Holiiii, he vueeeelltooooooo. Bueno, una pequeña anotación: esto está situado al comienzo de la s4, es decir, en vez de queen of darkness hay esto.
La mañana siguiente llegó, y nada más despertarse, Elizabeth notó que algo faltaba en aquella cama en la que estaba acostada.
Mérida.
Se levantó como alma que lleva el diablo y gritó: ― Mérida― para después volver a chillar: ― MÉRIDA ―y escuchó unos tacones. Su madre. Salió en su busca.
― ¿Qué ocurre? ―preguntó Regina alarmada.
― Es Mérida, esta mañan…
― Tranquila, se vino a dormir a mi cama; estamos abajo, haciendo el desayuno ―aclaró la morena, esperando que su hija no se alterara.
― Menos mal… Mamá, ¿te puedo pedir un favor? ¿Podríamos hablar tú y yo en inglés? Es para mejorarlo, que está bien, pero si quiero ganarme la vida enseñando un idioma tendré que conocerlo, ¿no? ―soltó Elizabeth de repente, esperando nerviosa una reacción de su progenitora. Lo cierto era que desde los acontecimientos de anoche, había estado todo el día con Mérida, mostrándose tal y como era ella: dicharachera, alegre, divertida y un poco sarcástica e irónica de vez en cuando. Mas, aunque confiara en su madre, tenía miedo al rechazo que había sufrido siempre. Tenía miedo de que su madre descubriera cuán rota estaba y se deshiciera de ella, como solía ocurrir.
Elizabeth se vio envuelta en un fuerte abrazo por parte de su madre, que le susurró: ― Yo también me he sentido así, cariño. Te juro que nada ni nadie nos separará, y créeme, eres perfecta, y maravillosa, y te amo ―Elizabeth supuso que era cierto eso que todo el mundo decía y sus ojos eran dos libros abiertos de par en par y con unas letras enormes. Su madre había leído su mente en segundos; se preguntaba si había leído también la desesperación, el dolor y la oscuridad. Esperaba que no, esperaba que Regina no hubiera descubierto su secreto, sus secretos.
― Una pregunta: ¿cómo hablas tan bien inglés?
― Desde pequeña se dieron cuenta de que se me daba bien y mi profesora de inglés de primaria me enseñó de manera extraescolar, mi nivel en sexto de primaria era por aquel entonces de tercero de eso, que eso traducido al instituto americano es… ―explicó, parándose un momento para hacer la cuenta, pero pasó, era comprensible, estaba recién despierta. Continuó― Bueno, yo por mi parte comencé a ver pelis y series en inglés con subtítulos y canciones en inglés, y me atrevía a leer también en inglés y hasta a escribir. Me ayudó mucho ―concluyó con una tímida sonrisa. Miró a su madre y la vio impresionada. Se volvió a poner nerviosa. ―Lo siento, no debería de haber hablado tanto, te prometo que no volverá a ocurrir ―prometió triste.
― Hey, tranquila pequeña, está bien, me encanta cómo eres, te pareces mucho a mí cuando tenía tu edad, no me callaba ni debajo del agua. Es sólo que me sorprende tu nivel. Hasta ahora no había podido verlo, pero tienes un nivel increíble ―dijo Regina con una sonrisa, esperado haberla calmado.
Madre e hija bajaron, pero tuvieron que acelerar al oír algo romperse. Se apresuraron y encontraron a Mérida frente a un bol vacío, quien se giró para enfrentar dos pares de ojos marrones.
― L-lo siento, de verdad, no quería, lo siento, no-no quería hacer nada, p-perdón ―dijo rápidamente, asustada por ser abandonada de nuevo. Confiaba en Elizabeth y también en su madre, pero tenía un miedo de muerte a ser devuelta de nuevo, aunque no sabía cómo había acabado en aquel pueblo.
Regina se acercó corriendo y examinó a la niña, asegurándose de que no se hubiera herido.
― ¿Estás bien? ¿Te has hecho daño?
― Yo no quería romperlo ―dijo con un hilo de voz.
Regina se agachó para poder quedar a su altura, y eliminó del camino una lágrima. ―Cielo, ―comenzó― es sólo un bol. Lo importante es que no te haya pasado nada ―le aseguró con una sonrisa, acariciando su mejilla y dejando que la pequeña se abrazase a ella como si el mundo se fuera a acabar.
La morena sentó a las dos en el sofá, y se sentó ella enfrente, dispuesta a contarles la verdad.
― Veréis chicas, cuando era joven, muy joven, me quedé embarazada de un chico al que quería mucho, mas creí que el bebé, tú ―añadió señalando a Elizabeth ―había muerto. Años más tarde, la historia se volvió a repetir. El segundo chico tenía los ojos azules y era un cazador. Llamé a mi hija Mérida. A donde quiero llegar es a que, Mérida, cariño ―dijo acercándose a la pequeña pelirroja, cuyos ojos grandes ojos azules la miraban con curiosidad pero también entendiendo sus palabras― ese bebé… eras tú. Tanto Liza como tú sois mis hijas.
La alcaldesa sintió todo el hielo de su corazón desaparecer cuando se puso en pie y Elizabeth la espachurró entre sus brazos, mientras que Mérida repitió el movimiento de su hermana mayor espachurrando sus piernas. La reina no lo soportó más y rompió en llanto.
Las tres pasaron la mañana juntas, riendo, con la madre respondiendo la mayoría de las preguntas, y explicando quién era Emma, quién era Henry, etc. Necesitaba que su novia y su hijo volvieran a casa pero ya. Los echaba demasiado de menos. Finalmente, llegó la hora de cenar y el timbre sonó, revelando a las dos personas con más protagonismo de la mañana.
― ¿Podemos pasar? ―preguntó Emma enfadada nada más abrió su novia la puerta.
― Eh… sí, claro, pasad ―dijo feliz, poniendo morritos, esperando un beso que nunca llegó. Madre e hijo se dirigieron al salón seguidos por Regina. Allí se encontraron a las dos chicas cantando y bailando como si el mundo no existiera. La morena ya había explicado la situación en un mensaje a su pareja, mas no esperaba visita a aquella hora. Sólo esperaba que todo saliera bien.
A lo largo de su vida, Regina había siempre experimentado la misma escena: todo lo que parece un feliz final pasa tan rápido que no puedes saborearlo, y cuando te quieres dar cuenta, ya ha desaparecido esa felicidad, como si nunca hubiera estado, como si no fuera real.
― ¡Bueno, la cena está lista ya! ―exclamó, llamando la atención de sus familiares. Elizabeth tradujo a Mérida y todos se fueron a la mesa.
Una vez sentados, todos comían en silencio, con una más que palpable tensión en el ambiente. Todo estaba dolorosamente quieto hasta que Henry se levantó de su silla, haciendo todo el ruido posible.
― Me marcho a mi habitación ―anunció con un tono de voz bastante molesto. Emprendió su marcha al dormitorio cuando la voz de su madre lo paró.
― Cariño, ten cuidado que acabo de fregar, no vaya a ser que te resbales ―advirtió sabiendo que probablemente entrara en su cuarto corriendo y sabía que podía salir herido. ―Bueno― añadió― seguro que ya se ha se… Mérida deja el plato de tu hermana que te estoy viendo ―notó Regina al ver como la segunda hamburguesa del plato de su hija mayor estaba ahora entre unas pequeña manitas.
― Maaamáááá, si ella no quiere…―refunfuñó la pelirroja con ojitos que su madre no pudo resistir, concediéndole a su hija menor el permiso para comerse la comida que Elizabeth no iba a querer.
― En fin, ―añadió Emma enojada― yo creo que me voy a ir marchando.
― Te acompaño ―dijo Elizabeth apresurada, decidida a acompañarla y a hablar con ella. Había ciertas cosas que dejar claras.
