Wiiiii, capítulo número dos, todito para ustedes. En fin, he estado revisando los rewies y mi primer cap de esta historia y tal y me he dado cuenta de que no he contado porqué Regina se desmayó al verla: A ver, ¿recordáis en la primera temporada, en el episodio 7, cuando Graham recuerda y tal? Pues esto es algo parecido, porque al mirarse ambas a los ojos de la otra recordaron el momento del parto (la madre no lo había olvidado, pero la hija no lo sabía) y al recordar y sentir se dan cuenta del parentesco. Quizás en futuros capítulos lo explique.

Bueno, ya termino con el rollazo y os dejo leer, besooooooos!

― Ay, menos mal que te has despertado ―soltó Emma corriendo hacia el sofá, en el que había tendido a su novia. ― ¿Estás bien? ¿Estás mal? ¿Te duele algo? ―preguntó de carrerilla, sin darle tiempo siquiera a pensar.

― ¿Y mi hija? ―cuestionó haciendo caso omiso a su novia. ― ¿Dónde está? ―preguntó preocupada por Elizabeth. ―¿¡DÓNDE ESTÁ?! ―gritó histérica al ver que Emma no respondía.

― Esta en una celda de magia para…

― ¿¡Cómo?! ―interrumpió Regina indignada. ―¿¡Habéis metido a mi hija en una celda como si fuera una villana?! ¡Es sólo una niña!

― Regina, cálmate ―intervino Snow.

― ¿Cómo me puedes pedir que me calme, eh? ¿Cómo reaccionarías tú acaso si metieran a tu hija en una celda oscura y solitaria? ―inquirió con una mirada mortífera y un tono venenoso. La princesa enmudeció y dio un paso atrás, posicionándose del lado de su madrastra. Si a su hija le hicieran eso, haría cualquier cosa con tal de sacarla de ahí; claro está, habiendo gritado y chillado lo suficiente.

Rápidamente, Regina, aún un poco mareada, se levantó y cogió las llaves del coche, saliendo de su casa en dirección a las celdas de las minas. Ya le arrebataron a su hija una vez, no iba a permitir una segunda vez. Eso ni pensarlo. Condujo a una velocidad no muy legal y aparcó de mala manera. No había nadie allí. "No se nota la vagueza, que va" pensó irónicamente avanzando por las piedras. Oyó una voz cantando y supo que era ella. Tenía que ser ella.

Caminó velozmente, guiada por el sonido de aquella voz, con el corazón desbocado, sin saber bien qué esperar. Tenía la esperanza, sabía que aquella chica era su hija, la reconocería en cualquier lugar, pero, ¿y si la chiquilla no quería estar junto a ella? ¿Y si pensaba que la había abandonado voluntariamente? Ella jamás abandonaría a su hija. Su niña, su bebé…

El verla le había impactado tanto que su visión se nubló y perdió el conocimiento, pero pasada la sorpresa del momento, se dio cuenta de algo: no podía desperdiciar esta maravillosa oportunidad.


― Lo siento, pero yo no soporto más esto ―dijo de repente Emma rompiendo el silencio que se había instaurado en el salón de la casa de la alcaldesa. Cogió su chaqueta azul y se puso de pie, dispuesta a irse. Llevaba una hora esperando, sin noticias, preocupada. Además, bía comenzado una tormenta eléctrica, no se fiaba, sabía que algo tenía aquello que ver con la rubia que había conseguido que su amada se desmayara.

Condujo durante unos diez minutos con una prisa impresionante y finalmente llegó a su destino: las minas.

Entró, corrió hacía la celda, y casi a la mitad del camino oyó un llanto. Corrió aún más, alarmada, y se encontró a Regina y a Elizabeth sentadas en el suelo, apoyadas en la puerta de la celda. Elizabeth lloraba desconsoladamente y Regina la abrazaba y acariciaba, la consolaba.

― Hey, hey, hey, ¿estáis bien? ―cuestionó la rubia más mayor, agachándose para ponerse a la altura de la pareja. Elizabeth dejó de sollozar y alzó la mirada, clavando sus grandes ojos marrones en los verdes ojos de Emma, atravesándola; Emma sintiéndose como si aquella extraña chica pudiera leerle la mente.

Madre e hija se levantaron y caminaron hacia la salida, a una distancia prudente, sin separarse mucho. Emma las seguía atrás, y había pillado a Regina torturándose los dedos varias veces, lo cual era señal de que estaba nerviosa.

Se montaron cada una en su coche, y Elizabeth siguió a su madre. Se montó en el asiento de atrás en completo silencio.

― ¿Sabes? Puedes sentarte delante, aquí, a mi lado ―dijo tímidamente Regina, mirando a su hija. Tenía miedo. No sabía cómo iban a ser las cosas a partir de ese momento. Llegar y ver a su hija la emocionó; cuando la vio, sintió todos los recuerdos agolparse en su garganta, era ella sin ninguna duda. Lo podía sentir, era su niña. Nunca la vió ni la oyó, estaba demasiado débil tras el parto, había perdido mucha sangre; mas la reconocería en cualquier lugar. Se sintió abrumada y perdió el autocontrol. Pero ahora, tras muchas lágrimas, había contado su historia, la historia real a su hija, y había podido leer en los ojos de la rubia que la creía, que sabía que no estaba mintiendo. Y eso la emocionaba hasta niveles insospechados. Lo único que quería era a su bebé.

La joven salió del coche y tímidamente se acercó, abrió la puerta, y se montó. Se sentó y fijó su mirada en su madre. Había tanto que quería decirle… Tenía la habilidad de pillar a la gente mentirosa, y su madre no había mentido. Podría creer que la mujer estaba loca al haber escuchado aquel relato, pero después de lo que había visto, ya nada era increíble. Siempre había estado sola, siempre había sido arrastrada de un lado al otro, siempre sin encajar, sin pertenecer a ningún sitio. Y ahora, este lugar, esta mujer… se sentía en casa. Nunca se había sentido así. Podía confiar en ella, y confiaba en ella. Pero no confiaba en ella misma. El problema no estaba en la morena, estaba en ella misma. Ella no quería hacer lo de siempre: estropearlo todo. No podía hacerlo.

Todo el camino a casa fue silencioso, Elizabeth miraba por la ventana y pensaba en todos los sucesos extraños que habían ocurrido a lo largo de su vida y comprendía ahora el porqué. Ahora había una explicación para todas las rarezas que había a su alrededor.

Sintió miedo de sí misma. ¿Y si no aprendía nunca a controlar sus poderes? ¿Y si hacía daño a la gente? Ella no quería ser así. Su madre había dicho que la ayudaría, que la enseñaría, pero, ¿y si no era capaz? ¿Y si la dejaba de lado? ¿Y si, simplemente, se arrepentía ¿ ¿Y si se avergonzaba de ella?

La tormenta comenzó y Elizabeth puso su mano alrededor del cinturón, y a los pocos segundos, se comenzó a oler a quemado. El coche paró y Regina comprobó que su hija tenía lágrimas en los ojos y que su mano estaba más caliente de lo normal. Reconocía los efectos, ella también los había sufrido. Antes de aprender magia, antes de conocer al Ser Oscuro, Regina no controlaba sus poderes, hacía magia sin siquiera darse cuenta, y cuando se ponía muy triste, enfadada o nerviosa, cuando no podía controlarse, la tierra comenzaba a moverse y la temperatura comenzaba a subir. Todo ser mágico tiene más o menos control en un elemento, y lo suyo era el fuego, el calor, y la tierra. Elizabeth, al parecer, controlaba mejor el calor, al igual que ella, y la electricidad. Sabía que la chica no estaba pasándolo bien.

― Tranquila, no importa ―dijo tomando su mano libre, fría como el hielo, como las suyas. ― No tienes que pasarlo mal, Elizabeth. Mamá está aquí y no te va a dejar sola nunca más. No te preocupes, lo aprenderás a controlar, como hice yo, y serás feliz. Te lo prometo.

Elizabeth se echó a llorar a sus brazos y, tras unos minutos, le preguntó:

― ¿Tú tampoco lo controlabas?

― No, yo a tu edad causaba unos desastres terribles y no sabía a qué se debía. Pero ahora lo sé, y por ende sé el motivo de lo que acaba de ocurrir: no controlas tu poder, y cuando tus emociones te dominan, cuando tus sentimientos son incontrolables, entonces no controlas tu poder y causas "problemas". Pero, ¿sabes? Yo voy a estar ahí para ayudarte, ¿de acuerdo? ―dijo Regina, con una pequeña sonrisa, tendiéndole la mano. Elizabeth la aceptó y una pequeña corriente fluyó entre ambas, producto de la magia de la rubia.

― Perdón ―dijo con una incómoda sonrisa la adolescente al notar el calambrazo. Su madre simplemente sonrió y reanudó la marcha a casa. Cuando llegaran habría muchas cosas por resolver.