― Hey… ¿estás lista?
― Sí. ¿Y esas gafas? ―preguntó la joven mirando a su exnovia. ¿Desde cuándo Emma llevaba gafas?
― Eh, sí, bueno, es que llevo gafas. Suelo llevar lentillas y tal, pero bueno, pensé en que, si quería arreglar esa relación con una cita como debe ser, pues… debía, ya sabes, guardarme algo para contarte, ¿no crees? ―soltó Emma con muchas más pausas de las que le hubiera gustado. ¿Es que no le gustaban las gafas? Dijo que le gustaban las cosas naturales, eso era natural. Bueno, se suponía.
― Sí, ―sonrió Regina― es cierto.
― Bueno, el carruaje la espera, señorita ―dijo señalando una moto Vespa de color rojo intenso. Sabía que a la morena le gustaría aquello, claro que lo sabía. Pero lo que Emma no se esperaba era que la recta y fría alcaldesa de Storybrooke pegara un gritito y la espachurrara contra sus delgados brazos que tenían más fuerza de la aparente. Eso era épico.
Y como hecho épico que era, Elizabeth se dedicó a retratarlo, llamando la atención de la rubia más mayor.
― ¡Eh, qué haces?! ―gritó Emma para que desde el balcón la adolescente pudiera oír.
― Inmortalizar una cita de película. ¡Pasároslo bien! ―exclamó feliz, entrando en casa. Quizás Emma no le cayera muy allá, pero su madre se merecía ser feliz. Y si esa felicidad venía de la mano de una sheriff sin modales, bienvenido fuera.
Mientras la joven expareja intentaba arreglar su situación, Elizabeth se aseguró de que Mérida estuviera durmiendo y se encaminó a la habitación de Henry, que estaba estudiando Francés.
― ¿Puedo pasar? ―preguntó desde fuera.
― Ni preguntar puedes ―le replicó el muchacho enfadado. Mas Elizabeth hizo oídos sordos y entró.
― Verás, Henry, lo siento. Sé que mi comportamiento no ha sido el mejor, pero…
― ¡Basta! ―interrumpió, furioso. ― Eres lo peor y, sabes qué, que me he cansado de ti. A partir de ahora, estarás alejado de mi familia, de mis amigos, de mi novia… de todos. Tanto Mérida como tú estaréis alejados, o si no, tu sucio secretito saldrá a la luz ―reveló con una maquiavélica sonrisa. Elizabeth palideció. Oh, no, lo sabía. ¿Pero cómo? Se había esforzado por disimular, pero parecía ser que el castaño era más avispado de lo que ella creía. Sopesó los pros y los contras, y a regañadientes, dijo:
― ¿Qué tenemos que hacer?
― Así me gusta. Verás, no llamaréis a mamá como mama, si no por su nombre. No te acercarás a Derek, ni a Ashton, ni mucho menos a Grace. Nadie de mi círculo de amigos ―aclaró. ― Por supuesto, el resto de mi familia estará en la misma situación de mi madre. Y Mérida acatará las mismas órdenes que tú. Si no me obedeces, ―continuó, con una mirada oscura que asustó a la joven bruja ― atente a las consecuencias, que créeme, serán desastrosas para ti. Nadie querría a una niña tan defectuosa ―concluyó, saliendo de su habitación dirigiéndose a la de Mérida, hasta que las delgadas manos de su hermana atraparon su brazo, clavando sus uñas con fuerza.
― Esto es entre tú y yo, capullo. Deja a mi hermana fuera, ella no se merece sufrir.
― Nadie es inocente en este mundo ―dijo Henry. ―Y si no me crees, pregúntale a tu querida Blanca.
Tras aquella frase, Elizabeth se quedó pensando. ¿Quería decir aquello que Mary Margaret había mentido con respecto a… lo que ocurrió con su padre?
Ambas llegaron a un tramo de la playa que solía estar desierto. Bajaron y Emma puso una venda alrededor de los ojos de la reina.
― Em, me voy a caer, te aviso, que yo soy muy patosa ―dijo Regina, asustada. No le gustaban las sorpresas. Las sorpresas no significaban nada bueno en su vida; nunca lo había sido. Pero aun así, y a pesar de que no quisiera, confiaba en Emma Swan; amar es lo que tiene.
Avanzaron juntas hasta el lugar, rodeado de velas y con comida.
― Vaya… ―susurró emocionada la más mayor al ver aquel precioso escenario. Jamás había tenido una cita así, y era fabuloso. ― ¿Esto es para mí? ―preguntó con un hilito de voz.
― Esto es para ti, como lo es mi corazón.
Probablemente en ese momento apareciera Blanca potando arcoíris con las palabras "cursi romanticona" impresas, pero Regina no lo veía como una cursilería –cosa rara en ella-. Porque, cuando era ella la que recibía todas esas empalagosas atenciones, ya no era cursi. Era adorable, muchísimo. Nunca lo admitiría, pero siempre había soñado con su cuento de hadas, como esos que solía escribir de pequeña para evadirse de la cruel vida que tuvo que vivir. Y, pequeñas escenas como estas, la hacían creer ciegamente que un final feliz era posible para un alma tan torturada como la suya.
― Bueno, cuéntame ―dijo Emma, sentándose, rompiendo aquel cómodo silencio. ― ¿Qué hay de usted, señorita Mills?
― Yo… bueno, podría contarte un par de cosas ―dijo con una pequeña sonrisa, sentándose junto a la rubia. ― Como, por ejemplo, una cosa con la que podrías chantajear a tu madre.
― Uy, cuenta, cuenta, soy todo oídos.
― Pues verás, cuando tenía unos trece años, bueno, casi ―se autocorrigió―, se quedó dormida debajo de una mesa, su mesa de estudio. No me preguntes cómo, sólo sé que estuve dos horas buscándola por todo el castillo, y finamente, me la encontré debajo de la mesa con la baba colgando. Literalmente ―dijo, haciendo que Emma no pudiera aguantar más la risa y acabara riéndose a más no poder. Oh, dios, le habría encantado estar allí.
― Pero eso no es lo mejor ―continuo la morena, ― porque aquella noche había un baile. Y bueno, ella se puso a bailar con un noble y él se me quedó mirando.
― ¿En serio? Déjame adivinar, te puso la zancadilla ―dijo Emma.
― No, peor, me llevó a una parte apartada una vez acabada la fiesta y me tiró una bebida al escote. Me tuve que marchar al castillo con la mancha y frío, y en el carruaje, se quedó dormida. Sobre mi escote. Me llenó el escote de babas… ―finalizó con una mueca de lo más cómico y la sheriff no pudo suprimir las lágrimas y las carcajadas al imaginar aquella extraña escena.
― Parece que la princesita nos ha salido celosa, ¿eh?
― Pero aún hay cosas peores ―añadió Regina.
― ¿Cómo qué?
― Como que tu hijo use un tampón tuyo como torpedo.
― ¿Qué cojones… ―exclamó sin poder contener otra risa.
― Sí, verás, Henry se metió a mi baño, cuando tenía no más de cinco años, y me robó un tampón, y apareció en mi despacho, lanzándome el tampón, diciendo que derrocaría a la reina con un tampón e impondría su dictadura. No tenía ni puñetera idea de lo que era una dictadura, pero le gustaba hacerse el interesante ―terminó con la historia y vio a su exnovia haciendo la croqueta por el suelo descojonándose. ― Y aún hay más. No olvidemos ese maravilloso momento en el que tu madre acababa de darle el libro y se puso a clavarle la jeringuilla de los medicamentos a las frutas, sobre todo manzanas, para extraer el veneno, porque él no tenía ni quería un príncipe azul para que lo salvara ―relató Regina intentando contener la risa. Oh, aquellos idílicos momentos… aquellos momentos valían oro.
Ambas se marcharon a la moto. Ya se estaba haciendo tarde y estaba comenzando a hacer frío. Decidieron que marcharse sería lo mejor, estaban cansadas.
Pero había valido la pena. Para Emma, todo el esfuerzo, todos los disgustos, habían merecido la pena, solo por ver la sonrisa de la mujer a la que más amaba. Llegaron finalmente a la mansión blanca y Emma acompañó a la puerta a Regina.
― Bueno, tú te quedas aquí ―dijo Emma, recolocándose las gafas con un dedo, dejándose un mechón rubio entre su ojo y la lente, impidiendo una buena visión.
― Ha sido una noche fabulosa ―comentó sonriente la morena, retirándole el mechón traicionero y besándola suavemente en los labios.
Y, mientras las dos mujeres se besaban de nuevo y se despedía, una solitaria lágrima surcaba la mejilla de cierta rubia que ya tenía preparada su mochila y miraba a través de la ventana como esta vez era ella la que renunciaba a la familia, y no la familia quien renunciaba a ella.
