Hola!

Bueno, después de la llegada de la inspiración, les traigo el capitulo.

Ya! Este es el penúltimo capítulo.

Me da un montón de melancolía porque le tengo demasiado cariño a esta historia.

Sé que a pesar de que es una adaptación, me esforcé para que no lo pareciera, y con la ayuda de mi amiga Elí, nuestra versión se volvió mejor que la original.

Espero que nos acompañen en nuestro nuevo proyecto llamado Liars. Me dejan comentarios de haber que tal les ha parecido ;)

Autor: MARZELINEFILTH Y ELIZABETHSHANE

CAPITULO 18: DERROTA.

El campamento estaba bien situado. Algunos cuantos hombres dormían y, los que no lo hacían se mantenían en guardia ante cualquier ataque.

Sesshomaru abrió con parsimonia sus pesados parpados y solo vio a un centenar de hombres tratando de sobrevivir. El almirante Oyakata había sido asesinado esa noche, así que toda la responsabilidad pesaba en ese momento sobre sus hombros.

El caliente fuego invadir su frio cuerpo bajo aquella pesada armadura la cual instantáneamente se quito. Se recargo en el frondoso árbol tratando de dormir, solo para que su cabeza diera vueltas sobre la horrible matanza que se había llevado a cabo, y no poder conciliar el sueño.

Las pisadas a su espalda lo alertaron e inmediatamente llevo una mano a su espada, temeroso de que fuese algún ninja o algún espía de Ryuukotsusei.

"Soy yo." Susurro Bankotsu sentándose a su lado. La armadura celeste que normalmente portaba estaba ajena a su cuerpo. "¿No has podido dormir?" pregunto sabiendo de sobra la respuesta. Sabía muy bien que Sesshomaru no había podido conciliar el sueño desde hacía dos días. "Tranquilízate, Muso acepto el trato. Es más difícil que nos derroten teniendo a esos paracitos de nuestro lado."

"Preferiría no tenerlos cerca." Susurro desviando su mirada hacia donde Muso y algunos de sus hombres bebían sake. "Desearía que se fueran."

Bankotsu se sorprendió. "Nos han ayudado. Ninguno de sus hombres nos ha traicionado."

"No por lealtad, más bien por dinero, y estoy seguro que Ryuukotsusei los puede comprar."

Bankotsu soltó una carcajada seca que a Sesshomaru no le agrado. "Te preocupas demasiado. Deja que las cosas fluyan. La gente no siempre responderá a como lo deseamos y tal vez, nos puedan dar una sorpresa."

"Lo que pasa es que confías mucho en las personas." Susurro, cubriéndose aun mas del frio clima.

"Quizá, pero aun así tengo fe. Algo que tu careces, Sesshomaru." Dijo poniéndose de pie. "Descansa un poco, ¿Quieres? Mañana atacaremos de improvisto y tienes que tener muchas fuerzas."

Sesshomaru solo siguió la marcha que emprendió Bankotsu lejos de él. La verdad es que no había podido dormir, porque el simplemente hecho de cerrar los ojos hacia que viese en la oscuridad el ovalado rostro de Kagome.

Y maldijo una y otra vez el no poderla tener a su lado. Esperaba con todas sus esperanzas que Miroku estuviese cuidando bien de ella.

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¡Los interminables días de viaje por fin terminaba! Y esa noticia la tenían de lo más contenta. Había llegado a Japón aquella madrugada de diciembre tras casi un mes de viaje, solo para encontrarse la estación de trenes casi abandonada. El panorama se volvió aun más desconocido de cuando ella había regresado tras cuatro años de ausencia, los vagones estaban completamente solos, excepto por los sirvientes y alguno que otro hombre, y la estación estaba sucia y llena de basura.

Kagome pensó, que tal vez, habían sido mala idea regresar.

Con decisión tomo su maleta de piel entre sus delgados dedos y se dispuso a llegar ante la mansión Taisho, salió de la estación… pero no había ningún medio de transporte. Suspiro con cansancio, y sin que nadie la detuviese, comenzó a caminar rumbo a las afueras de Tokio, si se daba prisa llegaría al anochecer.

"Por aquí, señorita Kagome." la llamaron.

Ella inmediatamente se volvió con violencia ante la mención de su nombre, y casi se desmaya de la felicidad al ver al apuesto hombre detrás suyo.

"¡Señor Miroku!" quiso abrazarlo, pero se contuvo. Se veía tan radiante y guapo como siempre, aun así, las canas comenzaban a emerger de aquella melena negra, y algunas cuantas arrugas de preocupación comenzaban a surcar su rostro. "¿Qué hace aquí?"

El le sonrió con amabilidad. "He venido a llevarla a la mansión."

Eso la tomo por sorpresa. "¿Cómo ha…?"

"Primero… subamos." Dijo haciendo una señal a la nada. De entre el bosque imponente que se encontraba frente a ellos, el alto y tosco sirviente (el cual debía pertenecer a Miroku) salió de entre los arboles con el carro de dos ruedas para transportarlos a los dos a la mansión.

Kagome subió, Miroku detrás de ella, y el sirviente con sus fuertes brazos comenzó su marcha hasta la honorable casa Taisho.

"Sesshomaru me mando a cuidar de usted." Dijo tomándola por sorpresa.

"¿Desde cuándo?"

"¿Recuerda la carta de la señorita Kikyo?" Ella asintió. "Bueno, yo fui el encargado de que esa carta llegara a sus manos. Espero que perdone el hecho de que la seguí en todo el viaje hasta Japón."

Kagome se sintió extraña. "Esa carta fue escrita hace dos meses."

"Si, el señor Taisho me mando a buscarla hasta Francia para saber cómo se encontraba." Comento como si del clima hablase. "Él se preocupo por usted."

No supo cómo interpretar eso. La simple frase carecía de sentido ante las simples cosas como: Taisho y preocupado. Así que solo atino a mirar hacia la nada.

"Tengo que decirle señorita que el ja…"

"¡Por favor!" pidió mirándolo con suplica. "No regrese por él. Solo vine por mi familia, y cuando estemos juntos nos iremos para no volver jamás a Japón."

Miroku se sorprendió ante aquella declaración. "Si usted desea eso." Murmuro.

Kagome asintió, decidida a no hablar más de eso. Al instante se sintió culpable. Deseaba fervientemente saber si Sesshomaru se encontraba bien, pero su orgullo no le permitió decir más. Y se pregunto: ¿Y si esta muerto?

Y se llevo con desesperación las manos a los costados de la cabeza, como si eso pudiese impedir el repentino miedo de sabes que el amor de su vida le hubiese sucedido algo.

"Él estará bien." Susurro Miroku dándole un ligero apretón en la mano. Apoyándola.

Kagome no estaba segura de eso. Aun así agradeció el gesto.

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El silencio se apodero del momento. Ahí estaba él, plácidamente dormido dándole la espalda, con aquel cabello blanco cubriéndole toda la nuca, soñando demasiado bien como para darse cuenta cuando ella tomo entre sus brazos aquella katana, y sin que pudiese hacer algo, rebanó aquel cuerpo como si fuese la carne más blanda que existiera.

No contenta con separarle la cabeza de un solo tajo con el cuerpo, comenzó a golpear la cuchilla con violencia sobre el torso y las extremidades ya muertas. La desmedida vehemencia con la que sus acciones se ejercían, hacían pensar que Sara se volvió completamente loca, y eso era mentira. Ella estaba muy cuerda y dispuesta a matar a cualquiera que se atreviese a tocarla en esos momentos.

De pie como se encontraba, aventó la Katana con fuerza hacia un costado del cuerpo. La adrenalina que aumento aceleradamente en su cuerpo hiso que se llevara las manos ensangrentadas al pecho. Su corazón latía con frenesí, y ella se descubrió sonriendo ante aquello.

Se vistió lo mas tranquilamente posible; contemplando aquel asesinato que había logrado llevar a cabo. El porqué lo había hecho era muy fácil, Ryuukotsusei se había atrevido a llamarla zorra después de descubrir su húmeda vagina llena de fluidos de Naraku. Lo cual habían provocado una serie de furiosas sacudidas, promesas de muerte, disculpas, y al final el impotente viejo había intentado hacerle el amor. Pero en el intento solo se quedo, y con mas cólera de la que ya tenía, había culpado a la castaña por no ser tan deseable como cuando era una jovencita. El colmo fue, cuando borracho, le había dicho que le daría muerte a Naraku.

Así que ella espero tranquilamente a que se durmiera a su lado, desnudo como se encontraba, y ella pudo humillarlo más de lo que Ryuukotsusei lo había hecho.

El aire matutino golpeo su cara con fuerza, movilizando su sedosa melena castaña al compas del frio viento de invierno. La nieve cubrió cada centímetro del suelo boscoso en las que el campamento se encontraba. Pudo ver a los hombres de Ryuukotsusei haciendo guardia, pero ella ya no temía, al menos ya no de él.

Entonces, las guardias se movilizaron, todos comenzaron a gritar desesperados levantándose de sus incómodos futones de un brinco, algunos cuantos se apresuraron a subirse a los caballos y a ponerse a la defensiva, y ella vio hacia donde todos los demás miraban… hacia el estandarte del emperador movilizándose con velocidad entre aquel campo abierto.

Corrió hacia donde solía dormir Naraku, y sin permiso entro. Lo vio, tan despierto como cualquier animal esperando ser atacado, tan tranquilo y frio como cualquier demonio a punto de comenzar una pelea. Y por un momento, se arrepintió de haber matado a Ryuukotsusei.

"¿Qué haces aquí?" pregunto poniéndose de pie y sin dignarse a mirarla.

"Lo he hecho." Susurro.

"¿Qué?"

"¡Lo mate!" grito. "¡No pude evitarlo, si no lo hacia el te asesinaría!" y la desesperación se apodero de su sistema nervioso, haciéndola temblar.

Naraku la observo con sus fríos ojos y pudo ver como aquel níveo rostro tiritaba de miedo, el kimono que portaba estaba mal acomodado, y sus delicadas y delgadas manos estaban llenas de sangre.

"¿Por qué habría querido asesinarme?" pregunto sin interesarse en lo mas mínimo en el aspecto patético que ella presentaba.

"Nos descubrió. Yo no quería que él te hiciera daño." Dijo acercándose al cuerpo varonil del pelinegro. "Te amo." Y lo abrazo.

Naraku sonrió. "Lo sé." Susurro acariciándole la barbilla. "Lo hecho, hecho esta. No importa mucho que este muerto ahora, ayer me nombro su mano derecha, así que soy el nuevo comandante de su ejército." Se soltó del agarre de Sara, y se coloco las espadas en el costado. "Te doy las gracias por hacerlo tan fácil."

Ella no supo cómo interpretar eso.

"Eres libre ahora, toma cualquier caballo y huye antes que Sesshomaru Taisho llegue al campamento. No querrás que descubran que fuiste tu la que mataste al viejo." Dijo con maldad. "Como tampoco que lo hayas traicionado."

"¿Qué quieres decir?" pregunto con los ojos abiertos de la sorpresa. "¡Lo mate para que no te hiciera nada!"

Entonces, el miedo invadió su exquisito cuerpo. Los gritos de que el viejo Ryuukotsusei había sido asesinado llegaron a sus oídos. Los pasos se acercaban cada vez más hacia donde estaban ellos, pero nadie culparía a Naraku, ella era la sospechosa, ella era la que tenia la ropa y las manos llenas de sangre, solo ella había sido la culpable.

"Huye, Sara. Huye antes de que descubran quien se convirtió en una asesina." Le susurro en su oído, antes de darle un beso en la mejilla y salir de aquella tienda donde se encontraban protegidos del frio invernal.

Y Sara sintió como poco a poco era abandonada por el único hombre que la había hecho sentir libre.

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"¡Kagome!" Susurro Kikyo dejando caer el montón de cartas que tenía en sus manos.

"¡Señorita Kikyo!" exclamo con felicidad.

Ambas se hicieron una reverencia y se dieron un ligero abrazo que no solo simbolizaba amistad, sino también hermandad.

"Gracias por haberla traído sana y salva, Miroku." Agradeció con una reverencia.

"El placer es mío, la señorita Kagome es una excelente compañía." Dijo el moreno con gracia.

Los tres ingresaron al comedor principal que estaba prácticamente vacío, a excepción que solo había estaña ahí sentadas Izayoi y las dos pequeñas herederas Taisho. Shiori grito de la emoción y Rin solo atino a gritar el nombre de la institutriz, ambas corrieron a su encuentro y la llenaron de abrazos.

"Niñas, cálmense, dejen respirar a la señorita." Susurro Izayoi poniendo orden ante los gritos de las nietas. "¿Cómo se encuentra?" pregunto con aquella sonrisa dulce y amable que la caracterizaba.

Kagome en verdad que extrañaba aquel ambiente familiar. "Bien, gracias." Fue lo único que podía decir.

"Apenas se iba a servir el té. ¿Nos acompañan?" la pregunta iba dirigida para ella y Miroku.

Kagome negó. "Lo siento. Solo vine a Tokio porque he venido por mi padre y mi hermano, mi estadía aquí es muy corta, así que espero que disculpe mi…"

"No, cariño. Hoy yo quiero que tomes el té y que te sientes a hablar conmigo." Pidió la hermosa mujer tomándole con suavidad las manos. "Después hablaremos con tu padre y, si tu quieres, podrás irte."

Kagome no se podía negar. Asistió con una sonrisa en su rostro y acepto a sentarse junto a Kikyo, Miroku estaba sentado al lado de Izayoi, y las niñas estaban entretenidas conversando entre ellas como para notar aquel ambiente tétrico que se estaba formando en la mansión.

A Kagome le gustaba recordar aquella mansión llena de los coqueteos de Inuyasha, de la bondad de la servidumbre, de las sonrisas de Izayoi, de los constantes miradas de coqueteo entre Miroku y Sango; Incluso, tenía que reconocer, que extrañaba la frialdad de Sesshomaru. Pero en ese momento, la mansión estaba vacía, Sango había partido a su residencia lejos de Tokio, Izayoi tenía el semblante de preocupación, e Inuyasha y Sesshomaru estaban luchando; Kagome tenía que reconocer que a pesar de que lo intentara, esa mansión no volvería ser igual.

Izayoi miro con aquellos ojos oscuros y amables el delicado rostro de Kagome. Tenía que reconocer que la jovencita era muy hermosa, con aquellos labios carnosos y esos ojos chocolates inigualables, entendía muy bien el porqué Inuyasha se había encaprichado tanto con ella; y el porqué, Sesshomaru no había podido estar tranquilo desde que ella se había ido.

Aun recordaba muy bien aquella noche, dos meses antes, cuando encontró a Sesshomaru demasiado borracho pronunciando el nombre de la institutriz. Para ella, Kagome solo aspiraba a ser eso, una simple institutriz demasiado bonita para ese título, y jamás podría dejar de ser la hija del jardinero; pero si Sesshomaru estaba enamorado, Izayoi tendría que hacer lo posible por hacer a su hijo feliz.

La puerta corrediza se abrió dejando entrar a unas cuantas sirvientas con varias tazas de porcelana fina. Con la cabeza gacha, como suelen hacer las criadas, sirvieron el té en silencio. Kagome pudo divisar como Ayumi le dedicaba una sonrisa de felicidad.

"No recuerdo haberte agradecido jamás el haber cuidado tan bien a mis nietas. Ellas te extrañan." Susurro deteniendo la mano de una de sus sirvientas, y ella misma sirviendo el té con tanta elegancia que parecía desplegar más encantos que una geisha.

"Yo también las extraño." Dijo mirando a las dos niñas.

"Eres lista, vivaz, inteligente, y muy bonita." Numero sus cualidades. "Tanto como para tener embobado a Sesshomaru."

Kikyo sonrió. Kagome no supo que decir, así que bebió el liquido caliente tan rápido que se quemo la lengua y la garganta.

"Señora Izayoi, yo…"

Pero la blanca mano de la mujer detuvieron sus palabras en seco. "¿Cómo te va en Francia?"

Aquella pregunta no se la espero. "No he conseguido trabajo." Murmuro apenada.

"Bueno, si tu deseas, esta podría ser tu casa. Las niñas están desesperadas por una institutriz, Sesshomaru por ti, y yo… bueno, solo busco la felicidad de los míos."

Kagome se armo de valor para comentar lo siguiente: "Señora Izayoi, no pienso volver a Japón jamás en mi vida. El señor Taisho me prestó un dinero, el cual liquidare lo antes posible, y con el cual pienso comprar la libertad de mi padre y de mi hermano. Sé que no es mucho, pero le aseguro que en cuanto tenga el dinero, le pagare cada centavo que valga mi familia."

"Perdón si me meto en esta conversación, pero… ¿Por qué no quieres quedarte?" pregunto Kikyo interfiriendo.

"Lo siento… no puedo decirlo." El simple hecho de recordar como Naraku la había golpeado era demasiado humillante como para también exteriorizarlo.

"Señorita Kagome, si entiendo bien lo que ha querido decir la señora Taisho, es que ella desea que se quede aquí. No como su institutriz, más bien… como la futura promesa de felicidad para Sesshomaru."

"El simple hecho de que Miroku fuese enviado a buscarte es el simple dejo de preocupación que tiene Sesshomaru por ti." Dijo Kikyo con una sonrisa de oreja a oreja.

Kagome tenía que reconocer que después de dos meses Kikyo se veía realmente feliz y cambiada.

Dispuesta a poner un alto a todas las conjeturas erróneas que se formaban en torno a su vida, protesto: "Con todo el respeto que esta familia se merece, tengo que decir que Sesshomaru es un mentiroso y manipulador. No solo me ha engañado a mí, también engaño a la otra joven institutriz que estaba antes de mi."

Todo se volvió simple silencio. Kikyo y Miroku se miraron con sorpresa, Izayoi solo levanto una ceja.

"¿Mentiroso y manipulador?" susurro Miroku, temiendo que aquello estuviese plagado de mentiras de Naraku. Cosa que hablaría con ella a solas.

Kagome apretó los puños con fuerza. "Es un mentiroso porque él me hiso creer que le gustaba, y solo estaba buscando el momento perfecto para mandarme lejos de aquí."

"Eso no solo fue idea de él." susurro Izayoi. "Confieso que necesitábamos distraer tu atención de Inuyasha, él ya estaba comprometido con Kikyo, y tu llegaste… y mi hijo pensó estar enamorado de ti."

Kagome bajo la mirada al sentir los ojos oscuros de Kikyo sobre su rostro.

"Yo también no fui muy sincera. Perdóname, Kikyo." Murmuro con timidez.

Kikyo apretó la mano de Kagome. Una señal de perdón y olvido.

Todos guardaron un prudente silencio que pareció eterno. Solo se escuchaba el murmullo lejano de las voces de Rin y Shiori.

Kagome hablo, rompiendo aquel momento incomodo. "Mi iré."

"¿Volverás a París?" pregunto Kikyo haciendo un mueco molesta. "¿Después de lo que te hemos dicho?"

"Yo…"

Kagome se vio interrumpida por la suave voz de Izayoi. "Mientras te encuentres aquí, piensa en eso."

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La sangre bañaba sin piedad todo la nieve blanca que había a su alrededor.

Sesshomaru corto a más de diez hombres que se ponían en su camino. Tenía que admitir que estar sobre un caballo le daba cierta ventaja, ya que podía moverse más rápido ante aquellas Katanas y armaduras de segunda mano.

Una flecha le paso rosando, haciendo que su plateado cabello se moviera de su alta coleta. Vio a lo lejos al arquero de ropas humildes, el cual parecía no haber tenido tiempo de ponerse la armadura, y cabalgo con rapidez hasta él, acabando con su vida de un solo tajo.

Un grito zumbo en sus oídos, e inmediatamente giro, solo para encontrar a un hombre queriéndole dar muerte por la espalda, y siendo exterminado por Inuyasha.

Sesshomaru dio gracias. Inuyasha sonrió con gallardía.

Ambos siguieron su lucha. Vio a lo lejos a los hombres de Muso, quienes mataban a diestra y siniestra hombres de su misma categoría. Jakotsu, uno de los guerreros entrenados por Bankotsu, peleaba con rudeza ante cinco hombres a los cuales derroto sin ningún esfuerzo. Juromaru, un hombre el cual solo había escuchado el nombre por los pobladores de la región, no necesito una espada para matar a Manten, solo con una daga y miles de apuñaladas; Hiten al ver eso corrió y de un certera incrustación en el pecho de su poderosa espada, mato al bestial asesino.

Avanzo ante aquel mar de personas las cuales luchaban por su vida. las guerreras de Menomaru luchaban ferozmente cubriéndole la espalda a su amo. Mujeres, como Kagome, y Sesshomaru apretó los dientes. Juró que si regresaba sano y salvo a su mansión, le podría decir cuánto la extrañaba y cuanta falta le hacía, porque ella era de él, y correrla había sido la peor tontería que se le había ocurrido.

Sus pensamientos fueron cortados cuando callo violentamente de su caballo. Por un momento se había quedado pensativo en el suelo, adolorido, el sol le calo en los ojos pero un destello plateado se acercaba cada vez más a su cuerpo, y reacciono. Levanto a Tokijin para protegerse de la cruel espada de un tipejo que había pertenecido a sus hombres, Sesshomaru como podía se defendía de las embestidas. Magatsuhi, el cruel soldado que había sido expulsado al ser tan radical, se enfrentaba a él con vehemencia.

"¡Muere!" gritaba teniendo mayor ventaja al no dejar que Sesshomaru se pusiera en pie.

Sesshomaru, con demasiada fuerza, pateo la rodilla de su enemigo, el cual solo se quejo ante el golpe, y él pudo enterrar a Tokijin en el vientre de aquel estúpido de Magatsuhi.

Se levanto, viendo como se retorcía del dolor, y antes de darle la estocada final, su enemigo hablo: "¡Esta muerto!"

"¿Quién?" pregunto arrugando el entrecejo.

"¡Ryuukotsusei!" y rio a carcajadas. "Lo mataron." Y sus risas solo hicieron eco en la mente de Sesshomaru.

"¡Mientes!" gruño enfurecido por primera vez.

"Es verdad. ¡Todos dicen que ella lo mato!" grito tomando una espada con velocidad.

Sesshomaru apretó a Tokijin y, olvidando la elegancia con la que solía danzar antes de matar a su oponente, le corto la cabeza a aquel bastardo.

Todo para nada. todo eso había sido en vano. Había llevado a sus hombres a una guerra sin sentido solo para descubrir que su venganza había sido ejercida por alguien más. Sin piedad avanzo, protegiéndose de todos aquellos ataques, matando a cada hombre que se le acercaba, odiándose por aniquilar a todos menos a su objetivo principal.

Entonces, a quince metros lejos, sobre una caballa blanca, con aquella sonrisa torcida… pudo ver a Naraku.

Ambos se miraron; el cielo se opaco, señal de advertencia de una tormenta invernal, las pupilas doradas de Sesshomaru observaron cada mínimo detalle de su antiguo amigo, su ahora oponente.

El frio calo mas su cuerpo, pero la adrenalina no permitió que sintiera algo externo al odio y descontrol que aumentaban más y más en su alma. Olvido todo lo que pasaba a su alrededor, incluyendo a las condiciones de desventaja que él tenía, mientras que Naraku las llevaba de ganar, pues el caballo era una clara ganancia ante la pelea que él tendría.

Pensó, que si sobrevivía a esa pelea, podría decirle a Kagome cuanto la quería.

Naraku desenvaino su espada, y la blandeo. De un brinco se bajo de su caballo. Eliminar a un Taisho sería un placer que se tenía bien ganado.

Sin previo aviso, ambos se lanzaron uno contra el otro, en una carrera contra la muerte, y un fuerte choque de metal se escucho. Ambos estaban en una lucha de poder: Sesshomaru como comandante del ejército del emperador, Naraku como el nuevo enemigo.

Sesshomaru contraatacó con su blanco puño antes de que las hojas filosas se separaran de aquel choque. Naraku logro esquivarlo, y enseguida volvió a atacarlo.

Sesshomaru gruño de impotencia. Su venganza tal vez había sido frustrada por culpa de alguien más, así que él tendría que desquitarse con Naraku.

Naraku atacaba sin meditar un momento que era lo que hacía, agitaba la hoja afilada de la espada, embistiendo, rematando.

Igual de frio como siempre, Sesshomaru levanto la espada y de un golpe obligo a Naraku a detenerse para protegerse de su fuerte embestida, que a pesar de sus esfuerzos, fue obligado a adoptar una posición mas de defensa; movimiento que fue aprovechado por el peli plata, quien hizo en un rápido movimiento hirió el brazo que Naraku estaba usando para protegerse. Solo había sido un fino corte, que Sesshomaru deseaba que fuese infectado lo más rápido posible.

La nieve comenzó a caer. Las pequeñas partículas de hielo empaparon enseguida el cabello de todos, helando la pelea, inmovilizando de frio a los heridos. Haciendo que Inuyasha y otros guerreros quisieran retirarse del lugar, pero Sesshomaru no dio la orden.

Naraku se tomo el brazo. Dolía, ardía, aun así su sonrisa malvada no desapareció de aquel blanco rostro.

"Te felicito, es la primera vez que me lastimas." Susurro con los dientes apretados.

Sesshomaru hizo una mueca de orgullo. "No solo quiero herirte… quiero matarte."

"¡Nunca lo lograras!" rugió atacando de nuevo.

Ambos conocían su modo de pelear, sus ataques, sus espadas, y el daño que podían hacerse al tener que nombrar a un vencedor. No era una batalla fácil, mas si ambos eran poderosos.

El contacto del metal hacia impacto una y otra vez en sus oídos. El frio no era piadoso. Tenía que finalizar todo antes de que ellos pudiesen darle fin a la pelea.

Sesshomaru apretó los dientes de forma amenazadora, los ojos violetas del pelinegro tenían un brillo mortal. El acero chirrió al ser chocado con fuerza sobrenatural, pero ninguno pensaba ceder terreno.

Naraku con rapidez saco de entre sus ropas una daga afilada, el peli plata adquirió una posición de defensa. Dos proyectiles filosos eran demasiado. Naraku hizo otra estocada, Sesshomaru retrocedió dos pasos.

Ahora era él quien que tenía que defenderse.

Sesshomaru hizo un grito con furia. Lanzo un potente golpe con su espada directo al cuerpo de su oponente, una y otra vez sin parar, quien se protegió con su espada, pero la trampa era su mejor aliada, así que con un movimiento preciso enterró la daga en la armadura del peli plata.

"Primero serás tu," susurro pegando su cuerpo al de su contrincante. "después matare a tu hermano."

Sesshomaru le dio un fuerte empujo y aprovecho para desplazarse hacia atrás, por primera vez en su vida, asustado. Saco la daga de su costado izquierdo, pero salió limpia de su ropaje, no había logrado introducirse a su cuerpo. Así que con victoria rio.

Naraku mato la carcajada naciente en su garganta.

"No me mataras tan fácil."

"¡Al menos lo podre intentar!" grito furioso consigo mismo al no lograr lo planeado.

Naraku corrió hacia él con su espada en vertical, dispuesto a dar el último ataque; pero Sesshomaru lo contuvo. el pelinegro grito molesto. Sesshomaru aprovechó para darle un golpe con el puño tan fuerte en la sien a Naraku que logro tirarlo al suelo.

Humillando, herido, y con la cabeza a punto de estállate del dolor, Naraku intento ponerse en pie, pero fue derribado de nuevo por otros dos golpes, pero ahora proveniente del mango de la espada de Sesshomaru, quien lo lastimo en un ojo y en la nuca.

El pelinegro adolorido se quedo en el suelo, si quería atacar tenía que recuperarse del dolor.

El frio disminuyo la presión de la batalla sobre ellos. Sus respiraciones se acompasaron a medida que las voces ajenas a su pelea volvieron a resonar, aunque menos dolorosas que unos momentos atrás.

Naraku levanto su opacada vista llena de derrota, acompañada de un ojo derramado en sangre. Sesshomaru lamento no haberlo dejado tuerto de aquel impulsivo golpe.

El sol volvió a emerger de entre las nubes, haciendo un poco más cálido el final del día.

"¿Quién mato a Ryuukotsusei?" la orden de una respuesta surgió de su potente garganta.

El pelinegro rio. Sesshomaru le dio una fuerte patada en las costillas.

"¡¿Quien?!" grito perdiendo su paciencia infinita.

La risa ronca y fastidiosa de Naraku volvió a oírse.

Entonces, su paciencia termino. Tomándolo por el espeso cabello negro lo golpe, no una ni dos, fueron demasiados golpes como para poder controlar su furia. La voz de Naraku se esfumo, su nariz se rompió, su frente y ceja se partieron, y Sesshomaru no hubiese parado si Inuyasha no lo detenía.

"¡Basta!" pidió, poniéndole el brazo sobre aquel fuerte hombre. "¡Mátalo, si es lo que quieres!"

"¡No!" lo soltó. La cabeza de Naraku choco con fuerza sobre la nieve. "¡Alguien mato a ese malnacido, y él sabe quien fue!"

Perdió la razón.

"¡Sesshomaru!" grito su hermano. "¡La batalla está ganada!"

Y el comprendió.

Mudo ante lo dicho por Inuyasha, volvió su vista a su alrededor. Cuerpos inertes y llenos de sangre adornaban aquella imagen tétrica y llena de muerte. Los enemigos que no habían sido asesinados se rendían con facilidad, él comprendió el porqué… su líder, el hombre que había llevado a ese enorme ejercito, no los guiaba, y eso había sido una enorme ventaja.

Y ahora, el nuevo comandante, había sido derrotado mas no aniquilado.

Sesshomaru se pregunto: ¿Podría matar a su antiguo mejor amigo? Si, podría. Pero no lo haría.

Los aullidos de victoria de sus hombres sonó con euforia llenando el silencioso paisaje.

Y él sintió que podía regresar junto a Kagome.

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Ahí estaba. Preso. Humillado. Derrotado. Golpeado. Encadenado. Sin derecho al Harakiri.

Se pregunto dónde podría estar. Habían avanzado durante un día por aquella montaña. ¿Y él donde estaba? Se encontraba atado de pies y de manos, con una pesado collarín de hierro sobre sus hombros, y siendo llevado a rastras por un caballo.

Naraku odio más que nunca a Sesshomaru.

No habían parado a descansar, y ya estaba oscureciendo. Suplico con desesperación a alguna deidad que aun se apiadasen de su ser, que parasen, que no avanzaran mas. Estaba con los pies adoloridos y ya no aguantaba.

Y al parecer, esa deidad lo escucho.

El bullicio de los samurái parando. Bankotsu detuvo el caballo donde había sido amarrado y desenlazo las cuerdas con las que había sido atado al animal.

"Mírate Naraku. Siendo arrastrado como el insecto que eres." Y rio solo para jalarlo por los amarres del brazo, lo que provoco que trastabillara y callera de bruces al frio, sucio y nevado suelo.

Ningún quejido salió de su boca, ni siquiera cuando fue arrastrado y atado al árbol más cercano.

Entendía muy bien su situación, dormiría en esa posición y eso podría aceptarlo.

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"Despierta." Escucho un susurro.

Abrió los ojos con lentitud. Y con el ojo izquierdo, el derecho no le servía ya, diviso la blanca cara de Sara.

"¿Qué haces…?"

Pero fue callado por la delgada mano de la joven, quien la choco contra su adolorida boca.

"¡Cállate!" susurro desesperada. "no hables y solo haz lo que te digo."

Naraku asistió, mirando a todos lados, y solo diviso unos pies a su costado.

Con velocidad, Sara corto los amarres con los cuales habían apretado las extremidades de Naraku. Ella había vuelto, por él. Se estaba arriesgando por él. Y decidió que su vida no era nada si él no estaba con ella.

Sintiéndose libre, se puso en pie, pero fue agachado de un empujón.

"Muévete despacio, están vigilando."

Agachados y arrastrándose, ambos caminaron hacia el caballo donde Bankotsu lo había llevado como prisionero. Sara lo ayudo a subir, el pesado collarín aun estaba en su cuello, y ella decidió que después lo podrían quitar, ahora lo primordial era escapar.

Subió, y con una fuerte patada, ambos escaparon. Lejos de ahí, donde Sara pensó que jamás volvería ver nada de lo horrible que eran los asesinatos y los crímenes. Donde no tuviese que sentirse culpable por haber matado a un hombre que jamás había sido cruel con ella, donde asesinar a Bankotsu no fuese doloroso.

CONTINUARA…

EL PROXIMO SERA EL ULTIMO.