La tristeza se reflejaba en la mirada achocolatada del santo de bronce, sus ojos estaban hinchados de tanto llorar y un cosmos abatido lo envolvía como constante recordatorio de que se encontraba superando un hecho que marcó su vida por completo. Aquella chica no solo se había marchado, sino que también se había llevado su corazón en el trayecto, dejándolo confundido con un montón de sentimientos que no sabría interpretar a la perfección. Si bien la condenada guerra santa contra Mars acabó un par de semanas atrás, continuaba viviendo en carne propia la aflicción que alguna vez atormentó a la joven santa dorada.
– ¿Dónde estoy? –se preguntó Soma avanzando por la oscuridad ficticia–. Bueno, este lugar no tiene encanto en lo absoluto.
Transcurrieron varios minutos en los que estuvo vagando en la densa oscuridad hasta que se halló con una puerta de cristal cara a cara. Soma, más confundido que antes por percibir un cosmos conocido emanar de la habitación contigua, empujó los cristales con el corazón latiéndole desbocado en el pecho y sintiendo su cuerpo traicionarlo con estremecimientos provocados por sus emociones. Quiso huir de esa realidad cuando una figura conocida se halló con él sin previo aviso.
– ¿Por qué no me salvaste? –le inquirió entonces la figura con un lloriqueo, ocasionando que su voz, tan rota como los cristales de la puerta que él mismo acababa de destrozar por la impresión, retumbara por los obscurecidos muros. Soma presintió que en cualquier momento el corazón se le saldría del pecho–. ¡Yo realmente confié en ti, Soma!
No podía creer las palabras que escuchaba ni tampoco podía dar crédito a lo que sus ojos vislumbraban. Sonia estaba allí, vistiendo su armadura dorada cubierta de espantosas figuras que rememoraban la batalla donde perdió la vida, y también poseía el cabello rosáceo tan largo como la primera vez que se encontraron para combatir. Dejándose llevar por las mismas emociones que estaban atormentándolo desde que no pudo salvarla, corrió hacia su endeble anatomía para envolverla en un gratificante abrazo, pero en cuanto se acercó a tocarla se sorprendió por el hecho de estar abrazando a la nada, cayendo en cuenta inmediatamente de que la santa se hallaba justo detrás de él.
– ¿Sonia? –se volvió sobre sus talones sintiendo un montón de lágrimas deslizarse por sus mejillas–. Te juro que… que intenté salvarte poniendo mi propia vida en riesgo, ¡traté con todas mis fuerzas llegar a ti para rescatarte de ese destino que obviamente no merecías!
– ¡Estaría contigo si me hubieras salvado! –gritó con todas sus fuerzas–. ¡Vete! ¡Lárgate, caballero de bronce, no quiero volver a verte nunca más!
La joven de extensos cabellos rosáceos se dio vuelta y comenzó a alejarse de él sin remordimientos.
– ¡No te vayas! –vociferó Soma con desesperación, corriendo hacia ella sumergiéndose en la densa oscuridad que amenazaba con hundirlo–. ¡No te vayas! ¡No me abandones! ¡SOOOOONIAAAAAA! –gritó como aquella vez que intentó salvarla en el octavo templo. Y entonces una fuerza sobrehumana lo empujó hacia atrás cerrando las reconstruidas puertas de cristal en su cara, ocultando por siempre y para siempre a la santa dorada.
– ¡Soma, despierta!
El chico se sobresaltó y despertó poco después de haber escuchado semejante alarido, preguntando un par de veces qué había ocurrido y quién se atrevía a atacar la tierra cuando apenas escapaban de una terrible guerra. Por supuesto había quedado como tonto cuando Yuna le dijo, en medio de risas burlescas, que no acontecía nada fuera de lo normal en Palestra. Más confundido que antes, se sentó en la cama emitiendo un cosmos destrozado sin darse cuenta de ello y miró a su izquierda cuando presintió que un montón de personas estaban mirándolo desperezarse fijamente. Ahora que lo pensaba era un poquito cínica la escena.
No se equivocó. Sus amigos, con los que combatió a un montón de enemigos y salvó a la tierra de convertirse en cenizas, se hallaban en la habitación mirándolo con preocupación reflejándose en sus pálidos rostros. Apenas despertaba de su pesadilla y ya estaba a punto de enfrentarse a los nervios de sus compañeros de armas.
– Tranquilo, ya no hay nada que temer. –le susurró la Yuna con un tono amable; estaba sentada junto a él esbozando una pequeña sonrisa consumida por la inquietud, razón suficiente que se sintiera la peor persona del universo por transmitirles su constante aflicción–. Fue solo un mal sueño, una pesadilla que no es real.
– Era tan real que apenas pude despertar. –al joven Bronce se le salieron las lágrimas sin poder contenerlas. Yuna, sintiéndose conmovida por sus palabras, solo se limitó a abrazarlo conforme dedicaba suaves acaricias en su espalda, emanando una ternura envidiable que sosegaba los lloriqueos de Soma–. ¡Era tan real que se sentía espantoso!
– ¿Por qué no vas a tomar aire? –preguntó Ryuho esbozando una resplandeciente sonrisa–. Te hará bien.
Soma solo asintió, se incorporó de la cama teniendo la amarga sensación de querer vomitar y abandonó la habitación confiando en que refrescarse con el clima gélido de la noche sosegaría sus pensamientos lo suficiente para no sufrir un ataque de pánico. Inmerso en la idea de querer tranquilizarse y no especular en nada más, caminó por los solitarios pasillos de Palestra hacia el patio secundario donde yacía una fuente de agua cristalina que comúnmente le otorgaba el apoyo que tanto necesitaba.
Dándose cuenta de que una lluvia de estrellas regía el cielo nocturno esa desconsolada noche, se recostó en el césped con las manos en la cabeza buscando con la mirada la inadvertida constelación de Escorpio que tanto le encantaba contemplar después de recordar a la joven santa dorada. No pudo contener una encantadora sonrisa cuando la halló escondida entre otras estrellas que deslumbraban gracias a su fulgor, pero que eran incapaces de opacar a tanta belleza que representaba a su chica de cabellos rosáceos.
– Regocijo, familiaridad, afecto y simpatía –Yuna comenzó tomando asiento junto a Soma– son los sentimientos que resplandecen orgullosos en la constelación de Escorpio, alegando de esta manera que la chica en la que tanto piensas está más que contenta en donde sea que se encuentre.
– Tal vez Sonia esté tan contenta como dices ahora que debe estar en compañía de su familia. –respondió sin ánimos–. No dejo de pensar en que si los dioses me hubiesen otorgado más tiempo y valentía para infiltrarme en ese torrente de cosmos ella estaría aquí con vida.
– Y tú permanecerías recostado en una camilla herido de gravedad. –suspiró observando las estrellas–. No te culpes, Soma. No conocí a Sonia más que tú ni puedo decirte con exactitud lo que pensaba a cada instante que peleaba contigo, pero sí puedo decirte que probablemente no te culpa por nada ocurrido en su descenso. –lo miró con dulzura, intentando animarlo con esas dulces palabras–. Estoy segura de que ella no hubiera querido verte derrumbar por su tropiezo.
– Tienes razón; ella no me culparía por nada. –se levantó del césped mucho más animado que antes. Un bostezo interrumpió por completo sus pensamientos–. Mejor vámonos a dormir. Buenas Noches y gracias por apoyarme en este momento donde mi cosmos afligido iba a consumirme también, Yuna.
– Descansa bien, Soma. Buenas noches.
Quisiese o no quisiese, Sonia estaba muerta y no existía poder alguno que pudiese traerla de nuevo a la vida, y él debía aprender a vivir con eso. La amaba con locura, había manifestado sentimientos románticos con ella que nunca podría decirle hasta que encontrase su final. Gracias a Yuna estaba dispuesto a esperar el momento ideal para decirle que la amaba.
Fin
