― ¡Liza,estás aquí! ―exclamó la mujer al entrar en la comisaría, abrazando a su hija nada más verla.
― Mamá, que alivio… ―dijo en un suspiro, abrazándola. Regina alzó la cabeza y la miró emocionada.
― Has dicho mamá ―susurró, sonriente.
― Eso es porque lo eres ―respondió Elizabeth, abrazándola aún más fuerte. ― Mamá, hay alguien a quien quiero que conozcas ―añadió, guiándola hasta la sala de interrogatorios.
Cuando madre e hija entraron, vieron a una pequeña de unos cinco años, pelirroja, con un arco de juguete en las manos, lanzando flechas de juguete a la pared cual profesional.
― Mérida, quiero que conozcas a alguien ―dijo Elizabeth, llamando la atención de la pequeña, que se giró para clavar su mirada en los dos pares de ojos marrones que la miraban fijamente. ― Hola, yo soy Regina, la madre de Elizabeth ―dijo la morena con una sonrisa, agachándose para quedar a su altura. La niña retrocedió y se escondió detrás de Elizabeth, pues era la única persona que conocía en ese extraño lugar.
― Hey, tranquila cariño, mi madre no nos va a hacer daño ―le aseguró la rubia, girándose, poniéndose a su altura.
― ¿Entonces por qué habla nuestro idioma si aquí se habla… otro idioma? ―preguntó, observadora. Mérida era una chica lista, sabía que allí pasaba algo raro, y quizás fuera pequeña, pero no tonta.
― Porque ella también viene del mismo sitio que nosotras ―respondió resuelta la joven, retirando un par de mechones de la cara de la pequeña pelirroja. Mérida miró a la adulta que estaba detrás de su amiga, preguntándose si podía realmente fiarse de ella.
Por su parte, Regina se debatía internamente. Aquellos ojos eran iguales que los de la pequeña, y no podía evitar recordar a cada movimiento de la niña a Graham. ¿Podría ser que…? No, no podía. Su padre le dijo que Mérida murió y… Pero claro, también dijo que Elizabeth había muerto y mira donde estaba. ¿Cómo saber si Mérida era realmente su hija?
Finalmente, las tres acabaron juntas, y aunque Elizabeth y Mérida dijeron que dormirían juntas en otra habitación, la inquieta Mérida se escapó de entre las sábanas en cuanto su amiga se durmió. Descalza y con un camisón de ositos, se abrazó a su unicornio de peluche y comenzó a andar por la casa, hasta toparse con unos pequeños sollozos provenientes de la sala de estar. Frente a la chimenea había una figura delgada, con un libro entre las manos, llorando.
― ¿Por qué estás llorando? ―preguntó Mérida, acercándose a Regina por detrás, sobresaltándola.
Volví! Seh, he vuelto. Bueno, bueno, bueno, aquí va otro cap más. Dentro de nada, empieza el drama, ya veréis. Con respecto a los reviews (por cierto, muchas gracias) decir que, esto debería estar situado en la s4. En vez de haber queens of darkness, hay... esto.
Señores y señoras, hagan sus apuestas! ¡Quién creen ustedes que es el padre o padres?
¿Cuál será el futuro de Mérida?
¿Cómo se tomará esto el resto del pueblo?
Ya sabéis, cualquier duda, sugerencia, etc podéis mandarme un mp, dejar un rview, cualquier cosa.
Y ahora, read and review and follow and fav
p.d: los diálogos en cursiva son en español xD.
― Por nada, cariño, es… cosas de mayores… ―concluyó con una sonrisa, aunque sus mejillas estuvieran encharcadas de lágrimas. ― ¿Qué haces tan tarde fuera de la cama, y encima descalza? Te vas a resfriar ―reprendió la alcaldesa a la pelirroja.
― Es que tenía miedo de la oscuridad ―admitió, avergonzada, agachando la cabeza.
― ¿Quieres dormir conmigo? ―preguntó con cautela, acercándose a ella. La niña vio sus intenciones de cogerla en brazos y extendió los suyos propios, se fiaba de ella. Mérida nunca había visto una madre tan cariñosa y atenta y su instinto le decía que no era una fachada, así que se dejó guiar por la mujer.
Una vez llegaron al dormitorio, Regina acostó a la pequeña en su cama, y se acostó a su lado, encendiendo la luz para que no pasara miedo. La tapó bien con las sábanas y mantas, resguardándola del frío.
― ¿Quieres que te cuente una historia? ―preguntó.
― Siiiip ―respondió emocionada la niña, mirando a Regina con los ojos brillantes. Si había algo que Mérida amaba más que nada eran las historias.
― Había una vez una princesa que vivía en un castillo muy grande ―comenzó, trenzando su pelo de manera automática, como solía hacer con Snow ―y tenía a un montón de gente que decía que era la más bonita y buena de todas las del reino. Pero un día, una bruja muy mala quiso matarla. La princesa tuvo que huir de su castillo, que ya no era suyo nunca más. Tuvo que volverse una bandida para sobrevivir, mas un día, su vida como fugitiva cambio. La muchacha conoció a un príncipe, y aunque al principio no se cayeran muy bien, finalmente, se enamoraron. Con la fuerza del amor, ambos consiguieron vencer a la tirana bruja, y juntos fueron felices. Quizá sus vidas no fueran un camino de rosas, pero supieron salir de todos los problemas y formar una familia ―finalizó.
― Vaya… qué bonita… ―dijo fascinada. Su semblante cambió, y con una voz llena de incertidumbre, preguntó: ― ¿Me vas a devolver, o te vas a quedar conmigo?
La morena la miró a los ojos, y le dijo con una ternura inigualable: ― No pienso devolverte, pero si quieres, te puedes quedar conmigo. A mí me gustaría, pero todo depende de ti.
― Entonces, me quedaré ―respondió la niña, mostrándose segura, abrazando a la mujer, para acabar durmiendo plácidamente un par de minutos después.
