Rachel tenía un nudo en el estómago. Su madre montaría una bronca espectacular cuando volvieran a casa. Aunque ya no era su casa. Era de Quinn Fabray. Y si podía salvar algo de aquel desastre, ¿por qué no iba a aprovechar la oportunidad?
¿Qué importaba que estuviese dispuesta a humillarlas? Quinn había sido humillada desde los siete años, tratada como si no fuera de la familia. Al menos descubriría qué tenía en mente y satisfaría su interés de hablar con ella.
—¿Quieren que esté presente durante la discusión? —preguntó el notario.
—No, gracias —contestó Quinn— Si necesito formalizar algún acuerdo con Rachel, se lo haré saber —añadió, antes de volverse hacia ella con una sonrisa— Había pensado que podríamos comer en el SkyRoom, en la última planta de este edificio, y charlar un rato de manera informal. ¿Te parece bien?
—Sí —contestó Rachel. Le parecía un acuerdo muy civilizado.
No quería que aquella mujer fuese una enemiga y, con un poco de suerte, podría conseguir información sobre ella. Quizá incluso hacerla cambiar de opinión sobre el desahucio o pedirle más tiempo.
Desde luego, mostrándose antipática no iba a conseguir nada.
—Estupendo. Gracias por todo, Víctor.
Mientras iban hacia el ascensor, una al lado de la otra, Rachel se preguntó qué querría Quinn. No podían interesarle los caballos. Ni ella. Sin embargo… todo su cuerpo temblaba de anticipación.
Subieron juntas al ascensor y Quinn pulsó el botón de la última planta.
—¿No obedeces siempre a tu madre? —le preguntó, con una sonrisa burlona.
—Ya no soy una niña —contestó la morena, levantando la cabeza en un gesto orgulloso.
—No, es verdad —asintió Quinn, con un extraño brillo en sus ojos dorados.
Rachel se quedó sin aliento. ¿Aquella invitación sería algo más? ¿Querría, también Quinn, explorar la atracción que sentían la una por la otra? El día anterior había dicho que era «guapa», pero no podía hablar en serio.
Seguía oyendo la advertencia de su madre: «No puedes confiar en ella».
Sin embargo, estaba fantástica con esos pantalones ajustados de color azul oscuro y aquella camisa blanca de seda, y sus hormonas se alteraron ante la posibilidad de una relación sexual con aquella mujer.
Por muy malo o absurdo que fuera considerar algo así con Quinn Fabray, por mucho que el sentido común le dijera que tuviese cuidado, no podía evitarlo.
—Dijiste que solías comer con mi padre. ¿Mantuvisteis una relación durante estos últimos años?
—No como padre e hija —contestó ella, con un tono irónico— Russell me veía como una competidora y le gustaba saber lo que estaba haciendo.
—Y también tú debías de saber lo que estaba haciendo él para saber que tenía problemas económicos —comentó Rachel.
—Sí —se limitó a decir Quinn.
—Supongo que mi padre te estaba agradecido.
—No, en absoluto. Pero la alternativa era mucho peor.
—¿Y por qué lo hiciste?
—Me gustaba la idea de conseguir por la fuerza lo que me había sido negado —respondió ella.
Para Rachel, era triste que Quinn nunca hubiera podido tener la relación que había buscado con su padre. Los años que pasó en Estados Unidos, los años esperando una vez de vuelta en Australia, los continuos rechazos…
—Siento que no consiguieras lo que querías.
Quinn apretó los labios. No buscaba su compasión, no la quería.
—Pero lo conseguí, Rachel. Y, además, he logrado quitarle a tu madre la casa en la que nunca me dejó entrar.
Las pocas esperanzas que pudiese albergar se desvanecieron entonces. No iba a ablandarse, no dejaría que se quedaran en la casa durante un tiempo.
—¿Si mi padre te hubiera recibido en casa, las cosas habrían sido diferentes?
Quinn se encogió de hombros.
—Es posible. Pero una recoge lo que siembra. Y yo he decidido arruinar la cosecha.
Oscura y diabólica.
Un escalofrío recorrió la columna de Rachel. ¿Tendría razón su madre? ¿Debería marcharse inmediatamente, sin escucharla? ¿Estaría cayendo en una trampa al quedarse con ella?
Las puertas del ascensor se abrieron y Quinn le cedió el paso, con un brillo retador en los ojos.
Rachel siguió adelante, con el corazón acelerado, pensando que iba a entrar en la guarida del león. Pero estarían rodeadas de otras personas mientras comían. No iban a estar solas, de modo que no podía pasar nada.
Cuando entraron en el restaurante, se sintió cautivada por la espectacular panorámica de Sídney. Incluso la decoración, en blanco y azul, parecía diseñada para que los clientes se sintieran como si estuvieran flotando entre las nubes.
Quinn pidió champán y el camarero las dejó solas un momento mientras estudiaban la carta. Rachel la miró entonces, la mujer que ahora era la propietaria de todo lo que su padre había construido.
—¿Esperas que brinde por tu victoria, Quinn?
Ella sonrió, divertida por el tono de desafío. Y esa sonrisa iluminaba su cara, haciéndola perversamente atractiva.
—Estoy de humor para celebrarlo, sí.
—¿El rey ha muerto, viva el rey?
Quinn la miró entonces, pensativa.
—¿Tú le querías?
Rachel dudó, pensando que, en realidad, no había llorado la muerte de su padre.
El shock inicial había dado paso a la aprensión sobre lo que eso significaría para Brittany y para ella. Sir Russell Fabray había sido una presencia dominante, alguien que exigía algo a cambio de todo lo que daba, más que un padre que inspirase sentimientos de ternura. Y su frialdad hacia Brittany no había hecho que lo quisiera más.
—No era fácil querer a mi padre —contestó sinceramente— Pero tuvimos algunos buenos momentos.
—¿Él te quería?
De nuevo, Rachel tuvo que examinar su relación con el hombre que había rechazado a su propia hija.
—No era una persona afectuosa. Pero sé que yo le gustaba y estaba orgulloso de lo que he conseguido en el mundo de la hípica.
—Saltabas para él —dijo Quinn, irónica.
—No, lo hacía y lo hago por mí misma.
—Buscando su aprobación.
Rachel no podía negarlo. Los mejores momentos con su padre era cuando ganaba alguna competición. Si cometía un error, si lo decepcionaba, él le daba la espalda. Algo que siempre le había dolido, por muy preparada que estuviera.
—¿Y Brittany?
A pesar de los esfuerzos de su hermana por complacer a su padre, Rachel siempre había pensado que Russell sólo la toleraba. Pero no pensaba decírselo a una mujer que no sentía simpatía alguna por ellas. Al contrario, seguramente se alegraría al saber que las hijas adoptadas tampoco habían sido felices.
—No estamos aquí para hablar de mi hermana —le recordó.
—Sólo lo preguntaba por curiosidad —Quinn se encogió de hombros— Mi madre decía que Russell no tenía capacidad de amar a nadie y ésa ha sido mi experiencia, desde luego. Quería saber si a ti y a Brittany os había pasado lo mismo.
Rachel se quedó pensativa. Sir Russell siempre esperaba recibir algo a cambio de lo que daba.
Él les ofrecía todos los lujos y esperaba que mostrasen su agradecimiento haciendo que su vida familiar fuese lo más agradable posible. Era lo que su madre les había entrenado para hacer. Él era el mástil alrededor del cual giraban sus vidas. Ahora que se había ido, tendrían que replanteárselas.
No, no había querido a su padre. Pero lo respetó por lo que era: un hombre rico y poderoso que le había dado la oportunidad de hacer lo que quería y le aplaudía por ello. Tampoco quería a su madre, sabiendo desde la infancia que el papel de hija obediente era el que se requería de ella y sin exigir jamás cariño o atención. Brittany y ella habían aprendido enseguida cuál era su sitio en aquella casa.
¿Pero cuál era su sitio ahora?
—¿Tú sí eres capaz de amar, Quinn? —le preguntó.
—Quise mucho a mi madre —contestó ella— Murió cuando yo tenía veinte años.
Antes de volver a Australia para encontrarse con el rechazo de su padre y su madrastra. Una vida sin familia, pensó, su sitio natural ocupado por Brittany y ella… ¿las odiaría por eso?
—¿Tú quieres a lady Christine, Rachel?
Ella suspiró, con un peso en el corazón.
—Lo que te hizo es terrible, pero tú no habrías podido soportar el carácter de mi madre, Quinn.
—¿Ella es la reina y vosotras tenéis que rendirle homenaje?
—Hay muchas reglas que obedecer para conservar la armonía del hogar.
—¿Y ahora que no hay hogar? —preguntó ella.
—La base para esas reglas ya no existe. Nos enfrentamos con el caos —bromeó Rachel.
—No necesariamente. No para ti.
—¿Qué quieres decir?
El camarero apareció entonces con el champán y les preguntó si ya estaban listas para pedir. Rachel miró la carta distraídamente y eligió un plato de pescado, pensando que sería más fácil tragarlo.
Quinn pidió lo mismo y un plato de entrantes para las dos.
—Vamos a brindar por un armonioso acuerdo entre las dos —dijo luego, levantando su copa.
—¿Qué clase de acuerdo?
—¿Qué quieres que te ofrezca, Rachel?
—Has dicho antes que querías hablar de los caballos.
—A ti te gustan los caballos.
—Sí, es verdad.
Quinn inclinó a un lado la cabeza.
—¿Más que lady Christine?
Rachel frunció el ceño. La comparación era ciertamente odiosa.
—No te entiendo.
—Ya has dado un paso adelante desobedeciéndola hoy y me pregunto cuántos pasos estás dispuesta a dar para conservar lo que quieres. ¿Estás de mi lado o saldrás corriendo para buscar a tu mamá?
Rachel recordó el comentario de su madre. «A partir de ahora no quiero saber nada de ti». Típico de su actitud tiránica: haz lo que yo digo o sufre las consecuencias.
Convertirse en su chivo expiatorio por perder lo que ella creía suyo no era algo que le apeteciese… y Rachel no tenía la menor duda de que ése sería su papel. Y el de Brittany.
—Yo tengo mi propia vida —le dijo— Hay una tercera opción, Quinn, que no tiene nada que ver contigo o con mi madre.
—Una opción valiente… empezar de cero —dijo ella con tono burlón.
—¿Cómo empezaste tú?
Pero Quinn ignoró la pregunta.
—Tienes veinticuatro años y te dedicas a un deporte para el que se necesita mucho dinero. ¿Qué piensas hacer con tu vida?
—¿Tú tenías dinero cuando empezaste? —insistió ella.
—¿Vas a trabajar en las cuadras? ¿Cuidando los caballos de otros?
—Podría cobrar por montarlos. Eso es lo que se hace en las competiciones de saltos —contestó Rachel, enfadada.
—¿Soportando los caprichos del dueño? No es eso a lo que tú estás acostumbrada.
—¿Cómo empezaste tú? —persistió la morena.
Quinn se encogió de hombros.
—Descubrí que tenía talento para el póquer. Gané millones de dólares en torneos de póquer por todo el mundo. Cuando tenía suficiente dinero, me dediqué a invertir. Todo es una cuestión de porcentajes. Apostando por mí tendrías más posibilidades de triunfar que empezando desde abajo.
Era como si una apisonadora estuviese golpeando su corazón. Quinn Fabray quería que se pusiera de su lado.
De repente, supo eso con total seguridad. Si lo hacía para alejarla de su familia o por la atracción que había entre ellas… no lo sabía. Quizá las dos cosas.
—No me has dicho lo que significaría apostar por ti.
Quinn sonrió.
—La secretaria de Russell me contó que, cuando volvía a casa, lady Christine lo esperaba en el helipuerto vestida y maquillada para cenar y con un martini en la mano. ¿Es eso cierto?
—Sí.
—Atendía devotamente todas sus necesidades, ¿no?
El perverso brillo de sus ojos estaba destrozando los nervios de Rachel.
—No sé lo que ocurría en el dormitorio —dijo la morena.
—Ah, yo no tengo la menor duda de que sir Russell conseguía todo lo que quería. Ese era el poder que tu madre tenía sobre él. No quiso dejar de ser el amo del castillo por una hija que no podía darle lo que le daba su mujer. Mi padre también jugaba con porcentajes.
El amor no tenía nada que ver, pensó ella. Y el amor no estaría incluido en ninguna de las propuestas de Quinn Fabray. Rachel sentía mariposas en el estómago, pero tenía la premonición de que su futuro pasaba por aquella mujer.
El camarero volvió en ese momento con la bandeja de entrantes y, después de comprobar que no había que llenar sus copas de nuevo, se alejó discretamente.
—La situación es ésta, Rachel —siguió Quinn, inclinándose para apartar a un lado un rollito de salmón— Éstos son tus caballos. Esto —siguió, moviendo unos canapés de caviar— los establos, el tráiler, el alquiler del espacio, los mozos de cuadras —una tartaleta de cangrejo fue lo siguiente— El dinero para los desplazamientos, el veterinario, el alojamiento —tomates verdes fritos con mozzarella— Ser la dueña de la casa que siempre ha sido tu hogar, con los mismos empleados, un generoso salario para ti…
Quinn siguió moviendo los canapés a un lado, haciendo la lista de todos sus privilegios y añadiendo las responsabilidades que previamente habían sido de su madre. Cuando sólo quedaba uno, levantó la mirada.
—Puedes tenerlo todo o —dijo, señalando el solitario canapé—puedes volver con lady Christine. Tú eliges, Rachel.
Estaba claro que quería alejarla de su madre. Y ella sabía que, si aceptaba, no volvería a verla porque se habría convertido en una traidora. Seguramente ya lo era después de ir a comer con Quinn.
Entonces miró la vida que le ofrecía… tan tentadora. Pero ¿podía confiar en ella? ¿Y si sólo quería destrozar a su familia y ella no era más que un peón en aquel juego de venganza?
—¿Y tú qué consigues con esto, Quinn?
La rubia se echó hacia atrás en la silla, mirándola con ironía. Pero la expresión cambió poco a poco, volviéndose hipnótica.
Rachel sintió la fuerza de aquella mujer llegando a su corazón, su mente, su alma; su decisión de doblegarla. Y entonces pronunció las palabras que ella, secretamente, había esperado.
—Te consigo a ti, Rachel.
Quinn sintió la carga de adrenalina que invariablemente acompañaba a una mano arriesgada en una partida de póquer. ¿Diría Rachel que sí o pasaría?
Se había puesto colorada, haciendo que el color de sus ojos fuese aún más pronunciado… unos ojos que emitían un claro mensaje de interés.
Quinn sabía que era una mujer atractiva para muchas mujeres y que el dinero aumentaba su interés. Rachel no debería echarse atrás porque ella estuviera incluida en el paquete, pero sólo tenía veinticuatro años y quizá aún conservaba ideas románticas.
El amor y el matrimonio no estaban sobre la mesa. No era eso lo que le estaba ofreciendo.
Rachel respiró profundamente, sin dejar de mirarla a los ojos. Era evidente que sabía a lo que se refería. Estaba pensándoselo y Quinn se encontró sorprendentemente tensa mientras esperaba la respuesta. Pero, al final, no contestó directamente.
—¿Por qué yo?
Ni «sí» ni «no». Una pregunta astuta para entender sus motivos.
Quinn nunca había pagado por sexo en su vida; no de una forma directa. Regalos ocasionales después, para agradecer el placer recibido… ¿Por qué estaba dispuesta a pagar tanto por Rachel? Porque ella no se iría voluntariamente con la persona que se lo había quitado todo. Tenía que darle algo para hacer eso posible y no importaba lo que costase.
Pero Rachel podría pensar que la quería como amante ocasional y, de ser así, su orgullo le impediría aceptar. Era mejor adornar el trato con algo con lo que ella pudiera simpatizar. Las mujeres entendemos de emociones, pensó Quinn, y Rachel había mostrado considerable sensibilidad hacia la injusticia de su situación.
—Creo que tú me habrías dado la bienvenida en casa —le dijo— Tú sabías que era una injusticia que no me dejasen entrar en Yarramalong, ¿verdad, Rachel?
Ella asintió con la cabeza.
—Sólo tú —dijo Quinn.
—No creo que a Brittany le hubiese importado.
Evidentemente quería mucho a su hermana, una víctima en la casa de los Fabray. Quería salvar a la pequeña, la más frágil, de lady Christine. Y curiosamente, Quinn también. Nadie debería seguir siendo víctima de esa mujer.
Si le ofrecía dinero suficiente para cubrir las necesidades de las dos hermanas, conseguiría su propósito: la libertad de Brittany y que Rachel dijera que sí.
—Brittany no estaría aquí conmigo, como tú —señaló.
Rachel lo sabía tan bien como ella. Brittany se había ido con su madre como un ratoncillo asustado.
—Pero es contigo con quien siento una conexión —siguió Quinn— Recuerdo haberte visto saltar con ese caballo hace diez años. Era poesía en movimiento. Me gusta la idea de que sigas allí, conservándolo todo como antes. Sólo que esta vez también estaría yo. Aunque no pienso vivir en la finca contigo, me gustaría visitarte de vez en cuando, sentirme tan bienvenida como mi padre —Quinn logró sonreír— Ser bienvenida con una sonrisa y un martini, ir a montar a caballo contigo, disfrutar de tu compañía. Eso suena muy bien.
—¿Tú montas a caballo?
Parecía gustarle la idea de hacer algo más que compartir el dormitorio. Que lo harían. Y Quinn disfrutaría montando con ella.
—He pasado la mitad de mi vida sobre un caballo. Trabajaba en el rancho de mi padrastro antes y después del colegio. Yo podría ayudarte a ejercitar a los tuyos —sonrió Quinn.
Y Rachel sonrió también.
Fue una respuesta instintiva que desapareció casi inmediatamente. Aún no había sido ganada, pero Quinn sabía que estaba dando pasos adelante.
Además, si la idea de mantener relaciones sexuales con ella de forma ocasional no le resultase apetecible, se habría negado en rotundo. Lo raro era que la visión de lo que le estaba ofreciendo le resultase tan apetecible a ella misma. Tener un sitio donde vivir, incluso dúplex palaciegos, nunca había sido más que algo conveniente. ¿Podría Rachel darle un hogar? Sería interesante averiguarlo.
El camarero reapareció entonces, señalando la bandeja de entrantes.
—¿No les han gustado, señoritas?
Quinn señaló los canapés con una sonrisa.
—¿Quieres probarlos, Rachel?
La morena negó con la cabeza.
Aún no estaba dispuesta a comprometerse, pensó Quinn, sintiendo la tentación de comerse el canapé que representaba a su madre. Pero decidió que eso sería demasiado ofensivo.
—Llévesela —le dijo al camarero— Y traiga el segundo plato.
El hombre se llevó la bandeja, sorprendido.
—¿Firmamos el trato, Rachel? —le preguntó, al verla en silencio.
Los preciosos ojos color chocolate se clavaron en ella, unos ojos inteligentes que exigían la verdad.
—¿Me ves como parte de tu familia… la hermana que te habría gustado tener o pretendes que sea tu mantenida?
Lo había preguntado levantando la barbilla en un gesto desafiante. Estaba decidida a exigirle la verdad, aunque eso le hiciera daño.
Era tan preciosa. Y estaba taladrándola con esos ojos oscuros.
La sensación de ir caminando por la cuerda floja para llegar al otro lado era cada vez más fuerte.
—No serías mi mantenida porque ganarías un sueldo. Y estoy segura de que llevarías la propiedad a mi entera satisfacción. ¿Un salario de cien mil dólares al año te parece aceptable?
No le importaba tardar todo un año en conseguir a Rachel. Pero la tendría.
—¿Cien mil dólares? —repitió ella, incrédula.
Con eso tendría suficiente para cubrir sus necesidades y las de Brittany. Y Quinn había prometido encargarse de todos los demás gastos.
—Es una propiedad muy grande —le recordó Quinn— Se conserva en perfecto estado y estoy segura de que tú harás lo posible para que siga siendo así. Si estás de acuerdo, podemos volver a la notaría para redactar el contrato.
—Durante un año —repitió Rachel, pensativa.
—Para empezar —dijo Quinn.
La emoción de la caza hacía hervir su sangre. Y sospechaba que Rachel podría mantenerla interesada durante mucho más tiempo que cualquier otra mujer.
—No has contestado a mi primera pregunta.
De nuevo, el ángulo sexual.
Y el demonio que había en ella la obligó a responder de manera provocativa.
—¿Querrías que te tratase como a una hermana?
—No lo soy.
Había contestado tan rápidamente que Quinn estuvo a punto de soltar una carcajada de triunfo.
—Yo tampoco te veo así. Pero te aseguro que nunca he pagado por sexo. Como he dicho antes, lo que quiero es que me recibas cada vez que visite la propiedad, pero… ¿eso es demasiado pedir?
Rachel arrugó el ceño.
—No. Como propietaria de la finca, tendrías derecho a ser bienvenida en tu propia casa.
¿Entonces acostarse con la jefa estaba bien?, se preguntó Quinn. Eso era lo que había hecho su madre. ¿Sería Rachel de la misma madera? El tiempo lo diría.
Lo único que necesitaba en aquel momento era un sí. Un sí que dejaría la puerta abierta para conquistarla.
Quinn se inclinó hacia delante, llevando con ella toda la fuerza de su personalidad.
—Aprovecha el momento, Rachel.
Aprovecha el momento. Rachel quería hacerlo.
Era un buen trabajo. Cien mil dólares al año, con todos los gastos pagados y haciendo lo que más le gustaba hacer. Y, con ese dinero a su disposición, podría seguir pagando los estudios de Brittany y el apartamento que su hermana compartía con otras estudiantes. De ese modo sería completamente independiente de su madre y tendría la oportunidad de forjarse un futuro libre de broncas y gritos por la pérdida de una fortuna que, inevitablemente, volvería a su madre aún más malvada.
Rachel no se hacía ilusiones sobre eso. Pero se sentía confusa sobre lo que Quinn quería de ella. ¿Era el hogar que nunca había tenido? No pagaría tanto dinero sólo por acostarse con ella, ¿no? Era tan atractiva que debía de tener montones de mujeres a su alrededor, mujeres guapísimas, como esas que había visto en las fotografías de los periódicos.
Y ella no era una mujer bellísima. Se burlaban de ella en el colegio. Odiaba su físico, tan bajita y con esa nariz grande. Ella era más una rareza que una mujer guapa.
Era Rachel quien deseaba a Quinn, no al revés.
Lo que Quinn quería era tener lo que su padre había tenido, el hogar que siempre le había sido negado. Acostarse con ella no podía ser el objetivo de Quinn Fabray. Eso no tenía sentido. Además, acababa de asegurarle que el sexo no tenía por qué formar parte del trato, ¿no?
En un año podría buscar un trabajo si el trato con Quinn no salía como esperaba. Sólo el tiempo diría si la conexión que había entre ellas podía convertirse en la clase de relación que le gustaría tener.
Un año sería tiempo suficiente para descubrirlo.
No pensaba actualizar hoy, pero aquí os dejo un nuevo capítulo (a petición popular) :p
-Nat: I love you con la fuerza de los mares, pero por favor para de stalkearme xD
