Y si es más fuerte que tú? ¿Y si hay muchas posibilidades de que mueras?
—Keh, yo podría vencerlo.
Una risa ahogada resonó cerca de su oreja.
—¿Vez? Estamos seguros contigo. ¡Si hasta darías tu vida por nosotros!
Volvió a enmudecer. Sí, tenía algo de razón, pero...
—No entiendes, yo soy…
—¿Qué? ¿Un hanyô?– Se encogió ante su tono de rabia—, Creo que Kagome ya te lo había dicho. Así que no sé porqué no te queda claro. Eres un hanyô, sí, y ¿qué con eso? ¿Acaso no has visto la clase de subnormales qué hay en este grupo? Kagome te lo dijo un montón de veces. No importa lo que seas, así te aceptaremos.
—Yo...
¿Cómo podía ser eso cierto?
¿Sentir simpatía por una... Abominación? ¡No tenía sentido!
—¿Los perros siempre son así de tontos? —Levantó la cabeza. Era Shippou—, ¿No te cabe en esa cabezota que te queremos y que no te tenemos miedo?
Te queremos.
No te tenemos miedo.
De pronto recordó dónde había escuchado eso antes.
¡No te tengo miedo!
Kagome...
—Inuyasha—Miroku. Cuando sus ojos hicieron contacto pudo ver la tristeza en aquellas lagunas azules—. Hay algo que tú no sabes.
—¿Eh?
Todos lo miraron inquisitivamente. El viento levantó varios cabellos rebeldes de Kagome.
—Cuando te fuiste, y fuimos a buscarte, Kagome habló con nosotros.
El silencio nuevamente. Parecía que últimamente sólo había silencio.
Sango y Shippou parecieron reflexionar.
Él no entendía nada.
—¿Y?
—Ella nos dejó algo muy claro—Se acuclilló y apretó más su hombro—. Nosotros no somos amigos.
Lo sabía.
Sí, claro que lo sabía. Sabía que nadie podía ser su amigo. Nadie podía quererlo, y la única persona que lo hizo estaba muerta...
Si ya lo sabía, entonces ¿Porqué dolía tanto?
—Somos una familia—Sus ojos se abrieron como platos. Su corazón dio un vuelco. ¿Qué...?—. Una familia muy extraña, pero a fin de cuentas una familia—La afirmación conmocionó su alma—. Las familias se aman. Así que, sí, la perdida de la persona que nos unió es dura. Y yo sé que lo es más para ti. Pero las familias resisten, juntas. Guardan el amor por sus seres queridos que han fallecido. Y siguen adelante. Protegiendose, amandose.
Estaba llorando más fuerte.
—Entonces…—Intentó no sollozar—No somos amigos... Somos familia.
Su voz se quebró, pero sonó como una afirmación.
—Familia.—Sango...
—Familia.—Shippou…
—Familia.—Miroku…
Intentó que una sonrisa saliera. No supo si lo hizo bien.
De pronto no recordaba cómo sonreír.
Tomó valor y intentó doblar sus brazos y apoyarlos en la espalda de Sango.
Temblaba y lloraba.
Sonreía apenas e intentaba abrazar bien.
De pronto Shippou también se unió al abrazo. He incluso Miroku no se resistió a unirse.
Abrazandose, cuidando no lastimar el cuerpo de Kagome que descansaba pacíficamente a un lado, pero tocándola levemente.
—Familia.
De pronto la eternidad no sonaba tan mal.
O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-
En la oscuridad de un recinto muy elegante, una figura se movía de una forma que se definiría como «mística», pero que lo le llegaba a los talones.
Sonrió. Las cosas estaban saliendo mejor de lo previsto. No se había sentido tan interesando, motivado e incluso sorprendido tanto por la causa de los seres humanos.
Definitivamente aquél era un grupo especial.
—¿Familia, eh?— Sonrió socarronamente. Se levantó de su cómodo sillón color violeta y caminó hacia la mesita que estaba en el rincón de aquel oscuro lugar.
Arriba de la mesita color caoba, se encontraba una esfera color azul. Dentro de ella refulgía una muy conocida figura de cabellos azabaches.
Estaba ahí, nadando en la nada.
—¿Qué te parece Kagome? Después de todo Inuyasha también te merece.—Sonrió. Tomó la sillita que estaba al lado y se sentó.
Al lado de la esfera, un papel dorado brillante estaba doblado con simplicidad. La verdad que contenía aquél papel era la causante de toda esa situación.
Observó el papel, a sabiendas de lo que él obtendría de el.
No era un ser malvado. Pero había ciertas cosas que tenía que hacer.
—Realmente me agradas Kagome. Tú alma es tan... Hermosa.
Se relamió los labios, hambriento.
—Pero ni siquiera yo puedo intervenir con el destino.
Así pues, la observó un momento más.
Era hora de actuar.
Con un chasquido de dedos, sintió el poder dominarlo por un segundo.
De pronto, una respiración volvió a surgir nuevamente. Sus acompañantes estaban tan enfrascados en ellos mismos que no se dieron cuenta de que la razón de sus penas había desaparecido, resonando nuevamente un corazón.
No pudo evitar reírse.
Esto iba a ser tan interesante.
—Esta es tu última oportunidad. Cuídala o aténte a las consecuencias... Inuyasha.
Después de aquellas palabras desapareció en la nada. Preparándose para su próximo movimiento.
Continuará...
O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-
¡Hola! ¿Cómo han estado? Yo estoy muy bien. Últimamente he tenido una ola de inspiración enorme. Tanto que aveces se contradice y me quedo como de "¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuándo?" Jaja
Y bueno, tanta es la inspiración que les traigo éste nuevo capítulo. Sí, tardé :c aunque no tanto como últimamente lo he hecho. Además de que tengo en mente unas cuantas historias nuevas... (CHAN, CHAN, CHAN).
Pero eso ya lo veremos luego.
Hace dos días estaba revisando los Correos que no había leído (alrededor de 600 xD), y me me sentí muy agradecida al darme cuenta de que la mayoría tenían relación con fanfiction. Darte cuenta de que tanta gente te sigue y te apoya a cada paso es simplemente grandioso.
La felicidad no me cabe en el pecho jaja
Bueno, ¿nuevo capitulo eh? ¡Valla que tuve que ponerme sentimental! Uno no ve a Inuyasha llorar todos los días. En parte pienso que no es algo que él haría. Pero todos sabemos que la ama.. Así que quizá no sería tan raro.
El rey de las sombras parece saber de qué va la cosa. Aunque escriba yo, ya siento la intriga jaja
Y valla que me costó escribirlo. Mi laptop murió, así que lo tuve que hacer en mi celular (el cual me cambiaba un montón de palabras. Yo podía escribir "hola" y el autocorrector lo ponía como "perro" jajaja), y valla que fue complicado.
Pero aquí está. Cortito pero bonito. Ya sé qué escribiré en la continuación, ¡No puedo esperar!
Por cierto, lamento si alguna palabra o acento está mal -maldito autocorrector :c- si me lo hacen saber, lo modificaré ;)
Bueno, muchísimas gracias nuevamente por su apoyo. Desde los que sólo siguen la historia y agregan a favoritos, a los lectores silenciosos. Aunque adoro un poquito más a los que me mandan reviews :$ jaja
Sin más, espero poder regresar pronto con ustedes.
¡Los adoro! Y lamento hacerlos llorar ;)
PD: Les aviso que creo que cambiaré mi nombre, para que no se asusten.
Besos.
—Karen.
