Lo siento, de verdad. Sé que toda esta espera no tiene perdón alguno, pero en mi defensa diré que la inspiración se fugó. Este capítulo es… bueno, ya lo veréis. Quizá penséis que es el fin de la historia, pero aún quedan unos cuantos capítulos porque… va a volver… nah, mejor no lo digo que no me gustan los spoilers. En fin, a ¡leer!

― Venga, vamos, tenemos que marcharnos ―le susurró zarandeándola, intentando despertarla.

― Hmhmh…

― Mérida, vamos, tenemos que marcharnos.

La pelirroja finalmente se despertó y miró a su hermana con un gesto indescifrable. ¿Irse, a dónde?

― ¿A dónde?

― Tenemos que irnos de aquí.

― ¿¡QUÉ!? ―gritó alterada al darse cuenta de lo que su hermana quería. ― ¡No, no podemos irnos!

― Shh, cállate o los despertarás.

― ¡No! ¡No nos marcharemos! ―Mérida se enfadó y Elizabeth intentó sacarla de ahí, pero no lo consiguió. La pequeña se agarró fuertemente a las sábanas, en un claro estado de pánico. No quería marcharse. No podía marcharse. Estaba tan feliz allí… finalmente tenía una familia, unos orígenes, algo de lo que partir. Los sentimientos de amabas hermanas chocaron, formándose una humedad insoportable en la sala, mientras que una electricidad que nadie sabía de dónde salía aumentaba, chisporroteando y quemando ligeramente las paredes, pues rebotaba de un lado a otro, destrozando poco a poco la habitación. La magia de ambas, electricidad y agua se entremezcló y alarmó a toda la familia. Y cuando se asomaron, Mérida era una bolita tirada en un charco que tenía su habitación carbonizada y a la vez mojada, y que lloraba.

― Hey, cariño, tranquila, ¿qué pasa? ―preguntó Regina poniéndose a su altura, obligándola a mirarla.

― Liz se quiere marchar ―lloró desesperada. ―Quiere huir. Por favor, no la dejéis sola, no quiero que muera.

― ¿Morir? ―preguntó de nuevo preocupada.

― Se referirá a cortarse las venas ―dijo Henry como si nada, apoyado en el marco de la puerta. Su madre se giró para él y después para la menor de la familia. Y tras aquellos segundos de desconcierto, corrió a su dormitorio y se vistió, dispuesta a encontrar a su pequeña fuera como fuese. Henry estaba a punto de marcharse, cuando su hermana pequeña alzó la voz llena de rabia.

— ¿¡POR QUÉ LA ODIAS?! ¿¡POR QUÉ QUIERES MATARLA?! —gritó la pequeña, mientras el agua comenzaba a inundar los pulmones del chico. — ¿¡POR QUÉ?! —gritó histérica mientras lloraba; y Henry creyó que estaba a punto de morir, hasta que su hermana rompió en llanto y el agua desapareció. Inhaló fuertemente y miró a la niña, que estaba tirada en el suelo, roja de llanto, desesperada.

Regina se vistió y salió pitando, y le dijo a David y a Snow que la acompañaran. Finalmente, fue David quien se quedó cuidando de la niña pelirroja, mientras su mujer y su nuera se iban a buscar a una niña que, obviamente, estaba mal. Una vez se montaron en el coche, Snow rompió en llanto.

— Tú tienes algo que ver —sentenció la morena, sintiendo la rabia crecer dentro de ella. Esa mujer ya le quitó lo que más amaba una vez, pero dos… no lo permitiría.

— Me llamó de madrugada. —comenzó a relatar entre sollozos. —Me preguntó qué había pasado con mi padre, que porqué yo tenía algo que ver. Le conté la verdad, no sabía qué hacer. Ni siquiera sé cómo se ha enterado. Sólo sé que le pasa algo —dijo, sin saber si debía de expresar su opinión. — Regina, ¿por qué tengo la sensación de que esto ya ha pasado?

— ¿Qué sabes? —preguntó la reina, quien ahora sabía qué estaba pasando. Snow era la persona más cercana a Elizabeth, a excepción de ella misma y Mérida. Estaba cien por cien segura de que había sido su hijo quien había intervenido en aquello, y podía imaginarse como de traicionada debía de sentirse su hija al darse cuenta de que una persona en quien confiaba, la había traicionado al mentirle de esa manera. Comprendía que para Snow no era un tema fácil, y que hubiera mentido al no encontrar la respuesta; pero también comprendía que su pequeña, que sólo quería un poco de claridad en ese embrollo, estuviera dolida. Y por otra parte… Snow tenía el mismo presentimiento que llevaba teniendo ella desde hacía unos días: ellas ya habían pasado por eso antes.

El coche arrancó y ambas partieron sin un rumbo fijo.

Por otra parte, en la casa, David abrazaba a la pequeña pelirroja que tenía sobre su regazo, que sólo deseaba encontrar a su hermana y que, por favor, por favor, estuviera bien.

— ¿Por qué se ha marchado? —preguntó calmadamente el rubio. No podía alterarse, por mucho que quisiera. Debía de tranquilizarse y tranquilizar a Mérida

— N-no lo sé, yo… yo no sé, pero cuando está sola da miedo, hace cosas ma-malas —tartamudeó.

— ¿Como cuáles? —preguntó de nuevo Charming, intrigado, temiéndose lo peor.

— Tiene una cuchilla. Es muy finita y pequeña, y está muy escondida, y sus heridas son muy grandes, pero las necesitas, las necesita —decía automáticamente, pero a la vez con miedo. Eso era algo que Elizabeth prohibió que contara a absolutamente nadie. Pero, Mérida y su preocupación… no podía dejarla así.

En el pueblo se desató una tormenta eléctrica que atemorizaba a todo el mundo. Sólo se recordaba una tormenta así, hacía muchos años en el Bosque Encantado. Nadie salió en todo el día de sus casas, temerosos de morir por culpa de aquella tormenta. Los rayos rasgaban el negruzco cielo; la lluvia caía fuertemente, sus gotas chocando violentamente contra el suelo. El coche de la profesora conducía rápido pero con cuidado, pues decidieron que iban a buscar en la playa, y el camino a la playa no era de los más seguros del pueblo. Ambas deseaban encontrarla pronto, fuera como fuese.

Dada la tormenta, Regina intuía que Elizabeth estaba más que nerviosa, pero, ¿quién podía culparla? Toda su vida había estado sola, cuidando de Mérida, maltratada, despreciada. Ahora que parecía que de una vez por todas iba a tener una vida estable, llegaba el hijo de su madre y comenzaba de nuevo el sufrimiento. Sabía cómo se sentía su pequeña; situaciones críticas te llevaban a hacer cosas terribles. Su niña (porque no olvidemos que, por muy madura que fuera, seguía siendo una niña) estaba asustada y ocultaba un secreto, y la reina tenía la impresión de haberlo sabido en algún momento… y una bombillita se encendió. La maldición. Lo habían olvidado todo por la maldición. El año perdido. Su instantánea conexión. Esto tenía todo un claro sentido. Ellas ya conocían al resto de la familia de antes. La maldición las separó, de nuevo. Pero tanto Snow como Regina conocían a las dos niñas de antes.

— Snow, escucha, voy a ir a hablar con Gold, tú ve a buscarla, ¿vale? —dijo Regina, mirando fijamente a los ojos a su hijastra, abrazándola, deseando que todo saliera bien.

— P-pero… ¿cómo voy a hacer esto yo sola? ¿Qué ha-hago si la encuentro? —cuestionó nerviosa, aferrándose a las manos de su madrastra.

— Sabrás qué hacer, lo sé —resolvió, guiñándole un ojo en señal cómplice. Porque sabía de sobra que, si se encontraban, podrían entenderse. Ahora todo cuadraba en su cabeza. El hecho de que tanto Snow como ella hubieran encajado tan bien con ambas hermanas. El hecho de que Mérida parecía confiar en David a pesar de haber estado muy poco tiempo junto a él. Se conocían de antes. Y como la zorra de su hermana no estaba en condiciones de darle respuestas, tendría que acudir al diablo.

Se materializó en la tienda de Gold, con la malísima suerte de chocar con su… lo que fuera que fuese.

— ¿Qué haces tú aquí, Swan? —preguntó enfadada con el mundo y con ella. Todo aquel que hubiera tratado mal a su hija estorbaba en su camino.

— Henry me ha dicho lo que han hecho —contestó enfadada la rubia.

— ¿Y no te ha dicho lo que ha hecho él? —escupió con rabia.

— Él es un santo —declaró firmemente Emma.

— Él quiere destruirlas, y no lo voy a permitir —sentenció marchándose a paso firme a la trastienda del lugar.

— No te acerques a mi hijo, Regina, porque no sabes lo que soy capaz de hacer —la mirada de la sheriff y la de la alcaldesa se encontraron, furiosas y hambrientas. Henry le había dicho que su libro había cambiado, y que ahora enseñaba la historia de esas dos niñas junto a su madre en el bosque encantado. La tensión era palpable entre ambas mujeres, y ambas acortaron, así, la distancia que las separaban. Se besaron con pasión, con ira, con hambre. Se besaron y se miraron fijamente.

— Quien juega con fuego se quema, Swan, y sería una pena que acabaras siendo cisne chamuscado —le dijo venenosamente Regina, agarrándola fuertemente de las solapas de la chaqueta.

— ¿Me está amenazando, señora alcaldesa? —replicó Emma agarrándola fuertemente de las manos. Las dos sintieron la electricidad y un fuerte rayo que partió la acera de enfrente del local las sacó de su ensoñación. Sólo en ese momento las dos se dieron cuenta del peligro que corrían.

— Tú ve a por Henry, yo a por Elizabeth —ordenó la morena, encaminándose a la puerta.

— Regina —llamó Emma.

— ¿Sí?

Emma se acercó y la besó suavemente. Entrelazaron sus lenguas y apoyaron sus frentes una contra la otra.

— Ten cuidado, ¿vale? —le susurró, — te necesito entera para la boda —dijo finalmente, sonriendo, desapareciendo tras una nube naranja.

Fue entonces cuando Regina notó algo que raspaba en su pecho izquierdo. Metió la mano dentro del sujetador y… había una nota. Espera, espera… ¡una nota!

"Serías capaz de casarte con la mujer más idiota del mundo, ¿verdad?"

La reina sonrió como una tonta y guardó la nota en el lugar en el que Emma la dejó. Ahora, lo principal era su hija.

Salió del local y se encaminó al coche. La proposición de matrimonio le recordó que había un lugar en el que probablemente encontraría a su hija. Hasta que el móvil sonó.

— Voy a hablar con ella —dijo Snow al teléfono, con una gran exhalación. —Hasta luego, Regina, y ahora me debes una.

Colgó y, con un gran suspiro, salió del coche. La lluvia y el fuerte viento la recibieron, pero no podía marcharse. No mientras siguieran llegando imágenes a su cabeza. Se acercó cautelosa a la orilla de la playa, las olas bravas atacando despiadadamente la arena.

— Liz…

— Snowcita —dijo con una sonrisa, girándose, con los ojos rojos de tanto llorar. La tormenta eléctrica pareció menguar un poquitín y Snow se acercó sin miedo. Cuando sus orbes verdes conectaron con los marrones de la joven, los recuerdos la acecharon. Recordaba sus conversaciones mientras miraban las estrellas. Recordaba todo: cómo la enseñó a usar el arco; cómo la siguió cuando se fue a verlo; cómo la ayudó a prepararse para su primer baile… Zelena le quitó sus recuerdos con su hermanastra, pero eso se había acabado. Ahora lo recordaba todo, era como si millones de años hubieran transcurrido desde que la vio yacer en aquella cama, pálida, dormida, mortecina. La había extrañado a rabiar.

Asediada por las escenas de su pasado junto a aquella curiosa y sarcástica chica, corrió a su encuentro y la abrazó. La abrazó como si el mundo se fuera a acabar y lloró en su hombro. Por sus bromas. Por sus consejos. Por sus "eres la mejor hermana del mundo". Por sus correcciones del "hermana" por "hermanastra". Porque la quería demasiado como para dejarla ir ahora que la había encontrado.

— Bethy —susurró con la voz entrecortada, y Elizabeth rompió en llanto. Ahora sus sueños tenían sentido. Ahora todo tenía sentido. Y porque sólo ella la llamaba Bethy. Porque sólo ella podía hacer algo tan maravilloso como darle consejos sobre amor junto a la tumba de su padre sin que quisiera freírla como a un huevo. Porque era la mejor hermanastra que jamás tendría, aunque tampoco es que quisiera otra.

Estaba en casa. Elizabeth estaba en casa. Desde hacía un año, tanto Mérida como ella habían estado teniendo sueños extraños y se habían sentido fuera de lugar, incompletas. Pero ahora estaba todo en su sitio. Estaban juntas.

Un grito las separó.

— ¡Aléjate! —dijo un muchacho, que no era, ni más ni menos, que Derek. Derek era uno de los pocos habitantes juveniles del pueblo que no odiaban a Henry por ser hijo de Regina, o de la Reina Malvada. No. A él no le importaba, a él le importaba quién era el chico, pero en otro sentido. Derek era un muchacho de raza negra, muy muy alto, con el pelo negro y los ojos negros. Era un par de años mayor que Elizabeth y la amaba. Oh, de eso no había duda alguna. Derek y Elizabeth se conocieron en el Bosque Encantado, cuando por arte de magia las hermanas Mills aterrizaron en medio de una colina y ocuparon una mansión abandonada que pertenecía, irónicamente, a la familia Mills. Es decir, a ellas. Derek vivía no muy lejos y Elizabeth lo salvó de una muerte segura en un incendio en su cabaña. Tras aquello, hablaron y se conocieron, y tan sólo unas semanas después se dieron cuenta de que no podían vivir separados.

Snow y Elizabeth se giraron y vieron a un colérico Henry con un arma en la mano. El arma de Emma.

Derek corrió hacia la que seguía siendo su novia, a la que tanto había extrañado y con la que tan unido había estado desde que la conoció en Storybrooke.

— ¡Márchate! —ordenó por encima de los crecientes truenos la rubia, y Derek sonrió.

— Siempre tan mandona, princesita, y no pareces darte cuenta de que yo soy republicano —gritó de vuelta, haciéndola sonreír. Hasta que Henry disparó el arma y le dio de lleno a…

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