Disclaimer: Vocaloid y todos sus personajes son propiedad de Yamaha y Crypton Corporation.


Capítulo VIII

El canto lúgubre y tenebroso de la tempestad abatía el silencio reconfortante del despacho en el que hacía antesala. Los atronadores y fortísimos truenos sacudían con su estupor cada pared, cada puerta y cada ventana de su entorno. La luz potente y resplandeciente de los rayos cegaba la oscuridad en el interior de la habitación. El viento violento y enfadado se unía a los despiadados azotes dados en contra de los cristales tan frágiles que, enmarcados en las ranuras de los ventanales, amenazaban con romperse en cuestión de instantes. La tempestad parecía querer exterminar, a través de aquellos vozarrones estruendosos del viento y los golpes despiadados del agua, el edificio en el que se refugiaba.

Un diluvio asfixiante, severo e inesperado atacaba el concurrido, y al borde del colapso, centro de Tokio aquella mañana. A raíz de la tormenta que ahogaba el campus y le calaba de agua hasta los simientos, las clases habían sido temporalmente canceladas, junto con las actividades de los clubes y programas extracurriculares, y las áreas comunes de estudiantes en las instalaciones de primaria, secundaria y preparatoria habían sido clausuradas por inundaciones. Había corrido la orden de permanecer dentro de los dormitorios y, dado el cauce alto y desenfrenado que tapaba los senderos fuera de estos, nadie pretendía escurrirse lejos del confort de las sábanas tibias de sus camas en un día lluvioso y libre de responsabilidades.

Aunque, por supuesto, siempre alguien debía de moverse en contra de la corriente.

—¡Rinny-chan, qué alegría verte con tanta anticipación! Asumo que no te topaste con grandes inconvenientes al venir hasta acá—exclamó la voz inconfundible de Cul, inundando la oficina con su peculiar y cínica jovialidad, causándole un sobresalto repugnante y molesto a la rubia que le esperaba delante del hermoso escritorio de caoba. La toalla que reposaba sobre sus hombros cayó al suelo.

Al repetir las palabras de la pelirroja, Rin se enfadó. Menos inconvenientes habría sufrido si se hubiese propuesto encontrar un dinosaurio de color púrpura y manchones verdes que cantara, igual al que los niños en América veían para entretenerse. O, pensando en un enfoque más sofisticado por tratarse de la Academina, habría padecido menores males si le hubiesen encomendado encontrar el Santo Grial en el desierto del Sahara mientras huía de un gigante como Goliat. ¡Tal vez hasta la búsqueda de una puerta interdimensional hubiese resultado más sencilla que la odisea que soportó para salir de los dormitorios!

Esa mañana parecía que todas las damas que gozaban de posiciones respetadas e importantes entre el cuerpo estudiantil habían decidido vigilar cada rincón de los pasillos del dormitorio femenino. Al intentar escabullirse hacia el vestíbulo principal, donde hablaría con la consejera, se encontró frente a frente con la monitora líder del Comité Disciplinario, Kirsche D. Green, y con su mano derecha, Rees Blacklight. Sucumbiendo ante el pavor que ambas miradas impenetrables y severas ocasionaban sobre ella, bajó su cabeza con vergüenza, despertando la sospecha entre las muchachas que subían al segundo piso por las bellísimas escalinatas. Un diálogo de quince minutos le costó su error, sumado al constante temor de recibir una bofetada por parte de Rees Blacklight—la dama no toleraba su balbuceo, tampoco sus tímidos rodeos, y odiaba que la presidente del Comité no recibiera respuestas rápidas, directas y satisfactorias. Al acabar aquel interrogatorio, del cual consiguió escaparse gracias a excusas lamentables sobre una charla que la consejera había arreglado con ella, se topó con Yuzuki e Ia cuando se movilizaba cautelosamente, dando pasos ágiles y sigilosos como los de un felino, en frente de la ostentosa entrada del comedor. Arrinconada violentamente en contra de una pared, se vio obligada a responder con la misma mentira armada para Kirsche y Rees. Ia simplemente le ignoró, mostrándose tan distante como lo había hecho el primer día, tal cual Rin fuese un asunto sin relevencia alguna. Yuzuki, no obstante, parecía estar buscando algún pretexto que mereciese enviarle a una sesión de castigo. Era evidente que la antipatía era recíproca.

Con su espíritu quebrado y carente de ánimo, Rin se acercó a la oficina perteneciente a la joven y sofisticada consejera femenina, localizada al final del corredor yuxtapuesto a las grandes puertas del dormitorio. Su nombre era Clara y provenía de Europa. Era admirada por sus tendencias. Su piel estaba siempre bronceada, en el tono canela perfecto; sus cabellos estilizados eran cortos y oscuros, y siempre adornaba su coronilla con un par de lentes de Sol de diseñador. Usualmente vestía blusas cálidas y botas altas, combinadas perfectamente con faldas, pantalones y shorts negros. Se consevaba como una estudiante de último año.

Rin se había asegurado que nada malo pasaría ya, pues no era la primera vez que discutía con Clara el asunto de los permisos especiales y sabía que terminaría convenciéndole sin problemas de dejarle salir. Sin embargo, no conforme con los anteriores y horrendos encuentros que había tenido, al aproximarse para tocar la puerta del despacho de la psicóloga y consejera femenina, había escuchado un par de voces familiares mezcladas con la de Clara. Discutían.

Clara-san, con el debido respeto que le tenemos, ya no podemos tolerar más engaños. ¿Por qué no puede decirnos adónde va Rin cada vez que usted autoriza un permiso emancipado? ¡Es una injusticia!—Exigía a quien había reconocido como Miki, intensificando el enfásis que ponía en cada palabra acorde subía su voz. Desde el otro lado, Rin se había estremecido.

No creo que estés entendiendo la situación correctamente, Furukawa. Ayer les expliqué con claridad que mis conversaciones y sesiones con las demás estudiantes son confidenciales, así que lo que haga o no haga por ellas dentro de éstas está fuera de su incumbencia. Es un gran agravio y una inmensa decepción que hallan irrumpido en mi despacho para revisar los expedientes que he registrado. Están en muy serios problemas, señoritas.

¡Queremos que nos dejen ver a Rin!—Había rugido la voz encandilada de Gumi y algo se había roto a continuación—, ¡y no estamos dispuestas a irnos hasta obtener una respuesta satisfactoria!

—¡Basta!

A este punto, pensando en las advertencias de Cul sobre dar a conocer su situación con sus 'inocentes amigas', Rin retrocedió, aterrorizada. Si Miki y Gumi le oían, le atacarían con preguntas que no sabría cómo desviar. A un lado de la puerta principal descansaba una vitrina con hermosos anuarios cuidados con empeño. De unos de los cajones extrajo una pluma y arrancó una página virgen de una libreta de notas. Tras redactar su memorándum, regresó los objetos a su lugar y deslizó el papel por la ranura de la puerta del despacho de Clara.

Cuando ésta se había abierto de golpe, con las tres féminas tropezándose para salir del recinto en busca de la emisora del recado, Rin ya atravesaba los jardines delanteros para moverse hacia los cuarteles de la dirección.

El sonido del teléfono de la oficina donde Cul le había citado interrumpió el hilo de sus recuerdos. Ella observó con atención cómo la elegante chica se subía al escritorio, unos de sus tantos hábitos particulares y osados, y contestaba sin prisa la llamada entrante. Unos minutos infinitos transcurrieron sin que la pelirroja expresara alguna emoción, manteniendo su rostro sereno y pasivo, lo cual alarmó considerablemente a la rubia, hasta que le vio armar una sonrisa forzosa y espeluznante, justo antes de murmurar:

—No se preocupe, Clara-san, Rinny-chan está conmigo. Sí, yo me haré cargo de lo demás.

Colgó el aparato sin decir adiós y se regresó hacia Rin con un sentimiento peculiar, que la menor encontraba imposible de descifrar, brillando sobre sus orbes escarlatas. Rin empujó su cuerpo contra el respaldar de la silla donde se hallaba, en un vano intento de distanciarse más de la pelirroja, y enterró sus uñas en la tela de los reposa-brazos.

—Rinny-chan—Cul respiró profundamente, agitando sus pestañas largas y curvadas, y le dedicó otra sonrisa, más falsa y reprimida que la pasada, musitando, con sus dientes castañeando—: creí que cumplirías la promesa de no comentar nuestro trato con nadie, específicamente con tus compañeras.

El shock despedazó los nervios de la rubia. Ella agrandó sus ojos de manera desmesurada y negó con impaciencia y paranoia emanando de cada respiro dificultuoso que daba. Cul, no conforme con la respuesta errática y desesperada, continuó presionando.

—La fidelidad es un principio importante para mí, Rinny-chan. Hicimos un trato. Era nuestro secresto y confié en que seguirías tu palabra al pie de la letra y no lo revelarías. ¿Cómo pudiste? Después de todas las molestias que nos hemos tomado por ti. Los compromisos se asumen para no ser rotos. La deslealtad es intolerable.

—Yo no dije nada, C-Cul—susurró—. Lo juro.

—Entonces—replicó la pelirroja, aquel peligroso tono de ironía explotando con su observación—, ¿cómo explicas que tus compañeras sepan que te has estado retirando de los dormitorios para asistir a 'misiones especiales'? Porque, como sabrás, Clara-san no sería capaz de soplar ni una miserable pista. Ella aprecia su pellejo. Entonces, ¿quién?

—Ellas—Rin remojó sus labios—, mis compañeras,son astutas. Y persistentes, muy persistentes. Tienes que comprender que mis constantes ausencias comenzaron a llamar mucha atención y que era cuestión de tiempo que iniciaran su propia búsqueda de respuestas. Pude habérselas dado, quizás hasta pude haber desvanecido sus sospechas, pero... tú me lo impediste.

Cul estrelló su mano contra la mesa repentinamente, espantando a Rin con aquel arrebato de furia. Pese a que la fuerza que había enrojecido la palma abierta de la pelirroja indicaba una ira descomunal fluyendo a través de los canales de sus venas, las cuales, cabe destacar, comenzaban a resaltar en su frente y cuello, ella continuaba con su sonrisa espléndida y pavorosa.

—Reportaré esto a Mew-sama—estableció, levantándose, y anduvo lentamente hacia la salida. Su sonrisa había desaparecido, como un espejismo durante instantes de horror. La pelirroja se detuvo unos instantes, inhaló suavemente, y se devolvió a verle. La expresión que esbozó encendió una bravía llama de terror en el pecho de la chica. Había comenzado a tejer la hipótesis de que Cul era bipolar—. Habrá que encargarse de la insistencia de esas compañeras tuyas, ¿no lo crees? Han estado inmiscuyéndose en proyectos que no les conciernen. Nuestros asuntos las excluyen a ellas.

—¿C-Cul?

—Espera aquí por Lenka, ella te acompañará al laboratorio. Espero que estés en ayuna, Rinny-chan. No querrás vomitar nuevamente, ¿cierto?—tomó una amplia bocada de aire y rio—. ¡Hoy será un buen día!

Como si la naturaleza se hubiese inclinado por las intenciones siniestras de Cul para hacerle temer, un impactante rayo rasgó la oscuridad del cielo y el aullido estrépito de la furiosa tormenta repercutió en sus frágiles tímpanos.

—Nos veremos más tarde, Rinny-chan. No te angusties, yo resolveré los problemas con tus 'amigas'—al finalizar su dictaminio, la puerta se cerró detrás de ella con un chirrido horripilante. Rin asimiló cada insinuación dejada atrás por la ingeniosa dama y, recuperándose de la parálisis que amenazó con desequilibrar sus pensamientos, brincó abruptamente hacia la entrada, jadeando. Intentó halar la perilla e ir tras ella, pero la encontró bloqueada en el exterior.

—¡Cul, por favor! ¡Haré lo que sea, pero no les hagas daño!—Ella golpeó sus puños contra el metal. Las lágrimas se amontonaron en sus ojos—, ¡Cul! ¡Escúchame, te lo suplico!

El teléfono resonó por segunda vez, apenas escuchándose con los rugidos estruendosos del cielo encolerizado y los desalmados sollozos de la chica. Rin se tensó, las cataratas aún deslizándose por su rostro aporreado por el dolor, girándose en la dirección del persistente 'ring-ring'. Deliberó, durante minutos interminables de posibles deducciones, si era correcto y oportuno contestarlo. Hasta lo que ella sabía, nadie debía de enterarse de su estadía en ese aposento. Mew había exhortado discresión y silencio sobre los movimientos que Rin hacía como su peón. Revelarse sería tentar más el temperamento de Cul y probablemente provocar la rabia desconocida de Mew.

No obstante, antes de que pudiese moverse de su sitio para tomar un cojín del mueble en el otro lado de la oficina, colocarlo sobre el molesto aparato y erradicar el fastidioso e incesable sonido, el pitido de la contestadora se le adelantó. Rin suspiró a raíz de la ola de alivio que calentó su cuerpo.

Por supuesto, hasta oír el mensaje que la persona del otro lado de la línea planeaba dejar.

Hanazono-san, sé que estás ahí. Soy yo, Gackupo-sensei. Contesta, por favor.

Ella lo consideró atentamente. Sus manos apretaron el doblés de su camisa, empapada y sucia a causa de la ráfaga de lodo que la tempestad había levantado, mientras temblaban por el nerviosismo y la confusión. Sus pies le arrastraron hasta el escritorio ancho y largo, repleto de archivos y folios que sabía no tenía permitido siquiera observar, y sus traviesos dedos se aproximaron al teléfono. Su respiración se interrumpió con un gemido. Presionó con delicadeza el botón rojo que titilaba, indicando la llamada en espera, y el silencio recibió al expectante Gackupo.

¿Hanazono-san?

Permaneció callada. Escuchó cómo Gackupo inhalaba profundamente, cuidando sus palabras con su tono cortés y persuasivo, ignorando las voces lejanas que guindaban murmullos en el fondo y que resultaban escalofriantemente familiares.

Hanazono-san, no hagas esto más difícil. Respóndeme. Sé que necesitas de alguien.

Su lengua estaba muda e indispuesta a pronunciar sílaba alguna, pero aquello no representó un problema exhaustivo para el maestro. Un traspiés, un chillido, un golpe, un crujido y silencio. Rin frunció el ceño.

—Es urgente... Tenemos que hablar. Hanazono-san, Gumi y Miki me han comentado sobre tu desaparición de los dormitorios...

—P-Protéjalas, sensei.

¡Hanazono-san, por favor...!

Al oír cómo exclamaba su nombre, colgó. Rin se acurrucó en el sillón detrás del escritorio, duro y ostentoso, y más gotas saldas abandonaron su orbes enrojecidos, como ríos desbordándose tras una horrenda tormenta, a lo largo de sus mejillas. Un vago click alcanzó su oídos y, tal cual la muerte aparece en la vida, Lenka se asomó en la habitación con una solemnidad esporádica. El azul de sus ojos se tornaba más negro y menos zafiro cada vez que se veían... Su alma estaba siendo succionada. Por lo tanto, un ser sin alma, no tenía nada que mostrar más que oscuridad a través de las ventanas de su cuerpo.

En parte, Rin se asemejaba a Lenka.

Mucho más de lo que ella creía.

—Hanazono-san, ya es hora.

—Sí...

—¿Llorabas, Hanazono-san?—Quiso saber, y Rin no pudo diferenciar si en verdad el asunto le resultaba de interés genuino o no. La sutileza en su dicción y el tono liviano de sus palabras le engañaba con un seguro sí, pero los rasgos indiferentes y rígidos que acompañaban su oración expresaban lo opuesto. Lenka era un misterio, un enigma, un reto. Todo en ella era contradictorio y, aún así, cada parte mostraba su propio sentido. Era la efigie de los paradigmas.

—Por tonterías nada más...

—Las tonterías, acciones carentes de lógica, son inútiles. Igual que los sentimientos parciales. Fue un llanto sin importancia, completamente inútil para nosotras—estipuló y la rubia que era menor no contestó. No halló ofensa alguna por el argumento sólido y distante de Lenka. Al contrario, se vio experimentando cierta compasión y simpatía por ella, ya que algo en su vaga e indescifrable voz revelaba cuánto anhelaba sentir algo que mereciera sus lágrimas.

—Sí, fue tonto, pero no inútil—reprochó y ninguna mencionó nada más del asunto.


—¡¿Por qué no me dejaste hablarle?!—Espetó Len, enfadado, al tiempo en que descongelaba, con llamas que ardían con viveza alrededor de sus dedos, las capas de hielo grueso que le inmovilizaban de su tronco para abajo—, ¡a mí no me habría ignorado como a usted!

—Ya imagino la razón por la cual no ha tenido citas durante años, Gackupo-sensei—Rui sonrió de lado al soltar su perspicaz mofa y notar cómo una de las esquinas de los labios púrpuras de Len—totalmente su culpa—se curvaba en una sonrisa mínima y discreta. Se sintió victoriosa consigo misma.

El maestro dejó escapar un gruñido exasperado antes de proseguir.

—Len, tú sabes que nada dentro de la Academia pasa desapercibido. Las llamadas son monitorizadas y registradas, y un programa de reconocimiento de voz da alarma si alguien que tiene prohibido el acceso a los medios exteriores se atreve a romper las normas. En este caso, serías descubierto in fraganti.

—¿Qué más da? Por lo menos sabría que no está sola. ¿De qué le serviría tu consuelo, en todo caso? Ni siquiera le conoces—señaló con desdén, ganándose dos pares de miradas patidifusas que, por encontrarse ocupado para derretir el gélido manto que palidecía su piel, omitió. Al recibir un mutismo estupefacto como única respuesta, supuso que debía de explayar su inusual posición altruista—. Rin es una niña demasiado ingenua y boba, y confía estúpidamente en cada persona que se cruza en su camino. En varias ocasiones le repetí que su credulidad e infantilismo solo le conducirían a una decepción crítica, pero ella siempre se limitaba a reprochar que yo tenía demasiados prejuicios contra el universo. Lo mío no eran prejuicios, eran opiniones sustentadas en la cruda y repulsiva realidad que he visto a lo largo de mi existencia, que, para ser tan insignificante, ha tenido numerosas y pocos placenteras experiencias significativas.

—Tus palabras acarrean tanta decepción y negativismo, Len-kun—intervino Gackupo, suavizando su mirada firme, consiguiendo una reacción hastiada del rubio—. Eres muy joven para hablar con tanto resentimiento... No has vivido lo suficiente para ver tanto mal como el que pesan tus palabras.

La pelinegra aventó de golpe el cajón de un escritorio, sorprendiendo a los otros dos presentes en el salón con su repentina intervención, antes de voltearse hacia el profesor con sus cejas fruncidas y sus labios apretados en una línea tiesa y recta.

—¿Disculpe? ¿Dónde estuvo estos últimos diez años?—Replicó Rui, arrugando su nariz con disgusto. En aquellos momentos matiscaba un par de chicles de cereza que había encontrado cuando revisaba los coloridos post-its pegados alrededor del espacio de trabajo de la profesora de artística. Infló una bomba, armando su próxima protesta, y la explotó antes de proseguir—. ¿Acaso ha olvidado cada uno de los accidentes causados por la ambición de la Academia de perseguir ese ridículo objetivo de deparar solo gloria para cada uno de sus estudiantes? Porque estoy segura de que las familias de las víctimas no lo han olvidado, sensei. Tampoco el resto del alumnado. Incluyéndonos.

—Rui-chan, todos cometemos errores...—ambos alumnos retrocedieron con el corazón endurecido. Aquella excusa patética era un cliché enfermizo que se rebobinaba una y otra vez en sus memorias desde que eran niños—. La Academia también los comete. Es por ello que les pido no albergar tanto odio en sus espíritus jóvenes. No dejen que sus ilusiones se rompan por tantos infortunios que han presenciado aquí.

Ninguno supo qué hacer inmediatamente. ¿Debían de mofarse satírica y abiertamente de la solicitud del maestro, o llorar por la furia y tirar cada cosa que estuviese a su alcance para desquitar tanta frustración?

—¡Qué insensatez y qué hipocresía!—Rio con una agria ironía la de mechones azabaches, saltando de la silla sobre la que descansaba su cuerpo. Len le sostuvo por la cintura, impidiendo que la chica se aproximara un centímetro más al profesor. En un contexto diferente y exclusivo habría permitido que la fiera en Rui arrinconara a Gackupo por diversión, pero le requerían para mantener el contacto, aunque fuese miserable en la actualidad, con la recluida y secuestrada rubia—. ¡¿Con qué agallas puede ustede decirme que no albergue odio por los "errores" que ha tenido la Academia?! ¡Qué descaro, Gackupo Kamui! ¡Devuelváme mi infancia y tal vez podamos conversar sobre esa absurda actitud suya de perdón!

—Rui, cálmate, no pretendía alterarte—articuló él, aún en su semblante diplomático y prácticamente insensible. Su tranquilidad inalterable descarrió las abrasivas emociones que, durante largos años, habían sido reprimidas por la pelinegra—. Yo solo busco menguar el conflicto que revuelve su paz, no disfruto verles sufriendo por esto. Por favor.

Len soltó un bufido.

—¡Pues que mal! Es difícil creer en su palabra. Usted perdió nuestra confianza hace mucho tiempo y dejó de ser una fuente de "paz y tranquilidad" en este podrido hueco. Diga lo que diga, ya nadie reparará la injuria que produjo—puntualizó. Rui se zafó del agarre fuerte de Len al notar el impacto dañino que habían ocasionado las odiosas presunciones del rubio en el maestro. Tuvo que luchar contra sus músculos para eliminar toda muestra de amarga satisfacción.

—La única razón por la que yo permanezco en esta sala con usted presente es porque Lenny está dispuesto a sostener un tregua temporal por el bien de Rin. La chica es una necia y desatinada, casi inaguantable, pero no le desprecio como a todos aquí—quiso añadir un venenoso como a usted, pero procuró no permitir que sus sentimientos tan nefastos se apoderaran de su juicio y avivaran la impulsividad que nublaba su conciencia, tal cual siempre le recordaba y sugería su hermano gemelo. Ya habían prolongado la charla más de lo pautado, además de que el maestro había recibido su porción de revancha del día, así que era momento de culminar aquella reunión tan placentera para que pudiesen continuar con su plan—. Por ella le toleraré. No me haga lamentar mi decisión. Solo demos esto por terminado.

El rubio agitó su cabellera, decepcionado de la ayuda tan poco relevante que aportó el profesor.

—Regresando al asunto que nos compete—retomó Len el habla, su nuca y oídos enrojecidos—, si Rin continúa con las desquiciadas de Haku y Cul, y sigue golpeándose con decepción tras decepción, llegará a un punto de quiebre. Asumiendo que lo que usted nos ha dicho es verdad—advirtió, apuntando su desconfianza al hombre de largos cabellos violeta—, si han comenzado a inyectarle estimulantes con sustancias radiactivas para que su organismo active la mutación completa del gen-V, Rin empezará a sentir trastornos físicos y psíquicos en cuestión de días. Eso, unido a su actual inicinestabilidad emocional, le llevarán a locura. Maldición.

—No podría perder la cabeza por una cosa así—protestó Rui, insegura de la firmeza adecuada de su voz. Volvió a inflar una bomba rosada y brillante antes de continuar mascando—, ¿o sí? No digo que los expertos de la Academia sean las personas más fiables del planeta, pero no permitirían que el nuevo juguete de Mew-sama se averiara tan temprano. ¿No crees?

—Rin es una persona que suele ocultar sus sentimientos al encontrarse rodeada de desconocidos. Cuando acumula demasiadas emociones que precisó callar, tiende a sufrir crisis de ansiedades. Llegará un instante en que no lo soportará más. Después de ver la cara que la escuela ha armado sobre Ia y Leon, además de los experimentos a los que está siendo sometida, dudo que se quede pasiva y quieta como hasta ahora. Quizás no logren romperle por completo, pero el daño será inevitable.

—Rin es una persona fuerte, Len—intentó argumentar Gackupo, poniéndose de pie. Len chistó.

—Hasta la persona más fuerte tiene su talón de Aquiles—reiteró, precisando una mirada rabiosa—. Usted debería de saber eso muy bien, Kupo-sensei.

El sobrenombre arcaico del maestro fue una bomba que no esperaba fuese jugada en su contra. Mientras veía el par de siluetas jóvenes escapar por la espaciosa ventana del salón, permitiendo el acceso de la brutal ventisca y el agua helada, al instante en el que el eco de unos tacones resonaba en la cercanía, Gackupo colapsó sobre su silla, respirando agitadamente, sintiendo gotas de sudor frío acumularse en su frente. Meiko se adentró justo a tiempo para encontrarle al borde de la desesperación.

—¿Qué rayos?—Escupió ella al verse embestida por una corriente húmeda y violenta apenas puso un pie dentro del salón de profesores. Apresurándose para alcanzar la fuente del desastre, aventó al suelo una carpeta que traía consigo y su contenido se desperdigó. Gackupo no reaccionó. Empapándose de pies a cabeza, la castaña logró trancar, no de forma tan gentil, la ventana. Miró con enojo al hombre de cabellos violetas antes de demandar una explicación—: ¿Se puede saber en qué demonios estabas pensando, Gackupo Kamui, al abrir la ventana en medio de este diluvio? ¿Acaso tus neuronas se fundieron por completo?—Ella arqueó sus cejas al notar el tono fantasmagórico de su piel—. ¿Estás enfermo? Tu rostro está más blanco que un papel. Pareciera que hubieses visto un espectro o algo así.

Recién escuché la voz de uno, de hecho.

—Deberías de ir a la enfermería para que te revisen—mencionó casualmente, procurando sonar lo menos interesada posible sobre el bienestar de Gackupo. No era un asunto que le incumbiese, de todas formas—. No sería apropiado tener al maestro de gimnasia luciendo tan lívido y poco saludable en sus lecciones—un rayo rompió la visión del horizonte. Meiko dejó un bufido en el aire antes de agacharse a recoger los folios que traía consigo—, claro, tienes todo el día para recuperarte. Qué oportuna sincronización.

Él no mencionó nada. Ante la ausencia de una contestación digna de réplica, Meiko continuó.

—Lo que sea que tengas, requiere de reposo. Lárgate a dormir por ahí, Gackupo. Me dan nauseas tu obsesión por el trabajo—la castaña exprimió los mechones molestos que se pegaban a su frente y cachetes, y suspiró. Por supuesto que su orgullo jamás le dejaría admitir que estaba sutilmente preocupada por él y su inusual mutismo. Además, nunca había visto una expresión tan profana y vacías adornado su rostro—. Por Dios, tienes el día libre, consíguete una vida o quédate durmiendo como todos los inútiles y vagos estudiantes de esta escuela. Después de todo, tú no eres tan diferente a ellos, o no quieres serlo.

La castaña se aproximó al escritorio donde Rui había estado acomodada hacía menos de cinco minutos atrás. Revisó los papeles que sobre él descansaban y tomó una colorida cajita de cartón, cubierta por una pila de bosquejos que la profesora de arte hacía en cada clase para guiar a sus pupilos. Sacudió la cajita, esperando que el contenido que sabía que tendría adentro cayese sobre su palma abierta. Sin embargo, al no obtener la ganancia deseada, Meiko la ojeó detenidamente y jadeó.

—¿Sin goma de mascar? Mayu prometió que apartaría un par para mí—botó la caja de cartón en una papelera cercana y rugió, al tiempo en que marchaba hacia la salida—, y luego tiene el atrevimiento de cuestionarme por qué me muestro tan antipática con ella.

—Meiko—llamó Gackupo, sin aliento, antes de que la maestra se hubiese retirado del recinto. Ella se detuvo, mas no se giró por completo. Simplemente alzó su barbilla y le observó de reojo, por encima de los hombros, con aquella aura desdeñosa que le caracterizaba—. ¿Tienes alguna noticia sobre Lenka?

—¿Lenka Yamamoto?—Ella contrajo sus hombros instantáneamente—. ¿Cómo podría y por qué debería de saber algo sobre ella, cuando los únicos seres con los que interactúa son Mew, Haku y Cul? Ah, y de acuerdo a todos los rumores que corren por ahí, esa niña que recogiste en la calle también. ¿Rin es su nombre?

—Rin Hanazono. Es increíble que haya llegado hasta acá gracias Len...—Meiko se disponía a marcharse, repasando que tenía asuntos de mayor importancia que atender, cuando escuchó lo que el maestro balbuceaba—. Creí que una vez que Len hubiese regresado, Lenka recordaría algo...

—¿Cómo podría hacerlo?—Protestó ella, deteniéndose en seco—. La chiquilla sufrió el protagónico de una tragedia griega. Nadie querría recuperar memorias tan espantosas después de un acontecimiento tan nefasto. Además, teniendo en cuenta el afán con el que vigilan a esa niña, dudo mucho que Len y ella vuelvan a cruzar caminos aquí adentro. En otras palabras, las opciones de reconocimiento son menores a cero.

—No resulta justo, Meiko—Gackupo cruzó sus manos y apoyó sus codos sobre sus rodillas—. Ellos estaban enamorados.

—¡Por favor, Gackupo! ¿Enamorados?—ella rodó sus ojos, mordiendo su lengua para no soltar un insulto crudo en la cara de su compañero de trabajo—, eran tan solo unos mocosos de doce años. ¿Qué podrían saber sobre 'amor'? Debes dejar de leer urgentemente tantas novelas dramáticas. Te estás transformando en un caballero de cursilerías—Meiko enfatizó cada sílaba con un seco sarcasmo—. Puedes consolarte sabiendo que todo estará bien mientras no se encuentren de nuevo. De esa forma, 'Len-kun' se ahorrará la agonía de un corazón roto y Lenka podrá continuar con su vida. Todos ganamos, todos somos felices, todos podemos continuar y superarlo.

—Pero Meiko, les arrebataron el derecho de vivir un amor honesto y puro que apenas comenzaba a florecer. ¿Cómo podríamos vivir con ese remordimiento pesando sobre nuestros hombros? Pensé que si Lenka se enteraba del retorno de Len, algo despertaría en ella. Muchos aseguran que la mente olvida, pero el cuerpo no. Quizás si estuviesen frente a frente, ella identificaría su tacto, su presencia,...algo.

—¿Ya terminaste?—Meiko chasqueó su lengua—. En verdad creo que esta charla carece de sentido. La historia de "amor"—a este punto realizó una mueca de disgusto—que compartieron esos dos ya quedó en el pasado. Sigamos con nuestras vidas. Después de todo, ¿a ti y a mí qué con esas horripilantes y tristes anécdotas? No nos concierne intervenir de ninguna manera, Gackupo. Tienes que aceptarlo de una buena vez.

—Meiko...

—Cuando tengas algo más propio y propicio para una conversación de adultos, avísame. Consideraré si vale la pena o no gastar mi tiempo en una discusión contigo—ella se largó, ignorando cómo un retazo de papel se deslizaba fuera de su carpeta y quedaba abandonado en el suelo. Gackupo se puso de pie y lo tomó en sus manos, leyendo una serie de números que parecían coordenadas. Al darle la vuelta, jadeó.

Ubicación confirmada. Distrito Norte de Hong Kong. Isla Wong Wan Chau.

—¿Podría ser posible...?


¿Averiguaron algo?

Rui se encaminaba hacia su respectiva habitación cuando, desde dos puertas paralelas, se asomaron Gumi y SeeU. Conociéndoles, habían estado paradas por horas, con sus ojos pegados a las superficies de sus puertas, esperando que se dirigiese a su cuarto. Tenía que tomar aquella ruta para alcanzarlo, por lo que aquel encuentro predestinado sería imposible de evitar.

Ella desvió sus orbes dorados hacia el techo y negó lentamente, sin detenerse para completar alguna plática con aquellas muchachas. El hecho de que hubiese accedido a colaborar por el bienestar de Rin Hanazono no significaba que estaba dispuesta a entablar ningún tipo de relación con ellas—una amistad con aquellas impulsivas y activas niñas sería simplemente bochornoso y temible. Rui apreciaba el silencio, la paz y la tranquilidad. Estaba segura de que una recámara con Miki Furukawa, Megumi Megpoid y el resto del bullicioso séquito—como le gustaba llamarles—nunca albergaría tales cualidades.

—Es una lástima, creímos que quizás ustedes tendrían suerte y...—SeeU se cortó cuando notó que la pelinegra no se había tomado la molestia de pararse para atender la conversación. Lanzándole una mirada confundida y sorprendida a Gumi, ella gritó:—, ¡Kagene-san! ¿No te apetecería pasar un rato con nosotras? Pensábamos reunirnos para hablar...

Rui declinó la oferta, que le causó escalofríos con solo imaginársela, con un gesto desinteresado en el aire. No pretendía ser tan ruda—o tal vez sí, pero no quería admitirlo porque luego Rei lo sabría y le reprimiría por imitar su conducta—pero la idea de ser partícipe de una reunión de revoltosas e ingenuas muchachas no le tentaba ni un poco. En otra ocasión, si su hermano no hubiese estado secuestrado y desaparecido en algún país extranjero, se habría tomado su tiempo para considerarlo antes de rechazar la oferta.

"Deberías de compartir más con las demás, Rui..." , había dicho Rei la tarde consiguiente a la huida del Len, "juntarte solo con nosotros dos no debe de ser tan divertido. Somos un par de problemáticos muchachos, no quisiera que mi hermana siguiera nuestro terrible ejemplo."

Pero aquello solo le había motivado para permanecer más aislada del resto de la población estudiantil. Ni de broma abandonaría a su hermano y a Rinto cuando ambos estaban a punto de creerse las viles mentiras de la Academia. Problemáticos, sí. Mas su causa era justa y buena. No se arrepentía de haberles seguido.

Rui se acomodó sobre su cama. Había gastado los últimos minutos pensando en el paradero de su gemelo. Durante las noches podía escuchar su voz y recibir vagos pensamientos. La telepatía gemela entre ambos se resumía a un intercambio de deseos y llantos del corazón, como Rei lo había establecido años atrás.

Su laptop, privilegio de ser el integrante con mejores calificaciones del Equipo B, que se hallaba abierta sobre su escritorio, indicó la llegada de un nuevo mensaje. Había estado revisando correos sobre patrocinantes—Rui adoraba el patinaje sobre hielo—, de esos que la Academia le permitía revisar después de haberlos leídos de antemano. Se puso de pie y ojeó su bandeja de entrada, encontrándose con un mensaje nuevo con dirección del Consejo Directivo.

Demonios. ¿Ahora qué?

Los directores limitaban el uso de sus correos para citaciones relacionadas con misiones. Rui nunca había recibido uno, por supuesto, porque Rei se encargaba personalmente de evitarlo. Estando su hermano lejos de ahí, temió que ahora fuese ella el siguiente objetivo para participar en estúpidos proyectos.

Querida Rui-chan,

Tengo presente que Len y tú creen firmemente que ya no merezco su confianza, pero estoy poniendo en riesgo mi seguridad para demostrarles lo contrario. Una vez que acabes de leer este correo, bórralo de tu bandeja y elimina el historial de búsqueda. Limpia los archivos de memoria y erradica todo rastro de que esto alguna vez llegó a tu pantalla.

—¿Qué rayos es esto?

Meiko y yo tuvimos un encuentro apenas ustedes dos se marcharon. Encontré algo interesante entre sus papeles. No puedo explicar detalles, pero sé dónde se encuentran Rinto y Rei.

Rui comenzó a sudar frío. El palpitar de su corazón se volvió errático y desenfrenado.

Fueron localizados en Hong Kong por un grupo especial contratado por la Academia. Hasta ahora la información que he recopilado sobre el sitio es muy vaga—se trata de una zona protegida por un parque nacional. Los buscadores indicaron que los auriculares de Rei y Rinto fueron jaqueados. Borraron toda la información almacenada en ellos. Sin embargo, quienes hayan intentando esconder sus pistas, cometieron un error y una señal de alarma fue enviada a los cuarteles generales. Con suerte, Rei y Rinto estarán de vuelta en pocos días. Avísale a Len, sé que ambos han estado muy estresados por este tema. Si obtengo más noticias, se las haré saber.

Atentamente, Gackupo-sensei.

—¿Borraron la información almacenada en ellos?—Rui frunció el ceño—. Esto huele asquerosamente mal.

¡Kagene, abre en este instante!—Tocaron su puerta con fuerza, alarmándole. Rui cerró su laptop de golpe y se puso de pie, encaminándose hacia la entrada de su cuarto, enfurecida.

—¿Qué? No estoy sorda, no hay necesidad de gritar.

Frente a ella se encontraban Cul y Haku, las últimas personas que esperaba ver.

—¿Qué tal, pequeña Rui? Hemos venido a notificarte una cosa—Cul extendió un papel hacia ella, con aquella sonrisa tétrica que tanto odiaba. Ella le tomó de mala gana.

—Es una citación a la dirección, Kagene—continuó Haku, sin emoción alguna más que amenaza—. Tendrás que reportarte mañana temprano con Megumi Megpoid y Miki Furukawa en la oficina de Mew-sama. ¿Comprendido?

Oh, qué genial.

Sí.

—Cualquier falta será merito de una sanción—complementó y Rui se limitó a asentir, inexpresiva. Antes de que pudiese cerrarles la puerta en las narices, Cul habló.

—Pequeña Rui, un pajarito nos comentó tu hermano está siendo traído de vuelta—la voz chillona y divertida de la pelirroja amargó el poco humor que le restaba. Sabía que Cul le estaba provocando—. Qué conveniente. Justo a tiempo para la revelación de la nueva Rinny-chan.

Rinny-chan.

Rin.

Hanazono.

—¿Qué? ¿Nueva Rin?

Eso fue lo que dije. Una totalmente renovada Rinny-chan.

Ella alzó su mirada pasmada, recibiendo una sonrisa reluciente de parte de Cul. Haku, por otro lado, negó con su cabeza y se marchó, dejando atrás a la desquiciada muchacha. Cul le ordenó que aguardase unos instantes, antes de volverse la pelinegra y comentarle casualmente:

—¡Pues no era para menos! Con su gen-V encontrado, no podíamos esperar que continuara siendo la misma. Rinny-chan, tan rebelde y problemática, al fin ha sido domada.

—Imposible...

Cul disfrutaba cada instante de la plática. Rui lo sabía mejor que nadie...y, aún así, resultaba imposible no concederle el placer de verse afectada por la primicia

—Por favor, ¿serías tan amable de comunicárselo a Lenny? Ha estado evadiéndome desde que despertó. Me pregunto por qué—Cul se rio—. Lástima que no seré capaz de ver su cara cuando reciba la noticia. Pero, ¿qué más da? Será igual de épico a cuando le vea en persona.

—¡Cul!

—Tsk, ya voy. Bueno, duerme bien, pequeña Rui-chan. Dulces sueños—canturreó. No habían pasado menos de cinco minutos, con Rui congelada en el marco de su puerta, cuando SeeU y Gumi emergieron de sus cuartos para mirarle desde lejos.

—Voy a matar a alguien—masculló la pelinegra, arrugando el papel que retenía entre sus manos—. Y si no lo hago yo, definitivamente Len lo hará.


En realidad, no sé qué decir exactamente sobre este capítulo n-n. Ojalá les haya gustado~! He estado ocupada con mis trabajos...mi último año ha sido totalmente un reto. Pero se acercan las vacaciones y, cuando tenga más tiempo libre, me encargaré de contestar todos sus reviews. ¡Muchas gracias por su apoyo! Espero que les haya agradado. Pobre Lenny, Lenka, Rin y todos... Las cosas recién empiezan a ponerse... ¿interesantes?

Los quiero un montón. No olviden dejar sus comentarios, ¿ok?

Atte, Uni Sawada.