PDV de Mérida:

Cuando me desperté tuve mucho miedo. Mamá me dijo que me fuera a dormir pronto porque había sido un día muy ajet… ajtrejea… complicado, eso es. Porque después de salir de clases nos fuimos a comprar ropa para mí, muy bonita y guay, y después, hicimos la cena las tres juntas y Liza me puso el pijama y mamá me mandó a dormir. Pero después me desperté y la luz ya no estaba encendida y busqué a Liza y a mamá en sus cuartos pero no estaban. Y me puse a llorar porque tenía miedo a la os…cu…ridad. Oscuridad, lo he dicho bien. Y grité porque tenía mucho miedo y mamá apareció con la señorita Sheriff detrás.

Tenía también miedo porque la Señorita Sheriff y mamá se había peleado y no quería que mamá lo pasara mal, aunque todos decían que la señorita Sheriff era buena. Mamá se agachó a mi lado y me abrazó para que no llorara, pero yo ya estaba triste, porque Liza me dijo que era una princesa valiente, pero las princesas valientes no lloran ni tienen miedo a la oscuridad.

Mamá dijo también que mi papá quería que fuera valiente, y ahora estaba de…descep… mal conmigo misma, como solía estar Liza, porque había dep… ¡ay, que palabras!. Sentía que ahora mis padres no estarían orgullosos (¿esa la he dicho bien?) de mí por ser una llorona y fea, porque también era fea.

Liza me decía antes que yo no era fea, que eso me lo decían los niños, cuando estábamos en España, porque no sabían lo que era una chica guapa, pero si mi hermano me lo había dicho también, era porque era verdad y era fea y tonta. Aunque a veces los hermanos son malos…

― ¡Qué pijama tan chulo, Mérida! ―dijo Emma, la señorita Sheriff, aunque yo no quería llamara Emma porque… no sé, era raro, tenía la impr… pensaba que quería hacerse la guay conmigo y con mi hermana para hacernos algo malo, y yo no quería que volvieran a hacerle algo malo a Liza. Mi pijama era un panda rosa y azul. Me gusta el azul, es mi color favorito, del mismo color que mis ojos.

― Gracias ―respondí tímida, y quise decirle a mamá que sus hijos no estaban, pero tenía miedo, no quería ser una chivata, aunque también tenía mucho miedo de dónde estuvieran ellos. Yo sólo quería volver con Unenda y que me protegiera con su cuerno mágico.

― ¿Y Henry, o Elizabeth? ― la Señorita Sheriff era tonta, no tendría que haberse asomado a las habitaciones.

―¿¡No están?! ―preguntó mamá asustada. ―Meri, cariño, escucha, voy a llamar a la Señorita Blanchard y te vas a quedar con ella, ¿vale? ―me dijo mamá acariciándome la cara y dándome un beso en la frente. Mamá, ¡no me sob…sonorbes… no, espera, eh… compres, no me compres con besos!

― Voy a llamar a mi madre, creo que ya sé por dónde buscar a Henry. Tú y mi padre deberíais ir a buscar a Elizabeth, aunque no deberíais de acercaros los dos juntos porq…

― Sé perfectamente cómo tratar a mi hija, Sheriff. Ahora haga usted su trabajo ―respondió mamá muy borde, y la rubia se calló. ¡Já, chúpate esa, rubia gritona!

Enseguida, mamá y su novia rubia salieron de casa, no sin antes decirme mamá que me fuera a dormir y que dejara la luz encendida, que pronto llegaría mi profe. La seño me caía bien. Era guapa, divertida, cariñosa y buena. Hacíamos un montón de cosas diver con ella, nos lo pasábamos genial. Escuchábamos música mientras dibujábamos, y eso estaba guay. Era una seño genial. Cuando llegó, mamá y la sheriff se marcharon, y ella subió a mi habitación.

― Hola― dijo con una sonrisa, asomándose.

― Hola, profe ― dije, saliendo de la cama, abrazándola.

― ¡Que pijama tan guay! ―dijo con una sonrisa aún más grande, cogiéndome en brazos y llevándome al salón. ―Tu madre me ha dicho que te gustan las películas, y he pensado que quizás te gustara ver una conmigo, ¿quieres? ―me preguntó mientras bajábamos las escaleras, y me gustó que me preguntara, porque la gente no me solía preguntar lo que me gustaba, pero ella y mamá y Liza si lo hacían, y eso estaba guay, porque podía decidir por mí misma.

Bajamos a la cocina, y me preparó un chocolate, y después vimos una peli que se llamaba Monstruos S.A, ¡y era preciosa! Lo pasé fatal en la escena de "gatito tiene que irse", y nada más terminar, me cogió en brazos y me llevó a la cama y me arropó, como hacía mamá. Y enseguida me dormí, esperando que mi familia estuviera bien.


PDV de Emma:

Cuando salí de la casa no pude evitar sentir una bola en mi estómago. Me sentía como la peor mierda, de verdad que lo hacía. No podía evitar pensar en su manera, fría y distante de tratarme, como solo lo había hecho durante la maldición. La había cagado pero bien. Juro que yo no quería romper, pero tenía muchísimo miedo. Miedo de que me dejara de lado por sus hijas, de no ser lo suficientemente buena. Miedo, y como siempre, la mejor opción era huir y hacerle daño. Pero también había otra preocupación, mi hijo. Era totalmente cierto que estos últimos días había estado actuando raro, y tenía la sospecha de que había comenzado a fumar. No le importaban los estudios, ni la familia, sólo estar aislado, solo, retirado del mundo. No quería verlo así, yo misma había pasado por eso y no era agradable, os lo puedo asegurar. Echaba de menos al Henry optimista y alegre, ese que siempre quería que el bien triunfara. Ese que sólo necesitaba una familia para ser feliz.

Fui hasta el castillo en el que solía esconderse a reflexionar y allí estaba, con una colilla en la mano. ¡LO SABÍA, SERÁ CABRÓN EL NIÑO!

― Henry, suelta eso y vente conmigo ―le ordené, utilizado mi tono de madre mala que te castigará si no la obedeces.

― Déjame en paz, ¿o es que acaso vas a venir ahora a fingir que eres la madre del año? ―auch, sus palabras dolieron. Era cierto que en comparación con Regina, y por mucho que el resto del mundo me lo negara, era una madre terrible, pero yo sólo quería lo mejor para mi niño. Sólo quería que volviera a ser el que era antes, que volviera mi pequeño. Ahora, simplemente lo veía como un adulto gruñón dentro del cuerpo de un adolescente amargado.

― No tienes ningún derecho a hablarme así. Ahora, mueve tu culo al coche o te juro que verás mi lado oscuro ―le advertí, y lo ví tirar el cigarro al suelo, pisarlo y marcharse en dirección a mi escarabajo. Amaba a mi hijo con todo mi ser, pero a veces, y sólo a veces, podía ser muy insoportable

Henry montó en el coche y yo me dispuse a hablar con él, iba a ser una larga noche:

― ¿Qué le has dicho a Mérida?

― Lo que se merece saber.

― Henry… ―le advertí.

― Que ojalá estuviera muerta. No exactamente con esas palabras, pero… sí, básicamente la idea general es que ojalá no existiera ―me confesó con una mirada culpable que se veía realmente sincera. Sabía que Henry no era malo, sólo estaba pasando por un mal momento, como todos. La llegada de esas niñas no había alterado y, por lo menos yo, sabía que no era justo odiar a unas niñas que no tenían culpa de nada; de hecho, me veía a mí misma reflejada en esas chicas, pero aun así…


PDV general:

Regina llegó al claro del bosque en el que tanto como Elizabeth como Mérida aparecieron y encontró a su hija acurrucada junto a un árbol. Sintió una empatía terrible, no podía dejar de verse a sí misma en su pequeña. Era más alta que ella, madura, sonriente, pero ahora, Liza sólo era una bolita consumida por el llanto y el sentimiento de abandono. Regina se acercó, y se agachó a su lado:

― Hola cielo.

― Lo siento ―declaró Elizabeth sin mirar a su madre, con su cabeza aún entre sus rodillas.

― ¿Por qué? ―preguntó confusa la morena. ¿Qué podría haber hecho malo su hijita?

― Porque… ―dijo mientras su voz se quebraba al recordar ese momento― estuve a punto de empujar a Henry por las escaleras.

― ¿Cómo? ―la morena no salía de su asombro, ¿Elizabeth, capaz de hacer daño a alguien?

― Lo vi en las escaleras y… dios, me he sacrificado tanto por Meri, que… joder… no podía dejar que nadie le hiciera daño ―dijo sollozando, sorbiendo la nariz, se notaba que sufría. ― Yo no quería hacer daño a nadie, te lo juro, pero no podía dejar que sufriera, verla llorar me rompe ―declaró.

― ¿Qué te parece si nos vamos a casa? ―le preguntó Regina, acariciando su pelo, reconfortándola. Ella mejor que nadie sabía lo que era arrepentirse al hacer daño al alguien, aun sintiendo que debías hacerlo, porque ella no se volvió mala instantáneamente. Así que ambas Mills se marcharon a casa.

Una vez, en casa, Henry estaba acostado, así como Mérida. Elizabeth se fue a cambiarse y finalmente, Emma y Regina se quedaron solas en el vestíbulo.

― Bueno… pues, aquí estamos ―comenzó Emma, incómoda.

― Sí… día agitado, ¿eh? ―replicó Regina no más cómoda con la situación. ― Verás, Emma, yo… lamento mi manera de hablarte.

― Yo la mía de actuar. Sé que fuimos muy rápido en la relación, y quizás ese sea el motivo por el que hayamos tenido un bache…

― No ha sido un bache, Em, ha sido el Everest ―corrigió la morena.

― Bueno, pues eso, que… que he estado pensando y voy a enamorarte tal y como te mereces ― le dijo Emma.

― ¿Vas a llevarme a una cita o qué? ―inquirió con una ceja alzada su interlocutora, aguantando una sonrisa.

― Por lo pronto, ―Emma se acercó hasta que unos dos centímetros separaban sus bocas ― voy a besarte ―concluyó cerrando el espacio y besándola.

Fue un beso dulce, como el primer beso en la primera cita, uno de esos besos que te dejan con ganas de más, que te prometen que esto sólo es el principio, pero que la historia continua. Un beso que decía que esto sólo acababa de comenzar, y que nunca, nunca jamás, terminaría.