Disclaimer: Ni Glee ni sus personajes me pertenecen. Esta historia es una adaptación.


Mientras iban a la notaría, Rachel no dejaba de sopesar unas cosas y otras. Las necesidades de su familia contra la injusticia que se había hecho con Quinn Fabray, que debía también ser heredera de su padre.

Su madre, por supuesto, estaba en contra de que Quinn se llevara nada y casi se había convencido a sí misma de que lo que pasó el día anterior en el funeral sólo había sido una bofetada sin mano por negarle un sitio con la familia. Pero había demasiadas pruebas de que era mucho más que eso, pensaba Rachel.

Sin embargo, se mantuvo en silencio para evitar uno de los ataques de furia que tanto asustaban a su hermana.

—¿Qué haremos si papá se lo ha dejado todo? —le había preguntado Brittany cuando por fin pudieron escapar de su madre.

—No creo que eso vaya a pasar —contestó ella.

—¿Pero y si es así?

—Bueno, Britt, la verdad es que hemos sido muy afortunadas durante estos años. Si no nos ha dejado nada, tendremos que buscarnos la vida.

Su hermana había sacudido la cabeza con pena.

—Yo no soy tan fuerte como tú, Rach.

Cierto. Brittany se había pasado la vida intentando complacer a todo el mundo, buscando aprobación; feliz cuando la conseguía, destrozada si no.

Brittany no era capaz de mantenerse por sí misma. El entrenamiento, la disciplina del circuito hípico había hecho que Rachel se endureciera. Sabía que ella no se hundiría en la adversidad. Desgraciadamente, desear poder darle algo de su fuerza a Brittany era tarea inútil. La naturaleza de su hermana era muy diferente a la suya.

—No te preocupes. Hemos estado juntas durante todos estos años y yo no voy a abandonarte nunca.

El abandono había sido la peor pesadilla de su hermana y Rachel se preguntaba si sería un miedo común en los niños adoptados.

Ella sufría la misma inseguridad, lo cual seguramente la había empujado a aprovechar las oportunidades que le ofrecía pertenecer a la familia Fabray, temiendo siempre que algún día se las arrebatasen.

Habían tenido que pagar un alto precio por ser adoptadas: obedecer las exigencias de su madre, hacer lo posible para conseguir la aprobación de su padre… El único amor incondicional que había conocido era el de Brittany, aunque no eran hermanas de sangre. Si los privilegios que habían tenido hasta el momento les fueran arrebatados, siempre se tendrían la una a la otra.

Una vez en la notaría, les pidieron que esperasen en la zona de recepción hasta que la secretaria del señor Newell fue a buscarlas. Su madre interpretó eso como un servicio VIP, algo que la puso de mejor humor, especialmente cuando la secretaria, una mujer más bien gruesa, la trató con gran deferencia, dándole el pésame por la repentina muerte de sir Russell.

Lady Christine respondió graciosamente mientras las hacía pasar a un despacho con cinco sillas tapizadas en piel verde oscura colocadas alrededor de una mesa ovalada de caoba brillante.

Cinco sillas.

¿Se sentaría la secretaria en una de ellas o estaría reservada para Quinn Fabray? ¿Lo de que iba a acudir a aquella reunión habría sido un farol para vengarse de la carta de su madre pidiéndole que no fuese al funeral?

La mujer les indicó qué silla debían ocupar y, señalando un carrito de bebidas, les preguntó si querían tomar algo. Rachel y Brittany pidieron sendos vasos de agua, pero su madre decidió pedir un té Earl Grey con una rodajita de limón. La secretaria les ofreció luego sándwiches y pastas, pero ni Rachel ni Brittany tenían ganas de comer. A su madre, sin embargo, de repente se le había abierto el apetito. Aparentemente, había decidido que no había ninguna razón para estar preocupada.

Cuando la secretaria se excusó, Brittany se inclinó hacia ella.

—¿Tú crees que vendrá?

—No lo sé —contestó Rachel.

—¿Qué estáis murmurando? —les preguntó su madre.

Brittany inmediatamente se echó hacia atrás en la silla.

—Es que estamos un poco nerviosas por lo que pueda pasar —respondió Rachel.

—Evidentemente, nosotras somos las beneficiarias del testamento de tu padre —declaró su madre, muy segura de sí misma.

—Sí —asintió ella rápidamente para no enfadarla.

Pero hasta que la quinta silla fuese ocupada por alguien, el espectro de Quinn Fabray colgaba sobre sus cabezas, desde luego oscureciendo los sueños de Brittany. En cuanto a los suyos… ¿qué quería ella?

La verdad era que quería ver a Quinn en esa silla, aunque fuese una amenaza para la vida que había conocido hasta aquel momento. Quería que recibiese algo de su padre. Estaría mal si no fuera así. Pero, sobre todo, quería volver a verla; quería volver a sentir la emoción de su presencia y conocerla mejor, como la propia Quinn había sugerido el día anterior.

Era una locura desear una relación con Quinn dada su historia familiar.

A su madre le daría un ataque si lo supiera y Brittany tendría miedo por ella. Pero la atracción que sentía por aquella mujer no podía ser negada. Todo su cuerpo temblaba de excitación ante la idea de volver a verla.

Nadie más le había afectado de esa forma.

A lo mejor era un sueño oscuro del que debería olvidarse inmediatamente. Pero lo sabría después de aquella reunión. Si Quinn Fabray aparecía.

Su corazón dio un vuelco cuando la puerta se abrió, pero la persona que entró en el despacho no era Quinn. Era un hombre alto, delgado, meticulosamente vestido con un elegante traje de chaqueta gris, camisa blanca y corbata de rayas rojas y grises. Debía de tener unos cincuenta años, cabello gris con entradas, gafas de montura metálica sobre una nariz de halcón y labios finos.

Debía de ser Víctor Newell. No lo había visto nunca, pero tenía el aire de distinguida autoridad que convenía a un notario.

Luego le hizo un gesto a alguien que había en el pasillo y Rachel contuvo el aliento, esperando que fuese Quinn…

¡Sí, era ella!

Rachel sintió una extraña emoción y se dijo a sí misma que era por la alegría de que su padre no la hubiera desheredado. Pero la verdad era otra.

Estaban allí, en la misma habitación, y había una oportunidad de que algo ocurriese entre ellas.


El momento de la verdad, pensó Quinn irónica, mirando a las tres mujeres mientras esperaban la lectura del testamento.

Lady Christine, que había hecho un gesto de desprecio al verla, iba de medio luto ese día. El sombrero tenía una franja blanca a juego con las solapas de su elegante traje negro de gran dama.

Quinn sonrió.

Rachel no llevaba sombrero, su bonito cabello cayendo sobre los hombros. Se había puesto un vestido camisero de lino marrón oscuro, muy apropiado para la ocasión, aunque los botones eran provocativos ya que enseguida se imaginó a sí misma desabrochándolos. El color hacía juego con sus ojos, que estaban clavados en ella con discreto interés. Tenía los labios entreabiertos y se preguntó cómo respondería si los aplastara con los suyos…

La hermana más joven, sin embargo, parecía a punto de desmayarse de miedo, mirándola como si fuera el propio demonio. Llevaba un vestido beis, sin sombrero, y con su pelo rubio y ojos claros parecía descolorida al lado de Rachel.

Quinn tenía la impresión de que le gustaría desaparecer y sintió una punzada de simpatía por ella. Lo cual era absurdo. Aquella chica había vivido veintiún años disfrutando de la riqueza de los Fabray. La riqueza que le habían negado a ella.

—Buenos días —las saludó, sentándose en una silla frente a las dos hermanas.

Rachel respondió al saludo y se ruborizó al darse cuenta de que era la única que lo había hecho. Pero no miró a su madre pidiendo disculpas. Su mirada seguía fija en ella, con un brillo de rebeldía que sorprendió a Quinn. Había fuego en ella. Y carácter.

La idea de ponerla de su lado llevaba dando vueltas en su mente desde el funeral. Y más que eso. Aunque era perverso por su parte encontrar a Rachel deseable, no podía negar que le parecía increíblemente atractiva. Se preguntó entonces si sería porque era territorio prohibido.

Desde luego eso aumentaba el interés, pero en aquel momento era una sensación física. Le atraía todo de ella.

Sabía que aquella reunión podría convertirla en una odiada antagonista, pero eso sólo hacía que la situación fuera aún más interesante. Tenía que averiguar qué pensaba, averiguar qué era importante para ella.

Víctor Newell las saludó antes de sentarse a la cabecera de la mesa, directamente frente a lady Christine, quien entendió aquello como un gesto de deferencia y lanzó sobre Quinn una mirada condescendiente, como si creyera que estaba allí para recibir migajas.

El notario se inclinó hacia delante, las manos sobre un abultado sobre que contenía el testamento de sir Russell Fabray.

—Antes de nada, lady Christine, quiero darle el pésame por el inesperado fallecimiento de su esposo. Sé que él esperaba vivir muchos años más. Es muy desafortunado que nos haya dejado tan pronto.

Ella asintió con sombría dignidad y Víctor Newell suspiró mientras abría el sobre.

—Este testamento fue redactado y firmado hace un año. Es muy sencillo. Hay sólo dos beneficiarias. Dice… —el notario empezó a leer— A mi hija, Lucy Quinn Fabray, le dejo un dólar.

—¡Un dólar! —Lady Christine soltó una carcajada, mirando a Quinn con un brillo malicioso en los ojos— Qué detalle por parte de Russell. No puedes impugnar el testamento porque te ha dejado algo.

—No tengo intención de impugnarlo, señora —replicó ella, mirando a Rachel para ver cuál era su reacción.

Parecía avergonzada por la reacción de su madre.

Por lo visto, le importaba que, aparentemente, no recibiese nada de Russell. Un corazón blando, no avaricioso. Eso la hacía aún más interesante. Y le daba más armas para ganársela.

Los músculos de su entrepierna se pusieron tensos. No recordaba haber deseado tanto a una mujer. De una manera o de otra iba a tener a Rachel. Cada centímetro de ella.

Víctor Newell se aclaró la garganta y siguió leyendo el testamento.

—Con respecto a mi esposa, Christine Mary Fabray, si me sobrevive treinta días, recibirá el resto de mis posesiones. Si no me sobreviviera treinta días, el resto de mis posesiones serían para mis hijas, Rachel Barbra Fabray y Brittany Susan Fabray.

El notario volvió a guardar el testamento en el sobre, haciendo una mueca de disgusto.

—Siento darle malas noticias, lady Christine, pero me veo obligado a explicar que las posesiones de sir Russell no son del valor que usted espera.

—¿Qué quiere decir?

Quinn concentró su atención en ella. Era el momento. Por eso había estipulado que su padre le dejase un dólar en el testamento, para ver cómo aquella mujer recibía su merecido.

Lady Christine no se iría con las manos vacías, como su madre, pero su avaricioso corazón estaba a punto de sangrar. No del todo. Lo suficiente para equilibrar los platos de la balanza que había cargado en su contra durante todos aquellos años.

—Cuando sir Russell redactó este testamento hace un año se veía enfrentado con una acusación de fraude.

—¿Qué? Eso no puede ser. Me lo habría contado.

—Siento que su marido no le diera esa información —Víctor Newell se aclaró la garganta— Pero es la verdad. Mientras levantaba su empresa de transportes, sir Russell tenía el hábito de… no respetar las leyes del todo. Se arriesgó mucho y, por desgracia, esos riesgos fueron demasiado. Estaba a punto de perderlo todo.

—Pero él nunca me dijo nada… —empezó a decir lady Christine, incapaz de aceptar la verdad— Hemos seguido viviendo de la misma manera durante todo este tiempo.

—Una cuestión de orgullo, imagino. Y creo que sir Russell siempre mantenía separadas su vida profesional y su vida familiar. De hecho, se enfrentaba con la posibilidad de una larga condena, aparte de perderlo todo. En ese momento, su hija… —Víctor Newell señaló a Quinn— se ofreció a rescatarlo.

Lady Christine la miró, atónita y más furiosa aún.

Pero Rachel se limitó a inclinar la cabeza. No parecía sorprendida. Quinn intuyó que estaba sumando dos y dos, pensando en lo que había hecho y por qué.

Brittany tenía la cabeza baja, los hombros inclinados como si esperase un golpe.

Había algo raro en la hermana de Rachel. Y no era sólo por lo que estaba pasando allí. Una mentalidad de víctima se formaba con los años. ¿Por la indiferencia de sus padres? La indiferencia también podía ser una forma de abuso, aunque no dudaba de la crueldad de lady Christine.

Quinn volvió la mirada hacia la mujer a la que tanto odiaba, deseando que se sintiera por una vez como una víctima.

Víctor estaba dándole los detalles.

—Todas las deudas fueron pagadas y la empresa se mantuvo sin despedir a un solo empleado. Sir Russell retuvo la posición de presidente, con un salario de cinco millones de dólares anuales. Nadie tenía por qué saber lo que había pasado.

—¿A cambio de qué? —preguntó ella.

—Un nuevo testamento. Este testamento —contestó Víctor Newell— Que estipula que Quinn Fabray heredaría un dólar y el resto de sus posesiones serían para usted. Pero las posesiones han disminuido considerablemente. Todo lo que la señorita Fabray le ayudó a conservar está a su nombre desde hace un año, la empresa y las posesiones personales, excluyendo el salario de sir Russell.

—¿Todas las posesiones personales? —repitió lady Christine— ¿No se referirá a la casa?

—Y todo su contenido —confirmó el notario, mirando luego a Quinn— Pero estoy seguro de que podrá negociar con la señorita Fabray para quedarse con las joyas y otros objetos personales.

Quinn no dijo nada, satisfecha al ver que aquella mujer probaba su propia medicina; la que ella había tenido que soportar durante tanto tiempo.

—Los caballos —dijo Rachel entonces, pálida.

Eran importantes para ella.

Quinn guardó esa información para usarla en el futuro.

—Los caballos fueron comprados por sir Russell —le recordó Víctor Newell— Eran parte de sus posesiones y ahora le pertenecen a su hija. Deben entender que todas sus posesiones habrían sido vendidas si su padre hubiera tenido que declararse en bancarrota. Han podido seguir disfrutando de ellas porque la señorita Fabray permitió que eso ocurriera mientras sir Russell seguía vivo.

—¡Pero le rompió el corazón! —Protestó lady Christine— ¡Tú lo mataste con ese acuerdo! ¡Tú le clavaste un cuchillo por la espalda!

—Yo creo que ir a la cárcel y perderlo todo le habría roto el corazón mucho más —replicó Quinn— Que yo pusiera el dinero permitió que mi padre, y vosotras, siguierais viviendo durante un año la vida a la que estabais acostumbradas.

Una vida que le habían prohibido a ella desde los siete años.

Rachel tenía ahora veinticuatro y había vivido como una princesa desde niña. Y sus ojos decían que lo sabía. Había tristeza en ellos, pero no odio. ¿Estaría de su lado?, se preguntó.

—Y usted va a recibir los intereses generados por su salario, lady Christine —le recordó Víctor Newell— El administrador de sir Russell tiene los detalles, pero creo que es alrededor de cuatro millones de dólares.

—¡Cuatro millones! ¡Pero si Russell tenía cientos de millones!

La furia que había en sus ojos confirmaba el mercenario interés que había motivado siempre la decisión de apartarla de su padre.

—No, al final de su vida no tenía ese dinero —suspiró Víctor.

—¡La denunciaré! —Anunció ella, golpeando la mesa con la mano— La posesión es un noventa por ciento de la ley. Voy a conservar mi casa. Él cometió un error dejando que siguiéramos viviendo allí —añadió, lanzando una mirada asesina sobre Quinn— No creas ni por un momento que vas a quitármela.

—Mi padre me pagaba un alquiler por la finca de Yarramalong. Enseguida descubrirá que no tiene ningún derecho a seguir allí —le advirtió ella— De hecho, recibirá una notificación de desahucio en cuanto llegue a casa.

—¡Cómo te atreves!

—Desahucio por desahucio, lady Christine.

—¡No me sacarás de allí!

Víctor se levantó de la silla, tomó el sobre y se dirigió con gran dignidad hacia el otro lado de la mesa.

—Entiendo su disgusto, lady Christine —suspiró, ofreciéndole el sobre— Pero debo advertirle que, legalmente, la situación no tiene vuelta atrás.

—Eso ya lo veremos —replicó ella, levantándose— Vámonos chicas.

Las dos hermanas se levantaron inmediatamente, dispuestas a obedecer.

—¡Rachel!

El nombre salió de los labios de Quinn como el sonido de un látigo.

Mientras se levantaba para hacer sentir su formidable presencia, Rachel la miró sin saber qué hacer, como si quisiera darle tiempo pero la lealtad a su familia se lo impidiera.

—Me gustaría hablar un momento en privado contigo.

—¿Sobre qué? —preguntó Rachel, casi sin aliento.

—¡No quiero que hables con esa mujer! —le advirtió su madre, tomándola del brazo para llevarla hacia la puerta.

—Los caballos —dijo Quinn.

Eso fue suficiente para detenerla.

—Quiero hablar contigo de lo que voy a hacer con los caballos —insistió Quinn, retándola con la mirada— Sé cuánto te importa tu carrera en el mundo de la hípica.

En realidad, no estaba segura, pero le parecía un cebo para retenerla.

—No le hagas caso —insistió su madre— No puedes confiar en ella. Vamos.

—No —repitió Rachel— Quiero quedarme, quiero hablar con ella.

—Entonces estarás haciendo lo que ella quiere, estúpida.

—No voy a perder mis caballos si no tengo que hacerlo —replicó Rachel. Música para los oídos de Quinn— Vete con Brittany, madre. Yo iré enseguida.

—A partir de ahora no quiero saber nada de ti —lady Christine, furiosa, soltó su brazo para tomar el de su hermana— ¡Vamos, Brittany!

Cuando las vio salir del despacho, Quinn había conseguido lo que quería: estar a solas con Rachel. Tendría tiempo para conocerla y retorcer ese conocimiento para su propio provecho.

¿Hasta dónde llegaría para conservar sus caballos y el estilo de vida del que siempre había disfrutado?