Diez años después

Rachel miraba el ataúd en el que yacía su padre.

Seguía siendo difícil creer que hubiera muerto, que un repentino infarto se hubiera llevado sin previo aviso a un hombre que nunca había estado enfermo. Siempre había irradiado tal fuerza, tal vitalidad que el shock de una muerte tan inesperada seguía haciéndolo imposible de creer, afortunadamente, porque su madre les había pedido a su hermana y a ella que mantuvieran una actitud digna durante el funeral.

Su padre debía sentirse orgulloso de ellas.

Aquel día se celebraban las honras fúnebres por sir Russell Fabray y había cámaras de televisión en la puerta de la catedral grabando su llegada, por no hablar de la innumerable cantidad de caras conocidas que habían ido a darle su último adiós: políticos, empresarios, gente del mundo de la hípica. Rachel podía oírlos sentándose en los bancos detrás de ella. Saludándose en voz baja.

Al otro lado de la iglesia estaban sus socios, sus ejecutivos, sus colaboradores… su otra familia. Gente que había compartido con él su sueño de levantar un imperio de transportes y lo habían ayudado a conseguirlo. En realidad, su padre había pasado más tiempo con ellos que con su familia, pensó Rachel. Y seguramente estaban tan desolados por la muerte de sir Russell como ellas. No sólo llorarían a su líder, sino que se preguntarían quién iba a ocupar su lugar.

Rachel no sabía nada sobre el negocio de su padre y Brittany, que estudiaba enfermería, tampoco. Su madre era la esposa perfecta, desde luego la presidenta y directora de la casa, pero nada interesada en otra cosa que no fuera mantener el status social, tan importante para ella.

Habían estado envueltas en una burbuja protectora, pero ninguna de ellas sabía lo que iba a pasar a partir de aquel momento. Estaban flotando en el vacío.

Quizá su padre había dejado las respuestas en el testamento, pensó. Al día siguiente tenían que ir al notario para leerlo. Su madre estaba disgustada, furiosa, porque Víctor Newell, que había sido el notario de su padre durante años, se negaba a ir a la finca para leerlo en la intimidad.

A pesar de haberle mostrado claramente su disgusto por teléfono, el notario insistía en que tenían que ir a su despacho, como había dejado indicado sir Russell. Ni siquiera su madre podía cambiar los edictos de su marido, que siempre se había salido con la suya. Excepto…

Rachel recordó entonces a Quinn Fabray.

A pesar de lo que sus padres le habían explicado la situación diez años antes, ella no creyó que la madre de Quinn le había arrebatado a la niña. Su padre había decidido dejarla ir. No podía imaginar que hubiera sido de otra manera.

Demasiado tarde para solucionar el error, pensó, mirando al hombre que yacía en el ataúd.

Quinn Fabray la había dejado impresionada el día que la conoció y a menudo se preguntaba cómo habría lidiado con el rechazo de su padre. Sin duda, mal. Aunque eso no le había impedido convertirse en una empresaria de éxito. Quizá incluso la había empujado a trabajar más para hacerse un nombre.

Había leído sobre ella en los periódicos de vez en cuando.

Se sorprendió al saber sobre la condición de Quinn Fabray, algo que, sin embargo, no era un secreto para ningún medio. En las fotografías nunca aparecía sonriendo, ni siquiera cuando iba acompañada por alguna bella mujer. Sus ojos siempre eran fríos. Rachel imaginaba que era porque su corazón era frío también, sin una familia que lo calentase.

Y ya no había ninguna oportunidad de que recibiera aceptación o cariño por parte de su padre.

Los medios habían cubierto hasta la saciedad la vida y la muerte de sir Russell en los últimos días, de modo que también ella se habría enterado. Hablaban de Quinn como «la hija distanciada». Una frase tan fría que, de nuevo, le había hecho sentir mal por ser la hija adoptada y mimada de sir Russell.

La música del órgano terminó abruptamente y Rachel miró su reloj. El funeral estaba a punto de empezar. El obispo de Sidney sería el oficiante de la ceremonia.

Con todo el mundo en completo silencio, los pasos de un recién llegado eran perfectamente audibles en la catedral. Y fuera quien fuera estaba despertando murmullos. Los pasos siguieron sonando justo hasta el primer banco.

¿Sería el obispo haciendo algún tipo de entrada ceremonial? Por el rabillo del ojo, Rachel vio que su madre giraba la cabeza, licencia suficiente para hacer ella lo mismo sin recibir una regañina.

Era una mujer con un vestido negro, que se detuvo en medio del pasillo, a su lado. Rachel instintivamente se inclinó hacia delante para ver su cara y…

¡Quinn Fabray!

Estaba muy seria, su fría mirada color miel proyectada hacia su madre de forma claramente hostil. Ella apartó la mirada, indignada, y Rachel la vio sonreír, burlona.

Luego se dirigió hacia el primer banco del otro lado del pasillo y se sentó directamente frente a su madre donde, asombrosamente, había un sitio para ella. Ninguno de los ejecutivos de su padre le discutió su derecho a ello.

Era la hija de sir Russell. ¿Pensarían que era también su heredera?

No tenía sentido para Rachel. El distanciamiento había sido total… ¿o no?


Primer golpe, pensó Quinn, satisfecha.

El shock y la rabia en el rostro de lady Christine habían valido la pena. Qué indecencia enviarle una carta diciendo que no sería bienvenida en el funeral de sir Russell.

Esperaba que su prominente presencia allí destruyera su arrogante compostura.

Sentada en el primer banco de la catedral, era la viva imagen de la esposa perfecta, con su elegante sombrero negro sobre el pelo rubio, la mirada baja para fingir dolor, un collar de perlas al cuello, un traje negro, sin duda de diseño, abrazando su voluptuosa figura. Debía de tener cuarenta y cinco años, pero vivir una vida de lujos sin duda contribuía a que no pareciese tener más de treinta. Sí, a la chica de dieciocho años que había seducido a su padre le había ido bien en la vida.

Pero no sería lo mismo en el futuro, pensó.

Eran un trío llamativo las mujeres Fabray. Las dos rubias y la morena. Sólo había visto a Brittany de pasada, sentada al lado de Rachel. Era una chica alta y delgada, de pelo rubio, ojos claros y piel pálida. Quinn pensó que era guapa, pero para ella todo aquello quedaba ensombrecido por la belleza de su hermana mayor, más pronunciada ahora que a los catorce años.

La gloriosa cascada de cabello que caía en suaves ondas morenas, la piel bronceada, los fascinantes ojos color chocolate. Quinn tenía que admitir que la mujer en que se había convertido despertaba a la bestia que había en ella. Le gustaría tenerla en su cama. Y quizás la tendría allí de una manera o de otra.

La idea era, por muchas razones, increíblemente tentadora.


Rachel no prestó mucha atención a las palabras del obispo porque no podía dejar de pensar en la presencia de Quinn Fabray.

¿Qué significaba? ¿Habría ido simplemente para ver cómo enterraban a su padre o por la satisfacción de reclamar públicamente una paternidad que nunca lo había sido en vida? Un funeral era algo final, una despedida.

Las manos de su madre no estaban colocadas elegantemente sobre su regazo, sino firmemente apretadas. No iba a hacer una escena, pero estaba furiosa. Y, sin la menor duda, montaría uno de sus numeritos cuando llegasen a casa. Invariablemente ocurría cuando las cosas no salían como ella esperaba. Todo tenía que ser siempre perfecto para su madre y Quinn Fabray era una mancha negra en su vida.

Black Quinn, la que oscurece los sueños de los demás.

Había oscurecido los suyos durante muchos años, desde luego. Nunca fue capaz de olvidarla. Saber que estaba por ahí, en algún sitio, sin conseguir lo que quería de su padre, siempre le había inquietado.

Y aquel día no estaba por ahí. Estaba allí mismo. Asaltando la tranquilidad de todos.

Cuando llegó el momento de seguir al ataúd fuera de la catedral, su madre salió la primera del banco. Rachel y Brittany debían flanquearla, pero antes de que pudieran ocupar su sitio, Quinn Fabray se colocó al lado de la viuda sin dejarles más opción que ir detrás.

Rachel pensó que su madre iba a explotar de rabia, pero lady Christine se mantuvo rígida.

Brittany también intuyó el peligro e instintivamente tomó la mano de su hermana mayor. Siempre había sido tímida, demasiado asustada de los caballos como para intentar aprender a montar siquiera. Y demasiado asustada de su madre también, que podía ser aterradora cuando estaba fuera de sí. Algo que no ocurría a menudo, afortunadamente. Desde luego, nunca había ocurrido delante de su padre. Pero si las cosas no iban como ella quería…

Lady Christine empezó a caminar, con la cabeza bien alta, decidida a ignorar a la mujer que la acompañaba. Y las dos, Rachel y Brittany, dejando escapar un suspiro de alivio, siguieron a la pareja. Aunque no eran una pareja. Todo lo contrario. Su madre y Quinn Fabray eran enemigas y la sensación de que iban directas a una colisión frontal hacía que su corazón latiese a toda velocidad.

Rachel estudió la erguida espalda de Quinn Fabray, deseando poder leer sus pensamientos.

Diez años antes se había mantenido alejada de la familia, sin crear problemas, pero el período de espera que se hubiera impuesto a sí misma evidentemente había terminado con la muerte de su padre. Y casi podía oler problemas en el aire.

—¿No has recibido mi carta pidiéndote que no acudieras al funeral? —le espetó su madre con tono venenoso.

—¿De verdad esperaba que hiciera lo que me pedía, lady Christine? —replicó ella en tono burlón.

—Tu padre no habría querido que vinieras.

—Mi padre ya no puede hablar por sí mismo.

—No te quiso a su lado durante todos estos años.

—Al contrario, solíamos comer juntos. Era usted quien se quedó fuera.

Rachel, que estaba oyendo la conversación, se puso tensa. ¿Cómo reaccionaría su madre ante aquella afirmación?

—No te creo.

—Pregúntele a su secretaria. Era ella quien concertaba las citas. O a cualquiera de sus empleados, todos los cuales conocían perfectamente la relación.

Eso explicaba que le hubieran guardado un sitio en el banco, pensó Rachel.

Además, hablaba con tanta confianza que era imposible no creerla. Y, en su corazón, se alegraba de que hubiera logrado entablar algún tipo de relación con su padre. Que hubiera estado alejada de la familia durante todos esos años era injusto.

Mientras bajaban el ataúd por los escalones de la catedral, Rachel se preguntó qué estaría pensando su madre.

La pérdida de autoridad le habría sentado fatal, pero Quinn tenía derecho a estar allí. Además, no podía hacer nada. Aquella mujer no iba a doblegarse ante ella. No era el tipo de chica estirada, nacida en una casa rica, que les presentaba a Brittany y a ella todo el tiempo desde que supo de la inclinación sexual de sus hijas; Quinn era más bien algún tipo de oscuro y peligroso animal, dispuesto a saltar sobre su presa.

Rachel sintió un escalofrío por la espalda. ¿De miedo o de excitación? No estaba segura.

¿Hablaría con ella antes de subir al coche fúnebre? Quería que lo hiciera. Quería tener algún tipo de conexión con Quinn. Aunque eso no parecía muy posible dadas las circunstancias.

Evidentemente, había aceptado el deseo de su padre de mantener apartadas a las dos familias mientras él viviera y, aunque ese momento había pasado, Quinn Fabray no tenía razón para preocuparse por los sentimientos de gente que jamás le había mostrado cariño.

Y escribirle una carta diciendo que no era bienvenida en el funeral de su padre debía de haber sido como mostrarle a un toro un capote rojo.

—Por favor, ten la decencia de marcharte —le dijo su madre.

—Creo que lo más decente es que me quede aquí, lady Christine.

—Este no es tu sitio —replicó ella.

—Cierto. Pero estoy aquí por mi padre, no por usted o sus hijas.

—Nosotras éramos su familia, no tú.

Quinn apretó los labios.

—Espero que haya atesorado muchos recuerdos porque es el único tesoro que va a llevarse.

—¿Qué quieres decir con eso?

Quinn iba a alejarse sin decir nada cuando su madre la sujetó del brazo.

—¿Qué has querido decir con eso? —repitió.

Rachel no entendía nada. ¿No había querido decir que su padre ya no podría crear más recuerdos?

Quinn Fabray miró la mano de la mujer en su brazo y luego directamente a su antagonista.

—¿Necesita mi apoyo, lady Christine?

—¡No te necesito para nada! —replicó ella, apartando la mano.

Rachel no pudo dejar de pensar que las cámaras de televisión aprovecharían ese momento para fomentar los cotilleos sobre la relación entre lady Christine y la hija de sir Russell. Y su madre también se pondría furiosa por eso; aunque era culpa suya por perder el control que tanto demandaba de sus hijas.

Las cuatro se quedaron paradas en la acera mientras el ataúd era subido al coche fúnebre, junto con numerosas coronas de flores.

—No quiero que vengas en el coche con nosotras —le advirtió su madre.

—No tengo intención de hacerlo. No me apetece su compañía —contestó Quinn mirando a Rachel y haciendo que, de inmediato, su pulso se acelerase.

Era imposible apartar la mirada y, además, no quería hacerlo. Quinn era una mujer tan fascinante, tan retadora, tan peligrosa. Y tan guapa que se le encogió el estómago.

Experimentaba por ella un fuerte interés sexual que no era sensato en absoluto.

—Te sienta bien el luto, Rachel —dijo Quinn entonces, irónica— Nunca había visto a una mujer más guapa en un funeral.

Rachel se ruborizó.

Nadie la había llamado «guapa» nunca y que lo hiciera Quinn Fabray… Aunque seguramente era una pulla contra su madre, cuya belleza siempre despertaba halagos.

Que una de sus hijas llamase más la atención que ella… sí, estaba segura de que lo había dicho para molestarla.

Rachel sí podría decir que nunca había visto una mujer tan guapa porque era la verdad. Pero su madre la habría matado, de modo que permaneció en silencio.

—Este no es sitio ni momento para conocernos —siguió Quinn, centrándose en ella e ignorando a su madre— Quizá mañana, después de reunirnos en la notaría…

—¿Estarás allí?

De repente, la insistencia del notario de su padre para que se vieran en la notaría empezaba a tomar un significado muy oscuro. Como el comentario de Quinn de que los recuerdos de su padre serían el único tesoro que iba a dejarles.

¿Le habría dejado todos sus bienes a Quinn?

—Desde luego que estaré allí —contestó la rubia, mirando de una a otra— Hasta entonces, queridas.

Y luego se alejó. Como una conquistadora que hubiese derrotado al enemigo.

El director del funeral se acercó para acompañarlas al coche. Ya habían cerrado la puerta trasera del coche fúnebre. Era hora de ir al cementerio.

¿Estaría Quinn allí cuando llegasen? Rachel no lo creía.

Quinn Fabray había hecho lo que había ido a hacer, dejarles claro que tendrían que lidiar con ella a partir de aquel momento y asustarlas por lo que podría pasar en la notaría al día siguiente.

Un peso había sido añadido al plato más débil de la balanza.


Gracias por los reviews del primer capítulo :D