Hola!

Un gusto volver a subir capitulo. Aquí les traigo el capitulo 4. Como está muy cortito para el fin de semana subiré otro. Es que ando batallando bastante para acostumbrarme a escribir en la mini laptop. XD

Un saludo a ELIZABETHSHANE quien le gusta la historia y mucho.

A Orkidea16 quien me motiva sus comentarios respecto a que mejore la ortografía. Enserio muchas gracias porque aunque no lo creas trato que no pase.

Sasunaka doki espero que te guste este capítulo ;)

Dejen comentario que eso me motiva a seguir con la historia. Saludos.

Disfrútenlo

CAPITULO 4

Kagome había soñado con esa noche todos los días de su vida.

La respiración de Inuyasha le hizo cosquillas.

"Deseaba este momento." Susurro Inuyasha en el oído de la joven, mientras caminaban al agradable lago, propiedad de familia.

La magia de la música los envolvía, el aire era fresco; las estrellas resplandecían, como si quisieran estallar, y todas y cada una de las antorchas de la vereda ardían solo para ellos dos.

"Te ame nada más verte." Murmuro el joven con un sonrojo en la cara.

Kagome se aparto y levanto la vista hacia él, y no pudo evitarlo: se rio en sus narices.

"La primera vez que me viste quizá era solo una bebe. La primera vez que reparaste en mi solo tenía once años."

"¡Me refería a…!" Inuyasha bufo.

"Te referías a que me amaste solo de verme hoy." Inuyasha parecía incomodo, y la alegría de Kagome alcanzo su cumbre. "No te acuerdas de mí a los once años, ¿verdad?" Por supuesto que no se acordaba. Pero a ella no le importaba; nada podía arruinar aquella noche perfecta. "me pusiste el pie para que me callera."

"¡No es posible!" Protesto Inuyasha arrugando el entrecejo, mientras trataba de ocultar una sonrisa.

"Y después te reíste de la forma más burlona que en mi vida he escuchado." Kagome mantenía un tono de voz dulce, suave y bajo; tal como el conde Kouga le había enseñado. "Pero eras un niño. Yo tenía once y tu dieciséis, y al caerme rompí mi mejor kimono."

Kagome no se avergonzaba de sus orígenes; no se permitiría fingir alguien que no era. El tendría que aceptarla como la hija del jardinero o no habría nada que hacer. Si algo había aprendido en parís, era que una mujer que se tuviera estima, podría tener lo que quisiera.

Y Kagome quería a Inuyasha.

"Me puse a llorar y tú me levantaste en tus brazos, hasta llevarme al estudio de tu padre."

Sus pasos disminuyeron mientras Inuyasha prestaba atención.

"Yo le tenía un miedo terrible al comandante Inu no Taisho, pero tu confesaste lo que habías hecho, y antes de que llegara el domingo siguiente, tenía un kimono nuevo y me enamore como loca."

A Inuyasha le gusto eso; arrugo el entrecejo y en su mejilla apareció un hoyuelo.

"¿Te enamoraste de mi padre?" bromeo.

"Todos los varones Taisho son irresistibles." Contesto Kagome.

"Pero el mas irresistible soy yo."

Kagome fingió meditarlo. Inuyasha se inclino hacia ella.

Casi se estaban besando, y semejante acción arruinaría los planes. Kagome sabía que una mujer podía manejar con facilidad a un hombre encaprichado y más aun si este hombre veía a su presa deseada muy lejos de sus garras.

"Tendré que averiguar que tu lo eres."

El sonrió con arrogancia. Inuyasha volvió a su posición original y la jalo un poco para poder seguir caminando.

Kagome sabía que eso detendría un momento al joven. Entonces recordó al señor Sesshomaru, que para ella era bastante resistible, a comparación de su hermano.

Por Inuyasha, valía la pena luchar con unos cuantos demonios, y Sesshomaru Taisho era el más peligroso de todos. Él era el responsable de aquellos desdichados espósales que estaban a punto de arruinar los planes de Kagome. Kaede le había confesado que Sesshomaru Taisho había empujado a Inuyasha a los brazos de Lady Kikyo, una chica cuyos únicos atributos eran el dinero y un titulo.

Una chica que, recordaba Kagome, era torpe, sosa y con la piel llena de granos, y tan encaprichada por Inuyasha como ella misma.

Kagome odiaba que ella fuese su prometida.

Ella recordó las palabras que hacia muchísimo tiempo el joven Kouga le había dicho: "Kagome, un sueño solo merece la pena si estas dispuesta a cumplirlo."

Así que lucharía. Lucharía por parís y su querido amigo Kouga y los últimos cuatro años de soledad, maduración y aprendizaje de cómo ser la mujer más interesante de todo el continente.

Ningún frio y aburrido Sesshomaru Taisho la detendría.

Se acerco al oído de Inuyasha y murmuro: "me encantaría beber algo de sake, el mejor de la mansión. Me gustaría beberlo en el kiosco que está en el lago, mientras la luna nos ilumina, y bailamos como lo hacen en Francia."

Inuyasha se aparto sorprendido.

"¿También me espiabas allí?"

Porque en el kiosco, era donde Inuyasha llevaba a aquellas otras chicas, durante las noches de fiesta. Allí bebían, y después las besaba. Kagome los espiaba a traves de los arbustos, esperando ser la chica que besara Inuyasha.

"Te espero ahí, tu ve por las cosas." Kagome le guiño un ojo y enseguida camino rápidamente por la vereda.

Casi podía escuchar la voz de su padre diciendo: "El no te ama."

Pero ella apenas había comenzado a luchar.

A medida que avanzaba las antorchas comenzaban a disminuir en número. La familia utilizaba la iluminación para mantener aproximados a sus invitados a la mansión, y la vereda poco iluminada se abría entre ella, serpenteante. No le importaba, sabia como llegar a cada rincón de los terrenos.

Corrió esperando no tropezar debido a sus zapatillas. Sus pies se lastimaron al haber tantas rocas clavadas en la tierra, parecía un cuerpo extraño en una tierra conocida. Tal vez era porque ella misma se sentía una extraña en aquel que había sido su hogar.

Se detuvo al llegar al kiosco; por fin había llegado a ese lugar tan romántico, cálido, perfecto; junto a un lago que hacía que todo pareciera divino. El lugar parecía encantado. Por el día la neblina cubría casi toda la visión del agua y el kiosco dando un efecto como de estar envuelto en nubes. Y en la noche, la roja madera brillaba en el agua como si este fuera un espejo tacado por algún espectro lunar juguetón.

Despacio subió los nueve escalones de madera que crujieron debajo de sus pies, y al entrar, diviso como toda la mansión era percibida desde ahí. La construcción del kiosco estaba hecha para ello, para observar los terrenos desde la entrada al palacio hasta los límites con el bosque.

Kagome se acerco con cautela por si la madera vieja se rompía, pero esta nunca lo hizo, y con confianza llevo sus pies hasta los postes de madera para descansar su espalda ahí mientras miraba como Inuyasha seguía en el jardín.

Estaba atrapado. No podía ir a reunirse con ella, porque estaba Lord Kaneshiro y su esposa hablando con él; y una joven… una chica bastante atractiva, alta y bonita, aunque su semblante era serio, eso no le quitaba ni una pisca de su perfección.

Kagome apoyo las manos en la madera.

¿Quién era esa mujer? Tenía el cabello negro y las luces de las antorchas lo hacían ver igual que el ala de un cuervo. Sus labios eran arqueados e invitaban a probarlos. En la tez blanca y suave de la chica no se veía ni un solo grano. Y sus ojos… sus ojos eran negros y grandes, y los mantenía fijos en Inuyasha con una expresión de frialdad absoluta.

De pronto, Kagome cayó en cuenta. Ella era Lady Kikyo, su rival. Aquella preciosa mujer sería a la que Kagome libraría de marido. Kagome se apretó la mano en el pecho. Ojala y nunca hubiese visto a Kikyo. Así no sentiría esa… culpa.

Se sentía culpable pensando en que iba a herir a Kikyo.

Kagome jamás podría olvidarse de ella. Ella nunca la había tratado mal en sus múltiples visitas a la mansión, pero si la miraba de forma horriblemente cruel. No le contaría a nadie el día en el que Inuyasha había entregado el Kimono nuevo a Kagome, y Kikyo arrojo al suelo un jarrón de porcelana que llevaba en la familia mas de doscientos años.

No sabía porque se sentía así. La joven lo tenía todo, era hermosísima, tenia una fortuna, padres que la adoraban… No sabía lo que era un trabajo, y seguro que no tenía idea de lo que era quedarse hasta altas horas de la noche rehaciendo la ropa que habría aceptado de la esposa del embajador. Pero había algo en su expresión mientras miraba a Inuyasha… Como si realmente lo amara. Bueno era una lástima que aquella bonita mujer sufriera, no ella. Ya no.

Nunca más.

Entonces, alguien más se unió con el sequito y la mirada de Kagome se torno fiera. Sesshomaru Taisho. Era él quien estaba arruinando sus planes. Era él quien en verdad merecía sufrir. Claro, Kagome entendía que si no hubiese sido por él, ella no se encontraría en la mansión. Pero ella no le agradecería.

Sesshomaru hizo una reverencia, dijo algo y se quedo viendo al grupo de manera solemne. Hasta donde Kagome podía recordar, siempre había sido él oscuro, frio, soberbio, formal y distante señor Taisho, ensombrecido por el galán de Inuyasha. Y a pesar de ser así, la servidumbre se negaba a hablar mal de él.

Kagome sabía muy bien todo lo que le debía al señor Taisho. Él era el que había insistido en que se fuera al instituto, y quien había pagado las cuentas iniciales. Ella se los devolvió con su primer ingreso; Kagome no soportaba estar aun más en deuda con él. Así que cuando llego la oferta de él para trabajar en la mansión Taisho como la institutriz de sus hijas, había decidido hacerlo.

E Inuyasha también estaría en la mansión.

El pequeño grupo parecía alborotado, ya que Lord Kaneshiro parecía hablarle de manera acalorado, mientras que su esposa lo sujetaba del brazo. Lady Kikyo solo miraba de manera acusatoria a su prometido. Inuyasha parecía distraído, y miraba hacia la dirección de Kagome.

Deseo que él estuviera con ella, tanto como quería que terminara su compromiso con Kikyo.

Y en eso llego la servidumbre que transportaban sendas bandejas de plata cubiertas.

Kagome se quedo mirando atónita. El comandante Inu no Taisho había sido un apasionado de los pasteles y los postres. Así que contrato al mejor chef repostero de Japón, quien desde su llegada trataba bien a los demás miembros de la servidumbre, y todos lo apreciaban. Solo a Sesshomaru parecían no agradarle. Inuyasha era uno le los que más le apreciaban, ya que pidió que se hiciera silencio y se le permitiera hablar al viejo Mioga.

Y él así lo hizo, Kagome fue incapaz de escuchar lo que decía y solo veía como movían los labios. Los lacayos retiraron la cubierta dejando a la vista unas copas llenas de un mejunje espumoso.

El señor Taisho recibió la primera con una expresión ligera de placer. Al parecer le gustaban tanto los postres como a su padre. Todos cogieron, lo paladearon y asistieron con la cabeza. Inuyasha lo hizo con bastante menos entusiasmo.

Por sus gestos, Sesshomaru estaba incitando a que su hermano consumiera más. Este, lo hizo lo más deprisa que pudo, e intento alejarse poco a poco.

Sesshomaru sonrió de una manera que hizo que a Kagome se le erizara la piel y vio hacia el kiosco con una expresión de siniestro regocijo en sus ojos dorados.

Kagome retrocedió de un salto.

No supo porque lo hizo, sin duda el no podía verla. Las luces brillaban en el exterior, y adentro del kiosco no había más que unas cuantas velas. Además, no tenía motivos para querer esconderse del señor Taisho.

Pero no quería que creyera que lo estaba espiando.

Así que, Kagome salió del lugar donde se encontraba…

CONTINUARA…

Dejen criticas buenas y malas ;)