Disclaimer: Vocaloid y todos sus personajes son propiedad de Yamaha y Crypton Corporation.
Capítulo V
—Dile que se vaya—pidió Rin después de una incómoda pausa. Miku perdió el habla, tanteando su mirada pasmada entre la figura masculina que esperaba impacientemente en la saliente de la ventana y la complexión femenina que protegía entre sus brazos—, él es la última persona que deseo ver en este instante. Quiero que se marche de inmediato.
Por Dios, gritó la joven de mirada turquesa para sus adentros, solo díganme dónde tengo que firmar mi sentencia de muerte para evitar esto.
Rin consiguió liberarse cuidadosamente del abrazo confortante de Miku y se dejó caer sobre la superficie mullida de su cama, ahogando sus sollozos en el almohadón que reposaba contra la cabecera. Miku permaneció quieta unos instantes más, paralizada por el miedo de tener que enfrentarse al impasible Len Kagamine, quien debía de estar más que enojado por el hecho de que le ignoró y le dejó aguardando afuera, y finalmente decidió terminar con aquello de la mejor manera posible. Miku se convenció de que todo saldría bien.
—Kagamine-san—entreabrió cuidadosamente una de las hojas de la ventana, cerciorándose de no hacer ruidos innecesarios, sintiendo la fría brisa nocturna colándose en la habitación. Ella suspiró—, ¿qué estás haciendo aquí? Ya son pasadas las siete de la noche. Si te atrapan, estarás en graves problemas. Oh, no. Corrección, estaremos en graves problemas.
—Necesito hablar con Rin. Apártate—exigió él puntualmente. Miku apretó sus manos contra el bastidor de la ventana y negó efusivamente, encorajándose por la poca colaboración que prometía enseñar el otro—. Hatsune, te lo advierto. No estoy de buen humor. Muévete.
—No, Len-san. Esto está mal. Si te descubren aquí, no solo tú estarás metido en un lío tremendo, sino que nosotras dos también quedaremos envueltas en él. Si de verdad te concierne el bienestar de Rin, entonces comprenderás que atraparla en un problema es la peor forma de protegerla—Miku se cruzó de brazos e inhaló profundamente, dándose ánimos para continuar con la batalla contra la endurecida e impávida mirada de Len Kagamine—. Además, Rin no desea verte en estos momentos. Si te dejo pasar, conociendo el tipo de relación impredecible que ambos comparte, terminarán armando un escándalo que atraerá la atención de Makino-sempai y Yukari-sempai. No me gustaría que tuviese un segundo encuentro con ellas hoy. Ya bastante mal le hizo el primero.
Rin intentó reprimir el hipido que se fugó de su garganta al oír el murmullo que su amiga había intentando disimular. Cuando éste se escapó, tembló por unos momentos. Len odiaba ver a las personas llorar. Por supuesto que aquello agraviaría su estado de ánimo.
Len enmudeció. Sus orbes celestes, apenas visibles bajo el tenue claro de la luna, parecieron oscurecerse. Miku temió que pudiese tener un arrebato de ira por interponerse entre sus planes. Len no era precisamente un chico violento y desalmado, pero cuando de cuidar a quienes le importaban se trataba (y Miku sabía que Rin significaba muchísimo más para Len de lo que él intentaba convencerse), se tornaba necio y ansioso, en ocasiones demasiado paranoico y extremista, sobretodo si las influencias de la Academia tenían cabida en el asunto. Después de todo, la interacción entre la Academia y Len Kagamine siempre había sido nociva para alguna de las partes.
Volviendo al objeto en cuestión.
—Hazle saber que deberá de reunirse con nosotros mañana, antes del primer bloque, en frente de la fuente del Vocaloid Paradise—concluyó por fin, agachando su mirada y desviándola al bulto que yacía inmóvil sobre la cama más cercana. Sabía que Rin le oía, por lo que subió su tono al continuar—. Si de verdad pretende continuar estudiando en esta escuela, es indispensable que escuche lo que tengo que decirle.
Miku intercambió por segunda vez una mirada entre la inmóvil Rin y el expectante Len. Movió su cabeza en señal de asentimiento.
—Está bien.
—¡Hatsune, Hanazono, abran la puerta!—Les asaltó de repente la enojada voz de Yuzuki al otro lado de la entrada. Miku trancó la ventana rápidamente, asegurándose de que Len había descendido exitosamente de ella, y corrió a desbloquear el seguro de la puerta. Rin limpió sus lágrimas con la dorsal de su mano y se enderezó. No mostraría debilidad delante de aquellas dos.
—Yukari-sempai, ¿qué sucede?
Yuzuki inspeccionó cuidadosamente la recámara, como si estuviese buscando alguna prueba que delatase a las dos jóvenes que ocupaban ese espacio, mas no consiguió nada con que inculparles. Resignándose, apretó sus manos contra su cintura y movió su barbilla en dirección a la mesita de luz que separaba ambas camas, encima de la cual reposaba un reloj.
—¿Acaso no ven qué hora es? Si no quieren que les de una sanción por desobediencia, duérmanse ahora mismo—ordenó ferozmente antes de retirarse. Miku cerró nuevamente la puerta y se recostó sobre ésta. Suspirando, colocó la mano sobre acelerado corazón.
—Oh Dios, creí que no saldríamos de ésta—comentó suavemente. Rin se limitó a asentir, se puso de pie, se acercó al clóset y extrajo de él una cómoda bata rosa pastel. Contuvo sus chillidos hasta introducirse velozmente en el baño. Ahí lloró por largos minutos.
Cómo no había mucho que arreglar dentro de su habitación, Miku y Rin estuvieron listas antes que la mayoría. Eran las seis en punto de la mañana. Unas ojeras tremendas maquillaban el demacrado rostro de la rubia quien, por el incidente de la noche anterior, no había conciliado el sueño hasta muy pasada la madrugada. Miku le arrastró consigo hasta el comedor, donde Rees Blacklight organizaba a las estudiantes por orden de tamaño dentro de cada sección. Rin caminaba monótonamente a un lado de su compañera de cuarto. Si no fuera por Miku, no habría podido ni vestirse apropiadamente. Estaba exhausta física y emocionalmente.
—¿Han oído los rumores? Mew-sama vendrá acompañada por el presidente del Consejo Estudiantil—murmuraban las chicas detrás de ellas. Rin no se molestó en prestarles atención. Se ubicó donde Miku le indicó. De segunda, detrás de Iroha, antes que Miki.
—¿Cómo te sientes, Rin-chan?—Sintió que la temeraria pelirroja frotaba sus hombros gentilmente desde atrás.—Estás tan tensa. ¿Dormiste bien?
—No lo suficiente—respondió sin ánimo alguno—. Gracias por tu preocupación, Miki-chan.
Los siguientes minutos parecieron transcurrir en moción lenta para ella. Rees Blacklight recorría el comedor una y otra vez, en un vaivén desesperante, amenazándoles con severos castigos si no mantenían sus posiciones y continuaban interrumpiendo el silencio que ella quería. Iroha había intentando, sobreponiéndose a su innata introversión, armar una conversación con la rubia. No obstante, había desistido al intuir el pésimo humor que tenía su nueva compañera aquella mañana. Rin lo sintió por ella.
—¡Calladas todas!—Exclamó Kirche Green cuando cruzaba la entrada del comedor. Detrás de ella pasaron Ia y Yuzuki, ambas tan quietas y serias como dos cadetes en presencia de un general.
Los orbes vacíos de Rin se detuvieron en la razón de su depresión. Ia Makino, parada a un costado del umbral de la entrada, se limitaba a vigilar que estuviesen alineadas correctamente para recibir a la directora Mew.
Ia-chan, ¿en verdad no queda ni pista de nuestra amistad en tu memoria?
Prometiste que te acordarías de nosotros, que no te olvidarías de mí.
Mentirosa.
A continuación, una mujer esbelta y hermosa, efigie de confianza y distinción, desfiló con la elegancia de una modelo por el salón. Lucía las prendas más reveladoras que Rin alguna vez hubiese visto en una educadora. Un vestido largo y oscuro, muy similar a los atuendos formales que su madre utilizaba en los cócteles de su empresa, se ceñía a su delgada figura. La falda era desprendida y revelaba gran parte de la piel nívea de sus piernas. Su cabello liso y extenso se mecía de un lado a otro con una exquisita gracia.
La dama era una mina de fascinación.
—¿Ella es la directora?—Musitó Rin, asombrada. Miki se rio entre dientes.
—Lo sé, ¿no? Es como ver a una diosa entre esclavas. Su gen-V es lo más interesante.
—¡Por Dios, cállense!—Musitó Gumi, a un lado de Miki, golpeándoles en la cabeza con la palma de su mano.
Mew se detuvo en el medio del comor y posó con naturalidad. Rin se ahogó con su propia saliva cuando su directora se quitó el abrigo que cubría su cuello y sus brazos pálidos. Un atrevido tatuaje negro en el brazo de la mujer, de peculiar diseño, fue lo primero que capturó el interés de la rubia. La directora se despojó de los lentes de Sol que escondían sus ojos grisáceos, frágiles a la más tenue luz, y los arregló en su coronilla.
—Buenos días, jóvenes—saludó con una sonrisa ladeada. Su voz era, quizás, lo más atractivo de la mujer. Era sugerente y calculadora, muy demandante. Rin tragó con dificultad, sintiéndose nerviosa cuando la mirada desafiante de la dama recayó sobre ella.
¿No había sido ella quien había accedido a su enrolamiento en la Academia?
No podía ser posible. Todo en ella gritaba talento, distinción, superioridad.
¿Cómo aquella Afrodita había aprobado su entrada?
Claro, fue por Kamui-san.
Si aquello no era un milagro, entonces Rin no sabía cómo nombrarlo.
—Buenos días, Mew-sama—respondió a coro el cuerpo estudiantil, inclinándose a cuarenta y cinco grados, como Rees Blacklight había determinado anteriormente.
—Bien, procedamos a la inspección mensual. Leon—llamó la directora con firmeza, entrelazando sus brazos mientras esperaba a que el aludido apareciese a su lado. Rin se tornó lívida a causa de los nervios. ¿Leon? ¿Leon Kagamine, el primo de Len Kagamine?
Leon, ¿cómo tomaste tú a la nueva Ia-chan?
¿Ella te recuerda? ¿O te ha olvidado, como a mí?
Efectivamente, se trataba del bien parecido primo de Len. Rin no pudo ignorar el hecho de que la gran mayoría de las jóvenes, incluyendo a sus amigas, se deslumbró con su aparición. Muchas de ellas reprimían chillidos de emoción. Leon siempre había sido popular entre las chicas, principalmente por su carisma y agraciada apariencia, por lo que aquella agitación a gran escala no era nuevo para ella.
La actitud de Leon, por otra parte, sí lo era.
No vestía su usual y amable sonrisa, la misma que había encantando y puesto a Ia de cabeza, y miraba con un frío recelo y una creída inferioridad por el rabillo de sus ojos.
Rin jadeó.
Su cabellera amarilla, más apacible que la de Len, contrastó con la fuerte y oscura melena de Mew. Ella se inclinó y susurró alguna orden a su oído; por su expresión austera podía deducir que estaba irritada. Leon asintió secamente y se apartó. Kirche y Rees les mandaron a retirarse del comedor para organizarse como habían planeado la velada anterior.
Rin se disponía a alcanzar a Miku cuando alguien le tomó bruscamente por el brazo, deteniéndola inmediatamente. Ella se volteó y se encontró cara a cara con Leon Kagamine. Su corazón latió con entusiasmo. Finalmente, pensó con una masiva alegría, alguien, a parte del idiota de Len, me reconoce aquí. Rin no podía medir su felicidad. Leon continuaba, a diferencia de Ia, atesorando su amistad. Sin embargo, lo que dijo a continuación arruinó y despedazó sin piedad su delicada ilusión:
—¿Dónde están tus audífonos, Hanazono-san?
¿Hanazono-san? ¿Qué pasó con el cariñoso Rinny-chan?
No, pensó ella cuando su mirada insegura se conectó con la feroz de Leon. No diferenció ni la más mínima pizca de simpatía o reconocimiento, tú no, Leon...
Ya tuve suficiente. ¿Qué está mal con este escuela? Primero Ia, ahora Leon. No me sorprendería que Len se olvidara de mí también. Oh Dios, no lo permitas.
Rin retornó a la realidad cuando escuchó a Leon carraspear. Por primera vez en su vida, se intimidó de él. Su mirada era atroz, llena de enojo y rabia, y producía escalofríos.
—En mi habitación—murmuró en un hilo de voz, dando un paso hacia atrás para respirar libremente.
—Ve por ellos. Luego búscame fuera de los dormitorios.
—¿Q-Qué hay sobre la revisión?
—Haz lo que te digo—dictaminó mordazmente y Rin se atemorizó aún más. Afirmó titubeante y se alejó corriendo.
Escalando de par en par las gradas, llegó a su planta y continuó trotando hasta dar con Miku y su habitación. Antes de que la susodicha pudiese regañarle por su retraso, se introdujo en su recámara y registró la cómoda donde había colocado el par de audífonos negros. No entendía qué intentaría hacer Leon con ellos, ya que aún no conocían su gen-V.
Con tal de que estos audífonos no laven mi cerebro, estaré bien.
Regresó al pasillo y se escabulló hasta las escaleras, omitiendo nuevamente los llamados constantes y desesperados de su compañera de cuarto. Cuando pretendía dirigirse hacia la salida del dormitorio, una complexión un tanto más alta y dura que la suya se interpuso. Ella chocó contra el cuerpo desconocido y cayó sentada sobre la madera crujiente. Un escalofrío golpeó su espalda como un latigazo cuando distinguió la corrosiva mirada amatista de Yuzuki Yukari.
—Yukari-sempai—Rin se armó de valentía y se puso de pie, intentando no sonar demasiado turbada por la pasiva expresión de la superior.
—¿Qué crees que estás haciendo? Devuélvete a tu habitación inmediatamente. La inspección no ha concluido aún.
—Pero-
—Pero nada. Solo regrésate antes de que pierda mi temperamento—insistió y Rin, inconscientemente, alzó una ceja como respuesta. Muy tarde, pensó para su coleto, ya lo hiciste.
—Yukari, ella viene conmigo. Órdenes directas de Mew-sama—interrumpió la voz de Leon desde la entrada. La aludida levantó su mirada y frunció los labios.
—¿Qué asunto tiene que tratar una mocosa como ella con Mew-sama?
—Ése es un problema entre Mew-sama y Hanazono-san—declaró y se dio la vuelta. Yukari chasqueó su lengua y se marchó también, no sin antes asegurarse de rozar bruscamente el hombro de Rin con el suyo, abandonándola en medio del corredor, totalmente desorientada y confundida. ¿Mew había pedido que se encontrara con Leon? ¿Por qué?
Bordearon las paredes laterales de los dormitorios y entraron en los amplios y frondosos jardines. Leon continuó atravesando los arbustos, moviéndose sin vacilación dentro de aquel laberinto, y terminó adentrándose en un pequeño claro, donde Leon aguardaba por ella debajo de una estatua. Una opaca y tétrica estatua, recalcó Rin.
—Tus audífonos—mandó él, extendiendo su mano. Rin se los entregó reluctante, incómoda por la penumbra que les rodeaba, pues aún no había alboreado el día. Intentó menguar la tensión del ambiente con una conversación simple y amena. Más tarde comprendió que había errado al siquiera considerarlo.
—Puedo saber para qué necesita-
—Silencio. ¿Acaso te pedí que hablaras?
Qué rayos.
Rin reculó. Cómo dolía. Dolía que él se mostrara tan frívolo, tan distante, tan separado de ella. Rin siempre había admirado a Leon por su innata personalidad generosa y paciente. Le consideraba como un hermano mayor, el hermano que nunca tuvo. Al oírle contestar de aquella forma tan brusca y enojada a una simple, por no mencionar incompleta, interrogación, no pudo evitar pensar que ése no era el Leon que ella había conocido y tratado durante años. Se habría convencido de que era algún gemelo perdido sino fuese por la casi imperceptible cicatriz que tenía en la base de su cuello. Cicatriz que Rin le había ocasionado personalmente con una plancha.
Bienvenido a la lista de las personas que me han erradicado de su pasado.
¿Es que soy tan insignificante que es tan fácil apartar y borrar cualquier memoria sobre mí?
Se quedó estática mientras observaba cómo su antiguo amigo, a quien probablemente le habían hecho lo mismo que a Ia, encendía los audífonos y pronunciaba su nombre en voz alta para que el sistema reconociese su voz. Los conectó a un dispositivo táctil similar a una tableta. Continuó configurándolos a través de aquella computadora portátil, cerciorándose de que Rin no tuviese otra alternativa más que distraerse con los pájaros que surcaban el cielo grisáceo, hasta que finiquitó los parámetros que Mew-sama había establecido particularmente para Rin. Con un ademán rápido y discreto, le ordenó que se acercara.
—Bienvenida a la Academia Vocaloid—la rubia se paralizó cuando Leon deslizó los auriculares sobre su cabellera y los acomodó sobre sus orejas. Tras haberlos posicionado correctamente, los desconectó de la tableta y los audífonos se encendieron, enseñando el mismo sello especial que Len, Rinto y Rei tenían. Rin se disponía a preguntar por qué debía de cargarlos consigo si aún no conocían su gen-V, pero se vio imposibilitada de hablar.
Una súbita ola de electricidad recorrió sin piedad todo su cuerpo cuando los auriculares empezaron a funcionar. Rin sintió que sus rodillas enflaquecían y su visión se tornaba borrosa. La chica pensó, antes de desfallecer por completo, que jamás en su vida había sentido un ardor tan abrasador como aquél.
Se desplomó sobre la hierba al instante en que Len apareció en escena. Había ingresado por el camino opuesto al que Len y Rin habían utilizado para meterse en el laberinto. Su primo le observó con desdén, de pies a cabeza, y se volteó para marcharse. Len le lanzó una mirada resentida al mayor antes de agacharse y acariciar una de las pálidas mejillas de la chica. Su primo se retiró después de decirle:
—Si aprecias su existencia, deja de generar problemas. Es la última advertencia que tiene Mew-sama para ti.
Len apretó la mano de Rin y mordió con fuerza sus labios, hasta el punto de hacerles sangrar. Maldición, gruñó para su interior, perdóname, Rin.
—Podemos encargarnos de él—sugirió Rinto, parándose a un lado de Len mientras se cruzaba de brazos. Rei se localizó al otro lado, aún con su inexpresivo semblante, y lanzó una cínica mirada efímera hacia Rinto.
—No, no podemos—replicó con neutralidad. Rinto chasqueó su lengua y cruzó sus brazos. Hubo una pausa.
—Ya lo sé. Solo quería aliviar el ambiente...
—No veo cómo éso podría "aliviar" la situación—enfatizó con comillas el pelinegro y Rinto quiso golpear su cabeza contra un árbol. Su relación era complicada.
—Len, ¿podemos irnos de aquí antes de que el Señor Sabelotodo me dé otra razón para herirlo?
—Inténtalo—le retó Rei y Rinto estuvo a punto de responder, no de la mejor manera, pero el rubio más bajo se puso de pie con Rin entre sus brazos y detuvo la absurda disputa.
—No discutan entre sí. Saben que lo odio—ninguno añadió nada más.
Len apretó a Rin contra su pecho y se decidió a salir del laberinto por el mismo sendero que Leon había tomado hacía unos momentos atrás. Rinto le indicó a Rei que anduviera delante de él y éste, con una mirada significativa y verecunda, le palpó el hombro y obedeció. Aquélla era la forma de Rei Kagene de disculparse. Rinto armó una sonrisa pequeña y corrió detrás de él, guindándose de sus hombros mientras le despeinaba la cabellera.
Rei se molestó, pero no dijo nada. No quería desatar otra pelea que crispara los nervios de Len. Además, podía tolerarlo por ahora, ya que los tres estaban de buen humor.
Teóricamente.
Rin despertó unas siete horas después. Sus ojos fueron recibidos por el insípido techo blanco del hospital. Lo reconoció casi de manera inmediata. Con su cuerpo gimiendo por causa del dolor, se enderezó sobre la cama y gruñó al sentir que el sufrimiento de sus músculos se agraviaba por el movimiento. Sus ojos se aventuraron por la habitación, blanca y enfermiza, hasta detenerse en dos particulares figuras que no esperaba encontrar en ella.
Rinto y Rei.
Rin entró en pánico.
Ambos descansaban sobre un modesto sofá blanco, tan pálido y nauseabundo como el resto del mobiliario dentro del cuarto. Rinto dormía profundamente, con su cabeza apoyada osadamente contra el hombro de Rei. Él, por otro lado, concentraba su atención en un libro de tapa azul que sostenía en su regazo. Su expresión facial era seria e indiferente. Lo curioso era que su mirada era otra historia. Ésta manifestaba una mezcla de placer, de ése que se obtiene cuando se encuentra una lectura interesante y absorbente, y disconformidad, probablemente por el hecho de que Rinto estaba babeando sobre su camisa y continuaba murmurando tonterías repetidamente en sus sueños.
Viendo aquella faceta de ellos, donde no se molestaban en comportarse como un par de patanes con ella, parecía que eran tan inofensivos como un par de corderos. Corderos que, obviamente, podían quitarse el disfraz y volverse los temibles lobos del cuento. Ella tragó con dificultad.
—Um—musitó suavemente, lo suficientemente fuerte como para que Rei apartara su interés del exquisito libro que degustaba para posarla en la expectante muchacha que reposaba sobre la cama. Rei le observó unos segundos, como si estuviese comprobando que ella, en efecto, se encontraba despierta, antes de sacudir violentamente su cuerpo para despertar de una forma no tan grata a Rinto.
—Rayos, ¿ahora qué? Estoy cansado. El estúpido de Leon me obligó a limpiar la azotea toda la noche y quiero-—Rinto se interrumpió cuando Rei le miró de frente y ladeó su cabeza en dirección a Rin. Sus ojos viajaron hasta la confundida joven que les miraba desde la cama—. Oh.
—¿Oh?—Repitió Rin, alzando una ceja.
Rinto carraspeó y aclaró su voz.
—Oh—insistió él, retomando aquella máscara de desinterés que se asemejaba a la connatural expresión apática de Rei. Éste rodó sus ojos y continuó leyendo, sin ganas de objetar algo. No es como si tuviese la responsabilidad de hacerlo, de todas formas.
—Eh—Rin tampoco encontraba qué decir para romper el incómodo mutismo. Por ende, permaneció callada mientras Rinto desviaba su mirada hasta el indolente Rei y le veía leer. Al deducir que ninguno de sus visitantes se animaría a dar el primer paso, decidió tomarlo, por más arriesgada que le pareciera la idea—. ¿Qué están haciendo ustedes aquí?
Silencio.
Rin creyó, ingenuamente, que quizás no le habían oído. Repitió la pregunta, pero recibió la misma respuesta. Ella frunció el ceño.
¿Qué está mal con estos dos?
—Disculpen—insistió, intentando mantenerse en una postura educada, no queriendo alterar el humor de los dueños de los genes-V más peligrosos de su clase—, les estoy hablando. ¿Podrían decirme que están haciendo aquí?
Nada. Rin suspiró, exasperada, y giró su cabeza hacia la ventana. Trató de armonizar su respiración, amenazada por la rabia que le producía ser ignorada de aquella forma. Inhala, exhala, inhala, exhala.
—Iré por Len—anunció de repente Rei, con aquella voz baja y reservada, cerrando su libro de golpe y poniéndose de pie instantáneamente. Rinto le siguió con su mirada y lo despidió en la puerta. Una vez a solas, fue el turno del rubio de suspirar con pesadumbre.
—Rayos, esto no podría ser más incómodo—musitó entre dientes, casi de manera inaudible, pero ella fue capaz de escucharle claramente. Rin bufó.
—Dímelo a mí—comentó.
Y nuevamente cayeron en una competencia de mudos. El silencio se alargó hasta que Len y Rei ingresaron en la recámara, seguidos por un azorado Gackupo-sensei, quien, antes de tener la oportunidad de poner un pie dentro de la habitación, fue detenido por una oscilante puerta blanca a pocos centímetros de la punta de su nariz. Desde el otro lado escuchó cómo alguno de los chicos, probablemente Len, pasaba el seguro y le exigía largarse.
—Rin, necesito decirte algo—dijo él, arrimando una silla al costado de la cama de la rubia. Ella agachó la mirada, incapaz de verle directamente a los ojos. Lágrimas comenzaron a aglomerarse en sus orbes—. Escucha atentamente: hay tres reglas que tienes que seguir si quieres continuar... ¿Qué?—Len se cortó cuando Rinto tocó su hombro y le aconsejó silenciosamente que admirase el rostro de la chica.
Él acató la orden, ligeramente desorientado por la interrupción, y vio cómo gotas cristalinas caían calladamente por sus mejillas. Rin intentaba disimularlo girando su cabeza hacia el otro lado. Len suspiró y dejó que sus hombros cayeran miserablemente.
—¿Rin?—Llamó, utilizando el tono más gentil que podía, irritándose por el hecho de que no podía aguantar las lágrimas de las mujeres. Ella no respondió y él cerró sus ojos—. Rin, ¿por qué lloras?
Tonta pregunta, se recriminó, aquí adentro hay mil y un razones por las que llorar.
Rei y Rinto intercambiaron miradas con Len. Ninguno tenía una idea clara de qué hacer. Rinto levantó una ceja y puso una cara contrariada. Len pudo concluir que su amigo intentaba decirle que él era quien mejor conocía a Rin, por lo tanto, debía de saber cómo tranquilizarla. Len haló sus mechones con desespero.
—Rin, por favor, no llores. No, ah, es molesto—él acarició la cabellera de Rin con delicadeza, evocando la memoria de Ia calmándole de aquella forma cuando su abuela había sido internada por un infarto. Ella continuó sollozando. Len se disponía a retraer su mano, convenciéndose de que el método estaba fallando, cuando ella la tomó de repente.
Alzó su mirada, revuelta de pena y dolor, y la clavó sobre su solitaria persona. Len se sintió incómodo.
—Prométeme algo—susurró ella, suplicante, y él no pudo evitar arquear sus cejas, incrédulo—. ¡Len, dime que me lo vas a hacer!
Rei, aburriéndose de la plática íntima, decidió devolverse a su puesto en el sofá y retomar la lectura que había parado. Rinto le siguió, pues encontraba muy poco agradable meterse en la conversación de los dos, y sacó un reproductor de música de su bolsillo. Lo conectó a sus audífonos a través de un cable que salía del mp3 y recostó su cabeza en la cabecera del mueble, dispuesto a dormitar nuevamente. Rei permaneció atento, en caso de que Len les necesitara.
—Sería sensato que primero me dijeras qué rayos quieres que te prometa—ella apretó su mano y contuvo sus hipidos. Él volvió a refunfuñar, indignado por su estúpido comportamiento infantil—. Bien, ¿qué quieres?
—Tú no me vas a olvidar, ¿cierto?—soltó de la nada, bajando su mirada mientras jugaba con los dedos larguiruchos de la otra mano que había capturado. Él se sorprendió por la pregunta y escondió su mano, otra vez.
—¿A qué te refieres?
—Somos amigos. Los amigos no se olvidan—reiteró ella y Len se confundió aún más. Sosteniendo a la dama por los hombros, le obligó a mirarle de frente. La rubia respingó cuando él apretó su agarre.
—¿Qué tanto estás balbuceando? Creí que ya no éramos amigos. Si no recuerdo mal, tú misma fuiste la que me gritó eso en la cara—recapituló él y ella se sonrojó profundamente. Len alejó sus brazos y los cruzó sobre su pecho. Luchando contra el miedo de su orgullo de quedar humillada precisamente delante de él, Rin suspiró.
—Lo siento...
Una sonrisa maliciosa se alargó sobre sus labios. Claro, siempre era lo mismo. No había una persona más predecible en toda la faz de la Tierra que Rin Hanazono. Len se echó para atrás.
—¿Qué dijiste? No pude oírte.
Rin cubrió su rostro con sus manos, dejando un espacio mínimo para que sus labios pudiesen pronunciar la disculpa nuevamente, sin ser obstruidos por sus palmas.
—Lo siento.
Len quiso reírse, pero se contuvo.
—Rin, habla más alto, estás murmurando.
—¡Lo siento! ¿Está bien?—Explotó ella, hecha un desastre con las lágrimas que descendían de sus ojos y los gimoteos que se escapaban de su garganta—. Lamento mucho lo que dije, en verdad lo hago. Cuando lo dije no estaba pensando con claridad... Pero ahora sé que no quiero que dejemos de ser amigos. No quiero perderte a ti también, Len.
Su aire juguetón se esfumó con ello. Len recordó entonces dónde estaban y por qué se encontraban ahí. La realidad le cayó encima cómo un despiadado balde agua fría. Él apretó sus puños con ira, casi tornándolos morados, y continuó escuchando el discurso apenado de la chica.
—Me ha dolido bastante encontrarme con Ia-chan y con Leon... ¿O debería de llamarlos Makino-sempai y Kagamine-sempai de ahora en adelante?—Bromeó con amargura, abrazando sus piernas y apoyando su frente sobre sus rodillas. Len permaneció callado, señal que Rin tomó para continuar—. Si perder una amistad es tan desgarrador y doloroso, entonces dos, en menos de tres días, puedo considerarlo como el más horrible mal. No se lo desearía ni a mi peor enemigo.
—Rin...
—Aún te tengo a ti. Yo sé que odias mi carácter, tanto o más como yo odio en ocasiones el tuyo, pero podemos hacer que esto funcione. ¿Verdad?
—Rayos, eres peor que una mujer embarazada—opinó y ella le observó con enojo. ¿No podía entender que la situación era demasiado frágil como para soportar sus comentarios irracionales y desalmados? Rin le fulminó con la mirada, sintiendo que su sangre hervía por el coraje—. No pongas esa cara, tú sabes bien que tus cambios de humor son así de terribles.
—Mira al burro hablando de orejas—masculló. Len contrajo sus hombros y se dispuso a pararse, pero ella le retuvo por la muñeca.
—¿Qué?
Rin pareció pensarlo.
—¿Por qué siempre terminamos discutiendo, Len? Nuestra relación es tan inestable como una cuerda floja. Nunca podemos acabar una plática sin insultarnos mutuamente.
—No lo sé, quizás fuimos genéticamente programados para pelear—ella estuvo a punto de prorrumpir en el llanto, de nuevo. Len se sentó de nuevo y capturó su rostro entre sus manos, impidiéndole que continuara con su capricho—. Ya, no llores más. Es fastidioso. Bien, yo también tengo que disculparme. Lamento haberte tratado con tanta brusquedad cuando te vi aquí. Supongo que sobre reaccioné.
—¿Supones?—Ella alzó una ceja.
—Ugh. Sobre reaccioné, ¿feliz? Como sea, lo lamento. No prometo que no vuelva a suceder, porque tú realmente alteras mis nervios hasta el punto de querer estrangularte, pero intentaré controlarme la próxima vez que explote. ¿De acuerdo?
Era lo más próximo que recibiría de una disculpa sincera de Len Kagamine, así que asintió.
—Y tú también tienes que manejar mejor tus emociones—prosiguió él—. Tu sensibilidad solo nos causará más problemas. No quiero andar por ahí tolerando a una llorona.
—Pero-
—Solo cállate y que hemos superado toda la bobería de la reconciliación y ahora somos "amigos" de nuevo—Rin quiso reprochar toda la ironía contenida en esa oración, pero él no le dejó—, ya yo te oí hablar, ahora es mi turno. Como decía, ahora que hemos pasado eso, tienes que escuchar y grabarte muy bien lo que te voy a decir. ¿Entendido?
—Sí...
—Por ahora, tengo tres reglas para ti. No importa cómo lo hagas, pero tienes que cumplirlas a toda costa. Rin, en serio, a toda costa—la seriedad ansiosa en su rostro le hizo saber que era un asunto con el que no se podía jugar. Ella dio su consentimiento. Él masajeó su temple antes de continuar:
Regla número uno: evita, evade y huye, de ser necesario, de Ia y de Leon. No tengo tiempo de explicarte los detalles ahora, pues están por venir a castigarnos, pero tienes que saber que ahora son peligrosos. Ya no son los mismos que conocíamos.
Regla número dos: no te acerques, por ningún motivo, a la dirección. Si Mew-sama quiere verte, búscanos. Si no estamos cerca, busca a Rui. Solo no vayas sola a ese lugar, nunca. Esta regla incluye, además, que te mantengas lejos de tres chicas llamadas: Cul, Lenka y Haku.
Regla número tres: no confíes en ningún maestro. Esto incluye a Gackupo-sensei. No conoces sus intenciones por completo. Te aseguro que alguien allá afuera está esperando por aprovecharse de ti. No les des la oportunidad, ¿comprendido?
—¿Por qué tantas restricciones?—Quiso saber ella. Len suspiró pesadamente y tomó su mano entre la suya. Consideró que sería justo, después de todo, que si ella tendría que calarse el mismo infierno, debía de darle una pequeña explicación.
—Aunque sigo creyendo que eres la chica más insoportable y chillona que ha existido jamás—él mordió su lengua, riñéndose de antemano por lo ridículo y poco común que sonaba lo que iba a decir, y murmuró:—aún sigo preocupándome por ti.
El calor manchó sus mejillas abruptamente. Ella aguantó el aliento y cerró sus párpados, escuchando el latido enloquecido de su corazón. Era la primera vez, en dos años enteros, que Len decía algo tan amable para ella. Ignorando los evidentes insultos y la poca disposición, era muy dulce de su parte.
—Por ello te exhorto que no seas demasiado estúpida, porque eso te hace más vulnerable. Enfrentarse a la triste realidad que carcome a los seres humanos jamás ha sido fácil—él levantó su mirada, endurecida como una piedra, y la conectó con la atemorizada mirada de ella—, mucho menos para niñas ilusas como tú... Rin.
Justo en ese instante la puerta de la habitación se abrió. A través de ésta pasó la misma chica pelirroja que había visto al llegar, la renombrada y temida Cul. Ella se dirigió directamente hasta Len y clavó sus uñas alrededor de su brazo para que se pusiera de pie. Él agitó su brazo y se quitó las garras de la chica de encima.
—Terminemos con esto rápido—gruñó, llamando a Rei y a Rinto para que lo siguieran. Afuera, Rin distinguió una comitiva de hombres vestidos con trajes negros. Ellos rodearon a sus compañeros. Cul festejó.
—Qué maravilla. ¡El indomable Equipo Especial está colaborando! Anoten este día, pues es memorable—se burló, ganándose un rugido de parte de los tres muchachos—. Oh Dios, ¿estamos susceptibles el día de hoy?
—Solo vámonos—puntualizó Len y Cul negó con su dedo, sonriendo de aquella manera tan descarada.
—No, Lenny. Tú no eres quién para dar órdenes aquí. Yo recibí la orden de que el Equipo Especial necesitaba ser castigado por eludir las clases... y, ¿adivina qué? Rin-chan también es parte del Equipo Especial—sonrió ella y los tres muchachos del mencionado equipo perdieron color en sus rostros. El pasmo también alcanzó a Rin, quien, de la nada, sintió cómo una ráfaga de miedo se extendía por todo su cuerpo. Cul ensombreció su mirada—. Ella también viene con nosotros.
Continuará...
Perdón si el capítulo está un poco largo ^^u. Estaré de viaje por los próximos días, así que no sé exactamente cuándo podré subir el siguiente capítulo. De cualquier forma, quería agradecerles de todo corazón. No saben lo feliz que me hace recibir y leer cada uno de sus reviews. ¡Me alegra muchísimo que les guste la historia! Por favor, no olviden dejar sus opiniones cuando terminen de leer este capítulo. Espero que haya sido de su agrado.
¡Los quiero!
Uni Sawada.
